CAPITULO
18.-
De inmediato, montañas de fantásticos bolsos bendicen
mis ojos, pero
Tom no me deja ni mirar. Camina con decisión y me
arrastra detrás de él
hacia el ascensor. Aprieta el botón del primer piso.
Recorro con la mirada
el plano de la tienda.
—Oye, quiero ir a la cuarta planta.
Preferiría evitar las colecciones internacionales de la
primera planta:
son carísimas. Sin embargo, no me hace ni caso.
—¿Tom? —Lo miro, pero su rostro es impasible y me agarra
firmemente de la mano. Se abren las puertas del ascensor
y tira de mí.
—Por aquí —dice, y me guía entre expositores increíbles
de ropa de
alta costura y diseñadores famosos. Me alegro de que los
estemos pasando
de largo.
«¡Ay, no!»
Me hundo en la miseria cuando veo un cartel que reza
«Asistente de
compras».
—No, Tom. No, no, no.
Intento detenerlo, pero tira de mí hacia la entrada de
la sección.
—Tom, por favor —le suplico, aunque él me ignora por
completo.
Quiero inflarlo a patadas. Odio la atención y el revuelo
de las tiendas.
Te besan el culo y te dicen que todo te sienta fenomenal
y al final te ves
obligado a comprar algo. La presión será inmensa, y no
quiero ni pensar en
el precio.
—Tengo una cita con Zoe —le dice al dependiente bien
vestido que
nos saluda.
¿Por qué me ha preguntado adónde quería ir si ya tenía
planes? Quiero
retorcerle el pescuezo.
—¿El señor Kaulitz? —pregunta el dependiente.
—Sí —responde Tom ignorándome, a pesar de que sabe
perfectamente que lo estoy mirando con odio y que me
incomoda mucho
todo esto.
—Por aquí, por favor. ¿Les apetece beber algo? ¿Una copa
de
champán? —ofrece con educación.
—No, gracias —contesta Tom.
El joven nos conduce hasta una lujosa zona privada y Tom
me lleva a
un enorme sofá de cuero. Me siento a su lado y retiro la
mano. Ésta es mi
peor pesadilla.
—¿Qué pasa? —Intenta volver a cogerme la mano.
Lo miro, acusadora.
—¿Por qué me has preguntado adónde quería ir si ya
habías
concertado una cita?
Se encoge de hombros.
—No entiendo por qué quieres vagar por decenas de
tiendas si puedes
comprarlo todo aquí.
¿De verdad no lo entiende? Es un hombre, ¿qué esperaba?
—¿Así es como compras tú?
Debe de tener más dinero que sentido común. No dejo de
sudar.
—Sí, y pago por el privilegio, así que sígueme la
corriente —dice,
tajante.
Estoy alucinada, pero antes de que pueda contraatacar,
una chica
joven y rubia entra en escena y le dedica una sonrisa a
Tom. Es bonita y
lleva un traje de color crema de Ralph Lauren.
—¡Tom! —lo saluda—. ¿Cómo estás?
Él se levanta y le da dos besos. A juzgar por el
intercambio, se
conocen. ¿Cada cuánto viene?
—Muy bien, Zoe, ¿y tú? —le sonríe, es una de sus
sonrisas
arrebatadoras, de las que reducen a las mujeres a un
saquito de hormonas a
sus pies.
—Muy bien. Ésta debe de ser ______, ¿no? Es un placer
conocerte.
Me ofrece la mano y me levanto para estrechársela con
una pequeña
sonrisa. Es muy amable, pero no estoy cómoda aquí. Se sienta
en la silla
que hay enfrente.
—_____, me ha dicho Tom que estás buscando algo especial
para una
fiesta importante —dice, emocionada. «Algo especial»
suena a que
también va a tener un precio especial.
—Algo muy especial —reitera Tom tirando de mí para que
vuelva a
sentarme en el sofá. Me está entrando un sofoco, creo
que esta sala tan
amplia me está dando claustrofobia.
—Bien, ¿cuál es tu estilo, _____? Dame una idea de qué
te gusta. —
Deja las manos sobre el regazo y me mira expectante.
No sé cuál es mi estilo. Si me gusta algo y me sienta
bien, lo compro.
No puedo ponerle una etiqueta a mi estilo.
—La verdad es que no tengo un estilo concreto. —Me
encojo de
hombros y se le ilumina la cara. Debe de ser la
respuesta correcta.
—Muchos vestidos —interrumpe Tom—. Le gustan los
vestidos.
—A ti te gustan los vestidos —musito, y me gano un
pequeño
rodillazo.
Zoe sonríe y muestra una dentadura tan perfecta como las
de las
estrellas de Hollywood.
—Una talla 38, ¿verdad?
—Sí —confirmo.
—Nada demasiado corto —añade Tom.
Lo miro boquiabierta. Sabía que iba a pasar. No suelo
llevar vestidos
cortos, pero de repente me apetece mucho gracias a su
actitud de
cavernícola.
Zoe se ríe.
—Tom, tiene unas piernas fantásticas. Sería una pena
desaprovecharlas. ¿Qué número de zapato, _____?
Me cae bien.
—38 también.
—Estupendo. Ven conmigo. —Se levanta y la imito.
Tom se pone a su vez en pie.
—No me puedo creer que me estés haciendo esto —gimoteo
cuando
me besa en la mejilla. Zoe me cae bien, pero preferiría
ir de compras sola.
Suspira.
—_____, quiero divertirme. —Me abraza—. Voy a disfrutar
de un
desfile de moda privado con mi modelo favorita. —Hace un
mohín.
—¿Quién elige el vestido, Tom?
Me da un beso de esquimal.
—Tú. Yo me limitaré a observar, te lo prometo. Corre,
vuélvete loca.
—Se sienta otra vez y marca un número en el móvil. Qué
alivio. No creo
que pudiera soportar que nos fuera siguiendo por la
tienda criticando todo
lo que me guste.
Zoe me conduce por la sección.
—¿Así que hoy te van a mimar? —pregunta con una sonrisa
afable. Es
encantadora, pero sus dientes están demasiado blancos.
—Bajo coacción. —Le devuelvo la sonrisa.
—¿No quieres que te mimen? —Se echa a reír y coge un
vestido verde
y largo para enseñármelo. Es precioso, pero es más el
color de Kate.
Niego con la cabeza y pongo expresión de disculpa. Me
imita.
—No. Estoy de acuerdo. ¿Qué tal éste? —Pasa la mano por
un
fantástico vestido estilo heleno.
—Es precioso —digo, aunque parece muy caro.
—Lo es. Nos lo probamos. ¿Y este otro?
—¡Vaya! —exclamo al ver un vestido crema entallado con
un corte en
la falda que arranca de la cadera—. A Tom no le gusta
que enseñe
mucho... —Me río abriendo el corte. Con este vestido
tendría que
afeitármelo todo.
—¿En serio? —Me mira con curiosidad. Como me diga...—
Pero si es
un amor y se lo toma todo con mucha calma —añade.
«¡Que te lo has creído!»
Suelto el vestido y cojo uno rojo de satén.
—No es para mí —musito—. Éste me gusta.
Zoe sonríe.
—Buena elección. ¿Y éste? —Acaricia un impresionante
palabra de
honor de color crema. ¿Me dejará llevar escote palabra
de honor?
—Es precioso. —Me lo puedo probar. Estoy segura de que
me lo hará
saber si no le gusta. Algo llama mi atención al otro
lado de la sección. Mis
piernas echan a andar sin darme cuenta.
Acaricio la parte delantera de un delicado vestido largo
de encaje
negro. Es una preciosidad.
—Tienes que probarte ése —dice Zoe acercándose. Lo coge
y le da la
vuelta con cuidado. Está sujeto por un cable de
seguridad, lo que sólo
puede significar una cosa—. ¿Verdad que es una
maravilla?
Lo es. También debe de ser caro de morirse si la tienda
cree necesario
ponerle alarma. Tampoco lleva etiqueta, otra señal de
que me desmayaría
si supiera el precio. Recorro con la mirada la espalda
del vestido ajustado,
que se ensancha en la cadera y cae con delicadeza hacia
el suelo. Es un
diseño sencillo, con la espalda abierta en forma de
pico, las mangas cortas
que caen apenas más allá del hombro y un escote profundo
delante. Está
claro como el agua que es de alta costura.
—A Tom le encanta que lleve encaje —señalo en voz baja.
También
le gusta que vista de negro.
—Entonces te lo tienes que probar —dice colgándolo de
nuevo—.
¿Cuánto llevas con Tom? —pregunta de manera informal.
Me pongo en guardia. ¿Qué le digo? La verdad es que
llevo con él
desde hace más o menos un mes, y que él se pasó una
semana borracho y
con el corazón roto. Un pensamiento horrible invade mi
cerebro atontado.
—No mucho —intento sonar tan indiferente como Zoe, pero
no cierro
la boca—. ¿Trae aquí a todas las mujeres con las que
sale?
Se echa a reír a mandíbula batiente. No sé si es buena
señal.
—¡Por Dios, no! ¡Se arruinaría!
Es muy mala señal.
Se ve que me ha visto la cara porque palidece un poco.
—_____, lo siento. No ha sonado nada bien. —Se tensa
sobre los
tacones—. Lo que quería decir es que si trajera a todas
las mujeres con las
que se ha acostado... —Deja de hablar y se pone lívida.
Quiero vomitar—.
¡Mierda! —exclama.
—Zoe, no te preocupes. —Me centro en otro vestido. ¿A
quién trato
de engañar? Mi hombre ha conocido mucho mundo.
—______, la verdad es que nunca ha salido con nadie. Al
menos, no que
yo sepa. Es un partidazo. Vas a tener que espantar a
todas las mujeres de
La Mansión, eso seguro.
—Ya. —Me río un poco. Necesito cambiar de tema. La
imagen de
Tom con otra mujer aparece de nuevo en mi mente. Está
claro que Zoe
sabe a qué se dedica él—. ¿Adónde vamos ahora?
Pongo cara de que no me afecta y de que no soy celosa,
si es que esa
cara existe. Sin embargo, la sangre me hierve por
dentro, y se me han
puesto los pelos como escarpias. ¿Por qué Tom ha sido
tan putero?
—¡A por zapatos! —exclama Zoe llevándome hacia los
ascensores
egipcios de Harrods.
Una hora más tarde, volvemos a la zona pija privada con
un chico
empujando un enorme perchero cargado de vestidos y
zapatos. Tom sigue
en el sofá con el móvil en la oreja.
Sonríe y cuelga.
—¿Lo has pasado bien? —me pregunta levantándose y
dándome besos
en la cara—. Te he echado de menos.
—Sólo he tardado una hora. —Me río y me cojo a sus
hombros
cuando me echa hacia atrás.
—Mucho tiempo —gruñe—. ¿Qué has encontrado?
Vuelve a incorporarme.
—Demasiado donde elegir.
He conseguido convencer a Zoe de dejar el vestido largo
de encaje. De
hecho, he evitado todo lo que estaba conectado a una
alarma.
—Venga, pruébatelo todo. —Me da una palmada en el trasero,
y me
vuelvo para seguir a Zoe y al perchero hacia un
espacioso probador.
Paso mucho tiempo entrando y saliendo de un vestido tras
otro, bajo
la mirada de admiración de Zoe. Cuento veinte vestidos,
todos son
impresionantes y todos cumplen con los criterios de Tom.
La dependienta desaparece durante un rato y me deja para
que medite
acerca de qué puñetero vestido voy a escoger. Son todos
demasiado
bonitos. Doy un salto al verla acercarse con otro
perchero repleto de
vestidos, aunque éstos son de día, no de noche. La miro,
muy confusa.
Se encoge de hombros.
—Tengo órdenes estrictas de hacerte probar muchos
vestidos, así que
te he traído éstos —dice de vuelta al probador. Aparece
de nuevo con el
vestido largo de encaje negro—.Y también éstos.
—¿Qué? —Intento recobrar la compostura. Estoy en ropa
interior y
con la boca abierta de par en par como un pez dorado.
—Bueno. —Se me acerca—. Tom no ha dicho que te pruebes
este
vestido en concreto, pero sí que debías tener lo que
quisieras. —Me mira
sonriente—. Y sé que éste lo quieres de verdad.
—Zoe, no puedo —tartamudeo intentando convencer a mi
cerebro de
que ese vestido es horrible, espantoso. Feísimo. No
funciona.
—Si lo que te preocupa es el precio, no sufras: está
dentro del
presupuesto. —Cuelga el vestido de una percha en la
pared.
—¿Hay un presupuesto? ¿De cuánto? —pregunto, titubeante.
Se vuelve y sonríe.
—El presupuesto es que no hay presupuesto.
Refunfuño y me dejo caer en la silla.
—¿Puedo preguntar cuánto cuesta?
—No —me responde, muy contenta—. Ponte esto.
Me pasa un corpiño de encaje negro. Empiezo a
colocármelo y Zoe
me ayuda a abrocharme los corchetes de la espalda. Mi
reticencia queda en
segundo plano cuando pienso en la cara que pondrá Tom
cuando me vea.
Se correrá en el acto.
Zoe me ayuda a meterme en el vestido y me miro al
espejo.
—¡Joder! —exclama, y de inmediato se tapa la boca con la
mano—.
Lo siento. Eso ha sido muy poco profesional.
«Joder», digo yo también. Me vuelvo para ver la espalda
y trago
saliva. Se ajusta a todas mis curvas a la perfección y
roza el suelo cuando
me pongo de puntillas. El forro es mate y le da al
delicado e intrincado
encaje un efecto brillante. El escote profundo es
perfecto con las mangas
cortas que apenas pasan de mis hombros, y deja al
descubierto mi
clavícula. Zoe sale un momento y vuelve en seguida.
Se arrodilla delante de mí.
—Póntelos —me indica.
Aparto la mirada del espejo y veo un par de zapatos
negros de tacón
de Dior con el talón descubierto. Creo que voy a
desmayarme. Me los
pongo y Zoe da un par de pasos atrás.
—_____, tienes que quedarte este vestido. —Lo dice muy
seria—. Corre
a que te vea Tom.
—¡No! —digo con muy poca educación—. Sé que le va a
encantar.
Es negro, es de encaje, se va a derretir a mis pies. Lo
sé. Pero ¿le
parecerá bien que lleve la espalda al aire? ¿O eso hará
que mi neurótico
controlador me tire al suelo para taparme con su cuerpo
y que nadie vea mi
piel? Y, por último, ¿cuánto cuesta?
Libro una batalla con mi conciencia por el puñetero
vestido mientras
Zoe me pasa un bolso a juego con los zapatos. Quiero
llorar. Sabía que no
debía probármelo.
—¿Lo ha visto Tom? —pregunto volviéndome hacia Zoe, que
me
mira sin comprender—. El vestido, ¿lo ha visto Tom
cuando has vuelto
con él?
—No. Creo que ha ido al servicio —contesta.
Me llevo la mano a la boca y empiezo a golpearme los
dientes con la
uña como una posesa.
—Vale, me lo quedo, pero no quiero que él se entere. —Sé
que me
estoy arriesgando. Zoe da una palmada y sonríe con
deleite—. ¿Qué es
todo eso? —digo señalando el otro perchero.
—Quiere que te compres muchos vestidos —contesta
encogiéndose de
hombros.
Qué risa. Está llevando la regla del acceso fácil
demasiado lejos. Me
quito el vestido y siento otra punzada de incertidumbre
cuando Zoe se lo
lleva, se lo da a una joven y le indica que Tom no debe
verlo. Me pongo
con el resto. Voy a comprar tres como máximo, y más le
vale no discutir
conmigo.
Gasto un millón de calorías poniéndome y quitándome un
sinfín de
vestidos. Hacemos tres montones: cosas que quiero, cosas
que no quiero y
cosas que tengo que pensar. Estoy pasándomelo bien, lo
que me pilla por
sorpresa. Tom vuelve a sentarse en el sofá y me ve
aparecer y desaparecer
cada vez con un vestido distinto.
—Todo le sienta bien, ¿verdad? —le dice Zoe a Tom cuando
aparezco
con un vestido gris, muy corto, de Chloé. Me encanta
pero, al igual que
todos los que valen más de trescientas libras, va
directo al montón de cosas
que no quiero.
Pone cara de horror.
—¡Quítatelo! —escupe, y vuelvo muerta de la risa al
probador.
Tiene razón. A mí me encanta pero es muy corto. Parece
ropa interior.
Estoy molida cuando termino de probármelos todos. Me he
cambiado
más veces en dos horas que en todo el mes. Reviso el
montón de cosas que
quiero con Zoe y me pongo un poco nerviosa al ver la de
vestidos que hay.
Tengo que intentar reducir el número.
—¿Qué nos llevamos? —oigo que dice Tom, acercándose.
—Ha escogido unos vestidos fabulosos. Me da mucha
envidia —
comenta Zoe—. Voy a envolverlos.
«¡No!»
Todavía lo paso peor cuando Tom le da a Zoe una tarjeta
de crédito.
La coge y nos deja solos.
—Tom, de verdad que no me siento cómoda con esto. —Le
cojo las
manos y me pongo delante de él para que me preste toda
su atención.
Deja caer los hombros, decepcionado.
—¿Por qué? —Parece muy dolido.
Zoe desaparece con todos los vestidos del montón de
cosas que me
gustan.
—Por favor, no quiero que te gastes todo ese dinero en
mí.
—Tampoco es tanto —intenta convencerme, pero he visto
las
etiquetas. Es demasiado, y ni siquiera sé cuánto cuesta
el vestido de noche.
Miro al suelo. No quiero que discutamos por esto en
Harrods. Lo miro
otra vez.
—Cómprame solamente un vestido para esta noche. Puedo
vivir con
eso.
—¿Sólo un vestido? —pregunta, muy disgustado—. Otros
cinco
vestidos y trato hecho.
Es una agradable sorpresa.
—Dos —regateo.
—Cinco. —Es inflexible—. Eso no era parte del trato.
No, pero ya me da igual la edad que tenga, y ya hemos
pasado por lo
de intentar que no sea ni para ti, ni para mí. Tom no
cede nunca.
Lo miro enfurruñada.
—Me da igual la edad que tengas. Guárdate tu secretito.
—Vale, pero siguen siendo cinco vestidos.
Sospecho que no iba a cumplir su parte del trato de
todas formas.
—Tengo que hacer una llamada —dice, y me da un pico—. Ve
a
escoger cinco vestidos. Zoe tiene mi tarjeta. La clave
es uno, nueve, siete,
cuatro.
Doy un paso atrás.
—No puedo creer que acabes de decirme la clave de tu
tarjeta.
—No más secretos, ¿recuerdas?
¿No más secretos? ¿Me toma el pelo? Se va y tengo una
repentina y
maravillosa epifanía. Hago un rápido cálculo mental.
—¡Sí que tienes treinta y siete años! —le grito mientras
se va.
Se detiene.
—Es tu número secreto. Naciste en el setenta y cuatro.
—No puedo
evitar mi tono triunfal. Lo he descubierto. Los hombres
son tan predecibles
—. ¡Me dijiste la verdad!
Se vuelve de nuevo muy despacio y me dirige su sonrisa
característica, la que se reserva sólo para mí, y me
lanza un beso. Ahora, a
escoger mis cinco vestidos.
Salgo de la zona de compras personalizadas y veo que Tom
ya me
está esperando. No he tardado nada en escoger mis cinco
vestidos
favoritos.
Le devuelvo la tarjeta de crédito y le doy un beso en la
mejilla.
—Gracias. —No estoy segura de si estoy más agradecida
por los
vestidos o por el pequeño desliz que me ha confirmado
que de verdad tiene
treinta y siete años. Lo mismo da: soy una chica feliz.
—De nada —dice cogiéndome las bolsas—. ¿Me harás otro
pase? —
Arquea las cejas.
—Por supuesto. —No puedo decirle que no, ha sido muy
razonable—.
Aunque no puedes ver el vestido de noche.
—¿Cuál has elegido? —pregunta con curiosidad. A él le
gustaban
todos, pero no ha visto el vestido que está lejos de su
vista en una bolsa
para trajes.
—Ya lo verás. —Inhalo su fragancia cuando hunde la cara
en mi
cuello—. Así que mi hombre está rozando los cuarenta —lo
pincho.
Se aparta y pone los ojos en blanco antes de cogerme de
la mano para
sacarme de la tienda.
—¿Te molesta mucho? —pregunta con indiferencia, pero sé
que le
preocupa.
Ni me molestaba antes, ni me molesta ahora.
—En absoluto, pero ¿por qué te molesta a ti?
—_____, ¿te acuerdas de una de las primeras cosas que me
dijiste?
¿Cómo olvidarlo? Todavía no sé de dónde salió.
—¿Por qué me mentiste?
Se encoge de hombros.
—Porque no me lo habrías preguntado si no fuera un
problema.
Sonrío.
—Tu edad no me molesta para nada —digo mientras bajamos
por las
escaleras mecánicas egipcias. Él se queda un escalón más
abajo que yo, por
lo que estamos más o menos a la misma altura—. ¿Eso que
tienes ahí es
una cana? —pregunto, muy seria.
—¿Te crees muy graciosa? —repone, volviéndose. No le ha
gustado
mi broma. No debería burlarme, está claro que tiene un
problema con el
tema de la edad.
No puedo mantenerme seria cuando me coge y se me echa al
hombro,
pero logro contener un grito. ¡No puede actuar así en
Harrods! Rectifico: a
Tom le importa un bledo lo que opinen de él o de su comportamiento.
Me
cogerá, me hará suya o se cabreará conmigo cuando le dé
la gana. Lo
demás le importa un pimiento, y la verdad es que a mí
también.
Salimos a Knightsbridge, me deja en el suelo, me arreglo
el vestido y
acepto la mano que me ofrece. Caminamos hacia el coche.
Ni siquiera me
molesto en regañarlo. Ya es habitual que me coja en
brazos o me eche
sobre el hombro cuando le viene en gana, ya sea en
público o en privado.
—Podemos comer en La Mansión —dice guardando las bolsas
en el
maletero. Se sienta a mi lado en el coche y me regala la
sonrisa que reserva
para mí antes de ponerse las gafas de sol—. ¿Lo estás
pasando bien?
Lo estaba, hasta que me ha recordado que tenemos que ir
a La
Mansión. También tengo que soportar una noche entera
allí.
—De maravilla. —No puedo quejarme, no mientras esté con
él.
—Yo también. Ponte el cinturón —dice, y arranca el coche
y se lanza
rugiendo al tráfico del mediodía.
Luego pone la música a todo volumen y baja la ventanilla
para que
todo
Knightsbridge escuche Dakota de Stereophonics.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL CAPS ... MAÑANA LES AGREGO EL SIGUIENTE LO PROMETO ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :))
Sigueeeéee
ResponderBorrarAl fin!
ResponderBorrarExtrañaba la fic!
Esta hermosaa.. Me gustaa muchooo :)
Jajaja Tom le dijo la verdad a (Tn), ojala Tom pronto pueda ver el encaje que escogió (Tn) jajaja me muero x leer el próximo cap.. sube mañana virgiiii me dejaste intrigada y ademas ya extrañaba los caps de esta fic :( me hicieron mucha falta..
ResponderBorrarSube!!! ya hay 4 comentarios jejeje
ResponderBorrarSube pronto
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