lunes, 29 de junio de 2015

CAPITULO 10

CAPITULO 10.-
Abro los ojos y me encuentro pegada al pecho de Tom. Aún no es de día,
lo que significa que es muy, muy temprano, y él no está despierto, por lo
que aún no deben de ser ni las cinco. Mi cerebro se despabila al instante y
comienzo la tarea de liberarme de su cuerpo sin despertarlo. Es muy
difícil. Parece abrazarse a mí con la misma fuerza tanto dormido como
despierto.
Me aparto de él con toda la suavidad del mundo, parando y
poniéndome tensa cada vez que se revuelve o que suspira en sueños. Tengo
el cuerpo rígido cuando me arrastro al borde de la cama. Una vez libre,
respiro. He estado conteniendo la respiración un buen rato. Miro a mi
apuesto hombre, que lleva barba de dos días. Quiero volver a la cama con
él pero me resisto a la tentación. Lo que tengo planeado me anima a dejarlo
durmiendo como un bendito mientras yo me voy de puntillas a buscar mi
bolso para coger mi móvil.
Son las cinco en punto. ¡Mierda! Vale, tengo que ser rápida o pronto
estará despierto y arrastrándome por las calles de Londres para que corra
una de sus insoportables maratones. Salgo del dormitorio a hurtadillas
como una ladrona, en pelotas, recupero mi paquete del arcón de madera y
saco el contenido. La bolsa de papel hace ruido y aprieto los dientes. Me
quedo helada en el sitio cuando Tom se vuelve boca arriba en la cama y
deja escapar un gemido.
Permanezco inmóvil como una estatua hasta que estoy segura de que
se ha vuelto a dormir del todo y entonces me aproximo a la cama,
caminando descalza y de puntillas sobre la gruesa moqueta.
«¡Muy bien, señor Kaulitz!»
Le cojo la muñeca con cuidado y la levanto; me cuesta: su brazo pesa
mucho. Me las apaño para ponerlo bien y esposarlo a la cabecera de la
cama. Luego doy un paso atrás para admirar mi obra. Me ha salido de
perlas. Aunque se despierte, ahora ya no va a ir a ninguna parte.
Recojo el otro par de esposas y rodeo la cama hasta el otro lado.
Tengo que arrodillarme sobre el colchón para llegar a su brazo, pero ahora
ya no me preocupa tanto despertarlo porque al menos le he inmovilizado
uno, aunque está claro que esto saldrá mejor si no puede ponerme ninguna
de las dos manos encima.
Con cuidado, le hago pasar el brazo por encima de la cabeza y le
pongo las esposas en la muñeca de la mano herida. Tiene mucho mejor
aspecto pero me preocupa que pueda lastimarse si intenta quitarse las
esposas a la fuerza.
Doy un paso atrás, orgullosa. Ha sido más fácil de lo que pensaba, y
Tom sigue durmiendo como un tronco. Prácticamente bailo hacia la bolsa
para terminar con mis preparativos y ponerme la ropa interior de encaje
negro que me agencié durante mis compras de última hora.
Ay, Dios, se va a cabrear de lo lindo. Vuelvo junto a mi dios,
espatarrado, maniatado y desnudo, y me siento a horcajadas sobre sus
caderas. Se revuelve y me echo a reír para mis adentros de satisfacción
cuando noto que empieza a ponérsele dura debajo de mí. Me siento
pacientemente y espero.
Sus preciosas pestañas no tardan en comenzar a moverse y sus
párpados cobran vida. Sus ojos encuentran los míos de inmediato y tengo
su erección matutina, ya del todo firme, debajo de mí.
—Hola, nena. —Tiene la garganta áspera y guiña los ojos intentando
enfocarme.
Recorro su torso con la mirada. Sus músculos están tensos por la
posición de los brazos.
—Hola. —Le dedico una sonrisa radiante y lo observo atentamente
mientras recupera del todo la conciencia.
Entonces mueve los brazos y el metal de las esposas suena contra la
cabecera de madera. El repentino tirón de sus muñecas hace que abra los
ojos de par en par, y yo contengo la respiración sin perder de vista su rostro
somnoliento. Frunce el ceño y se mira las muñecas.
Sacude otra vez los brazos.
—Pero ¿qué coño...? —Todavía habla con la voz ronca. Me mira.
Tiene los ojos abiertos y la mirada perpleja—. _____, ¿por qué demonios
estoy esposado a la cama?
Lucho por contener una sonrisa.
—Voy a introducir un nuevo tipo de polvo en nuestra relación, Tom
—le explico con calma.
—¡Esa boca! —Tira de sus muñecas de nuevo y vuelve a mirarse las
manos atadas.
De pronto se da cuenta de lo que está pasando y sus hermosos ojos me
clavan la mirada.
—Éstas no son mis esposas —dice con tiento.
—No, y hay dos pares. Estoy segura de que te has dado cuenta. —No
puedo creerme lo calmada que estoy. La estoy liando—. Bien, como estaba
diciendo, he inventado un nuevo tipo de polvo, y ¿adivina qué? —pregunto
con una ligera emoción en la voz. Estoy tentando mi suerte.
Esta vez no me riñe, sino que arquea una ceja nerviosa.
—¿Qué?
Uf, podría comérmelo a besos.
—Lo he inventado especialmente para ti. —Me restriego sobre él,
calentándolo; su pecho se expande y tensa la mandíbula—. Te quiero.
—¡Por Dios bendito! —ruge.
Apoyo las manos en su pecho y me acerco a su cara. Me observa
descender. Tiene los ojos brillantes por la anticipación y se le escapan
pequeñas bocanadas jadeantes por los labios entreabiertos.
—¿Cuántos años tienes? —susurro acariciándole los labios con los
míos.
Levanta la cabeza intentando buscando un mayor contacto pero yo me
aparto. Me lanza una mirada asesina y deja caer la cabeza.
—Treinta y tres —jadea, y luego gime de desesperación cuando
vuelvo a mover las caderas en círculos encima de él.
Acerco la boca a su cuello y luego la desplazo hasta su oreja, lamiendo
y besando su piel.
—Dime la verdad —susurro antes de morderle el lóbulo de la oreja
con cuidado.
Resopla.
—¡Joder, _____! No voy a decirte cuántos años tengo.
Me siento sobre su pecho y niego con la cabeza.
—¿Por qué?
Sus labios forman una línea recta y cabreada.
—Quítame las esposas, quiero tocarte.
«¡Ajá!»
—No.
Vuelvo a mover las caderas, frotando justo en el lugar adecuado. No
es que a mí no me haga efecto, pero hoy tengo que mantener el control.
—¡Joder! —Tira de las manos y sacude las piernas, lo que me hace
dar un salto hacia adelante—. ¡Quítame las esposas, _____!
Me preparo.
—¡No!
—¡Por el amor de Dios! —ruge—. ¡No te atrevas a jugar conmigo,
señorita!
Uy, se ha enfadado.
—No creo que estés en posición de decirme lo que tengo o no tengo
que hacer —le recuerdo con toda mi chulería. Se queda quieto pero su
respiración es lenta, profunda y muy frustrada—. ¿Vas a dejar de ser
imposible y me lo vas a decir?
Me lanza una mirada asesina.
—¡No!
Hay que ver lo capullo y lo cabezota que puede llegar a ser. Esto es
absurdo, pero no quiero que me tenga en la ignorancia ni un día más.
—Muy bien —digo con calma.
Me agacho sobre su pecho y le cojo la cara entre las manos. Me mira,
esperando a ver qué voy a hacer. Le cubro la boca con la mía, la abre y su
lengua entra como un dardo en busca de la mía.
Me aparto.
Ruge de frustración.
Salto de su regazo y, con toda la maldad del mundo, le doy a su
erección un lametón largo y lento, desde la base hasta el glande.
—¡Aaaah, por el amor de Dios!
Sonrío y me siento sobre mis talones entre sus piernas antes de buscar
mi arma de destrucción masiva y sostenerla delante de él. Levanta la
cabeza y casi se le salen los ojos de las órbitas cuando ve lo que tengo en la
mano. —¡No, _____, no! ¡Te juro por Dios que...! —Deja caer la cabeza sobre
la cama—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Joder!
Sonrío y enciendo el vibrador adornado con diamantes que Tom odió
al instante en nuestro día de compras en Camden. No quiere compartirme
con nada ni con nadie. El juguete empieza a zumbar y Tom gime y deja
caer la cabeza a un lado.
Esto le va a doler.
—¡Caramba! —suelto cuando siento la fuerza del vibrador en la mano
—. Esta máquina sí que es potente —digo en voz baja.
Cierra los ojos con fuerza y tensa los músculos de la mandíbula.
—¡Quítame las esposas, _____! —masculla con los dientes apretados.
No podía esperar una respuesta mejor. Haré que me diga cuántos años
tiene aunque tenga que mantenerlo así toda la mañana. De hecho, espero
que aguante un rato. Creo que voy a disfrutarlo.
Apago el vibrador, lo dejo sobre la cama y abre los ojos lentamente.
Espero a que encuentren los míos.
—¿Vas a decirme cuántos años tienes? —pregunto con total
compostura.
—De eso, nada.
—¿Por qué te empeñas en ser un capullo cabezota? —inquiero. Es
difícil disimular mi tono de enfado. No quiero que crea que me está
sacando de quicio, pero incluso ahora se está comportando de un modo
imposible.
—¿No soy tu dios cabezota? —replica con una pequeña sonrisa de
satisfacción.
Le voy a borrar esa sonrisa de la cara. Me pongo de rodillas y le
sostengo la mirada mientras me meto los pulgares por el elástico de las
bragas de encaje.
—Esta mañana te estás comportando como un verdadero capullo.
Muy despacio, me bajo las bragas hasta las rodillas y él sigue su
recorrido con la mirada cargada de deseo. Su erección palpita y tiembla a
intervalos regulares.
—¿No te apetece echarme una mano? —Mi voz es dulce y seductora,
y lentamente me chupo los dedos y los deslizo desde mi vientre hasta mis
muslos.
Vuelve a tensar la mandíbula en cuanto me ve meterme la mano entre
las piernas.
—_____, quítame las esposas para que pueda follarte hasta hacerte ver
las estrellas. —Lo dice con calma, pero sé que ahora mismo no está
precisamente tranquilo.
Deslizo los dedos hasta mi clítoris, jadeo y lo rozo con suavidad. No
es Tom, pero esto me gusta.
—Dime lo que quiero saber.
—No. —Deja caer la cabeza de nuevo sobre la cama—. Quítame las
esposas.
Niego con la cabeza por lo testarudo que es mi hombre y deslizo las
manos hasta sus caderas.
¿Hasta que vea las estrellas?... Él sí que va a ver las estrellas. Le beso
el bajo vientre, junto a la cicatriz, y dibujo unos pocos círculos con la
lengua, muy despacio, antes de trepar por su cuerpo y quitarme las bragas
por el camino. Lo miro pero se niega a abrir los ojos, así que le beso las
comisuras de los labios. Funciona. Vuelve la cabeza al instante y abre la
boca. Me restriego contra su entrepierna y, como estoy tan mojada, me
deslizo arriba y abajo con suavidad.
—______, por favor...
—Dímelo. —Le muerdo el labio inferior y lo suelto poco a poco, pero
él se limita a negar con la cabeza.
Separo nuestras bocas fundidas.
—Bien, como quieras.
Me levanto, vuelvo a sentarme entre sus muslos y cojo mi arma de
destrucción masiva.
—Suelta eso. —Su tono es de advertencia seria pero no le hago ni
caso.
Lo enciendo otra vez sin decir nada.
—¡______, que lo apagues, por Dios! —La ira ha vuelto.
Le sostengo la mirada mientras me llevo lentamente el vibrador al
punto en el que se unen mis muslos.
—¡No! —Echa la cabeza hacia atrás. Lo está pasando fatal.
No me puedo creer que esté dispuesto a seguir sufriendo. Podría
pararme en un abrir y cerrar de ojos. Maldita sea, quiero que me mire. De
repente, cambio la trayectoria del vibrador y se lo paso suavemente por su
preciosa polla pulsante. Da un saltito. La cama se mueve.
—¡Joder, ______! ¡Joder, joder, joder! —grita, pero todavía cierra los
ojos con fuerza. No puedo obligarlo a que me mire, pero me va a oír. Me
acerco el vibrador y dejo la cabeza pulsante sobre mi clítoris.
«¡La hostia!»
Trago saliva, me tiemblan las rodillas y doy un respingo ante su
increíble potencia, que produce placenteras punzadas en mi sexo.
—Ay, Dios... —gimo, y aumento un poco la presión. Es muy, muy
agradable.
Abre los ojos y bufa como un toro. Las gotas de sudor han formado un
río en la arruga de la frente. Está sufriendo de lo lindo. Me siento casi
culpable.
—_____, todo tu placer proviene de mí.
—Hoy no —susurro cerrando los ojos con un suspiro.
—¡_____! —ruge tirando de las esposas, que resuenan contra la
cabecera de la cama—. ¡Joder! ¡ _____, te estás pasando!
Sigo con los ojos cerrados.
—Mmm. —Tiemblo un poco, las vibraciones consistentes me hacen
cosquillas en el clítoris.
—¡Tengo treinta y siete años! ¡Joder, mujer! ¡Tengo treinta y siete
años!
Abro unos ojos como platos.
«¡Madre mía!»
La mandíbula me llega al suelo de la sorpresa y se me cae el vibrador.
¿De verdad me lo ha dicho? ¡Ha funcionado! Quiero hacer un pequeño
baile de celebración y gritar a los cuatro vientos que lo he conseguido. ¿Por
qué no se me habrá ocurrido antes? No voy a engañarme a mí misma:
nunca volverá a funcionar porque seguramente dormirá con un ojo abierto
el resto de su vida. Quizá debería aprovecharme de su estado y extraerle
más respuestas. Por ejemplo, cómo se hizo la cicatriz, con cuántas mujeres
se ha acostado y qué hacía la policía en La Mansión. Ah, y también quiero
saber sobre la mujer misteriosa y sobre Sarah...
Me clava la mirada y con eso me basta para despertar de inmediato de
mi baile de celebración mental. Me entra el pánico.
—Quítame... las... putas... esposas —dice lentamente, enfatizando
cada palabra con un siseo.
Maldita sea. Mira que he planeado hasta el último detalle el polvo de
la verdad... Sólo que no he pensado en lo que iba a pasar después. Parece
muy cabreado y ahora tengo que soltarlo. ¿Qué hará? Elaboro una lista con
mis opciones. No tardo nada, porque sólo tengo dos: soltarlo y aceptar mi
castigo o dejarlo esposado a la cama para siempre.
Lo observo con los ojos muy abiertos y recelosos y él me lanza
miradas como cuchillos. ¿Qué hago? Apoyo las manos en sus fuertes
muslos y me acerco hasta que su cara está a mi altura. Tengo que hacer que
se le olvide un poco el cabreo.
Le paso las manos por el pelo y lo beso en la boca.
—Te sigo queriendo —susurro a medio beso. ¿Tal vez necesita que se
lo recuerde? Once años de diferencia tampoco es tanto. ¿Qué problema
hay? Sigue siendo mi dios apuesto y arrebatador.
Gime mientras le doy a su boca un poco más del tratamiento especial.
—Estupendo, ahora quítame las esposas.
Le beso el cuello y se lo acaricio con la nariz.
—¿Estás enfadado conmigo?
—¡Estoy como un loco del cabreo que tengo, ______!
Me incorporo y lo miro bien. Sí que se lo ve enfadado. Me estoy
asustando por momentos. Le dedico mi sonrisa más pícara.
—¿No podrías estar como un loco enamorado?
—Eso también. Quítame las esposas —repite, y me mira expectante.
Cambio de postura y me estremezco cuando su erección roza mi sexo.
Palpita y el glande húmedo se desliza hacia mi interior.
Tom arquea la espalda.
—Maldita sea, ______. ¡Quítame las esposas! —grita como un
energúmeno.
Y ahora ya sé lo que voy a hacer... No pienso quitarle las esposas. Me
levanto de la cama y me quedo de pie a su lado.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunto, nerviosa.
—Quítamelas —ruge; parece que está a punto de matar a alguien.
—No hasta que me digas lo que vas a hacer.
Respira hondo y su tórax se expande.
—Voy a follarte hasta que me supliques que pare y luego te haré
correr veintidós kilómetros. —Levanta la cabeza y me apuñala con unos
fieros ojos marrones—. ¡Y no vamos a parar para darte un masaje ni para
tomar café!
¿Qué? Acepto el polvo pero no voy a correr a ninguna parte, excepto
para salir pitando de su ático. Ayer ya me hizo correr dieciséis kilómetros.
Ésa será su forma de recuperar el control: obligarme a hacer algo que no
quiero hacer de ninguna manera, y la verdad es que paso de correr
veintidós kilómetros.
—No quiero salir a correr —digo con toda la calma de que soy capaz
—. Y no puedes obligarme.
Arquea las cejas.
—______, necesitas que te recuerde quién manda en esta relación.
Me aparto, asqueada, y miro de reojo sus muñecas esposadas antes de
volver a dirigirme a él.
—Perdona, ¿quién dices que manda aquí? —Me sale con un tono de
burla que de verdad no sentía. Estoy jugando con fuego, pero es este último
comentario el que me pone en serio peligro.
El sarcasmo sólo sirve para que se enfurezca todavía más, si es que
eso es posible.
—¡______, te lo advierto!
—No me puedo creer que te lo estés tomando tan a la tremenda. ¡En
cambio, no pusiste pegas cuando me esposaste a mí!
—¡Porque yo tenía el control!
¡Ah! ¿Así que todo esto es porque quiere tener el control? Qué
estupidez.
—Estás obsesionado con controlarlo todo —digo saliendo de la
habitación.
—¡Sólo contigo! —grita él a mi espalda—. ¡______!
Cierro de un portazo la puerta del cuarto de baño y me quito el
sujetador. ¡Menudo cerdo, arrogante y controlador! Me ha fastidiado la
satisfacción de que mi polvo de la verdad haya funcionado. Me meto en la
ducha mientras lo oigo gritar mi nombre sin cesar. Si no me sintiera tan
ofendida, me echaría a reír. En verdad no le gusta nada no poder tocarme,
como tampoco le gusta nada verse despojado del poder.
Me ducho y me lavo los dientes a mi ritmo. Es muy temprano. Tengo
tiempo de sobra.
Cuando vuelvo al dormitorio, Tom se ha calmado un poco pero sigue
habiendo mucha rabia en su expresión cuando me mira.
—Nena, ven y quítame las esposas, por favor —me ruega.
Su repentino cambio de humor me pone en guardia. Conozco este
juego y no voy a picar. En cuanto lo haya soltado irá a por mi yugular, me
pondrá a la fuerza la ropa de correr y me arrastrará por las calles de
Londres. No niego que me encantaría estar entre sus brazos en este mismo
instante, pero no me emociona la idea de que me torturen haciéndome
correr veintidós kilómetros. Por desgracia, son parte del trato.
Me siento delante del espejo de cuerpo entero y empiezo a arreglarme
el pelo. De vez en cuando miro su reflejo. Me está observando, pero se
limita a lanzarme miradas asesinas y, cuando lo pillo, echa la cabeza hacia
atrás como un colegial tristón. Me río para mis adentros.
Me maquillo y me embadurno con mantequilla de coco. Me pongo el
conjunto de encaje color crema que Tom me regaló. Lo oigo lloriquear.
Sonrío satisfecha y orgullosa. Más me vale disfrutarlo. No sé por cuánto
tiempo tendré el poder. Me pongo la blusa con volantes en el escote, unos
pantalones de pitillo negros y tacones del mismo color.
Estoy lista. Me acerco a mi hombre esposado y le doy un beso en la
boca entreabierta.
No sé por qué estoy haciendo esto. Mi valor es admirable.
Suspira y levanta las rodillas hasta que las plantas de sus pies
descansan sobre la cama.
Le cojo la polla, todavía erecta. Me muero por ella, aunque tendrá que
atraparme primero.
Da un respingo.
—¡______, te quiero como no te puedes llegar a imaginar, pero si no me
quitas las esposas te voy a estrangular! —Su voz es una mezcla de dolor y
placer.
Sonrío y le doy un beso casto en los labios antes de besarlo desde el
pecho hasta la polla tiesa. Sigo con el glande y termino trazando espirales.
Luego me la meto entera en la boca.
—¡______, por favor! —gime.
Abandono su polla y saco la llave de las esposas de un cajón de la
cómoda. Deja escapar un suspiro de alivio cuando me acerco a él. No sé
por qué, pero no voy a soltarlo del todo. Libero su mano lastimada, que cae
sobre la cama. Una punzada de culpabilidad me asalta cuando flexiona los
dedos con cuidado e intenta que la sangre vuelva a circular. Me acerco a la
cómoda y dejo la llave encima.
—Pero ¿qué haces? —pregunta con el ceño fruncido.
—¿Dónde está tu móvil?
—¿Por qué? —Es evidente que está confuso.
—Lo vas a necesitar. ¿Dónde está?
—En mi chaqueta. _____, dame la llave. —Está volviendo a perder la
paciencia.
Encuentro la chaqueta en el suelo, donde la tiró anoche antes de
abalanzarse sobre mí. Cojo el móvil del bolsillo y lo dejo sobre la mesilla
de noche, fuera de su alcance, pero por muy poco. No quiero que llame
para pedir ayuda antes de que yo pueda escapar.
Cojo mi bolso, salgo del dormitorio y dejo a un hombre con una
erección tremenda y muchas ganas de hacerme suya. Me las va a hacer
pagar todas juntas, pero al menos le he quitado las esposas de una mano.
Vale, es la mano que tiene lastimada, pero se las apañará... si no la fuerza

demasiado.



HOLA!!! AQUI ESTA EL NUEVO CAPS .. COMO VEN YA TOM CONFESO SU EDAD :O .... 37 AÑOS!! QUIEN LO IMAGINARIA .. POR FIN LA :____: HIZO DE LAS SUYAS POR UNA VEZ EN SU VIDA ... BUENO YA SABN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :))

lunes, 22 de junio de 2015

CAPITULO 9.-

CAPITULO 9.-
Avanzo por el vestíbulo y veo que Clive está cepillando el cuello de su
uniforme sobre el mostrador de mármol. Lo está dejando reluciente.
—Buenos días —digo.
—Buenos días, ____ —responde la mar de contento.
Le devuelvo el saludo con una sonrisa exagerada.
—Clive, no podrías dejarme ver los vídeos de las cámaras de
seguridad del domingo, ¿verdad?
—¡No! —exclama. De repente está muy ocupado tecleando a toda
velocidad.
Le clavo una mirada de sospecha pero él no levanta la vista del
ordenador. Esto es increíble. Tom se me ha adelantado. Sabía que se los
iba a pedir a Clive.
—¿Ha hablado Tom contigo?
—No. —Niega con la cabeza y sigue sin querer mirarme.
—Claro que no —suspiro, doy media vuelta y salgo del vestíbulo. El
señor es muy astuto y yo tengo la mosca detrás de la oreja.
—¡_____! —Clive corre detrás de mí—. Han llamado de
mantenimiento. Ya han hecho el pedido de la puerta pero, como la tienen
que enviar desde Italia, tardará en llegar. —Camina a mi lado.
—Deberías llamar a Tom y comunicárselo a él. —Sigo andando y él
no se separa de mí.
—Ya lo hice, _____, y el señor Kaulitz me dijo que tengo que consultar
contigo todo lo que esté relacionado con el ático.
Freno en seco. ¿Que ha dicho qué?
—¿Perdona? —sueno confundida.
Clive parece nervioso.
—El señor Kaulitz... me dijo... eh... que ahora vivías aquí y que tenía
que informarte de cualquier cosa relacionada con el ático.
—Ah, ¿eso te ha dicho? —Aprieto los dientes. No debería tener ese
tono de amenaza, no es culpa de Clive—. Hazme un favor, Clive.
Telefonea al señor Kaulitz y dile que yo no vivo aquí.
Clive me mira como si acabara de decirle que tiene dos cabezas. Estoy
que echo humo. Utiliza un polvo de entrar en razón, seguido de un polvo de
recordatorio, para hacer que me mude aquí, y ¿ahora espera que me
convierta en su chacha? Ni por todos los polvos de entrar en razón y los
polvos de recordatorio juntos.
—Por supuesto, _____... Ahora mismo... lo hago.
—Estupendo —exploto, y salgo del edificio.
Me paro y busco las gafas de sol y las llaves del coche en el bolso,
hecha una furia. ¿Cómo se atreve? Bufo para mis adentros hasta que
encuentro las gafas. Me las pongo y Angel de Massive Attack empieza a
resonar en mis oídos.
—¡No! —grito.
Ahora todavía estoy más cabreada. Sabe cómo me siento respecto a
esa canción. Cojo el teléfono para aceptar la llamada.
—¡Deja de toquetear mi teléfono!
—¡No! ¡Me recuerda a ti! —grita—. ¿Qué coño quiere decir eso de
que no vives aquí?
—¡Que no soy tu puta chacha! —le devuelvo el grito.
—¡Cuidado con esa puta boca!
—¡Que te jodan! —Soy como una camionera.
—¡Esa boca!
Estoy en la puerta del Lusso, echando humo. Si cree que voy a ser una
ama de casa diligente y obediente, va listo. ¡El muy ladino! Levanto la
vista y veo a John apoyado en su Range Rover. Lleva las gafas de siempre
puestas pero puedo ver que tiene arqueada una ceja. Esto le parece la mar
de divertido.
—¿Qué hace John aquí? —le espeto.
—¿Ya estás más tranquila?
—¡Contéstame! —le grito.
—¿Con quién coño te crees que estás hablando?
—¡Contigo! ¿Me estás escuchando? ¿Por qué está aquí John?
—Para llevarte al trabajo.
—No necesito un chófer, Tom —suavizo un poco mi tono. Qué poco
digno de mí, gritar y maldecir como una hooligan borracha, delante de uno
de los complejos residenciales más nuevos y prestigiosos de Londres.
John sonríe. Esto es nuevo. Nunca lo había visto dar señales de tener
sentido del humor.
—Estaba por el barrio y pensé que sería más cómodo que pasarte una
hora intentando aparcar. —Él también ha suavizado el tono.
—Bueno, pues al menos podrías contarme las cosas que van a pasar y
que tienen que ver conmigo —le escupo por teléfono, y cuelgo.
«¡Cerdo controlador!»
Me dirijo hacia John y el móvil empieza a sonar por el camino otra
vez. Voy a cambiar esa dichosa melodía. Le enseño la pantalla a John
cuando paso junto a él y vuelve a sonreír.
—Dime, amor —bromeo con bastante osadía. Me estoy cavando mi
propia tumba, lo sé, pero ahora mismo no puede tocarme, así que no hay
peligro de que intente echarme un polvo para ponerme en mi sitio.
—No te pongas sarcástica, _____, no te pega.
Me monto en el Range Rover y me abrocho el cinturón de seguridad.
—Te gustará saber que voy hacia la oficina con John. —Miro a este
último y él asiente—. ¿Quieres que te lo confirme? —pregunto—. John,
saluda. —Le pongo el móvil delante de las narices.
—Todo bien, Tom —dice despacio. Sonríe de verdad y veo un diente
de oro. Se lo está pasando pipa.
Me pego el móvil de nuevo a la oreja.
—¿Contento?
—¡Mucho! —exclama—. ¿Alguna vez has oído hablar de un polvo de
represalia?
Sólo de oírlo me dan escalofríos. Miro a John, que sigue sonriendo.
—No. ¿Me vas a hacer una demostración? —pregunto con calma.
—Si tienes suerte. Te veo en casa —dice, y cuelga.
Dejo el móvil en el bolso. Hay espirales de anticipación dando vueltas
en mi entrepierna. Me ha hecho correr dieciséis kilómetros, me ha servido
mi café favorito, me ha follado hasta hacerme perder el sentido, me ha
hecho promesas guarras por teléfono y ni siquiera he llegado aún a la
oficina. Por si fuera poco, me está distrayendo de un montón de
pensamientos desconcertantes. Se está guardando algo, otra vez, y no me
puedo creer que le haya dicho al conserje que ahora yo soy la señora de la
casa. En el futuro, necesito evitar los polvos de entrar en razón, y también
necesito pensar cómo voy a abordar ese pequeño asunto. Es demasiado
pronto para que me vaya a vivir con él.
Miro a la bestia parda que tengo sentada a mi lado.
—¿De verdad estabas por el barrio?
John deja de emitir su zumbido característico.
—¿Tú qué crees?
Justo lo que me imaginaba.
—¿Qué edad tiene Tom? —pregunto como si nada. No tengo la
menor idea de por qué he elegido un tono casual. Es ridículo que no sepa
qué edad tiene.
—Treinta y dos —contesta con rostro inexpresivo.
¿Treinta y dos? Ésa es la edad que dijo Tom anoche que tenía. Miro a
John, que vuelve a emitir su ruidito característico. ¡No me lo creo! Tom se
lo ha dicho.
—No tiene treinta y dos años, ¿a que no?
John vuelve a sonreír y a mostrar su diente de oro.
—Dijo que me lo preguntarías.
Meneo la cabeza. En eso voy perdiendo. Así que, como a John le caigo
bien y parece estar de buen humor, decido que puedo abordar otros asuntos.
—¿Siempre ha tenido un carácter tan difícil?
—Sólo contigo, muchacha. En realidad, se lo toma todo con bastante
calma.
¿Que se lo toma todo con calma? Espera, que me río. Recuerdo que
Georg dijo lo mismo y que John mencionó que yo había sacado a la luz
algunas cualidades bastante desagradables en Tom. Me río para mis
adentros. Tom también ha sacado a la luz cualidades feas en mí. Suelto
más tacos que un camionero.
—Es evidente que saco lo peor de él —gruño.
—No seas tan dura con él, muchacha. —John intenta quitarle
importancia.
—¿Quieres vivir con él y con su forma imposible de ser? —pregunto,
exasperada.
—Entonces ¿te has mudado a su casa? —Sus cejas aparecen por
encima de las gafas de sol y se vuelve hacia mí. No me había dado cuenta
de lo que acabo de decir. Espero que John no llegue a la misma conclusión
que Sarah: que voy detrás del dinero de Tom.
De pronto siento la necesidad de defenderme.
—Me lo pidió y prácticamente me obligó a decir que sí. —No le voy a
contar los detalles de cómo lo hizo—. Pero no estoy muy segura. Es un
poco pronto. De eso iba nuestro pequeño intercambio. No le gusta que le
digan que no. —Sacudo el teléfono delante de John.
«¡Su dinero me importa una mierda pinchada en un palo!»
Las comisuras de los labios de John dibujan una sonrisa y empieza a
asentir, pensativo.
—Es muy particular contigo.
Suelto una carcajada de asentimiento y niego con la cabeza, pensativa.
Es muy particular conmigo. Da miedo.
—¿Cuánto hace que lo conoces? —La ocasión la pintan calva. Podría
cerrar el pico y no volver a hablar.
—Demasiado tiempo —se ríe, y es una risa profunda, desde las tripas,
y le salen papadas nuevas cuando su cuello se retrae. Me pregunto cuántos
años tendrá. Es el puto misterio de las edades. Debe de estar a punto de
cumplir los cincuenta.
—Apuesto a que has visto de todo en La Mansión —farfullo.
Tengo más clara la labor de John desde que sé que el lugar no es un
hotel ni el cuartel general de la mafia. No me gustaría cabrear a la montaña
que tengo sentada a mi lado, tamborileando con las manos en el volante.
Hace que incluso eso parezca un gesto amenazador.
—Forma parte de mi trabajo —responde tan tranquilo.
Ah, lo que me recuerda:
—¿Por qué fue el otro día la policía?
John me mira con un semblante casi de amenaza y me achico un poco.
—Un idiota que hacía el tonto. No hay por qué preocuparse, muchacha
—dice, y vuelve a centrarse en la carretera.
No estaba preocupada, pero ahora sí lo estoy. John acaba de darme
exactamente la misma explicación de mierda que me dio Tom, y el hecho
de que me haya dicho que no me preocupe me preocupa. ¿Qué está pasando
aquí?
Información. Necesito algo de información.
Me deja en mi oficina y se despide de mí con una inclinación de la
cabeza.
—¡Buenos días, ____! —Sally está contenta.
Ah, sí. Se me había olvidado que Sally se ha transformado. Lleva
puesta la misma camiseta que ayer, sólo que de otro color. La de hoy es
roja. Me gusta la Sally chispeante. Espero que no le rompan el corazón.
—Hola, Sally, ¿qué tal estás?
—Muy bien, gracias por preguntar. ¿Te apetece un café?
—Sí, por favor.
—¡Marchando! —Me lanza una sonrisa adorable y se va a la cocina.
Caigo en la cuenta de que lleva las uñas pintadas. Eso también es una
novedad, y no es beige ni transparente. ¡Es rojo carmesí! Debe de estar
preparándose para su cita.
Enciendo el ordenador, me pongo con unos presupuestos y preparo un
montón de facturas para Sally. Abro el correo y veo que tengo la bandeja
repleta de mensajes, casi todos son basura, así que empiezo a borrarlos.
A las diez y media se abre la puerta de la oficina. Cuando levanto la
vista no me sorprende en absoluto ver un abanico de calas en los brazos de
la chica del Lusso. Sabía que iba a hacer caso omiso de lo que le pedí. Pone
los ojos en blanco y me encojo de hombros a modo de disculpa. Tras el
intercambio de flores y firmas, busco la tarjeta.
¿TIENES GANAS DEL POLVO DE REPRESALIA?
TU DIOS.
BSS.
Sonrío y le mando un mensaje. Me había prometido no contactar con
él después de cómo me ha distraído esta mañana, pero ese plan ya se ha ido
a la porra, con lo de ser su chacha y la aparición del grandullón de John.
Además, tengo muchas ganas de echar ese polvo de represalia.
Sí, y sé que tú también. Bss, tu ____.
Me pongo a currar. No hay nadie en la oficina excepto Sal. Es mi
oportunidad para sacar un montón de trabajo adelante. Cruzo la calle a la
hora de la comida para comprar un bagel y comérmelo delante del
ordenador. Mi móvil me indica que tengo un mensaje en cuanto aterrizo en
la silla.
Me gusta tu frase de despedida. No la olvides. Siempre lo serás. Te veo en casa, a las siete... más o menos. Bss, T.
Estoy en el séptimo cielo de Tom. Decido llamar a Kate mientras me
tomo un descanso para comer.
—¡Hola, hola! —canturrea por el teléfono.
¿Por qué está tan contenta? Ay, Dios, espero que no haya vuelto a ir a
La Mansión. No voy a preguntárselo. Prefiero no saberlo.
—Hola, ¿te encuentras bien?
—¡Todo bien! ¿Cómo está el novio favorito de mi amiga? —Se echa a
reír.
—Está bien —contesto secamente. Sólo lo quiere tanto porque le
compró a Margo Junior.
—Oye, estoy de camino a Brighton para entregar una tarta.
¿Comemos juntas el jueves? Mañana tengo un día de locos. Debo ponerme
al día en el trabajo.
—Te han estado distrayendo, ¿no, pillina?
—¡Diversión! —me suelta—. ¿Comemos juntas o no?
—Vale —contesto. Eso de que esté tan sensible me tiene muy
mosqueada—. El jueves a la una en el Baroque —confirmo.
—¡Perfecto! —Y cuelga.
¡Rayos! Creo que le he tocado la fibra sensible. ¡Diversión, y un
cuerno! Está dándome evasivas y quitándole importancia. Quiero saber qué
está pasando, pero me prometo no volver a preguntar en el futuro. ¿Qué se
trae entre manos?
Se abre la puerta de la oficina y entra Ken.
—¡Ken, tenemos que hablar sobre tu indumentaria!
Se mira la camisa de vestir verde esmeralda y la corbata rosa fucsia.
Los colores que no casan son una ofensa terrible en el mundo de Ken.
—Fabulosa, ¿verdad? —Se acaricia la corbata.
Pues no. De hecho, es bastante desagradable. Sé que, si estuviera
buscando un diseñador de interiores y Ken apareciera en mi puerta, se la
cerraría en las narices.
—¿Dónde está Victoria? —pregunto.
—Tenía una visita en Kensington. —Lanza su mariconera sobre su
mesa, se quita las gafas y se las limpia con la corbata.
—¿Has averiguado qué salió mal? —insisto.
—¡No! —Se deja caer en su silla—. Se pasó el día triste y cabizbaja.
—Se inclina hacia adelante y recorre la oficina con la vista—. Oye, ¿qué
crees que le pasa a nuestra Sal?
Vaya, se ha dado cuenta. La verdad es que es difícil no notarlo.
—Tuvo una cita —susurro en voz bastante alta.
Se pone las gafas con un gesto dramático que sugiere que necesita
verme bien la cara, dada la gravedad de la noticia. Es absurdo. Ken se las
pone sólo porque es un adicto a la moda y para parecer profesional.
¿Profesional? Debería tirar a la basura esa camisa y también la corbata. Me
están deslumbrando.
—¡No! —Se queda con la boca abierta.
—¡Sí! Y esta noche tendrá la segunda cita —asiento.
Abre unos ojos como platos.
—¿Te imaginas lo aburrido que debe de ser él?
Retrocedo. De pronto me siento muy culpable por entablar esta clase
de conversación con él.
—No seas capullo, Ken —lo riño.
Sally cruza la oficina y dejamos de cotillear en el acto. Ken levanta
las cejas y sonríe mientras la sigue con la mirada hasta la fotocopiadora. Si
lo tuviera a tiro, le patearía el culo.
Se vuelve hacia mí y ve la expresión de desaprobación en mi rostro.
Levanta las manos.
—¿Qué? —susurra.
Meneo la cabeza y vuelvo a centrarme en mi ordenador, pero la
tranquilidad dura poco.
—Así que —oigo que dice Ken desde su mesa— me ha dicho
Victoria que te has ido a vivir con el señor Kaulitz.
Mi cara es de absoluta sorpresa cuando levanto la vista del ordenador
y lo veo hojeando un catálogo como si nada. ¿Cómo se ha enterado? Está
claro... Gustav. Victoria y él salieron juntos el viernes por la noche, pero
¿qué ha ocurrido desde entonces para que ella esté de tan mal humor? No
quiero tener esta conversación. A Ken le pirra el drama, y mi vida es todo
un drama en este momento.
—No me he ido a vivir con él, y necesito que guardes silencio, Ken.
Sigo borrando correos basura. Pero él no pilla la indirecta.
—Debe de ser chulo, vivir en el ático de diez millones de libras que tú
misma has diseñado —farfulla pensativo mientras pasa páginas.
—Chitón. —Le lanzo una mirada asesina cuando levanta la vista del
catálogo que ni siquiera está leyendo. Esta vez sí que capta la indirecta y se
pone a trabajar.
No sé cómo contárselo a Patrick. El caso es que no pinta nada bien:
estoy saliendo con un cliente. Lo último que necesito es que Ken lo
proclame a los cuatro vientos.
Me centro en mi ordenador y termino de vaciar la bandeja de entrada
de correos basura antes de empezar a preparar los plazos de los pagos de la
señora Quinn junto con algunas ideas para los diseños.
Son las cinco de la tarde y estoy dándole golpecitos a la mesa con el
bolígrafo, sumida en mis pensamientos, y se me ocurre una idea fantástica.
¡Dios mío, soy genial! Salto de la silla y recojo los dibujos y las
carpetas que hay sobre mi escritorio. Cojo mi bolso, las flores, y me dirijo
a la salida.
—He terminado. ¡Hasta mañana, chicos! —me despido mientras salgo
a todo gas por la puerta de la oficina.
Tengo media hora. Puedo hacerlo. Cojo el metro hacia mi estación de
destino.

Corro hacia el Lusso desde la parada de metro. Necesito estar duchada
y lista antes de que Tom vuelva a casa. Evito toda conversación con Clive
y salto al ascensor, jadeante de tanto correr. Mi pobre cuerpo lleva una
buena paliza hoy.
Entro en el dormitorio, tiro las flores y el bolso sobre la cómoda y
desempaqueto mis compras. Las guardo en el arcón de madera y me meto
en la ducha, con ganas de prepararme para la noche que me espera. Voy
con mucho cuidado para no mojarme el pelo. Me lavo con frenesí los
restos de la jornada y me afeito las piernas, aunque no con tanto frenesí.
Salgo de la ducha y cojo una toalla.
Me vuelvo y me doy de bruces con unos pectorales duros, desnudos y
familiares.
«¡Mierda!»
—¿Te he cogido por sorpresa? —dice en voz baja y amenazadora.
Levanto la vista despacio y veo que entorna sus ojos marrones en
una expresión muy seria. El Tom dominante ha llegado y me ha fastidiado
los planes.
—Un poco —reconozco.
—Me lo imaginaba. Tenemos un pequeño asunto pendiente y vamos a
resolverlo ahora mismo.
Me quedo petrificada en el sitio, goteando y agarrada a la toalla.
Que me haya pillado así me destripa todos los planes, pero mi
decepción no evita la punzada de placer que sale disparada desde lo más
profundo de mi vientre hasta mi entrepierna. Su figura esbelta y
amenazadora, junto con su respiración profunda, me dice que no estoy en
posición de protestar. Pero no puedo contenerme.
—¿Y si digo que no? —susurro. Ni muerta le diría que no. Es un farol,
y es probable que él lo sepa.
—No lo harás.
Está tan seguro de sí mismo que mi corazón empieza a bombear la
sangre en mis venas aún más rápido.
—Puede que sí. —Ni de coña, y la vocecita con la que lo he dicho lo
confirma.
Se pega a mí. La cabeza caliente y resbaladiza de su erección explora
mi bajo vientre y yo doy un respingo. En sus ojos arden oscuras promesas
mientras espero a que haga el siguiente movimiento. Los músculos de mi
vagina se convulsionan por la anticipación.
—No te andes con jueguecitos, _____. Ambos sabemos que nunca vas a
decirme que no. —Recorre mi brazo con la punta del dedo, sigue por mi
hombro y mi cuello hasta llegar al hueco que hay debajo de la oreja.
Cierro los ojos. Ya me tiene. Otra vez.
—¿Crees en el destino, _____? —Su voz es suave como la seda pero
segura y seria.
Abro los ojos y frunzo el ceño. ¿Qué trama ahora? Nunca he pensado
que las cosas sucedan por una razón. ¿A dónde quiere llegar?
—No —contesto con sinceridad.
—Yo sí. —Me coge el coño con la mano y su tacto ardiente hace que
me tense aún más—. Creo que tú estás destinada a estar aquí conmigo, por
eso, que fueras a decirle al conserje que no vives aquí me... jode... vivo. —
Enfatiza las últimas tres palabras, que suenan altas y claras.
Vaya, me había hecho creer que habíamos hecho las paces
enviándome flores. ¿Así que sigue enfadado por lo de esta mañana?
Me coge el pezón con el pulgar y el dedo anular de la otra mano.
Empieza a retorcerlo y a alargarlo y se endurece más aún. Cierro los ojos.
Dos oleadas de placer me parten por la mitad. Lentamente, me penetra con
dos dedos.
—¡Ah, Dios! —gimo echando la cabeza atrás. La toalla se ha quedado
en los hombros de Tom.
Aprovecha que tiene acceso a mi cuello y me besa en el centro, una
caricia firme y húmeda que llega hasta mi barbilla. Sus dedos siguen
deslizándose en amplios y torturadores círculos por mi interior,
estirándome. Me está preparando para él.
—Voy a follarte hasta hacerte gritar, _____. —Su voz ronca me
enloquece todavía más. Estoy segura de que me hará gritar. Parece estar
muy enfadado, aunque no sé si debo tener miedo o no. ¿No bastaría con un
polvo de recordatorio para solucionar este pequeño asunto?
Tira de mi barbilla para poder tenerme cara a cara. Él posee el control
pero está frenético. No sé cómo tomármelo. En la única cosa en la que
parezco poder concentrarme es en el fuego incontrolado que se extiende
por mi cuerpo y que arrasa entre mis muslos con golpes fuertes y
decididos.
—Ponte de rodillas a los pies de la cama, de cara a la cabecera.
Obedezco de inmediato. Voy a la cama, me arrodillo y me siento
sobre los talones.
¿Qué habrá planeado?
Noto su pecho en mi espalda, me coge las manos y las abre, luego las
lleva a mis pechos y con las palmas traza círculos sobre mis pezones, de
forma que apenas rozan la punta. Echo el pecho hacia adelante con tal de
aumentar el contacto, pero él aparta un poco más mis manos. Protesto con
un grito incongruente.
Acerca la boca a mi oído.
—¿Confías en mí?
La pregunta me pilla por sorpresa. Pues claro que sí. Más que en
nadie.
—Te confiaría mi vida —confirmo.
Él ruge en señal de aprobación.
—¿Te han esposado alguna vez, _____?
«¿Qué?»
Antes de que haya podido procesar lo que está pasando, me lleva las
manos a la espalda y cierra unas esposas alrededor de mis muñecas. ¿De
dónde coño han salido? Intento mover los brazos y oigo el sonido del metal
tirante.
—No muevas los brazos, _____ —me reprende, y deja mis manos en lo
alto de mi trasero.
«¡Por el amor de Dios!»
En mi vida he soltado tantos tacos para mis adentros. ¡Esto es tan
inesperado que ha mandado a paseo mi polvo de la verdad! Tom nunca
antes había usado juguetes. Quiero y no quiero parar esto, pero no parezco
capaz de articular las palabras.
Me quedo quieta y hago todo lo que puedo para relajar los brazos
mientras me pregunto si ya habrá hecho esto mismo antes. Me río a
carcajadas para mis adentros. Pues claro que lo ha hecho, que tonta. ¿Cómo
es que no lo vi venir?
Se introduce en mí.
—Buena chica —dice al tiempo que me quita las horquillas del pelo y
peina mis largas ondas con sus dedos, dejándolas caer sobre mi espalda
desnuda.
Me estremezco tratando de controlar mi respiración irregular. Mi
corazón late a toda velocidad en mi pecho y nada va a bajarme las
pulsaciones. Estoy en territorio desconocido. Nunca, jamás, me he
permitido considerar la posibilidad de dejarme maniatar y quedar a merced
de un hombre. Es toda una ironía. Con o sin esposas, estoy a merced de
Tom. Arrastra la punta del dedo por mi columna vertebral, hasta mi culo, y
luego entre las nalgas. Ah, demonio, ¿era eso lo que buscabas? La última
vez lo disfruté pero no estaba esposada.
Me rodea el vientre con un brazo y con el otro me sujeta por la
espalda.
—Abajo —dice con dulzura apoyando mi cuerpo sobre el colchón.
Tengo la cara pegada a las sábanas de los pies de la cama y Tom está
detrás de mí. Me siento completamente expuesta y vulnerable.
—¿Sabes lo increíble que estás así? —Lo dice con un tono mayúsculo
de aprobación.
Lo creo, pero paso de comprobarlo por mí misma. Esto no es para mí,
pero tampoco puedo detenerlo.
—No voy a metértela por el culo. —Me da un beso en la parte baja de
la espalda y entonces noto su polla, dura como una piedra, contra mi piel
húmeda y sensible. Qué alivio. No creo que hubiera podido con eso y con
las esposas a la vez.
Y entonces empieza a presionar contra mi coño.
Me agarra con fuerza de las caderas y doy un respingo.
—No te muevas —masculla con la mandíbula apretada.
Me obligo a mantenerme inmóvil. Noto que entra en mí e
instintivamente me tenso alrededor de su deliciosa invasión. Comienzo a
jadear. —¿La quieres toda? —Su voz es grave y tentadora. No la reconozco,
pero estoy desesperada por una penetración total.
—Sí —respondo. Que Dios me ayude.
Retira su erección medio sumergida y yo gimo por haber perdido la
sensación de plenitud. La necesito toda. Por impulso, echo el culo atrás y
siento una estocada potente y un golpetazo de su mano en mi nalga.
—¡Joder! —grito. La punzada se extiende por mi nalga y mis
hombros se tensan contra la cama.
«Pero ¿qué coño...?»
Vuelve a penetrarme, pero esta vez sólo hasta la mitad.
—Esa boca —espeta—. ¡No te muevas!
Empiezo a jadear cuando el dolor se mezcla con la deliciosa invasión
a medias.
—¡Tom! —suplico.
—Lo sé.
Desliza la palma de su mano por mi nalga y sale de nuevo. Cierro los
ojos y aprieto los dientes, obligando a mi cuerpo a seguir las instrucciones
de mi cerebro y a relajarse.
—No puedo hacerlo —lloriqueo contra el colchón mientras tiro de las
esposas.
Es demasiado, y sin avisar. ¿O me había avisado? No lo sé. Sé cómo
es y que es un animal en la cama, y eso me encanta, pero también puede ser
romántico, dulce y cariñoso. ¿Esto qué es? ¿El siguiente nivel?
—Sí que puedes, _____. Recuerda con quién estás. —Embiste hacia
adelante, se mete en mí y me deja sin aire en los pulmones.
Grito. Estoy ronca al instante.
Sale, lentamente, controlado.
—¿Qué te dije que iba a hacer, _____? —pregunta con un gruñido
mientras me penetra con furia de nuevo.
No puedo hablar. No me queda aire en los pulmones, y él se mete tan
adentro que mi cerebro ha entrado en cortocircuito. No es capaz de ningún
proceso cognitivo y mucho menos de hablar.
Repite el movimiento que me ha dejado sin sentido.
—¡Contéstame! —ruge, y vuelve a darme un azote en el culo.
—¡Gritar! ¡Dijiste que ibas a hacerme gritar! —Me atraganto con las
palabras cuando vuelve a penetrarme.
—¿Estás gritando?
—¡Sí!
Ruge y vuelve a embestirme, una y otra vez, y otra, y otra vez más, y
yo entro en órbita.
—¿Te gusta, nena?
¡Joder, sí! El escozor de los azotes y de su polla incansable me han
llevado a un nuevo y desconocido nivel de placer.
—¡¿Dónde vives, _____?! —grita con otra estocada brutal.
Quiero llorar. Quiero llorar de sorpresa, llorar de dolor, llorar de
felicidad... Llorar de placer puro y duro. Mi cerebro está totalmente
colapsado y mi cuerpo se pregunta qué diablos está pasando. No veo tres en
un burro y no sé ni cómo me llamo. Esto es una salvajada, es intenso y
alucinante, pero otros pensamientos menos agradables luchan por
imponerse y se abren camino en mi cerebro, que está hecho papilla. ¿A
cuántas mujeres les habrá hecho esto? ¿Cuántas mujeres habrán tenido el
placer de recibir un polvo de represalia? Me dan ganas de vomitar.
—¡_____! ¿Dónde coño vives? —Entra y sale con cada palabra.
Estoy mareada. Atontada por una felicidad completa, total e intensa.
—¡Que no tenga que preguntártelo otra vez!
—¡Aquí! —grito—. ¡Vivo aquí!
—Que te quede claro, joder —dice, y vuelve a darme un azote en el
culo para enfatizar las palabras.
Se aferra a mis caderas de nuevo y tira de ellas hacia atrás con cada
dura embestida de castigo. Empiezan a saltar chispas. La presión en mi
sexo va a detonar a lo bestia. Grito de placer y de desesperación. Esto se
pasa tres pueblos de severo. Mañana no voy a poder andar. ¿Acaso es parte
de su plan para retenerme en casa? Porque va a funcionar.
La palma de su mano golpea con fuerza de nuevo mi culo y el último
y doloroso azote me catapulta directamente al orgasmo más fuerte y más
desgarrador que he tenido nunca. Grito... Muy fuerte. Resuena en el
dormitorio. Un grito afónico, desesperado, electrizante y satisfecho.
—¡Joder! —ruge Tom. Noto cómo se tensa y empieza a mover las
caderas en círculos contra mi culo.
Gime.
Gimo.
Estoy temblando de pies a cabeza. Son temblores como Dios manda,
sensacionales, ondulantes, incontrolables.
Una de mis muñecas queda libre de las esposas y estiro el brazo por
encima de la cabeza cuando él se colapsa sobre mí y me aplasta con su
peso. Sigue en mi interior, palpitando y agitándose mientras mueve las
caderas en círculos, extrayendo hasta la última gota de placer que hay en
mí.
La revelación me tiene perpleja. ¡Soy una guarra y me va el sexo raro!
La combinación de dolor y placer me ha dejado K.O. y, a pesar de mis
reservas, me alegro de no haberlo parado. Más allá de cualquier duda, se ha
demostrado que nunca podré decirle que no.
Me pasa los brazos por encima de los míos y me cubre la nuca de
pequeños besos mientras gime y sigue moviendo las caderas, mucho más
despacio ahora.
—¿Amigos? —me susurra al oído mordiéndome el lóbulo. Su voz
dulce y aterciopelada no tiene nada que ver con el brutal señor del sexo al
que acabo de conocer.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunto.
Sigo estando sorprendida. He descubierto muchas de sus habilidades
sexuales, pero ésta me ha dejado alucinada. No me puedo creer que no lo
viera venir. Si eso hubiera sido un polvo de entrar en razón, le habría dicho
a todo que sí, pero eso mejor me lo callo.
Arrastra el lóbulo de mi oreja entre sus dientes.
—Dime que estamos en paz.
—Estamos en paz —suspiro—. Dime por qué has hecho eso.
Me quita las esposas de la otra mano. Es un gran alivio. Sale de mí,
me da la vuelta y sujeta mis muñecas a ambos lados de mi cabeza. Lo
miro, esperando una respuesta, pero no parece que me la vaya a dar.
¿Debería cerrar el pico?
Tarda en contestar.
—Me gusta oírte gritar —sonríe—. Y me gusta saber que soy yo
quien te hace gritar.
¡Ja! Misión cumplida.
—Me he quedado afónica —gimoteo.
Me besa en los labios.
—¿Tienes hambre?
—No.
No tengo hambre, y tampoco voy a moverme de la cama. Ni siquiera
son las ocho.
—Voy a traerte un vaso de agua y luego nos acurrucamos un rato,
¿trato hecho? —pregunta acariciándome la nariz con la suya.
—Trato hecho.
¿Acurrucarnos? ¿Está de broma? ¿Después de lo que acabamos de
hacer? Este hombre es como la versión sexual de Jekyll y Hyde.
Me besa en los labios antes de despegarse de mí. Me arrastro por la
cama hacia la cabecera, me instalo boca abajo y me deleito con su
fragancia, que impregna las sábanas. Estoy muerta y me duele un poco el
culo. Si no estuviera tan tranquila y satisfecha, me cabrearía mogollón
porque me ha ganado la partida. Él no lo sabe, pero acaba de desbaratar
mis planes para la velada. Estoy demasiado cansada para echarle un polvo
de la verdad.
Me vuelvo boca arriba, miro el techo y lucho por librarme de los
pensamientos no deseados que asaltan mi mente exhausta. ¿Cuántas
mujeres? He optado por no querer saber la respuesta a esa pregunta, la que
siempre aparece, sin invitación y sin sentido, en mi cabeza. Pero la
curiosidad se hace cada vez más fuerte y más difícil de ignorar. Si no
estuviera tan hecha polvo, le prestaría más atención a esa idea, pero estoy
molida, así que cierro los ojos y mentalmente le doy las gracias a Tom por
haberme dejado sin energía para satisfacer mi ataque de curiosidad
absurda.
—Nena, ¿es que te he follado hasta dejarte inconsciente?
La cama se hunde y siento su cuerpo, duro y cálido, junto a mí. Me
pongo de costado.
—¿Fresas? —Me pasa la fruta, fresca y carnosa, por el labio inferior y
abro la boca para darle un mordisco—. ¿Está buena?
—Muy buena —digo con la boca llena de fresa madura. Esto sí que
me apetece.
Empieza a mordisquearse el labio inferior. Ay, no. ¿En qué estará
pensando? Mastico más despacio al ver que mira a un lado y a otro.
Al final, lo suelta.
—No lo decías en serio, ¿verdad? ¿Cuando dijiste que no vivías aquí?
Dejo de masticar y miro el rostro preocupado que tengo delante. La
arruga de la frente aparece encima de sus cejas.
—Quieres que viva contigo pero ni siquiera me dices cuántos años
tienes. —Levanto las cejas. No puede ser que no vea lo raro que es eso. Y
hay otras muchas cosas, cosas que estoy intentando ignorar con todas mis
fuerzas (aunque estoy fracasando miserablemente), pero por ahora voy a
centrarme en ese detalle insignificante.
—¿Qué cambiaría mi edad? —pregunta metiéndose una fresa en la
boca.
Meneo la cabeza y lo observo masticar.
—Bueno... —Trago—. ¿Qué les digo a mis padres cuando me lo
pregunten? De hecho, ¿qué le digo a mi familia cuando me pregunten cuál
es tu profesión?
¿Profesión? ¿Existe un nombre para lo que hace Tom?
Los engranajes se ponen en marcha. Se encoge de hombros y me mete
otra fresa en la boca.
—Diles que soy el dueño de un hotel.
Acepto su ofrenda pero sigo hablando, no voy a rendirme fácilmente.
—¿Y si quieren ir a ver tu hotel? —farfullo mientras mastico.
—Pues que vengan a verlo —sonríe—. Tú pensabas que era un hotel.
Le lanzo una mirada asesina.
—Porque hacías que un empleado me siguiera a todas partes y me
encerrabas en tu despacho para que nadie pudiera hablar conmigo. ¿Vas a
hacer lo mismo con mis padres?
—Se lo enseñaré un día de poca actividad —responde, tan pancho.
¿Acaso ya lo había pensado? No me puedo creer que esté hablando
sobre la posibilidad de presentárselo a mis padres. No soy capaz ni de
imaginar lo que mis padres pensarían de Tom. Sí, puede ser encantador,
pero se supone que yo soy joven y estoy soltera y libre de ataduras después
de haber pasado siete años en dos relaciones de mierda, y dudo mucho que
él consiga contener su manía de pasar por encima de todo el mundo, por
mucho que sean mis padres.
—¿Y si quieren hospedarse en el hotel? —contraataco—. Viven en
Newquay, así que se quedarán en un hotel si vienen de visita.
Se echa a reír.
—¿Les reservo el salón comunitario?
Le pego un puñetazo en el estómago, cosa que sólo hace que se ría a
carcajadas. Me molesta que mi planteamiento le haga tanta gracia, pero
empiezo a ver fragmentos del Tom que se toma la vida con calma, ese del
que me habla todo el mundo. Aunque la verdad, de momento me cae fatal.
—Me alegro de que mis preocupaciones te hagan tanta gracia, y
todavía no me has contestado a lo de tu edad. —Cojo una fresa y me la
meto en la boca.
Se recupera del ataque de risa y me mira muy serio.
—_____, estás buscando cualquier excusa para escabullirte. —Me pasa
el dedo por el labio inferior—. Si tus padres preguntan cuántos años tengo,
invéntate la respuesta. Diles la edad que más te guste. Si vienen de visita,
se quedarán aquí. Hay cuatro habitaciones más, todas con baño. No te
resistas tanto. ¿Ya has terminado? —dice finalmente levantando una ceja
expectante.
«Maldito seas, Tom Kaulitz.»
—¿Vas a pasar por encima de mis padres?
—Sólo si se interponen en mi camino —responde, muy serio.
Me da un ataque en el acto. Mi madre no se corta a la hora de expresar
su opinión, y mi padre, un gigante de buen corazón, puede ponerse como
una fiera cuando se trata de sus hijos. No son buenas noticias. Necesito
evitar que llegue el momento de presentarle a mis padres todo el tiempo
que pueda. A ser posible, que no llegue nunca.
—¿Por qué fue la policía a La Mansión? —Es otra de las cosas a las
que he estado dándoles vueltas en la cabeza.
Pone los ojos en blanco.
—Ya te lo he dicho, fue cosa de un idiota que hacía tonterías.
—¿Qué clase de tonterías?
—_____, no tienes por qué preocuparte, y punto. —Me da otra fresa y la
cojo de mala gana. Está intentando que deje de hacerle preguntas a base de
mantenerme la boca llena.
Aunque eso no me detiene.
—¿Y qué hay de la mujer misteriosa?
—Sigue siendo un misterio —responde con brevedad y astucia.
—Entonces ¿has hablado con Clive? —Ahora ya lo estoy molestando.
—No, _____, no he tenido tiempo. —Está muy molesto. Sí que le ha
preguntado a Clive, de hecho, le ha dicho que cierre el pico. Yo también
necesito ser lista. Hablaré con los de seguridad. Le lanzo una mirada
furibunda pero él prosigue—: ¿Cuándo te llevo de compras?
«¿Qué?»
Ha visto mi cara de susto porque su expresión de enfado desaparece al
instante.
—Te debo un vestido, y la fiesta de aniversario está al caer. Pensé que
podríamos matar dos pájaros de un tiro.
—Tengo muchos vestidos —farfullo. Ir de compras con Tom está a la
cabeza de mi lista de cosas que debo evitar. Saldría de la tienda vestida
como un esquimal.
—¿Vas a llevarme hoy la contraria en todo, señorita? —Me mira con
sus ojos marrones y yo le devuelvo la mirada de enfado, pero estoy demasiado
cansada para discutir.
Me acurruco contra su pecho. Es un capullo arrogante y difícil, pero
estoy enamorada de él hasta la médula y no hay nada que pueda hacer al

respecto.




HOLA!!! ENSERIO DISCULPENME ... ANDO CON COSAS DE LA TESIS Y NO TENGO TIEMPO, EN VERDAD LO SIENTO ...APARTE DE QUE EN LA OTRA NOVE NO HABIA MAS QUE DOS COMENTARIOS POR ESO TAMBIEN NO SUBIA, PARA VER SI POR LO MENOS ALGUIEN LLENABA LOS TRES ... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA .. ADIOS :))