CAPITULO
27.-
—Tom, relájate. Sólo se ha tomado tres copas de vino. No
estaba borracha.
Mi mirada se ve atraída por una luz fluorescente y
brillante que se
encuentra por todas partes. Me siento como si me
hubiesen golpeado la
cabeza con una barra de hierro varias veces. ¿Dónde coño
estoy? Cierro los
ojos de nuevo y levanto los brazos para apartarme un
mechón de pelo que
me hace cosquillas en la mejilla. El suave contacto de
mi mano sobre mi
cabeza me provoca agudas puñaladas en el cerebro.
—¿______? —dice con voz tranquila agarrándome las manos
con fuerza
—. _____, nena, abre los ojos.
Hago todo lo que puedo, pero me resulta tremendamente
doloroso.
¡Joder! ¿Qué coño me pasa? ¿Tengo la peor resaca de mi
vida? No
recuerdo haber bebido tanto.
—¡¿Quiere alguien contarme qué COÑO está pasando aquí?!
—ruge.
Abro los ojos de nuevo y miro el extraño espacio que me
rodea. Lo
único que me resulta familiar es esa voz iracunda que
percibo
curiosamente reconfortante, aunque me está haciendo
polvo la cabeza.
Levanto la mano y me agarro el cráneo dolorido.
—¿_____, nena?
Entorno los ojos intentando centrarme y me encuentro con
los suyos,
cafeces y llenos de preocupación. El calor de su palma
acariciándome la
cabeza me hace gruñir. Me hace daño.
—Hola —chirrío. Tengo la garganta seca y rasposa.
—¡Joder, menos mal! —Me llena la cara de besos y yo lo
aparto. No
puedo respirar.
—______, chica, ¿estás bien?
Sigo el sonido de la otra voz familiar y veo a Georg
inclinándose sobre
mí, más serio que nunca. ¿Qué está pasando?
—¡¿A ti te parece que está bien?! —le grita Tom—.
¡Joder!
—¡Tranquilízate!
También reconozco esa voz. Desplazo mis ojos sensibles
por la
habitación y veo a Kate sentada en una silla enfrente de
mí.
—¿Dónde estoy? —pregunto a pesar de la sequedad en mi
garganta.
Necesito beber agua.
—Estás en el hospital, nena. —Me acaricia la cara y me
besa la frente
de nuevo.
¿Qué coño hago en el hospital? Intento incorporarme,
pero Tom me
lo impide presionándome contra la cama con todas sus
fuerzas.
—Necesito ir al servicio —gruño tratando de zafarme de
él.
Aparto sus persistentes brazos de un golpe y me siento,
levantando al
instante las manos para agarrarme la cabeza cuando toda
la fuerza de la
gravedad recae sobre mi cerebro. ¡Joder! Sí que es la
peor resaca de mi
vida. Gruño y cruzo las piernas delante de mí, apoyo los
codos sobre las
rodillas y la cabeza en las manos.
—Yo la acompaño —se ofrece Kate—. Vamos, ______.
—¡De eso, ni hablar!
Pongo los ojos en blanco al oír esa voz irracional que
tanto amo y
espero a que Kate le replique, pero no lo hace.
—Estoy bien —digo, irritada. Puedo ir al puto cuarto de
baño sola.
Me vuelvo hacia un lado de la cama y bajo los pies al
suelo. Los
tacones han desaparecido.
—A mí no me lo parece, señorita. —Él me coge en brazos
desde el
borde de la cama—. ¿Qué ha sido de los baños en las
habitaciones? —
masculla, y me saca al pasillo.
Aquí la luz es aún más brillante. Entorno los ojos ante
la cegadora
invasión.
—¡Vaya! ¿Ya ha vuelto en sí? —oigo que dice una
enfermera.
—Voy a llevarla al servicio —ladra Tom, y continúa
avanzando hacia
los aseos más cercanos.
—Caballero, por favor, necesitamos una muestra de orina.
Tom se detiene momentáneamente antes de continuar su
camino. Una
vez en el baño, me deja de pie y me sostiene mientras
que con la otra mano
coge un poco de papel, lo rocía de spray antibacteriano
y limpia el asiento
mascullando improperios sobre la salud pública y el
servicio de limpieza.
Me levanta el vestido, me baja las bragas y me ayuda a
sentarme en el
váter mientras aguanta un recipiente de plástico debajo
de mí.
No siento vergüenza ni pudor. Relajo los músculos de la
vejiga y
suspiro de alivio conforme disminuye la presión. No
puedo creer que esté
sentada sobre su brazo mientras él sujeta un orinal
debajo de mí.
—¿No tienes miedo escénico? —pregunta con voz suave.
Abro los ojos y veo que está en cuclillas delante de mí,
sosteniendo
mi muslo con la palma libre. Parece preocupado y
cansado.
—Me has follado por el culo. Esto no es nada en
comparación.
—______, ¿quieres hacer el favor de vigilar tu puto
lenguaje? —suspira,
aunque su voz destila alivio.
Estoy tentada de decirle que coja el spray antibacteriano
y me rocíe la
boca con él, pero me encuentro demasiado ocupada
devanándome los sesos
intentando entender cómo he acabado en el hospital. Lo
último que
recuerdo es a Tom de pie en la puerta del bar, con cara
de pocos amigos.
Sé que me preocupó su expresión cuando corría hacia mí,
y que me cabreó
que fuera incapaz de no dejarme tranquila ni por una
noche.
Cojo un poco de papel rasposo y me limpio.
—Ya he terminado. ¿Te he meado encima? —pregunto sin que
me
importe mucho mientras me pongo de pie y le doy a Tom el
tiempo
suficiente para que saque el orinal antes de volver a
caer sobre el asiento.
Deja el cuenco sobre la cisterna del váter.
—No, dame las manos.
Las extiendo y me las frota con el spray antibacteriano.
Me levanta,
me sube las bragas, me baja el vestido y vuelve a
cogerme en brazos para
llevarme de vuelta a la cama del hospital.
—Está en la cisterna del váter —espeta cuando pasamos
junto al
puesto de enfermeras.
Lo suelto a regañadientes cuando me deja de nuevo sobre
la cama
dura e incómoda.
—______, ¿qué te ha pasado? —La voz de Kate está cargada
de
preocupación, algo extraño en ella.
—No lo sé —contesto, y apoyo la espalda contra la
cabecera. Tengo
mucho sueño otra vez.
—¡Yo sí! —exclama Tom mirándome con ojos acusadores.
Reúno todas mis escasas energías para lanzarle una
mirada asesina.
—¡No estaba borracha!
—¡Claro, te desmayaste porque estabas sobria, ¿no?!
—grita.
Su berrido atraviesa mis sensibles tímpanos y hago una
mueca de
dolor. Cuando abro los ojos veo que al menos tiene la
decencia de parecer
arrepentido.
—¡No le grites! —me defiende Kate, cosa que agradezco.
Le lanza una mirada asesina, se mete las manos en los
bolsillos de los
vaqueros y empieza a pasearse por la habitación. Georg
se aparta de su
camino. Está demasiado callado tratándose de él.
—Sólo bebió un par de copas de vino. Se ha bebido dos
botellas en
otras ocasiones y no ha perdido el conocimiento. —Kate
se sienta a mi
lado y me acaricia el brazo—. ¿Habías comido algo antes?
Pienso.
—Sí —contesto. Tom me estuvo dando de comer todo el día,
entre
que llevábamos la ropa arriba y me marcaba.
Él deja de pasearse y empieza a morderse el labio con
ímpetu.
—¿Estás embarazada? —pregunta mirándome atentamente y
volviendo a morderse el labio de nuevo.
«¿Qué?»
—¡No! —exclamo atónita ante su atrevimiento, pero
entonces me
quedo helada.
«¡Ay, Dios mío!»
Las píldoras. ¡No he ido a por ellas! Siento que voy a
desmayarme de
nuevo. Y de repente tengo mucho calor. ¡Pero qué
estúpida soy! He estado
follando como una coneja sin ningún tipo de protección.
¿Cómo ha podido
pasar? Miro a Tom e intento parecer lo más sincera que
puedo.
Él me observa con recelo.
—¿Estás segura?
—¡Sí! —Hago un gesto de dolor al oír la estridencia de
mi propia voz
y tenso el brazo para evitar el acto reflejo que siempre
me delata. Tom y el
resto de los presentes en la habitación darán por hecho
que estoy a la
defensiva. No es así, estoy muerta de miedo.
—Sólo era una pregunta —dice, y empieza a pasearse de
nuevo.
—¿Qué recuerdas? —pregunta Kate mientras sigue
acariciándome el
brazo. Reflexiono sobre toda la noche, pero me cuesta
hacer memoria. En lo
único que puedo pensar es en cuánto hace que no me tomo
las pastillas y en
las probabilidades que hay de que esté preñada. Intento
dejar a un lado la
preocupación y recordar algo, lo que sea, de lo que
sucedió anoche.
Recuerdo lo de Matt, pero no pienso contárselo. Entonces
me viene a la
mente el musculitos baboso de la coleta, pero eso
tampoco voy a
contárselo. Me encojo de hombros. No hay mucho que pueda
decir sin que
Tom se ponga hecho una furia. Por favor, no, no puedo
estar embarazada.
—Venga, chica. —Georg me coge de la otra mano y empieza
a
acariciarme la palma con el pulgar—. Intenta hacer
memoria.
—No recuerdo nada raro —digo de manera clara y concisa,
resistiendo todavía la tentación de juguetear con mi
pelo—. ¿Por qué estáis
haciendo una montaña de esto? —Apoyo la cabeza de nuevo
sobre la
almohada y me arrepiento al instante. Siento como si
tuviera un
rodamiento de hierro traqueteando dentro.
Tom se acerca al lado de la cama donde se encuentra
Georg y le gruñe,
lo aparta y me agarra de la mano. Me mira con los ojos
entornados de
furia.
—¡____, son las cuatro de la mañana! —Cierra los ojos
para recobrar
la compostura (como si la hubiese tenido en algún
momento)—. ¡Has
estado inconsciente casi siete horas, así que no me
digas que no haga una
montaña de esto!
¿Siete horas? ¡Joder! Me he desmayado otras veces, pero
sólo durante
unos minutos. Siete horas es como toda una noche de
descanso. Todas las
cabezas de la habitación se vuelven hacia la puerta al
oír llegar a la
enfermera. ¿Siete horas? Nos dirige una mirada de
desaprobación.
—Sólo se permite un acompañante en la habitación. Tenéis
que
marcharos.
Miro a Kate y ella mira a Tom, quien la ignora por
completo. Es
evidente que no piensa moverse de aquí. Le dirijo a mi
amiga una mirada
de disculpa de parte de don Controlador y ella sacude la
cabeza y esboza
una pequeña sonrisa indicando que no pasa nada.
—Vamos a por algo de comer. —Mira a Georg y él asiente
ante su
sugerencia.
Me siento fatal. ¿Llevan toda la noche aquí sólo porque
a mí me ha
dado un jamacuco?
La enfermera acompaña a Kate y a Georg a la salida y se
acerca de
nuevo a la cama para realizar sus observaciones.
—¿Quieres una taza de té?
—Sí, por favor —respondo, agradecida. Estoy seca.
Luego mira a Tom, pero él niega con la cabeza. Creo que
preferiría un
coñac. Apoya los codos en el borde de la cama, atrapa mi
mano entre las
suyas y descansa la frente sobre los dedos.
No digo nada. Me ha entrado mucho sueño otra vez, y no
tengo
fuerzas para lidiar con los interrogatorios de Tom.
Apoyo la cabeza y me
duermo. Podría estar embarazada, y la idea me aterra. Va
a ponerse hecho
una furia.
—Me han dicho que ya se había despertado.
Abro los ojos y me encuentro a un hombre indio vestido
con una bata
blanca delante de la cama.
—Hola —grazno.
—Soy el doctor Manvi. ¿Cómo se encuentra, _____? —Habla
un inglés
perfecto, sin el más mínimo acento.
—Bien —suspiro, cansada—. Me duele mucho la cabeza, pero
aparte
de eso estoy bien.
Tom gruñe a mi lado, y lo miro con exasperación. Quiero
irme a casa.
—Me alegro. —El doctor Manvi me inspecciona los dos ojos
con una
luz y vuelve a guardarse la especie de linterna en el
bolsillo—. ____, ¿qué
recuerdas de anoche?
¡Otro con la maldita preguntita!
—No mucho. —Tom me aprieta la mano con más fuerza y me
vuelvo
hacia él. Su ira sigue siendo evidente. Me encuentro
fatal. Esto es lo que
menos necesito en estos momentos.
El doctor mira a Tom.
—¿Quién es usted?
—Su
marido —responde él de manera tajante sin apartar
la mirada de mí.
Abro los ojos de par en par pero él ni se inmuta, del
todo tranquilo
ante mi evidente regaño silencioso. Se ha olvidado de
añadir lo de
«futuro».
—Vaya. —El médico repasa mi historial—. Aquí dice
«señorita
O’Shea».
—Nos casamos el mes que viene. —Me atraviesa con la
mirada,
incitándome a desafiarlo, pero no tengo energías. Apoyo
la cabeza
amargamente sobre la cama.
—Ah, de acuerdo. —El doctor Manvi parece satisfecho con
la
explicación de Tom. No puede importarme menos—. Hemos
realizado un
análisis de orina rutinario. —Coge una silla y la
arrastra por el suelo de
goma, lo que me arranca otro gesto de dolor—. ¿Cuándo
tuvo el último
período? —El hombre me mira con ojos compasivos, y yo
siento ganas de
arrastrarme por la habitación y meterme en el contenedor
de residuos
sanitarios.
—Hace una semana, más o menos —respondo tranquilamente
mirando al techo. No me hace falta mirar a Tom para
saber que está
crispado.
—Bien, de acuerdo, solemos realizar de manera rutinaria
un test de
embarazo para determinar qué provocó el desvanecimiento.
—Hace una
pausa, y yo me preparo para los estragos que va a causar
en la habitación el
huracán Tom—. No está embarazada.
Levanto la cabeza.
—¿En serio?
—Bueno, al menos eso parece, pero si sólo hace una
semana desde su
último período, podría ser demasiado pronto para saberlo
con certeza. —
Sonríe amablemente, aunque eso no me tranquiliza en
absoluto—. ¿Toma
la píldora anticonceptiva, _____?
—Sí —respondo prácticamente chillando.
—Entonces podemos decir con total seguridad que no está
embarazada.
«¡Mierda!»
—______, es importante que intente recordar algo de lo
que sucedió
anoche, con quién habló, con quién estuvo.
Tom me transmite su hostilidad a través de las manos,
increpándome.
—¿Qué? —interviene—. ¿Qué está intentando decir?
Ni siquiera me molesto en reprenderlo por su falta de
respeto, y el
doctor Manvi continúa, haciendo la vista gorda.
—Hemos realizado un test más exhaustivo, teniendo en
cuenta sus
síntomas.
—¿Síntomas? ¿Qué síntomas? —pregunto, totalmente confundida.
El médico inspira hondo y cambia de postura en la silla.
—Hemos hallado restos de Rohypnol en su orina —anuncia
con pesar.
—¿QUÉ? —ruge Tom.
Abro los ojos de par en par y el corazón empieza a
palpitarme con
fuerza. ¿Ésa no es la droga de los violadores? ¡Joder!
Tom se pone de pie bruscamente soltándome la mano.
Nerviosa, alzo
la vista y veo que está temblando y sudando,
transpirando ira.
—¿Ésa no es la droga de los violadores? —le grita al
pobre médico.
—Sí. —El doctor Manvi confirma nuestros temores.
El pánico me invade ante el diagnóstico del médico. Esto
es terrible.
Tom empieza a pasearse por la habitación y echa la
cabeza hacia
atrás.
—¡Me cago en la puta! —grita. Veo cómo su camisa negra
se infla y
se desinfla con violencia cuando se agarra a un mueble
de metal cercano.
—______, le aconsejo que lo notifique usted a la
policía. Tiene que
contarles todo lo que recuerde. —Se vuelve hacia Tom—.
Señor, ¿podría
confirmar si estuvo sola en algún momento?
Mi mente empieza a repasar la noche. Creo que no lo
estuve. Tom se
lleva las puntas de los dedos a la sien y comienza a
pasearse de nuevo. Va a
estallar. Va a ser como un tornado que asolará el
hospital. De repente,
decirle que podría estar embarazada me parece mejor que
esto.
El médico vuelve a mirarme al no obtener respuesta por
su parte.
—Tenemos que examinarla para determinar si la violaron.
—¿Qué? —espeto. ¡Joder!
—No estuvo sola —responde Tom, más tranquilo de lo que
yo
esperaba—. Vi cómo perdía la conciencia y fui corriendo.
—Se vuelve
hacia mí con ojos atormentados. Me siento vacía de
emociones. Creo que
estoy en shock.
—¿Está seguro de esto?
—Sí —gruñe Tom.
—Señor, aun así me gustaría examinarla, por si tiene
algún cardenal o
algún arañazo.
—La he mirado de arriba abajo. No tiene ninguna marca.
—Tom se
dirige con pasos pesados al otro extremo de la
habitación y abre la puerta
—. Kate —llama.
Oigo un breve intercambio de palabras abruptas y
amortiguadas al
otro lado de la puerta. No me cabe duda de que Tom está
exigiendo
respuestas. El médico me mira confuso, y después mira a
Tom, mientras
yo continúo intentando acordarme de algo.
Vuelve de nuevo a mi lado.
—Nena, Kate dice que salió a fumar, pero que Ken estaba
contigo.
¿Te acuerdas de eso?
—Sí —respondo rápidamente. Me acuerdo perfectamente—. Pero
Ken se fue al servicio mientras Kate estaba fumando
—añado.
—Vale, ¿y recuerdas qué sucedió durante el tiempo que
estuviste
sola? —insiste.
—Sí. —No voy a decirle por qué lo recuerdo. Joder,
mencionar a Matt
sería un tremendo error—. ¿Por qué? —pregunto.
—Porque, ______, no quiero que nadie te toque si no es
necesario, así
que, por favor, haz memoria. —Me aprieta las manos—.
Antes de que yo
llegara, ¿estabas bien? ¿Te acuerdas de todo?
—Sí.
—Bien —interviene el doctor Manvi—. Pero, señorita, aun
así me
quedaría más tranquilo sin accediera a que la
examinásemos.
—No, sé que no pasó nada. No tengo ninguna magulladura
ni ningún
corte.
—Si está completamente segura, no puedo forzarla.
—¡Por supuesto que no puede forzarla! —silba Tom.
Joder, quiero salir de inmediato de aquí.
—No pasó nada. Lo recuerdo todo hasta que él llegó.
—Miro a Tom
—. Me acuerdo de todo —repito con voz temblorosa. Estoy
temblando.
Me acaricia la mejilla con la palma de su mano.
—Lo sé. Te creo.
—De acuerdo. Sus constantes vitales están bien —me
informa el
doctor Manvi—. Le dolerá la cabeza un rato, pero eso es
todo, se
recuperará. En cuanto tenga lista el alta podrá irse.
—¿Cuánto tiempo tardará? —pregunta Tom, furioso de
nuevo.
—Señor, estamos en el centro de Londres y es sábado por
la noche.
No tengo ni idea.
—Voy a llevármela a casa ahora mismo —dice Tom con
absoluta
determinación. Lo miro y al instante sé que es inútil
discutir, no si uno
desea seguir viviendo. El doctor Manvi me mira y yo
asiento.
Se levanta de la silla.
—Está bien —dice prácticamente suspirando. Es obvio que
no está
conforme.
Me dejo caer en trance mientras el médico habla con Tom.
No oigo
nada. Parece todo muy distante. ¿Cómo ha podido pasar
esto? No perdí mi
bebida de vista ni un instante. Tampoco acepté la copa
que me ofrecieron.
Tuve mucho cuidado. Joder, ¿qué habría pasado si llego a
irme al servicio
unos segundos antes y no hubiera visto a Tom en la
puerta? Podría
haberme quedado inconsciente y ajena a todo lo que me
rodeaba. Me
podrían haber violado. De repente empiezo a sollozar sin
esperarlo y
finalmente rompo a llorar.
—Nena, no llores, por favor. —Siento cómo su calidez me
atrapa y
me estrecha con fuerza mientras mi cuerpo se agita
debajo de él—. Nena,
me volveré loco si lloras.
Sollozo sin parar mientras me reconforta mascullando
maldiciones y
ruegos sobre mi cabeza.
—Lo siento mucho —exclamo entre sollozos. No sé qué es
lo que
siento, tal vez haberlo desafiado y haber salido de
todos modos. La verdad
es que no lo sé, pero siento remordimientos.
—______, cállate, por favor —me suplica mientras me
sostiene con
fuerza y me acaricia el pelo. Percibo el frenético ritmo
de sus latidos bajo
mi oreja.
Cuando por fin me recompongo un poco, me seco las
lágrimas y me
sorbo los mocos. Debo de estar hecha un asco.
—Estoy bien —digo. Respiro profundamente unas cuantas
veces para
tranquilizarme y lo aparto—. Quiero irme a casa.
—Parezco una niña
malcriada.
Empiezo a bajarme de la cama, pero de repente me detiene
un muro
feroz, alto, fuerte y de ojos cafeces. Me coge en brazos
y se dirige hacia la
puerta, topándose con Kate por el camino.
—Coge sus cosas —le ordena al pasar por su lado.
—¿Qué ha ocurrido? —Georg se levanta de la silla del
pasillo.
—La han drogado —informa Tom tajantemente. No se detiene
a dar
más explicaciones.
—¡Joder! —dice Georg, consternado.
Oigo los tacones de Kate siguiéndonos.
—¿Qué? ¿Para violarla?
—Sí, ¡para violarla! —grita Tom mientras continúa
avanzando por el
pasillo conmigo en brazos—. Voy a llevármela a casa.
Cuando salimos del edificio ya es de día. La invasión de
luz natural
me obliga a entornar los ojos. Me mete en el DBS y me
abrocha el
cinturón. Hago una mueca de dolor cuando la puerta se
cierra y percibo un
murmullo de voces fuera del vehículo. Oigo unos
golpecitos suaves en la
ventanilla y, cuando me vuelvo, veo a Kate haciéndome un
gesto para que
la llame. Asiento y apoyo la cabeza contra el cristal
mientras Tom sube al
coche y deja mis zapatos y mi bolso a mis pies. Cierro
los ojos de nuevo y
me quedo dormida.
—Arriba. —Abro los ojos y veo que Tom me saca del coche
y me
lleva en brazos a través del vestíbulo del Lusso.
—¿Señor Kaulitz? —El conserje aparece junto a nosotros
mientras
Tom se dirige al ascensor que sube hasta el ático—. ¿Va
todo bien? —
pregunta, preocupado. No es raro verme siendo
transportada en sus brazos,
así que imagino que debo de tener un aspecto espantoso,
y sé que Tom
también.
—Estoy bien, Clive. —La puerta del ascensor se cierra y
el hombre se
queda perplejo y preocupado al otro lado.
Apoyo la cabeza contra la firmeza de Tom y, lo siguiente
que sé es
que me está metiendo en su inmensa cama. Tengo vagos
recuerdos de que
me quita el vestido mientras gruñe con desaprobación. Me
doy la vuelta al
verme libre de ropa y dejo escapar un suspiro de alivio
cuando percibo el
olor que más me gusta en este mundo: un olor a agua
fresca y mentolada.
Sé que
estoy de vuelta en el lugar al que pertenezco.
CAPITULO
28.-
—¡Jodeeeeeer!
—me desperezo, y es el estiramiento más placentero que
jamás
haya realizado.
Me
encuentro mejor, mucho mejor. Ruedo hasta el otro lado de la
cama y la
encuentro fría. Me incorporo y estiro el cuello para inspeccionar
la
habitación. No hay nadie, así que me acerco de mala gana al borde del
colchón,
apoyo los pies descalzos en la moqueta de color crema y me
preparo
para marearme en cuanto me levante, pero no sucede nada de eso.
Me siento
sorprendentemente estable. Atravieso el dormitorio y me asomo
al
descansillo. Tom está abajo, sentado en uno de los enormes sillones
hablando
en voz baja por el móvil. Ya se ha duchado y afeitado y lleva
puestos
unos vaqueros azul claro. Está desnudo de cintura para arriba.
Me agacho
silenciosamente hasta el primer escalón y lo espío a través
del
cristal curvo que da al gran espacio diáfano. Parece despejado pero
preocupado.
—No lo sé
—dice en voz baja mientras pellizca la tela del
reposabrazos
del sillón—. Pero juro por Dios que les voy a arrancar la
cabeza.
—Levanta la mano del sofá y se frota los ojos con ella—. Estoy
cerca,
John. De verdad que lo necesito. Joder, qué puta mierda.
¿Va a
volver a beber por mi culpa otra vez?
Como si
hubiera oído mi pregunta silenciosa, levanta la vista y me ve.
Me
revuelvo avergonzada en lo alto de la escalera mientras me observa.
—Intenta
averiguar algo, John. Yo no iré hasta dentro de unos cuantos
días...
Sí, gracias, grandullón. —El teléfono se desliza por la palma de su
mano,
pero la mano permanece pegada a su oreja y el codo apoyado en el
reposabrazos.
Me siento como una auténtica intrusa.
Se
retrepa en el sillón y yo me siento en el escalón superior y
permanecemos
así un buen rato, mirándonos el uno al otro a través del
cristal.
No sé qué decirle. Parece como si cargara con todo el peso del
mundo
sobre los hombros. ¿Debería marcharme? Sé que quien quiera que
me
pusiera esa mierda en la bebida ha hecho que mi vida sea un millón de
veces más
difícil. Quería demostrarle a Tom que no tenía motivos para ser
tan
sobreprotector, pero sólo he conseguido empeorarlo todo. Ahora jamás
me
perderá de vista.
Mientras
reflexiono sobre mi próximo movimiento, se levanta de la
butaca y
se aproxima al pie de la escalera. Observo cómo asciende
lentamente
hasta que se encuentra a tan sólo unos pasos por debajo de mí,
mirándome.
¿En qué estará pensando? Su expresión oscila entre la ira y la
tristeza,
y la arruga de su frente parece llevar ahí marcada un buen rato.
—Si vas a
gritarme, creo que será mejor que me vaya —digo con la
garganta
seca.
Lo que
menos necesito en estos momentos es aguantar a don
Neurótico.
Sólo quiero olvidarme de todo esto y dar gracias de que la cosa
quedara
en un susto. Podría haber sido mucho peor.
—Ya he
gritado suficiente —responde, también él con voz ronca—.
¿Cómo
estás?
—Bien.
—Aparto la vista de sus dos imanes y miro mis pies
descalzos.
No llevo nada puesto más que la ropa interior negra de encaje, y
me siento
pequeña teniéndolo delante cerniéndose sobre mí de esta
manera.
Estoy incómoda.
—¿Más o
menos? —pregunta.
—No, bien
del todo —respondo con insolencia.
Se pone
de rodillas un par de escalones por debajo de mí para que
estemos a
la misma altura, pero sigue mirándome desde arriba. Apoya las
manos en
el escalón superior a ambos lados de mi cuerpo y yo levanto la
vista y
lo miro a él.
—Estoy
furioso, _____ —dice con voz suave.
—No
estaba borracha —afirmo rotundamente. ¡Joder! No estaba
borracha
ni de lejos.
—Te dije
que no bebieras nada. Sabía que no debería haberte dejado
salir.
—Siento
curiosidad por saber qué te hace pensar que puedes decidir
qué hago
o qué dejo de hacer —respondo, desafiante—. Ya soy mayorcita.
¿De
verdad esperas que viva una vida contigo en la que controles cada uno
de mis
movimientos? —añado con voz tranquila pero firme a través de la
aspereza
de mi garganta. Necesito que entienda lo que le digo.
Sus
labios forman una línea recta y sé que está cavilando.
—Eres mía
—dice entre dientes—. Tengo que asegurarme de que
estés a
salvo.
Bajo la
vista suspirando. Sí, soy suya, pero sus objetivos con respecto
a
mantenerme fuera de peligro son demasiado ambiciosos.
—Antes
has dicho que estás cerca. ¿Cerca de qué? —Vuelvo a
levantar
la vista.
Me mira a
los ojos. Debe de saber que lo he oído.
—De nada
—responde.
—¿De
nada? —digo con tono de incredulidad—. Quieres beber,
¿verdad?
Eso es lo que necesitas para superar esta puta mierda.
Abre unos
ojos como platos.
—¡Vigila...
ese... puto... lenguaje! —dice deteniéndose tras cada
palabra—.
Esta puta mierda ha sucedido porque anoche saliste y me
desobedeciste.
—Acerca la cara a la mía—. Si me hubieras hecho caso
ahora no
estaríamos en esta situación.
—¡Lo
siento! —espeto, enfadada—. ¡Siento no haberte hecho caso!
—Me
levanto y lo dejo ahí arrodillado en la escalera—. ¿Siento que tengas
la
necesidad de ahogarte en vodka por mi culpa! Está claro que soy
perjudicial
para tu salud. Pero tranquilo, que por mí ya no vas a sufrir más.
Doy media
vuelta y me dirijo al dormitorio, temblando literalmente
de ira.
He oído cómo se lo confesaba a John. Si me marcho, probablemente
acabe
bebiendo, y si me quedo, tal vez lo haga también. Estoy entre la
espada y
la pared. ¿Por qué no ve que son precisamente sus irracionales
expectativas
las que lo llevan a beber, y no yo?
—Estoy
furioso, ______.
Me vuelvo
y veo que me sigue con el rostro descompuesto de rabia.
Retrocedo
un poco y me reprendo mentalmente por no mantenerme firme.
Se
detiene delante de mí, con el pecho agitado, exhalando su fresco aliento
sobre mí.
—Bésame.
«¿Qué?»
—¡No!
—chillo, incrédula. ¿Está loco o qué le pasa? Me acaba de
echar una
bronca monumental por desobedecerlo y continúa exigiéndome
más
tonterías. No pienso besarlo.
Sus ojos
se entornan y se vuelven oscuros.
—Tres.
Tiene que
ser una broma.
—¿Estás
loco?
—Loco de
rabia, _____. Dos.
Va
totalmente en serio. ¡Joder!
—Uno
—susurra.
Inspecciono
la entrada de la habitación que tiene detrás y descarto esa
opción
por completo. No lograría esquivarlo de ninguna manera.
—Cero.
«¡Mierda!»
Corro por
la habitación y salto encima de la cama. Tal y como
esperaba,
me atrapa y me aprisiona debajo de él en un santiamén. Estoy
boca
arriba. Me sujeta los dos brazos por encima de la cabeza con una
mano y me
mete una de sus piernas entre los muslos. Estoy inmovilizada y
cansada
de intentar liberarme. Debería haber aprendido ya la lección. Jadeo
en su
cara mientras él respira sobre mí y me recorre la línea del estómago
con el
dedo, asciende hasta el centro de mi torso y sigue hasta mi boca. Me
acaricia
el labio inferior y vuelve a descender por mi cuerpo. El muy
cabrón
está obligándome a desearlo otra vez. No permitirá que me vaya.
Recorro
su torso desnudo con la mirada hasta su mano libre, con la
que traza
círculos suaves en el hueco de mi cadera.
—Voy a
dar por hecho que tu insubordinación se debe al efecto de las
drogas
—dice tranquilamente—. Voy a concederte tres segundos más para
que tomes
la decisión correcta. —Baja la cabeza hasta que sus labios
planean
sobre los míos sin llegar a tocarse—. Tres —dice, pegado a mi
boca.
Me
retuerzo tratando de liberarme y de combatir la traicionera
respuesta
de mi cuerpo frente a sus estímulos. Soy tremendamente débil y
estoy
desesperada. Abro los ojos y veo esos dos pozos cafeces inmutables y
cargados
de deseo coronados por sus gloriosas pestañas.
—Dos
—susurra, y desvía la mirada hacia mis labios.
No llega
más allá. Levanto la cabeza para capturar su boca. Mis ansias
de él son
demasiado poderosas como para seguir resistiéndome. Me
empuja
obligándome a apoyar la cabeza sobre la cama mientras me pasa
las manos
por el vientre.
—Por
favor, no bebas —le ruego pegada a su boca. Jamás me lo
perdonaría
si volviera a someter a su cuerpo a ese estado por mi culpa.
—No voy a
beber, _____ —responde con una voz poco convincente que
hace que
me sienta incómoda. Se pone de rodillas y tira de mí hasta
colocarme
a horcajadas sobre su regazo. Me aparta el pelo de la cara y me
agarra
las mejillas con las manos—. Anoche, en el hospital, cuando estabas
inconsciente,
sentí que el corazón se me paraba a cada minuto que pasaba.
No tienes
ni la menor idea de cuánto te quiero. Si desaparecieras de mi
vida, no
sobreviviría, ______. Quiero arrancarme la cabeza por haberte dado
espacio
para desobedecerme.
Abro los
ojos de par en par ante esa confesión. Su expresión me indica
que habla
totalmente en serio, lo cual es preocupante. Acaba de darme a
entender
que se suicidaría, ¿no? Eso es una estupidez, pero no creo que sea
el
momento de señalarlo.
—Estoy
bien —digo en un vano intento de hacer que se tranquilice.
Parece
agobiado.
—Pero ¿y
si no lo estuvieras? ¿Y si no hubiera llegado cuando lo
hice?
—Aprieta los ojos con fuerza—. Sólo fui al bar a comprobar que
estabas
bien, no iba a quedarme. ¿Te haces la menor idea de cómo me sentí
cuando vi
que te desmayabas? —Abre los ojos y veo que los tiene húmedos
y
atormentados. Y ahora sé, sin lugar a dudas, que jamás volverá a dejarme
sola.
Esto no es sano..., ni para él ni para mí.
—¡Sólo
fue un incidente aislado, algún capullo que hacía el gilipollas!
Estaba en
el lugar equivocado en el momento inadecuado, eso es todo. —
Le cojo
las manos de mi cara y se las coloco entre nuestros cuerpos—. Si
sigues
así, acabarás en un coma inducido por el estrés, ¿y qué haré yo
entonces?
—pregunto tranquilamente. Sé que yo tampoco podría vivir sin
él, pero
no me vuelvo loca ni intento controlarlo.
Sacude la
cabeza y empieza a morderse el labio. ¿Qué estará
pensando?
—Parecías
aliviada cuando el médico dijo que no estabas embarazada
—me dice
con expresión inquisitiva.
«¡Ay, no!
¡Ay, no, no, no!»
Lo cierto
es que podría estar embarazada. Sí, el test salió negativo,
pero sólo
hace una semana desde que tuve la regla, y es demasiado pronto
para
detectarlo. Joder, hemos estado follando como conejos sin usar
ninguna
protección.
Miro a
todas partes menos a él.
—Me salté
una píldora. —Siento que mueve la mano y la cierra
alrededor
de la mía. Lo miro con cautela y veo que me observa con ojos
acusadores
y una ceja enarcada—. Vale, me he saltado varias, las he vuelto
a perder
—confieso.
—¿No has
ido a por otras?
—Se me
olvidó —digo encogiéndome de hombros como la endeble
fracasada
que soy.
Me
observa por unos instantes y me siento como si estuviera bajo la
lente de
un microscopio diseñado para identificar a idiotas.
—¿Y
cuándo te la tomaste por última vez?
—Hace un
par de días —respondo con voz tranquila. Estoy mintiendo
descaradamente
e intento con todas mis fuerzas no llevarme la mano al
pelo. No
puedo creer que haya pasado casi una semana y aún no haya ido a
buscar la
receta.
—Pero
¿vas a ir a por otras?
—Iré
mañana —confirmo. No me apetece nada volver a pasar por la
consulta
del médico, y ya es demasiado tarde para tomarme la píldora del
día
después.
Una
expresión extraña se dibuja efímeramente en su rostro. Parece
remordimiento.
Vale, ya he desestimado ese pensamiento antes, pero esa
mirada
acaba de ponerme en alerta máxima. No quiero pensar que sería
capaz de
hacer algo así, pero tampoco lo descartaría. No descartaría nada
viniendo
de él.
—Tom...
—Me detengo, no sé cómo expresar lo que estoy a punto de
insinuar.
—¿Qué?
—pregunta con voz cautelosa y ligeramente culpable.
Sabe lo
que estoy pensando, sé que lo sabe, y ahora estoy muy
recelosa.
No puede ser que haya intentado dejarme embarazada aposta.
Pero si ha
sido él quien ha estado escondiendo las pastillas, sabe
perfectamente
que llevo una semana sin tomármelas. ¿O creía que ya
habría
ido a por otras?
—Nada
—digo, y sacudo la cabeza. Sé que no lo admitirá, así que
estoy
perdiendo el tiempo, pero pienso registrar cada milímetro de este
ático en
cuanto se me presente la ocasión.
—Ha
llamado tu hermano —dice como si tal cosa en un claro intento
de
distraerme de mis pensamientos.
Me pongo
tensa. Ha funcionado.
—¿Dan?
—Sí.
—¿Has
hablado con él?
Me mira
con expresión dubitativa.
—No podía
dejarlo sonar todo el tiempo, habría acabado
preocupándose.
¿Y por qué has bloqueado el teléfono?
Me río
para mis adentros. Me pregunto cuántas combinaciones habrá
probado para desbloquearlo.
—¿Qué más da? Eso no te ha impedido contestar a la
llamada,
¿verdad? ¿Qué ha dicho mi hermano? —Mi voz suena
nerviosa, y lo estoy.
Dan llamará inmediatamente a mi madre, y por nada del
mundo quiero
tener que explicar esto.
—No le he contado nada de lo que ha pasado. No quiero
que tu familia
piense que no sé cuidar de ti. Ha dicho que se suponía
que ibais a quedar.
—Me mira como si hubiera cometido un terrible pecado por
no haberle
comentado mis planes, aunque todavía no habíamos
concretado nada.
—Le has dicho que estoy viviendo contigo, ¿verdad?
—digo, muy
seria.
—Sí. —No parece en absoluto arrepentido.
¡Lo mato!
—¡¿Y por qué has hecho eso?! —Apoyo la cabeza sobre su
hombro
desesperada.
—Oye, mírame. —Parece enfadado otra vez. Me obligo a
levantar la
cabeza y lo miro con toda la impotencia que siento. Su
arruga de la frente
se ha unido a la discusión—. ¿No crees que se habría
preocupado al ver que
no paraba de llamar y no contestabas?
Esto es una pesadilla horrible. Seguro que Dan ha
llamado ya a mis
padres.
Me apoya contra su pecho y noto el ritmo frenético de su
corazón.
—Voy a salir a correr. Dúchate. Te traeré algo de comer
cuando
vuelva.
¿Ahora se va a correr? Eso es culpa mía.
—Quédate —digo contra su pecho. No quiero que se vaya.
—No. —Me levanta y me lleva hasta el cuarto de baño—. A
la ducha.
—Abre el grifo del agua caliente y me deja en el baño,
ofendida y
preocupada:
él nunca quiere apartarse de mí.
HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... UNA PREGUNTA PARA USTEDES ... USTDESS QUIEN CREEN QUE PUDO DROGAR A LA ____? PARA HACERLE DAÑO A TOM? --- PORQUE CREEN QUE SERIA PARA HACERLE DAÑO A TOM? ---
YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO SI SE PUEDE MAÑANA SINO HASTA QUE REGRESE DEL CONCIERTO DE TOKIO... SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO, QUE ESTEN BIEN ...
habrá sido Matt?? no se de verdad virgi :S aunque ahí hay gato encerrado, algo no me cuadra.. yo pensé que (Tn) estaba embarazada no drogada :S me encanto.. ahora Tom sera mas atento con ella y no creo que le permita salir sola otra vez :S me encanto espero los próximos caps..
ResponderBorrarNo creo que haya sido Matt!
ResponderBorrarMikel puede q haya mandado a alguien? No seee .
Subee prontoo.. Esta super interesante la fic :)
Ajajajaaajaa pense que estaba embarazada ajaj no drogada o.O
ResponderBorrarSube pronto
Sigueee
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