lunes, 17 de agosto de 2015

21 Y 22

CAPITULO 21.-
Una vez servidos los postres y los cafés, y con mis mejillas doloridas por
las payasadas de Kate y Georg a la mesa, John se levanta y anuncia, con su
voz atronadora de siempre, que todos deberíamos abandonar la sala para
que retiraran las mesas y la prepararan para recibir a la banda.
Tom se incorpora y me ayuda a hacer lo propio en un esfuerzo de
colmarme de atenciones. Yo lo rechazo con petulancia. Está haciendo todo
lo posible por distraerme de mi enfurruñamiento. Cuando me alejo de la
mesa, me agarra del hombro y me da la vuelta hasta que estamos frente a
frente. Me atraviesa con esos ojos cafeces llenos de desaprobación.
—¿Vas a comportarte como una niña malcriada toda la noche, o tengo
que llevarte arriba y follarte hasta que entres en razón?
Su animosidad me hace retroceder cuando veo que mira a mis
espaldas y sonríe saludando a alguien que está detrás de mí. Vuelve a
centrarse en mi persona y su sonrisa desaparece al instante. Su reacción a
mi agravio me ha cogido por sorpresa. Me pasa la mano por detrás y me
coge del culo con una palma firme, me aprieta contra su entrepierna y
empieza a mover esas malditas caderas despacio y con fuerza. Maldigo a
mi cuerpo traicionero por tensarse, y mis manos ascienden como un acto
reflejo y lo agarro de los hombros. Se acerca a mi oído.
—¿Sientes eso? —dice apretando con más fuerza.
Mi esfuerzo por contener un gemido de placer es en vano. No quiero
calentarme aquí porque no pienso dejar que me tome en este lugar. Jamás.
—Responde a la pregunta, _____. —Me muerde el lóbulo y lo desliza
entre los dientes.
Lo agarro con más fuerza de los hombros.
—Lo siento —digo con un hilo de voz entrecortada.
—Bien. Pues es tuya. Toda entera. —Aprieta con más fuerza y se me
clava más todavía—. Así que deja de estar de morros. ¿Entendido?
—Sí —suspiro contra su hombro.
Me suelta y da un paso atrás y enarca las cejas esperando mi
confirmación. ¿Siempre va a tener esta influencia sobre mí? Estoy
temblando y replanteándome seriamente mi voto de evitar practicar sexo
en La Mansión. Podría llevármelo arriba sin problemas, a una de las suites
privadas, y dejar que me devorara viva.
Echo un vistazo a sus espaldas y me encuentro con la mirada viperina
de Sarah y, como marcando patéticamente mi propiedad, me pego al pecho
de Tom de nuevo y lo miro con ojos arrepentidos.
Él asiente a modo de aprobación y se inclina para posar los labios
sobre los míos.
—Mucho mejor —dice contra mi boca. Me da una vuelta y empieza a
guiarme afuera del salón de verano—. No llevo nada bien todas las miradas
de admiración que atraes —comenta colocándome una mano firme en la
zona lumbar.
Yo me mofo. Debe de estar de broma. Me encuentro rodeada de
mujeres, y estoy convencida de que todas desean que desaparezca. Soy una
intrusa en su fiesta.
—Tú no te quedas corto llamando la atención —susurro mientras
pasamos junto a una morena atractiva.
Ella sonríe alegremente a Tom y le acaricia el brazo.
—Tom, estás tan fantástico como siempre —le dice con entusiasmo.
No puedo evitar la breve carcajada de sorpresa que escapa de mi boca.
Tiene mucha cara, y me ofende sobremanera que piense que voy a
quedarme tan tranquila mientras ella flirtea descaradamente con él. Estoy a
punto de detenerme para ponerla en su sitio, pero Tom me obliga a
continuar y evita que cumpla mi propósito. No me puedo creer que tenga
tanta poca vergüenza.
—Natasha, tú siempre tan descarada —responde él irónicamente
mientras me coloca el brazo sobre el hombro y me da un beso casto en la
mejilla al sentir mi irritación.
Ella sonríe arteramente y me mira con recelo con esos ojos de zorra
que tiene. ¿Se habrá acostado con ella también? Siento cómo mi recién
descubierto sentido de la posesión empieza a arder en mi interior. No me
imagino pasando mucho tiempo aquí si ésta es la reacción que voy a
obtener cada vez que lo haga. Y no es que me muera de ganas, la verdad,
pero tratándose del lugar de trabajo de Tom, estaría bien poder venir y
estar cómoda, en vez de sentir que estoy ofendiendo a un millón de
mujeres atractivas. Y ésa es otra cuestión: ¿acepta Tom sólo a socias que
son de un ocho para arriba en la escala del físico? Cuanto más tiempo paso
aquí, más creo que debería dejar de trabajar. Quiero pasar cada segundo
pegada a Tom para darles en los morros a todas estas putas descaradas y
desesperadas. Me estoy hundiendo mentalmente otra vez.
Al llegar al bar, el taburete en el que siempre suelo sentarme está
ocupado por un hombre. No tarda en abandonarlo al vernos aparecer, y alza
su copa a modo de saludo. Tom me levanta y me coloca en el asiento, y
Mario se acerca al instante, dejando que otro camarero se encargue de
atender a los socios de La Mansión.
—¿Qué quieres beber? —Tom se apoya en su taburete, delante de mí,
y me estrecha la mano entre las suyas—. ¿Un «sublime»? —pregunta
enarcando las cejas.
Me vuelvo hacia Mario.
—Por favor, Mario —digo, y él me ofrece su encantadora sonrisa de
siempre, aunque parece algo más agobiado que antes. No me extraña, no ha
parado en toda la noche.
—Yo quiero otro —dice Kate, que se acerca y se asoma por encima
del hombro de Tom resoplando—. ¡Estos zapatos me están matando! —
protesta con una expresión de auténtico dolor—. En serio. El que inventó
los tacones era un hombre, y lo hizo con la intención de facilitaros la tarea
de placarnos y cargarnos sobre vuestros lomos para llevarnos a la cama.
Tom inclina la cabeza hacia atrás y se echa a reír con ganas cuando Georg y
Gustav llegan también.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Georg al ver a Tom partiéndose
de risa.
Me mira a mí, mira a Kate, y ambas nos encogemos de hombros con
una amplia sonrisa. Kate le propina a Tom unas afectuosas palmaditas en
el hombro. No puedo evitar participar en la diversión de Tom ante el
sarcástico comentario de Kate. Cuando se ríe así, unas arrugas coronan sus
brillantes ojos cafeces y sus sienes. Se pone guapísimo.
—Perdonad, ¿qué queréis beber? —pregunta entonces, serenándose y
guiñándome un ojo.
Yo me derrito en el taburete y le envío un mensaje telepático para
pedirle que me lleve a casa. El disfrute en el séptimo cielo de Tom se ha
reanudado. Me encuentro en mi salsa.
Gustav y Georg piden sus bebidas a Mario, pero él ya va de camino a la
nevera para sacar sus cervezas. Recojo todas nuestras copas, le paso la suya
a Kate y la pillo asintiendo por encima de mi hombro. La miro con enfado.
Ella repite el gesto de la cabeza y me doy cuenta de que me está haciendo
una señal: quiere fumar. Me acerco a Tom y él interrumpe su conversación
con los chicos para prestarme atención.
—¿Qué pasa, nena? —Parece preocupado.
—Nada, voy al baño un momento. —Me bajo del taburete y cojo mi
bolso de la barra—. No tardaré.
—Vale. —Me besa la mano.
Me marcho y me reúno con Kate.
—Necesito un piti —espeta con urgencia.
—¿En serio? Creía que querías llevarme arriba —digo mientras ella
me dirige afuera. Mi naturalidad con respecto al piso de arriba debe de ser
resultado del sublime de Mario—. Necesito ir al baño urgentemente, ahora
te veo.
—¡En la puerta principal! —grita, y se marcha en dirección al
vestíbulo mientras yo me dirijo a los aseos.
El lavabo de mujeres está vacío, y me meto en uno de los escusados.
Todavía no he intentado usar el retrete con este vestido puesto. Podría
llevarme un tiempo. Me subo la falda hasta la cintura con relativa facilidad
y me aseguro de sostenerlo bien antes de sentarme. No sé de qué me
preocupo, el suelo está impoluto. La puerta se abre y oigo unas cuantas
voces que conversan alegremente.
—¿La habéis visto? Es demasiado joven para nuestro Tom.
«Oh, oh...»
Me quedo helada a media micción y contengo la respiración.
¿«Nuestro Tom»? ¿Lo compartían? Me relajo en el retrete y vacío la
vejiga. Ahora que he empezado, no puedo parar.
—Está enamorado de ella. Joder, ¿habéis visto el diamante que lleva
colgado al cuello? —dice con fascinación la voz número dos.
—Como para no verlo. No cabe duda de que está loco por ella —
interviene la voz número tres.
¿Cuántas son? Termino de hacer pis y empiezo a bajarme el vestido y
a plantearme qué debo hacer. Lo que quiero es salir y dejarles claro que no
estoy con él por el dinero.
—Vamos, Natasha. Tom es un dios del Olimpo. El dinero no es más
que un añadido —dice la voz número dos, y ahora ya sé que la número tres
es la de Natasha, la zorra descarada. ¡Y él es mi puto dios del Olimpo!
—Vaya, parece que todo nuestro esfuerzo ha sido en vano. Había oído
rumores, pero no me lo creía hasta que lo he visto con mis propios ojos.
Parece que nos hemos quedado sin nuestro Tom —bromea la voz número
uno.
Sigo de pie en el escusado, deseando que se marchen para poder
escapar, pero entonces oigo que empiezan a sacar los pintalabios para
retocarse el maquillaje.
—Es una lástima, ha sido el mejor polvo que he tenido nunca y jamás
volveré a catarlo —dice la voz número tres, es decir, Natasha.
Monto en cólera. Sí se ha acostado con ella. Miro al techo intentando
calmarme desesperadamente, pero es imposible, sobre todo con esas tres
putas ahí fuera ensalzando las habilidades sexuales de mi dios.
—Lo mismo digo —añade la voz número uno, y me quedo
boquiabierta, esperando a que la voz número dos acabe de rematarme.
—Bueno, pues no sé vosotras, pero yo creo que es demasiado bueno
como para dejar de intentarlo.
No puedo seguir escuchando esta mierda. Tiro de la cadena y las tres
se quedan en silencio. Compruebo que el vestido no se me haya
enganchado en el corpiño, abro la puerta y salgo como si tal cosa. Sonrío
con cortesía a las tres mujeres, todas con alguna especie de maquillaje
suspendido delante de sus rostros. Me miran totalmente desconcertadas
mientras me acerco al espejo del otro extremo del aseo. Me lavo las manos
tranquilamente, me las seco y me aplico brillo de labios, todo en absoluto
silencio y bajo las miradas recelosas de las tres zorras. Paso por delante de
ellas y salgo del baño sin decir ni una palabra y con la dignidad intacta.
El corazón me late a mil por hora y me tiemblan un poco las piernas,
pero consigo llegar al vestíbulo. Ha sido horrible y, aunque sé que Tom ha
tenido sus aventuras, lo cierto es que no me había planteado el alcance de
éstas. Oír a esas mujeres hablar así sobre él me fastidia. Ha estado con
muchísimas mujeres. Creo que yo también necesito un cigarrillo.
Sé que estoy gruñendo en voz alta cuando veo a Sarah salir por la
puerta de lo que suele ser el restaurante. Lleva toda la noche esperando
este momento y, después de lo que acabo de soportar, me siento menos
tolerante hacia ella que de costumbre. En cuestión de minutos (o, mejor
dicho, segundos), me veo frente a la cuarta mujer con la que Tom se ha
acostado. Estoy angustiada y no tengo humor para aguantar las ponzoñosas
palabras de Sarah, y además tampoco quiero pelearme con ella con este
vestido tan caro.
—Sarah, has hecho un trabajo excelente esta noche —digo con
cortesía. Empiezo yo con los cumplidos para dejar clara mi intención de
que nuestro encuentro sea civilizado, aunque tengo que hacer uso de toda
mi fuerza de voluntad.
Ella cruza uno de los brazos por debajo de su pecho ya levantado de
por sí, realzándolo todavía más mientras sostiene su gin-tonic de endrinas
delante de la boca. Su postura y su lenguaje corporal indican superioridad,
y me preparo para la inevitable advertencia.
—¿Has cogido tu regalo de la mesa? —pregunta con una sonrisa.
Me deja descolocada. Ha cambiado el tono. Pensaba que ya habíamos
superado la falsa cortesía, especialmente cuando Tom no está presente.
—Lo cierto es que no —respondo con recelo. Después de ver la cara
que ha puesto Kate, no lo quería.
Ella amplía la sonrisa.
—Vaya, qué lástima. Había algo ahí que podría haberte resultado muy
útil.
—¿El qué? —digo sin poder ocultar mi curiosidad. ¿A qué juega?
—Un vibrador. Vi que el tuyo estaba hecho pedazos en el suelo de la
habitación de Tom.
—¿Disculpa? —espeto con una risotada de incredulidad.
Ella sonríe con malicia y yo empiezo a temer lo que está a punto de
decir.
—Sí, cuando lo rescaté el miércoles por la mañana, después de que lo
dejaras esposado a su cama —dice sacudiendo la cabeza—. Eso no fue muy
inteligente por tu parte.
Se me cae el alma a los pies y veo cómo se deleita observando mi
reacción ante la información que acaba de proporcionarme. ¿Llamó a
Sarah? Estando desnudo, esposado a la cama y con un vibrador al lado
decidió llamar a Sarah para que fuera a liberarlo?
«¿Qué?»
Pensaba que había sido John. ¿Por qué di eso por hecho? Ni siquiera
puedo pensar en aquello. Ahora mismo sólo puedo mirar a la desagradable
criatura que tengo delante, gozando con suficiencia de mi desgracia. Lo
voy a matar, pero antes pienso borrarle a ella esa sonrisa asquerosa de esa
cara hinchada de bótox que tiene.
—¿Has oído hablar de la cinta adhesiva para la ropa interior, Sarah?
—pregunto con frialdad. Ella se mira los pechos y yo empiezo a avanzar
hacia ella. Pienso aplastarla.
—¿Disculpa? —dice riendo.
—Cinta adhesiva para las tetas. Sirve para que no se te vean los
pechos o... —Sacudo la cabeza—. Aunque, claro, precisamente ésa es tu
intención, ofender la vista de todo el mundo con tu pecho exagerado. —Me
detengo delante de ella—. Menos es más, Sarah, ¿has oído ese dicho
alguna vez? Te vendría bien recordarlo, sobre todo a tu edad.
—¿_____?
«¡No! ¡No, no, no!»
Me vuelvo y veo a Tom con el entrecejo fruncido. Me alegro, porque
debería estar preocupado. Oigo que los tacones de Sarah se alejan y entra
en el restaurante. Sí, ha soltado la bomba y se ha largado para que no le
salpique la metralla.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta con una mezcla de confusión y
preocupación reflejada en el rostro.
Ni siquiera sé qué decir. Miro alrededor del vestíbulo de La Mansión
y veo que muchos socios empiezan a subir al piso de arriba. Deben de ser
más de las diez y media.
—¿______?
Vuelvo la vista hacia Tom y compruebo que empieza a caminar hacia mí.
Retrocedo y él se detiene.
—Me voy —digo, decidida.
No puedo quedarme aquí a escuchar a todas esas mujeres alardeando
sobre sus encuentros sexuales con él y juzgando por qué estamos juntos.
Tampoco pienso quedarme a ver cómo desaparece con otra sin dar
explicaciones. Y desde luego no tengo intención de aguantar las
humillaciones de Sarah. Doy media vuelta y me dirijo con determinación
hacia la inmensa doble puerta de la entrada para salir de este infierno. El
corazón me va a mil por hora y las lágrimas de frustración empiezan a
brotar.
—¡______! —lo oigo gritar, y después oigo sus fuertes pisadas tras de
mí.
No sé qué planeo hacer una vez fuera. Sé que me alcanzará, y sé que
no me dejará marcharme. Robaré un coche. No me importa haber bebido
demasiado. La escenita del aseo ha sido horrible, pero lo de Sarah me ha
destrozado. No puedo seguir sometiéndome a esta tortura. Está acabando
con mi sensatez y transformándome en un monstruo celoso y resentido. No
debería haber venido aquí.
—¡______, mueve el culo hasta aquí ahora mismo!
Llego a los escalones y me topo con Kate.
—¿Dónde estabas? —pregunta, y abre los ojos como platos al ver que
Tom corre detrás de mí.
—Me voy —contesto mientras me recojo el vestido para bajar los
escalones.
Kate observa cómo me marcho a toda prisa con una expresión de no
entender nada reflejada en su pálido rostro. Desciendo con una prisa
absurda y me estrello contra el firme pecho de Tom, cubierto con la
chaqueta de su traje. ¡Ese maldito pecho! Me levanta y me coloca sobre su
hombro sin hacer el más mínimo esfuerzo.
—¡Tú no vas a ir a ninguna parte, señorita! —ruge, y empieza a subir
de nuevo los escalones hacia La Mansión.
Me aparto el pelo de la cara y apoyo las manos sobre su zona lumbar
para intentar liberarme.
—¡Suéltame! —grito frenéticamente mientras me retuerzo, pero me
tiene bien cogida y sé que preferiría morir antes que soltarme—. ¡Tom!
Kate nos observa pasar con la boca abierta, tira la colilla de su
cigarrillo al suelo y nos sigue.
—¿Qué está pasando?
—¡Es un gilipollas! ¡Eso es lo que está pasando! —grito atrayendo la
atención de los aparcacoches, que dejan lo que están haciendo y observan
en silencio cómo me llevan a hombros de vuelta al edificio—. ¡Tom,
suéltame!
—¡No! —grita, y continúa avanzando hacia el vestíbulo y hacia el
salón de verano.
»No te preocupes, Kate. Sólo tengo que tener una charlita con _____ —
dice tranquilamente mientras me agarra con más fuerza ante mi continua
resistencia.
Alzo la vista y veo a mi amiga plantada en la entrada del bar
mirándome y encogiéndose de hombros. Quiero gritarle, pero sé que ella
poco puede hacer para convencer a Tom de que me suelte. Me lleva a
través del salón de verano, donde se han retirado todas las mesas y se ha
preparado una pista de baile. La banda interrumpe sus pruebas de sonido y
observa cómo Tom avanza conmigo sobre su hombro. Levanto la cabeza y
veo a John, que viene del despacho de Tom, y se echa a reír sacudiendo la
cabeza. No tiene ninguna gracia. Pasamos por su lado en el pasillo pero no
dice nada. Sólo se aparta y nos deja el camino libre, como si fuese algo de
lo más cotidiano. Supongo que así es.
Tom cierra la puerta de su despacho de una patada y me deja en el
suelo, con el rostro descompuesto de rabia, lo que no hace sino aumentar
mi propia ira. Me apunta con un dedo.
—¡No vuelvas a huir de mí! —ruge.
Me estremezco. Levanta los brazos con frustración, se acerca al mueble bar
y yo me dirijo a la puerta de nuevo. ¿Beberá si me marcho? En estos momentos
estoy demasiado furiosa como para que me importe. Agarro la manija de la
puerta pero no continúo. Tom me alcanza y me levanta. Me deja de nuevo
en el suelo y prácticamente le da una patada a un aparador hasta que
bloquea la salida.
—¿A qué coño estás jugando? —Me agarra de los hombros y me
sacude con suavidad—. ¿Qué pasa?
Recupero la posesión de mi cuerpo y me aparto de él. Él gruñe pero
me deja estar. De todos modos, ya no puedo ir a ninguna parte.
Me vuelvo y le lanzo la peor de mis miradas.
—¡No puedo creer que te abalances sobre cualquier hombre que me
mire y en cambio te parezca de lo más normal meter a otra mujer en tu
cuarto estando desnudo y tumbado en la cama! —chillo. ¡Estoy furiosa!—.
¡Creía que te había soltado John!
Baja ligeramente la mirada mientras asimila lo que acabo de
reprocharle.
—¡Pues no fue así! —grita—. Él estaba aquí, no pude localizar a Georg,
y Sarah andaba cerca. ¿Qué querías que hiciera?
Lo miro con la boca abierta de incredulidad. ¿Cómo se atreve a
enfadarse conmigo?
—¿Y no se te ocurre otra cosa que llamar a una mujer?
—¡No deberías haberme esposado a nuestra puta cama!
—¡A TU cama! —subrayo.
Abre los ojos con furia.
—¡NUESTRA!
—¡Tuya! —rebato puerilmente.
Él echa la cabeza hacia atrás y maldice mirando al techo. Me da igual.
No pienso dejar que le dé la vuelta a la tortilla y me haga sentir culpable a
mí.
—Y, ya que estamos, acabo de tener el placer de escuchar a tres
mujeres que compartían impresiones sobre tus habilidades sexuales. Me ha
encantado. Ah, y Zoe ha tenido la amabilidad esta mañana de informarme
sobre lo frecuentada que está tu cama. ¿Y quién coño era esa mujer? —
Intento recobrar un poco la compostura, pero me cuesta. No paro de
imaginarme a Tom entreteniendo a otras mujeres, y eso me está
emponzoñando la mente. Es ridículo. Tiene treinta y siete años.
Se acerca a mí.
—Ya sabes que tengo un pasado, _____ —dice con impaciencia.
—Sí, pero ¿te has follado a todas las putas socias de La Mansión?
—¡Esa puta boca!
—¡Vete a la mierda! —Me acerco al mueble bar, cojo la primera
botella de alcohol que encuentro (que parece ser de vodka) y me sirvo un
chupito.
Con las manos temblorosas, levanto el vaso e ingiero todo el
contenido de un trago. De repente me pregunto por qué tiene alcohol en su
despacho si pretende evitar beber. Me arde la garganta y me estremezco
mientras dejo el vaso de un golpe sobre el mueble de madera pulida. No
soy tan idiota como para servirme otro. Me quedo ahí plantada con las
manos sobre el armario mirando la pared.
Él tampoco dice nada.
Me duele la garganta y me siento totalmente fuera de control,
consumida por los celos y el odio.
—¿Cómo te sentirías tú si otro hombre me viera totalmente desnuda y
esposada a una cama? —pregunto con un tono imparcial.
La respiración pesada que recorre la corta distancia que nos separa
hasta rozarme cálidamente la espalda me da la respuesta.
—¡Me darían ganas de matarlo! —ruge.
Me lo imaginaba.
—¿Y cómo te sentirías si oyeras a alguien comentando cómo es
hacerlo conmigo y diciendo que no iban a dejar de intentar llevarme a la
cama de nuevo?
—¡Basta!
Me vuelvo y lo veo observándome detenidamente, con la barbilla
temblorosa.
—Aquí ya no tengo nada que hacer —digo, y me dirijo hacia la
puerta.
El aparador parece pesado, pero no tengo ocasión de comprobarlo.
Tom se interpone en mi camino y detiene mi progreso. Respiro hondo y lo
miro.
—Que sepas que no voy a irme, pero sólo porque no puedo. Voy a
salir ahí y me voy a tomar algo, y mañana por la noche saldré de fiesta con
Kate. Y tú no vas a impedírmelo.
—Eso ya lo veremos —responde, muy seguro de sí mismo.
—Por supuesto que lo veremos.
Empieza a mordisquearse el labio clavando su mirada en la mía.
—No puedo cambiar mi pasado, _____.
—Lo sé. Y no parece que yo pueda olvidarlo tampoco. ¿Te importa
apartar el mueble, por favor?
—Te quiero.
—Quita el aparador de ahí, por favor.
—Tenemos que hacer las paces —dice con expresión socarrona.
Se me salen los ojos de las órbitas.
—¡No! —grito, ofendida por su intención de que lo perdone echando
un polvo rápido.
Avanza un paso y yo doy otro hacia atrás.
—No tienes escapatoria, _____ —me advierte con voz calmada. Yo
retrocedo otro paso y observo cómo me mira detenidamente—. ¿Vas a
resistirte? —Enarca una ceja admonitoria y yo sigo retrocediendo hasta
que mi espalda choca contra el mueble bar y me agarro al borde.
Si me pone las manos encima estaré perdida, y quiero seguir
enfadada. Necesito seguir estándolo. Pretende cegarme con su tacto una
vez más.
Me alcanza y coloca las manos sobre las mías. Mi cara está a la altura
de su cuello y de su mentón. Intento bloquear mi sentido del tacto, pero
fracaso estrepitosamente. Sé que no me dejará salir de su despacho hasta
que hayamos hecho las paces.
—Mañana volveré a casa de Kate —digo, desafiante. Necesito tiempo
para superar estos celos irracionales. Por lo visto, Tom Kaulitz también ha
despertado en mí cualidades bastante desagradables.
—Sabes que no vas a hacer eso, _____. Pero el hecho de que lo digas me
pone furioso.
—Sí lo voy a hacer —respondo. Sé que lo estoy provocando, pero
necesito que sepa que esto me afecta.
Se inclina hasta que sus ojos quedan a la altura de los míos.
—Muy furioso, _____ —me advierte suavemente—. Mírame —me
ordena a continuación.
Gimo.
—No. —Si lo hago, estaré perdida y Tom se anotará un tanto.
—He dicho que me mires.
Niego ligeramente con la cabeza y él exhala un suspiro.
—Tres —empieza a contar claramente.
Mis ojos ascienden hacia los suyos de manera instintiva, pero no
porque haya empezado la cuenta atrás y no quiera que llegue hasta cero. Es
porque no entiendo nada. He cumplido su orden de manera involuntaria, y
ahora estoy mirando de lleno esos ojos cafeces oscuro cargados de lujuria.
—Bésame —me exhorta.
Aprieto los labios, niego con la cabeza e intento liberar mis brazos.
—Tres... —empieza de nuevo, y yo me quedo helada y abro
inmediatamente la boca. Roza mis labios con los suyos levemente—. Dos...
No es justo. Podría besarme, pero sé que no va a hacerlo. Quiere que
me rinda y yo intento resistirme desesperadamente, aunque mi cuerpo
traicionero desea tenerlo.
—Uno... —Sus labios vuelven a rozar los míos.
Aparto la cabeza y me retuerzo intentando zafarme de él.
—No, no vas a liarme, Tom.
Deja escapar un gruñido de frustración y me suelta. Yo levanto las
manos y lo empujo. Empezamos a forcejear y lo golpeo para apartarlo de
mí mientras él intenta agarrarme de las muñecas.
—¡______! —chilla mientras me sujeta con fuerza y me da la vuelta. No
sé por qué me molesto. Sé que tengo las de perder, aunque él me está
tratando con mucho cuidado—. ¡Para de una puta vez!
No le hago caso, la rabia y la adrenalina alimentan mi tenacidad para
seguir resistiéndome contra él.
—¡Joder! —grita. Me obliga a echarme al suelo y me retiene debajo
de su cuerpo—. ¡Basta ya!
Jadeo debajo de él. Me duelen todos los músculos y el corazón se me
va a salir del pecho. Abro los ojos y veo que me observa perplejo. No sabe
qué hacer conmigo. Estoy perdiendo el control.
Nos quedamos mirándonos, jadeando tras el esfuerzo de nuestro
combate físico. Y entonces los dos nos inclinamos hacia adelante hasta que
nuestras bocas se unen con fuerza y nuestras lenguas batallan con urgencia.
Tom gana. Gime, me suelta las muñecas y me agarra del pelo
mientras me toma la boca con tanta fuerza como yo a él. Es un beso
posesivo. Yo refuerzo mi reclamo e intento hacerle entender que mis
sentimientos hacia él son tan fuertes que el hecho de imaginármelo con
otras mujeres hace que me vuelva tan loca de celos como él. Posa una
mano sobre mi pecho y me lo agarra con fuerza por encima de la tela del
vestido. Me lo pellizca y me lo aprieta entre gruñidos.
La lengua y los labios empiezan a dolerme, pero ninguno de nosotros
tiene intención de parar. Ambos estamos tratando de dejar algo claro.
Deslizo las manos desde sus bíceps hasta su cabeza, lo agarro del pelo y lo
presiono todavía más contra mí. Estoy ardiendo completamente mientras
me retuerzo en el suelo debajo de él, marcando con éxito mi propiedad. Y
entonces rodamos, mis labios se apartan de los suyos y descienden hacia su
torso trajeado hasta que alcanzo la cremallera de sus pantalones. Se la bajo,
me apresuro a liberarlo y, una vez libre, le envuelvo la verga con la mano
sin demora.
Estoy embriagada de frenesí, le cubro el miembro con la boca y lo
absorbo entero, sin cuidado, sin suaves lametones ni caricias juguetonas.
Lo ataco de manera frenética y desesperada.
—¡Joder! —exclama cuando siento que me toca el final de la garganta
—. ¡Joder, joder, joder!
No me dan arcadas y me lo meto en la boca una y otra vez, sin parar,
apretando en la base de su miembro y agarrándole con firmeza los
testículos.
—¡JODER! —Levanta las caderas—. ¡_____! —Me agarra del pelo. No
sé si me suplica o me reprende.
Me concentro en reforzar mi desesperación por él y continúo lo más
de prisa y crudamente que puedo, sintiendo la sedosidad de su piel dentro
de mi boca. La fricción de la velocidad de mis movimientos nos calienta a
ambos.
—No dejes que se salga, _____ —me ordena, y recibe con sus caderas
cada embate de mi cabeza. Me duelen las mejillas, pero no paro.
Y entonces siento que se expande en mi boca, su respiración se vuelve
irregular y me agarra el pelo con más fuerza. Gimo a su alrededor, le
aprieto con más firmeza las pelotas y deslizo la mano por debajo de su
camisa para agarrarle el pezón y pellizcárselo con fuerza.
Brama. Eleva la pelvis y me aprieta la cabeza contra él. La punta de su
verga me golpea la pared de la garganta.
Y entonces se corre.
Yo me lo trago.
Ambos gemimos.
—Joder, _____ —jadea retirándose de mi boca y pegándome contra su
cuerpo—. Joder, joder. —Me toma los labios de nuevo y me pasa la lengua
por la boca para compartir su esencia salada—. Deduzco que eso quiere
decir que lo sientes —resuella mientras me lame con la lengua.
¿Acaso cree que esto ha sido un modo de pedir disculpas? ¿Que si
siento el qué? ¿Ser una loca irracional y posesiva... como él?
—No —afirmo. Y es verdad.
Nuestras lenguas permanecen pegadas y seguimos jadeando y
acariciándonos el uno al otro.
Vuelvo a bajar el brazo y le agarro el miembro semierecto sin dejar de
acariciarlo mientras ambos seguimos comiéndonos la boca... de manera
agresiva. No estoy preparada para parar. Él se aparta, jadeando, con el
pecho agitado, pero yo no me detengo. Pego mis labios doloridos de nuevo
contra los suyos y hundo la lengua en su boca mientras continúo
ordeñándole frenéticamente la polla.
—_____, para. —Me quita la mano de su entrepierna y aparta la cara
para romper nuestro contacto.
Pero esta vez tampoco paro. Forcejeo con él cubriéndolo de besos con
urgencia. Nunca antes me había rechazado.
—¡______! ¡Por favor! —Pierde la paciencia, me pega de nuevo al suelo
y me aprisiona bajo su cuerpo.
Los ojos se me llenan de lágrimas. Estoy más desesperada que todas
esas mujeres. No llevo esto nada bien. Un sollozo escapa de mis labios y
aparto la cara muerta de vergüenza.
—Cariño, no llores —me ruega con suavidad, tirando de mi cara de
nuevo hacia la suya y apartándome el pelo. Después me mira casi con
compasión—. Lo he entendido —susurra, y me pasa el pulgar por debajo
del ojo—. No llores. —Me acaricia los labios con los suyos—. Para mí
sólo existes tú.
Parpadeo para evitar que me caigan más lágrimas.
—No puedo con esto —digo, y estiro la mano para tocarle la cara—.
Me siento violenta —admito. No puedo creer que acabe de confesarle eso,
y me sorprende el hecho de que sea cierto—. Eres mío —digo con un hilo
de voz.
Él asiente. Lo ha entendido.
—Soy sólo tuyo. —Se lleva mi mano a los labios y me besa la palma
con firmeza—. No les hagas caso. Sólo están sorprendidas. Se sienten
despechadas al ver que les ha ganado la partida una belleza joven y
despampanante de ojos oscuros. Mi belleza.
—Y tú eres la mía —afirmo bruscamente.
—Siempre, ______. Cada milímetro de mi cuerpo es tuyo. —Mueve un
poco el cuerpo y deja caer todo su peso sobre mí, cubriéndome por
completo. Me agarra la cara con las palmas de las manos y me mira
fijamente con esos ojos cafeces que tiene—. _____, tú me perteneces. —Posa
los labios sobre los míos—. ¿Entendido?
Afirmo con la cabeza, aunque me siento débil y necesitada.
—Buena chica —susurra—. Eres mía, y yo soy tuyo.
Asiento de nuevo, por miedo a llorar si abro la boca. Pensaba que
ya no podía quererlo más.
Me acaricia las mejillas con las palmas de las manos y recorre con la
vista cada milímetro de mi rostro.
—Sé que esto te resulta muy difícil.
—Te quiero. —No sé ni cómo he conseguido articular las palabras.
—Lo sé. Y yo a ti. —Se sienta y luego me ayuda a incorporarme—.
Más tarde haremos las paces como es debido. No quiero estropearte el
vestido. —Sonríe levemente y me da la vuelta—. Hemos de tener
paciencia, y ambos sabemos que tengo muy poca en lo que se refiere a ti.
—Me da la vuelta otra vez y me frota la nariz con la suya—. ¿Te sientes
mejor?
 —Sí.
—Bien. Vamos.
Me coge de la mano y me dirige hacia la puerta. Me la suelta
brevemente para colocar el aparador en su sitio, luego la reclama de nuevo
y me lleva de regreso a la fiesta. Me siento mucho mejor. Lo ha entendido.
PAG. 335

CAPITULO 22.-
La banda ha empezado a tocar y la gente está reunida en el salón de verano.
—¿Motown? —pregunto, algo sorprendida, mientras Tom tira de mí
entre las pocas mesas que quedan montadas.
—Es una gran banda. ¿Quieres bailar? —Me mira con una media
sonrisa y entonces recuerdo que mi hombre se mueve de maravilla.
—Después —digo, sin embargo. Soy consciente de que Kate debe de
estar preguntándose qué ha pasado y dónde estoy. Él asiente y me
acompaña hasta el bar.
Mi taburete está libre y me coloca sobre él.
Kate, Gustav y Georg siguen ahí, y parece que el alcohol les está
sentando bien.
—¿Dónde os habíais metido? —inquiere Kate, asegurándose de que
mi hombre está distraído.
—En el despacho de Tom, discutiendo sobre cierta mujer a la que
llamó para que lo liberara cuando lo dejé esposado a la cama —suelto
tranquilamente, vigilando a Tom para comprobar que no está escuchando.
Está demasiado ocupado pidiéndole a Mario las bebidas.
—¿Y lo dejaste ahí? —La cara de Kate es una mezcla de pasmo y
diversión.
—Sí. —No se lo había contado—. Estaba muy enfadado.
—No me extraña. ¿Y llamó a Sarah para que lo soltase?
—Sí —digo con los dientes apretados—. Y se ha acostado con ella.
—Vaya. —Kate junta los labios—. ¿Y por qué la llamó a ella? —
pregunta abriéndose un hueco entre Tom y yo para estar delante de mí.
—No pudo encontrar a nadie más. John estaba aquí y Georg debía de
estar ocupado también con otra cosa.
—¿Qué día fue?
—El miércoles. —Enarco las cejas y observo cómo retrocede
mentalmente al miércoles por la mañana. De repente su cara adopta una
expresión de culpabilidad y sé que ya ha caído. Ni siquiera voy a
molestarme en preguntarle por qué Georg no podía ir a rescatar a Tom—.
Sarah se lo ha pasado en grande informándome. Eso, unido a la
agradabilísima experiencia de oír cómo tres mujeres compartían
impresiones sobre las habilidades de Tom en la cama, han colmado mi
vaso —refunfuño.
—Qué fuerte. —Kate me mira con compasión—. Pero eso ya es
historia, _____.
—Ya lo sé. —Sacudo la cabeza con disgusto—. Kate, tengo muchas
cosas que contarte. ¿Salimos mañana por la noche? Necesito desahogarme
un poco.
Ella asiente y de pronto suelta un grito cuando Tom la levanta y la
deja a un lado para tener acceso a mí. Kate le da una palmada juguetona en
el hombro entre risas.
—Bebe. —Me pone un vaso de agua debajo de la nariz y me lo bebo
sin rechistar. Veo cómo sonríe mientras lo hago y después le devuelvo el
vaso. Él asiente sorprendido y sustituye el vaso vacío por otro que contiene
un sublime de Mario—. ¿Ves lo fácil que es todo si haces lo que se te dice?
—pregunta.
Lo miro con recelo y sacudo la cabeza ante semejante impertinencia.
Sí, es verdad, pero sus exigencias no son siempre tan simples como beber
un vaso de agua. Se vuelve para charlar con Gustav y Georg, pero mantiene
una mano firme sobre mi rodilla.
—Anda, mira —susurra Kate.
Sigo la dirección de su mirada y veo que Sarah está riendo con un
grupo de hombres y acariciando, tocando y básicamente manoseando a
cada uno de ellos a la menor oportunidad. Sus ojos pequeños y brillantes
reparan en mí y me lanza una petulante mirada de satisfacción, hasta que
siento los labios de Tom sobre mi mejilla. La dejo muriéndose de rabia de
ver que su plan no ha funcionado y centro la atención en Tom. Él me guiña
un ojo, me pone de pie, me levanta los brazos, los coloca sobre sus
hombros, desliza las manos por mi espalda, me estrecha contra sí y apoya
la frente contra la mía. Está intentando infundirme seguridad, cosa que
agradezco.
—¿Estás bien? —pregunta.
Yo sonrío y me aparto un poco para ver su hermoso rostro.
—Perfectamente.
—Bien.
Damos un brinco al ver un estallido de luz y nos volvemos. Kate está
ahí apuntándonos con una cámara de fotos. Tom me coge en brazos y yo
echo la cabeza hacia atrás riendo, consciente de los continuos disparos y
fogonazos de la cámara.
Me besa el cuello.
—Sonríe, nena.
Levanto de nuevo la cabeza y me encuentro con sus relucientes ojos
cafeces repletos de... felicidad. Lo hago feliz. Hago que tenga ganas de
vivir. Que quiera dejar atrás esta clase de vida. Sonrío, hundo los dedos en
su pelo y acerco sus labios a los míos.
—¡Vale! —exclama Kate—. ¡Ya es suficiente!
Tom me tiene y me toma donde quiere, sin importarle en absoluto
quién nos vea o dónde nos encontremos. Me baja de nuevo y me coloca
sobre el taburete. Me da la bebida y vuelve a su conversación con los
hombres, como si no acabara de silenciar a toda la sala con esa
demostración de amor exagerada y fuera de lugar. Sin embargo, no me
sonrojo. No me importa ni me avergüenza en lo más mínimo.
Miro al otro lado del bar y veo a Sarah echando humo.
—Me detesta, Kate.
—¡Que le den! —espeta mi amiga—. ¿A ti te importa?
—No. Pero me fastidia no tener más remedio que aceptar el hecho de
que Tom vendrá todos los días y que ella estará aquí. —¿La despediría si
yo se lo pidiera?
Kate desaparece de delante de mí cuando Georg la agarra y se la lleva
fuera del bar. Me yergo en el taburete y observo ansiosa si se la lleva hacia
la izquierda, hacia la escalera, o hacia la derecha, hacia el salón de verano.
Van hacia la derecha. Suspiro, tremendamente aliviada. No quiero ni
imaginármelo.
—¡_____, vamos a bailar! —grita mientras desaparece de mi vista. Iré
con ella en seguida.
Llama mi atención un hombre que se acerca a Tom y le tiende la
mano. Su cara me suena. Tom se la acepta y se la estrecha afablemente al
tiempo que se vuelve y me mira de soslayo. Me he dado cuenta de que,
según van bebiendo más, cada vez más gente se acerca a conversar con
Tom, sobre todo mujeres. Charlan brevemente y el tipo señala con su copa
en mi dirección. Tom me mira y se acerca con él. Estará a mitad de la
cuarentena y se ha quitado la chaqueta. Parece algo achispado.
—_____, éste es Chris. —El tono de Tom me sugiere que preferiría no
tener que presentármelo—. Era el agente inmobiliario en funciones del
Lusso.
Claro. Sabía que lo conocía de algo. Él me ofrece una sonrisa babosa y
le cojo manía al instante. Mi aversión por los agentes inmobiliarios no ha
disminuido, ni siquiera tratándose de uno tan exclusivo. Todos son iguales,
vendan chabolas o áticos de lujo.
—Hola. —Le tiendo la mano de mala gana y me la estrecha. Tiene la
palma sudorosa y siento deseos de correr a los aseos para lavármela
inmediatamente—. Me alegro de conocerte. —Finjo una sonrisa sincera y
advierto que Tom sonríe al ver que empiezo a juguetear con mi pelo.
—Es un auténtico placer —responde Chris. No me suelta, y lanzo una
mirada nerviosa a Tom cuando el tipo se aproxima más sosteniéndome con
fuerza la mano—. Me encanta tu vestido. —Me mira de arriba abajo, y
hace que me incline hacia atrás ligeramente.
Es un hombre muy atrevido. O eso, o tremendamente estúpido. Tom
está junto a él en un nanosegundo y los músculos de su mandíbula se
mueven a toda velocidad. Está temblando físicamente. En serio, siempre
son los agentes inmobiliarios. Chris desaparece pronto de mi espacio
personal tras recibir un brusco tirón en el hombro. Permanece atrás, donde
Tom lo ha dejado, y observa cómo se acerca a mí, me levanta, se sienta en
mi taburete y me coloca sobre sus muslos.
—Chris, te recomiendo que tengas cuidado con dónde pones las
manos y los ojos. De lo contrario me veré obligado a partirte las putas
piernas, ¿entendido? —dice Tom tranquilamente, aunque el tono de su voz
está cargado de tensión.
Chris retrocede con una expresión de inquietud justificada en el
rostro.
—Tom, discúlpame. Creía que era un blanco más —farfulla.
—¿Perdona? —le espeto. ¿Está de broma?
Tom se tensa detrás de mí y el pánico me invade. Si no lo retengo en
el taburete, Chris morderá el polvo antes de dos segundos. Le pongo la
mano sobre la pierna y se la aprieto ligeramente. Su cuerpo emana un
intenso calor y los latidos de su corazón me golpean la espalda. Me
encantaría ver cómo pone en su sitio a este cerdo impertinente, pero
también me gustaría acabar la noche sin tener que cubrirle la mano con una
bolsa de hielo.
Se levanta ligeramente del taburete y me aprieta contra su pecho.
—¡Te aconsejo que te largues ahora mismo! —ruge.
Yo me pego contra él y le lanzo a Chris una mirada de «vete o sabrás
lo que es bueno». Él retrocede sin apartar la mirada, y no creo que vuelva
en una buena temporada.
Giro la cabeza y observo a Tom con una mirada interrogativa.
—¿Tienes ganas de matarlo? —pregunto.
Me mira con el ceño fruncido y después con una expresión de agobio.
—Muchas.
—¿Todas las mujeres son «blancos»? —Esto es nuevo.
Él se encoge de hombros.
—Los socios de La Mansión son sexualmente muy abiertos.
Ah, genial. Miro a mi alrededor y veo que cada vez hay menos
multitud en el bar desde que la banda ha empezado a tocar y que han
abierto arriba. Las personas que me rodean parecen normales y corrientes,
pero todos están aquí por un motivo, y no tiene nada que ver con las pijas
instalaciones deportivas que alberga La Mansión. Una cosa está clara, a
juzgar por los cochazos que suele haber aparcados fuera: todos son
tremendamente ricos.
—¿Cuánto cuesta ser socio? —pregunto. Mi curiosidad está sacando
lo mejor de mí.
Me hunde la cara en el cuello.
—¿Por qué? ¿Quieres apuntarte?
—Puede —respondo a la ligera.
Me muerde el cuello.
—No te pega ser sarcástica, señorita. —Me sube un poco más sobre su
regazo—. Cuarenta y cinco.
—¿Al mes? No está mal.
Se echa a reír.
—No, cuarenta y cinco mil al año.
«¡¿Qué?!»
—¡Joder!
Me atrapa el lóbulo entre los dientes y empieza a mover las caderas
contra mi culo.
—Esa boca.
Yo gimo un poco al notar su dura erección. Cuarenta y cinco mil
libras al año es una cantidad absurda de dinero. Esta gente debe de ser
idiota o estar muy desesperada pero, si miro a mi alrededor, lo cierto es
que no hay nadie especialmente feo. Todos tienen pinta de poder acostarse
con quien quieran.
—Oye, ¿y Kate paga eso? No es que ande justa de pasta, pero es muy
cuidadosa con su dinero.
—¿Tú qué crees? —pregunta con una sonrisita.
No lo sé. ¿Le habrá perdonado la cuota anual por ser amiga mía?
¿Haría algo así?
De repente caigo en la cuenta.
—Georg —digo—. Lo ha pagado Georg.
—A precio de amigo, claro.
¿Cobra cuotas especiales a los amigos que se unen a su club sexual?
Me siento como si fuera de otro planeta en estos momentos. No concibo
ese tipo de cosas, y aquí estoy, comiendo y bebiendo con esta gente y
saliendo con el propietario. ¿Quién lo habría imaginado?
—Habría preferido que te hubieras negado —refunfuño. Puede que
Kate sea una persona bastante centrada, pero no puedo evitar pensar que va
directa al desastre.
—_____, lo que Georg y Kate hagan es cosa suya.
Me enfurruño.
—¿Cuántos socios hay? —Siento un auténtico interés por saber cómo
funciona La Mansión y por el estilo de vida que ha escogido esta gente.
Me apoya la palma de la mano en la frente y tira de mí hacia atrás
hasta que mi cabeza descansa sobre su hombro.
—Estás siendo muy cotilla para detestar este lugar. —Me besa la
mejilla.
Yo me encojo de hombros como sugiriendo que me da igual si me
responde o no, pero lo cierto es que estoy sorprendentemente interesada. Se
ha hecho muy rico con esto, incluso a pesar de que lo consiguiera gracias a
su tío Carmichael.
—No soy cotilla.
Se ríe ligeramente.
—En el último recuento, creo que Sarah dijo que eran unos mil
quinientos, pero no todos participan de manera activa. Algunos sólo vienen
una vez al mes, otros conocen a alguien e inician una relación, y otros se
dan un descanso de vez en cuando.
«¡Joder!»
Hago cálculos y eso asciende a una barbaridad de millones.
—¿Y el restaurante y el bar están incluidos?
—¡No! —dice, escandalizado. No entiendo por qué. Por cuarenta y
cinco mil libras al año yo querría algo más que una invitación a practicar
sexo con cualquiera—. El bar y el restaurante son una sociedad distinta.
Algunos socios desayunan, comen y cenan aquí cuatro o cinco veces a la
semana. No ganaría mucho dinero si las comidas y las bebidas estuvieran
incluidas en la cuota. Tienen cuentas que saldan mensualmente. Vuélvete,
quiero verte.
Me insta a levantarme y me pone entre sus muslos. Me lleva el pelo
hacia atrás, me coloca bien el diamante y me coge las manos.
—¿Quieres ver el piso de arriba? —pregunta, y empieza a
mordisquearse el labio.
Yo retrocedo un poco. Sé que no se refiere a las suites. Ya las he visto,
o al menos una de ellas. Se refiere al salón comunitario, y también lo he
visto, pero estaba vacío y lo estaban limpiando cuando entré en él por
accidente. ¿Quiero verlo?
«¡Joder!»
La verdad es que sí. No sé si es que el sublime de Mario me ha
infundido valor o si es por pura casualidad, pero quiero saberlo todo.
—Vale —digo en voz baja antes de arrepentirme, y él asiente
ligeramente, como si cavilara.
Se levanta y dejo que me guíe hasta la escalera del vestíbulo. Alzo la
vista hacia el inmenso descansillo y oigo cómo la gente entra y sale de las
habitaciones. Dejo que Tom tire de mí hacia arriba. Sé que me está dando
tiempo para retractarme, y quiero decirle que se dé prisa antes de que
termine haciéndolo. Llegamos arriba y empezamos a recorrer el
descansillo hasta que llegamos a la vidriera. Hay gente pululando por todas
partes, todos completamente vestidos; algunos están de pie fuera de las
habitaciones, otros sólo están charlando. Es extraño.
—Tenemos que seguir con eso la semana que viene —dice Tom
señalando a la ampliación del pasillo abovedado. Y ahora entiendo por qué
—. ¿Lista? —pregunta.
Se vuelve hacia mí y sé que está observando si miro la doble puerta
que da al salón comunitario. Sus ojos atraen los míos como si fueran
imanes. Y lo son. Y su mirada cafe y profunda me atraviesa. Sabe que
todo lo relacionado con este lugar hace que me sienta tremendamente
incómoda. ¿Cómo no iba a saberlo? Se lo he dejado bastante claro, pero no
parece molestarle que encuentre su establecimiento sórdido y oscuro. No lo
ofende. Es como si aprobara mi reacción y mi aversión.
Se acerca a mí, sin interrumpir el contacto visual, hasta que estamos
frente a frente.
—Sientes curiosidad —murmura.
—Sí —confieso sin vacilar—. Así es.
—No tienes por qué sentirte tan inquieta. Estaré contigo y te guiaré.
Si quieres marcharte, dilo y nos iremos.
Para mi sorpresa, su intento de infundirme seguridad está
funcionando. Me aprieta la mano y me siento más tranquila y más cómoda
mientras tira de mí suavemente hacia la escalera. Pongo los pies en marcha
y me dejo llevar. Mi corazón se va acelerando poco a poco conforme nos
acercamos.
—Habrán empezado ya varios actos. Algunos serán moderados y otros
no tanto. Es importante que recuerdes que todo lo que tiene lugar aquí es
porque ambas partes han accedido. El hecho de que estés en esta sala no
implica necesariamente que desees participar en ninguno de esos actos. —
Baja la vista y sonríe con malicia—. Y nunca lo vas a hacer. Me he
propuesto dejar claro a todos los hombres cuáles serán las consecuencias si
se acercan a ti. —Vuelve a mirarme—. Puede que tenga que enviar una
nota para recordárselo —masculla.
Una pequeña carcajada escapa de mis labios. No me cabe duda.
Esboza una leve sonrisa socarrona y mi amor por él se intensifica aún más.

Dejo que me guíe a través de la puerta doble de madera oscura abierta hacia el salón comunitario.


HOLA!! OTROS CAPS MAS ... 4 O MAS Y AGREGO... HASTA PRONTO :))

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