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AQUI ESTA EL LINK DE LA TERCERA Y ULTIMA PARTE DE ESTA TRILOGIA ... BIENVENIDAS Y ESPERO Y LA SIGAN LEYENDO :)) ADIOS
martes, 8 de septiembre de 2015
sábado, 5 de septiembre de 2015
fFINAL 33 Y 34
CAPITULOS
FINALES.
CAPITULO
33.-
—Buenos
días, nena.
Abro los
ojos, alarmada. «¿Días?»
—No puede
ser, ¿verdad?
—No, son
las cinco en punto. Llevas toda la tarde durmiendo. ¿Qué
tal la
espalda? —Gatea sobre la cama, totalmente desnudo, hasta tumbarse
a mi
lado. Me quedo mirando atontada las gotas de agua que relucen sobre
su pecho
y sus hombros firmes. Se ha afeitado y huele de maravilla.
Me
retuerzo un poco.
—Creo que
bien. —No me duele en exceso, pero sigo sin querer
repetir—.
Soy una vaga absoluta. Me he pasado todo un día laboral en la
cama. —Me
vuelvo hacia su pecho y obtengo mi dosis de aroma a agua
fresca y
mentolada.
—Si
dejaras de trabajar podrías hacer esto a diario. ¿A que sería
perfecto?
—Para ti
—gruño—. Sería perfecto para ti porque así sabrías dónde
estoy en
cada momento.
Le beso
el pecho mientras pienso que puede que se salga con la suya.
Conozco
bien a Patrick, pero no lo suficiente como para dar por hecho que
mandará a
Mikael a freír espárragos cuando le cuente lo que está pasando.
—Exacto.
—Me pasa los dedos por el pelo—. Deberías venir a
trabajar
conmigo, así no tendríamos que separarnos nunca.
—Te
cansarías de mí.
—Eso es
imposible. ¿Vas a dejar que te lleve a cenar por ahí?
—También
podríamos quedarnos aquí.
Deslizo
la mano sobre su estómago y le acaricio la cicatriz.
—Nada me
gustaría más, pero quiero llevarte a cenar. ¿Te importa?
—me
pregunta.
Se está
comportando de una manera bastante razonable y él no es así
en
absoluto. Además, que rechace la oportunidad de retenerme en la cama
me
resulta sospechoso.
—Aunque,
bien pensado —susurra—, hace demasiado tiempo que no
estoy
dentro de ti, y eso no puede ser. —Empieza a masajearme
suavemente
la espalda—. Nena, no vamos a poder follar adormilados
durante
algún tiempo, así que simplemente voy a follarte. ¿Alguna
objeción?
Se
recuesta sobre la mitad de mi cuerpo y sus ojos empiezan a
cargarse
de deseo. Eso, unido a las morbosas palabras que acaba de
pronunciar,
ha despertado en mí un lujurioso frenesí. Sin embargo, acaba
de
preguntarme si me importa que me tome. Evidentemente no me
importa,
pero prefiero al Tom dominante que siempre coge lo que quiere.
—¿Me
estás preguntando si puedes follarme? —Sospecho que aquí
pasa
algo, y se me nota.
Me mira
con picardía y me besa junto a los labios.
—Esa
boca. Sólo intento ser razonable.
Mueve la
entrepierna y me da justo en el punto adecuado.
—¡Pues no
lo seas! —espeto.
Se aparta
con la frente arrugada y medita sobre mi petición unos
instantes.
—¿No
quieres que sea razonable?
—No. —Empieza
a faltarme el aire. Sabe exactamente lo que se hace.
—Aclárame
eso. Estoy un poco confundido. —Menea las caderas
contra mí
y despierta un persistente palpitar entre las piernas—. ¿De
verdad
que no quieres que sea razonable? —pregunta.
—¡No!
—Vaya. —Mete
un dedo por debajo del elástico de las bragas,
acaricia
mi pequeño manojito de nervios y me envía al cielo—. ¿Carta
blanca?
—pregunta.
—¡Sí!
—Me estás
dando señales contradictorias —dice tranquilamente
mientras
me acaricia—. Me encanta que te mojes conmigo.
—¡Por
favor, Tom! —Arqueo la espalda y la anticipación sexual ha
sustituido
por completo al dolor. Estoy ardiendo.
Me mete
un dedo y después empuja hacia la pared frontal de mi
entrada.
—Suave,
caliente y hecha especialmente para mí. —Me aparta la copa
del
sujetador de un tirón con la otra mano y empieza a retorcerme el pezón,
que ya
tengo duro como una bala—. Se está borrando el chupetón —
murmura
para sí mientras se abalanza sobre mi pecho para morderlo y
chuparlo—.
No queremos que se te olvide a quién perteneces, ¿verdad?
Gimo
cuando sustituye un dedo por dos.
—¡Ahhhhh!
—¿Verdad,
______?
—No
—suspiro.
Se aferra
a mi pezón y tira de él con los dientes, lo que me provoca
oleadas
de placer que van directas a mi sexo.
—Me
encanta lo receptiva que eres a mi tacto. Me da el poder. —Los
dos dedos
se transforman en tres y, como tiene la espalda hecha un cristo,
me agarro
de las sábanas—. ¿Te gusta? —Me mete y me saca los dedos,
traza
círculos con ellos y los empuja mientras observa cómo me retuerzo.
—Mucho —respondo
con voz temblorosa. Necesito esto.
—Abre los
ojos, ______. Deja que los vea cuando te corras para mí.
Obedezco
y lo miro mientras continúa masturbándome hasta la
desesperación.
—Bésame
—le pido mientras recibo con las caderas los empujones de
su mano.
Voy a estallar y necesito su boca sobre la mía.
—¿Quién
está al mando, ______? —pregunta con los ojos cargados de
deseo—.
Dime quién está al mando.
—Tú.
—Buena
chica. —Se acerca y pega sus labios a los míos mientras
rodea con
el pulgar mi manojito de nervios, obligándome a agarrarlo del
pelo y a
aferrarme a él como si mi vida dependiera de ello mientras me
besa con
fuerza y me masturba hasta el clímax. Su lengua se enrosca en mi
boca,
despacio pero con firmeza, con dureza pero con adoración.
Me está
haciendo recordar.
Al sentir
su pecho firme pegado a mi costado, su maravillosa boca
contra la
mía y sus dedos largos y hábiles acariciándome, mi cuerpo se
tensa, mi
mente se queda en blanco y mi alma vuelve a su sitio. Pierdo la
razón.
Una larga oleada de placer me atraviesa. Gimo contra su boca
mientras
mi cuerpo se agita de manera incontrolable y alcanzo el clímax.
—Sólo
para mí —gruñe, y sé que lo dice en serio. Su posesión carnal
de mi
cuerpo hace que me vuelva débil de deseo—. Sólo para mí, siempre,
¿entendido?
—Sí
—suspiro, y me relajo debajo de él. El rugido de la sangre
corriendo
empieza a disiparse en mis oídos.
—Arriba.
—Me coloca los brazos alrededor de su cuello—. Rodéame
la
cintura con esas piernas tan fabulosas.
Hago lo
que me pide y me agarro de su cintura con las piernas para
dejar que
me levante de la cama. Se dirige hacia la puerta de la habitación.
—¿Adónde
vamos? —pregunto ruborizándome al esperar una
sucesión
de polvos como marca su estilo.
—A mi
despacho.
¿Qué?
—¡Espera!
—grito bruscamente.
Se
detiene al instante.
—¿Qué
pasa?
—Llévame
al armario.
—¿Para
qué?
—Porque
necesitamos un condón.
—¿Cómo?
—dice, estupefacto.
—Necesitamos
un condón —repito, aunque sé que me ha oído
perfectamente.
—No tengo
ninguno —escupe con asco.
No me
cabe duda de que es culpable.
—Claro
que sí. En el armario. —Debería bajarme. De repente se pone
tenso.
Parece que ha intuido lo que pensaba hacer. Sabe que lo sé.
—______,
contigo no uso condones.
—Entonces
no follaremos —digo encogiéndome de hombros. Se está
cavando
su propia tumba.
—¿Perdona?
—Se aparta y me lanza una mirada de disgusto.
Me
mantengo seria cuando debería estar furiosa de que me haya
escondido
las píldoras, pero no puedo. Es un puto enigma, y creo que jamás
lograré
resolverlo.
—Ya me
has oído —digo como si tal cosa.
Su mirada
de disgusto se transforma en un ceño fruncido.
—Joder.
Se dirige
al vestidor conmigo en brazos, aparta un brazo de mí y saca
inmediatamente
los condones que acaba de decir que no tenía sin parar de
farfullar.
Quiere dejarme embarazada. Pienso mantenerme muy firme con
ese tema,
aunque puede que ya sea demasiado tarde. ¿Qué haré si lo estoy?
No quiero
ni pensarlo. Lo único que puedo hacer es rezar en silencio.
—¿Sabes?
Mi marca también se está borrando —digo mirándole el
pectoral
mientras salimos del dormitorio.
Su cara
de enfado desaparece y me sonríe con picardía.
—¿Ah, sí?
—Tendré
que volver a marcarte. —Levanto las cejas y veo con
deliciosa
lujuria que sus ojos se han oscurecido todavía más.
—Mi chica
es posesiva. Sírvete, nena.
Sonrío y
clavo los dientes en su pecho. Un pequeño gemido escapa de
sus
labios mientras desciende la escalera en dirección a su despacho.
—Quiero
tomarte aquí para que siempre que esté trabajando te
recuerde
tirada desnuda sobre mi mesa.
Me coloca
sobre la enorme mesa de madera, deja la caja de condones
y se
sienta en su sillón de piel. Esta habitación también está ordenada.
Cathy
debe de haberse preguntado qué coño ha pasado.
Está
totalmente desnudo y duro como el acero y me quedo extasiada
al ver su
esplendorosa longitud. Me coge los bordes de las bragas y yo me
agarro a
la mesa y levanto el culo para que pueda deslizarlas por mis
piernas.
Abre el primer cajón, las mete ahí, vuelve a cerrarlo y me mira.
—Acabas
de correrte en ellas. —Apoya las palmas en mis muslos—.
Quiero
poder olerte también. Abre las piernas.
«¡Ay,
Señor!»
Me abro
de piernas todo lo que puedo, exponiéndome a él por
completo.
No es nada que no haya visto antes, un millón de veces, pero así,
de esta
manera, me siento totalmente desnuda. Se acerca en la silla y me
echa la
mano atrás para desabrocharme con suavidad el sujetador y
deslizarlo
por mis brazos. Mi respiración se acelera y estoy dispuesta a
dejarme
llevar otra vez, pero por su forma de actuar detecto que vamos a
hacerlo a
su manera. Él tiene el mando y, sentado en esa silla, totalmente
desnudo,
con los abdominales firmes y su inmensa erección descansando
sobre su
vientre, posee un aspecto tremendamente poderoso.
—Échate
hacia atrás y apóyate en las manos. —Mete el sujetador a
juego en
el cajón junto a mis bragas y se acomoda de nuevo en la silla.
Me
inclino hacia atrás y mi pecho también queda expuesto. Estoy
nerviosa
y no sé por qué. Me ha tomado de mil maneras y posturas
diferentes,
y con mil estados temperamentales distintos, pero hoy me
siento
algo intranquila. Aparta la mirada de la mía y la hace descender
lentamente
por mi cuerpo hasta fijarla en mi sexo. Sus ojos permanecen
ahí
clavados y se apoya todavía más contra el respaldo de la silla hasta que
el
mecanismo para reclinarla cede ante su peso. Se está poniendo muy
cómodo.
Yo, no
tanto.
Estoy
aquí sentada, igual de desnuda que él, y el corazón se me sale
del pecho
mientras lo veo mirar mi hendidura. Está totalmente extasiado.
—¿Por qué
estás nerviosa? —pregunta sin apartar los ojos de entre
mis
piernas. Su voz grave y agitada no hace que me tranquilice.
—No lo
estoy —miento lánguidamente. Pero sí lo estoy. Me siento
expuesta
y observada, lo cual es ridículo. No hay ni un solo milímetro de
mi cuerpo
que no lo haya tenido encima o dentro. Soy toda suya.
Levanta
la vista y su dureza se suaviza inmediatamente.
—Te
quiero.
Todo mi
ser se relaja al oír esas dos palabras.
—Yo
también te quiero.
—No lo
dudes nunca.
—No lo
haré. ¿Has acabado con tus observaciones? —pregunto
levantando
una ceja sardónica.
—No. —Se
inclina hacia adelante y vuelve a separarme las piernas.
No me
había dado cuenta de que las había cerrado un poco—. Estoy
evaluando
mis posesiones. —Se apoya en el respaldo y continúa mirando
mi parte
más íntima.
—¿Soy una
posesión?
—No, eres
mi posesión. —Mantiene la vista fija donde está, y decido
que ya
que estoy debería disfrutar un poco también de mi propia posesión.
Todavía
salivo al ver lo perfecto que es—. ¿Quieres escuchar mi
veredicto?
—pregunta.
—Claro.
Me mira a
los ojos y una de las comisuras de sus labios se eleva.
—Soy un
hombre muy rico. —Se acerca sobre la silla, me agarra las
piernas
por los tobillos y me coloca las plantas de los pies sobre sus
hombros.
Si antes estaba desnuda, no sé cómo estoy ahora—. No sientas
pudor
conmigo —me reprende con el ceño ligeramente fruncido. Apoya las
palmas de
las manos sobre mis empeines y empieza a besarme el tobillo.
El calor
de sus labios activa una vibración en mi pierna que va directa a mi
intimidad.
Dejo
escapar unos débiles gemidos.
—Apártate
el pelo de la cara —ordena tranquilamente.
Me apoyo
sobre una mano, me recojo el pelo con la otra y lo dejo caer
sobre mi
espalda.
—Mejor.
Ahora puedo ver todas mis posesiones.
Me da un
mordisquito en el tobillo y noto una sacudida.
—Ver que
estás excitada y saber que soy yo el que te hace estar así es
la
sensación más gratificante del mundo. —Extiende la mano, me pasa un
dedo por
la vulva y aplica una ligera presión en la parte superior de mi
clítoris.
Separo
los labios y unos suaves jadeos escapan de mi boca repetidas
veces. Me
retuerzo con la tremenda necesidad de cerrar las piernas de
golpe.
—Déjalas
abiertas,_____. Quiero ver cómo palpita tu carne en mi mano
cuando te
corras para mí. —Su tono gutural acelera mi deseo de explotar
bajo sus
caricias y su intensa mirada.
Cambia un
dedo por dos y me atrapa el clítoris entre ellos apretando
despacio.
Echo la cabeza atrás.
—¡Ahhhhhhhh!
—gimo.
Sé que
estoy cometiendo una falta grave.
—Mírame,
nena. No apartes los ojos de mí.
—Estoy
cerca —jadeo.
—Lo sé,
pero pararé si no me miras. Escúchame, ______. Mírame con
esos
preciosos ojos que tienes.
Me obligo
a levantar la cabeza con un esfuerzo inmenso y tiemblo
bajo su
tacto. Cuando nuestras miradas se cruzan, aumenta el ritmo de sus
caricias.
La visión de sus ojos cafeces y lujuriosos, sus labios entreabiertos
y su
cuerpo relajado aumenta mi placer. Él está quieto, pero totalmente
excitado.
Sus únicos movimientos son los de sus dedos en mi sexo
deslizándose
arriba y abajo, el de las sacudidas de su polla y el de su pecho
agitado.
Entonces acerca los labios a mi tobillo y hunde los dientes en la
superficie
de mi piel.
Pierdo la
razón.
Contengo
un grito y aprieto los pies contra los hombros de Tom
mientras
una descarga de presión estalla y me invade por todos los ángulos
de mi
cuerpo hasta que quedo reducida a una masa de nervios palpitantes.
—Eso es
—jadea mientras me besa el pie y desliza el dedo por mi
hendidura—.
_____, estás palpitando. Es perfecto.
Mis
pechos agitados ascienden y descienden, estoy toda sudorosa y
mis
músculos se contraen con violencia. Él sigue sentado, observando mi
clímax,
con la mirada fija en mi abertura. La excitación en sus ojos es algo
que no se
puede describir con palabras. Lo que no sé es cómo consigue
refrenar
el impulso de llevarse las manos a su miembro pétreo, que
continúa
sacudiéndose sobre su regazo.
—Ven
aquí. —Extiende las manos y yo las acepto. Bajo los pies de
sus
hombros y doblo las piernas mientras me coloco a horcajadas sobre su
regazo y
me sujeto al respaldo de la silla—. Sube —dice tranquilamente.
—Ponte un
condón —replico, jadeando.
—_____,
no me pidas que me ponga condón —casi suplica él.
—Tom,
¿sabes la suerte que hemos tenido de que no me haya
quedado
preñada todavía?
Sé que es
posible que lo esté, pero ruego a Dios para que no sea así.
También
sé que, para él, el hecho de que no lo esté sería más bien mala
suerte.
Debe de saber que podría estarlo: me robó las píldoras y sabe que
no he ido
a por otras. Tengo que mantenerme firme con este asunto. Es una
locura.
¿Añadir un niño a nuestra relación? Eso sería una auténtica
estupidez,
y ya tenemos bastantes asuntos de los que ocuparnos, como de
su
comportamiento neurótico e imposible, sólo que ahora supongo que a
ambos se
nos podría calificar de neuróticos.
Sacude la
cabeza y tira de mí hacia abajo, colocándose, pero me
pongo
tensa y hago todo lo posible por evitar que me penetre. Me mira y
sus ojos
me dicen todo lo que necesitaba saber. Le aparto la mano de
debajo de
mí y vuelvo a sentarme sin Tom hundido en mi interior. Lo miro
fijamente,
pero él baja un poco la mirada. Sabe que lo he pillado.
Me
vuelvo, saco uno de los preservativos de la caja y me agacho hasta
que estoy
de rodillas en el suelo entre sus piernas. Él observa cómo abro el
envoltorio,
extraigo el condón y le agarro la polla con suavidad para
deslizarlo
por su cabeza y desenrollarlo por toda su longitud. Ambos
permanecemos
callados mientras vuelvo a montarme sobre su cuerpo y a
colocarme
en su regazo.
Me elevo
inclinándome hacia adelante para que mis pechos queden
cerca de
su boca. Él acepta el ofrecimiento, me lanza una sonrisa cómplice
y luego
enrosca la lengua alrededor de cada uno de mis pezones y los
atrapa
entre sus dientes. Acabo de tener dos orgasmos muy intensos, y si
sigue
mordisqueándome de esta manera pronto llegará el tercero. ¿Cómo
consigue
hacerme esto?
Siento su
mano bajo mis lumbares y se coloca debajo de mí. Noto la
extraña
sensación del látex que me toca la pierna.
—Baja
despacio —me ordena con innegable voz de mando.
Obedezco
y hago descender los muslos, bajando lentamente sobre él.
Su vara
de acero encuentra mi abertura y la atraviesa mientras exhala un
largo
suspiro controlado. Apoya la cabeza contra el respaldo y yo la mía en
su
frente, con los ojos cerrados. Me tiene completamente empalada. No es
lo mismo,
pero sigue estando dentro de mí.
—No te
muevas. —Su aliento fresco invade mis fosas nasales
mientras
me habla a la cara y me envuelve la cintura con sus enormes
manos.
Me quedo
quieta. Siento cómo vibra dentro de mí, y me cuesta un
mundo no
contraer los músculos a su alrededor. Necesita un momento.
—Me
encanta tenerte a mi alrededor. ¿Cuánto crees que puedes
permanecer
así sin moverte? —Me da un pico en la boca y me pasa la
lengua
por el labio inferior. Sé que no aguantaré. Aprieto la boca contra la
suya,
pero él me detiene y aparta la cara—. Veo que no mucho.
Echo la
cabeza atrás y él me mira otra vez.
—Me estás
rechazando —digo suavemente. A veces me sorprende que
haga esas
cosas, teniendo en cuenta lo mal que reacciona él cuando no
puede
tocarme a mí.
—Es un
desafío.
—Tú eres
un desafío —respondo, y bajo la cabeza para intentar
reclamarlo
de nuevo, pero vuelve a apartarme la cara.
Intento
provocarlo moviendo las caderas, pero él me agarra la cintura.
No
necesita hacer mucha fuerza para mantenerme inmóvil. Aparto la
cabeza y
él vuelve a mirar al frente.
—Me
necesitas —dice con una voz tan áspera y sexy que apenas
puedo
controlar la respiración. Su polla sigue sacudiéndose frenéticamente
dentro de
mí.
—Te
necesito. —Sé que para él estas palabras significan más que «Te
quiero».
Su expresión de deleite lo confirma. Me inclino hacia adelante
para
atrapar sus labios pero vuelve a apartarme la cara—. ¿Cómo te
sentirías
si alguien impidiera que me besaras? —pregunto.
—Querría
matarlo —afirma con un rugido mirándome de nuevo.
Afloja
las manos sobre mi cintura y yo aprovecho la falta de sujeción
para
bajar lanzando un gemido. Sus ojos cerrados con fuerza vuelven a
abrirse.
—Yo
también —digo con firmeza, y me aprieto contra sus caderas.
Resopla y
me agarra de la cadera para detener mi táctica.
—¿Quién
está al mando, ______?
—Tú.
Sus ojos
centellean.
—¿Quieres
que te folle?
—Sí.
—Buena
respuesta. —Levanta las caderas y empuja hacia arriba,
mientras
tira de mí hacia abajo con un gruñido gutural. Grito y me agarro
al
respaldo de la silla—. ¿Así? —pregunta mientras se retira y vuelve a
penetrarme
hasta el fondo.
—¡Joder,
sí! —Echo la cabeza atrás y cierro los ojos.
—¡Mírame!
—ladra con otro golpe de la pelvis—. Nótala, ______. ¿La
notas?
Abro los ojos
con la vista borrosa. La expresión carnal y posesiva de
su rostro
hace que me sienta como la criatura más deseada sobre la faz de
la
tierra.
—La
siento.
Gruñe y
empuja hacia arriba una y otra vez, elevándome y tirando de
mí hacia
abajo para recibir cada uno de sus embates. Una capa de sudor
empieza a
brillar en su frente. Los músculos de su mentón se tensan y la
vena de
su cuello sobresale. Me agarro con tanta fuerza al respaldo que los
nudillos
se me ponen blancos. Quiero besarlo pero, primero, no ha dicho
que pueda
hacerlo y, segundo, nuestras bocas no podrían permanecer
unidas.
Mi sexo tiembla y mi saturado montículo de nervios protesta ante
tanta
intensidad, pero necesito uno más, sólo uno más.
—Estoy
cerca —expreso de manera entrecortada y difícil de descifrar
—. ¡Tom,
estoy cerca!
—¡Espera!
—gruñe entre dientes, y aprieta hacia arriba. Me agarra las
caderas
con tanta fuerza que casi me hace daño—. ¡Aguántate!
—¡No
puedo! —grito, y él para al instante.
La falta
de fricción y de ritmo detienen mi orgasmo.
—He dicho
que esperes —jadea. Su polla se sacude furiosamente
dentro de
mí. ¿Cómo lo hace? Su respiración es agitada e irregular
—.Contrólalo,
______.
—Contigo
no puedo controlar nada. —Apoyo la cabeza en su hombro
mientras
el ardor en mi entrepierna se enfría ligeramente.
—Ya lo
sé. —Vuelve la cara hacia mi pelo y me besa—. Eres mía, así
que yo lo
controlaré.
Empieza a girar las caderas suavemente para reactivar mi
orgasmo
abandonado. No puedo discutirle eso. Le pertenezco por
completo y sé
perfectamente que no se refiere sólo a mi orgasmo
inminente.
—Te quiero —murmuro contra su húmedo hombro.
Suspira.
—Yo también te quiero, nena. ¿Nos corremos a la vez?
—Por favor.
—Dame esos labios.
Deslizo los labios por su cuello hasta la mandíbula y
hasta su boca y
él empieza a mover las caderas ociosamente, hacia
adelante y hacia atrás,
mientras me derrito con sus besos.
Éste es el Tom dulce; es como si estuviera saliendo con
una decena
de hombres diferentes.
—Mmm. Eres deliciosa —dice. Gimo en su boca y noto que
sonríe—.
Siento cómo te contraes a mi alrededor, y me encanta que
lo hagas. —Guía
mis caderas y me coge con fuerza.
—A mí también me encanta sentirte dentro. —Aprieto los
muslos y lo
agarro del pelo para acercarlo más aún.
—Córrete para mí —dice, y empieza a moverse trazando
círculos
estudiados seguidos de un pequeño empujón de las
caderas.
Yo me retuerzo un poco y termino emitiendo un largo
gruñido de
satisfacción en su boca. Mi tercer orgasmo no ha sido
tan intenso, pero sí
igualmente gratificante.
—Joder —susurra, y su cuerpo se pone rígido.
No siento su semen caliente en mi interior, pero todos
los demás
signos del clímax están ahí. Me sostiene quieta en sus
brazos.
—Eres increíble.
Me aferro a su polla palpitante con ansia y lo hundo
hasta el fondo en
mí. Es el placer encarnado. Él es el placer encarnado.
—Ha sido fantástico —digo devorándole la boca. Él deja
que haga lo
que quiera, y me mantiene lo más pegada a él posible
mientras me acaricia
las caderas suavemente—. No ha estado tan mal, ¿verdad?
—pregunto.
—No, no lo ha estado, pero sigue habiendo algo que se
interpone entre
nosotros.
—¿Quieres matar al condón? —digo sonriendo contra sus
labios.
—Sí. —Se aparta y sonríe—. Arréglate o llegaremos tarde.
Continúo cubriéndolo de besos.
—¿Adónde vamos? —No me importaría nada quedarme donde
estoy
—. Estoy cómoda aquí.
—A cenar. He hecho una reserva. —Se ríe ligeramente, me
sujeta de
las mejillas y me aparta la cara—. Ducha.
—Deja que te quiera. —Me aproximo y le mordisqueo
suavemente la
oreja.
—_______... —me advierte tirando de mí. Le brillan los
ojos con malicia
cuando estira la mano y pasa un dedo por el borde del
chupetón que me ha
hecho en la teta—. Siempre tendrás esto. —Me mira—.
Siempre.
Yo hago lo propio y recorro mi propia marca en su
pectoral.
—Deberías hacer que me tatúen tu nombre en la frente
—sonrío—.
Así no habría ninguna duda de a quién pertenezco.
Enarca las cejas y parece sopesarlo por unos instantes.
—No es mala idea —dice finalmente, muy serio—. Me gusta.
Se levanta conmigo en brazos y yo me aferro a él como un
mono,
como de costumbre.
Subimos al piso de arriba manteniendo la conexión hasta
que
llegamos a la cama, donde me coloca suavemente sobre las
sábanas.
Sacude la cabeza resoplando de disgusto y se quita el
condón, le hace un
nudo y lo tira a la papelera.
—Ponte boca abajo para que te eche más crema.
Me insta a volverme y me apoya las manos sobre las
nalgas. Ahora sí
que no me apetece nada salir. Quiero quedarme aquí toda
la noche con
Tom montado en mi espalda frotándome todo el cuerpo con
sus
maravillosas manos.
—Tengo que ducharme primero.
—Volveré a hacerlo después.
Sonrío.
—Tú también necesitas crema.
—Yo estoy bien. Lo importante eres tú. —Se coloca sobre
mi trasero
y vierte un poco de crema en mi espalda.
Está fría y me hace saltar.
—¿Por qué no me has avisado? —refunfuño.
—Lo siento, puede que esté algo fría —ríe.
Giro el cuello y me deslumbra con esa sonrisa reservada
exclusivamente para mí. Vuelvo a apoyar la cabeza sobre
los antebrazos.
—Eres muy atractivo —susurro ensoñadoramente mientras me
aplica
la crema por cada centímetro de mi espalda—. Creo que
voy a quedarme
contigo para siempre.
—Vale —accede riendo de nuevo.
—¿Dónde has escondido mis píldoras? —suelto como si tal
cosa.
Sus manos se detienen de repente y sé que estoy en lo
cierto. Las está
escondiendo, lo sé.
—¿De qué estás hablando?
—Estoy hablando del hecho de que a mis píldoras
anticonceptivas
últimamente les han salido patas y se van corriendo, y
eso sólo pasa desde
que te conocí.
—¿Por qué iba a hacer algo así? —pregunta, y empieza a
mover las
manos lentamente y en círculos sobre mi espalda.
¿Por qué? No lo sé. ¿Por qué hace muchas de las cosas
que hace? Es
un maldito misterio, con su manera de ser imposible y
sus exigencias
irracionales.
—No voy a desaparecer, si es lo que te preocupa.
—Ya sé que no —se ríe.
—Bien. Iré al médico a por otra receta —digo
tranquilamente, y esta
vez las esconderé. No tengo ni idea de qué voy a hacer
si estoy
embarazada. Creo que moriré en el acto. Sus manos se
vuelven más firmes,
lo que no hace sino alimentar mis sospechas—. Tendrás
que usar condón
hasta que pueda reiniciar el ciclo —añado.
—No me gusta ponerme condones contigo —protesta.
—Entonces no follaremos —respondo con suficiencia. No
hay duda
de que ha sido él.
—¡Esa boca!
Me echo a reír, aunque no sé por qué. Debería estar
furiosa, asustada y
preocupada. No quiero ni imaginarme cómo se comportaría
conmigo si
estuviera embarazada de su hijo. Joder, sería
insoportable. Me envolvería
en algodón y me encerraría en una celda acolchada
durante nueve meses.
Joder. Espero no estar preñada. Mi vida se acabaría. ¿Y
cómo sería con sus
hijos si es así conmigo? La espera de mi próxima regla
se me va a hacer
eterna.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí —me apresuro a contestar—. ¿Cuánto tiempo lleva Cathy
trabajando para ti? —pregunto desviando la conversación.
La que está en
curso no nos lleva a ninguna parte. Jamás lo admitirá.
—Casi diez años.
—Te quiere mucho.
—Sí —responde tranquilamente, y sé que el sentimiento es
mutuo.
Incluso admitió que no podría vivir sin ella.
—¿Sabe lo de La Mansión? ¡Ay!
—¡Perdona, nena! —dice con temor, y me besa la espalda
para
curarme—. Lo siento, lo siento.
—Tranquilo, estoy bien. Pero que no se repita. —Se
levanta
ligeramente y entonces siento el breve y doloroso contacto
de su manotazo
en mi culo—. ¡Oye!
—No te hagas la lista conmigo —me reprende, y me
acaricia la
mejilla.
—¿Y bien? —insisto.
—¿Y bien, qué?
—Cathy. ¿Sabe lo de La Mansión? —Me vierte un poco de
crema en
la nalga y me la extiende justo donde me ha dado la
palmada.
—Sí, lo sabe. No es ninguna sociedad secreta, ______. No
encierra
ningún misterio. Ya está. Arriba.
—A mí me lo ocultaste —mascullo indignada mientras me
siento en
el borde de la cama.
—Porque me estaba enamorando perdidamente de ti y me
aterraba
que huyeras de mí si lo descubrías. —Enarca una ceja
acusadora y sé lo
que va a añadir—. Y lo hiciste —concluye.
—Estaba perpleja —intento defenderme.
Lo sucedido después de mi descubrimiento todavía me hace
temblar,
y quiero señalar que a pesar de todo regresé junto a él.
Fue lo de la bebida
lo que me llevó a huir.
—Sabía que tenías experiencia, pero no me imaginaba que
fuera
porque regentabas un club sexual que utilizabas en
exceso —le recuerdo,
muy a mi pesar.
—¡Eh! —Se acerca a mí y me tumba sobre la cama para
darme un
beso en los labios—. Dejemos atrás el pasado.
Centrémonos en nosotros,
en el presente, en el mañana, en el día siguiente y en
el resto de nuestras
vidas.
—Vale. Bésame —sonrío.
—Perdona, ¿quién está al mando? —Sus labios se curvan y
aparta la
mirada de mis ojos a mi boca.
—Tú.
—Buena chica. —Me ahoga con la suya y me da justo lo que
quiero,
aunque se aparta demasiado pronto. Expreso mi
frustración con un gruñido
sonoro y él me mira con recelo—. Me da igual que
refunfuñes. Ponte el
vestido nuevo de color crema. —Se levanta y me deja para
que me duche y
me prepare para salir a cenar.
Entro en la cocina sintiéndome muy especial con mi nuevo
vestido, un
cinturón dorado y unos tacones de color crema también
nuevos. Tengo el
pelo suelto sobre la espalda y me he maquillado de
manera sencilla. Me
detengo de repente en cuanto veo a Tom. Está al
teléfono, escuchando con
atención, y babeo al verlo con su traje azul marino y su
camisa rosa claro.
Lo repaso con la mirada de arriba abajo, desde sus Grenson
marrones hasta
su rostro arrebatador, pasando por sus piernas largas y
musculosas, su
pecho firme y perfectamente tonificado y su mandíbula
recién afeitada.
Tiene el ceño fruncido.
Arrugo la frente con curiosidad y sus ojos se suavizan.
Está sobre un
taburete dándose golpecitos en el muslo. Me acerco y me
apoyo en sus
piernas mientras busco el brillo de labios en el bolso.
Hunde el rostro en
mi pelo para inhalarlo y me pasa el brazo por la cintura
para acercarme
más a él.
—¿Y qué más puedes decirme? —Habla con poca cortesía.
Me vuelvo y lo miro con curiosidad de nuevo mientras me
aplico el
gloss. Él hace caso omiso de mi mirada y
me besa suavemente en la
mejilla.
—Qué puta casualidad que la otra cámara estuviera rota
—dice
secamente—. ¿Has comprobado las grabaciones del exterior
del bar?
«Oh, oh...»
Entonces respira hondo. Le aprieto el muslo y él me mira
y me besa
en la frente.
—Vale, ya me dirás algo. —Tira el teléfono sobre la
encimera y éste
se desliza unos cuantos centímetros—. No me lo puedo
creer —masculla.
—Crees que es Mikael el de la grabación, ¿verdad?
—Sí.
No sé de qué me sorprendo, ya sabía que lo pensaba, pero
la
confirmación hace que me ponga más nerviosa.
—¿Crees que fue él quien me drogó? —espeto.
—No lo sé, ______. —Parece totalmente desmoralizado.
—Sería un poco exagerado, ¿no?
—Me odia, ______. Sabe que eres mi talón de Aquiles.
Estaba esperando
esta oportunidad.
Me aparto y me vuelvo para mirarlo.
—¿Y si vamos a la policía? —pregunto. Su preocupación
empieza a
agobiarme de verdad a mí también.
—No. —Sacude la cabeza—. Yo me encargaré de esto.
—De acuerdo —digo tranquilamente. No pienso discutir con
él por
este tema.
Suspira.
—Debería alejarme de ti. Si fuera capaz de soportarlo,
lo haría.
—¿Qué? —Me encojo, presa del pánico, por el hecho de que
haya
llegado a sugerirlo siquiera.
—He hecho daño a mucha gente, ______.
—¡Cállate! —Me estoy cabreando—. No digas esas cosas.
—______, la bebida, las mujeres...
—¡Que te
calles! —grito—. No hace falta que me recuerdes
que ha habido otras mujeres desde que te conocí. —Ahora
sí que estoy furiosa.
—Lo siento. Ojalá pudiera cambiarlo todo menos a ti.
Eres lo único
bueno que me ha pasado en la vida, y hasta eso lo estoy
haciendo mal. —
Agacha la cabeza.
Las lágrimas empiezan a inundar mis ojos. Sé que tiene
remordimientos, sé que se arrepiente de cosas. Joder, sé
todo esto. Lo
agarro de la cintura y acerco su cara a la mía.
—Basta —digo con firmeza.
Él suspira y me mira.
—No sé qué he hecho para merecerte.
—Tú me lo recordaste.
Sonríe suavemente y después me mira con picardía.
—Me gusta tu vestido.
Mete la mano por el interior de mi muslo y la desliza
por dentro de
mis bragas.
—A mí también me gusta.
Joder, ya estoy jadeando otra vez. Dejo caer el bolso al
suelo de la
cocina y lo agarro de la solapa de la chaqueta.
Saca el dedo, me lo acerca a la boca y extiende mi
humedad por mis
labios recién pintados con brillo.
—Soy un hombre muy afortunado.
Me coloca sobre su regazo y me inclina hacia atrás con
los labios
pegados a los míos en un largo beso sensual. Cuando ya
tiene lo que quiere,
se retira y me ofrece esa sonrisa reservada sólo para
mí.
Yo se la devuelvo y le paso el pulgar por el labio
inferior.
—Ese color no te sienta bien —le digo, y le limpio el gloss
nude
mezclado con mi propia esencia.
—¿No? —Hace pucheros y yo me río. Me levanta y coge el
mando a
distancia del equipo de sonido—. Quiero bailar contigo.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Sonrío cuando Pumped up kicks de Foster the
People suena muy alto a
través de los altavoces. Sin duda quiere bailar. Me
aprieta contra su pecho
y me sujeta con una mano la zona lumbar y con la otra
agarra mi mano.
Apoyo mi otro brazo en su hombro y lo miro con una
sonrisa.
—Me haces muy feliz.
Sus ojos resplandecen y sus exquisitos labios empiezan a
curvarse
hacia arriba.
—Voy a hacerte feliz durante el resto de mi vida, nena.
Bailemos.
Sale de la cocina dando pasos hacia atrás y pronto
estamos en el
inmenso espacio diáfano del ático. Me da una vuelta y me
atrae de nuevo
hacia sí. Después me guía por toda la habitación. Me río
y miro sus
brillantes pozos cafeces cargados de dicha mientras me
lleva entre los
muebles, me hace girar y me sonríe. Me guía de un
extremo del piso al
otro, hasta la terraza. Danzamos por el entarimado y
volvemos adentro.
—¿Qué baile es éste? —pregunto cuando pasamos junto al
sofá de
nuevo.
—No lo sé. Algo a medio camino entre el vals y el baile
ligero, creo.
—Me sonríe y yo dejo que me siga guiando. Sus ojos
parecen a punto de
estallar de felicidad—. Creo que bailar contigo me gusta
tanto como estar
dentro de ti.
—¿En serio? —pregunto totalmente estupefacta.
—No. —Frunce el ceño—. Me parece que es lo más absurdo
que he
dicho en mi vida.
Echo la cabeza hacia atrás y él se inclina y me besa la
garganta
mientras me dirige de nuevo hacia la cocina. Me levanta.
Yo me agarro con
las piernas a sus firmes caderas y hundo las manos en su
cabello. Nos
quedamos mirándonos y él detiene sus movimientos,
observándome
detenidamente antes de colocarme suavemente sobre la
encimera.
Me coge de las mejillas y me mira directamente a los
ojos. No hace
falta que diga nada, pero sé que va a hacerlo. Es como
si quisiera
demostrar lo bien que se le da su talento recién
descubierto. Ahora habla
conmigo.
Me acaricia con los pulgares.
—¿Quién está al mando, ______?
Pongo los ojos en blanco.
—Tú.
—Te equivocas.
—¿Ah, sí? —digo, sorprendida. Él está al mando. Lo ha
dejado
bastante claro.
—Tú lo estás. —Sonríe y yo frunzo el ceño—. Tú eres
quien está al
mando, nena.
—Pero siempre insistes en que eres tú quien está al
mando.
Se encoge de hombros.
—Me gusta que alimentes mi ego.
Me echo a reír.
—¿Estás de coña?
—No.
Dejo de reírme al ver que él no lo hace, aunque esto es
bastante
gracioso. No hay duda de que manda él. ¿Qué le pasa
ahora?
Me atraviesa los ojos con su magnífica mirada.
—Yo tengo el mando de tu cuerpo, ______. Cuando esos
preciosos ojos
están cargados de lujuria por mí, ahí es cuando tengo el
poder. —Me suelta
las mejillas y desliza las palmas de las manos por el
interior de mis
muslos.
Me pongo tensa, separo los labios y lo agarro de la
chaqueta con los
puños.
Tom sonríe, se inclina y me besa suavemente.
—¿Lo ves? —susurra, y aparta las manos de mis muslos y
me quita
las manos de su pecho—. Y ahora el mando vuelve a ser
tuyo.
Lo observo con una media sonrisa y entiendo
perfectamente lo que
quiere decir.
—Por eso
me follas hasta perder la razón, me haces la cuenta atrás y
me
obligas a besarte cuando estoy furiosa.
Sonríe.
—Esa
boca.
—¡Ahora
que me has revelado tu secreto jamás dejaré que vuelvas a
tocarme!
Se echa a
reír con ganas. Su pecho se hincha y echa la cabeza hacia
atrás.
Creo que eso ya lo sabía. Por eso comienzo a correr conforme
empieza
la cuenta atrás. Sé de lo que es capaz en cuanto me pone las
manos
encima. Baja la cabeza de nuevo y observa mi rostro.
—Bueno,
señor Kaulitz. Después de todo el sexo que hemos practicado,
yo diría
que usted posee la mayoría de las acciones de mando de esta
relación.
Sonrío
cuando rompe a reír de nuevo. Da gusto verlo. Unas pequeñas
arrugas
se forman alrededor de sus ojos cafeces y hacen que brillen más
aún.
—Nena,
nunca nos cansaremos de practicar sexo.
—Y eso te
convierte en un hombre muy poderoso.
—Joder,
______. —Me aparta el pelo de la cara y me agarra de las
mejillas
de nuevo—. Te quiero tanto, tanto. Bésame.
—¿Te
sientes débil?
Se
inclina.
—Sí. —Sus
labios rozan los míos suavemente y yo le cedo el control
que
necesita y dejo que su lengua sature mis sentidos mientras ronronea en
mi boca y
absorbe todo mi poder.
—¿Mejor?
—le pregunto pegada a sus labios.
—Mucho
mejor. Venga, señorita, tenemos un compromiso. —Me baja
de la
encimera, apaga la música y recoge mi bolso del suelo—. ¿Lista?
—Ah,
espera que te enseñe el mensaje. —Cojo el bolso y saco el
móvil.
Casi lo había olvidado.
—¿Qué
mensaje? —dice con el ceño fruncido. Es evidente que él
también.
—El que
recibí desde el teléfono de John. —Busco en mi teléfono y
mi
corazón empieza a latir de manera agitada. Eso es. Ahora es el
momento
de sacarme esto de dentro. No da pie a confusión, así que no
puede
negármelo. John jamás haría algo así—. Mira. —Le muestro el
teléfono
y él lo coge. Mientras lee el mensaje, su arruga de siempre se va
formando
y una expresión pensativa invade su rostro. Me mira un
momento y
vuelve a centrarse en la pantalla. Está cavilando al respecto.
Después
de lo que parece una eternidad, yo expectante y él mirando la
pantalla,
por fin empieza a asentir ligeramente.
—Me
encargaré de esto. —Tira mi teléfono sobre la encimera. Parece
muy
cabreado.
Me
relajo, un poco aliviada. Creo que esperaba que defendiera a Sarah
o que
dijera que debía de haber sido otra persona, pero ¿quién iba a hacer
algo así?
No necesito decir nada más. Por fin lo sabe, y siento un alivio
inmenso.
Mi
teléfono empieza a sonar en ese momento, lo recojo de la
encimera
y veo que el nombre de Ruth Quinn parpadea en la pantalla.
Exhalo un
suspiro de agobio y rechazo la llamada. Pronto telefoneará a la
oficina y
le dirán que hoy no trabajo.
—¿Quién
era? —pregunta.
—Una
nueva clienta. Una nueva clienta muy pesada.
Me quita
el teléfono de las manos y vuelve a dejarlo sobre la
encimera.
Después me estrecha contra su pecho.
—Hoy nada
de trabajo. ¿Estás lista para nuestra cita?
Asiento
contra su torso.
—Sí.
Me besa
la cabeza, me libera y me ofrece el brazo como un perfecto
caballero.
Sonrío, y entrelazo mi brazo con el suyo. Me guiña un ojo y me
guía
afuera del ático en dirección al ascensor.
Nos
reflejamos en todos los espejos que nos rodean. Allá adonde
miro, lo
veo en todo su esplendor. Me abrazo a él y le paso la mano por
debajo de
la chaqueta. No quiero soltarlo jamás. Entonces me observa con
el
rabillo del ojo.
—Debería
obligarte a echarme un polvo de disculpa aquí y ahora —
dice en
voz baja.
—¿Te debo
una disculpa?
—Sí.
—Vuelve a dirigir la vista hacia adelante y yo lo miro a los ojos
en el
reflejo de las puertas.
—¿Por
qué? —Repaso en mi mente a qué puede estar refiriéndose, y
encuentro
demasiadas cosas que, en la cabeza de Tom, pueden tomarse
como
ofensas. Pero esta mañana me he comportado de un modo bastante
dócil, y
él ha sido bastante razonable.
—Me debes
una disculpa por haberme hecho esperar demasiado
tiempo a
que aparecieras en mi vida —dice, muy serio.
Sonrío y
me pego a su lado. La verdad es que yo no he tenido que
esperar
mucho a que él apareciera, dejando a un lado mis dos relaciones de
mierda
anteriores. Mientras que él se enfrentaba a demasiados demonios,
yo estaba
tan tranquila, llevando la vida de cualquier joven normal. Es
curioso.
Las
puertas del ascensor se abren y me rodea los hombros con el brazo
mientras
atravesamos el vestíbulo del Lusso.
—Clive.
—Tom saluda al conserje, que asiente bruscamente en
respuesta
y continúa centrado en sus asuntos. Ni siquiera me ha mirado ni
me ha
preguntado cómo estoy. Anoche oí su voz de preocupación cuando
Tom me
llevaba en brazos. ¿He vuelto a molestarlo?
Salimos
al exterior y Tom pulsa el botón del mando para abrir la
puerta
del DBS.
—Ah, ha
llamado Kate. Deberías devolverle la llamada —dice.
—¿Has
vuelto a coger mi teléfono? —pregunto, pero él se encoge de
hombros
ante mi acusación.
Suspiro y
abro el bolso para sacar el móvil pero, después de rebuscar
un poco,
me doy cuenta de que no está.
—Tom, me
he dejado el teléfono arriba.
Deja
escapar un suspiro largo y exagerado para demostrarme las
molestias
que le estoy causando.
—Toma.
—Me da las llaves—. Date prisa o llegaremos tarde a cenar.
—Vale.
—Vuelvo a atravesar el vestíbulo del Lusso a la carrera, miro
mal a
Clive, que sigue ignorándome, y pulso el código del ascensor.
¿Cómo es
que no continúa en la planta baja? Espero con impaciencia a que
baje de
nuevo y entro corriendo cuando lo hace.
Salgo
antes de que las puertas se hayan abierto del todo, meto la llave
en la
cerradura y la dejo ahí mientras corro a la cocina. Me detengo
súbitamente
y dejo escapar un grito ahogado al ver a dos personas sentadas
en los
taburetes, ambas con un aspecto bastante amenazador.
CAPITULO
34.-
—¿Qué...? ¿Cómo...? ¿Cuándo...? —tartamudeo. ¿De dónde
han salido?
—Hola —saluda mi madre con tono cortante. Mi padre está
ahí
sentado, sacudiendo la cabeza.
No tengo claro si está enfadada o no. Quiero acercarme a
ambos y
darles un abrazo enorme, pero hace semanas que no los
veo y, ahora que
los tengo aquí, no sé cuál es su estado de ánimo.
—¿Cómo habéis entrado? —Por fin consigo formular una
frase
entera.
—Uy, ¿no lo sabías? Tu padre es un ladrón retirado. —Mi
madre me
mira con su ceja perfecta enarcada, y mi padre continúa
ahí sentado con
cara de desaprobación y de mal humor.
—¡Mamá! —Frunzo el ceño.
Por fin suspira y se levanta.
—______ O’Shea, mueve el trasero hasta aquí y dale un
abrazo a tu
madre —dice estirando los brazos en mi dirección.
Me echo a llorar.
—¡Sabía que haría eso! —gruñe mi padre—. ¡Malditas
mujeres!
—Cállate, Joseph. —Vuelve a agitar los brazos y yo voy
directa hacia
ellos, llorando como una niña y encogiéndome un poco de
dolor cuando me
frota la espalda con cariño—. ¡_____! ¿Por qué lloras?
Para, vas a hacerme
llorar a mí también.
—Me alegro tanto de veros... —sollozo contra el blazer
gris de mi
madre mientras mi padre resopla con disgusto al ver a
las dos mujeres de
su vida llorando como magdalenas. No suele mostrar sus
emociones, y
cualquier clase de afecto le incomoda tremendamente.
—______, no podías seguir evitándonos toda la vida,
aunque estemos a
kilómetros de distancia. Deja que te vea. —Me aparta un
poco y me seca
las lágrimas.
No se puede negar que soy hija de mi madre. Tenemos los
ojos
iguales, grandes y castaños, y el pelo del mismo color,
sólo que ella lo
lleva corto. Tiene buen aspecto para tener cuarenta y
siete años, muy
bueno.
—Tu padre y yo hemos estado muy preocupados por ti estas
últimas
semanas.
—Lo siento. Han sido unas semanas de locura —digo
intentando
excusarme y recobrar la compostura. Probablemente tengo
el rímel todo
corrido, y necesito sonarme la nariz—. Un momento. —Miro
a mi madre y
después a mi padre, que encoge sus inmensos hombros con
un gruñido—.
De verdad, ¿cómo habéis entrado? —Estoy tan sorprendida
y emocionada
que se me había olvidado que estábamos en el ático de
diez millones de
libras de Tom.
—Los he invitado yo.
Me vuelvo y veo a Tom de pie en la entrada de la cocina,
con las
manos metidas tranquilamente en los bolsillos de su
pantalón.
—No me has dicho nada —farfullo. Estoy confundida.
—No quería que discutiéramos al respecto —dice
encogiéndose de
hombros—. Y ahora ya están aquí.
Miro a mi madre, que sonríe alegremente a mi hombre
imposible, y
después a mi padre, que pone su típica cara de «Yo sólo
hago lo que me
mandan». Miro de nuevo a mi madre confundida. Sigue con
una amplia
sonrisa, y me muero de vergüenza al ver que Tom la pone
cachonda.
Aunque no sé por qué me sorprende, despierta la misma
reacción en todas
las mujeres, y he de recordar que Tom es más de la edad
de mi madre que
de la mía.
«¡Jodeeeer!»
—Eh..., mamá, papá. Éste es Tom. Tom, éstos son mis
padres,
Elizabeth y Joseph. —No lo había planeado así. De hecho,
no lo había
planeado de ninguna manera.
—Ya nos conocemos —dice Tom.
Lo miro al instante.
—¿Qué?
—Que ya nos conocemos —repite, aunque no era necesario
porque lo
he oído perfectamente a la primera.
Veo cómo intenta reprimir una sonrisa. Vale, estoy
totalmente
confundida. Tom suspira y se acerca a nosotros hasta que
está delante de
mí, demasiado cerca teniendo en cuenta que mis padres se
encuentran ahí
delante y que esto los ha pillado por sorpresa, igual
que a mí.
—No he ido a correr esta mañana —confiesa.
—¿No? —Frunzo el ceño—. Pero si ibas en chándal.
Se echa a reír.
—Lo sé. No es el atuendo que habría elegido normalmente
para ir a
conocer a tus padres, pero situaciones desesperadas...
—Se encoge de
hombros.
—Ahora lo estás compensando con ese traje, Tom —dice mi
madre
dándole unas palmaditas en el brazo. Me quedo
boquiabierta.
¿Qué coño está pasando aquí? Quiero empezar a maldecir,
pero mi
madre detesta los tacos tanto como Tom. Bueno, mi madre
detesta los
tacos. Punto. Tom detesta que los diga yo, pero le
parecen totalmente
aceptables si es él quien los dice.
—Perdonad. —Me llevo las manos a la cabeza y empiezo a
frotarme
las sientes—. No entiendo nada.
—Siéntate. —Tom me coge del brazo, me guía hasta un taburete
y se
sienta a mi lado. Mi madre vuelve junto a mi padre—.
Hablé anoche con tu
madre. Como es lógico, estaba muy preocupada por ti y me
hizo muchas
preguntas. —Enarca una ceja mirando a mi madre y ella se
echa a reír.
—Es una cotilla, ¿verdad? —interviene mi padre, y ella
le da una
palmada en el hombro.
—Es mi pequeña, Joseph.
—En fin —continúa Tom—. Pensé que lo mejor sería que
vinieran y
vieran con sus propios ojos que no soy ningún chalado
que te tiene cautiva
en nuestra torre. Así que aquí están.
—Aquí estamos —canturrea mi madre. Está claro que no
tiene ningún
problema con el hombre impresionante y maduro que me
acaricia la mano
suavemente.
Intento recuperarme de la impresión.
—¿Y los has visto esta mañana? ¿Por qué? —pregunto.
—Sentí que necesitaba explicarme —responde Tom. Lo miro
y me
entran ganas de echarme a llorar. No puedo creer que
haya hecho algo así
—. ______, ninguno de nosotros esperaba que sucediera
esto, por motivos
muy distintos. Sé que la opinión de tus padres significa
mucho para ti, y
como es importante para ti, también lo es para mí. Tú
eres mi prioridad. Tú
eres lo único que me importa. Te quiero.
Oigo cómo mi madre cae al suelo con su vahído mental, y
mi padre,
aunque sigue sin mostrar ninguna emoción, asiente con
aprobación.
—Un padre lo único que quiere es saber que su hija está
bien cuidada.
—Alarga el brazo y le tiende la mano a Tom—. Y creo que
lo está en tus
manos.
Él acepta la mano de mi padre.
—Es mi razón de ser. —Tom sonríe, mi madre se derrite y
yo me
echo a reír.
«¡Qué fuerte!»
Tom me mira con sarcasmo y una ceja enarcada. Sabe lo
que estoy
pensando. ¿Serán mis padres conscientes de lo en serio
que habla cuando
dice eso? Aunque he de felicitar a Tom por su discurso.
Se los ha ganado
de una manera justa y honesta, y ahora siento como si me
hubieran quitado
un inmenso peso de encima, aunque soy consciente de que
no saben cuál es
la auténtica naturaleza del negocio de Tom ni lo que
hacía cuando bebía.
Ni tampoco saben nada del castigo al que se autosometió
al creer que me
había fallado porque pensaba que lo merecía. Ni que
puede que esté
embarazada. La lista es muy larga. Ése es otro peso con
el que cargo. ¿Les
ha contado lo de la bebida? Después de que Matt los
llamara, deben de
estar haciéndose preguntas al respecto.
Mi madre se levanta del taburete y rodea la isla para
acercarse con los
ojos vidriosos.
—¡Ven aquí, tonta! —Me obliga a levantarme y me envuelve
con sus
brazos. Silbo unas cuantas veces y aprieto los ojos con
fuerza—. Te has
complicado la vida sin motivo. Te has enamorado, ______.
Deberías
habérmelo contado.
Sí, me he complicado la vida, pero por muchas más
razones de las que
ella cree.
—Bueno, ¿vamos a comer o qué? Necesito una pinta —dice
mi padre
devolviéndome a la realidad.
Mi madre me suelta y se pone derecha.
—¿Puedo usar el cuarto de baño, Tom? —pregunta.
—Claro. A la derecha y luego otra vez a la derecha. Todo
suyo.
—¿Perdón? —espeta mi madre.
Me echo a reír.
—Disculpe. —Tom sonríe, me mira y después mira a mi
madre—.
Adelante. Como le he dicho, a la derecha y luego de
nuevo a la derecha. Al
lado del gimnasio.
—Bien, gracias.
Mi madre me mira como diciendo «Vaya, ¿“el gimnasio”?»,
coge su
monedero de la encimera y nos deja a mi padre, a Tom y a
mí charlando de
cosas banales.
—¿Qué coche tienes? —empieza mi padre, y yo me lamento.
Mi
padre es un apasionado de los coches grandes y caros.
Tom tira de mí para que vuelva a sentarme en la silla.
—Un DBS.
—¿Un Aston Martin? —pregunta mi progenitor.
—Sí.
—Vaya. —Asiente y finge desinterés, aunque no lo
consigue—. ¿Y
has dicho que el hotel está en Surrey Hills?
Tom nota que me pongo rígida y me abraza ligeramente.
—Así es. Los llevaré un día, tal vez en su próxima
visita.
«¡Por favor, que nunca jamás vuelvan a Londres!»
—Claro, a Elizabeth le encanta todo lo que tenga que ver
con el lujo.
—Pone los ojos en blanco. La verdad es que mi madre le
sale muy cara—.
Tienes un piso muy bonito —dice mi padre admirando la
cocina.
—Gracias, pero su hija es la responsable de eso
—responde, y
empieza a enroscarse mi pelo en el dedo—. Acabo de
comprarlo.
—Entonces ¿éste es el gran proyecto que ocupaba todo tu
tiempo? —
dice mi padre—. Hiciste un gran trabajo.
—Gracias, papá.
Me siento tremendamente aliviada cuando oigo el timbre
de la puerta.
Mi padre y las conversaciones triviales no casan
demasiado bien.
—¿Abres tú? —Tom me da una palmadita en el trasero y me
levanto.
—¿Quién es?
—No lo sé. Ve a ver.
Me empuja. Salgo de la cocina dejando a mi padre
charlando con él y
me dirijo a la puerta de entrada. Nadie puede subir si
no sabe el código, así
que debe de ser Clive.
Abro la puerta y me encuentro a Dan, a Kate y a Georg,
todos juntos en
el vestíbulo del ático. En lo primero que pienso es que
Dan y Kate a menos
de un kilómetro de distancia son sinónimo de mal rollo. Pero
mi hermano
se acerca con una enorme sonrisa en la cara y yo me
lanzo contra él
olvidando los dolores de mi espalda y la incómoda
tensión que hay entre
mi mejor amiga y él.
—¿Qué haces aquí? —Lo abrazo con fuerza y él se echa a
reír.
—Yo sólo hago lo que me mandan. —Me aparta para verme y
luego
vuelve a abrazarme—. Tienes buen aspecto —dice con una
amplia sonrisa
—. ¿Dónde está ese novio nuevo tuyo para que le advierta
que lo mataré
como le haga daño a mi hermana?
Me entra el pánico al imaginarme a Tom aguantando esas
amenazas.
—En la cocina, pero no es necesario que hagas eso.
«¡Por favor, que no lo haga!»
Me mira con recelo.
—Es mi obligación —dice con rotundidad, y echa una
mirada al ático
—. ¡Joder! —susurra mientras asimila lo que ve. Me
suelta y empieza a
pasearse por el piso.
Kate se acerca a mí con una evidente expresión de
inquietud dibujada
en su pálido rostro y me rodea con los brazos.
—Creo que ésta es la situación más incómoda en la que me
he visto
en mi vida —me susurra al oído—. Es horrible.
Me echo a reír.
—No me aprietes tanto —digo apartándola ligeramente—. ¿Georg
lo
sabe? —susurro.
—Perdona, y no. Pensé que igual se lo había imaginado
cuando aquel
día comiendo me soltaste que venía, pero no tiene ni
idea.
—¡Eh! ¿Qué pasa? —Georg aparta a Kate y me abraza
suavemente—.
Estás loca —dice en voz baja.
—Lo sé —coincido. Loca de atar.
—No vuelvas a hacer eso —me reprende—. ¿Y mi colega?
—En la cocina.
Me suelta y entra en el ático. Miro a Kate y ella sacude
la cabeza.
—Si hubiera podido elegir, no habría venido —me dice,
agobiada—.
Vamos. —Me coge de la mano y nos dirigimos a la cocina.
Tom está haciendo las presentaciones oportunas. La
mirada cautelosa
de Dan oscila entre Tom y Georg por varias razones.
Cathy aparece entonces de ninguna parte con Luigi y tres
camareros, y
Tom abandona la conversación que tiene lugar en la isla
de la cocina para
comentar unas cosas con ellos. Deja que Cathy lo bese en
la mejilla, le
estrecha la mano a Luigi y después señala a los
presentes en general y en
dirección a la terraza. Cathy lo manda callar y me
saluda alegremente con
la mano.
—¿Qué pasa? —le pregunto cuando vuelve a mi lado junto a
la isla.
—Vamos a cenar.
—¿Aquí?
—Sí. Le pedí a Luigi que viniera y que hiciera los
honores.
Comeremos en la terraza. Hace buena noche.
Me coloca delante de él y me aparta el pelo de la cara.
—No puedo creer que hayas hecho todo esto.
Inclina la cabeza hacia un lado.
—Haría cualquier cosa por ti, ya lo sabes.
Deslizo las manos por las mangas de su chaqueta hasta
llegar a sus
bíceps.
—Puede que mi hermano te amenace de muerte —digo
sonriendo a
modo de disculpa—. ¿Te importaría darle el gusto?
Sus labios forman una línea recta.
—¿Te refieres a dejar que otro hombre me diga cómo tengo
que
cuidar de ti? De eso, nada.
Dejo caer los hombros, ligeramente abatida.
—¿No has dicho que harías cualquier cosa por mí? —lo
increpo
repitiendo sus propias palabras. No quiero ni imaginarme
lo que debió de
costarle hablar con mis padres. Va en contra de todos
sus instintos
naturales.
Me apoya el dedo debajo de la barbilla y me besa
suavemente en la
comisura de la boca.
—Cualquier cosa —confirma—. Vamos.
Luego invita a todo el mundo a abandonar la cocina y a
dirigirse a la
terraza, donde me encuentro que todo está preparado para
un banquete. La
mesa exterior está perfectamente dispuesta, los
calentadores están
encendidos para paliar el fresco de la noche, y las
botellas de vino y de
cerveza se están enfriando en la nevera de bebidas que
hay junto a la
enorme barbacoa de obra. Miro a Tom con incredulidad.
¿Cómo ha
conseguido preparar todo esto sin que yo me diera
cuenta? Me sonríe y me
hace un gesto de dormir. ¿Mientras yo me he pasado casi
todo el día
durmiendo, él ha estado ocupado conociendo a mis padres
y organizando
todo esto? Estoy anonadada.
Me encuentro en una especie de trance mientras la gente
que más
quiero en el mundo charla, conversa, ríe y bebe a la
mesa. Luigi y su
equipo preparan y sirven un exquisito festín italiano. Tom
deja todo el
tiempo una de las manos apoyada firmemente sobre mi
rodilla y come sólo
con la otra. Me aprieta de vez en cuando, especialmente
cuando Dan
empieza con sus amenazas de hermano mayor. Veo cómo Tom
se esfuerza
por parecer amable y simpático mientras charlan. Mi
madre detecta el hilo
de nuestra conversación e interviene. Yo me siento
tremendamente
agradecida. Reprende a Dan y le sonríe dulcemente a Tom.
Después
continúa hablando con Kate, quien, tras unas cuantas
copas de vino, se ha
relajado un poco, aunque la tensión entre ella y Dan es
palpable. Georg, sin
embargo, parece no enterarse de nada, y se dedica a
hacer reír a mi padre
con vete a saber qué historias.
—Kate está rara —observa Tom en voz baja mientras me
llena el
vaso de agua—. ¿Se encuentra bien?
—Ella y Dan tienen un pasado en común —respondo también
en voz
baja para que Dan no nos oiga—. Es complicado.
Tom enarca las cejas, sorprendido.
—Entiendo. ¿Te ha gustado la pasta?
—Estaba exquisita. —Apoyo la mano sobre la suya encima
de mi
rodilla—. Gracias.
—De nada, cariño. —Me guiña el ojo—. Ahora ya nada se
interpone
entre nosotros, ¿verdad? —dice, y me mira ansioso.
—No, tenemos vía libre. —Sonrío y me derrito cuando me
regala de
nuevo esa sonrisa reservada exclusivamente para mí con
los ojos brillantes
de alegría.
—Me alegro de que digas eso. —Se pone de pie, acallando
todas las
conversaciones de la mesa, y todas las miradas se
vuelven hacia él.
Después aparta mi silla—. Ponte de pie —me ordena, y yo
me levanto con
el ceño fruncido—. Disculpadnos unos minutos —dice a
nuestros mudos
invitados antes de retirarse conmigo de la mano.
—¿Adónde vamos? —pregunto tras él.
Entonces se detiene, se da la vuelta y se postra sobre
una rodilla
delante de mí, a tan sólo unos metros de la mesa. Oigo
cómo mi madre
inhala súbitamente, y yo hago lo propio al instante.
Bajo la vista y observo
boquiabierta cómo me coge la mano y me mira con sus ojos
cafeces y
cristalinos.
—¿Lo hacemos a la manera tradicional? —me pregunta en
voz baja.
Me echo a temblar.
—Ay, Dios mío —exclamo a través del nudo del tamaño de
un melón
que se me ha formado en la garganta.
Me vuelvo lentamente en dirección a la mesa y veo que
todos nuestros
invitados observan atentamente. Mi madre se ha llevado
la mano a la boca,
y mi padre tiene una pequeña sonrisa en los labios. Dan
permanece
inexpresivo, y Kate y Georg están relajados en sus
sillas, ambos sonriendo.
Mi corazón empieza a latir a gran velocidad y me vuelvo
otra vez
hacia Tom, con los ojos vidriosos. Acaba de conocer a
mis padres. No
puede estar haciéndome esto, no delante de ellos.
—Los he importunado a todos —dice con ojos brillantes—,
con
delicadeza —añade—. Incluso le he pedido tu mano a tu
padre. —En su
boca empieza a formarse una media sonrisa, y un sollozo
escapa de mis
labios—. Supongo que sabrás lo mucho que me costó
hacerlo. —Me suelta
la mano y me coge por detrás de las piernas para
acercarme a él. Yo apoyo
las manos en sus hombros—. Cualquier cosa, _____
—susurra.
Levanto las manos hasta su nuca y hundo los dedos en su
oscura mata
de pelo castaño mientras me mira.
—Cásate conmigo, nena.
—Estás loco. —Sollozo, y me inclino para besarlo. Mis
manos
descienden para cogerle la cara—. Estás completamente
loco.
—Pero ¿seré un loco casado? —pregunta pegado a mi boca—.
Por
favor, dime que este loco se casará contigo. —Tira de
mis manos hasta que
yo estoy también de rodillas y me sostiene de los
hombros con firmeza
mientras estudia mi rostro—. Tú eres lo único que me
importa, y siempre
será así. Durante el resto de mi vida sólo estarás tú.
Te quiero con locura.
Cásate conmigo, ______.
Me dejo caer contra su pecho llorando sin parar y oigo
cómo mi
madre empieza a gimotear.
—¿Eso es un «sí»? —pregunta, pegado a mi cuello.
—Sí.
—No puedo respirar —murmura, y se deja caer
arrastrándome
consigo hasta que acabamos tirados en el suelo de la
terraza. Toma mi boca
y me besa con adoración. Una vez más, mi ex mujeriego
neurótico e
imposible me toma donde y como quiere, sin el menor
pudor—. Te quiero
tanto. —Me coge la mano y vuelve a colocarme el anillo
en el dedo.
Después me la besa y me envuelve de nuevo con su cuerpo,
abrazándome
con fuerza.
—Yo también te quiero —le susurro al oído.
—Estoy tan contento. Eres el mejor regalo de cumpleaños
que jamás
he tenido.
«¿Qué?»
Levanto la vista y lo miro con ojos vidriosos. Él me
sonríe, casi
avergonzado.
—¿Es tu cumpleaños?
—Sí. —Empieza a morderse el labio. Está preocupado.
—¿Hoy?
—Sí —asiente.
Lo miro con recelo.
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta y ocho —responde sin vacilar.
Estallo de alegría.
—¡Feliz cumpleaños!
Él me bendice con esa sonrisa reservada sólo para mí y vuelve
a
estrecharme contra su pecho y a hundir la nariz en mi
cuello.
Me derrito junto a él.
Amo a este hombre, en toda su perfección y a pesar de su
manera de
ser irracional e imposible. Me atrapó en seguida. Hizo
que me enamorara
de él. Hizo que lo necesitara.
Apareció sin que lo esperara, y era tan apasionado y tan
irresistible...
Y ahora es todo mío, y yo soy indiscutiblemente suya.
Por fin lo entiendo.
Por fin
he llegado al interior de mi hombre.
HOLA!!! BUENO ESTE ES EL CAPITULO FINAL ... HASTA YO NO LO MEDI BIEN Y ME GANO LA SORPRESA .... BUENO YA MAÑANA SUBO LA TERCERA PARTE DE ESTA NOVELA .... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y MAÑANA MISMO AGREGO EL PRIMER CAPITULO ... :)) ADIOS
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