domingo, 2 de agosto de 2015

....16 y 17


CAPITULO 16.-
Entramos en el Lusso cogidos de la mano y Clive nos intercepta en el acto.
Me mira muy mal. Le pido perdón con una sonrisa y veo que los de
mantenimiento han reparado mi travesura.
—Señor Kaulitz —dice con cautela.
¿Tiene miedo de que le caiga la bronca por haberme dejado escapar?
Me vería obligada a defenderlo si Tom intenta regañarlo. No es su trabajo
hacer de carcelero.
—Clive. —Tom lo saluda con un gesto de la cabeza y me conduce al
ascensor sin decirle nada más al pobre hombre.
Se cierran las puertas y me acorrala contra la pared. Su cuerpo me
cubre por completo. La punzada a la que tanto me he acostumbrado da
justo en la entrepierna y me caliento al instante. Me mete una pierna entre
los muslos, la levanta y roza todo mi sexo. Sólo con eso ya empiezo a
jadear.
—Has cabreado al conserje —susurra con los labios pegados a los
míos. Nuestros alientos ardientes se funden en los milímetros que separan
nuestras bocas.
—Mierda —me obligo a decir entre respiraciones entrecortadas.
Me besa con fuerza. Asalta mi boca con decisión y frota su erección
contra mí. Dios, quiero arrancarle la ropa. Ahora, esto no tiene nada que
ver con hacer el amor... Tampoco es que vaya a quejarme.
—¿Por qué no te has puesto un vestido? —pregunta, malhumorado,
metiéndome la lengua.
Eso mismo quiero saber yo. Me lo habría subido a la cintura y Tom
ya estaría dentro.
—Me estoy quedando sin vestidos.
No he llevado nada a la tintorería desde que llegué, y casi toda mi
ropa sigue en casa de Kate.
Gime en mi boca.
—Mañana sólo compraremos vestidos. —Me levanta con las caderas
y vuelve a frotarse contra mi sexo.
Suspiro de placer, puro y desinhibido.
—Mañana compraremos un vestido —digo desabrochándole el
cinturón.
Se separa de mi boca y me roza con la frente húmeda. Los ojos le
brillan y se humedece los labios. Lo acaricio por encima de los pantalones
con el dorso de la mano y se revuelve y palpita cuando mi lengua recorre
su labio inferior. Le bajo la bragueta y libero su miembro erecto, luego lo
cojo por la base y aprieto un poco.
Cierra los ojos con fuerza.
—Tu boca —me ordena con dulzura.
Me apunto. No me canso de él. Necesito que haga lo que sabe hacer y
borre toda la mierda del día.
Las puertas del ascensor se abren al llegar al vestíbulo del ático y me
alegro de que sea el único ascensor que llega hasta aquí. Deslizo la espalda
pared abajo hasta que me encuentro en cuclillas delante de él, pero su
polla, ardiente y palpitante, no es lo único que llama mi atención. Ahí está
su cicatriz. Me he prometido no volver a preguntar por ella pero no puedo
evitar sentir curiosidad, especialmente después de lo que me ha dicho John.
Levanto la vista y sus brazos están firmemente apoyados en la pared, por
encima de la cabeza. Me mira fijamente.
—¿A qué esperas? —dice, y empuja las caderas hacia adelante con
impaciencia.
Me olvido de la cicatriz misteriosa y recuerdo la última vez que hice
esto. Fue un bestia. ¿Volverá a portarse así?
Me aparto de su mirada sensual y relajo la mano que sostiene su polla
palpitante. Lamo una gota de semen de su glande hinchado y, muy
despacio, muevo la mano. Gime desde lo más profundo de su garganta y
las caderas le tiemblan ligeramente. Sé que quiere metérmela entera en la
boca. ¿Se contendrá?
Se le acelera la respiración con cada caricia y su abdomen sube y baja
ante mis ojos. Cuando lo oigo maldecir, le chupo los huevos antes de
deslizar la lengua de abajo arriba, levantándome un poco para poder llegar
hasta la punta.
—Métetela toda, _____ —jadea.
La puerta del ascensor se cierra y Tom le pega un puñetazo al botón y
vuelve a apoyar la mano en la pared.
Rodeo el glande con los labios y dibujo delicados círculos con la
lengua. Se estremece. Me encanta hacerle esto. Me encanta provocar los
gemidos que salen de su boca y observar cómo reacciona su cuerpo.
Espero a que empuje hacia adelante pero no lo hace. Se está
conteniendo. La tensión de su cuerpo se extiende hasta el mío a través de
nuestras caricias. Las caderas le tiemblan un poco. Pongo fin a su agonía y
me la meto entera, hasta que choca contra el fondo de mi garganta. Parece
de terciopelo. Reprime un rugido cuando me la saco, envuelta en mis
labios, y me la vuelvo a meter. Esta vez, empuja con las caderas y mi
cabeza choca contra la pared. No hay escapatoria. Me cubre la coronilla
con las manos para protegerla y empuja hacia adelante con un grito. Echa
la cabeza atrás y entra y sale de mi boca con determinación.
Me acuerdo de que tengo que relajarme. Me estoy esforzando al
máximo para no vomitar. Dejo que mis manos exploren sus caderas,
encuentran su culo y le clavo las uñas en las nalgas tersas.
—¡Más! —Su voz es severa y bestial. Se las clavo más aún—. Joder,
____...
Sigue entrando y saliendo y sé que está a punto. Dejo una mano en su
culo y con la otra le agarro de los huevos. Ya está.
—¡Joder! —grita sacándola para sujetársela firmemente por la base
—. Estate quieta y abre la boca. —Me taladra con la mirada.
Obedezco sin soltarle los huevos, abro la boca y lo miro a los ojos.
Entra y sale a toda velocidad. Los músculos de su cuello se tensan y con un
grito ahogado apoya el enorme glande en mi labio inferior y descarga un
líquido caliente y cremoso que golpea el fondo de mi garganta e inunda el
interior de mi boca. Trago por instinto.
Aminora el ritmo y le suelto los huevos. Le acaricio el interior de los
muslos hasta que encuentro su mano, la cojo y los dos relajamos su polla
hasta que se calma mientras yo chupo su esencia salada que se me sale de
la boca.
—Quiero una de éstas todos los días durante el resto de mi vida. —Lo
dice con cara de póquer y en tono muy serio. Espero que se refiera a mí—.
Y quiero que me la hagas tú —añade como si me hubiera leído el
pensamiento.
Sonrío y me centro en su erección de acero, que sigue contrayéndose
en nuestras manos. Chupo y lamo hasta la última gota y luego le doy un
beso tierno en la punta.
Relaja la mano y lo suelto.
—Ven aquí. —Me levanta y me abraza contra su pecho—. Os quiero a
ti y a tu sucia boca —me dice con dulzura mientras me da un beso de
esquimal.
—Lo sé.
Le subo la bragueta y le abrocho los pantalones. Me deja hacer.
—Pierdes el tiempo —dice—. Estarán en el suelo en cuanto te haya
metido en casa.
Luego me coge de la mano, me saca del ascensor y me lleva al ático.
Abre la puerta y un delicioso aroma invade mis fosas nasales.
—¡La cena!
Se me había olvidado por completo. Gracias a Dios, apagué el horno
antes de salir, si no, ahora esto estaría lleno de camiones de bomberos y
más facturas de mantenimiento.
Me conduce a la cocina y me suelta la mano para coger una manopla.
Se la pone y saca una fuente con una hermosa lasaña demasiado hecha y la
tira a un lado, mientras niega con la cabeza.
—Tengo asistenta y cocinera y, aun así, te las apañas para quemar la
cena. —Me mira con una ceja arqueada.
Con nuestros gritos y la consiguiente reconciliación me había
olvidado de la pobre mujer con la que fui tan maleducada. Tendré que
pedirle disculpas. Seguro que cree que soy una hija de perra.
—¿Volverá? —pregunto, culpable.
Se ríe.
—Eso espero. —Pincha la crujiente capa superior de la lasaña—. La
lasaña de Cathy es una delicia.
Me mira.
—Parece que habrá que buscar otra cosa para cenar.
Aparta la fuente y avanza como un depredador hacia mí. Su mirada
cafe y hambrienta está cargada de placenteras promesas. Me pasa un
brazo por la espalda sin dejar de caminar y me lleva firmemente apretada
contra su pecho. Le paso los dedos por la mata de pelo suave y despeinado
y frunzo el ceño cuando deja atrás la escalera y se dirige a la terraza.
—¿Adónde vamos?
—Un polvo al fresco —dice, y me besa con fuerza—. Hace una noche
preciosa. Vamos a aprovecharla.
Me lleva a la terraza y cruzamos las losas de piedra caliza en
dirección a la tarima. La brisa fresca de la noche trae los sonidos de
Londres, altos y claros. Me suelta y empieza a desabrocharme la blusa. A
sus dedos les cuesta encontrar los diminutos botones dorados, y se
concentra tanto que aparece la arruga de la frente. Le quito el cinturón y le
bajo la bragueta. Luego me centro en su camisa. La desabotono lentamente
hasta que su delicioso y cálido pecho está bajo las palmas de mis manos.
Con el pulgar, trazo círculos sobre sus pezones y él suelta el último botón
de mi camisa antes de pasar a los pantalones.
—Fanfarrona —musita entre besos mientras sus manos buscan el
cierre de mi pantalón.
Es cruel, pero lo dejo buscar. Prueba en la parte delantera y luego en
la espalda y, cuando no lo encuentra, ruge:
—¿Dónde está la cremallera?
Llevo sus manos al cierre lateral de mis pantalones, me los baja y me
levanta del suelo para que pueda quitarme los zapatos.
—Otra razón para comprar sólo vestidos —protesta mientras me quita
la blusa—. Todo lo que no me ofrezca acceso inmediato a ti tiene que
desaparecer.
Sonrío para mis adentros. Ahora está pasando por encima de mi
guardarropa.
El aire frío choca contra mi piel y endurece aún más mis pezones.
Tom da un paso atrás y se quita los zapatos, los calcetines, los pantalones
y la camisa abierta sin dejar de recorrer mi cuerpo con la mirada.
—Encaje —dice con gesto de aprobación, y luego se baja los bóxeres.
Su polla salta libre y lista, otra vez. Quiero arrodillarme y volver a
saborear sus delicias en mi boca, pero las apremiantes punzadas de mi
entrepierna reclaman mi atención. Me desabrocho el sujetador y lo dejo
caer al suelo de madera, y en un segundo tengo su cuerpo sobre el mío y su
aliento en la cara.
Desliza un dedo bajo el elástico de mi ropa interior y me roza el
clítoris. Echo la cabeza sobre su pecho y le clavo las uñas en los brazos
para no caerme por las descargas eléctricas que provocan sus caricias.
—Estás mojada —dice con la voz muy grave y ronca, despacio,
mientras su dedo dibuja círculos y aplica presión cuando llega a la punta de
mi clítoris—. ¿Sólo conmigo?
Quiere que responda a la pregunta.
—Sólo contigo —jadeo.
El gruñido de satisfacción que escapa de su boca vibra en la brisa
nocturna. Siempre seré suya.
Levanto la cabeza y su boca cubre la mía y le exige que se abra
mientras me baja las bragas. Dejo escapar un pequeño gemido. Su sabor es
adictivo y correspondo a cada lametón, a cada caricia, hasta que se aparta.
Se arrodilla delante de mí, apoyo las manos sobre sus hombros y me baja
las bragas por las piernas. Me da un toque en el tobillo para que levante el
pie y repite la misma operación en el otro. Me coge de las caderas y yo
respondo a su caricia con mi respingo habitual. Entierra la nariz en mi
vello púbico y bendice mi sexo con una caricia larga, lenta, ardiente e
insoportable.
Gimo, y mis rodillas ceden y aparece en la punta de mi sexo una
presión que es casi dolorosa.
Se abraza a mis caderas con fuerza y sigue acariciando sin piedad el
centro de mi cuerpo hasta que llega a mi cuello y luego a mi boca, que toma con pasión entre gemidos.
Se despega de mis labios, me clava la mirada y sus ojos cafeces calan
en mí.
—Eres mi vida. —Sus palabras me llegan al corazón y su boca toma
la mía con veneración y delicadeza. Me acaricia el trasero con las palmas
de las manos y desciende por mis caderas. Tira de mi pierna por debajo de
la rodilla para que rodee con ella su cintura. Se aparta. Me deja respirar—.
¿Me quieres? —pregunta, mientras su mirada busca la mía.
Qué tontería.
—Sabes que sí —susurro.
—Dilo. Necesito oírtelo decir. —Hay una puntilla de desesperación en
su voz.
No lo pienso dos veces.
—Te quiero —digo, y le beso los labios carnosos y húmedos y le
rodeo el cuello con los brazos. Luego doy un pequeño salto y me agarro
con las piernas a su cintura—. Siempre te querré.
Lo miro fijamente a sus preciosos ojos cafeces mientras él se coloca en
la entrada a mi cuerpo. Permanece un segundo ahí, luchando por no
sumergirse de pleno en mí.
—¿Me necesitas? —pregunta.
—Te necesito. —Sé que eso lo satisface casi tanto, o más, que un «te
quiero».
—Siempre —confirma, y luego se introduce lentamente en mí con un
movimiento paciente, y nuestra unión nos corta la respiración a ambos.
Me abraza mientras recuperamos el aliento, se acerca a una tumbona y
me recuesta en ella, sin separarse de mí para que permanezcamos unidos.
Nunca lo había visto mirarme con tanta sinceridad en los ojos.
—¿Has visto lo perfectamente bien que encajamos? —Se retira
despacio y vuelve a entrar, suave y firme, marcando la pauta, de lo que está
por llegar. Quiere hacerme el amor de verdad—. ¿Lo notas? —me pregunta
con cariño, repitiendo el ardiente movimiento y exacerbando la necesidad
que tengo de él.
—Sí —confirmo en voz baja. Lo noto desde la primera vez que
conectamos, incluso desde la primera vez que nuestras miradas se
cruzaron.
Continúa con sus estocadas lentas y contenidas, y yo llevo mis manos
a su espalda, dibujando figuras asimétricas sobre su piel firme. Me besa en
los labios.
—Yo también. Vamos a hacer el amor.
Me concentro en absorberlo y él sigue entrando y saliendo, moviendo
las caderas en círculos y acercándome al clímax. Me mira con devoción,
con adoración. Nuestras miradas se funden, ardientes. Su paciencia y su
fuerza de voluntad para mantener este ritmo tan sensual hacen que lo
quiera aún más. Sabe hacer el amor como nadie.
La arruga de la frente le resplandece de sudor a pesar del aire frío de
la noche. Le cojo la cara con las manos para que no baje la mirada y su
cuerpo vibra y tiembla sobre mí. Palpita en mi interior e, instintivamente,
mis músculos se contraen alrededor de él. Se le acelera la respiración.
—Por Dios, _____ —gime hundiéndose y clavándose entero en mí. Las
caricias precisas con las que colma mi pared anterior hacen que me muera
de ganas de levantar las caderas y capturar el orgasmo que se aproxima.
—No puedo aguantar más —gimo.
—Juntos —dice tragando saliva, y tenso los muslos cuando me
penetra de nuevo, esta vez menos controlado. Respira aceleradamente y
apoya la frente en la mía mientras recupera el control con otra deliciosa
embestida.
—Ya estoy, Tom —gimoteo al sentir que mi autocontrol desaparece.
Con un grito estallo en mil pedazos debajo de él.
Acelera el ritmo para que saltemos juntos al abismo.
—¡Dios! —grita con una última penetración, apretándose con fuerza
contra mi sexo antes de desplomarse sobre mí y unirse a mi estado de
semiinconsciencia. Su erección salta y palpita cuando se corre dentro de
mí.
—Jodeeeeeeer —mascullo en voz baja con los ojos cerrados,
satisfecha y relajada. Este hombre tiene acceso directo al botón de mis
orgasmos.
—Esa boca —susurra junto a mi cuello, agotado—. ¿Crees que podrás
parar de decir tacos algún día?
—Sólo suelto tacos cuando te comportas de un modo imposible o
cuando me colmas de placer —me defiendo, y dibujo la palabra «joder» en
su espalda con la punta del dedo.
Se recuesta sobre un codo para poder mirarme a los ojos. Luego
dibuja con su dedo «esa boca» en mis tetas antes de besarme los pezones.
Sonrío cuando me mira, juguetón. Los ojos le brillan cuando me muerde el
pezón erecto.
—¡Ay! —Me echo a reír.
Lo suelta y traza círculos húmedos con la lengua por mi pecho y luego
me coge de la cadera. Doy un respingo cuando vuelve a morderme el
pezón. Mi cuerpo se pone rígido en un abrir y cerrar de ojos cuando
comprendo a qué juega.
—¡Ni se te ocurra! —grito cuando empieza a masajear mi cadera con
la punta de los dedos sin que sus dientes suelten mi pezón.
Cierro los ojos y pataleo intentando frenar el impulso reflejo de
arquearme y tirarlo al suelo.
—¡Tom, para, por favor! —Se ríe a carcajadas y aumenta la presión
en mi cadera y en mi pezón—. ¡Por favor! —chillo entre risitas nerviosas.
El pezón me dolería si no me estuviera distrayendo con las cosquillas de la
cadera. ¡Me está volviendo loca!
Mis pulmones me dan las gracias a gritos cuando suelto el aire
acumulado y hago acopio de fuerzas para ignorar su tortura. Me pongo
rígida debajo de él y, pasada una eternidad, deja en paz la cresta de mi
pelvis y empieza a chuparme el pezón para devolverlo a la vida.
—Te espera un polvo de represalia —le digo.
Vuelve a hundir los dedos encima del hueso de la cadera.
—¡_____! —me regaña un instante, y vuelve a centrarse en mis tetas.
Exhalo aliviada y cierro los ojos mientras Tom se prodiga con la lengua.
»Estás temblando —masculla contra mi pecho—. Te llevaré adentro.
Se levanta y gruño a modo de protesta. Le doy un tirón para que
vuelva a mí. Se echa a reír y me muerde la oreja.
—¿A gusto?
—Mmm. —No puedo hablar.
—A la cama —dice, y me levanta para que pueda cogerme a él.
—Tienes que comer —replico; que yo sepa, hoy sólo ha comido
medio tarro de mantequilla de cacahuete y medio sándwich. No creo que
haya tomado nada más. Necesita comer.
Se pone de pie y me lleva al interior.
—No tengo hambre. ¿Y tú?
La verdad es que yo tampoco.
—No, pero prométeme que desayunarás en condiciones.
—Te lo prometo.
—Vale, llévame a la cama, mi dios —digo, y sonrío contra su hombro
cuando noto que se ríe por lo bajito.
Me deja en la cama y, en cuanto se ha acostado a mi lado, me
acurruco contra su pecho. Me besa el cabello antes de ponerme una mano
en el culo. Me arrimo más a él; no consigo estar lo bastante cerca. Como
siempre, no puede haber distancia entre nosotros.

CAPITULO 17.-
Me despierto con Tom dentro de mí, con su pecho contra mi espalda. Me
está sujetando por la cintura y me penetra con decisión. Mi cerebro no es lo
único que se despierta. Mi cuerpo da la alarma y enrosco los dedos en su
pelo, arqueo la espalda y vuelvo la cabeza hasta encontrar su boca.
Lo dejo que se apodere de la mía. Nuestras lenguas se retuercen como
salvajes mientras él entra y sale a toda velocidad. Empujo hacia él con
cada penetración y me lleva cada vez más lejos.
—_____, no me canso de ti —jadea contra mi boca—. Prométeme que
no me dejarás nunca.
¡Ni loca!
—No te dejaré. —Lo cojo del pelo y tiro para que su boca vuelva a la
mía. Me encanta su boca, incluso cuando se pone imposible y quiero
cosérsela.
Tom necesita que le diga constantemente que no me voy a ir a
ninguna parte. ¿Me lo hará jurar siempre? Mi respuesta no va a cambiar,
pero lo que quiero es que lo crea y que no tenga que preguntármelo cada
dos por tres.
Me aparto para mirar a mi hombre inseguro. Muestra una confianza
en sí mismo apabullante en todo menos en eso.
—Créeme, por favor.
Mantiene los embates firmes y fuertes mientras me mira pero no dice
nada. Necesito saber que me cree. Me ofrece una pequeña sonrisa antes de
volver a fundir nuestras bocas y aumentar el ritmo de sus embestidas aún
más. Lo intento con todas mis fuerzas pero no puedo seguir con la boca
pegada a la suya cuando me está penetrando con tanta intensidad. Lo
suelto, agacho la cabeza y me agarro al colchón para no caerme mientras
tira de mí sin parar.
El hilo se tensa y se rompe y los dos gritamos al mismo tiempo. Entra
y sale de mí a un ritmo frenético y me lanza a un abismo sin fin de placer
absoluto. Intento recobrar el aliento, mi corazón lucha por recuperar el
control y mi cuerpo se convulsiona a su aire. Tom maldice y se arquea una
vez más; luego, la ardiente sensación de su orgasmo me inunda.
—Por Dios santo —suspira saliendo de mí y echándose de espaldas.
Me doy la vuelta y me subo encima de él, con las piernas abiertas
sobre sus caderas y tumbada sobre su pecho. Hundo la cara en su cuello.
—Eso no ha sido sexo soñoliento —digo mientras beso la vena
palpitante de su cuello.
—¿No? —jadea.
—No. Eso ha sido un puto polvo soñoliento —hago una mueca al
percatarme de que acabo de soltar un taco y ni siquiera me he levantado
todavía.
—Por el amor de Dios, _____, ¡no digas más tacos! —masculla,
frustrado.
Tengo que averiguar qué le pasa a mi boca. Normalmente nunca digo
tacos. ¡Es culpa suya!
—Perdona. —Le doy un mordisco en el cuello y succiono un poco.
—¿Estás intentando marcarme? —pregunta sin detenerme.
—No, sólo te estaba saboreando.
Me mira, me besa en la boca y sus enormes brazos me rodean la
espalda.
—¿Desayunamos?
Tengo hambre y quiero que Tom coma algo, pero la verdad es que no
me apetece moverme de la cama. Le doy un rápido beso en los labios y me
deslizo por su cuerpo hasta que estoy recostada bajo su axila.
—Estoy muy a gusto —digo. La punta de mi dedo lo acaricia desde el
pecho hasta la cicatriz, de arriba abajo y vuelta a empezar.
—Te quiero, señorita. —Flexiona una rodilla y me deja salirme con la
mía. Qué novedad.
—Lo sé.
—¿De verdad? —pregunta, no muy seguro
La pregunta me pilla por sorpresa. Pues claro que lo sé. Me lo dice a
todas horas, y si me quiere tanto como yo a él, me quiere muchísimo.
Infinito, en realidad. Por favor, no me digas que también duda de eso. Lo
miro.
—Sí.
Me sube encima de él y luego me pone de espaldas contra el colchón.
Me sujeta por las muñecas y me mira desde arriba.
—No sé si lo sabes —replica. Su mirada es ardiente y está muy serio.
¿A qué viene esto ahora?
—Me lo dices siempre. Claro que lo sé. —Intento soltarme las
muñecas para poder cogerle la cara pero no me libera.
—Las palabras no bastan, _____. —Está muy, muy serio.
—¿Por eso me pones a prueba con tu forma imposible de ser? —
pregunto para intentar animarlo.
No me gusta lo abatido que parece. Ojalá no se preocupara pensando
que voy a abandonarlo, intentando que lo quiera y preguntándose si sé lo
mucho que él me quiere. Todo eso quedó claro hace tiempo.
—Todo lo que hago es porque estoy locamente enamorado de ti.
Nunca antes me había sentido así. Nunca. —Casi me está echando la
bronca, como si lo cabreara sentirse de ese modo—. Me vuelvo loco sólo
de pensar que puedo perderte. Se me va la cabeza por completo. Créeme,
soy plenamente consciente. —Me besa en los labios—. Te saco de tus
casillas, ¿no?
¡Dios del cielo! ¿Está reconociendo que es imposible?
—Eres un poco difícil, pero eres mi hombre difícil y te quiero, así que
vale la pena la frustración.
—Tú también eres difícil, señorita —declara, tajante.
Abro unos ojos como platos.
—¿Yo?
¡Este tío está como una regadera!
—Pero yo también te quiero, y vales con creces todos los dolores de
cabeza.
Qué a gusto le llevaría la contraria. En cuanto me da lo que quiero —
el hecho de reconocer cómo es—, destroza el momento acusándome de ser
aún peor que él.
¿Difícil, yo?
Empiezo a defenderme pero me hace callar con sus labios carnosos y
me distraigo al instante. Sabe lo que se hace. Relajo la lengua (la tengo
dolorida de tanto usarla) y me abandono al ritmo de sus caricias. Aún no
me ha soltado las muñecas. Su boca es lo más maravilloso del mundo.
Me da un pico.
—Sabía que eras la mujer de mi vida en cuanto te vi.
¿La mujer de su vida? Esto me interesa. Perseveró de tal manera e
insistió tanto al comienzo de nuestra relación en que debíamos estar juntos
y que yo era suya que me tenía intrigadísima.
Me acaricia la oreja con la nariz.
—La mujer que iba a devolverme a la vida —dice con tono de que es
evidente, ese que usa cuando dice algo que sólo él entiende. ¿Es que estaba
muerto?
—¿Cómo lo supiste? —Parece que hoy tiene ganas de hablar, así que
debo aprovechar y sonsacarle toda la información que pueda.
Me mira directamente a los ojos. Es una mirada cargada de significado.
—Porque mi corazón volvió a latir —susurra.
Se me hace un nudo en la garganta. Me ha dejado de piedra. Lo que ha
dicho es muy serio y muy profundo, y estoy algo abrumada. No sé qué
decir. Este hombre devastador me mira como si fuera lo único que hay en
el universo.
Tiro de las muñecas hasta que me suelta y lo abrazo como si no
hubiera nada ni nadie más en el mundo.
Para mí, no hay nadie más.
No sé cuáles son los porqués ni los detalles que hay detrás de esa
afirmación, pero el poder de esas palabras lo dice todo. No puede vivir sin
mí. Yo tampoco podría vivir sin él. Este hombre es mi mundo.
Permanece muy quieto encima de mí y me deja abrazarlo hasta que
me duele el cuerpo.
—¿Puedo darte de comer? —pregunto cuando mis muslos empiezan a
protestar a gritos.
Me levanta de la cama, todavía aferrada a él, me saca del dormitorio y
me baja por la escalera.
—Se me va a olvidar cómo usar las piernas —digo cuando llegamos
abajo y se dirige a la cocina.
—Entonces te llevaré en brazos a todas partes.
—Ya quisieras. —Sería la excusa perfecta para tenerme todo el día
pegada a él.
—Me encantaría. —Me sonríe y me deja sobre el mármol.
El frío se extiende por mi trasero y me recuerda que los dos estamos
en pelota picada. Admiro su culo perfecto cuando se acerca a la nevera y
coge varias cosas de desayuno y un tarro de mantequilla de cacahuete.
Me bajo de la isleta.
—Se suponía que iba a prepararte yo el desayuno —digo apartándolo
de en medio—. Siéntate —le ordeno a continuación, muy digna.
Me sonríe y coge el tarro de mantequilla de cacahuete antes de
retorcerme el pezón y salir corriendo hacia un taburete.
—¿Qué te apetece? —pregunto metiendo el pan en la tostadora. Me
vuelvo y veo que ya tiene un dedo dentro del tarro.
—Huevos fritos —dice con el dedo en la boca mientras intenta
reprimir la risa.
Miro mi cuerpo desnudo. Debería vestirme si quiere cualquier tipo de
frito. Vuelvo a mirarlo y compruebo que ha perdido la batalla contra la
sonrisa. Está encantado.
—Tú preparas el mío y yo preparo el tuyo.
Recorro su torso desnudo con la mirada y arqueo las cejas.
Se saca el dedo de la boca.
—Salvaje.
Volvemos la cabeza hacia la puerta de la cocina al oír la puerta
principal. Miro a Tom con unos ojos como platos. Tiene el dedo cubierto
de mantequilla de cacahuete suspendido en el aire y la misma cara de
sorpresa que yo.
Salta y, al mismo tiempo, el bote de mantequilla de cacahuete cae de
la isleta y se hace añicos contra el suelo, llenándolo todo de cristales. Me entra el pánico.
—¡Mierda! ¡Es Cathy!
«¡Dios del cielo, ayúdame!»
¡Anoche le arranqué la cabeza y ahora la voy a recibir desnuda! Y,
para colmo, su lasaña quemada todavía está en un rincón de la cocina... Me
va a odiar. No hay forma de salir de la cocina sin que nos vea. Tom está
petrificado, tan atónito como yo. Seguro que a Cathy no le importa pillarlo
como su madre lo trajo al mundo. Aterrizo en la realidad. Dejo de mirar
con ojos golosos a mi hombre y corro al otro lado de la cocina.
—¡Mierda! —chillo al sentir un dolor agudo en el pie—. ¡Ay, ay, ay!
—Sigo andando, pese al dolor.
Tom viene detrás de mí, riéndose a mandíbula batiente mientras los
dos subimos corriendo la escalera.
—¡Esa boca! —dice dándome un azote en el culo.
—¡Santo Dios! —oigo que dice Cathy cuando llegamos a lo alto de la
escalera.
¿Qué pensará de nosotros? Corro en pelota picada al dormitorio y me
escondo debajo de las mantas. Me quiero morir. No voy a poder mirarla a
la cara nunca más.
Tom se sienta en la cama.
—¿Dónde estás? —dice buscando entre las sábanas hasta que
encuentra mi cabeza debajo de una almohada—. Te pillé.
Me da la vuelta y hunde la cara entre mis tetas.
—Has hecho enfadar al conserje y ahora has dejado pasmada a mi
asistenta.
—¡No te rías! —Me tapo la cara con las manos en un gesto de
absoluta desesperación.
Tom se ríe a carcajadas.
—Enséñame esa herida. —Se sienta sobre los tobillos y me agarra el
pie.
—Duele —protesto cuando me pasa el dedo por el talón.
—Te has clavado un cristal, nena. —Me besa el pie y salta de la cama
—. ¿Tienes unas pinzas?
Me quito un brazo de la cara y señalo en dirección al cuarto de baño.
—En el neceser del maquillaje —gruño.
No me puedo creer que la asistenta de Tom me haya pillado desnuda.
Es horrible, soy lo peor. Necesito una bata de estar por casa.
La cama se hunde por el peso de Tom. Me coge el pie.
—No te muevas —me ordena con dulzura.
Contengo la respiración y me tapo la cara sólo con las manos, pero
toda la vergüenza desaparece cuando siento la lengua ardiente de Tom
lamiendo la sangre que brota de mi pie. Su caricia me hace estremecer y
aparto las manos para poder mirarlo. Se me tensan los muslos. Me sonríe,
porque sabe lo que me pasa, y le brillan los ojos. Coge el trozo de cristal
con los labios.
—¿Qué haces?
—Voy a sacarlo —dice con la boca pegada a mi pie. Me succiona el
talón, se aparta antes de coger las pinzas y se centra en lo que tiene entre
manos .
Sonrío al ver cómo la arruga hace su aparición.
—Ya está. —Me da un beso en el pie y lo suelta. La verdad es que
apenas me ha dolido—. ¿De qué te ríes?
—De tu arruga de la frente.
—No tengo ninguna arruga en la frente —replica, ofendido.
—Sí que la tienes.
Se me echa encima.
—Señorita O’Shea, ¿me está usted diciendo que tengo arrugas?
Ahora la sonrisa me llega de oreja a oreja.
—No. Sólo te sale cuando te concentras o cuando estás preocupado.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Vaya. —Frunce el ceño—. ¿La ves ahora?
Me río y me muerde una teta. Me hago una bola debajo de él.
—Vístete —dice, y me besa en los labios—. Iré a ver si Cathy ya ha
dejado de gritar.
Se me hiela la sonrisa en la cara cuando Tom menciona a la pobre
asistenta, que acaba de ver mi culo en primer plano.
—Vale.
—Te veo abajo. —Me da un último beso en la boca—. No tardes.
—Vale —refunfuño como la niña pequeña y gruñona que soy.
Se levanta y se pone un pantalón de pijama de cuadros. Luego me deja
para ir a tranquilizar a la asistenta.
Me doy una ducha para dejar de pensar en la pobre mujer y me pongo
un vestido de flores —que seguro que es demasiado corto— y unas
sandalias planas. Me hago una coleta y lista.
Entro en la cocina nerviosa, avergonzada y temblorosa. Tom me mira
por encima de su plato —un bagel con huevos revueltos y salmón—, y me
dedica una de sus sonrisas. Su pecho desnudo hace que me olvide de que
soy lo peor y me percato de que pone mala cara al ver lo corto que es mi
vestido. Paso de él.
—Aquí está. Cathy, te presento a _____, el amor de mi vida —dice
dando palmaditas en el taburete a su lado.
Cathy se vuelve desde la nevera para mirarme.
Me pongo como un tomate y le pido disculpas con la mirada. Me
siento mucho mejor cuando veo que ella también se ruboriza. He estado tan
preocupada por sentirme tan avergonzada que había olvidado que ella
también se ha llevado un buen susto. Me siento junto a Tom, que me sirve
un poco de zumo de naranja.
—Me gusta tu vestido —sonríe —. Un poco corto pero de fácil
acceso. Nos lo quedamos.
Lo miro horrorizada y le pego una patada en la espinilla. Él se echa a
reír y le hinca los dientes al bagel. Su comportamiento me tiene
anonadada, pero me alegro de que no me haya hecho subir a cambiarme ni
haya proscrito al pobre vestido para siempre.
—Encantada de conocerte, _____. ¿Quieres desayunar? —me dice
Cathy. Su voz es cálida y amable. No me lo merezco.
—Igualmente, Cathy. Me gustaría mucho, gracias.
—¿Qué te apetece? —Me sonríe. Tiene un rostro muy dulce.
—Tomaré lo mismo que Tom, por favor.
No me sorprendería si se da la vuelta y me dice que me meta el bagel
por el culo, pero no lo hace. Asiente y sigue con lo suyo.
Cojo mi vaso de zumo y a continuación miro a Tom. Está muy
satisfecho. Me alegro de que mi vergüenza le haga tanta gracia. Seguro que
no estaría tan tranquilo si Cathy fuera un hombre. Acerco la mano a su
regazo, la meto por debajo del pantalón y le cojo la polla. Da un salto, se
golpea la rodilla con el mármol y se atraganta con la comida. Cathy se da
la vuelta, asustada de ver a Tom atragantándose, y corre a ofrecerle un
vaso de agua. Él lo coge y hace un gesto de agradecimiento.
—¿Estás bien? —pregunto muy preocupada mientras le acaricio la
polla erecta muy despacio.
—Sí, estoy bien. —Su voz es aguda y forzada.
Cathy se va a preparar mi desayuno y yo sigo siendo mala con la
entrepierna de él. Deja el bagel, respira hondo y me mira con los ojos muy
abiertos.
Ignoro su cara de sorpresa y le paso el pulgar por el glande húmedo
antes de volver a la base. La siento latir en mi mano y está húmeda por el
semen que escapa por la punta. Lo recojo y lo deslizo arriba y abajo por su
erección de acero.
Lo miro.
—¿Bien? —digo, y sacude la cabeza de desesperación.
Estoy en mi salsa. Esto no había pasado nunca. Debe de tenerle mucho
respeto a Cathy, porque sé que, con cualquier otra persona delante, a estas
alturas ya me habría sacado en brazos de la cocina.
—Aquí tienes, _____ —Cathy me sirve mi desayuno.
Suelto a Tom como si fuera una brasa y me meto el pulgar en la boca
antes de centrarme en mi desayuno. Él coge aire y me clava la mirada.
—Gracias, Cathy —digo alegremente.
Le doy un gran mordisco a mi bagel.
—Cathy, esto está delicioso —le digo mientras ella mete los platos en
el lavavajillas. Me mira y sonríe.
Los ojos de Tom siguen clavados en mí mientras disfruto de mi
bagel, así que me vuelvo despacio para enfrentarme a él y me encuentro
con que su cara es una mezcla de horror y sorpresa.
Enarca las cejas y, con un gesto de la cabeza, señala la puerta de la
cocina.
—Arriba, ahora —dice levantándose—. Gracias por el desayuno,
Cathy. Voy a ducharme. —Me mira y yo asiento.
—De nada —responde Cathy—. ¿Tienes la lista de mis tareas de hoy?
Estoy falta de práctica y veo que no has hecho nada de nada, salvo romper
puertas y agujerear paredes. —Se seca las manos en un trapo de cocina y le
dedica a Tom una mirada de desaprobación.
Él no se vuelve para mirarla a la cara porque está ocultando la enorme
tienda de campaña que la erección levanta en sus pantalones. Mentalmente,
me anoto un tanto. Qué bueno...
—¡_____ te lo dirá en cuanto me haya ayudado con una cosa que debo
hacer arriba! —grita por encima del hombro antes de desaparecer.
¿Yo? No sé qué es lo que hace Cathy ni qué quiere él que haga hoy, y
tampoco tengo la menor intención de seguirlo escaleras arriba y terminar
lo que he empezado.
Me quedo sentada en mi sitio y respiro hondo para reunir la confianza
en mí misma que necesito.
—Cathy, quería disculparme por lo de ayer y por lo de antes.
Pone cara de no darle importancia.
—No te preocupes, cariño. De verdad.
—Ayer fui una maleducada, y antes... en fin... No sabía que iba a venir
nadie. —Me arden las mejillas mientras me como el último bocado de
bagel.
—______, de verdad, no te preocupes. Tom me dijo que habías tenido un
día horrible y que olvidó decirte que iba a venir hoy. Lo entiendo. —Me
sonríe y se sacude el polvo del delantal. Es una sonrisa sincera. Me cae
bien Cathy. Tiene aspecto de buena persona, con el pelo corto y gris, sus
faldas de flores y su cara dulce.
—No volverá a ocurrir —digo. Llevo el plato al lavavajillas y, cuando
voy a abrirlo, ella me lo quita de las manos antes de que haya podido
meterlo.
—Ya me encargo yo. Tú sube y ayuda a mi chico con lo que sea que
necesite de ti.
Sé exactamente para qué me necesita y no pienso ir a ninguna parte.
Que se las arregle solito. Me mata decirle que no, pero su cara era para
morirse.
—Ya se las apañará.
—De acuerdo. ¿Repasamos mi lista de tareas? Tengo un día para cada
cosa, pero he estado fuera tanto tiempo que más vale empezar de cero. —
Saca un cuaderno y un lápiz del bolsillo del delantal y se prepara para
tomar notas—. Debería comenzar por lavar y planchar la ropa.
—La verdad es que no lo sé. —Me encojo de hombros—. No vivo del
todo aquí —le susurro.
Me gustaría añadir que he sido secuestrada y me han obligado a
mudarme en contra de mi voluntad.
—¿Ah, no? —Está perpleja—. Mi chico ha dicho que sí.
—Es una conversación que tenemos pendiente —le explico—. No le gusta
que le digan que no. Al menos, que yo le diga que no.
La frente brillante de la mujer se llena de arrugas.
—¿Qué me dices? ¡Pero si mi chico es un amor!
Me atraganto.
—Sí, eso me han dicho. —Si alguien más me dice que es un amor, un
tío que se toma las cosas con calma y tal, voy a vomitar.
—Es muy agradable tener a una mujer en casa —dice cogiendo un
limpiador de debajo del fregadero—. Mi chico necesita una chica —añade
para sí.
Sonrío al ver el afecto con el que Cathy habla de Tom. Me pregunto
cuánto hace que trabaja para él. Tom dijo que era la única mujer sin la que
no podía vivir, aunque sospecho que las cosas han cambiado.
Rocía el mármol con limpiador antibacterias y le pasa el trapo.
—Si lo prefieres, esperaré a Tom.
—Sí, gracias —digo—. Tengo que hacer unas llamadas. —Mi móvil
se está cargando, pero no veo mi bolso—. Cathy, ¿has visto mi bolso?
—Te lo he guardado en el armario ropero, cariño. Ah, y le he pedido a
Clive que se encargue de la puerta del ascensor.
Qué vergüenza.
—Gracias.
Cojo el móvil y voy a buscar mi bolso. Seguro que piensa que, además
de maleducada, soy una desordenada, una vándala y una exhibicionista.
Encuentro el bolso y miro el móvil. Tengo dos llamadas perdidas de
mamá y un mensaje de texto de Matt. Qué pesadez. Debería borrarlo, pero
me puede la curiosidad.
No sé qué me pasó. Lo siento. Bss.
Se me ponen los pelos de punta y borro el mensaje. Sólo me faltaría
que lo viera Tom. Ya me ha pedido perdón otras veces, y lo que me tiene
mosca es cómo se ha enterado de que estoy saliendo con Tom. Debería
llamar a mi madre antes que nada, pero tengo una amiga que tiene mucho
que contarme. Tarda en contestar. Sé que estará mirando la pantalla y
preguntándose qué decir.
—¡Eres socia! —la acuso directamente cuando contesta.
—¿Y? —Va a hacer como que no tiene importancia, pero sé que la
pregunta le molesta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no es asunto tuyo.
—¡Gracias! —Estoy muy ofendida. Nos lo contamos todo.
—Es pura diversión, _____. —La noto impaciente.
Ya he oído eso antes pero sé que no es toda la verdad. Sé que le gusta
Georg, y no entiendo cómo el hecho de sumergirse en su estilo de vida va a
ayudarla a conseguir lo que quiere. Es un desastre en potencia.
—No te lo crees ni tú. ¿Por qué no quieres admitir que hay más?
—¿Qué quieres decir? —Parece sorprendida, sorprendida de que me
haya atrevido a hacer la pregunta del millón.
—Que Georg te gusta de verdad —le digo, ya harta.
Se burla.
—¡No!
—No tienes arreglo.
¿Por qué no se traga el orgullo y lo admite? ¿Qué daño va a hacerle?
A mí me lo puede contar.
—Hablando de no tener arreglo, ¿qué tal Tom? Joder, ______, ¡ese
hombre tiene un buen gancho!
Me echo a reír.
—Ya ves. Matt intentó besarme antes de que llegara él. Luego le dijo
a Tom que nos habíamos besado. Estoy segura de que Matt se ha
despertado con un ojo morado.
—¡Me alegro! —Kate se ríe, y yo no puedo evitar la sonrisita de
satisfacción que brilla en mi cara. Se lo tenía merecido.
—Sabe lo de Tom con la bebida —añado, y ahora ya no me río.
—¿Cómo? —inquiere; está tan sorprendida como yo.
—Ni idea. Oye, tengo que llamar a mi madre. Te veo luego.
—¡Claro! —Está emocionada. A mí, en cambio, no me hace ninguna
ilusión la cena de esta noche—. ¡Allí nos vemos!
—Adiós. —Cuelgo y marco el número de mi madre antes de que
mande una partida de búsqueda.
—¿_____? —Su voz chillona me hiere los tímpanos.
—¡Mamá, no grites!
—Perdona. Matt ha vuelto a llamar.
«¿Qué?»
Voy a la sala de estar y me siento. Cualquier esperanza de que mi
madre me animara acaba de irse al infierno.
—______, dice que te has ido a vivir con un alcohólico empedernido que
tiene muy mal carácter. ¡Le pegó una paliza a Matt!
Me hundo en una silla y levanto la vista al cielo tremendamente
cabreada. ¿Por qué no puede ese gusano de mierda volver al agujero oscuro
del que salió y morirse de una vez?
—Mamá, por favor, no vuelvas a hablar con él —suplico.
No se puede ser más rastrero, mira que soltarles esa mierda a mis
padres. Lo único que ha conseguido es que me reafirme en mis
conclusiones: es una serpiente mentirosa.
—Pero ¿es verdad? —insiste ella, y me la puedo imaginar
compartiendo una mirada de preocupación con mi padre.
—No exactamente. —No puedo mentir del todo. Algún día averiguará
dónde estoy—. No es como dice Matt, mamá.
—Entonces ¿qué pasa?
No puedo contárselo por teléfono. Hay demasiadas explicaciones que
dar y no quiero que juzgue a Tom. Quiero matar a Matt.
—Mamá, tengo que irme a trabajar —digo. Una mentirijilla no la
matará.
—______, estoy muy preocupada por ti.
Ya lo noto. Odio a Matt por hacerme esto, pero su mensaje decía que
lo sentía. ¿Eso fue antes o después de llamar a mis padres y ponerlos al
corriente de mi vida amorosa? Debería enviar a Tom a que le partiera la
cara otra vez.
—Mamá, no te preocupes, por favor. Matt quería que volviera con él.
Se me echó encima mientras recogía las cosas que aún tenía en su casa y la
cosa se puso muy fea cuando lo rechacé. Tom sólo me estaba protegiendo.
—Intento darle los titulares y omito a propósito las partes que lo pueden
dejar mal. Hay unas cuantas.
—¿Tom? ¿No es ése el hombre con el que estabas cuando te llamé el
fin de semana pasado?
—Sí —suspiro.
—Entonces no es sólo un amigo. —Lo dice en tono de reproche. Ha
descubierto mi mentira piadosa y no le ha hecho ninguna gracia.
—Hace poco que salimos. No es nada serio. —Intento quitarle
importancia y me río para mis adentros. Ni yo misma me creo lo que acabo
de decir.
—¿Y es alcohólico?
Doy un suspiro de hastío que sé que no le gusta un pelo.
—No es alcohólico, mamá. Matt está despechado, no le hagas ni caso
y no vuelvas a cogerle el teléfono.
—Esto no me gusta nada. Cuando el río suena, agua lleva, ______.
La verdad es que se la oye disgustada, y lo entiendo. Nunca me he
alegrado tanto de que vivan tan lejos. No creo que pudiera mirarla a la
cara.
—Tu hermano estará pronto en Londres —añade amenazante. Sé que
en cuanto me cuelgue va a llamar a Dan para contarle las novedades.
—Lo sé. Tengo que dejarte —insisto.
—Vale. Te llamo el fin de semana —dice de un tirón—. Cuídate
mucho —añade con más dulzura. Nunca le gusta terminar mal una
conversación.
—Lo haré. Os quiero.
—Nosotros a ti también, ______.
Dejo el teléfono sobre mi regazo y me quedo mirando las musarañas.
¿Va a seguir jodiéndome la vida? La tentación de llamar a la madre de
Matt es enorme. Nunca he sido de su agrado ni ella del mío. Su precioso
hijito adorado lo hace todo bien, así que llamarla para contarle la de
cuernos que me ha puesto sería inútil. Dios, a mis padres les va a dar un
ataque.
Cierro los ojos e intento borrar de mi mente a los ex novios odiosos y
a los padres preocupados. Nada, no funciona. Cuando vuelvo a abrirlos,
Tom me está mirando con las manos apoyadas en los reposabrazos de la
silla. Su enorme sonrisa desaparece en cuanto ve mi expresión.
—¿Qué ocurre? —pregunta, muy preocupado.
No quiero decírselo. Lo último que necesito es volver a lo que pasó
ayer.
—Cuéntamelo. No más secretos.
—Vale —digo cuando se pone en cuclillas para que nuestros ojos
queden a la misma altura.
Me coge la mano.
—Venga, cuéntamelo.
No quiero empezar el día a malas con la furia de Tom.
—Matt llamó a mis padres y les ha contado que estoy viviendo con un
alcohólico empedernido que le pegó una paliza —suelto lo más rápido que
puedo, y me preparo para la tormenta.
Se demuda y se muerde el labio inferior. He cambiado de opinión, no
quiero que Tom le haga una cara nueva a Matt. Por la mirada que tiene,
creo que lo mataría.
Espero pensativa a que sopese lo que sea que está sopesando.
—No soy alcohólico —masculla.
—Lo sé —digo con toda la convicción de que soy capaz, aunque creo
que mi tono parece condescendiente.
No le gusta que lo llamen alcohólico, y ahora me pregunto si tiene
razón o si está en modo negación. Parece muy enfadado. Ojalá no le
hubiera dicho nada.
—Tom, ¿cómo lo sabe? —inquiero.
Se pone de pie.
—No lo sé, _____. Tenemos que hablar con Cathy.
¿Eso es todo? ¿No va a indagar y a averiguarlo?
—¿Por qué tenemos que hablar con Cathy? —pregunto secamente.
—Hace tiempo que no viene. Hay cosas que necesita saber. —Me
tiende la mano y dejo que me ayude a levantarme.
—¿Como qué?
—No lo sé. Por eso tenemos que hablar con ella. —Me arrastra a la
cocina.
Le suelto la mano.
—No. Tú tienes que hablar con ella. Es tu casa y tu asistenta —replico
negando con la cabeza. Acabo de ganarme una buena.
—¡Nuestra! —Me agarra por el culo y me atrae hacia sí—. Se te da
muy bien tocarme las pelotas. Lo que me recuerda —me restriega la
entrepierna— que lo de antes ha sido cruel y en absoluto razonable.
Arquea una ceja.
—Te he estado esperando arriba y no has aparecido.
Se me escapa la risa.
—¿Y qué has hecho?
—¿Tú qué crees?
Me echo a reír a carcajadas al pensar en mi pobre hombre teniendo
que recurrir a una paja rápida porque yo soy una cría y una
calientabraguetas. Se me pasa la risa en cuanto vuelve a restregarme la
entrepierna. Lo miro a los ojos. Le brillan de felicidad. Conozco su
jueguecito y, estando Cathy en la cocina, sé que no va a terminar lo que
empiece. Me revuelvo en sus brazos y me enderezo.
—Lo siento —digo con una sonrisa, aunque lo cierto es que no lo
siento en absoluto.
Me mira mal con sus ojazos cafeces. La ira ha desaparecido, gracias a
Dios.
—Ya lo creo que lo vas a sentir. —Me atrapa—. No vuelvas a hacerlo.
Me da un señor morreo y se va. Me quedo mareada y desorientada.
Le lanzo una mirada asesina.
—Ve a hablar con tu asistenta —digo; se me da fatal fingir que no me
afecta.
—¡Nuestra! ¡Por todos los santos, mujer! —Aprieta la mandíbula de
la frustración—. ¡Eres imposible!
«¿Yo?»
—Ve a hablar con la asistenta. Necesito hacer las paces con Clive. —
Lo dejo enfadarse a gusto—. Adiós, Cathy —digo al salir del ático.
Bajo tímidamente del ascensor. Ya me he ganado a Cathy, ahora tengo
que recuperar al conserje. Necesito purgar mi alma. Me río por dentro.
Unas míseras disculpas no van a bastar, y Clive ya está al tanto de lo de la
puerta del ascensor. Debe de estar muy enfadado conmigo.
Lo pillo recogiendo el correo.
—Buenos días, Clive.
Cierra el buzón y alza la mirada. Me odia.
—_____ —contesta con cero amabilidad. Es más que formal. Está muy,
muy cabreado.
—Clive, lo siento mucho.
—Me has causado muchos problemas —dice negando con la cabeza
de vuelta a su mostrador—. Y no sé qué le ha pasado a la puerta del
ascensor. Eres un torbellino, ______.
¿Yo? Pongo los ojos en blanco. No voy a defenderme.
—Lo sé. ¿Cómo puedo compensarte?
Me apoyo con los codos en el mostrador y pongo mi cara más
angelical.
—No me mires así, jovencita —me recrimina.
Le dedico una caída de ojos y él intenta no sonreír, pero las comisuras
de los labios lo delatan. Ya casi lo tengo.
—¿Cuál es tu bebida favorita? —A los jubilados les encanta el
whisky.
Levanta la vista del correo. «¡Bingo!»
—Un Glenmorangie Port Wood Finish —dice mientras se le ilumina
la cara.
—Hecho —digo. Y Clive sonríe—. Y de verdad que lo siento mucho.
No sé qué me pasó.
Lo sé perfectamente: Tom Kaulitz. Eso me pasó.
—Está olvidado. Ten, tu correo. —Me da un par de sobres.
—Gracias, Clive.
Salgo a la luz del día, me pongo las gafas y meto los sobres en el
bolso. Hace un día precioso y tengo muchas ganas de pasarlo con don Imposible.
—Vas a tener que hablar con Cathy —dice Tom saliendo del Lusso
detrás de mí—. Quiere saber cuáles son nuestros platos favoritos,
productos de higiene personal y no sé qué más. —Está claro que el tema lo
supera.
Lo veo acercarse, con su metro noventa de puro músculo. Sonrío.
Nunca me cansaré de mirarlo. Lleva los vaqueros gastados colgando de las
caderas y una camiseta blanca que le marca un poco los bíceps. Lleva
puestas las Wayfarer y no se ha afeitado. Está para comérselo.
—¿De qué te ríes? —pregunta la mar de contento.
—¿No te parece raro no saber esas cosas? —Mi voz es crítica, porque
tengo razón. Es absurdo que ignoremos esas cosas tan básicas el uno del
otro.
Me coge de la mano y sigue andando.
—¿Adónde quieres llegar?
—Pues que no sabemos nada el uno del otro. —No me lo puede negar.
Es la pura verdad.
Se detiene.
—¿Cuál es tu comida favorita?
Frunzo el ceño.
—El salmón ahumado.
—Lo sabía —sonríe—. ¿Qué marca de desodorante usas?
Pongo los ojos en blanco.
—Vaseline.
Levanta la vista al cielo y suelta un falso suspiro de alivio.
—Ahora ya te conozco mucho mejor —se burla—. ¿Contenta?
Se cree muy listo. Lo que no quiere es admitir que no es normal no
saber esas cosas.
—¿Vamos a ir en coche? —pregunto cuando me abre la puerta del
acompañante.
—No vamos a ir andando, y no uso el transporte público. Sí: vamos a
ir en coche. Además, tenemos que pasar un momento por La Mansión para
comprobar que todo está listo para esta noche.
Creo que voy a disimular un gruñido. Genial, me pido la jornada libre
para estar con Tom y me arrastran a La Mansión día y noche. Me subo al
coche y espero a que Tom se siente a mi lado.
Nos dirigimos a la ciudad. El tráfico de la hora punta no parece
molestar a Tom. Oasis canta Morning glory, y Tom la tararea mientras
tamborilea con los dedos sobre el volante. Como siempre, conduce como
un loco y sin la menor consideración. Éste es el Tom que se toma las cosas
con calma, ese del que me habla todo el mundo. Ante los últimos
descubrimientos, siento como si me hubieran quitado un peso de encima.
Sé que tiene un pasado, uno muy sórdido, pero es su pasado. Me quiere. De
eso no me cabe duda.
—¿Qué? —Me pilla con una sonrisa estúpida en la cara.
—Estaba pensando en lo mucho que te quiero. —Lo digo como si
nada mientras bajo un poco la ventanilla. Hace calor aquí dentro.
—Lo sé. —Me acaricia la rodilla—. ¿Adónde vamos?
Fácil.
—A Oxford Street.
Todas las tiendas que me gustan están en Oxford Street. Hace una mueca de desaprobación.
—¿Todas las tiendas?
—Sí.
Pero ¿qué le pasa?
—¿No hay una a la que vayas siempre?
¿Sólo una? ¿Cree que voy a encontrar un vestido en la primera tienda
que pise?
—También quiero unos zapatos nuevos. Y puede que un bolso. No
vamos a encontrarlo todo en una sola tienda.
—¡Yo sí! —Se ha quedado de piedra al saber que pretendo arrastrarlo
por más de una tienda. No me imagino a Tom comprando ropa. Los
hombres lo tienen mucho más fácil que las mujeres. Si está esperando una
experiencia similar, lo tiene crudo.
—¿Tú adónde sueles ir?
—A Harrods. Zoe me viste siempre. Es rápido e indoloro.
—Sí, porque pagas por un servicio —respondo, cortante.
—No hay nada mejor, y es dinero bien invertido. Son los mejores —
afirma, convencido—. Además, como no vas a pagar tú los vestidos, puedo
elegir cómo vamos a comprar.
—Un vestido, Tom. Me debes un vestido —le recuerdo. Se encoge de
hombros y no me hace ni caso—. Un vestido —repito.
—Muchos vestidos —dice por lo bajo.
¡No! No va a comprarme la ropa. Ya fui de compras con él una vez y
casi le da un ataque de epilepsia al ver el largo del vestido. Sí, sólo compré
aquel trapo tan caro para vengarme de él, pero fue porque el muy dictador
pretendía decirme qué me podía poner y qué no. Quiere comprarme ropa
para poder elegirla él.
—¡No vas a comprarme ropa! —digo con todo el enfado que siento.
Me mira como si tuviera dos cabezas.
—¡Ya lo creo que sí!
—Va a ser que no.
—______, esto no es negociable y punto. —Retira la mano de mi rodilla
para cambiar de marcha.
—Cierto, no es negociable. Mi ropa me la compro yo.
Pongo la música a todo volumen para ahogar su respuesta. No voy a
ceder. ¡Mi ropa me la compro yo y punto!
Oasis llena el silencio el resto del camino. Tom se está mordiendo el
labio inferior y los engranajes de la cabeza se mueven tan de prisa que casi
puedo oírlos. Sonrío porque, si no estuviéramos en un lugar público, me
echaría un polvo de entrar en razón ahora mismo. Como no puede ser, tiene
que maquinar otra cosa para salirse con la suya.
Aparca y me mira.
—Tengo una propuesta —me dice, confiado.
Los engranajes. No me cabe duda de que el resultado de la propuesta
será que él se saldrá con la suya.
—No voy a negociar contigo, y no puedes echarme un polvo de entrar
en razón, ¿verdad? —digo muy segura al salir del coche.
Tom salta del asiento y viene junto a mí. Me clava la mirada.
—¡Esa boca! Ya me debes un polvo de represalia.
—¿Perdona?
—Por tu pequeño numerito del desayuno.
Sabía que no iba a salir impune.
—Digas lo que digas, no vas a comprar mi ropa —replico, altanera.
Me viene a la mente el comentario de Tom acerca de comprar sólo
vestidos. Lo decía en serio.
—Escúchame —protesta—. Mi oferta te va a gustar —sonríe. Su
confianza en sí mismo ha vuelto, y me pica la curiosidad. Lo estudio un
instante y sonríe aún más. Sabe que ha llamado mi atención.
—¿Qué? —pregunto. ¿Con qué va a cautivarme?
Los ojos le brillan de satisfacción.
—Si me dejas que te regale las compras —me dice poniéndome un
dedo en la mandíbula para cerrarme la boca cuando ve que voy a poner
peros—, te diré cuántos años tengo.
Cierra el trato con un beso.
«¿Qué?»
Lo dejo que me bese hasta dejarme sin más pegas, ahí, en mitad de las
aceras de Londres. Una vez más, estoy poseída por este hombre que me
pone un dedo encima y me deja inconsciente. Gime en mi boca, se separa y
me coge en brazos.
—Ya sé cuántos años tienes —digo pegada a sus labios.
Se aparta un poco y me mira fijamente.
—¿Estás segura?
La mandíbula me llega al suelo.
—¡Me mentiste!
¿No tiene treinta y siete años? ¿Cuántos tiene, entonces? ¿Más?
—Dímelo —exijo, muy seria.
—No. Primero las compras y luego las confesiones. De lo contrario,
puede que te rajes. Sé que las chicas guapas juegan sucio. —Sonríe y me
deja en el suelo.
—¡No! —Es obvio que voy a jugar sucio—. ¡No me puedo creer que
me mintieras!
Me lanza una mirada inquisitiva.
—No me puedo creer que me esposaras a la cama.
Ya. Yo tampoco, pero parece que todo el esfuerzo fue inútil. Me coge

de la mano y cruzamos la calle en dirección a la tienda.


HOLA!!! UNA DISCULPA PERO ANDO CON MUCHISIMOS PROBLEMAS FAMILIARES Y NO HE TENIDO CABEZA PARA AGREGAR CAPITULOS ... PERO AQUI LES AGREGUE DOS ... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO ... BUENO HASTA PRONTO :))

4 comentarios:

  1. O.o no tenia 37!! ?

    O sera una trampa de Tom!
    Siguelaa ni bien puedas!

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  2. :O cuanto años tiene entonces?? sera que es una trampa hay virgiii me dejaste muy intrigada, ya quiero saber que pasara en esa reunión en la mansión, no se pero presiento que Sarah hará algo en contra de (Tn) y Tom.. me encanto espero los próximos caps sube pronto..

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