jueves, 3 de septiembre de 2015

31 y 32

ULTIMOS CAPITULOS

CAPITULO 31.-
Paso por delante de los aseos, por el bar atestado y por el restaurante
rápidamente. No quiero ver ni a Kate ni a ninguno de los demás. Como vea
a Sarah lo más probable es que acabe en la cárcel, porque no pienso dejar
de sacudirla con ese látigo hasta dejarla hecha puré. De todas formas, Tom
no tardará en venir en mi busca, así que he de darme prisa.
Llego hasta el vestíbulo y subo los escalones de dos en dos, recorro el
descansillo apresuradamente e ignoro a las mujeres y sus frías miradas.
Pero entonces la veo. Sé que debería continuar. Sé que debería resistir la
tentación de estrangularla, pero es superior a mis fuerzas.
Me aproximo. Está charlando con algunas socias, probablemente
informándolas sobre lo sucedido durante la última hora. Sigue vestida de
látex con el látigo en la mano. Me detengo detrás de ella y las otras
mujeres guardan silencio de inmediato. Con evidente curiosidad por saber
qué es lo que las ha hecho callar, se vuelve para mirarme. Su expresión es
de superioridad con un tinte de ligera satisfacción. Me hierve la sangre al
tenerla ahí delante de mí, tan relajada, haciendo girar el látigo en la mano.
—Me has mandado un mensaje de texto desde el teléfono de John —
la acuso con calma.
Casi se echa a reír.
—No sé de qué me estás hablando.
—Claro que no. —No me lo puedo creer—. También fuiste tú quien
me dejó entrar en La Mansión el día que descubrí el salón comunitario.
—¿Y por qué iba a hacer yo eso? —pregunta con tono arrogante.
—Porque lo deseas. —Mantengo el tono sorprendentemente pausado
teniendo en cuenta que me hierve la sangre y que estoy temblando
físicamente. Las demás mujeres me atraviesan con los ojos. Las miro a
todas ellas—. Todas lo deseáis.
Ninguna de ellas dice ni una palabra. Permanecen ahí, observándome,
probablemente anticipando mi próximo movimiento.
Sarah, en cambio, es incapaz de mantener la boca cerrada.
—No, pequeña, todas lo hemos tenido.
Salto. Cierro el puño y lo lanzo contra su rostro hinchado de bótox. El
impacto la empuja hacia atrás, se tambalea y cae de culo al suelo. No me
detengo. La agarro de los pelos en un gesto muy poco femenino y la
arrastro. La empotro contra la pared y la sostengo de la garganta. Gritos
ahogados de estupefacción inundan el aire. Se hace de nuevo el silencio y
lo único que se oye es el sonido de la respiración entrecortada de Sarah.
—Como vuelvas a ponerle un dedo encima, te lo pida él o no, no
pararé hasta romperte todos los putos huesos del cuerpo. ¿Entendido?
Abre los ojos de par en par. Intenta asentir bajo mi mano.
—¡¿ENTENDIDO?! —le grito en toda la cara. He perdido los
estribos.
—Sí —rechina como puede a través de su garganta estrangulada.
Apenas la dejo respirar.
La suelto y cae al suelo hecha un guiñapo, jadeando y agarrándose la
garganta. Temblando de ira, me vuelvo y absorbo la expresión de
estupefacción de los muchos testigos, que observan pasmados y en
absoluto silencio. No necesito decir nada más. Le he dejado las cosas
bastante claras a Sarah y a todas las demás personas que han presenciado
mi ataque de ira. Los dejo ahí plantados y continúo hacia mi destino
original, temblando y respirando violentamente. Cuando llego al pie de la
escalera que conduce al salón comunitario, vacilo unos segundos, pero en
cuanto recuerdo las palabras de Tom, corro hacia arriba sin nada más que
adrenalina y determinación en las venas.
Entro en la sala de tenue iluminación y hago caso omiso de las
escenas que se están desarrollando delante de mí al tiempo que trato de
bloquear la música erótica que invade mis oídos. No he venido a
excitarme. Pongo rumbo a la derecha y llego a donde quería llegar.
Dos hombres a los que no conozco charlan tranquilamente mientras
una mujer vuelve a ponerse la ropa interior. Me acerco a la escena y todos
se dan la vuelta para mirarme. La conversación cesa cuando me aproximo.
Uno de los hombres me mira con cautela mientras que el otro lo hace con
aprobación y en su rostro se dibuja una oscura sonrisa. Me desprendo de
los zapatos, me quito la camiseta por la cabeza, la tiro al suelo y me
desabrocho los vaqueros.
—¿Has venido a jugar, guapa? —pregunta uno de los hombres
caminando hacia mí.
—Steve, déjala —le advierte el otro tipo. Sin duda sabe quién soy. Le
lanzo una mirada asesina y él sacude la cabeza—. Steve, tienes que dejarla
estar.
—Pero ella quiere jugar, ¿verdad, guapa? —Su mirada es oscura pero
centellea al mirarme.
—Es la chica de Tom, Steve. No merece la pena. —Su amigo intenta
razonar con él, pero parece que Steve tiene un objetivo y no le gusta que le
digan lo que debe hacer, que es justo lo que necesito en estos momentos.
—En La Mansión y en el sexo todo vale —responde Steve con una
sonrisa maliciosa—. ¿Qué puedo ofrecerte, guapa?
—En serio, Steve, ella es especial para él.
—¿Sí, eh? Bueno, puede ser especial para mí también. Kaulitz nunca ha
tenido problemas en compartir a nadie.
Sus palabras revuelven la bilis que me cubre la garganta, y observo
cómo el hombre sensato agarra a la mujer del brazo y se la lleva de allí con
una expresión de cautela en el rostro. Steve, en cambio, es presuntuoso y
parece estar muy seguro de sí mismo, aunque no de una manera que me
resulte atractiva. Sin embargo, eso da igual: no tengo intención de besarlo.
Me acerco al estante que hay junto a la pared y escojo el látigo que me
parece más atroz. Me vuelvo y se lo entrego con manos firmes. La más
mínima vacilación delatará mis planes, y ésta es la única manera que tengo
de demostrarle a Tom lo absurda que es toda esta mierda. En su rostro se
forma una amplia sonrisa. Acepta el látigo y repasa con la mirada mi
cuerpo semidesnudo. Me quito los vaqueros y me acerco para colocarme
bajo la estructura dorada que está suspendida al tiempo que coloco las
manos sobre mi cabeza.
—Nada de contacto físico. Sólo el látigo. Fuerte —digo con voz clara
y totalmente decidida. Estoy decidida. No tengo miedo ni dudas.
—¿Fuerte? —pregunta.
—Muy fuerte.
—¿Y el sujetador? —dice con la mirada fija en mi pecho.
—El sujetador se queda puesto.
—Como quieras. —Asiente y se acerca metiéndose el mango del
látigo en el bolsillo trasero. Luego estira los brazos para encadenarme a los
grilletes de la estructura dorada suspendida.
—Steve, déjalo.
—Esto no es asunto tuyo —mascullo entre dientes.
—Ya la has oído, quiere hacerlo. —Steve me mira con los ojos
cargados de lujuria y empieza a pasearse por detrás de mí.
Mi corazón se acelera y palpita con fuerza en mi pecho, y cierro los
ojos repitiendo las palabras de Tom mentalmente: «Es imposible. Es
imposible. Es imposible. Es imposible.»
Dejo la mente en blanco a excepción de esa frase. La música
desaparece y me preparo para mi propio castigo: mi castigo por haber
reducido a Tom a un despojo de hombre, por haber hecho que necesitara el
alcohol, no sólo querer tomarlo, por haber hecho que se convirtiera en un
neurótico histérico... y por haberlo llevado a hacerse esto a sí mismo.
Lo oigo antes de que llegue. Un latigazo rápido atraviesa el aire antes
de impactar contra mi espalda. Lanzo un alarido.
«¡Joder!»
El azote me provoca una continua punzada de dolor que hace que me
tiemblen el cuerpo y las piernas. ¿La gente se presta voluntaria para hacer
esto? ¿Yo me he prestado voluntaria para hacerlo? Mantengo los ojos
cerrados con fuerza. Entonces me doy cuenta de que no hemos pactado
ningún número de golpes. Contengo la respiración y aprieto los dientes y
en seguida un segundo latigazo azota mi espalda. Rezo para mis adentros
para conseguir mantenerme callada y aceptar la paliza.
Me pongo tensa y espero a que llegue el siguiente impacto y, cuando
lo hace, dejo caer el cuerpo y me quedo colgando con impotencia de la
estructura. Estoy a merced de este extraño. Los siguientes tres golpes se
suceden a intervalos regulares hasta que sé cuándo esperarlos y se me ha
olvidado qué estoy haciendo. Estoy completamente loca. Soy ajena a todo
lo que me rodea, la música es un zumbido distante y apenas oigo las voces
a mi alrededor. De lo único que soy consciente es del tiempo que
transcurre entre cada latigazo y del silbido en el aire que se genera antes de
que el cuero impacte contra mi piel. Puede que esté inconsciente, no estoy
segura. Ni siquiera me tenso ya.
Recibo otro impacto y vuelvo a sacudirme. Arqueo la espalda y lanzo
la cabeza hacia atrás.
—¡NOOOOOOOOO!
Conozco tan bien ese rugido que me devuelve al instante a la realidad
justo cuando otra ardiente mordedura me golpea la espalda. Me sacudo,
atónita. Los grilletes de metal suenan con fuerza encima de mí. Soy
incapaz de abrir los ojos. Me pesa la cabeza, mi cuerpo cae exánime y
apenas siento los brazos.
—¡Joder! ¡_____, no! —grita con la voz rota. Empiezo a balancearme
ligeramente y siento sus cálidas manos por todo mi cuerpo—. ¡John,
suéltale las manos! ¡Joder! ¡No, no, no, no, no, no!
—¡Hijo de puta!
—¡John, joder, bájala de ahí! —exclama, aterrado.
Me agarran y me acarician todo el cuerpo, al tiempo que siento la
seguridad de unas manos grandes y torpes sobre las mías atadas por encima
de mi cabeza. Mis brazos caen pesados y me desplomo en los suyos.
—¿______? ¡No, por favor! ¿______?
Soy vagamente consciente de que me están moviendo.
Y entonces comienzo a sentir el dolor.
«¡Joder!»
La piel me arde y el sufrimiento emana desde todas y cada una de las
terminaciones nerviosas de mi espalda y del resto del cuerpo. Me está
arrastrando y ni siquiera puedo hablar para decirle que pare. Jamás había
sentido tanto dolor.
—¡No lo dejes salir de aquí! —Oigo la voz de Tom amortiguada pero,
a pesar de mi aturdimiento, sé a quién se refiere, y entonces soy consciente
de que probablemente acabe de sentenciar a Steve a muerte.
Tengo que detener esto. Yo le he pedido que lo hiciera, aunque ahora
mismo me pregunto por qué. Estoy completamente loca, pero entonces
recuerdo mis motivos. Puede que ya no esté tan dispuesto a hacerse esto a
sí mismo si sabe que yo lo haré después. Pero ¿será capaz de beber o de
hacerse azotar de nuevo de todos modos? Joder, espero que no. No creo que
yo pueda volver a pasar por esto. A través de mi ensimismamiento, soy
consciente de que acabo de iniciar un tremendo círculo vicioso de castigos.
¿He hecho bien?
Mi parte perturbada y mi parte cuerda discuten en mi cerebro, y
entonces oigo las fuertes y rápidas pisadas de Tom y muchos gritos
ahogados de sorpresa conforme me acarrea por La Mansión.
—Pero ¿qué coño...? —oigo decir a Kate en la distancia—. ¿Tom?
Él no contesta. Lo único que oigo son los graves rugidos de John, que
se funden con el murmullo de fondo debido a la conmoción que he
causado. Me da igual. Una puerta se cierra de golpe y, unos momentos
después, siento el sofá debajo de sus muslos y que él me acuna en su
regazo.
—Eres una estúpida —solloza con la voz rota. Hunde la cabeza en mi
cuello y absorbe el olor de mi cabello mientras me acaricia la cabeza
frenéticamente—. Estás loca.
Me obligo a abrir los ojos y miro al vacío a través de su pecho. Siento
mucho dolor, pero no tengo intención de moverme o de expresar mi
amargura. Estoy como sedada, como si flotara y observando esta escena
desde fuera. ¿Y si mis intentos de hacer que Tom me entienda fracasan?
¿Y si vuelve a castigarse? No podría soportar pasar por eso otra vez, y
tampoco por el tremendo sufrimiento físico. No podría soportar ver a Tom
arrodillado, aceptando los latigazos de Sarah o de quien fuera. Jamás podré
borrar esa imagen de mi mente. Se quedará grabada en mi cerebro durante
el resto de mi vida. Nada conseguirá eliminarla. Nada.
No sé cuánto tiempo permanecemos sentados en silencio; yo mirando
a la distancia, totalmente ajena a las circunstancias, y Tom sollozando
contra mi pelo. Parecen horas, puede que más. He perdido la noción del
tiempo y de la realidad.
Alguien llama a la puerta.
—¿Qué? —pregunta Tom con la voz rota. Después sorbe unas cuantas
veces. La puerta se abre, pero no sé quién es. Llevo tanto tiempo mirando al
vacío que creo que se me han bloqueado los ojos. Oigo movimiento cerca y
que dejan algo en la mesa que tenemos delante, pero quienquiera que sea
no dice nada. Nos deja igual de silenciosamente y la puerta del despacho se
cierra casi sin hacer ruido también.
Tom se mueve ligeramente debajo de mí, y yo inhalo con un silbido
de dolor agudo. Se detiene.
—Joder —dice, azorado—. Nena, tengo que moverte, tengo que verte
la espalda.
Niego suavemente con la cabeza y hundo el rostro en su pecho
desnudo. Me va a doler una barbaridad cuando me mueva. Quiero
retrasarlo todo lo posible. Soy consciente de que su propia espalda está
hecha polvo, y está recostado sobre el sofá, conmigo encima haciendo
presión. Él también debe de estar pasando un tormento. Menudo par de
gilipollas chalados estamos hechos.
Suspira y apoya la barbilla sobre mi cabeza.
—¿Por qué? —grazna, y me besa la cabeza—. No lo entiendo.
Si pudiera hablar, le haría la misma pregunta. ¿Por qué exactamente?
—______, tengo que verte la espalda. —Hace ademán de moverme de
nuevo y el dolor vuelve a atravesarme. Aprieto los ojos con fuerza y dejo
que me mueva hasta que estoy sentada sobre sus piernas.
La gravedad azota mi estómago y de repente siento angustia, el
estómago se me revuelve y empiezo a tener arcadas, lo que no hace sino
aumentar todavía más el dolor. Me inclino sobre su regazo.
—¡Joder! —Por acto reflejo, me coloca la mano sobre la espalda para
aliviarme mientras mi estómago decide si le queda algo por vomitar. El
ardiente contacto me obliga a saltar hacia adelante lanzando un alarido, y
entonces mi estómago decide que sí, que aún me queda algo dentro.
Vomito en el suelo.
—¡Mierda! ______, lo siento. ¡Joder! —Me aparta el pelo de la cara y se
mueve con cuidado para poder acceder mejor a mí—. ¡Joder! Joder, joder,
joder. _____, ¿qué has hecho? —Su voz traumatizada me indica que acaba de
echarle un vistazo a mi espalda. Debe de tener muy mal aspecto. Intento
desesperadamente controlar la angustia para minimizar el dolor—. Voy a
moverte ahora, ¿vale? —Me agarra por debajo de los brazos y se pone de
pie. Lanzo un grito—. No puedo levantarte sin tocarte... —Maldice
repetidas veces con frustración e intenta llevarme hasta el otro sillón sin
rozarme la espalda.
Todavía me tiemblan las piernas. No me extrañaría que no quisiera
volver a verme por mi debilidad. Jamás lo habría imaginado, pero no ha
habido ninguna conversación cuando le he entregado el látigo a Steve. Sólo
le he dicho que no quería contacto físico con él y que me azotara con
fuerza. Prácticamente le he dado carta blanca.
—Ponte boca abajo. —Me deja en el sofá y me coloca los brazos
debajo de la cabeza a modo de almohada—. ______, no me puedo creer que
hayas hecho esto. —Se arrodilla junto al sofá y coge un cuenco de cristal
lleno de agua y una botella con un líquido morado en el interior. Aprieta la
botella, vierte un poco de líquido en el agua y coge el rollo de algodón.
Arranca un trozo, lo sumerge en la disolución y escurre el exceso de agua
—. Esto te va a doler, nena. Tendré cuidado, ¿vale? —Acerca la cara a mi
campo de visión. Levanto la vista con esfuerzo y veo dos pozos cafeces
cargados de angustia.
Lo miro sin expresión. Todos mis músculos se niegan a funcionar.
—Estoy furioso contigo —dice suavemente. Se inclina y me besa con
ternura, y es la primera vez que no tengo que esforzarme por replicarle, y
no porque no quiera hacerlo.
Sacude la cabeza y vuelve a atender mi espalda. Contengo la
respiración cuando me desabrocha despacio el sujetador y deja caer los
tirantes hacia los lados. Entonces siento los leves toques del suave algodón
sobre mi piel. Es como si me estuviera pasando un alambre de espino por
toda la espalda. Sollozo.
—Lo siento —dice—. Lo siento mucho.
Hundo el rostro entre los brazos y aprieto los dientes mientras intenta
limpiar mis heridas con la disolución, mojando varias veces el algodón en
la cálida mezcla y escurriéndolo después para volver a pasarlo. Maldice
cada vez que me encojo.
Cuando oigo que empuja el cuenco sobre la mesa, dejo escapar una
larga exhalación de alivio. Me vuelvo otra vez y veo que el agua teñida de
morado se ha tornado roja, y que todas las bolas de algodón usadas están
amontonadas dentro, absorbiendo el líquido. Tom se levanta, se aparta de
mi lado y regresa al instante con una botella de agua.
Se agacha delante de mí.
—¿Puedes sentarte?
Asiento e inicio el doloroso proceso de incorporarme para sentarme
en el sofá. Él revolotea a mi alrededor sin dejar de maldecir. El sujetador
se me cae sobre las piernas e intento con poco entusiasmo volver a
colocármelo en su sitio.
—Déjalo. —Me aparta las manos y me da el agua—. Abre la boca —
ordena con suavidad. Obedezco sin pensar. Dejo caer la mandíbula y
acepto las dos pastillas que me coloca en la lengua—. Bebe.
La botella me parece una mancuerna de hierro cuando la levanto para
acercármela a la boca. Tom apoya la mano en el culo para aligerar un poco
el peso. Agradezco el agua fría en la boca. Se acerca a su mesa y coge sus
llaves, el teléfono y la camiseta. Se mete los objetos en distintos bolsillos,
se pone la camiseta y vuelve junto a mí. ¿A él no le duele la espalda? ¿Me
estoy comportando como una niña mimada?
Recoge mi ropa del respaldo del sofá y luego se acuclilla delante de
mí.
—Voy a llevarte a casa —dice. Me mete los vaqueros por los pies, me
da un golpecito en el tobillo y lo levanto. Después repite el proceso con el
otro pie y me ayuda a incorporarme para subirme los pantalones por las
piernas.
Mira la camiseta, después mis senos descubiertos y después a mí con
el ceño ligeramente fruncido. La idea de que algo descanse sobre mi piel
me produce ganas de vomitar otra vez, pero no puedo salir de aquí y llegar
al Lusso desnuda de cintura para arriba.
—¿Lo intentamos? —Estira el cuello de mi camiseta y retira el
sujetador que tengo colgando en los brazos antes de pasármela por la
cabeza.
Trato de levantar los brazos para facilitarle la faena, pero las
dolorosas punzadas hacen que las lágrimas empiecen a inundar mis ojos.
Sacudo la cabeza frenéticamente. Me va a doler demasiado.
—______, no sé qué hacer. —Sostiene la camiseta en el aire para que no
toque mi cuerpo—. No puedes salir de aquí desnuda. —Se inclina y me
mira—. No llores, por favor. —Me besa la frente y torrentes de lágrimas
descienden por mi rostro—. ¡A la mierda! —Vuelve a sacarme la camiseta
por la cabeza y la tira sobre el sofá—. Ven aquí. —Se inclina, me pasa un
brazo por debajo del culo y me levanta—. Cógete a mi cintura con las
piernas y a mi cuello con los brazos. Ten cuidado. —Obedezco lentamente
—. ¿Estás bien? —pregunta.
Asiento contra su hombro y cruzo los tobillos alrededor de sus
lumbares. Me coloca el pelo por encima del hombro y apoya la mano en mi
cuello para sostenerme todo lo posible sin hacerme más daño. Mis tetas
quedan aplastadas contra su pecho y tengo la espalda totalmente
descubierta, pero me da igual. Se dirige a la puerta, me suelta el cuello
para abrirla y vuelve a cogérmelo.
—¿Estás bien, nena? —pregunta mientras avanza por el pasillo en
dirección al salón de verano. Asiento contra su cuello. No estoy nada bien.
Me siento como si me hubiera quedado dormida al sol con toda la piel
quemada—. ¡John! —grita. Oigo una sucesión de exclamaciones de
estupefacción ahogadas. Parecen aún más alarmados que cuando me
llevaban hacia el despacho.
—¿Cómo está la muchacha? —La voz grave de John está cerca.
—¿A ti qué coño te parece? Coge una sábana de algodón del cuarto de
la limpieza.
John no responde a la brusquedad de Tom.
—Tom, ¿hay algo que pueda hacer?
Es una voz femenina muy asustada, y sus tacones golpean el suelo del
salón de verano mientras intenta seguir el ritmo apresurado de Tom.
—No, Natasha —responde secamente. Ni siquiera tengo fuerzas para
levantar la cabeza y mirarla mal. ¿Cómo que si hay algo que pueda hacer?
¿Como qué? ¿Follárselo otra vez?
—¿______? —El tono asustado de Kate inunda mis oídos—. ¡Joder! Pero
¿qué has hecho, inconsciente?
—Voy a llevarla a casa. —Tom no se detiene por nadie, ni siquiera
por Kate—. Está bien. Te llamaré.
—¡Tom, está sangrando!
—¡Joder, Kate, ya lo sé! —Siento que su pecho se eleva debajo de mí
—. Te llamaré —la tranquiliza, y ya no vuelvo a oírla, pero sí que oigo
cómo Georg intenta calmarla con su tono alegre de siempre teñido de
preocupación.
Sé que estamos cerca del vestíbulo porque el aire fresco empieza a
rozarme la espalda. Es agradable.
—Tom, tío, no lo sabía.
Tom se detiene de golpe y se hace el silencio. Todos los susurros de
preocupación se detienen cuando oigo la voz de Steve. Aprieto el cuerpo de
Tom con las pocas fuerzas que me quedan y él me acaricia el cuello.
—Steve, ya puedes dar gracias a todos los santos de que tenga a mi
chica en brazos porque, de no ser así, el servicio de limpieza tendría que
pasarse un año entero recogiendo tus putos restos —lo amenaza Tom con
voz ácida. Su corazón bombea a un ritmo frenético.
—Yo... yo... —tartamudea—. No lo sabía.
—¿Nadie te dijo que era mía? —pregunta Tom, claramente
sorprendido.
—Yo... creía que...
—¡Es MÍA! —ruge, y me sacude entre sus brazos. Gimoteo ante las
punzadas de dolor abrasador que me instigan sus movimientos y él se pone
tenso. Hunde el rostro en el hueco de mi cuello—. Lo siento —susurra.
Noto cómo le tiembla la mandíbula—. Eres hombre muerto, Steve. —
añade. Se queda quieto durante unos instantes más y sé que está mirando al
tipo con cara de querer matarlo. Me siento responsable.
—¿Tom? —El rugido de John interrumpe el ensordecedor silencio—.
Relájate. Lo primero es lo primero, ¿de acuerdo?
—Sí. —Tom echa a andar de nuevo y el suave aire fresco del edificio
de repente se torna intenso y me golpea la espalda. Baja lentamente los
escalones.
—Os abro la puerta —dice Kate, y oigo cómo sus tacones descienden
por la escalera.
—Tranquila, Kate, no es necesario.
—¡Tom, deja de comportarte como un capullo testarudo y acepta la
puta ayuda! ¡No eres el único que se preocupa por ella!
Me aprieta contra sí.
—Las llaves están en mi bolsillo.
Kate me roza los pantalones mientras intenta sacar las llaves del
bolsillo de Tom, y yo sonrío para mis adentros al ver a mi fogosa amiga
haciendo honor a su reputación. Abro los ojos y la miro.
—Ay, _____. —Sacude la cabeza y pulsa el botón del mando para abrir
la puerta del coche de Tom.
Él se vuelve entonces hacia La Mansión.
—Regresad todos adentro. —No quiere que nadie me vea. Oigo el
crujido de la gravilla bajo las pisadas mientras Tom aguarda conmigo en
brazos. Cuando comprueba que todo el mundo se ha marchado, me aparta
de su cuerpo—. _____, voy a meterte en el coche, tienes que ponerte de lado,
de cara al asiento del conductor, ¿podrás hacerlo? —pregunta con dulzura.
Aflojo las manos en su cuello para indicarle que estoy preparada y empieza
a introducirme muy despacio en el vehículo—. No te apoyes hacia atrás.
Me vuelvo lentamente hasta que mi hombro descansa contra la piel
suave y estoy de cara al asiento del conductor. Joder, qué dolor. Después
me coloca una sábana por encima y cierra la puerta despacio sin intentar
siquiera ponerme el cinturón. Apoyo la cabeza contra el respaldo con los
ojos cerrados y, en un santiamén, la puerta del conductor se cierra y la
esencia de Tom inunda mis fosas nasales. Abro los ojos y adapto la visión
hasta que veo los suyos, cafeces y compasivos. Siento que soy una
lastimera, una debilucha desesperada que ha provocado todo este caos,
dolor y sufrimiento porque intentaba demostrar algo, algo que espero que
haya conseguido demostrar, porque como haya pasado por todo este
calvario y haya hecho que Tom pase también por él para que ahora siga sin
entenderlo, esta relación se habrá acabado. No podemos continuar
haciéndonos daño el uno al otro. La sola idea hace que se me detenga el
corazón. Acerca la mano y me acaricia la mejilla con los nudillos.
—Para —ordena mientras me seca otra lágrima. Pero ya no lloro de
dolor, sino de desesperación.
Arranca el motor y conduce lentamente por el camino. En lugar del
rugido de la velocidad al que ya me he acostumbrado, ahora lo que oigo es
el ronroneo sensato del motor del DBS. Toma las curvas con cuidado,
acelera y frena con suavidad y me mira a intervalos regulares. No llevo
cinturón, estoy medio desnuda y con un montón de heridas feas en la
espalda. Si la policía nos para, no sé cómo vamos a explicar esto.
Permanezco quieta y observo con la mirada perdida el perfil de mi
hombre atractivo y conflictivo y me pregunto si se me puede calificar a mí
de conflictiva también ahora. Mi cordura es, sin duda, cuestionable, pero
estoy lo bastante cuerda como para admitirlo. Era una chica normal y
sensata. Pero ya no.
Sólo el ronroneo del coche y Run, de Snow Patrol, sonando de fondo
interrumpen el silencio del viaje de regreso a casa.

Tom detiene el Aston Martin al llegar al Lusso y se acerca a mi lado
del coche. Me ayuda a salir mientras intenta mantenerme tapada.
—A saber lo que va a pensar Clive —masculla mientras me coloca
contra su pecho de nuevo. De repente me entra el pánico—. _____, lo siento,
pero a menos que me dejes cubrirte la espalda con la sábana no puedo
hacer otra cosa.
Mete la sábana entre ambos y hace todo lo posible por sostenerla por
un lado, protegiéndome de las miradas antes de entrar en el vestíbulo.
—¿Señor Kaulitz? —Clive está perplejo. El pobre hombre ha visto
cómo me llevaba borracha, cómo me llevaba mientras me resistía, cómo
me llevaba enferma y también cómo me llevaba agotada. Debe de resultar
evidente que ahora no estoy de ninguna de esas formas.
—Tranquilo, Clive. —Tom hace todo lo posible por sonar relajado,
pero no estoy segura de que haya colado.
Entramos en el ascensor y los espejos que nos rodean reflejan nuestra
imagen en todas las direcciones. Allá adonde miro, veo el rostro pesaroso
de Tom y mi cuerpo frágil que lo envuelve. Cierro los ojos y apoyo la
cabeza con fuerza sobre su hombro. Siento los movimientos de sus largas
pisadas mientras me saca del ascensor en dirección al ático y a la suite
principal.
—Despacito. —Me coloca sobre la cama boca abajo.
Deslizo los brazos bajo la almohada y hundo la cabeza en su suavidad,
reconfortándome ligeramente mientras respiro la esencia de Tom. Noto
que me quita los vaqueros y, unos instantes después, está tumbado a mi
lado, en la misma postura que yo. Estira la mano libre y me pasa la palma
por la mejilla, sin duda para obtener el contacto que siempre necesita. Es lo
único que puede hacer. No podrá ponerme boca arriba ni empotrarme
contra la pared durante una buena temporada.
Permanecemos así mucho tiempo, mirándonos el uno al otro. Es
agradable. No es necesario decir nada. Dejo que me acaricie la cara y me
resisto contra la pesadez de mis párpados durante un rato hasta que me
pasa los pulgares por ellos y ya no vuelven a abrirse.

CAPITULO 32.-
Sé que si me estiro soltaré un alarido. La tremenda necesidad de moverme
lucha contra mi instinto natural de permanecer quieta para evitar los
pinchazos. Los acontecimientos del día anterior me vienen a la cabeza en
cuanto abro los ojos: todo aquel horror, los sonidos de los látigos, los
estallidos de dolor, la angustia y el tormento. Y todo ello ha aparecido de
golpe en mi cerebro, sin la más mínima cortesía matutina.
Abro los ojos y veo que Tom está profundamente dormido en la
misma posición en la que recuerdo haberlo visto por última vez, con la
mano sobre mi mejilla y el rostro pegado al mío, los labios separados y
respirando de manera tranquila y sosegada sobre mi cara. Parece tan
sereno, con las largas pestañas adornando su rostro y el pelo castaño revuelto
como todas las mañanas. La barba de un día y los rasgos atractivos y
despreocupados tan cerca de mí hacen que esboce una pequeña sonrisa.
Detrás de su manera de ser imposible e irritante se esconde un hombre
destrozado que bebe y folla sin control y que hace que lo azoten para
castigarse a sí mismo. Y yo he contribuido en gran medida a ese estado de
lamentación, pero si las cosas son como él dice y se ha castigado porque
cree que lo merece, porque dice que todo lo que sucede es a causa de su
pasado, entonces será mejor que me encierre en una urna de cristal para el
resto de mi vida.
Observo cómo sus ojos se mueven y comienzan a abrirse lentamente.
Parpadea unas cuantas veces más y me mira. Veo que su mente adormilada
empieza a inundarse con la información y los recordatorios que lo llevarán
rápidamente a asimilar dónde estamos y por qué. Se demora unos
silenciosos instantes, pero finalmente suspira y se acerca unos centímetros
más hasta que estamos nariz con nariz, él de costado y yo todavía boca
abajo. Me parece que está demasiado lejos. Saco los brazos de debajo de la
almohada y me vuelvo ligeramente con unas cuantas muecas de dolor hasta
que estoy de lado frente a él. Apoya las manos en mi cadera y se acerca
todavía más, hasta que nuestros cuerpos quedan pegados y nuestras narices
se tocan de nuevo.
—Sí que es posible —susurro con la garganta tremendamente seca—.
Sí que es posible entender lo que sientes por mí.
—¿Has hecho esto para demostrar que me quieres?
—No, ya sabes que te quiero. Lo he hecho para que sepas lo que se
siente.
Arruga la frente.
—No lo entiendo. Ya sé lo que se siente cuando te azotan.
—No me refiero a eso. Me refiero a la angustia de ver al hombre al
que amo haciéndose daño a sí mismo. —Levanto la mano, le acaricio la
barba y veo que de repente lo capta—. Nada podría dolerme más que ver
cómo te haces eso a ti mismo. Es lo único que podría matarme. Si vuelves
a castigarte, yo también lo haré. —La voz me tiembla ligeramente al
pensar en tener que volver a enfrentarme a otro día como el de ayer. Acabo
de amenazarlo y, si me quiere tanto como dice, debería concederme mi
petición.
Se apresura a apartar la mirada y comienza a morderse el labio
mientras sacude ligeramente la cabeza. Vuelve a mirarme.
—Me amas.
—Te necesito. Te necesito fuerte y sano. Necesito que entiendas
cuánto te quiero. Necesito que sepas que yo tampoco puedo vivir sin ti.
Que yo también me moriría si te perdiera.
Niega con la cabeza.
—No te merezco, _____. No con la vida que he llevado. Nunca había
tenido nada que apreciara o que quisiera proteger. Y ahora que lo tengo
siento una mezcla extraña de felicidad total y de pánico absoluto. —Sus
ojos repasan cada milímetro de mi cara—. Llenaba mi existencia con
alcohol y con mujeres. Y me daba igual. Le he hecho daño a lo más valioso
que tengo, y no puedo soportarlo.
—Yo te he hecho ser así.
Arruga la frente pero no me rebate. Yo he hecho que sea así.
—Necesito controlarte, _____. No puedo evitarlo. Te lo juro.
—Ya lo sé —suspiro—. Ya sé que no puedes evitarlo.
Me acerco a su pecho y me deleito con su calor. Por una vez, siento
que lo entiendo perfectamente. Ha tenido una existencia irreprimible, una
vida de despreocupación, de insensibilidad, un auténtico desastre. Y ahora
no sabe qué hacer con todas estas emociones nuevas.
—Estás sufriendo por mi culpa —dice pegado a mi cabello.
—Y tú por la mía —afirmo secamente—. Pero superaremos el pasado.
Mientras estés conmigo y te sientas fuerte, lo superaremos. No es tu
pasado lo que me hace daño. Eres tú. Las cosas que estás haciendo ahora.
—Sé que mi mente me está recordando que me ha costado digerir lo del
pasado de Tom, pero eso sólo me provocaba unos celos tremendos, no un
dolor insoportable. Tengo que aprender a superarlo.
Me aparta de su pecho. Tiene los ojos húmedos y le tiembla la barbilla.
—Estás loca de atar —dice con voz tierna antes de besarme—. Loca
de remate.
Recibo alegremente sus labios sobre los míos. Creo que es la única
parte de mi cuerpo que puedo mover sin morirme de dolor.
—Estoy locamente enamorada de ti. Por favor, no vuelvas a hacerte
eso a ti mismo. Me duele la espalda.
Se aparta con el ceño medio fruncido.
—Todavía estoy furioso contigo.
—Yo contigo tampoco es que esté muy contenta —le contesto
tranquilamente.
—No puedo tocarte —gruñe, y me besa de nuevo por toda la cara.
—Ya lo sé. ¿Qué tal tu espalda?
Resopla y continúa cubriéndome el rostro con los labios.
—Bien. Sólo estoy cabreado contigo. Tienes que empezar a moverte o
te quedarás inválida.
—No me importaría —respondo. No me importaría quedarme aquí
tumbada eternamente y dejar que me besara de la cabeza a los pies.
—De eso, nada, señorita. Necesitas un baño de lavanda y que te eche
un poco de crema en la espalda. No puedo creer que de todos los socios
fueras a escoger al más chiflado.
—¿Eso hice? —pregunto. ¿Cómo iba a saberlo? Sólo le entregué el
látigo al primero que lo aceptó.
—Pues sí. —Aparta la boca de mi cara y me mira con ojos recelosos
—. John y yo íbamos a reunirnos hoy para discutir si anulábamos su
suscripción. Llevamos tiempo vigilándolo. Su comportamiento se ha
vuelto algo errático últimamente y, aunque algunas mujeres disfrutan del
lado salvaje de sus hazañas sexuales, otras no tanto. Hace que algunas se
sientan incómodas, y eso es un problema. —Una expresión de
arrepentimiento se dibuja en su rostro y sé que está pensando que debería
haber echado antes a Steve—. Pero todavía no había hecho nada que nos
diera motivos reales para echarlo hasta anoche.
—Se lo pedí yo, Tom. —Intento aliviar su culpa. No quiero que todo
esto se repita.
—Tenemos reglas, _____. —Me besa y me muerde el labio inferior
ligeramente—. ¿Establecisteis unos límites previamente?
—No. —Ahora me doy cuenta de lo estúpida que fui.
—Su lista de ofensas sigue aumentando. Ha incumplido muchas
normas. Tiene que irse.
—No lo recuerdo. No estaba en la fiesta de aniversario. —Me habría
acordado de esa cara de gallito.
—No, estaba de guardia.
—¿De guardia?
Tom sonríe, y yo me deleito con su sonrisa.
—Es de la pasma.
Me atraganto y, acto seguido, hago una mueca de dolor.
—¿Qué?
—Que es un poli. —Levanta las cejas como diciendo «Sí, me has oído
bien».
¿Steve es policía?
—¿Has amenazado de muerte a un policía?
—Estaba cabreado. —Me aparta el pelo de la cara y me mira
atentamente—. He estado pensando.
No me gusta cómo suena eso. Y creo que a él tampoco.
—¿Acerca de qué?
—De muchas cosas. Pero lo primero es que tengo que hablar con
Patrick sobre Van Der Haus.
Sabía que no me iba a gustar lo que iba a decir, pero no veo la
solución a este asunto. Mikael supone probablemente la pensión de
jubilación de Patrick, y sé que le va a dar algo cuando le diga que no voy a
seguir trabajando con él. No puedo hacerlo, y ni siquiera le he contado a
Tom lo del mensaje de texto. No obstante, acaba de confirmarme que él
también cree que es él quien aparece en las grabaciones del bar.
Joder.
—¡Es lunes! —exclamo, y me revuelvo un poco en un intento de
levantarme de la cama.
Al instante me agarra de los hombros y me obliga a echarme de
nuevo.—¿En serio crees que voy a dejar que te muevas de aquí? —Sacude la
cabeza—. También he estado pensando en otras cosas. —Empieza a
morderse el labio.
Oh, oh. ¿En qué?
—¿Qué otras cosas? —pregunto. Ni siquiera ha desarrollado sus
pensamientos con respecto a lo de Mikael, aunque sé exactamente adónde
quiere ir a parar con ello.
Se aprieta todavía más contra mí.
—No puedo estar sin ti.
—Eso ya lo sé.
—Pero no porque me preocupe volver a mis viejas costumbres. Te
quiero porque haces que tenga una razón de ser. Has llenado un inmenso
vacío con tu belleza y con tu espíritu, y aunque puede que te complique un
poco más la vida con mi manera de ser imposible... —Levanta una ceja con
sarcasmo—. Por cierto, que sepas que tú también eres bastante imposible.
Me echo a reír con ganas y hago una mueca de dolor al instante, pero
Tom no se une a mis carcajadas. Frunce los labios y me agarra con más
fuerza de la cadera.
—Yo no soy imposible, Tom Kaulitz. —Enarca las cejas todavía más.
Es evidente que no está de acuerdo, pero le pongo la mano en la boca para
acallar su contraataque—. Acabas de decir que he llenado un inmenso
vacío con mi espíritu...
—Y con tu belleza —murmura en mi mano.
Pongo los ojos en blanco.
—Bueno, pues mi incesante necesidad de desafiar a tu manera de ser
imposible forma parte de ese espíritu. Jamás te librarás de esa pequeña
parte de mí que se rebela contra ti, y tampoco querrás hacerlo. Eso es lo
que me diferencia de todas las mujeres de La Mansión, que llevan
lamiéndote el culo demasiado tiempo. —Esta vez soy yo la que enarca una
ceja sarcástica y él me mira con recelo. Le estoy diciendo estas palabras a
un hombre tan pagado de sí mismo y tan irracional que no me sorprendería
que se echara a reír en mi cara, pero continúo de todos modos—: Me he
entregado a ti por completo. Soy toda tuya. Nadie me apartará de tu lado.
Jamás. Y sé que parte de tu problema es mantenerme lo más alejada
posible de lo que las demás mujeres de tu vida representan.
—¡No ha habido ninguna otra mujer en mi vida! —protesta a pesar de
mi mano.
Le aprieto los labios con más fuerza.
—Hay algo que necesito saber.
Levanta las cejas. No puede contestar porque tengo la mano muy
pegada a su boca.
—Quieres diferenciarme todo lo posible de las mujeres de La
Mansión, pero ¿qué hay del sexo? —Siento que sonríe contra la palma de
mi mano. ¿Le hace gracia la pregunta?
Aparto la mano de su boca. Sí, está sonriendo con esa sonrisa
malévola suya. Me deleito en ella, aunque no me hace gracia que le
divierta mi pregunta. Está obsesionado con vestirme adecuadamente según
su punto de vista, me obliga a llevar lencería de encaje (y de repente
entiendo por qué), y no quiere que beba.
«¡Joder!»
De pronto, los motivos por los que no quiere que beba golpean mi
cerebro como una enorme losa.
—No te gusta que beba porque crees que voy a hacer lo que tú solías
hacer cuando estabas borracho. ¡Crees que voy a querer follarme todo lo
que se mueve! —digo prácticamente chillando, y su sonrisa pronto
desaparece. Antes de darle tiempo a contestar a mi pregunta anterior, ya le
estoy lanzando otra. Bueno, más que una pregunta es una conclusión.
—¿Quieres hacer el puto favor de hablar bien? —Se deja caer boca
arriba en la cama y silba de dolor.
Oh, oh. Me incorporo, haciendo caso omiso de mi propio dolor, y me
pongo a horcajadas encima de él.
—Es eso ¿verdad? Ése es el motivo.
Veo cómo asimila las palabras. No puede negarlo, sé que lo he
pillado. Inspira profundamente y abre la boca para hablar, pero no dice
nada. Vuelve a hacerlo pero sigue sin decir nada. Lo hace tres veces hasta
que por fin habla:
—No es sólo eso, _____. Eres vulnerable cuando bebes.
—Pero es parte del motivo, ¿verdad? —Ya sé que la otra parte es que
teme que los hombres den por hecho que soy presa fácil.
—Sí, supongo que sí —confiesa.
—Vale, ¿y qué hay del sexo? —Necesito saber eso. Quiere que sea
todo lo contrario a todo lo relacionado con La Mansión, pero luego me
folla como un loco.
Vuelve a sonreír.
—Ya te lo he explicado. Nunca me parece tenerte lo bastante cerca.
—Cuando follamos adormilados, sí —respondo. No voy a insistir
mucho en este asunto. Me encanta el Tom dominante.
—Ya, pero entre nosotros hay una química increíble. Jamás la había
sentido.
Mi corazón se acelera y, por primera vez en casi un día entero, es de
felicidad. ¿Jamás había sentido eso? Pero se ha acostado con decenas de
mujeres, ¿o son cientos? Mi sonrisa desaparece al instante.
—¿El qué?
Apoya las manos sobre mis muslos.
—Es pura dicha, nena. Una satisfacción absoluta. Un amor absoluto
capaz de mover la tierra y de hacer temblar el universo.
Vuelvo a sonreír.
—¿En serio?
—Sí. Es como estar en el cielo.
Me dejo caer sobre su pecho.
—¡Ay!
—Cuidado. —Me ayuda a incorporarme—. ¿Te duele mucho?
La ira se refleja en sus ojos mientras espera mi respuesta, y yo rezo
para que John haya echado a Steve antes de que Tom le ponga las manos
encima. Aún no puedo creer que sea policía.
—Tranquilo. —Me revuelvo—. ¿Qué voy a hacer con el trabajo? —
pregunto.
¿Cómo ha podido transcurrir tan de prisa el fin de semana? Me río
para mis adentros. Lo he pasado despilfarrando el dinero en compras,
comida, joyas, vestidos, encajes, fiestas, en una propuesta de matrimonio
muy peculiar, en un montón de sexo fabuloso, en que me drogaran para
violarme, en azotes... Gruño. Menudo fin de semana.
—No te preocupes. Ya he hablado con Patrick. —Tom se incorpora y
me arrastra consigo al borde de la cama.
«¿En serio?»
—¿Hay alguien de mi entorno a quien no hayas importunado? —
pregunto secamente.
Se levanta y me deja de pie, mostrando su magnífica desnudez delante
de mí.
—No seas impertinente —me advierte, circunspecto—. No tienes
ninguna marca de latigazos en el culo, señorita. Y, cambiando de tema,
¿por qué está todo revuelto como si hubiesen entrado a robar?
Ay... No sé cómo, pero me había olvidado de eso.
—Estaba buscando algo.
Frunce el ceño.
—¿El qué? —pregunta con un leve tono de cautela.
Lo observo y analizo su expresión y su lenguaje corporal. No me dice
nada.
—Nada.
Me pone de espaldas a él y me lleva hasta el cuarto de baño
cogiéndome del codo con una mano y empujándome del culo con la otra.
Su falta de curiosidad respecto a lo que estaba buscando no hace sino
aumentar mis sospechas. Normalmente jamás aceptaría una respuesta tan
imprecisa a una de sus preguntas.
—¿Qué le has dicho a Patrick? —pregunto mientras me sienta sobre
el mueble del lavabo.
—Le he dicho que te desmayaste el sábado y que no te encuentras
bien.
Vaya. Bien pensado.
—¿No se extrañó de que lo llamaras tú?
—Ni lo sé ni me importa. —Empieza a preparar un baño y regresa a
mi lado—. Mira lo que le has hecho a tu precioso cuerpo —dice con voz
suave observando mi espalda desnuda en el espejo—. No voy a poder
hacerte el misionero en una buena temporada.
Una oleada de decepción recorre mi cuerpo y me miro por encima del
hombro.
—¿Sólo eso? —espeto con incredulidad. Me siento como si me
hubiera desollado viva, y el único recuerdo visible que tengo de mi tortura
son unos cuantos verdugones rojos y uno con una especie de corte con
sangre seca.
—¿Cómo que si sólo eso? —dice, cabreado.
Aparto la mirada de mis dolorosas heridas y observo con el ceño
fruncido a Tom, que me devuelve la mirada con una expresión similar a la
mía aunque probablemente más feroz. Lo agarro de las caderas.
—Date la vuelta —le ordeno mientras lo empujo con las manos para
conseguir que su cuerpo musculoso reacio a obedecer se vuelva. Cuando le
veo la espalda no puedo evitar lanzar un grito ahogado. A esto es justo a lo
que me refería. Tiene el doble de marcas que yo, mucha más sangre y
muchos más recuerdos del aciago día de ayer—. ¿Lo ves? Las tuyas son
mejores que las mías.
«¿Qué estoy diciendo?»
Se vuelve de nuevo y apenas me da tiempo a soltarlo de la cintura
cuando me baja del mueble y me deja en el suelo. Me petrifica con una
mirada furiosa, me agarra de los brazos y me sacude ligeramente.
—¡______, no digas tonterías!
—¡Lo siento! —exclamo al instante. ¿Por qué estoy diciendo estas
chorradas?—. Es que me duele tanto que creía que tendría peor aspecto.
—¡Bastante malo es ya! —Me suelta y regresa a la bañera, vierte un
poco de aceite de lavanda y remueve el agua con la mano.
No sé cómo he podido decir esa estupidez. Me lo tengo merecido.
—He dicho que lo siento —refunfuño, pero hace como que no me oye.
Inclino la cabeza hacia un lado y admiro su firme desnudez mientras
muevo las piernas y giro los hombros para intentar recuperar un poco de
flexibilidad. Necesito relajarme. Siento cómo mis músculos se agarrotan
entre mis hombros. Permanezco sentada pacientemente en el mueble
mientras Tom prepara las toallas, el champú y el acondicionador y lo
dispone todo a un lado de la bañera antes de ordenar el desastre que
organicé ayer. Lo hace todo en absoluto silencio, sin mirarme ni una sola
vez. Sabe perfectamente qué he estado buscando.
—Abajo. —Me ofrece la mano y me mira con expectación, pero yo la
rechazo y me dejo caer al suelo con cuidado, me quito las bragas y me
dirijo hacia la bañera.
Me meto y empiezo a descender a regañadientes al sentir el escozor
del agua. Hago caso omiso del gruñido de desaprobación de Tom ante mi
rechazo. Estoy demasiado ocupada apretando los dientes y concentrándome
en meterme bajo el agua, que pronto empieza a aliviarme en lugar de
apuñalarme. Me recuesto y cierro los ojos con un suspiro de alivio.
Siento que me observa. Abro un ojo y veo que tiene las cejas
levantadas hasta el nacimiento del pelo y mueve la cabeza para indicarme
que me aparte. Hago todo lo posible por demostrar las molestias que me
causa hacerlo tomándome mi tiempo y resoplando sin parar mientras me
desplazo hacia adelante para hacerle un sitio. No sé por qué me estoy
comportando de esta manera tan insolente. Bueno, sí. Me cabrea que mis
heridas de guerra sean una nimiedad en comparación con las suyas y que
sea yo la que no para de quejarse, de hacer gestos de dolor y de
comportarse como si me hubiesen lapidado.
Se mete en la bañera y se sienta detrás de mí. Apenas da muestras de
sentir molestias cuando el agua le cubre la espalda. Coloca las manos sobre
mis hombros y tira de mí hasta que mi espalda queda pegada a su cuerpo.
—No te resistas. —Me muerde la oreja y yo me retuerzo. Dobla las
piernas y me rodea el cuello con los brazos, de manera que me envuelve
completamente.
Vale. Ahora toca conversar en la bañera.
Apoyo la cabeza contra su hombro y disfruto del roce de su barba
matutina en mi rostro.
—Entonces, ¿Steve está fuera? —pregunto con frialdad.
—No lo dudes.
—¿Y no vas a preguntarle nada?
—Sólo si prefiere que lo incineren o que lo entierren —responde
sarcásticamente, y lo creo. Su respuesta, aunque brusca y un poco
exagerada, es justo la que esperaba oír—. ¿Te hago daño?
—No, estoy bien —lo tranquilizo. Me aprieta un poco más fuerte,
pero nuestros cuerpos mojados hacen que nos deslicemos sin que duela—.
¿Y qué pasa con Sarah?
«¡PUM!»
Se queda parado y yo continúo trazando suaves círculos en sus muslos
con mis dedos índices como si no hubiera dicho lo que acabo de soltar. Lo
que es bueno para uno... Además, Steve no tiene ningún interés sexual en
mí. Sarah, por el contrario, tienen un evidente interés en Tom, y como él
parece empeñarse en seguir ajeno a la situación, soy yo quien debe
imponer unas medidas de control de riesgos.
—¿Qué tiene que ver Sarah con todo esto? —pregunta totalmente
perplejo.
Si pudiera verme el rostro descubriría mi cara de incredulidad. No
puede estar hablando en serio. Tengo que mantenerme serena.
—Te hizo daño.
—Yo se lo pedí.
—Y yo se lo pedí a Steve —repongo tranquilamente.
—Ya, pero Steve sabía que no debía tocarte porque eres mía. Cruzó la
línea, y no me refiero sólo a la persona con la que lo hizo, sino por cómo lo
hizo, aunque, claro está, lo primero es mi manzana de la discordia. —Me
muerde el lóbulo de la oreja para asegurarse de que sepa que se refiere a
mí. ¿A quién, si no?—. Aceptó el látigo de alguien a quien no conocía y ni
siquiera estableció unos límites previamente. Podrías haber sido cualquier
tarada.
—Supongo que lo era en esos momentos —mascullo—. Pero bueno,
tú eres mío. Tú también eres zona prohibida, ¿sabes?
—Lo sé —responde suavemente—. Lo sé, nena. No volverá a pasar,
pero creo que ya le has dejado bastante clara a Sarah tu postura —añade
sarcásticamente.
Sonrío con suficiencia. Sí, es verdad, pero quiero que la eche.
—Entonces ¿no vas a echarla? —pregunto, aunque, muy a mi pesar,
ya sé la respuesta.
—Es una empleada y una buena amiga. No puedo despedirla por haber
hecho algo que yo le pedí que hiciera, _____.
Suspiro pesadamente para dejarle bien claro que no me hace ninguna
gracia. ¿Una «amiga»? ¿Una «buena amiga»?
—Ella lo planeó todo, Tom.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Recibí un mensaje de John.
—¿Qué mensaje?
—El que ella envió desde su teléfono diciendo que debía ir a La
Mansión. —Sé que esto no va a llevarme a ninguna parte.
—¿Crees que Sarah cogió a hurtadillas el teléfono de John para
mandarte un mensaje?
—¡Sí!
—¡No seas tonta!
—¡No soy tonta! —chillo—. Lo tengo en mi móvil. Te lo enseñaré.
—_____, Sarah jamás haría algo así.
¡Venga ya! Y se supone que es amiga suya... Pues está claro que no la
conoce muy bien. Yo he tenido el placer de conocerla sólo durante un mes
y la calé desde el primer segundo en que la vi. Tom no se entera de nada.
—¿Crees que me lo he inventado?
—No, creo que te drogaron el sábado por la noche, y que puede que
aún estés algo confusa —responde intentando apaciguarme. No me hace
ninguna gracia. ¡No me lo he imaginado!
—Te lo enseñaré —digo como una adolescente ultrajada—. Ella te
desea, Tom.
—Pues no puede tenerme, y lo sabe. Te pertenezco a ti. —Aprieta los
labios contra mi cara.
—Sí —resoplo, apretando la mejilla contra su beso.
Esto es complicado. Tom tiene razón; no puede echarla de su trabajo
por hacer algo que él le pidió que hiciera, lo cual es una mierda porque
estoy segura de que él no opinaría lo mismo si la situación fuese al revés.
Lo único que me consuela es saber que Tom no tiene el más mínimo
interés en ella, y de eso estoy completamente segura. No voy a hacerle
cargar con mi pataleta. Me la reservaré para Sarah cuando se presente la
ocasión, y para todas esas otras mujeres irrespetuosas. Llevar a cabo las
medidas de control de riesgos será complicado con todas esas sanguijuelas.
Me cabrea que sea incapaz de ver cómo es en realidad.
—Inclínate para que te lave la espalda. —Me empuja hacia adelante
por los hombros y yo obedezco a regañadientes—. Tendré cuidado.
—Me gusta cuando no lo tienes —espeto con descaro.
—_____, no digas cosas de ese tipo cuando no puedo violarte —me
reprende, y escurre con cuidado la esponja sobre mi espalda. Me besa con
suavidad donde puede entre delicadas caricias y cierro los ojos como si
estuviera soñando. Resulta tan sencillo olvidar los desafíos cuando se
comporta de esta manera—. Voy a lavarte el pelo.
Permito que me bañe, que me lave el pelo y que me asee en general
antes de envolverme en una toalla y de dejarme en la cama.
—Igual está un poco fría —dice, sube a horcajadas sobre mi culo y
vierte un poco de crema sobre mi espalda. Mis omoplatos se elevan y se
tensan—. Chsss. No vas a volver a hacer esto, ¿verdad? —me provoca, y
empieza a aplicarme la crema suavemente.
—Si tú lo haces, yo también lo haré —gruño, y hundo la cara en la
almohada, rogando a Dios para que no vuelva a hacerlo nunca más.
Comienza a acariciarme despacio la espalda hasta que me acostumbro
a la fricción y, cuando me he relajado un poco, me aplica la crema también
en los verdugones. No está nada mal. La calidez de sus enormes manos
deslizándose por mi piel no tarda en tornarse hipnotizadora, y soy más que
consciente de que algo duro y húmedo empieza a presionarme en las
lumbares. Sonrío para mis adentros. No tardará en ponerme las manos
encima, y espero que así sea. Pero lo obligaré a usar un condón.
Me masajea hasta que la tensión ha desaparecido por completo y mi
espalda parece haber vuelto a la normalidad.
—¿Hola?
Ambos levantamos la cabeza al oír la voz de Cathy.
—¡Mierda! —exclama Tom, levantándose a toda prisa—. He
olvidado llamar a Cathy. —Desaparece en el vestidor y reaparece con unos
vaqueros y una camiseta azul claro puestos—. Arriba. —Me agarra de la
cintura y me levanta del colchón—. Tienes que comer algo.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer. Debes de tener el estómago completamente
vacío después de que arrojaras todo su contenido sobre el suelo de mi
despacho.
Me encojo al pensarlo.
—Lo siento. —Me pregunto quién habrá tenido el placer de limpiarlo.
Espero que haya sido Sarah.
—No te preocupes. Vístete. Te espero en la cocina.
Me da un beso inocente, se marcha y me deja para que me arregle.
Giro los hombros. Sus mágicas manos obran auténticos milagros. Me
siento muchísimo mejor. Me seco el pelo, me pongo unos vaqueros rotos
viejos y una camiseta blanca muy ancha para que no me roce mucho la
espalda y me dirijo al piso inferior.

—Buenos días, _____. —Cathy alza la vista del lavavajillas que está
llenando y me sonríe amablemente.
Me siento sobre el taburete junto a Tom y él se inclina para oler la
fragancia de mi pelo recién lavado.
—Hola, Cathy, ¿qué tal? —Lo aparto con un empujoncito. Él gruñe y
a continuación me planta un pegote de mantequilla de cacahuete en el labio
inferior. Mi lengua se dispone a limpiarlo por acto reflejo—. ¡Joder! —
Pongo cara de asco y él se echa a reír, tira de mí y me lame la boca.
—Mmm. —Sonríe y me da un beso húmedo con sabor a esa pasta
asquerosa.
Me limpio y vuelvo a centrar la atención en Cathy, que observa
nuestra escena con una sonrisa en los labios. Me pongo como un tomate.
—Estoy muy bien, _____, gracias. ¿Quieres desayunar? ¿Salmón?
—Sí, por favor —respondo, agradecida, y ella asiente, se seca las
manos en su mandil blanco e impoluto y se acerca a la nevera. Miro a mi
alrededor y veo que ya han recogido el desastre que formé.
—Tenemos noticias que darte, Cathy —canturrea Tom.
«¿Ah, sí?»
No creo que vaya a ponerla al corriente sobre los acontecimientos de
los últimos días. Lo miro con el ceño fruncido pero hace como que no me
ve.
—_____ pronto se convertirá en la señora Kaulitz.
Me quedo boquiabierta, pero él sigue haciendo como si no estuviera.
¡Joder! Había olvidado ese asunto. ¿Cómo es posible?
—¿En serio? ¡Eso es estupendo! —Cathy deja los huevos y el salmón
en la isla y se acerca para darme un gran abrazo—. ¡Ay, cuánto me alegro!
—canturrea en mi oído.
Aprieto los dientes con fuerza cuando me frota la espalda mientras
sigo sentada en el taburete.
Se aparta y me envuelve la cara con las manos.
—No sabes cuánto me alegro. Es un buen chico. —Me besa en la
mejilla y me suelta—. Ven aquí tú también. —Abraza a Tom con el
mismo entusiasmo y él la recibe de buena gana, sin el menor gesto de
dolor. Me mira por encima del hombro de Cathy y yo lo contemplo
asombrada.
Después de lo que pasó anoche, había dado por hecho que nos
replantearíamos el asunto. Pero parece ser que me equivocaba. El anillo ha
desaparecido de mi dedo, y cuando me preguntó si todavía quería casarme
con él le dije que no podía hacerlo. ¿No deberíamos hablar sobre toda la
mierda que ha pasado este fin de semana? De nuestras inseguridades, de
Sarah, de Coral, de Mikael...
No ha tenido para nada en cuenta mi opinión. Ni siquiera se lo he
dicho a mis padres aún. Si voy a casarme con este capullo imposible
deberían ser los primeros en saberlo.
—Mi chico por fin va sentar la cabeza. —Cathy le pellizca las
mejillas y le planta un beso igual que a mí. Se está comportando como una
madre orgullosa, y hace que me pregunte cuál será la historia de su
relación. Es mucho más cercana que la habitual entre un jefe y una
empleada. Sus manos ligeramente arrugadas liberan a Tom y coge el
mandil para secarse los ojos mientras solloza. ¿Está llorando?
—¡Cathy, ya vale! —la reprende Tom.
—Lo siento. —Recobra la compostura y se aleja para seguir
preparando el desayuno con una amplia sonrisa en la cara—. ¿Y dónde y
cuándo será?
Estiro el brazo para coger la cafetera. Ahora es cuando deberían
empezar a estallar las chispas.
—El mes que viene, en La Mansión —la informa Tom, muy seguro
de sí mismo.
Dejo caer la cafetera de golpe junto a la taza y lo miro, sorprendida.
—¿En serio? —¡No pienso casarme en La Mansión! ¿Está de coña?
Joder, me acaban de entrar todos los sudores al imaginarme a mis padres
vagando por el edificio y sus terrenos. ¿Se darían cuenta de lo que es?
—En serio —responde fríamente. El capullo imposible que me vuelve
loca no ha tardado en regresar.
—Qué bonito —gorjea Cathy.
Miro a Tom fijamente. ¿Sabe ella lo que es La Mansión en realidad?
Me siento como si estuviera en una dimensión desconocida.
—Lo será —confirma Tom.
Le pone la tapa al tarro de mantequilla de cacahuete y empieza a
despegar la etiqueta, haciendo caso omiso de mi cara de estupefacción y de
mi mirada fija en él. Veo cómo me mira con el rabillo del ojo. Empieza a
morderse el labio y lanza el papelito que se ha enrollado con el dedo sobre
la encimera.
Exhalo lentamente para no perder la paciencia y cojo el papel de la
superficie. ¿Qué ha pasado con aquello de que discutiríamos juntos todo lo
relativo a nuestra boda?
Me bajo del taburete y decido ir hasta el cubo de la basura para no
propinarle una patada en la espinilla. Me detengo detrás de él y acerco la
boca a su oreja.
—¿Con quién vas a casarte? —pregunto en voz baja antes de seguir
caminando.
—En compensación —gruñe—. La fastidiaré, _____.
—¿Cómo? —Cathy se vuelve desde los fogones.
—Nada —respondemos al unísono, y nuestros ceños fruncidos se
encuentran al mirarnos. La hostilidad que emana de su cuerpo es palpable.
Este fin de semana ha demostrado que tenemos que centrar nuestra
atención en otros asuntos más importantes, como en infundirnos el uno al
otro la seguridad que sin duda necesitamos.
Piso el pedal del cubo y tiro el minúsculo trozo de papel dentro.
Entonces veo algo que brilla desde las oscuras profundidades. Me agacho a
cogerlo extrañada y saco media tarjeta blanca y plateada. Es una invitación
de boda. Le doy la vuelta, inclino la cabeza y vuelvo a mirar en la basura.
Saco la otra mitad y las sostengo unidas.
EL SR. Y LA SRA. KAULITZ TIENEN EL PLACER DE INVITARLOS A LA BODA DE
SU HIJA, AMALIE kAULITZ, CON EL DR. DAVID GARCÍA.
«¡Joder!»
De repente, Tom me quita la invitación de las manos, vuelve a tirarla
a la basura y me arrastra de nuevo hacia la isla de la cocina.
—Siéntate —ordena con ese tono que sé que no debo desobedecer. Me
sienta sobre el taburete y yo alzo la vista y veo que le tiembla la mandíbula
y que tiene los músculos del cuello hinchados.
—¿Es tu hermana? —pregunto en voz baja.
—Olvídalo —me advierte sin siquiera mirarme.
Mi mente empieza a dar vueltas. No hemos hablado mucho sobre sus
padres, pero sé que hace años que no los ve. ¿Son ellos quienes no quieren,
o es Tom? Si le han enviado una invitación a la boda de su hermana
supongo que debe de ser cosa de Tom. Observo su perfil pero no me atrevo
a decir nada.
—Aquí tenéis. —Cathy nos sirve el desayuno y se mete un plumero en
la parte delantera del mandil—. Os dejo que comáis tranquilos.
—Gracias, Cathy —responde Tom sin un ápice de gratitud.
Soy incapaz de hablar. Empiezo a picotear los bordes de mi sándwich
de salmón en un incómodo silencio y, tras lo que me parece una eternidad,
por fin me rindo y me bajo del taburete.
—¿Adónde vas? —pregunta.
—Arriba. —Salgo de la cocina dejando mi desayuno intacto. Tom y
los constantes misterios que lo rodean están causando estragos en mi
apetito.
—_____, no me dejes así —me advierte. Hago como que no lo oigo—.
¡_____!
Me vuelvo.
—Estás más loco de lo que pensaba si crees que voy a casarme
contigo, Tom —digo tranquilamente antes de dejarlo ahí plantado en la
cocina, compungido.
Espero que se abalance sobre mí y me tire al suelo pero, para mi
sorpresa (y preocupación), me permite abandonar la estancia y llegar a la
suite principal sin una cuenta atrás y sin follarme para hacerme entrar en
razón. Sabe que me duele la espalda, así que no puede forzarme
físicamente. Eso debe de estar matándolo.
Cathy está en mi habitación de invitados preferida, quitando el polvo
alegremente mientras canturrea Valarie. Verla me hace sonreír. Cierro la
puerta del dormitorio despacio detrás de mí y me dispongo a cepillarme los
dientes. Iré a trabajar. No voy a quedarme aquí todo el día como un
pasmarote, y tengo la espalda bien si no hago movimientos bruscos. Aquí
molestaré a Cathy, y prefiero ir a hablar con Patrick y enfrentarme a su
interrogatorio respecto a mi relación con Tom.
Busco entre mis vestidos y me pongo uno de los viejos. Me cambio,
me coloco los tacones y me acerco al espejo para maquillarme.
La puerta del dormitorio se abre.
—¿Adónde vas? —pregunta Tom con tono aprensivo. Me temo que
estoy rompiendo su regla de que sólo puedo apartarme de su lado cuando él
lo diga.
—A trabajar.
—De eso, nada.
—Claro que sí —replico, y sigo aplicándome el maquillaje, haciendo
caso omiso de su cuerpo imponente detrás de mí. No poder tocarme lo está
matando, sobre todo ahora que quiere retenerme aquí.
—¿Cómo llevas la espalda?
Lo miro un instante.
—Me duele —contesto a modo de advertencia. Vuelvo a centrar la
atención en el espejo y compadezco para mis adentros al hombre que tengo
detrás sin saber qué hacer. Esta vez se ha pasado. La ha cagado pero bien.
Termino de maquillarme y empiezo a organizarme el bolso.
—¿Y mi teléfono? —pregunto mientras sigue detrás de mí.
—Está cargándose en mi despacho.
Me sorprende que me lo diga sin tener que insistir.
—Gracias. —Cojo el bolso y salgo por la puerta, pero doy un brinco
cuando Tom aterriza delante de mí y me corta el paso.
—Hablemos. —Escupe la palabra como si tuviera basura en la boca
—. Por favor, no te vayas. Vamos a hablar.
—¿Ahora quieres hablar?
Se encoge de hombros, avergonzado.
—Bueno, no puedo follarte para hacerte entrar en razón, así que
supongo que tendré que hablar contigo para conseguir eso mismo —gruñe.
—Así es como suelen hacerse las cosas, Tom.
—Ya, pero mi manera es mucho más divertida. —Me dedica su
sonrisa maliciosa y yo intento eliminar la que amenaza con formarse en
mis labios. Necesito mantenerme seria. Me coge de la mano y se acerca a
mí—. Nunca he tenido que dar explicaciones sobre mi vida a nadie, _____.
No es algo que me apetezca hacer.
—No voy a casarme con alguien que se niega a abrirse a mí. Sigues
ocultándome información, y luego todo acaba en un tremendo desastre.
—No te he contado ciertas cosas porque temía que salieras huyendo.
—Tom, he descubierto algunas cosas bastante impactantes y aún sigo
aquí.
—Lo sé —suspira—. _____, sabes más sobre mí que nadie. Nunca había
estado tan cerca de otra persona como de ti. Cuando sólo te estás follando a
alguien no sueles entablar conversaciones y contarte la vida.
Me encojo al recordar sus días de correrías sexuales que acaban de
terminar.
—No digas ese tipo de cosas —le advierto.
Tira de mí hacia la cama.
—Siéntate —me ordena. Después suspira profundamente—. El último
encuentro que tuve con mis padres no fue muy bien. Mi hermana nos
tendió una emboscada e hizo que nos reuniésemos. Mi padre empezó a
despotricar, mi madre se enfadó y yo me emborraché mucho; supongo que
puedes imaginarte cómo acabó la cosa.
Vaya. ¿Tom borracho? No envidio a nadie que haya tenido que
soportar al Tom ebrio.
—Entonces tu hermana quiere que lo solucionéis —musito con
esperanza.
—Amalie es un poco testaruda —suspira, y yo me río para mis
adentros. ¡No pueden negar que son hermanos!—. No acepta que han
pasado demasiadas cosas, que nos hemos dicho demasiadas cosas durante
muchos años. —Me mira y veo dolor en sus ojos—. Esto no tiene solución,
______.
—Pero son tus padres. —Yo no podría vivir sin hablarme con mis
padres—. Eres su hijo.
Me ofrece una media sonrisa, una sonrisa que indica que no lo
entiendo, y lo cierto es que no lo entiendo en absoluto. Todo tiene solución.
Suspira.
—Sólo he recibido la invitación porque la envió mi hermana a
espaldas de ellos. Mis padres no quieren que vaya. Amalie borró la
dirección de ellos y la cambió por la suya.
—Pero ella sí quiere que vayas. ¿No te gustaría ver cómo se casa?
—Me encantaría ver cómo se casa mi hermana pequeña, pero no
quiero arruinarle la boda. Si voy, la cosa sólo puede acabar de una manera.
Créeme.
—¿Qué pasó para llegar a esto?
Deja caer los hombros completamente y empieza a trazar círculos en
mis manos con los pulgares. Sé que esto le resulta doloroso, y eso hace que
me sienta aún más frustrada porque se empeña en hacer como que no le
importa.
—Ya te conté que Carmichael me dejó La Mansión al morir. Aunque,
cuando te lo dije, creías que era un hotel. —Enarca las cejas con un gesto
algo divertido. Pongo los ojos en blanco.
Vale, sí, estaba ciega. Quiero señalar que si iba por ahí totalmente
ajena a la realidad era por culpa suya, pero no lo hago. Dejo que continúe.
—Las cosas ya se pusieron bastante tensas cuando se mudaron a
España y yo decidí quedarme con Carmichael. Tenía dieciocho años, y
entiendo que para mis padres el hecho de que viviera en La Mansión era
una pesadilla. —Se ríe ligeramente. Yo también lo entiendo—. Me
convertí en un mujeriego y las cosas fueron a peor cuando Carmichael
murió. De no ser por John, probablemente La Mansión ya no existiría.
Prácticamente la dirigió él mientras yo estaba ocupado emborrachándome
y follando.
—Vaya —susurro.
—Después me calmé, pero mis padres me dieron un ultimátum: o La
Mansión o ellos. Y elegí La Mansión. Carmichael era mi héroe, no podía
venderla —añade terminando su discurso con absoluta rotundidad.
—Tus padres sabían que seguías... —Me aclaro la garganta seca—.
Bueno, haciendo lo que hacías. —Soy incapaz de decirlo, me revuelve las
tripas.
—Sí, y se habían imaginado que acabaría así. Tenían razón, y siempre
me lo echan en cara. He llevado un estilo de vida despreciable, lo admito.
Carmichael era la oveja negra de la familia. No se hablaba con nadie y
todos renegaban y se avergonzaban de él. Y, cuando murió, yo pasé a ser
esa oveja negra. Mis padres se avergüenzan de mí. Eso es todo.
Me estremezco al oír esa última parte.
—No deberían avergonzarse de ti. —Eso me pone furiosa.
—Pues así es. —Se encoge de hombros.
—Entonces ¿hace mucho que conoces a John? —Si lo ayudó a dirigir
La Mansión cuando empezó, estamos hablando de unos dieciséis años.
—Sí, hace mucho tiempo —sonríe con cariño—. Él y Carmichael eran
buenos amigos.
—¿Cuántos años tiene?
Levanta la vista y arruga la frente.
—Unos cincuenta, creo.
—¿Y cuántos años tenía Carmichael? —pregunto.
—¿Cuando murió? Treinta y uno.
—¿Tan joven? —espeto. Me lo imaginaba con el pelo
largo y cano, moreno y adulador.
Se ríe al ver mi expresión de perplejidad.
—Mi padre y él se llevaban diez años. Mis abuelos lo tuvieron tarde.
—Vaya. —Hago un cálculo mental—. Entonces tú sólo te llevabas
diez años con Carmichael también.
—Para mí era como un hermano.
—¿Cómo murió? —Seguramente esté tensando la cuerda, pero me
siento intrigada. Estoy empezando a hacerme una idea de la historia de
Tom, y ahora soy como un perro con un hueso.
La tristeza se dibuja en su rostro.
—En un accidente de tráfico.
—Vaya —susurro, y de repente caigo en la cuenta. Dirijo la mirada a
su estómago y la dejo fija en el área donde tiene la cicatriz.
Tom iba en el coche con Carmichael. Joder. Todo este tiempo que he
estado preguntándole e importunándolo al respecto me decía que le
resultaba demasiado doloroso hablar de ello, y es verdad. Las miles de
piezas del puzle de Tom empiezan a encajar. Sus padres se mudaron a otro
país, él se negó a ir porque quería quedarse con su tío, que era más como
un hermano (voy a pasar por alto el tema del sexo), y tres años después
pierde a Carmichael en un trágico accidente en el que también sale herido.
No me extraña que acabara dándose al alcohol y al sexo después de
aquello. Ahora lo entiendo todo. Siento como si me acabaran de quitar un
peso tremendo de encima. Todo esto explica por qué es como es.
—No vayas a trabajar. —Me coloca sobre su regazo con cuidado y me
acaricia la nariz con la suya—. Quédate en casa y deja que te ame. Quiero
llevarte a cenar esta noche. Te debo un rato especial.
Me derrito. Después de todo lo que me ha contado y de lo razonable
que está siendo no puedo negarme.
—Pero mañana iré a trabajar —digo con firmeza. Tengo asuntos
importantes que solucionar en el trabajo.
Como, por ejemplo..., el de Mikael Van Der Haus. No quiero ni
imaginarme lo que va a decir Patrick.
—De acuerdo. —Pone los ojos en blanco—. Bueno, voy a correr un
poco para aliviar la tensión a la que me ha sometido mi seductora
imposible. Cuando vuelva nos pasaremos toda la tarde acurrucados y luego
saldremos a cenar. ¿Vale?
—Vale, pero eso que has dicho de «seductora imposible» lo supero yo
con «dios engreído».
Me dedica una de esas sonrisas que reserva exclusivamente para mí y
se deja caer de espaldas sobre la cama con cuidado.
—Bésame, ahora —exige, y yo me inclino y lo beso con
agradecimiento. Se ha abierto a mí, y me siento mucho mejor. Vuelvo a

estar en el séptimo cielo de Tom.


HOLA!!! AQUI ESTAN LOS NUEVOS CAPS ... YA PRONTO TERMINARA LA NOVE .. YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))) ADIOS 

3 comentarios:

  1. :S ahora fue (Tn) la que se dejo azotar, pero no se xq siento que Tom va echar a perder todo.. me encanto virgi espero los próximos caps..

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