viernes, 24 de julio de 2015

CAPITULO 15

CAPITULO 15.-

Me detengo en la puerta de entrada y pulso el botón del interfono. Por el
altavoz oigo la voz de John y saludo a la cámara con la mano pero las
puertas ya han empezado a abrirse. Inicio el largo recorrido por el camino
de grava que lleva hasta La Mansión. Aparco en el patio circular y
contemplo la casa de piedra caliza que se yergue en el centro y que parece
gritar a los cuatro vientos lo que ocurre detrás de sus puertas.
Estaciono junto al coche de Tom y me miro en el retrovisor. Teniendo
en cuenta los acontecimientos de las últimas horas, de las últimas semanas,
tampoco tengo tan mal aspecto.
John me abre la puerta antes de que coja la manija y me dedica una
sonrisa para transmitirme confianza. Sin embargo, no consigue hacer que
me sienta mejor.
Cruzamos juntos la imponente entrada, y dejamos atrás la escalera, el
restaurante y el bar. Oigo risas y conversaciones pero no me molesto en
mirar. Ya lo he visto antes, sólo que ahora sé lo que son realmente.
—¿Se ha tranquilizado? —pregunto al llegar al salón de verano.
Hay gente en los butacones, bebiendo y charlando, probablemente de
lo que les depara la noche. Una docena de miradas curiosas me siguen y me
pongo tensa. ¿Habrán visto el cabreo de Tom?
—Muchacha, vuelves loco a ese hijo de perra. —John se ríe y vuelvo
a ver el tímido diente de oro.
Suspiro. Estoy de acuerdo, pero él también me vuelve loca a mí. ¿Se
dará cuenta John?
—Mi hombre es difícil —musito.
John me regala una de sus nada frecuentes sonrisas arrebatadoras,
toda llena de dientes y de destellos dorados.
—¿Difícil? Bonita palabra. Yo le digo que es como un grano en el
culo. Aunque admiro su decisión.
—¿Decisión? —Frunzo el ceño—. ¿Está decidido a ser difícil?
John se detiene cuando llegamos frente al despacho de Tom.
—Nunca lo había visto tan decidido a vivir.
De repente quiero volver al inicio de nuestro recorrido para continuar
con esta conversación.
—¿Qué quieres decir? —pregunto sin poder evitar el toque de
confusión. Esa frase me ha dejado perpleja. Yo no lo veo en absoluto
decidido a vivir. Lo veo decidido a tener un ataque provocado por el estrés.
Es autodestructivo.
No puedo respirar.
Es autodestructivo. Tom dijo eso mismo el día que me llevó en moto.
¿Qué quería decir?
—Es algo bueno, créeme. —John me mira con afecto—. No seas muy
dura con él.
—¿Hace mucho que lo conoces, John? —Quiero que siga hablando.
—El tiempo suficiente, muchacha. Te dejo —dice, y su cuerpo de
mastodonte se aleja por el pasillo.
—Gracias, John —añado.
—Está bien, muchacha. Está bien.
Me quedo en la puerta del despacho de Tom con la mano a unos
milímetros de la manija. La información que me ha dado John, aunque
vaga, ha despertado aún más mi curiosidad. ¿De verdad era
autodestructivo? Pienso en alcohol, picoteo, ir en moto sin protección y en
cicatrices. Empujo la manija hacia abajo y, con cuidado, entro en su
despacho.
Me siento insultada al instante. Tom está en su enorme sillón
mirando a Sarah, sentada en el borde de la mesa. Esa mujer es una
sanguijuela. Me siento posesiva, y es como si recibiera una bofetada, pero
la botella de vodka que descansa sobre la mesa es lo que de verdad me
pone nerviosa. Puedo olvidarme de las atenciones de féminas no deseadas
siempre que sigan siendo no deseadas. Lo del vodka es otra historia.
Me miran a la vez y ella me sonríe. Es una sonrisa realmente falsa.
Luego veo la bolsa de hielo en la mano de Tom. Se los ve muy cariñosos.
No me cabe la menor duda de que estos dos han tenido una relación
sexual. Sarah lo lleva escrito en la cara. Quiero vomitar. Me siento
posesiva y celosa.
La intrusa atrevida no hace siquiera amago de bajar el culo de la mesa
de Tom, sino que se queda ahí sentada, disfrutando con la tensión que
causa su presencia. No obstante, es la botella transparente la que supone
una amenaza. Puedo soportar a Sarah. No estoy de humor para jueguecitos
con ex conquistas sexuales.
Miro a Tom y él me mira. Todavía lleva puestos los pantalones gris
marengo pero se ha arremangado la camisa negra. Tiene el pelo castaño
despeinado pero, a pesar de toda su belleza, parece asustado e
incómodo. No lo culpo. Acabo de pillarlo en plan cariñoso con otra y con
una botella de la sustancia del mal delante. Es el dos por uno de mis peores
pesadillas.
Hace girar la silla con los pies, alejándose de la intrusa y acercándose
a mí.
—¿Has bebido? —Mi voz es fuerte y serena. No me siento así.
Niega con la cabeza.
—No —responde en voz baja.
No sé si habla tan bajo por la otra mujer o por el vodka. Deja caer la
cabeza y el silencio es incómodo. Entonces Sarah le pone la mano en el
brazo a Tom y quiero correr hacia la mesa y arrancarle el pelo a tirones.
Tom parpadea y me clava la mirada.
¿Quién coño se cree que es? No soy lo bastante ingenua para tragarme
que está siendo una buena amiga.
—¿Te importa? —La miro directamente, para que quede claro que le
estoy hablando a ella.
Me mira como si no se hubiera enterado y deja la mano en el brazo de
Tom. De repente estoy furiosa conmigo misma por haberle dado a otra
mujer la oportunidad de consolarlo, especialmente a esta mujer. Ése es mi
trabajo. Tom retira el brazo y la mano de Sarah acaba sobre el escritorio.
—¿Perdona? —masculla ella. Me cabrea aún más.
—Ya me has oído. —La miro con cara de pocos amigos y ella sonríe;
es una sonrisa burlona y resulta casi imperceptible. Sabe que sé lo que está
intentando hacer. Eso hará que nuestra relación sea mucho más fácil.
Tom nos mira a una y a otra, dos mujeres enfrentándose en su
despacho. Que Dios lo bendiga por no abrir la boca, pero entonces la zorra
descarada se agacha y lo besa en la mejilla. Sus labios le acarician la piel
más de lo necesario.
—Avísame si me necesitas, cielo —dice con el tono seductor más
ridículo que he oído nunca.
Tom se tensa de pies a cabeza y me mira con los ojos muy abiertos.
Su hermoso rostro está en alerta. Tiene motivos para estar nervioso, y más
aún después de toda la mierda que me ha hecho tragar por un cliente y por
un ex novio. A Matt y a Mikael tendrían que haberlos identificado por la
ficha dental si él me hubiera pillado con ellos como yo lo he pillado con
Sarah.
Abro la puerta del despacho de par en par y miro al megazorrón rubio.
—Adiós, Sarah —digo en tono definitivo.
Ella me mira con sus morros carnosos, un toque de chulería y mucho
aplomo antes de bajarse de la mesa y salir del despacho de Tom meneando
el trasero, aunque primero me lanza una mirada asesina. Le dedico mi
mirada especial hasta que desaparece por la puerta. En cuanto ella y sus
plataformas de doce centímetros han cruzado el umbral, cierro de un
portazo. Espero haberle dado en el culo.
Ahora, vamos a lidiar con mi hombre imposible. De repente estoy
decidida a solucionar esta mierda. Después de haberlo visto con Sarah sé
perfectamente que eso es lo que quiero.
Es mío... Y punto.
Me vuelvo para mirarlo. No se ha movido de la silla y la botella de
vodka sigue sobre su mesa. Tom se muerde el labio inferior. Los
engranajes echan humo.
Señalo la botella con un gesto de la cabeza.
—¿Qué hace eso ahí?
—No lo sé —responde.
Parece estar pasándolo fatal, y me da pena encontrarme al otro lado de
la habitación.
—¿Te la quieres beber?
—Ahora que tú estás aquí, no. —Sus palabras me llegan altas y claras.
—Eres tú quien se ha marchado —le recuerdo.
—Lo sé.
—¿Y si no hubiera venido? —Ésa es la pregunta clave.
Le doy vueltas a lo mismo una y otra vez. Se comporta como si fuera
facilísimo y me asegura constantemente que no necesita beber mientras me
tenga a mí, pero ahora lo encuentro en compañía de una botella de vodka
porque hemos discutido. Vale, ha sido más que una discusión pero eso no
es lo importante. No puedo ponerme así cada vez que nos peleemos. Y
tampoco se me olvida que el vodka no es lo único que le estaba haciendo
compañía.
—No me la habría bebido. —La aparta.
Me fijo en la botella y veo que está sin abrir, aunque sigue ahí y algo
hizo que la pusiera ahí... Yo. Yo soy la razón de que se haya vuelto loco, de
sus exigencias absurdas y de sus pataletas. Es culpa mía. Lo he convertido
en un controlador neurótico.
Seguimos mirándonos unos instantes. Yo no dejo de repasar todo lo
que tenemos que aclarar y él se muerde el labio inferior porque no sabe qué
decirme. Yo tampoco sé por dónde empezar.
—¿Qué hace eso ahí? —insisto.
Se encoge de hombros como si no fuera importante, lo que me cabrea.
¿Mi temor estaba justificado y ahora espera que me olvide como si nada
con sus evasivas y su silencio?
—No iba a bebérmela, ______ —repite, un poco molesto.
Me deja de piedra.
—¿Te la beberías si te dejo?
Sus ojos vuelan en busca de los míos y el pánico se apodera de él.
—¿Vas a dejarme?
—Necesito que me des respuestas. —Lo estoy amenazando, pero
siento que no tengo otra opción. Hay cosas que tiene que decirme—. ¿Por
qué está Mikael tan interesado en nuestra relación?
—Su mujer lo ha dejado —se apresura a responder.
—Porque te acostaste con ella.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace meses, _____. —Sus ojos son sinceros—. Era la mujer que se
presentó en el Lusso. Te lo contaré antes de que vuelvas a amenazar con
dejarme. —Me encanta su sarcasmo.
—No estaba preocupada por ti...
—Puede que sí, pero también me desea.
—¿Y quién no? —digo, sorprendentemente tranquila.
Asiente.
—Se lo dejé muy claro, ______. Volvió a Dinamarca y me acosté con ella
hace meses. No sé por qué le ha dado por venir detrás de mí ahora.
Lo creo. Además, Mikael ha estado liado con su divorcio, así que tuvo
que ser hace mucho. Divorciarse lleva tiempo. Todo empieza a cobrar
sentido. Así que Mikael es el «nadie en particular» que va a intentar
apartarme de Tom.
—Quiere apartarte de mí, como hice yo con su mujer. —Deja caer la
cabeza entre las manos—. Yo no se la robé, ______. Ella decidió marcharse,
pero sí, lo que él quiere es apartarte de mí.
—Pero erais todos amigos, le compraste el ático del Lusso. —Me
duele la cabeza.
—Es pura fachada por su parte, ______... No tenía por dónde pillarme,
nada con lo que pudiera hacerme daño, porque a mí no me importaba nada
ni nadie. Pero ahora te tengo a ti. —Me mira—. Ahora sabe dónde clavar el
puñal.
Empiezan a picarme los ojos y lo veo poner cara de derrota. Ya no
aguanto más estar lejos de él. Me acerco a su silla y me recibe con los
brazos abiertos. Hago caso omiso de la mano hinchada y me siento en su
regazo. Lo dejo que me arrope con sus brazos y que invada todos mis
sentidos. Su tacto y su fragancia me calman al instante y ocurre lo
inevitable, lo que pasa siempre cuando estamos así: todo lo que nos causa
tanto malestar de repente carece de importancia. Solos él y yo, en nuestra
pequeña burbuja de felicidad, apaciguándonos el uno al otro. El resto del
mundo se interpone en nuestro camino o, para ser exactos, el pasado de
Tom se interpone en nuestro camino.
—Moriré queriéndote —dice con toda la emoción que sé que de
verdad siente—. No puedo permitir que vayas a Suecia.
Suspiro.
—Lo sé.
—Y deberías haberme dejado que me ocupara de tus cosas. No quería
que volvieras a verlo —añade.
Me someto a él.
—Lo sé. Sabe lo tuyo.
Se tensa debajo de mí.
—¿Lo mío?
—Me dijo que eras un alcohólico empedernido.
Se relaja y se echa a reír.
—¿Que soy un alcohólico empedernido?
Lo miro, sorprendida por su reacción ante algo tan duro.
—A mí no me parece divertiro. Además, ¿cómo es que lo sabe?
—_____, no tengo ni idea, de verdad —suspira—. Además, está mal
informado porque no soy alcohólico. —Levanta las cejas.
—Lo sé —concedo, pero estoy bastante segura de que el problema de
Tom con el alcohol encaja como alcoholismo—. ¿Qué voy a hacer, Tom?
Mikael es un cliente importante.
Un pensamiento muy desagradable se me pasa por la cabeza.
—¿Volvió a contratarme para la Torre Vida sólo por ti?
Sonríe.
—No, _____. No sabía nada de lo nuestro hasta ayer. Te contrató porque
eres una diseñadora con talento. El hecho de que seas tan increíblemente
hermosa era un plus, y el hecho de que yo esté enamorado de ti ahora es un
incentivo adicional para él.
—Te descubriste tú solo. —Si Tom no hubiera saboteado mi reunión,
Mikael nunca se habría enterado.
—Actué por impulso. —Se encoge de hombros—. Me entró el pánico
cuando vi su nombre en tu agenda. Pensé que no ibas a volver a verlo
después del Lusso. En cualquier caso, él habría ido detrás de ti aunque no
fueras mía. Como dije, es implacable.
Me acuerdo de sus ojos desorbitados y la mandíbula tensa cuando vio
el nombre de Mikael en mi agenda. No fue porque la hubiera cambiado por
una nueva. Fue porque el nombre de Mikael se leía alto y claro.
—¿Cómo lo sabes? Está casado. Bueno, lo estaba.
—Eso nunca ha sido un obstáculo para él,______.
—¿No? —Yo pensaba que era un buen hombre, un caballero. Al
parecer, no podía estar más equivocada.
Estoy hecha un lío. No puedo trabajar con Mikael, no después de lo
que he descubierto. Para empezar, Tom no va a dejar que me acerque a
menos de un kilómetro de él. La verdad es que tampoco me apetece tenerlo
cerca. Quiere utilizarme para hacerle daño a Tom. Quiere vengarse de él y
yo soy su único punto débil. Dios, tengo una reunión con él el lunes. Esto
se va a poner muy feo. Quiero gritarle a mi hombre hasta desgañitarme por
ser un picha brava, pero entonces mi mente vaga hacia el día en que
descubrí lo que de verdad sucedía en La Mansión y aquel indeseable al que
John tuvo que echar, el que decía que ni los maridos ni la conciencia se
interponían en el camino de Tom. ¿Cuántos matrimonio habrá roto?
¿Cuántos maridos sedientos de venganza habrá ahí fuera?
Tom me coge la cara con la mano y me saca de mis ensoñaciones.
—¿Cómo has venido hasta aquí?
Sonrío.
—Distraje a tu carcelero a sueldo.
Se le ilumina la mirada y le bailan los labios.
—Voy a tener que despedirlo. ¿Cómo lo has hecho?
Mi sonrisa desaparece en cuanto pienso en la factura de
mantenimiento que le va a llegar a Tom.
—Tom, es un sesentón. Desconecté su sistema telefónico para que no
pudiera avisarte de que me había escapado de tu torre de marfil.
—De nuestra torre... ¿Cómo lo desconectaste? —inquiere, y se le
marca ligeramente la arruga de la frente.
Escondo la cara en su pecho.
—Arranqué los cables.
—Ah —dice sin más, pero sé que se está aguantando la risa.
—¿A qué juegas obligando a un pobre pensionista a mantenerme
encerrada? —Corro más rápido que Clive hasta con tacones.
Me acaricia el pelo.
—No quería que te fueras.
—Pues entonces tendrías que haberte quedado.
Le saco la camisa de los pantalones y deslizo las palmas por debajo.
Necesito mi ración de calor corporal. Él me abraza con más fuerza y siento
el latir de su corazón bajo las palmas de las manos. Es muy reconfortante.
—Estaba loco del cabreo. —Me besa en la sien y entierra la nariz en
mi pelo.
Meneo la cabeza. No me lo puedo creer.
—Señorita, no se atreva a ponerme esa cara —dice, muy serio.
Que le den.
—¿Qué tal la mano?
—Estaría mejor si no me diera por estamparla contra todo.
Me libero de su abrazo.
—Déjame ver.
Me siento en su regazo y me la muestra. La cojo con cuidado. No hace
ningún gesto de dolor, pero lo miro de reojo para asegurarme de que no
finge.
—Estoy bien.
—Has roto la puerta del ascensor —digo acariciando el puño
convaleciente. La puerta está hecha añicos y creía que su mano también iba
a estarlo, pero no la veo tan mal como imaginaba.
—Me he cabreado.
—Eso ya lo has dicho. ¿Y qué hay de tu visita sorpresa a mi oficina de
esta tarde? ¿También estabas enfadado como un loco? —Tal vez debería
pasar por alto su pequeña rabieta, especialmente porque acabo de tener que
echar a una mujer de su despacho.
—Lo estaba. —Me mira con cara de enfado pero luego sonríe—. Más
o menos igual que tú hace un momento.
—No estaba enfadada, Tom. —Observo su mano lastimada con la
misma pena que me provoca su relación con la mujer patética a la que
acabo de echar de su despacho—. Estaba marcando mi territorio. Te desea,
no podría haberlo dejado más claro ni sentándose a horcajadas sobre ti y
plantándote las tetas en la cara.
Hago una mueca de asco ante su desesperación, y veo que su media
sonrisa se ha convertido en una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa de
Hollywood. Es todavía más espectacular que la que se reserva sólo para
mujeres. Es la que se reserva sólo para mí. No puedo evitar sonreír.
—Pareces muy contento contigo mismo.
Retira la mano lastimada.
—Lo estoy. Me encanta cuando te pones posesiva y protectora.
Significa que estás locamente enamorada de mí.
—Lo estoy, a pesar de que eres imposible. Y te prohíbo que llames
«cielo» a Sarah. —Me burlo de su tono meloso.
Me da un beso de esquimal y luego me acerca la boca.
—No lo haré.
—Te has acostado con ella. —No es una pregunta. Retrocede, sus bellos
Ojos cafeces asustados y recelosos. Pongo los ojos en blanco—. ¿Un
picoteo?
Agacha la cabeza.
—Sí. —Su expresión y su lenguaje corporal dicen a gritos que no está
cómodo. No le gusta el tema de conversación.
Lo sabía. En fin, puedo vivir con ello siempre y cuando mantenga a
ese zorrón a un metro de distancia, o más. No obstante, sé que va a ser
difícil, teniendo en cuenta que la mujer trabaja para él y lo sigue a todas
partes como un perrito faldero.
—Sólo quiero decir una cosa —insisto. Necesito dejarlo claro si es
que voy a socializar y a trabajar con hombres en el futuro, aunque soy
consciente de que la vena posesiva de Tom nunca va a desaparecer del
todo—. Sólo tengo ojos para ti —digo, y lo beso en la boca para enfatizar
mi declaración.
—Sólo para mí —susurra contra mis labios.
Sonrío.
Se aparta y me acaricia el cuello, satisfecho.
—¿Por qué llevas el pelo mojado?
—Me duché pero no tuve tiempo de secármelo. Te necesitaba.
Me sonríe.
—Te quiero, _____.
Apoyo la cabeza en su hombro.
—Lo sé.
No hemos dejado las cosas claras del todo. Tengo que competir con
una mujer despechada y lidiar con la vena posesiva de Tom. Esto último
va a ser un trabajo de por vida. Además, está el problemón de Mikael y sus
ansias de venganza. No sé cómo vamos a solucionarlo, pero sé que no voy
a trabajar más para él. ¿Cómo se lo tomará Patrick?
—Cógete el día libre mañana —me suplica.
Ni siquiera le he comentado a Patrick que mañana tengo una reunión
con el señor Kaulitz, pero necesito descansar, y un fin de semana largo con
Tom es difícil de rechazar. No tengo más citas y llevo todo lo demás al
día. Patrick me debe unos cuantos días libres. No le va a importar.
Me aparto para mirarlo.
—Vale.
Frunce el ceño como si me fuera a retractar de lo que acabo de decir o
a añadir un «pero». Para nada. Quiero tomarme el día libre y pasarlo con
él. Tal vez pueda darle toda la seguridad que necesita. No voy a ir a
ninguna parte si no es con él. Le mandaré un mensaje a Patrick, sé que no
se enfadará.
—¿En serio? —Le brillan los ojos y está sonriente—. Estás siendo
muy razonable. No es propio de ti.
Parpadeo ante ese comentario. Sé que sabe que él es el poco
razonable. Está bromeando pero no pico.
—Pues ya no te ajunto —gruño.
—No por mucho tiempo. Voy a llevarte a nuestra torre de marfil. Ya
hace demasiado que no estoy dentro de ti. —Se levanta y me pone de pie
—. ¿Nos vamos?
Me ofrece el brazo y lo acepto. Tengo mariposas en el estómago
porque sé lo que me espera en casa.
—Me apetece remar un poco —dejo caer.
Me levanta una ceja sardónica.
—Otro día, nena. Hoy quiero hacerte el amor —dice con dulzura
mirándome a los ojos. Sonrío.
Me lleva por el salón de verano en dirección a la entrada. Ignoro las
caras de decepción de todas las mujeres que dejamos atrás y que esperaban
que nos marcháramos cada uno por su lado. John nos espera en la puerta y
me dirige su sonrisa característica.
—Nos vemos mañana —le dice Tom mientras abre para que yo pase.
—Todo bien. —John le da a Tom una palmada en el hombro y
desaparece en dirección al bar.
Tom me pone la mano en la cintura y, al volverme, veo a Sarah en la
entrada del bar. Saluda a John pero no me quita ojo de encima mientras
salgo de La Mansión con Tom. Sus ojos y sus morros destilan amargura.
Me huelo que acabaremos a bolsazos. Parece la clase de mujer que
consigue lo que quiere. Me saca mi lado cabrón y, en silencio, la reto a
intentarlo con una mirada de advertencia. No hago caso de la pequeña parte
de mi cerebro que me dice que me estoy preparando para aplastarla. Se me
están pegando las costumbres de mi señor neurótico.
—Deja aquí tu coche, lo recogeremos mañana —dice al abrirme la
puerta de su Aston Martin.
—Prefiero llevármelo ahora. —Estoy aquí, y sería una tontería no
hacerlo.
Pone mala cara y señala el asiento del acompañante del suyo. Niego
con la cabeza pero me subo. Ya hemos discutido suficiente por hoy.
Además, no necesito el coche. Se sienta a mi lado y arranca el motor.
Por el largo camino de grava nos cruzamos con el coche de Georg, que
va hacia La Mansión. Doy un brinco.
—¡Pero si es Kate!
Georg toca la bocina y le muestra una mano con el pulgar levantado a
Tom. Asomo la cabeza por la ventanilla y Kate me saluda de mala gana.
—¿Qué hace Kate aquí? —pregunto mirando a Tom, que tiene la
vista fija en la carretera. ¡Ay, Dios!—. Es socia, ¿verdad? —inquiero.
—No puedo hablar de los socios. Confidencialidad —dice él,
completamente inexpresivo.
—Entonces es que es socia... —Me estremezco. Esto es increíble.
Se encoge de hombros, aprieta un botón y las puertas se abren. ¡La
muy zorra! ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Le gusta por todas las
perversiones en general o es sólo por Georg? Y yo que pensaba que mi feroz
pelirroja no podría sorprenderme más. Tiene mucho que contarme.
Tom ruge por la carretera y juguetea con un par de botones del
volante. Una voz masculina me envuelve desde el estéreo. La conozco.
—¿Quién es?
Marca el ritmo con los dedos sobre el volante.
—John Legend. ¿Te gusta?
Mucho. Llevo la mano al volante y Tom baja las suyas para darme
acceso a los mandos. Encuentro el que quiero y subo aún más el volumen.
—Me tomaré eso como un «sí» —sonríe, y me pone la mano en la
rodilla. La cubro con la mía.
—Me gusta. ¿Qué tal la mano?
—Bien. Deja de preocuparte, señorita.
—Tengo que mandarle un mensaje a Patrick.
—Hazlo. Me muero por tenerte sólo para mí todo el día y todo el fin
de semana. —La mano sobre mi rodilla vuelve al volante.
Le mando un mensaje rápido a mi jefe, que, tal y como esperaba,
responde al instante diciéndome que disfrute de mi merecido día libre.

Perfecto.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL SIG Caps ... BUENO 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS Y QUE ESTEN BIEN ... DISFRUTEN :))

domingo, 19 de julio de 2015

CAPITULO 14

CAPITULO 14.-
Son casi las seis cuando empiezo a ordenar mi mesa. Los demás ya se han
ido, así que me toca cerrar la oficina y conectar la alarma. Kate se acerca
con Margo Junior y me subo a la furgoneta.
—No puedo creer que dijeras lo de la noche de chicas delante de Tom
—disparo en cuanto me he abrochado el cinturón de seguridad. A pesar de
lo enfurruñada que estoy, me maravillo de lo cómoda que es su nueva
furgoneta.
—Yo también me alegro de verte —responde adentrándose en el mar
de coches—. Ha dicho que podías ir. ¿Qué problema hay?
—El problema es que no me va a dejar beber porque le ha dado por
pensar que voy a acabar muerta o algo así si él no está ahí para protegerme.
Kate se echa a reír.
—Qué tierno.
—No, no es tierno. Es ridículo.
—Bah, no tiene por qué enterarse. ¡Podemos rebelarnos!
—¿Estás de coña? —Me río, aunque ahora mismo quiero ser una
rebelde. Me apetece emborracharme pero eso sería muy desconsiderado—.
Acaba de tener una pataleta por un cliente, un hombre. De hecho, me ha
fastidiado la reunión con Mikael Van Der Haus y ha marcado su territorio.
Ha sido horrible. —Lo suelto todo, y eso que aún le estoy dando vueltas al
hecho de por qué Mikael cree que mi relación con Tom es muy
interesante.
—¡Puaj!
—Lo bueno es que ya sé cuántos años tiene.
Los ojos azules de Kate brillan de la emoción.
—¿De verdad?
Asiento:
—De verdad.
—Oigámoslo. Revela el misterio de la edad.
—Treinta y siete.
—¡No! —exclama en plan teatral—. ¿En serio? No los aparenta. ¿Cómo lo has descubierto?
—Ayer por la mañana le enseñé a Tom el polvo de la verdad.
No sé por qué se lo he dicho, ya que ahora querrá que le dé detalles.
—Lo sabías desde ayer, ¿y no me lo habías contado?
—Perdona. —Me encojo de hombros. Es que la edad es sólo una
parte. Hay mucho más, pero necesito vino para hablar de esa mierda.
Tengo que salir una noche para poder contárselo todo a Kate.
—¿Qué es un polvo de la verdad? —Frunce el ceño.
Ya lo sabía yo.
—Pues consiste en esposar a Tom a la cama, un vibrador y servidora.
—La miro—. No le gusta compartirme, ni siquiera con una máquina.
Se echa a reír a mandíbula batiente y da un volantazo. Me agarro a la
puerta.
—¡Kate!
—Lo siento —dice entre risas—. ¡Cómo me gusta!
Tengo tanto que contarle... Aunque su situación me preocupa.
—¿Qué pasa contigo y con Georg?
Deja de reírse en el acto.
—Nada.
Pongo los ojos en blanco y suspiro de manera exagerada.
—Claro. Nada.
—Oye, ¿qué te vas a poner para a la superfiesta? —Está claro que
quiere cambiar de tema.
Gruño para mis adentros. ¿Voy a ir, a pesar de todo?
—No lo sé. Se supone que Tom va a llevarme de compras.
—¿En serio? —dice—. Pues exprime al máximo a ese ricachón.
—Aunque no tengo ganas de ir. No he vuelto desde aquel domingo, y
doña Morritos estará allí —murmuro.
Seguro que recibo otra advertencia. Me hundo en mi asiento y pienso
en todas las cosas que preferiría hacer mañana por la noche, y el hecho de
que Tom esté tan cabreado conmigo no mejora mi entusiasmo. Soy yo la
que debería estar echando pestes. A juzgar por lo que ha dicho antes
Mikael, Tom tiene mucho por lo que darme explicaciones.

Aparcamos delante de mi antiguo apartamento y de inmediato veo el
BMW blanco de Matt. Qué depresión. En fin, alguien tiene que abrirme la
puerta.
—¿Quieres que te acompañe? —me pregunta Kate.
Me lo planteo unos segundos pero decido que lo mejor será que ella
me espere con Margo. Kate puede ser muy cabrona cuando quiere, y en
realidad sólo tengo que entrar, ser educada y salir lo más rápidamente
posible.
—No, ya lo traigo yo todo.
Abro la puerta de la furgoneta y salgo. Me estoy poniendo enferma.
Tom ya está loco de rabia por la estúpida llamada telefónica. Diría que se
le va la olla, pero no lo tengo tan claro por los derroteros por los que
Mikael ha llevado la conversación. Tom no la ha oído pero su reacción
hablaba por sí sola.
Subo los escalones de la entrada y pulso el botón del portero
automático. Me da pena no vivir ya aquí.
—Hola. —La voz feliz de Matt me saluda por el interfono.
—Hola —digo lo más informal que puedo. No quiero hablar con él.
Sigo enfadada porque llamó a mis padres.
—Ya te abro.
Se abre la puerta y miro a Kate. Le hago un gesto con la mano para
que sepa que voy a entrar y me muestra el pulgar de una mano levantado y
el móvil con la otra. Asiento y paso al vestíbulo del edificio.
Mientras subo la escalera respiro hondo y me digo que todo irá bien.
No debo mencionar la llamada a mis padres y tampoco debo quedarme a
charlar.
La puerta está abierta. Hago de tripas corazón y entro. No cierro del
todo, no voy a quedarme mucho. Busco a Matt en la cocina y en la sala de
estar pero no lo encuentro. En el dormitorio están mis cosas, empaquetadas
en cajas y bolsas. Sin Matt a la vista, cojo unas cuantas bolsas y me
dispongo a salir cuando lo veo en el umbral de la puerta con una copa de
vino tinto en la mano. Lleva el traje beige. Siempre he odiado ese traje,
aunque nunca se lo he dicho. Se ha peinado el pelo oscuro con la raya al
lado, como siempre.
—Hola —dice con una sonrisa demasiado exagerada para la ocasión.
—Hola. Te he estado buscando —le explico mientras cargo con las
bolsas—. Kate me está esperando en la furgoneta.
No puede ocultar su hostilidad cuando menciono a Kate, pero hago
caso omiso y me encamino hacia la puerta. Tengo que pararme cuando no
se aparta de mi camino.
—Perdona —digo; mis buenos modales me están matando.
Me sonríe y le da un trago al vino con chulería antes de apartarse lo
justo para que yo pueda pasar.
Cuando mi amiga me ve salir del edificio, salta de la furgoneta para
abrirme las puertas traseras.
—Qué rápida —dice ayudándome con las bolsas.
—Matt lo tenía todo empaquetado.
Sonríe.
—Muy civilizado por su parte.
Vuelvo al apartamento a por más cosas. Sería más rápido si Kate
subiera a ayudarme, pero de momento la cosa va bien y está siendo
indolora. Si añado a Kate a la ecuación, seguro que se desata la anarquía,
así que voy y vengo y acarreo mis posesiones terrenales yo sola. Matt ni
siquiera se ofrece a echarme una mano.
Le paso a Kate la novena y décima bolsa.
—¿Cuántas quedan? —pregunta metiéndolas en la furgoneta.
—Sólo una caja más —digo dando media vuelta. Más le vale haberlo
empaquetado todo, porque no quiero tener que volver.
Subo la escalera y cojo la última caja, lista para salir pitando, pero
Matt vuelve a cortarme el paso.
—_____, ¿podemos hablar? —pregunta, esperanzado.
«Ay, no.»
—¿De qué? —digo, aunque sé perfectamente de qué. Tengo que salir
de aquí. No puedo volver a pasar por esta mierda. La última vez que
rechacé su oferta de volver a intentarlo, se portó como un cerdo.
—De nosotros.
—Matt, no voy a cambiar de opinión —replico con seguridad, pero
antes de que me dé cuenta, está intentando meterme la lengua en la
garganta. Se me cae la caja y lo empujo con todas mis fuerzas—. Pero
¡¿qué coño haces?! —chillo, incrédula.
Jadea un poco y me mira enfadado.
—Recordarte por qué estamos hechos para estar juntos —me espeta.
Me da por echarme a reír. Es una carcajada profunda. ¿Intenta
hacerme recordar? ¿Qué?, ¿lo gilipollas que es? ¡Por favor! Desde luego,
no es un recordatorio como los de Tom.
—¿Todavía sales con alguien?
—Eso no es asunto tuyo.
—No, pero tus padres parecían muy interesados.
Respiro hondo para no soltarle un guantazo. No pienso contestarle.
Después del día que he tenido, esto es lo último que necesito.
—Aparta, Matt. —Estoy muy orgullosa de mí misma por haberlo
dicho con calma.
—Zorra estúpida —sisea.
Me deja atónita. Sabía que tenía un lado hijo puta, pero ¿hacía falta
llegar a esto? Me hierve la sangre.
—Sí, estoy saliendo con alguien. Y ¿sabes qué, Matt? —No espero a
que me conteste—. Es el mejor con el que he estado. —Se lo restriego,
aunque sea una idiotez.
Suelta una risa estúpida, de las que se merecen una bofetada.
—Es un alcohólico empedernido, ______. ¿Lo sabías? Probablemente va
ciego cada vez que te folla.
Titubeo y la sonrisa chulesca de Matt se hace más amplia. ¿Cómo
sabe con quién estoy saliendo? Se cree que estoy sorprendida porque ha
soltado lo del alcohol. No es eso. Lo que me sorprende es que sabe con
quién estoy saliendo. ¿Cómo es posible?
Dios, quiero darle una hostia con la mano abierta y borrarle esa
sonrisa de capullo de la cara.
—Bueno, incluso borracho folla mucho mejor que tú. —Toma
castaña.
Adiós a su expresión satisfecha: ahora parece confuso. El muy hijo de
puta creía que me había pasado la mano por la cara. Con mis palabras he
conseguido mucho más que con una hostia bien dada. Me alegro de haber
sido tan aguda y tan rápida. Siempre se creyó maravilloso en la cama.
Bueno, pues no lo era.
Le ha dolido. Se pregunta qué debe hacer ahora. Me mantengo firme
pero siento curiosidad por saber cómo se ha enterado de lo de Tom.
—Eres patética —escupe.
—No, Matt. Estoy resarciéndome de cuatro años de sexo de mierda
contigo.
Se queda pasmado. No sabe qué decir. Recojo la caja del suelo y
levanto la cabeza cuando oigo unos pasos atronadores en la escalera.
«¡Mierda!»
—¡______! —ruge.
Me ha chafado toda esperanza de dejar a Matt y su expresión de
perplejidad libre de violencia. ¿Cómo sabe que estoy aquí? Mataré a Kate
como me haya delatado ella.
Entra como una apisonadora y me doy cuenta de que he sido una
ingenua por pensar que ya había visto todo lo imposible que podía ponerse.
Está fuera de sí y tengo miedo. No temo por mí, sino por Matt, y lo odio.
Tom parece capaz de matar a alguien.
No obstante, ni siquiera repara en él. Me clava una mirada furibunda y
me encojo.
—¡¿Qué cojones haces aquí?! —grita.
Me echo a temblar. Es como si le hubiera puesto un trapo rojo delante
y está resoplando como un toro bravo. No debería saber dónde estoy.
¿Cómo se ha enterado? ¿Me ha puesto un transmisor? Decido no
preguntárselo y cerrar el pico.
—¡Contéstame! —ruge.
Pestañeo. Está claro lo que he venido a hacer, no necesita que se lo
confirme, y debe de haber visto las bolsas en la parte trasera de la
furgoneta de Kate.
Matt, sabiamente, decide apartarse y mantener su boca de gallito
cerrada. Su mirada va de Tom a mí, y sé que está pensando que un hombre
que sólo se está follando a una tía no se pone así.
«¡Hola, saluda a mi dios!»
—¡Te lo he dicho mil veces! No lo llames, no vayas a su casa. ¡Te dije
que iba a venir John! —exclama gesticulando como un enajenado mental
—. ¡Métete en el puto coche!
A Matt se le escapa una risita disimulada y le doy un latigazo con la
mirada. Está muy satisfecho con la escena. Lo que me faltaba. No voy a
quedarme aquí mientras me grita delante del gilipollas de mi ex novio.
Cojo la caja y salgo echando humo del apartamento, dando las gracias a lo
más sagrado porque Tom no entrara unos segundos antes.
—Nos hemos besado —dice Matt la mar de contento antes de comerse
el puño de Tom.
Voy a echarme a llorar. ¿Es que mi ex no sabe cuándo cerrar la puta
boca? Oigo los pasos furiosos de Tom detrás de mí mientras salgo a la
calle. Ahí están Georg y Kate. Anda, y también ha venido John.
John está apoyado en su Range Rover, con las gafas de sol puestas; da
tanto miedo como siempre, pero tiene el rostro impasible. Kate da vueltas
de un lado a otro junto a la furgoneta y Georg está a un lado, circunspecto.
¿De verdad hacía falta que viniera todo el mundo? Miro a mi amiga con
cara de «No preguntes».
Me coge la caja.
—Joder, _____... —susurra lanzándola a la parte trasera de la furgoneta.
—¿Le dijiste a Georg que yo estaba aquí? —inquiero, directa al grano.
—¡No! —chilla.
Le creo. Ella no me haría eso.
—¡John! —grita Tom al salir del edificio—. Pon sus cosas en el Rover.
Sacude la mano en recuperación y de repente me preocupo. El muy
idiota. ¿No podía pegarle con la zurda? Y entonces proceso lo que ha
dicho.
«¿Sus cosas?»
—¡No las toques, John! —grito, y John se queda quieto en el sitio—.
No voy a irme con él. Vamos, Kate.
Me dirijo a la puerta del acompañante de la furgoneta y, cuando llego
a la puerta, veo que Georg tiene a Kate cogida del brazo. Ella mira a Georg y
niega débilmente con la cabeza. Luego me mira a mí. Está entre la espada
y la pared.
—¡Coge sus cosas, John! —Tom baja los escalones como un rayo.
—¡No las toques! —repito.
John deja escapar un suspiro de exasperación y mira a Tom,
esperando una respuesta, pero al parecer decide que mi ira es el menor de
sus males, porque empieza a meter mis cosas en el Range Rover. Bueno,
que se las lleve. Yo no me voy con él. Subo en la furgoneta de Kate y me
hundo en el asiento, más ofendida que nunca.
A los dos segundos, se abre la puerta.
—¡Sal! —La voz le tiembla a causa de la ira, pero me importa una
mierda.
Cojo la manija y tiro para cerrarla, pero él interpone su cuerpo.
—¡Tom, vete a la mierda!
—¡Esa boca!
—¡Que te jodan! —grito. Estoy afónica, y mis cuerdas vocales me
suplican que me calme. Nunca había gritado tanto. Estoy temblando de la
rabia. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a portarse así después de todo lo
que me ha hecho pasar?
—¡Vigila esa puta boca! —Se acerca y me coge.
Me resisto y peleo, pero no tengo fuerza alguna comparada con él. Me
saca a la fuerza de Margo Junior y me sujeta por la espalda. Sigo
pataleando y dando codazos. Me rodea la cintura con el brazo y me levanta
del suelo sin esfuerzo, y a continuación me lleva a su coche mientras grito
y pataleo como una cría de tres años.
—¡Suéltame!
—Cierra esa boca tan sucia que tienes, ______ —gruñe entre dientes,
cosa que sólo me anima a seguir pataleando y dando manotazos.
Me está secuestrando a la fuerza en pleno Notting Hill, bajo la atenta
mirada de mi mejor amiga, de su novio y de John. ¡Me muero de la
vergüenza! No me puedo creer que la cosa se haya ido tanto de madre.
Todo iba bien. Estaba a punto de marcharme, y entonces aparece este
cabrón neurótico y lo llena todo de mierda. Quiero levantar la cabeza y
gritarle al cielo.
Me resisto un poco más y voy a por el brazo con el que me sujeta por
la cintura.
—Estás montando un espectáculo, _____ —me advierte.
Miro alrededor y veo que hay muchísimos peatones que han dejado de
hacer lo que estuvieran haciendo para ver la dramática escena que acontece
ante sus ojos. Dejo de resistirme, más que nada porque estoy exhausta.
Permito que me meta en el coche, aunque le doy un par de manotazos
cuando intenta ponerme el cinturón de seguridad.
Me coge de la barbilla y me acerca la cara.
—¡Haberte portado bien! —Sus ojos marrones lanzan rayos furibundos,
pero lo miro desafiante antes de apartar el rostro.
Me incorporo sobre el cuero negro y cálido e intento recobrar el
aliento.
Mañana no pienso ir a La Mansión, y el sábado me iré al pub.
También tengo intención de marcharme del Lusso. Aunque tampoco es que
ya me haya mudado allí, a pesar de que Tom piense lo contrario.
Se acerca a John, a Kate y a Georg. Están hablando pero no sé qué
dicen. Tom agacha la cabeza y Kate le pone una mano en el brazo para
consolarlo. ¡Es una puta traidora! ¿Por qué todo el mundo lo mima a él
cuando soy yo la que ha sido secuestrada por un loco peligroso?
John sacude la cabeza y roza la mandíbula de Tom con los nudillos,
pero él lo aparta de mala manera. Puedo leer «tranquilízate» en los labios
de John. Tom los deja, alza los brazos al cielo y se tira del pelo castaño
despeinado con frustración. John sacude la cabeza y sé que esta vez se
limita a decir: «Hijo de perra.»
¡Muy bien! John está de acuerdo conmigo. «Cualidades
desagradables», creo que fueron las palabras de John. La verdad es que no
veo cómo podría ponerse mucho más desagradable. Esta vez se le ha ido la
pinza del todo.
Cuando sube al coche, le doy la espalda y miro por la ventanilla del
acompañante. No pienso dirigirle la palabra. Se ha pasado de la raya. Pone
el coche en marcha y arranca a tal velocidad que me estampo contra el
asiento. Como si su forma habitual de conducir no diera ya bastante miedo.
No me apetece nada ser su pasajera hoy.
—¿Cómo has sabido dónde estaría? —pregunto mirando aún por la
ventanilla.
Con el rabillo del ojo lo veo hacer una mueca. Agita la mano. Se la ha
lastimado.
—Eso no importa.
—Sí que importa. —Me vuelvo y contamplo su perfil ceñudo. Hasta
cabreado sigue siendo una bestia hermosa—. Iba todo bien hasta que has
aparecido.
Gira la cabeza y yo le devuelvo una mirada iracunda.
—Estoy muy cabreado contigo. ¿Lo has besado?
—¡No! —aúllo—. Él ha intentado besarme y le di un empujón. Estaba
a punto de irme. —Me duele la frente de tanto fruncir el ceño.
Me sobresalto cuando empieza a pegarle puñetazos al volante.
—No vuelvas a decirme que soy posesivo, celoso y que exagero, ¿me
has oído?
—¡Eres más que posesivo!
—_____, en dos días te he pillado con dos hombres que estaban
intentando meterse en tus bragas. Dios sabe qué habrá pasado cuando no
estaba presente.
—No seas imbécil. Estás paranoico. —Sé que no lo está. Tiene razón,
pero lo que yo quiero saber es por qué, de repente, a Mikael le interesa mi
relación con Tom—. ¿De qué conoces a Mikael?
—¿Qué?
—Ya me has oído.
Sé que se lo está pensando porque el labio inferior ha desaparecido
entre sus dientes.
—Le compré el ático, ______. ¿De qué crees que lo conozco?
—Le pareció muy interesante que le dijera que hacía más o menos un
mes que salía contigo. ¿Por qué será?
Se vuelve otra vez para mirarme.
—Y ¿por qué carajo hablas con él sobre nosotros?
—No hablo con él de nada. ¡Me hizo una pregunta y le contesté! ¿Por
qué le parece tan interesante, Tom?
Estoy perdiendo el control. Aparto la mirada y respiro hondo,
intentando calmarme.
—Ese hombre te desea, créeme.
—¡¿Por qué?! —grito mirándolo fijamente.
Se niega a mirarme.
—¡Porque sí, joder! —ruge.
Salto hacia atrás en mi asiento, asustada y frustrada por su respuesta
iracunda y vaga. Esta conversación no lleva a ninguna parte. Él tiene que
tranquilizarse y yo también. Le preguntaré lo que tenga que preguntarle
cuando no parezca estar a punto de romper la ventanilla de un puñetazo.
Aparca en la entrada del Lusso y salgo del coche con el motor en
marcha. John deja el Range Rover en el aparcamiento. Me meto en el
vestíbulo. Clive sale de detrás del mostrador pero lo ignoro por completo y
voy directa al ascensor.
Espero que Tom suba antes de que las puertas se cierren pero no lo
hace. Está claro que también ha llegado a la conclusión de que los dos
necesitamos tranquilizarnos.
Salgo del ascensor, saco la llave rosa del bolsillo interior del bolso,
abro la puerta, la cierro de un portazo y de la rabia tiro el bolso al suelo.
—¡Hijo de puta! —maldigo para mí.
—Hola —dice una vocecita.
Levanto la cabeza y veo a una mujer de mediana edad con el pelo cano
delante de mí. Supongo que debería preocuparme que haya una
desconocida en el ático de Tom, pero estoy demasiado cabreada.
—¿Y tú quién coño eres? —le suelto de mala manera.
La mujer da un paso atrás y entonces reparo en el paño y el
abrillantador de muebles que lleva en la mano.
—Cathy —contesta—. Trabajo para Tom.
—¿Qué? —pregunto, alterada. La furia que me domina no me deja
entender nada..., hasta que entre su comentario y el abrillantador de
muebles... lo pillo.
«¡Mierda!»
Se abre la puerta detrás de mí, me vuelvo y entra Tom. Me mira a mí
y luego a la mujer.
—Cathy, creo que deberías irte. Hablamos mañana —dice con calma,
aunque todavía detecto un punto de enfado en su voz.
—Por supuesto. —La mujer deja el trapo y el abrillantador sobre la
mesa, se quita el delantal y lo dobla de prisa pero perfectamente—. La
cena está en el horno. Estará lista dentro de media hora.
Coge un bolso de loneta del suelo y guarda el delantal. Que Dios la
bendiga. Me sonríe antes de irse. Es más de lo que me merezco. Menuda
primera impresión le habré causado...
Tom le pellizca la mejilla y le da un pequeño apretón en los hombros.
La veo atravesar el vestíbulo, y a John y a Clive saliendo del ascensor
cargados con mis bártulos. Están perdiendo el tiempo porque no voy a
quedarme aquí. Me dirijo a la cocina y abro la nevera de un tirón deseando
que mágicamente aparezca una botella de vino. Pero me llevo una gran
decepción.
Cierro de nuevo de un portazo y subo escaleras arriba echando humo.
Es que no puedo ni mirarlo. Entro en el dormitorio y doy otro portazo...
¿Ahora qué? Debería irme para que los dos pudiéramos pensar. Esto es
demasiado intenso y va demasiado rápido. Es venenoso e incapacitante.
Me encierro en el cuarto de baño. Este ático me es más familiar de lo
que debería. Después de haberme pasado meses diseñándolo y coordinando
las obras, me siento como en casa. Seguramente, me siento más en casa
que Tom. Él ni siquiera lleva aquí un mes, del cual se ha pasado una
semana entera borracho e inconsciente.
Vago hacia el asiento de la ventana y contemplo los muelles. La gente
sigue con su vida, sale de paseo o está de copas. Todos parecen felices y
relajados. Seguro que no es así, pero tal y como me encuentro, pienso
egoístamente que nadie puede tener tantos problemas como yo. Estoy
completamente enamorada de un hombre temperamental en extremo y de
carácter imposible. Por otro lado, es el hombre más cariñoso, sensible y
protector del universo. Si John está en lo cierto, y sólo es así conmigo,
¿deberíamos seguir juntos? Al paso que vamos, morirá de un infarto a los
cuarenta y será culpa mía. Con Tom, cuando las cosas van bien, son
increíbles, pero cuando van mal, son insoportables.
Haberlo conocido es una bendición y una maldición al mismo tiempo.
Suspiro, agotada, me cubro la cara con las manos y noto cómo las
lágrimas me desbordan y se me hace un nudo en la garganta. Y yo que
creía que había empezado a averiguar lo que necesitaba saber... Sin
embargo, a medida que pasa el tiempo se hace más evidente que no es así
y, como Tom se empeña en no abrir el pico y en darme evasivas, no parece
que vaya a averiguarlo en un futuro próximo... A menos que le pregunte a
Mikael.
Se abre la puerta y Tom entra en el baño como una apisonadora.
Parece como si lo hubieran electrocutado. Está temblando y tiene hinchada
y palpitante la arteria carótida. Yo me he tranquilizado bastante, pero da la
impresión de que él no. Lleva algo en la mano.
—¿Qué coño es esto? —Es como si fuera a entrar en combustión
espontánea.
Frunzo el ceño pero entonces caigo en la cuenta de que lo que lleva en
la mano es la lista de vuelos que me ha dado Patrick.
Me va a caer una buena.
Un momento... Eso estaba en mi bolso.
—¡Me has registrado el bolso! —Estoy atónita. No sé por qué me
sorprende, si me lo registra siempre. No parece estar avergonzado en lo
más mínimo, ni tampoco que vaya a pedirme disculpas. Se limita a agitar
el papel delante de mis narices mientras su pecho sube y baja a intervalos
irregulares.
Le doy un empujón y bajo la escalera en busca de mi bolso. Me sigue
y el volumen de su respiración supera el de sus pasos. Recojo el bolso del
suelo y me lo llevo a la cocina.
—¡¿Qué demonios haces?! —me grita—. ¡No está ahí, está aquí! —
Vuelve a ponerme el papel frente a la cara mientras vacío el contenido de
mi bolso en la isleta.
No sé qué estoy buscando.
—¡No vas a irte a Suecia, ni a Dinamarca ni a ninguna parte! —Su
voz es una mezcla de miedo y de ira.
Lo miro. Sí, veo miedo.
—No vuelvas a registrarme el bolso. —Cada palabra transmite mi
frustración, que va en aumento, y le lanzo una mirada acusadora.
Retrocede un poco y aplasta el papel contra la isleta sin perder ni un
gramo de ira.
—¿Qué más me escondes?
—¡Nada!
—Te diré una cosa, señorita. —Se acerca como un animal y me planta
la cara a milímetros de la mía—. Antes muerto que dejarte salir del país
con ese cerdo mujeriego.
Una oleada de puro terror le cruza la cara.
—¡Él no va a ir! —le grito dejando caer mi bolso para darle más
efecto. La verdad es que no estoy segura, y sospecho que sí irá. Tiene un
plan y tiene un móvil, pero ¿por qué?
—Irá. Te seguirá hasta allí, créeme. Es implacable cuando persigue a
una mujer.
Me echo a reír.
—¿Como tú?
—¡Eso fue distinto! —me ruge.
Cierra los ojos y se lleva las puntas de los dedos a las sienes para
intentar aliviar la tensión con un masaje.
—Eres imposible —escupo. He perdido las ganas de vivir.
—¿Y qué haces tomando vitaminas? —me espeta con una mirada de
reproche—. Estás embarazada, ¿no?
¿Es que quiere sacarme de quicio? Saco las vitaminas del bolso y se las tiro a la cabeza. Las esquiva, me mira sorprendido y las vitaminas se
estrellan contra la pared antes de caer al suelo de la cocina. Necesito
recuperar el control. Lo estoy perdiendo del todo.
—¡Las compré para ti! —le grito, y él me mira como si me hubiera
vuelto loca. Estoy a punto de hacerlo.
—¿Por qué? —Mira el frasco en el suelo.
—Porque abusaste de tu cuerpo, ¿ya no te acuerdas?
Suelta una risa burlona.
—No necesito pastillas, ______. Ya te lo dije. —Me coge de los brazos y
me acerca a su cara—. No soy un puto alcohólico. Si bebo, ¡será porque me
has hecho enloquecer de ira! —Esto último me lo grita pegado a mi cara.
—Y me culpas de todo a mí. —Es una afirmación, no una pregunta,
porque ya me lo ha gritado a la cara.
Me suelta y se aparta.
—No, no lo hago. —Se tira del pelo, frustrado—. ¿Qué me estás
ocultando? Viajes de negocios con daneses ricos..., visitas cariñosas a tu ex
novio...
—¿Cariñosa? —exploto. ¿Acaso cree que me gustó ver a Matt?—.
¡Eres un puto imbécil!
—¡Esa boca!
—¡Jódete! —le grito.
De verdad que vive en otro planeta. Si me conociera tan bien como
cree, no me estaría soltando semejantes gilipolleces.
Alza las manos al cielo en un gesto de: «¡Señor, dame fuerzas!»
—Ahora mismo no puedo estar a tu lado —aúlla. Aprieta los dientes y
los músculos de la mandíbula le tiemblan—. Te quiero, _____. Te quiero
muchísimo pero ni siquiera puedo mirarte a la cara. ¡Esto es una mierda!
Sale zumbando de la cocina. A los pocos instantes, la entrada
principal se cierra de un portazo, un señor portazo. Corro al vestíbulo del
ático, no hay rastro de Tom, si exceptuamos que la puerta de espejo del
ascensor está hecha añicos. A pesar de mi enajenación, pienso en el daño
que le habrá causado a su pobre mano. Entonces me echo a llorar. Aúllo a
la luna, sin esperanza, hecha un mar de lágrimas. Estoy desesperada y fuera
de control. Es como si me estuviera poniendo a prueba, como si Tom
tratara de ver si soy lo bastante fuerte como para sacarlo de toda esta
mierda y, además, tengo que luchar contra la molesta sensación de
que soy yo la que lo hace ponerse así. No es sano.
Vuelvo al interior y veo mis cosas ordenadas en fila a un lado de la
escalera. ¿Qué hago con ellas? ¿Voy a quedarme?
Las dejo donde están porque no sé qué hacer y me siento en una
tumbona en la terraza para poder llorar a gusto, bien fuerte. Intento
encontrar una solución, un camino que seguir. No se me ocurre nada entre
las lágrimas incesantes. Miro al vacío y no siento más que abandono. Es
una sensación conocida que no quería volver a experimentar... Y ahora
vuelve a mí. Es la sensación de vacío, de pérdida y de soledad, todas las
emociones que me tuvieron sumida en un infierno mientras Tom no estaba
en mi vida. ¿Cómo he llegado a necesitarlo tanto? ¿Cómo me ha pasado
esto? Se ha marchado y ahora sé cómo se sintió cuando yo le hice lo
mismo. No es nada agradable. Es como si me faltara buena parte de mi ser.
Me falta.
El corazón me da un vuelco ante la idea de vivir sin él. No puedo
respirar y el pánico se apodera de mí. No hay remedio. Vuelvo al interior,
subo al cuarto de baño del dormitorio principal y me doy una ducha. Me
quedo ausente bajo el agua, enjabonándome. Nos veo a Tom y a mí por
todas partes: en el lavabo, contra la pared, en el suelo, en la ducha.
Estamos en todas partes.
Salgo. De repente necesito escapar del recuerdo de nuestros
encuentros íntimos. Me tiro en la cama pero pronto vuelvo a estar sentada,
presa del pánico. Cuando nos hemos separado, le ha dado por beber.
¿Volverá a hacerlo? El corazón galopa dolorosamente en mi pecho y
asciende hacia mi boca. La idea de Tom bebiendo basta para hacerme
bajar corriendo a por mi móvil.
Entro en la cocina y huele realmente bien. ¡Ay!... Corro al horno, lo
apago, cojo el móvil y marco el número de John.
Su voz grave suena de inmediato a través del teléfono.
—Está aquí, _____.
—¿En La Mansión? —Qué alivio, aunque a la vez me pregunto qué
está haciendo allí.
—Sí. —John parece arrepentido.
—¿Debería ir? —No sé por qué se lo pregunto. Ya estoy camino del
dormitorio para vestirme.
Dice por teléfono:
—Creo que sí, muchacha. Ha ido directo a su despacho.
Cuelgo, me recojo el pelo mojado y vuelvo a ponerme la ropa que
llevaba antes. Las llaves del coche, Tom no me las ha devuelto. Vuelo
escaleras abajo y me pongo a rebuscar entre mis cosas, rezando para
encontrar el segundo juego. Al final, lo consigo.
Introduzco el código en el ascensor, y pienso que a Clive no le va a
gustar encontrarse con el espejo roto. Desde que llegué, el mantenimiento
debe de salir por un pico.
Corro por el vestíbulo con tacones y todo. Clive está arrodillado
detrás de su mostrador. Paso junto a él sin decir nada. Hoy no tengo
tiempo. El pobre hombre debe de estar preguntándose qué ha hecho para
que me haya enfadado con él.
—¡______! —me grita. No me detengo pero parece que algo va mal. Tal
vez la mujer misteriosa haya vuelto.
—¿Qué pasa, Clive?
Corre hacia mí, espantado.
—¡No puedes irte!
¿De qué está hablando?
—El señor Kaulitz... —jadea— ha dicho que no debes salir del Lusso.
Ha insistido mucho.
«¡¿Cómo?!»
—Clive, no tengo tiempo para esto.
Echo a andar de nuevo pero me coge del brazo.
—_____, por favor. Tendré que llamarlo.
No me lo puedo creer. ¿Ahora el conserje es mi carcelero?
—Clive, ése no es tu trabajo —recalco—. Por favor, suéltame.
—Eso mismo le he dicho yo, pero el señor Kaulitz puede ser muy
insistente.
—¿Cuánto, Clive?
—No sé de qué me hablas —dice rápidamente mientras se arregla la
gorra con la mano libre. No podría parecer más culpable ni queriendo.
Me suelto y me dirijo al mostrador de conserjería.
—¿Dónde guardas los números de contacto del señor Kaulitz? —
pregunto examinando las pantallas. El móvil de Clive también está en el
mostrador.
Él se acerca, confuso.
—El sistema introduce todos los datos en el teléfono. ¿Por qué lo
preguntas?
—¿Tienes guardado el teléfono del señor Kaulitz en tu móvil?
—No, _____. Todo está programado en el sistema, por la
confidencialidad de los residentes y todo eso.
—Estupendo. —Doy un tirón a los cables que unen el teléfono con el
ordenador y los dejo hechos una maraña en el suelo, junto con la
mandíbula de Clive.
El pobre hombre no logra articular palabra, y la verdad es que me
siento culpable cuando salgo del edificio. Otra factura de mantenimiento
más, cortesía de la esclava del ático.
Me meto en el coche y veo un pequeño aparato negro en el
salpicadero. Sé lo que es. Aprieto el botón y, en efecto, las puertas del
Lusso se abren.
De camino a La Mansión, rezo para no encontrar a Tom con una copa
en la mano. Será la primera vez que pise el lugar desde que descubrí su
oferta de ocio, pero la necesidad que siento de ver a Tom es más fuerte que

mis nervios o mis reticencias.


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