CAPITULO
21.-
Una vez
servidos los postres y los cafés, y con mis mejillas doloridas por
las
payasadas de Kate y Georg a la mesa, John se levanta y anuncia, con su
voz
atronadora de siempre, que todos deberíamos abandonar la sala para
que
retiraran las mesas y la prepararan para recibir a la banda.
Tom se
incorpora y me ayuda a hacer lo propio en un esfuerzo de
colmarme
de atenciones. Yo lo rechazo con petulancia. Está haciendo todo
lo posible
por distraerme de mi enfurruñamiento. Cuando me alejo de la
mesa, me
agarra del hombro y me da la vuelta hasta que estamos frente a
frente. Me
atraviesa con esos ojos cafeces llenos de desaprobación.
—¿Vas a
comportarte como una niña malcriada toda la noche, o tengo
que
llevarte arriba y follarte hasta que entres en razón?
Su
animosidad me hace retroceder cuando veo que mira a mis
espaldas
y sonríe saludando a alguien que está detrás de mí. Vuelve a
centrarse
en mi persona y su sonrisa desaparece al instante. Su reacción a
mi
agravio me ha cogido por sorpresa. Me pasa la mano por detrás y me
coge del
culo con una palma firme, me aprieta contra su entrepierna y
empieza a
mover esas malditas caderas despacio y con fuerza. Maldigo a
mi cuerpo
traicionero por tensarse, y mis manos ascienden como un acto
reflejo y
lo agarro de los hombros. Se acerca a mi oído.
—¿Sientes
eso? —dice apretando con más fuerza.
Mi
esfuerzo por contener un gemido de placer es en vano. No quiero
calentarme
aquí porque no pienso dejar que me tome en este lugar. Jamás.
—Responde
a la pregunta, _____. —Me muerde el lóbulo y lo desliza
entre los
dientes.
Lo agarro
con más fuerza de los hombros.
—Lo
siento —digo con un hilo de voz entrecortada.
—Bien.
Pues es tuya. Toda entera. —Aprieta con más fuerza y se me
clava más
todavía—. Así que deja de estar de morros. ¿Entendido?
—Sí
—suspiro contra su hombro.
Me suelta
y da un paso atrás y enarca las cejas esperando mi
confirmación.
¿Siempre va a tener esta influencia sobre mí? Estoy
temblando
y replanteándome seriamente mi voto de evitar practicar sexo
en La
Mansión. Podría llevármelo arriba sin problemas, a una de las suites
privadas,
y dejar que me devorara viva.
Echo un
vistazo a sus espaldas y me encuentro con la mirada viperina
de Sarah
y, como marcando patéticamente mi propiedad, me pego al pecho
de Tom de
nuevo y lo miro con ojos arrepentidos.
Él
asiente a modo de aprobación y se inclina para posar los labios
sobre los
míos.
—Mucho
mejor —dice contra mi boca. Me da una vuelta y empieza a
guiarme
afuera del salón de verano—. No llevo nada bien todas las miradas
de
admiración que atraes —comenta colocándome una mano firme en la
zona
lumbar.
Yo me
mofo. Debe de estar de broma. Me encuentro rodeada de
mujeres,
y estoy convencida de que todas desean que desaparezca. Soy una
intrusa
en su fiesta.
—Tú no te
quedas corto llamando la atención —susurro mientras
pasamos
junto a una morena atractiva.
Ella
sonríe alegremente a Tom y le acaricia el brazo.
—Tom,
estás tan fantástico como siempre —le dice con entusiasmo.
No puedo
evitar la breve carcajada de sorpresa que escapa de mi boca.
Tiene
mucha cara, y me ofende sobremanera que piense que voy a
quedarme
tan tranquila mientras ella flirtea descaradamente con él. Estoy a
punto de
detenerme para ponerla en su sitio, pero Tom me obliga a
continuar
y evita que cumpla mi propósito. No me puedo creer que tenga
tanta
poca vergüenza.
—Natasha,
tú siempre tan descarada —responde él irónicamente
mientras
me coloca el brazo sobre el hombro y me da un beso casto en la
mejilla
al sentir mi irritación.
Ella
sonríe arteramente y me mira con recelo con esos ojos de zorra
que
tiene. ¿Se habrá acostado con ella también? Siento cómo mi recién
descubierto
sentido de la posesión empieza a arder en mi interior. No me
imagino
pasando mucho tiempo aquí si ésta es la reacción que voy a
obtener
cada vez que lo haga. Y no es que me muera de ganas, la verdad,
pero
tratándose del lugar de trabajo de Tom, estaría bien poder venir y
estar
cómoda, en vez de sentir que estoy ofendiendo a un millón de
mujeres
atractivas. Y ésa es otra cuestión: ¿acepta Tom sólo a socias que
son de un
ocho para arriba en la escala del físico? Cuanto más tiempo paso
aquí, más
creo que debería dejar de trabajar. Quiero pasar cada segundo
pegada a
Tom para darles en los morros a todas estas putas descaradas y
desesperadas.
Me estoy hundiendo mentalmente otra vez.
Al llegar
al bar, el taburete en el que siempre suelo sentarme está
ocupado
por un hombre. No tarda en abandonarlo al vernos aparecer, y alza
su copa a
modo de saludo. Tom me levanta y me coloca en el asiento, y
Mario se
acerca al instante, dejando que otro camarero se encargue de
atender a
los socios de La Mansión.
—¿Qué
quieres beber? —Tom se apoya en su taburete, delante de mí,
y me
estrecha la mano entre las suyas—. ¿Un «sublime»? —pregunta
enarcando
las cejas.
Me vuelvo
hacia Mario.
—Por
favor, Mario —digo, y él me ofrece su encantadora sonrisa de
siempre,
aunque parece algo más agobiado que antes. No me extraña, no ha
parado en
toda la noche.
—Yo quiero
otro —dice Kate, que se acerca y se asoma por encima
del
hombro de Tom resoplando—. ¡Estos zapatos me están matando! —
protesta
con una expresión de auténtico dolor—. En serio. El que inventó
los
tacones era un hombre, y lo hizo con la intención de facilitaros la tarea
de
placarnos y cargarnos sobre vuestros lomos para llevarnos a la cama.
Tom
inclina la cabeza hacia atrás y se echa a reír con ganas cuando Georg y
Gustav
llegan también.
—¿Qué tiene
tanta gracia? —pregunta Georg al ver a Tom partiéndose
de risa.
Me mira a
mí, mira a Kate, y ambas nos encogemos de hombros con
una
amplia sonrisa. Kate le propina a Tom unas afectuosas palmaditas en
el
hombro. No puedo evitar participar en la diversión de Tom ante el
sarcástico
comentario de Kate. Cuando se ríe así, unas arrugas coronan sus
brillantes
ojos cafeces y sus sienes. Se pone guapísimo.
—Perdonad,
¿qué queréis beber? —pregunta entonces, serenándose y
guiñándome
un ojo.
Yo me
derrito en el taburete y le envío un mensaje telepático para
pedirle
que me lleve a casa. El disfrute en el séptimo cielo de Tom se ha
reanudado.
Me encuentro en mi salsa.
Gustav y
Georg piden sus bebidas a Mario, pero él ya va de camino a la
nevera
para sacar sus cervezas. Recojo todas nuestras copas, le paso la suya
a Kate y
la pillo asintiendo por encima de mi hombro. La miro con enfado.
Ella
repite el gesto de la cabeza y me doy cuenta de que me está haciendo
una
señal: quiere fumar. Me acerco a Tom y él interrumpe su conversación
con los
chicos para prestarme atención.
—¿Qué
pasa, nena? —Parece preocupado.
—Nada,
voy al baño un momento. —Me bajo del taburete y cojo mi
bolso de
la barra—. No tardaré.
—Vale.
—Me besa la mano.
Me marcho
y me reúno con Kate.
—Necesito
un piti —espeta con urgencia.
—¿En
serio? Creía que querías llevarme arriba —digo mientras ella
me dirige
afuera. Mi naturalidad con respecto al piso de arriba debe de ser
resultado
del sublime de Mario—. Necesito ir al baño urgentemente, ahora
te veo.
—¡En la
puerta principal! —grita, y se marcha en dirección al
vestíbulo
mientras yo me dirijo a los aseos.
El lavabo
de mujeres está vacío, y me meto en uno de los escusados.
Todavía
no he intentado usar el retrete con este vestido puesto. Podría
llevarme
un tiempo. Me subo la falda hasta la cintura con relativa facilidad
y me
aseguro de sostenerlo bien antes de sentarme. No sé de qué me
preocupo,
el suelo está impoluto. La puerta se abre y oigo unas cuantas
voces que
conversan alegremente.
—¿La
habéis visto? Es demasiado joven para nuestro Tom.
«Oh,
oh...»
Me quedo
helada a media micción y contengo la respiración.
¿«Nuestro
Tom»? ¿Lo compartían? Me relajo en el retrete y vacío la
vejiga.
Ahora que he empezado, no puedo parar.
—Está
enamorado de ella. Joder, ¿habéis visto el diamante que lleva
colgado
al cuello? —dice con fascinación la voz número dos.
—Como
para no verlo. No cabe duda de que está loco por ella —
interviene
la voz número tres.
¿Cuántas
son? Termino de hacer pis y empiezo a bajarme el vestido y
a
plantearme qué debo hacer. Lo que quiero es salir y dejarles claro que no
estoy con
él por el dinero.
—Vamos,
Natasha. Tom es un dios del Olimpo. El dinero no es más
que un
añadido —dice la voz número dos, y ahora ya sé que la número tres
es la de
Natasha, la zorra descarada. ¡Y él es mi puto dios del Olimpo!
—Vaya,
parece que todo nuestro esfuerzo ha sido en vano. Había oído
rumores,
pero no me lo creía hasta que lo he visto con mis propios ojos.
Parece
que nos hemos quedado sin nuestro Tom —bromea la voz número
uno.
Sigo de
pie en el escusado, deseando que se marchen para poder
escapar,
pero entonces oigo que empiezan a sacar los pintalabios para
retocarse
el maquillaje.
—Es una
lástima, ha sido el mejor polvo que he tenido nunca y jamás
volveré a
catarlo —dice la voz número tres, es decir, Natasha.
Monto en
cólera. Sí se ha acostado con ella. Miro al techo intentando
calmarme
desesperadamente, pero es imposible, sobre todo con esas tres
putas ahí
fuera ensalzando las habilidades sexuales de mi dios.
—Lo mismo
digo —añade la voz número uno, y me quedo
boquiabierta,
esperando a que la voz número dos acabe de rematarme.
—Bueno,
pues no sé vosotras, pero yo creo que es demasiado bueno
como para
dejar de intentarlo.
No puedo
seguir escuchando esta mierda. Tiro de la cadena y las tres
se quedan
en silencio. Compruebo que el vestido no se me haya
enganchado
en el corpiño, abro la puerta y salgo como si tal cosa. Sonrío
con
cortesía a las tres mujeres, todas con alguna especie de maquillaje
suspendido
delante de sus rostros. Me miran totalmente desconcertadas
mientras
me acerco al espejo del otro extremo del aseo. Me lavo las manos
tranquilamente,
me las seco y me aplico brillo de labios, todo en absoluto
silencio
y bajo las miradas recelosas de las tres zorras. Paso por delante de
ellas y
salgo del baño sin decir ni una palabra y con la dignidad intacta.
El
corazón me late a mil por hora y me tiemblan un poco las piernas,
pero
consigo llegar al vestíbulo. Ha sido horrible y, aunque sé que Tom ha
tenido
sus aventuras, lo cierto es que no me había planteado el alcance de
éstas.
Oír a esas mujeres hablar así sobre él me fastidia. Ha estado con
muchísimas
mujeres. Creo que yo también necesito un cigarrillo.
Sé que
estoy gruñendo en voz alta cuando veo a Sarah salir por la
puerta de
lo que suele ser el restaurante. Lleva toda la noche esperando
este momento
y, después de lo que acabo de soportar, me siento menos
tolerante
hacia ella que de costumbre. En cuestión de minutos (o, mejor
dicho,
segundos), me veo frente a la cuarta mujer con la que Tom se ha
acostado.
Estoy angustiada y no tengo humor para aguantar las ponzoñosas
palabras
de Sarah, y además tampoco quiero pelearme con ella con este
vestido
tan caro.
—Sarah,
has hecho un trabajo excelente esta noche —digo con
cortesía.
Empiezo yo con los cumplidos para dejar clara mi intención de
que
nuestro encuentro sea civilizado, aunque tengo que hacer uso de toda
mi fuerza
de voluntad.
Ella
cruza uno de los brazos por debajo de su pecho ya levantado de
por sí,
realzándolo todavía más mientras sostiene su gin-tonic de endrinas
delante de
la boca. Su postura y su lenguaje corporal indican superioridad,
y me
preparo para la inevitable advertencia.
—¿Has
cogido tu regalo de la mesa? —pregunta con una sonrisa.
Me deja
descolocada. Ha cambiado el tono. Pensaba que ya habíamos
superado
la falsa cortesía, especialmente cuando Tom no está presente.
—Lo
cierto es que no —respondo con recelo. Después de ver la cara
que ha
puesto Kate, no lo quería.
Ella
amplía la sonrisa.
—Vaya,
qué lástima. Había algo ahí que podría haberte resultado muy
útil.
—¿El qué?
—digo sin poder ocultar mi curiosidad. ¿A qué juega?
—Un
vibrador. Vi que el tuyo estaba hecho pedazos en el suelo de la
habitación
de Tom.
—¿Disculpa?
—espeto con una risotada de incredulidad.
Ella
sonríe con malicia y yo empiezo a temer lo que está a punto de
decir.
—Sí,
cuando lo rescaté el miércoles por la mañana, después de que lo
dejaras
esposado a su cama —dice sacudiendo la cabeza—. Eso no fue muy
inteligente
por tu parte.
Se me cae
el alma a los pies y veo cómo se deleita observando mi
reacción
ante la información que acaba de proporcionarme. ¿Llamó a
Sarah?
Estando desnudo, esposado a la cama y con un vibrador al lado
decidió
llamar a Sarah para que fuera a liberarlo?
«¿Qué?»
Pensaba
que había sido John. ¿Por qué di eso por hecho? Ni siquiera
puedo
pensar en aquello. Ahora mismo sólo puedo mirar a la desagradable
criatura
que tengo delante, gozando con suficiencia de mi desgracia. Lo
voy a
matar, pero antes pienso borrarle a ella esa sonrisa asquerosa de esa
cara
hinchada de bótox que tiene.
—¿Has
oído hablar de la cinta adhesiva para la ropa interior, Sarah?
—pregunto
con frialdad. Ella se mira los pechos y yo empiezo a avanzar
hacia
ella. Pienso aplastarla.
—¿Disculpa?
—dice riendo.
—Cinta
adhesiva para las tetas. Sirve para que no se te vean los
pechos
o... —Sacudo la cabeza—. Aunque, claro, precisamente ésa es tu
intención,
ofender la vista de todo el mundo con tu pecho exagerado. —Me
detengo
delante de ella—. Menos es más, Sarah, ¿has oído ese dicho
alguna
vez? Te vendría bien recordarlo, sobre todo a tu edad.
—¿_____?
«¡No!
¡No, no, no!»
Me vuelvo
y veo a Tom con el entrecejo fruncido. Me alegro, porque
debería
estar preocupado. Oigo que los tacones de Sarah se alejan y entra
en el
restaurante. Sí, ha soltado la bomba y se ha largado para que no le
salpique
la metralla.
—¿Qué
está pasando aquí? —pregunta con una mezcla de confusión y
preocupación
reflejada en el rostro.
Ni
siquiera sé qué decir. Miro alrededor del vestíbulo de La Mansión
y veo que
muchos socios empiezan a subir al piso de arriba. Deben de ser
más de
las diez y media.
—¿______?
Vuelvo la
vista hacia Tom y compruebo que empieza a caminar hacia mí.
Retrocedo
y él se detiene.
—Me voy
—digo, decidida.
No puedo
quedarme aquí a escuchar a todas esas mujeres alardeando
sobre sus
encuentros sexuales con él y juzgando por qué estamos juntos.
Tampoco
pienso quedarme a ver cómo desaparece con otra sin dar
explicaciones.
Y desde luego no tengo intención de aguantar las
humillaciones
de Sarah. Doy media vuelta y me dirijo con determinación
hacia la
inmensa doble puerta de la entrada para salir de este infierno. El
corazón
me va a mil por hora y las lágrimas de frustración empiezan a
brotar.
—¡______!
—lo oigo gritar, y después oigo sus fuertes pisadas tras de
mí.
No sé qué
planeo hacer una vez fuera. Sé que me alcanzará, y sé que
no me
dejará marcharme. Robaré un coche. No me importa haber bebido
demasiado.
La escenita del aseo ha sido horrible, pero lo de Sarah me ha
destrozado.
No puedo seguir sometiéndome a esta tortura. Está acabando
con mi
sensatez y transformándome en un monstruo celoso y resentido. No
debería
haber venido aquí.
—¡______,
mueve el culo hasta aquí ahora mismo!
Llego a
los escalones y me topo con Kate.
—¿Dónde
estabas? —pregunta, y abre los ojos como platos al ver que
Tom corre
detrás de mí.
—Me voy
—contesto mientras me recojo el vestido para bajar los
escalones.
Kate
observa cómo me marcho a toda prisa con una expresión de no
entender
nada reflejada en su pálido rostro. Desciendo con una prisa
absurda y
me estrello contra el firme pecho de Tom, cubierto con la
chaqueta
de su traje. ¡Ese maldito pecho! Me levanta y me coloca sobre su
hombro
sin hacer el más mínimo esfuerzo.
—¡Tú no
vas a ir a ninguna parte, señorita! —ruge, y empieza a subir
de nuevo
los escalones hacia La Mansión.
Me aparto
el pelo de la cara y apoyo las manos sobre su zona lumbar
para
intentar liberarme.
—¡Suéltame!
—grito frenéticamente mientras me retuerzo, pero me
tiene
bien cogida y sé que preferiría morir antes que soltarme—. ¡Tom!
Kate nos
observa pasar con la boca abierta, tira la colilla de su
cigarrillo
al suelo y nos sigue.
—¿Qué
está pasando?
—¡Es un
gilipollas! ¡Eso es lo que está pasando! —grito atrayendo la
atención
de los aparcacoches, que dejan lo que están haciendo y observan
en
silencio cómo me llevan a hombros de vuelta al edificio—. ¡Tom,
suéltame!
—¡No!
—grita, y continúa avanzando hacia el vestíbulo y hacia el
salón de
verano.
»No te
preocupes, Kate. Sólo tengo que tener una charlita con _____ —
dice
tranquilamente mientras me agarra con más fuerza ante mi continua
resistencia.
Alzo la
vista y veo a mi amiga plantada en la entrada del bar
mirándome
y encogiéndose de hombros. Quiero gritarle, pero sé que ella
poco puede
hacer para convencer a Tom de que me suelte. Me lleva a
través del
salón de verano, donde se han retirado todas las mesas y se ha
preparado
una pista de baile. La banda interrumpe sus pruebas de sonido y
observa
cómo Tom avanza conmigo sobre su hombro. Levanto la cabeza y
veo a
John, que viene del despacho de Tom, y se echa a reír sacudiendo la
cabeza.
No tiene ninguna gracia. Pasamos por su lado en el pasillo pero no
dice
nada. Sólo se aparta y nos deja el camino libre, como si fuese algo de
lo más
cotidiano. Supongo que así es.
Tom
cierra la puerta de su despacho de una patada y me deja en el
suelo,
con el rostro descompuesto de rabia, lo que no hace sino aumentar
mi propia
ira. Me apunta con un dedo.
—¡No
vuelvas a huir de mí! —ruge.
Me
estremezco. Levanta los brazos con frustración, se acerca al mueble bar
y yo me dirijo
a la puerta de nuevo. ¿Beberá si me marcho? En estos momentos
estoy
demasiado furiosa como para que me importe. Agarro la manija de la
puerta
pero no continúo. Tom me alcanza y me levanta. Me deja de nuevo
en el
suelo y prácticamente le da una patada a un aparador hasta que
bloquea
la salida.
—¿A qué
coño estás jugando? —Me agarra de los hombros y me
sacude
con suavidad—. ¿Qué pasa?
Recupero
la posesión de mi cuerpo y me aparto de él. Él gruñe pero
me deja
estar. De todos modos, ya no puedo ir a ninguna parte.
Me vuelvo
y le lanzo la peor de mis miradas.
—¡No
puedo creer que te abalances sobre cualquier hombre que me
mire y en
cambio te parezca de lo más normal meter a otra mujer en tu
cuarto
estando desnudo y tumbado en la cama! —chillo. ¡Estoy furiosa!—.
¡Creía
que te había soltado John!
Baja
ligeramente la mirada mientras asimila lo que acabo de
reprocharle.
—¡Pues no
fue así! —grita—. Él estaba aquí, no pude localizar a Georg,
y Sarah
andaba cerca. ¿Qué querías que hiciera?
Lo miro
con la boca abierta de incredulidad. ¿Cómo se atreve a
enfadarse
conmigo?
—¿Y no se
te ocurre otra cosa que llamar a una mujer?
—¡No
deberías haberme esposado a nuestra puta cama!
—¡A TU
cama! —subrayo.
Abre los
ojos con furia.
—¡NUESTRA!
—¡Tuya!
—rebato puerilmente.
Él echa
la cabeza hacia atrás y maldice mirando al techo. Me da igual.
No pienso
dejar que le dé la vuelta a la tortilla y me haga sentir culpable a
mí.
—Y, ya
que estamos, acabo de tener el placer de escuchar a tres
mujeres
que compartían impresiones sobre tus habilidades sexuales. Me ha
encantado.
Ah, y Zoe ha tenido la amabilidad esta mañana de informarme
sobre lo
frecuentada que está tu cama. ¿Y quién coño era esa mujer? —
Intento
recobrar un poco la compostura, pero me cuesta. No paro de
imaginarme
a Tom entreteniendo a otras mujeres, y eso me está
emponzoñando
la mente. Es ridículo. Tiene treinta y siete años.
Se acerca
a mí.
—Ya sabes
que tengo un pasado, _____ —dice con impaciencia.
—Sí, pero
¿te has follado a todas las putas socias de La Mansión?
—¡Esa puta
boca!
—¡Vete a
la mierda! —Me acerco al mueble bar, cojo la primera
botella
de alcohol que encuentro (que parece ser de vodka) y me sirvo un
chupito.
Con las
manos temblorosas, levanto el vaso e ingiero todo el
contenido
de un trago. De repente me pregunto por qué tiene alcohol en su
despacho
si pretende evitar beber. Me arde la garganta y me estremezco
mientras
dejo el vaso de un golpe sobre el mueble de madera pulida. No
soy tan
idiota como para servirme otro. Me quedo ahí plantada con las
manos
sobre el armario mirando la pared.
Él
tampoco dice nada.
Me duele
la garganta y me siento totalmente fuera de control,
consumida
por los celos y el odio.
—¿Cómo te
sentirías tú si otro hombre me viera totalmente desnuda y
esposada
a una cama? —pregunto con un tono imparcial.
La
respiración pesada que recorre la corta distancia que nos separa
hasta
rozarme cálidamente la espalda me da la respuesta.
—¡Me
darían ganas de matarlo! —ruge.
Me lo
imaginaba.
—¿Y cómo
te sentirías si oyeras a alguien comentando cómo es
hacerlo
conmigo y diciendo que no iban a dejar de intentar llevarme a la
cama de
nuevo?
—¡Basta!
Me vuelvo
y lo veo observándome detenidamente, con la barbilla
temblorosa.
—Aquí ya
no tengo nada que hacer —digo, y me dirijo hacia la
puerta.
El
aparador parece pesado, pero no tengo ocasión de comprobarlo.
Tom se
interpone en mi camino y detiene mi progreso. Respiro hondo y lo
miro.
—Que
sepas que no voy a irme, pero sólo porque no puedo. Voy a
salir ahí
y me voy a tomar algo, y mañana por la noche saldré de fiesta con
Kate. Y
tú no vas a impedírmelo.
—Eso ya
lo veremos —responde, muy seguro de sí mismo.
—Por
supuesto que lo veremos.
Empieza a
mordisquearse el labio clavando su mirada en la mía.
—No puedo
cambiar mi pasado, _____.
—Lo sé. Y
no parece que yo pueda olvidarlo tampoco. ¿Te importa
apartar
el mueble, por favor?
—Te
quiero.
—Quita el
aparador de ahí, por favor.
—Tenemos
que hacer las paces —dice con expresión socarrona.
Se me
salen los ojos de las órbitas.
—¡No!
—grito, ofendida por su intención de que lo perdone echando
un polvo
rápido.
Avanza un
paso y yo doy otro hacia atrás.
—No
tienes escapatoria, _____ —me advierte con voz calmada. Yo
retrocedo
otro paso y observo cómo me mira detenidamente—. ¿Vas a
resistirte?
—Enarca una ceja admonitoria y yo sigo retrocediendo hasta
que mi
espalda choca contra el mueble bar y me agarro al borde.
Si me
pone las manos encima estaré perdida, y quiero seguir
enfadada.
Necesito seguir estándolo. Pretende cegarme con su tacto una
vez más.
Me
alcanza y coloca las manos sobre las mías. Mi cara está a la altura
de su
cuello y de su mentón. Intento bloquear mi sentido del tacto, pero
fracaso
estrepitosamente. Sé que no me dejará salir de su despacho hasta
que
hayamos hecho las paces.
—Mañana
volveré a casa de Kate —digo, desafiante. Necesito tiempo
para
superar estos celos irracionales. Por lo visto, Tom Kaulitz también ha
despertado
en mí cualidades bastante desagradables.
—Sabes
que no vas a hacer eso, _____. Pero el hecho de que lo digas me
pone
furioso.
—Sí lo
voy a hacer —respondo. Sé que lo estoy provocando, pero
necesito
que sepa que esto me afecta.
Se
inclina hasta que sus ojos quedan a la altura de los míos.
—Muy
furioso, _____ —me advierte suavemente—. Mírame —me
ordena a
continuación.
Gimo.
—No. —Si
lo hago, estaré perdida y Tom se anotará un tanto.
—He dicho
que me mires.
Niego
ligeramente con la cabeza y él exhala un suspiro.
—Tres
—empieza a contar claramente.
Mis ojos
ascienden hacia los suyos de manera instintiva, pero no
porque
haya empezado la cuenta atrás y no quiera que llegue hasta cero. Es
porque no
entiendo nada. He cumplido su orden de manera involuntaria, y
ahora
estoy mirando de lleno esos ojos cafeces oscuro cargados de lujuria.
—Bésame
—me exhorta.
Aprieto
los labios, niego con la cabeza e intento liberar mis brazos.
—Tres...
—empieza de nuevo, y yo me quedo helada y abro
inmediatamente
la boca. Roza mis labios con los suyos levemente—. Dos...
No es
justo. Podría besarme, pero sé que no va a hacerlo. Quiere que
me rinda
y yo intento resistirme desesperadamente, aunque mi cuerpo
traicionero
desea tenerlo.
—Uno...
—Sus labios vuelven a rozar los míos.
Aparto la
cabeza y me retuerzo intentando zafarme de él.
—No, no
vas a liarme, Tom.
Deja
escapar un gruñido de frustración y me suelta. Yo levanto las
manos y
lo empujo. Empezamos a forcejear y lo golpeo para apartarlo de
mí
mientras él intenta agarrarme de las muñecas.
—¡______!
—chilla mientras me sujeta con fuerza y me da la vuelta. No
sé por
qué me molesto. Sé que tengo las de perder, aunque él me está
tratando
con mucho cuidado—. ¡Para de una puta vez!
No le
hago caso, la rabia y la adrenalina alimentan mi tenacidad para
seguir
resistiéndome contra él.
—¡Joder!
—grita. Me obliga a echarme al suelo y me retiene debajo
de su
cuerpo—. ¡Basta ya!
Jadeo debajo
de él. Me duelen todos los músculos y el corazón se me
va a
salir del pecho. Abro los ojos y veo que me observa perplejo. No sabe
qué hacer
conmigo. Estoy perdiendo el control.
Nos
quedamos mirándonos, jadeando tras el esfuerzo de nuestro
combate
físico. Y entonces los dos nos inclinamos hacia adelante hasta que
nuestras
bocas se unen con fuerza y nuestras lenguas batallan con urgencia.
Tom gana.
Gime, me suelta las muñecas y me agarra del pelo
mientras
me toma la boca con tanta fuerza como yo a él. Es un beso
posesivo.
Yo refuerzo mi reclamo e intento hacerle entender que mis
sentimientos
hacia él son tan fuertes que el hecho de imaginármelo con
otras
mujeres hace que me vuelva tan loca de celos como él. Posa una
mano
sobre mi pecho y me lo agarra con fuerza por encima de la tela del
vestido.
Me lo pellizca y me lo aprieta entre gruñidos.
La lengua
y los labios empiezan a dolerme, pero ninguno de nosotros
tiene
intención de parar. Ambos estamos tratando de dejar algo claro.
Deslizo
las manos desde sus bíceps hasta su cabeza, lo agarro del pelo y lo
presiono
todavía más contra mí. Estoy ardiendo completamente mientras
me
retuerzo en el suelo debajo de él, marcando con éxito mi propiedad. Y
entonces
rodamos, mis labios se apartan de los suyos y descienden hacia su
torso
trajeado hasta que alcanzo la cremallera de sus pantalones. Se la bajo,
me
apresuro a liberarlo y, una vez libre, le envuelvo la verga con la mano
sin
demora.
Estoy
embriagada de frenesí, le cubro el miembro con la boca y lo
absorbo
entero, sin cuidado, sin suaves lametones ni caricias juguetonas.
Lo ataco
de manera frenética y desesperada.
—¡Joder!
—exclama cuando siento que me toca el final de la garganta
—.
¡Joder, joder, joder!
No me dan
arcadas y me lo meto en la boca una y otra vez, sin parar,
apretando
en la base de su miembro y agarrándole con firmeza los
testículos.
—¡JODER!
—Levanta las caderas—. ¡_____! —Me agarra del pelo. No
sé si me
suplica o me reprende.
Me
concentro en reforzar mi desesperación por él y continúo lo más
de prisa y
crudamente que puedo, sintiendo la sedosidad de su piel dentro
de mi
boca. La fricción de la velocidad de mis movimientos nos calienta a
ambos.
—No dejes
que se salga, _____ —me ordena, y recibe con sus caderas
cada
embate de mi cabeza. Me duelen las mejillas, pero no paro.
Y
entonces siento que se expande en mi boca, su respiración se vuelve
irregular
y me agarra el pelo con más fuerza. Gimo a su alrededor, le
aprieto
con más firmeza las pelotas y deslizo la mano por debajo de su
camisa
para agarrarle el pezón y pellizcárselo con fuerza.
Brama.
Eleva la pelvis y me aprieta la cabeza contra él. La punta de su
verga me
golpea la pared de la garganta.
Y
entonces se corre.
Yo me lo
trago.
Ambos
gemimos.
—Joder,
_____ —jadea retirándose de mi boca y pegándome contra su
cuerpo—.
Joder, joder. —Me toma los labios de nuevo y me pasa la lengua
por la
boca para compartir su esencia salada—. Deduzco que eso quiere
decir que
lo sientes —resuella mientras me lame con la lengua.
¿Acaso
cree que esto ha sido un modo de pedir disculpas? ¿Que si
siento el
qué? ¿Ser una loca irracional y posesiva... como él?
—No
—afirmo. Y es verdad.
Nuestras
lenguas permanecen pegadas y seguimos jadeando y
acariciándonos
el uno al otro.
Vuelvo a
bajar el brazo y le agarro el miembro semierecto sin dejar de
acariciarlo
mientras ambos seguimos comiéndonos la boca... de manera
agresiva.
No estoy preparada para parar. Él se aparta, jadeando, con el
pecho
agitado, pero yo no me detengo. Pego mis labios doloridos de nuevo
contra
los suyos y hundo la lengua en su boca mientras continúo
ordeñándole
frenéticamente la polla.
—_____,
para. —Me quita la mano de su entrepierna y aparta la cara
para
romper nuestro contacto.
Pero esta
vez tampoco paro. Forcejeo con él cubriéndolo de besos con
urgencia.
Nunca antes me había rechazado.
—¡______!
¡Por favor! —Pierde la paciencia, me pega de nuevo al suelo
y me
aprisiona bajo su cuerpo.
Los ojos
se me llenan de lágrimas. Estoy más desesperada que todas
esas
mujeres. No llevo esto nada bien. Un sollozo escapa de mis labios y
aparto la
cara muerta de vergüenza.
—Cariño,
no llores —me ruega con suavidad, tirando de mi cara de
nuevo
hacia la suya y apartándome el pelo. Después me mira casi con
compasión—.
Lo he entendido —susurra, y me pasa el pulgar por debajo
del ojo—.
No llores. —Me acaricia los labios con los suyos—. Para mí
sólo
existes tú.
Parpadeo
para evitar que me caigan más lágrimas.
—No puedo
con esto —digo, y estiro la mano para tocarle la cara—.
Me siento
violenta —admito. No puedo creer que acabe de confesarle eso,
y me
sorprende el hecho de que sea cierto—. Eres mío —digo con un hilo
de voz.
Él
asiente. Lo ha entendido.
—Soy sólo
tuyo. —Se lleva mi mano a los labios y me besa la palma
con
firmeza—. No les hagas caso. Sólo están sorprendidas. Se sienten
despechadas
al ver que les ha ganado la partida una belleza joven y
despampanante
de ojos oscuros. Mi belleza.
—Y tú
eres la mía —afirmo bruscamente.
—Siempre,
______. Cada milímetro de mi cuerpo es tuyo. —Mueve un
poco el
cuerpo y deja caer todo su peso sobre mí, cubriéndome por
completo.
Me agarra la cara con las palmas de las manos y me mira
fijamente
con esos ojos cafeces que tiene—. _____, tú me perteneces. —Posa
los
labios sobre los míos—. ¿Entendido?
Afirmo
con la cabeza, aunque me siento débil y necesitada.
—Buena
chica —susurra—. Eres mía, y yo soy tuyo.
Asiento de nuevo, por miedo a llorar si abro la boca.
Pensaba que
ya no podía quererlo más.
Me acaricia las mejillas con las palmas de las manos y
recorre con la
vista cada milímetro de mi rostro.
—Sé que esto te resulta muy difícil.
—Te quiero. —No sé ni cómo he conseguido articular las
palabras.
—Lo sé. Y yo a ti. —Se sienta y luego me ayuda a
incorporarme—.
Más tarde haremos las paces como es debido. No quiero
estropearte el
vestido. —Sonríe levemente y me da la vuelta—. Hemos de
tener
paciencia, y ambos sabemos que tengo muy poca en lo que
se refiere a ti.
—Me da la vuelta otra vez y me frota la nariz con la
suya—. ¿Te sientes
mejor?
—Sí.
—Bien. Vamos.
Me coge de la mano y me dirige hacia la puerta. Me la
suelta
brevemente para colocar el aparador en su sitio, luego
la reclama de nuevo
y me
lleva de regreso a la fiesta. Me siento mucho mejor. Lo ha entendido.
PAG. 335
CAPITULO
22.-
La banda ha empezado a tocar y la gente está reunida en
el salón de verano.
—¿Motown? —pregunto, algo sorprendida, mientras Tom tira
de mí
entre las pocas mesas que quedan montadas.
—Es una gran banda. ¿Quieres bailar? —Me mira con una
media
sonrisa y entonces recuerdo que mi hombre se mueve de
maravilla.
—Después —digo, sin embargo. Soy consciente de que Kate
debe de
estar preguntándose qué ha pasado y dónde estoy. Él
asiente y me
acompaña hasta el bar.
Mi taburete está libre y me coloca sobre él.
Kate, Gustav y Georg siguen ahí, y parece que el alcohol
les está
sentando bien.
—¿Dónde os habíais metido? —inquiere Kate, asegurándose
de que
mi hombre está distraído.
—En el despacho de Tom, discutiendo sobre cierta mujer a
la que
llamó para que lo liberara cuando lo dejé esposado a la
cama —suelto
tranquilamente, vigilando a Tom para comprobar que no
está escuchando.
Está demasiado ocupado pidiéndole a Mario las bebidas.
—¿Y lo dejaste ahí? —La cara de Kate es una mezcla de
pasmo y
diversión.
—Sí. —No se lo había contado—. Estaba muy enfadado.
—No me extraña. ¿Y llamó a Sarah para que lo soltase?
—Sí —digo con los dientes apretados—. Y se ha acostado
con ella.
—Vaya. —Kate junta los labios—. ¿Y por qué la llamó a
ella? —
pregunta abriéndose un hueco entre Tom y yo para estar
delante de mí.
—No pudo encontrar a nadie más. John estaba aquí y Georg
debía de
estar ocupado también con otra cosa.
—¿Qué día fue?
—El miércoles. —Enarco las cejas y observo cómo
retrocede
mentalmente al miércoles por la mañana. De repente su
cara adopta una
expresión de culpabilidad y sé que ya ha caído. Ni
siquiera voy a
molestarme en preguntarle por qué Georg no podía ir a
rescatar a Tom—.
Sarah se lo ha pasado en grande informándome. Eso, unido
a la
agradabilísima experiencia de oír cómo tres mujeres
compartían
impresiones sobre las habilidades de Tom en la cama, han
colmado mi
vaso —refunfuño.
—Qué fuerte. —Kate me mira con compasión—. Pero eso ya
es
historia, _____.
—Ya lo sé. —Sacudo la cabeza con disgusto—. Kate, tengo
muchas
cosas que contarte. ¿Salimos mañana por la noche?
Necesito desahogarme
un poco.
Ella asiente y de pronto suelta un grito cuando Tom la
levanta y la
deja a un lado para tener acceso a mí. Kate le da una
palmada juguetona en
el hombro entre risas.
—Bebe. —Me pone un vaso de agua debajo de la nariz y me
lo bebo
sin rechistar. Veo cómo sonríe mientras lo hago y
después le devuelvo el
vaso. Él asiente sorprendido y sustituye el vaso vacío
por otro que contiene
un sublime de Mario—. ¿Ves lo fácil que es todo si haces
lo que se te dice?
—pregunta.
Lo miro con recelo y sacudo la cabeza ante semejante
impertinencia.
Sí, es verdad, pero sus exigencias no son siempre tan
simples como beber
un vaso de agua. Se vuelve para charlar con Gustav y
Georg, pero mantiene
una mano firme sobre mi rodilla.
—Anda, mira —susurra Kate.
Sigo la dirección de su mirada y veo que Sarah está
riendo con un
grupo de hombres y acariciando, tocando y básicamente
manoseando a
cada uno de ellos a la menor oportunidad. Sus ojos
pequeños y brillantes
reparan en mí y me lanza una petulante mirada de
satisfacción, hasta que
siento los labios de Tom sobre mi mejilla. La dejo
muriéndose de rabia de
ver que su plan no ha funcionado y centro la atención en
Tom. Él me guiña
un ojo, me pone de pie, me levanta los brazos, los
coloca sobre sus
hombros, desliza las manos por mi espalda, me estrecha
contra sí y apoya
la frente contra la mía. Está intentando infundirme
seguridad, cosa que
agradezco.
—¿Estás bien? —pregunta.
Yo sonrío y me aparto un poco para ver su hermoso
rostro.
—Perfectamente.
—Bien.
Damos un brinco al ver un estallido de luz y nos volvemos.
Kate está
ahí apuntándonos con una cámara de fotos. Tom me coge en
brazos y yo
echo la cabeza hacia atrás riendo, consciente de los
continuos disparos y
fogonazos de la cámara.
Me besa el cuello.
—Sonríe, nena.
Levanto de nuevo la cabeza y me encuentro con sus
relucientes ojos
cafeces repletos de... felicidad. Lo hago feliz. Hago
que tenga ganas de
vivir. Que quiera dejar atrás esta clase de vida.
Sonrío, hundo los dedos en
su pelo y acerco sus labios a los míos.
—¡Vale! —exclama Kate—. ¡Ya es suficiente!
Tom me tiene y me toma donde quiere, sin importarle en
absoluto
quién nos vea o dónde nos encontremos. Me baja de nuevo
y me coloca
sobre el taburete. Me da la bebida y vuelve a su
conversación con los
hombres, como si no acabara de silenciar a toda la sala
con esa
demostración de amor exagerada y fuera de lugar. Sin
embargo, no me
sonrojo. No me importa ni me avergüenza en lo más
mínimo.
Miro al otro lado del bar y veo a Sarah echando humo.
—Me detesta, Kate.
—¡Que le den! —espeta mi amiga—. ¿A ti te importa?
—No. Pero me fastidia no tener más remedio que aceptar
el hecho de
que Tom vendrá todos los días y que ella estará aquí.
—¿La despediría si
yo se lo pidiera?
Kate desaparece de delante de mí cuando Georg la agarra
y se la lleva
fuera del bar. Me yergo en el taburete y observo ansiosa
si se la lleva hacia
la izquierda, hacia la escalera, o hacia la derecha,
hacia el salón de verano.
Van hacia la derecha. Suspiro, tremendamente aliviada.
No quiero ni
imaginármelo.
—¡_____, vamos a bailar! —grita mientras desaparece de
mi vista. Iré
con ella en seguida.
Llama mi atención un hombre que se acerca a Tom y le
tiende la
mano. Su cara me suena. Tom se la acepta y se la
estrecha afablemente al
tiempo que se vuelve y me mira de soslayo. Me he dado
cuenta de que,
según van bebiendo más, cada vez más gente se acerca a
conversar con
Tom, sobre todo mujeres. Charlan brevemente y el tipo
señala con su copa
en mi dirección. Tom me mira y se acerca con él. Estará
a mitad de la
cuarentena y se ha quitado la chaqueta. Parece algo
achispado.
—_____, éste es Chris. —El tono de Tom me sugiere que
preferiría no
tener que presentármelo—. Era el agente inmobiliario en
funciones del
Lusso.
Claro. Sabía que lo conocía de algo. Él me ofrece una
sonrisa babosa y
le cojo manía al instante. Mi aversión por los agentes
inmobiliarios no ha
disminuido, ni siquiera tratándose de uno tan exclusivo.
Todos son iguales,
vendan chabolas o áticos de lujo.
—Hola. —Le tiendo la mano de mala gana y me la estrecha.
Tiene la
palma sudorosa y siento deseos de correr a los aseos
para lavármela
inmediatamente—. Me alegro de conocerte. —Finjo una
sonrisa sincera y
advierto que Tom sonríe al ver que empiezo a juguetear
con mi pelo.
—Es un auténtico placer —responde Chris. No me suelta, y
lanzo una
mirada nerviosa a Tom cuando el tipo se aproxima más
sosteniéndome con
fuerza la mano—. Me encanta tu vestido. —Me mira de
arriba abajo, y
hace que me incline hacia atrás ligeramente.
Es un hombre muy atrevido. O eso, o tremendamente estúpido.
Tom
está junto a él en un nanosegundo y los músculos de su
mandíbula se
mueven a toda velocidad. Está temblando físicamente. En
serio, siempre
son los agentes inmobiliarios. Chris desaparece pronto
de mi espacio
personal tras recibir un brusco tirón en el hombro.
Permanece atrás, donde
Tom lo ha dejado, y observa cómo se acerca a mí, me
levanta, se sienta en
mi taburete y me coloca sobre sus muslos.
—Chris, te recomiendo que tengas cuidado con dónde pones
las
manos y los ojos. De lo contrario me veré obligado a
partirte las putas
piernas, ¿entendido? —dice Tom tranquilamente, aunque el
tono de su voz
está cargado de tensión.
Chris retrocede con una expresión de inquietud
justificada en el
rostro.
—Tom, discúlpame. Creía que era un blanco más —farfulla.
—¿Perdona? —le espeto. ¿Está de broma?
Tom se tensa detrás de mí y el pánico me invade. Si no
lo retengo en
el taburete, Chris morderá el polvo antes de dos
segundos. Le pongo la
mano sobre la pierna y se la aprieto ligeramente. Su
cuerpo emana un
intenso calor y los latidos de su corazón me golpean la
espalda. Me
encantaría ver cómo pone en su sitio a este cerdo
impertinente, pero
también me gustaría acabar la noche sin tener que
cubrirle la mano con una
bolsa de hielo.
Se levanta ligeramente del taburete y me aprieta contra
su pecho.
—¡Te aconsejo que te largues ahora mismo! —ruge.
Yo me pego contra él y le lanzo a Chris una mirada de
«vete o sabrás
lo que es bueno». Él retrocede sin apartar la mirada, y
no creo que vuelva
en una buena temporada.
Giro la cabeza y observo a Tom con una mirada
interrogativa.
—¿Tienes ganas de matarlo? —pregunto.
Me mira con el ceño fruncido y después con una expresión
de agobio.
—Muchas.
—¿Todas las mujeres son «blancos»? —Esto es nuevo.
Él se encoge de hombros.
—Los socios de La Mansión son sexualmente muy abiertos.
Ah, genial. Miro a mi alrededor y veo que cada vez hay
menos
multitud en el bar desde que la banda ha empezado a
tocar y que han
abierto arriba. Las personas que me rodean parecen
normales y corrientes,
pero todos están aquí por un motivo, y no tiene nada que
ver con las pijas
instalaciones deportivas que alberga La Mansión. Una
cosa está clara, a
juzgar por los cochazos que suele haber aparcados fuera:
todos son
tremendamente ricos.
—¿Cuánto cuesta ser socio? —pregunto. Mi curiosidad está
sacando
lo mejor de mí.
Me hunde la cara en el cuello.
—¿Por qué? ¿Quieres apuntarte?
—Puede —respondo a la ligera.
Me muerde el cuello.
—No te pega ser sarcástica, señorita. —Me sube un poco
más sobre su
regazo—. Cuarenta y cinco.
—¿Al mes? No está mal.
Se echa a reír.
—No, cuarenta y cinco mil al año.
«¡¿Qué?!»
—¡Joder!
Me atrapa el lóbulo entre los dientes y empieza a mover
las caderas
contra mi culo.
—Esa boca.
Yo gimo un poco al notar su dura erección. Cuarenta y
cinco mil
libras al año es una cantidad absurda de dinero. Esta
gente debe de ser
idiota o estar muy desesperada pero, si miro a mi
alrededor, lo cierto es
que no hay nadie especialmente feo. Todos tienen pinta
de poder acostarse
con quien quieran.
—Oye, ¿y Kate paga eso? No es que ande justa de pasta,
pero es muy
cuidadosa con su dinero.
—¿Tú qué crees? —pregunta con una sonrisita.
No lo sé. ¿Le habrá perdonado la cuota anual por ser
amiga mía?
¿Haría algo así?
De repente caigo en la cuenta.
—Georg —digo—. Lo ha pagado Georg.
—A precio de amigo, claro.
¿Cobra cuotas especiales a los amigos que se unen a su
club sexual?
Me siento como si fuera de otro planeta en estos
momentos. No concibo
ese tipo de cosas, y aquí estoy, comiendo y bebiendo con
esta gente y
saliendo con el propietario. ¿Quién lo habría imaginado?
—Habría preferido que te hubieras negado —refunfuño.
Puede que
Kate sea una persona bastante centrada, pero no puedo
evitar pensar que va
directa al desastre.
—_____, lo que Georg y Kate hagan es cosa suya.
Me enfurruño.
—¿Cuántos socios hay? —Siento un auténtico interés por
saber cómo
funciona La Mansión y por el estilo de vida que ha
escogido esta gente.
Me apoya la palma de la mano en la frente y tira de mí
hacia atrás
hasta que mi cabeza descansa sobre su hombro.
—Estás siendo muy cotilla para detestar este lugar. —Me
besa la
mejilla.
Yo me encojo de hombros como sugiriendo que me da igual
si me
responde o no, pero lo cierto es que estoy
sorprendentemente interesada. Se
ha hecho muy rico con esto, incluso a pesar de que lo
consiguiera gracias a
su tío Carmichael.
—No soy cotilla.
Se ríe ligeramente.
—En el último recuento, creo que Sarah dijo que eran
unos mil
quinientos, pero no todos participan de manera activa.
Algunos sólo vienen
una vez al mes, otros conocen a alguien e inician una
relación, y otros se
dan un descanso de vez en cuando.
«¡Joder!»
Hago cálculos y eso asciende a una barbaridad de
millones.
—¿Y el restaurante y el bar están incluidos?
—¡No! —dice, escandalizado. No entiendo por qué. Por
cuarenta y
cinco mil libras al año yo querría algo más que una
invitación a practicar
sexo con cualquiera—. El bar y el restaurante son una
sociedad distinta.
Algunos socios desayunan, comen y cenan aquí cuatro o
cinco veces a la
semana. No ganaría mucho dinero si las comidas y las
bebidas estuvieran
incluidas en la cuota. Tienen cuentas que saldan
mensualmente. Vuélvete,
quiero verte.
Me insta a levantarme y me pone entre sus muslos. Me
lleva el pelo
hacia atrás, me coloca bien el diamante y me coge las
manos.
—¿Quieres ver el piso de arriba? —pregunta, y empieza a
mordisquearse el labio.
Yo retrocedo un poco. Sé que no se refiere a las suites.
Ya las he visto,
o al menos una de ellas. Se refiere al salón
comunitario, y también lo he
visto, pero estaba vacío y lo estaban limpiando cuando
entré en él por
accidente. ¿Quiero verlo?
«¡Joder!»
La verdad es que sí. No sé si es que el sublime de Mario
me ha
infundido valor o si es por pura casualidad, pero quiero
saberlo todo.
—Vale —digo en voz baja antes de arrepentirme, y él
asiente
ligeramente, como si cavilara.
Se levanta y dejo que me guíe hasta la escalera del
vestíbulo. Alzo la
vista hacia el inmenso descansillo y oigo cómo la gente
entra y sale de las
habitaciones. Dejo que Tom tire de mí hacia arriba. Sé
que me está dando
tiempo para retractarme, y quiero decirle que se dé
prisa antes de que
termine haciéndolo. Llegamos arriba y empezamos a
recorrer el
descansillo hasta que llegamos a la vidriera. Hay gente
pululando por todas
partes, todos completamente vestidos; algunos están de
pie fuera de las
habitaciones, otros sólo están charlando. Es extraño.
—Tenemos que seguir con eso la semana que viene —dice
Tom
señalando a la ampliación del pasillo abovedado. Y ahora
entiendo por qué
—. ¿Lista? —pregunta.
Se vuelve hacia mí y sé que está observando si miro la
doble puerta
que da al salón comunitario. Sus ojos atraen los míos
como si fueran
imanes. Y lo son. Y su mirada cafe y profunda me
atraviesa. Sabe que
todo lo relacionado con este lugar hace que me sienta
tremendamente
incómoda. ¿Cómo no iba a saberlo? Se lo he dejado
bastante claro, pero no
parece molestarle que encuentre su establecimiento
sórdido y oscuro. No lo
ofende. Es como si aprobara mi reacción y mi aversión.
Se acerca a mí, sin interrumpir el contacto visual,
hasta que estamos
frente a frente.
—Sientes curiosidad —murmura.
—Sí —confieso sin vacilar—. Así es.
—No tienes por qué sentirte tan inquieta. Estaré contigo
y te guiaré.
Si quieres marcharte, dilo y nos iremos.
Para mi sorpresa, su intento de infundirme seguridad
está
funcionando. Me aprieta la mano y me siento más
tranquila y más cómoda
mientras tira de mí suavemente hacia la escalera. Pongo
los pies en marcha
y me dejo llevar. Mi corazón se va acelerando poco a
poco conforme nos
acercamos.
—Habrán empezado ya varios actos. Algunos serán
moderados y otros
no tanto. Es importante que recuerdes que todo lo que
tiene lugar aquí es
porque ambas partes han accedido. El hecho de que estés
en esta sala no
implica necesariamente que desees participar en ninguno
de esos actos. —
Baja la vista y sonríe con malicia—. Y nunca lo vas a
hacer. Me he
propuesto dejar claro a todos los hombres cuáles serán
las consecuencias si
se acercan a ti. —Vuelve a mirarme—. Puede que tenga que
enviar una
nota para recordárselo —masculla.
Una pequeña carcajada escapa de mis labios. No me cabe
duda.
Esboza una leve sonrisa socarrona y mi amor por él se
intensifica aún más.
Dejo que
me guíe a través de la puerta doble de madera oscura abierta hacia el salón
comunitario.
HOLA!! OTROS CAPS MAS ... 4 O MAS Y AGREGO... HASTA PRONTO :))
Sigueeeeee
ResponderBorrarGuaoo que cap tan intenso, estuvo buenísimo, me cae mal Sarah, menos mal que (Tn) la puso en su lugar jajaja.. me encanto virgi espero el próximo cap..
ResponderBorrarSigueeee *.*
ResponderBorrarSigueeee
ResponderBorrar