CAPITULO
25.-
Escupo pasta de dientes por todo el espejo al dejar
escapar un grito de
sorpresa. El cepillo se me cae de las manos y forma un
pequeño estrépito
en el lavabo. Me miro la mano izquierda, que de repente
siento pesada, y
me agarro al borde del mueble para no caerme al suelo.
Parpadeo unas
cuantas veces y sacudo la cabeza. Debería dejarlo pasar,
tal vez estoy
alucinando o algo. Pero no. Delante de mí, cegándome,
tengo un diamante
tremendamente enorme, que luce orgulloso en mi dedo
anular.
—¡Tom! —chillo, y empiezo a desplazarme a tientas sin
soltar el
borde del mueble hasta que estoy lo bastante cerca del
diván como para
dejarme caer sobre él.
Hundo la cabeza entre las piernas para intentar
controlar la
respiración, así como los frenéticos latidos de mi
corazón. Creo que voy a
desmayarme.
Oigo cómo cruza la puerta del baño a la carrera pero no
consigo
levantar la cabeza.
—_____, nena, ¿qué pasa? —Parece aterrado. Se postra de
rodillas
delante de mí y me apoya las manos en los muslos.
Soy incapaz de hablar. Tengo un nudo en la garganta del
mismo
tamaño que el diamante de mi mano izquierda.
—¡_____, por el amor de Dios! ¿Qué ha pasado?
Me levanta la cabeza con suavidad y me busca la mirada.
Su rostro
está cargado de desesperación, mientras que el mío está
cubierto de
lágrimas. No sé qué me ha llevado a decir que sí, pero
con la repentina
aparición de este anillo en mi dedo acabo de ser
tremendamente consciente
de la realidad de lo que está sucediendo.
—¡Por favor! ¡Háblame! —ruega con desespero.
Trago saliva en un intento de escupir algunas palabras,
pero no
funciona, así que recurro a levantar la mano. Joder,
pesa una barbaridad.
Observo a través de mis ojos húmedos cómo se forman
arrugas en su
frente y desvía su mirada confundida de mis ojos a mi
mano.
—Vaya, por fin lo has visto —dice secamente—. Sí que has
tardado.
Joder, _____. Acaban de darme mil infartos. —Me coge la
mano y pega los
labios en ella al lado de mi nuevo amigo—. ¿Te gusta?
—¡Joder! —grito sin poder creerlo. Ni siquiera voy a
preguntar
cuánto ha costado. Esto es demasiada responsabilidad. Un
suspiro escapa
de mis labios mientras me llevo rápidamente la mano al
pecho en busca de
mi otro amigo.
—Está a salvo. —Me coge la mano y me la baja hasta
colocarla sobre
la otra en mi regazo desnudo. Suspiro de alivio mientras
él me acaricia el
dorso de ambas con los pulgares y sonríe—. Dime, ¿te
gusta?
—Sabes que sí. —Miro el anillo. Es de platino, sin lugar
a dudas, un
aro plano coronado con un reluciente diamante cuadrado.
Me están
entrando sofocos—. Un momento. —Lo miro con la frente
arrugada por la
confusión. Puede que vaya a necesitar el vale del bótox
después de todo—.
¿Cuándo me lo has puesto?
Sus labios forman una línea recta.
—Justo después de esposarte.
Abro unos ojos como platos.
—Demasiado seguro estabas.
Se encoge de hombros.
—Uno puede ser optimista.
¿Lo dice en serio?
—Yo llamo engreimiento a eso que tú llamas optimismo.
Sonríe.
—Llámalo como quieras. Ella ha dicho que sí. —Se
abalanza sobre
mí, arrastra mi cuerpo desnudo al suelo frío y duro del
baño y entierra el
rostro entre mis tetas. Me echo a reír mientras él me
fuerza.
—¡Para!
—¡No! —Me muerde una teta y empieza a absorberla en su
boca—.
Voy a hacerte un chupetón —farfulla alrededor de mi
piel.
Incluso si pudiera detenerlo no lo haría. Lo dejo que
haga lo que
quiera y hundo los dedos en su pelo. Me quedo con la
boca abierta una vez
más al ver de nuevo el anillo. No me puedo creer que me
lo haya puesto
antes de preguntarme, el muy arrogante. ¿Cómo es posible
que no me haya
dado cuenta hasta ahora?
Estaba distraída...
—Ya está —anuncia, e imprime un beso casto sobre su
marca—. Ya
estamos empatados.
Desciendo la mirada hacia el círculo perfecto que acaba
de hacerme
en el pecho y después a Tom, que observa su obra con
satisfacción.
—¿Contento? —pregunto.
— Sí. ¿Y tú?
—Encantada.
—Bien, mi misión aquí ha terminado. Siguiente trabajo:
alimentar a
mi seductora. Arriba. —Me pone en pie—. ¿Tardarás mucho
en bajar?
—Unos cinco minutos más o menos.
—Más o menos —repite con tono burlón, y se inclina para
morderme
la oreja—. Date prisa. —Me da una palmada en el culo y
vuelve a dejarme
sola.
Una enorme sonrisa se dibuja en mi rostro sonrojado. He
dicho que sí.
Y no tengo ninguna duda. Ninguna. Mi sitio está con Tom,
lo tengo claro.
Qué locura.
Termino de cepillarme los dientes, me doy una ducha
rápida y me
afeito las piernas. Cojo su camisa de la puerta y me la
pongo con unos
shorts deportivos. Atravieso el descansillo y recuerdo
el correo que todavía
no le he dado. Me desvío hacia la habitación color
crema, cojo el correo y
bajo la escalera, pasando por alto el hecho de que hace
apenas unos veinte
minutos que me ha dejado en el baño y ya lo echo de
menos.
Está en la cocina, con el dedo en el tarro de
mantequilla de cacahuete,
mientras observa concentrado la pantalla de su portátil.
Miro con el mismo
asco de siempre el bote de mantequilla de cacahuete y
con el mismo
embelesamiento de siempre a ese hombre tan hermoso y me
siento en el
taburete frente a él.
—Toma. Se me olvidó darte esto. —Le paso el correo y me
sirvo un
poco de zumo de naranja.
—Ábrelas tú.
De repente veo las llaves de mi coche sobre la encimera.
—¿Mi coche está aquí?
—Lo ha traído John —dice, y continúa observando la
pantalla del
ordenador. Sonrío para mis adentros al imaginar al
grandullón de John
conduciendo mi Mini—. ¿Eres religiosa? —pregunta de
pronto como si tal
cosa.
Arrugo la frente mientras me bebo el zumo.
—No.
—Yo tampoco. ¿Prefieres alguna fecha en particular?
—¿Para qué? —inquiero. Parezco confundida, y lo estoy.
Levanta la vista y me mira con el ceño fruncido.
—¿Quieres convertirte en la señora Kaulitz en alguna
fecha en
concreto?
Vaya.
—No sé —digo encogiéndome de hombros—. ¿El año que
viene? ¿El
otro?
Cojo una tostada y empiezo a extender la mantequilla.
Sólo hace
media hora que me lo ha pedido; necesito espabilarme un
poco todavía. Ya
tendremos tiempo para decidir eso, y aún tengo que
hablar con mis padres.
El tarro de mantequilla de cacahuete cae de repente
sobre la isla de
mármol con un fuerte impacto y doy un brinco.
—¡¿El año que viene?! —exclama Tom con un gesto de puro
disgusto.
—Vale, pues el otro. —Supongo que el año que viene es un
poco
pronto. Parto la tostada por la mitad y le doy un bocado
a una de las
esquinas.
—¿El otro? —dice con indignación.
Lo miro y veo su hermoso semblante desfigurado de
incredulidad. La
verdad es que me da igual. El siguiente, entonces, lo
mismo me da. Me
encojo de hombros y continúo masticando la tostada.
Frunce el ceño, cabreado.
—Nos casaremos el mes que viene —espeta. Coge el tarro
de nuevo y
mete el dedo con agresividad—. El año que viene...
—farfulla sacudiendo
la cabeza.
Casi me atraganto con la tostada, y empiezo a masticar
frenéticamente
para vaciar rápidamente la boca. ¿El mes que viene? ¿Se
ha vuelto loco?
—¡Tom, no puedo casarme contigo el mes que viene!
—Puedes y lo harás —dice sin mirarme.
Me paro a pensar un momento. Aún no les he dicho a mis
padres que
estoy viviendo con él, y menos todavía que vaya a
casarme. Necesito
tiempo.
—No, no puedo —repongo, medio riendo. Debe de estar de
broma.
Me mira con ojos feroces y vuelve a dejar el tarro con
un golpe. Doy
otro brinco.
—¿Perdona? —inquiere, realmente estupefacto.
—Tom, mis padres ni siquiera te conocen. No puedes
esperar que los
llame y que les dé una noticia como ésa por teléfono.
—Ruego para mis
adentros que sea razonable. He visto esa cara muchas
otras veces y siempre
indica que no va a ceder.
—Iremos a visitarlos. No voy a andarme con tonterías,
_____.
Bebo nerviosa otro trago de zumo mientras él sigue
atravesándome
con la mirada. La idea de presentárselo a mis padres me
llena de temor. ¿A
qué les digo que se dedica? Su sugerencia de decirles
que regenta un hotel
no colará eternamente.
Vacilo bajo su dura mirada, pero he de mantenerme firme
en esto.
—No estás siendo razonable —protesto con voz tranquila.
De todos modos, no se puede organizar una boda en un
mes. Le doy
otro mordisco a mi tostada y absorbo el resentimiento
que emana de cada
poro de mi hombre exigente.
—¿Me amas? —pregunta de repente.
Lo miro con el ceño fruncido.
—No preguntes tonterías. —A veces se pone imposible.
—Bien —gruñe con total irrevocabilidad mientras vuelve a
centrar la
atención en el portátil—. Yo también te amo. Nos
casaremos el mes que
viene.
Dejo caer la tostada con exasperación.
—Tom, no voy a casarme contigo el mes que viene. —Me
levanto del
taburete, acerco mi plato a la basura y tiro la mitad de
mi desayuno. Se me
ha quitado el apetito.
—Ven aquí —gruñe a mi espalda.
Me vuelvo para mirarlo y veo de nuevo su expresión de
fiereza. ¿Qué
problema hay en esperar? Sólo serán un año o dos. No
pienso huir a
ninguna parte.
—No —le contesto. Abre los ojos como platos—. Y no vas a
conseguir que acepte con un puto polvo. Olvídalo. —No
pienso ceder.
Dicen que se debe empezar como se pretende continuar. Sé
que no las
tengo todas conmigo, pero haré todo lo posible por
mantener mi postura.
—Esa boca, _____. —Su rostro se torna severo y sus
labios forman una
línea recta mientras me atraviesa con la mirada—. Tres.
—¡No! —Me echo a reír—. ¡Ni se te ocurra! —Empiezo a
inspeccionar la cocina buscando una vía de escape, pero
él está más cerca
de la salida que yo, así que no podré evitar que me
atrape.
—Dos. —Se levanta y empieza a frotarse las manos.
—¡No!
—Uno.
—¡Tom, vete a la mierda! —Me reprendo a mí misma por mi
lenguaje, que seguramente no ha hecho sino alimentar su
enfado. Decir
tacos y desafiarlo no es una buena combinación.
—¡Esa boca! —ladra—. Cero. —Empieza a rodear la isla en
dirección
hacia mí, y yo comienzo a girar por instinto hacia el
otro lado—. Ven aquí
—dice con los dientes apretados, y se detiene un momento
antes de venir a
por mí en la otra dirección.
Me aseguro de estar siempre al otro lado de la isla.
—No. ¿Qué prisa hay? No voy a irme a ninguna parte.
—Intento que
entre en razón. Sé que en cuanto me ponga las manos
encima habré
perdido.
—Ya, claro. ¿Por qué lo estás retrasando, entonces?
—dice mientras
continúa persiguiéndome con calma.
—No lo estoy retrasando. Se tarda más o menos un año en
organizar
una boda.
—No la nuestra. —Empieza a avanzar de prisa con
expresión
amenazadora y yo corro en la dirección opuesta—. Deja de
huir de mí,
_____. Sabes que me pone muy furioso.
—¡Pues sé razonable! —Casi me echo a reír cuando de
repente
cambia de dirección y yo tiro hacia el otro lado.
—¡______!
—¡Tom! —lo imito burlonamente calculando las
posibilidades que
tengo de llegar al pasillo y de subir la escalera sin
que me atrape. No son
muchas.
—¡Ya está bien! —grita, y echa a correr hacia mí.
Salgo pitando en dirección al pasillo. Sé que no lograré
llegar a la
escalera, así que pongo rumbo hacia el gimnasio e
intento cerrar la puerta
de cristal. Él está pegado al otro lado, empujándola
contra mí, pero con
cuidado para no hacerme daño. Podría tirarme al suelo si
quisiera con un
golpe de su meñique.
—Suelta la puerta —grita.
—¿Qué vas a hacer?
Al instante disminuye la presión contra la puerta y me
mira a través
del cristal con aire de preocupación.
—¿Tú qué crees que voy a hacer?
—No lo sé —miento. Sé perfectamente lo que va a hacer.
Va a
echarme un polvo para hacerme entrar en razón.
Las manos pegadas a la puerta evitan que me lleve los
dedos al pelo.
Su inquietud parece aumentar y la presión disminuye aún
más.
Aprovechando la situación, cierro la puerta y corro el
pestillo.
Se queda con la boca abierta.
—No me puedo creer que hayas hecho eso. —Intenta abrir y
yo
retrocedo—. _____, abre —ordena. Niego con la cabeza. Su
pecho desnudo
empieza a agitarse con violencia—. _____, ya sabes cómo
me hace sentir no
poder tocarte. Abre la puerta.
—No. Dime que vamos a hablar sobre «nuestra» boda de
manera
razonable.
—Eso hacíamos. —Intenta abrir de nuevo y la puerta
tiembla—. _____,
por favor, abre.
—No, no estábamos hablando de ello, Tom. Tú me estabas
diciendo
cómo iba a ser. Nunca antes habías tenido una relación
de pareja, ¿verdad?
—No. Eso ya te lo he dicho.
—Se nota. Se te da como el culo.
Me mira con sus ojos cafeces y ansiosos.
—Te quiero —dice suavemente, como si eso lo explicara
todo—.
Abre la puerta, por favor.
—¿Vamos a hablarlo? —pregunto. Nunca había tenido tanto
poder
sobre él. Sé lo mucho que detesta no poder tocarme y me
estoy
aprovechando de su debilidad, pero es la única que le
conozco, así que si
tengo que usarla, lo haré, sobre todo en asuntos de esta
magnitud.
Se muerde el labio inferior con nerviosismo mientras
reflexiona sobre
mi exigencia. Suspira.
—Está bien. Abre la puerta. —Pone la mano sobre la
manija, pero
entonces me viene otra cosa a la mente, algo que podría
provocar otra
cuenta atrás más tarde. Será mejor que mate dos pájaros
de un tiro.
—Voy a salir con Kate esta noche —le digo, desafiante.
Él abre unos ojos como platos, tal y como imaginaba.
—¿Qué?
—Anoche te dije que iba a salir con Kate —le recuerdo.
—¿Y? Abre la puerta.
—No puedes evitar que vea a mi amiga. Si me caso contigo
no es para
que controles cada uno de mis movimientos. Voy a salir
con Kate esta
noche, y tú me dejarás hacerlo... sin montarme una
escena —digo con voz
tranquila y asertiva mientras, por dentro, me preparo
para un polvo que me
haga entrar en razón que supere todos los anteriores.
—Te estás pasando, señorita. —Aprieta la mandíbula y yo
exhalo un
suspiro de agotamiento.
¿Me estoy pasando porque quiero salir con mi amiga? Le
doy la
espalda y me acerco al banco de pesas, me siento y me
pongo cómoda. No
pienso abrir la puerta hasta que ceda, así que puede que
tenga que pasarme
aquí un buen rato.
—_____, ¿qué haces? Abre la maldita puerta. —Observo
cómo la
sacude con violencia. Joder, lo amo, pero tiene que
dejar de ser tan
irracional y tan protector.
—No voy a abrir la puerta hasta que empieces a ser más
razonable. Si
quieres casarte conmigo, tendrás que relajarte.
Me mira como si fuera estúpida.
—Es razonable que me preocupe por ti.
—Tom, tú no te preocupas, te torturas.
—Abre la puerta. —Vuelve a sacudir la manija.
—Voy a salir con Kate esta noche.
—Vale, pero no vas a beber. ¡Abre la puta puerta!
Ah, sí, también deberíamos hablar de eso, pero creo que
ya le he dado
suficientes disgustos en una sola mañana. Está muy
agobiado, lo cual es
bastante absurdo porque estoy justo aquí delante. Me
levanto y empiezo a
acercarme a la puerta. Quito el pestillo y me quedo
delante de él antes de
que le dé algo. Corre hacia mí y me estrella contra su
pecho. Después nos
baja al suelo sobre una de las colchonetas.
Me aprisiona con su cuerpo y respira con fuerza en mi
cabello.
—Por favor, no vuelvas a hacerme esto —ruega, y de
repente me
siento tremendamente culpable. La ansiedad que siente
cuando hago estas
cosas es la parte más irracional de su manera de ser—.
Prométemelo.
—Es la única manera que tengo de hacer que me escuches.
—Intento
apaciguarlo acariciándole la espalda mientras siento los
fuertes latidos de
su corazón contra mi pecho.
—Te escucharé. Pero no vuelvas a interponer barreras
físicas entre
nosotros.
—No puedes estar conmigo todo el tiempo.
—Lo sé, pero cuando no lo esté será bajo mis propias
condiciones.
Me echo a reír y me llevo las manos a la cabeza.
—¿Y qué hay de mí?
Se aparta ligeramente hacia atrás y me mira con el ceño
fruncido.
—Te escucharé —masculla a regañadientes—. Estás siendo
una futura
esposa muy desafiante —dice, y entierra de nuevo la
cabeza en mi cuello
enfurruñado.
No ha pillado por dónde iba. Aunque no me molesto en rebatirle
eso.
Esperaba que me empotrara contra la pared y que me
follara hasta que sólo
me quedara un hálito de vida después de mi rebeldía, así
que el hecho de
que esté aquí abrazándome me sorprende bastante. Puede
que haya
encontrado mi herramienta de negociación.
Se sienta y me coloca sobre su regazo.
—¿Por qué no os venís a La Mansión a tomar algo?
—¡De eso, nada! —exclamo.
—¿Por qué no? —Parece sentirse insultado.
—¿Para que estés controlándome?
—Es lógico. Así puedes beber, y yo me aseguro de que
estás bien, y
después puedo traerte a casa.
Hace que suene lo más lógico del mundo, pero no pienso
caer en la
trampa. Si accedo no volveré a pisar un bar en la vida.
—No. Fin de la historia —digo con firmeza.
Hace un mohín y yo sacudo la cabeza para reafirmar mi
respuesta.
Además, la tía esa estará allí, mirándome mal y soltando
sus comentarios
desagradables. De eso, nada.
—Eres imposible —dice, frustrado, y se levanta conmigo
en brazos.
Me pone de pie y me da un beso inocente—. Voy a
ducharme.
Acompáñame. —Enarca una ceja sugerentemente y me sonríe
con malicia.
Que me exija cosas como ésta no me molesta tanto.
—Yo ya me he duchado.
—Pues vuelve a ducharte conmigo.
—Subiré dentro de un minuto. Tengo que llamar a Kate.
—Me aparto
de él y me dirijo a la cocina—. ¿Y mi teléfono?
—Cargándose. ¡No tardes! —me grita.
Encuentro el móvil y llamo a Kate.
—¿Sí? —responde con voz ronca al otro lado de la línea.
Parece
resacosa.
—Hola. ¿Te encuentras mal? —pregunto.
—No, cansada. ¿Qué hora es?
Miro el reloj del horno.
—Las once.
—¡Mierda! —exclama, y oigo ruidos de fondo—. Georg, eres
un
capullo. ¡Llego tarde! ¡_____, debería estar en Chelsea
entregando una tarta!
Luego te llamo.
—Oye, ¿vamos a salir hoy al final? —digo antes de que me
cuelgue.
—Claro. ¿Te dan permiso? —bromea.
—¡Sí! Te recojo a las siete.
—¡Vale! Hasta luego.
Cuelgo, y mi teléfono me alerta inmediatamente de que
tengo un
mensaje de texto. Lo abro y en ese instante el video portero
del ático
empieza a sonar. Mientras me acerco al dispositivo
inalámbrico que me
conectará con Clive, ojeo la pantalla.
Se me hiela la sangre. Es de Mikael.
No quiero leerlo, pero el pulgar pulsa la tecla y abre
el mensaje antes
de que logre convencer a mi cerebro de que lo borre sin
leerlo.
No podré quedar el
lunes. Regreso a Dinamarca temporalmente. Te llamaré a mi vuelta para
reorganizar nuestra reunión.
El corazón se me sale por la boca y me ahoga. De repente
el teléfono
empieza a vibrar en mi mano. ¿Qué hago? Ni siquiera se
me pasa por la
cabeza comentárselo a Tom. Sé que montará en cólera.
Elimino el mensaje
inmediatamente. De lo contrario, conociendo su mala
costumbre de
fisgonearme el móvil, seguro que lo encuentra. Tampoco
contesto. Al
menos, tengo un poco más de tiempo para pensar sobre el
tema y hablar
con Patrick. ¿Cuánto pasará fuera? ¿Cuánto tiempo tengo
para prepararme
para esa reunión? Me planteo contestarle y decirle que
sé lo de su mujer y
Tom, pero el video portero suena de nuevo y me
sobresalta.
Contesto a Clive.
—_____, ha llegado una entrega para ti. Subiré dentro de
un minuto.
Cuelga sin darme tiempo a preguntar qué o de quién es.
Vuelvo a la
cocina, ansiosa y nerviosa, y empiezo a buscar en mi
teléfono la opción de
cambiar el PIN para evitar que Tom intercepte más
mensajes que Mikael
pueda enviarme. Sospechará cuando descubra que lo he
bloqueado, pero
prefiero lidiar con el hecho de que se sienta ofendido a
enfrentarme a un
huracán de un metro noventa azotando toda la casa. Sabe
que no me gusta
que me coja el teléfono, así que no me costará mucho
restarle importancia.
No tengo elección.
Me dirijo hacia la puerta. Ya me encargaré de esto el
lunes por la
mañana, cuando Tom no esté tan cerca de mí y de mi
teléfono. Hasta
entonces, tengo que fingir que estoy tranquila y
relajada, y tengo que
hablar con Patrick sin falta.
Abro la puerta, oigo la llegada del ascensor y el
inconfundible sonido
de los gruñidos de Clive, y me encuentro al conserje
levantando caja tras
caja y bolsa tras bolsa.
—______, tienes un grave problema. Creo que eres adicta
a las compras o
algo así. ¿Lo meto todo en el piso? —resopla.
—Eh..., sí.
Miro y veo bolsas de Harrods y cajas de regalos por
todas partes. Pero
¿qué coño...? Me quedo como un pasmarote y sujeto la
puerta con la boca
abierta mientras Clive lo saca todo y lo mete en el
ático.
No puedo creer que haya hecho esto. Debería haber
sospechado que
tramaba algo cuando me ha dejado salirme con la mía tan
fácilmente. O,
mejor dicho, cuando me ha hecho creer que me salía con
la mía. Ese tío
debió de gastarse una fortuna absurda ayer.
Clive deja la última bolsa y se dirige de nuevo hacia la
puerta.
—Eso es todo. ¿Dejaste algo?
Miro desconcertada hacia la espalda de Clive.
—¿Cómo?
Se vuelve y frunce el ceño.
—En la tienda. ¿Los dejaste sin existencias?
—Eh..., sí. Gracias, Clive.
—Ah, ha venido una joven —me informa, pero cierra la
boca de
repente al darse cuenta del error que acaba de cometer.
Eso me saca inmediatamente de mi estado de aturdimiento.
—¿Ah, sí? —espeto.
Sus viejos ojos están abiertos como platos.
—Eh..., bueno, no sé... —farfulla, y empieza a
retroceder—. Ahora
que lo pienso creo que venía buscando a otra persona. No
estoy seguro. —
Le da la risa nerviosa—. Cosas de la edad.
—Sí, venga ya, Clive. ¿Tenía el pelo corto y negro?
—pregunto.
Calificó de «madurita» a la mujer rubia de pelo ondulado
que resultó ser la
mujer de Mikael (o ex mujer).
—No estoy seguro, _____.
La verdad es que me da lástima. El pobre hombre no tiene
por qué
pasar por esto.
—Mantendremos esto en secreto, ¿de acuerdo?
—¿Sí? —dice, y parece aliviado.
—Sí. No le cuentes a Tom nada sobre esa joven, y yo no
le hablaré a
nadie sobre las costumbres de nuestros vecinos.
Deja escapar un grito ahogado. Sí. Me gusta jugar sucio,
viejo. Entro
en casa y cierro la puerta en sus narices. Bastante
tiene ya mi pobre
cerebro. No voy a contárselo a Tom. No quiero que hable
con Coral, ni que
la ayude, ni que la vea. Tengo un montón de
inseguridades y de temores,
estoy intentando superar unos celos inmensos y acabo de
comprometerme
a pasar una vida entera así. He accedido a casarme con
él. ¿Acaso soy
idiota?
El teléfono de Tom empieza a sonar en la cocina y sigo
la melodía
hasta que me encuentro delante de la isla mirando la
pantalla. Sabía quién
era antes de mirarla. Para bien o para mal, respondo,
haciendo caso omiso
de los gritos de mi conciencia, que me dicen que soy una
hipócrita.
—¿Coral? —digo, alto y claro. Ella guarda silencio, pero
no cuelga—.
Coral, ¿qué quieres?
—¿Está Tom? —pregunta con timidez, y me quedo
sorprendida al ver
que sigue sin colgar. Entonces me doy cuenta de que
esperaba que lo
hiciera al oír mi voz. Puede que sólo quisiera que fuera
consciente de que
lo sé, no estoy segura, pero sin duda tiene agallas.
—Se está duchando. ¿Puedo ayudarte yo? —digo con tono
amable,
pero con una pizca de irritación.
—No, necesito hablar con él. —Ella no se muestra
amistosa. Parece
sentirse insultada.
—Coral, quiero que dejes de molestarlo. —Tengo que ser
clara, ahora
que parece que Tom ha desarrollado una conciencia.
—Eres _____, ¿verdad? —pregunta.
No sé cómo calificar su tono.
—Sí. —Intento mantener la serenidad, pero no tengo ni
idea de
adónde se dirige esta conversación, y estoy empezando a
ponerme de los
nervios.
—_____, va a hacer que lo necesites, y después te
abandonará. Aléjate
de él ahora que aún puedes —dice, y cuelga.
Me quedo ahí plantada con el teléfono de Tom todavía
suspendido
junto a mi oreja, mirando hacia todas partes totalmente
saturada de nuevo.
No puedo alejarme. Ni ahora ni nunca. Además, él no me
lo permitiría. Y
no quiero hacerlo. Intento convencer a mi cerebro de que
sólo está celosa,
de que todas esas mujeres se sienten despechadas porque
Tom las rechazó
a todas, las utilizaba y las dejaba cuando se aburría o
se cansaba de ellas.
Ésa es la razón más lógica. Sé cómo me sentí los días
que estuve sin él, y si
es así como se sienten todas esas mujeres, lo entiendo
perfectamente. Y me
sabe mal por ellas, pero yo no tengo la culpa de que no
puedan asumir el
hecho de que haya cambiado su manera de ser por mí; no
por ninguna de
ellas..., sino por mí. Ha dejado de beber por mí. Ha
dejado sus correrías
sexuales por mí. Todo eso forma parte de su pasado, un
pasado
desagradable, pero pasado al fin y al cabo. Todo quedó
atrás, y no puedo
recriminárselo.
Me pongo derecha para mostrarme a mí misma mi
determinación. No
pienso alejarme de él jamás. Ha hecho que lo necesite,
pero sé que él
también me necesita a mí. No pienso irme a ninguna
parte.
Dejo el teléfono sobre la encimera, regreso a la sala de
estar y
recuerdo al instante lo que ocupaba mi mente antes de la
llamada de Coral.
Me quedo de pie cruzada de brazos, mirando la montaña de
bolsas y cajas
que tengo delante. No sé si emocionarme o ponerme
furiosa. No respeta
nunca mis opiniones ni mis deseos, con su manera de ser
neurótica e
imposible, y ahora empiezo a temer que yo también me
estoy volviendo
así. Saca lo peor de mí, y sé perfectamente que yo saco
lo peor de él. John
también lo dijo. ¿Un Tom Kaulitz tranquilo y
despreocupado? Ese hombre
no existe. Bueno, sí, cuando lo obedeces sin rechistar.
Anoche lo
comprobé, pero en momentos como éste se me olvida que
puede ser ese
hombre.
Me arrodillo en el suelo y, a regañadientes, cojo una de
las bolsas y
miro dentro con cautela, como si fuese a saltarme algo
encima. ¿Qué? Esto
no estaba en el montón de cosas que quería. Saco un
vestido de seda azul
marino de Calvin Klein. Estaba en el montón de cosas que
tenía que
pensarme. Abro una caja y veo un vestido de tubo en
negro y crema de
Chloé. Esto estaba en el montón de cosas que no quería.
Se pasaba
demasiado del presupuesto que me había marcado.
Qué mal. Lo han mezclado todo. Me acerco otra bolsa y
dentro
descubro un par de vaqueros anchos de Diesel. Vale, esto
no estaba en
ningún montón. Sigo inspeccionando todas las bolsas y
cajas y también
encuentro lencería de encaje de todos los diseños y
colores imaginables.
A saber cuánto rato después, me veo sentada en el suelo,
rodeada de
una montaña de ropa, zapatos, bolsos y accesorios. Todos
los artículos que
me probé están aquí, menos el traje de fiesta. Todo lo
que había en el
montón de cosas que quería, en el de cosas que no quería
y en el de cosas
que tenía que pensarme, además de muchas otras que no me
había probado.
Debe de ser un error, porque está incluso el vestido
escotado de Chloé, y
Tom jamás me habría comprado algo así voluntariamente.
Aunque la
verdad es que me encanta.
¡Madre mía! Me dejo caer sobre la ropa y me quedo
mirando los
techos altos del ático. Esto es demasiado; el traje, el
collar, el anillo, y
ahora todo esto. Me siento totalmente abrumada, y algo
asfixiada. No
quiero todo esto. Sólo lo quiero a él, sin el pasado,
sin las demás mujeres y
sin Mikael dando por saco.
—Hola, nena. —El rostro atractivo y húmedo de Tom
aparece
flotando ante mis ojos—. Te estaba esperando. ¿Qué
hacías? —dice con
voz tristona.
Rebufo y señalo el mercadillo de ropa de marca que tengo
a mi
alrededor. ¿Es que acaso no la ve? Mira en la dirección
que indico sin
inmutarse al ver los montones y montones de ropa
femenina que me
rodean.
—Ah, ¿ya ha llegado? —se limita a decir. Echo los brazos
hacia atrás
exasperada y él exhala imitando mi gesto dramático antes
de echarse a mi
lado—. Mírame —me ordena con voz suave. Me vuelvo hacia
su rostro y
una bocanada de su aliento fresco golpea mi cara—. ¿Qué
problema hay?
—Esto es demasiado —protesto—. Sólo te quiero a ti.
Sonríe y sus ojos brillan de placer.
—Me alegro, pero nunca he tenido a nadie con quien
compartir mi
dinero, _____. Por favor, dame ese gusto.
—La gente va a pensar que me caso contigo por tu dinero
—replico.
Ya he oído algo parecido.
—Me importa una mierda lo que la gente piense. Sólo lo
que
pensemos tú y yo. —Se pone de lado y me tira de la
cadera para que haga
lo propio de cara a él—. Así que cállate.
—No te va a quedar dinero si sigues gastándotelo como lo
hiciste ayer
—gruño. Si Zoe trabaja a comisión, probablemente pueda
retirarse después
del despilfarro de Tom.
—______, he dicho que te calles.
—Oblígame —lo desafío con una media sonrisa.
Y lo hace.
Se echa sobre mí y me devora entre media tienda de ropa
de mujer de
Harrods.
CAPITULO
26.-
Entro en
el dormitorio tras una ducha fresca y sacudo la cabeza al ver a
Tom
tumbado boca arriba en medio de la cama, vestido sólo con unos
bóxeres
blancos ajustados y dejando patente con la expresión que no le
hace
gracia que salga. Me siento delante del espejo de cuerpo entero y
empiezo a
secarme el pelo. Nos hemos pasado todo el día trasladando la
montaña
de ropa y accesorios al piso de arriba. Ahora tengo mi propio lado
en el
inmenso armario vestidor, y también tenía a un hombre muy feliz,
hasta que
he empezado a prepararme para mi noche de fiesta con Kate. El
buen
humor no le ha durado mucho, pero Ken y Victoria van a salir con
nosotras
también, y tengo muchas cosas que contarle a Kate, así que estoy
deseando
que llegue la hora, y Tom va a tener que aprender a
compartirme.
Termino
de secarme el pelo, apago el secador y oigo un montón de
resoplidos
y bufidos provenientes de la cama. Se está comportando como
un crío,
así que no hago caso y me dirijo al cuarto de baño para ponerme
crema y
maquillarme. Cuando me estoy aplicando la máscara de pestañas,
entra
como si tal cosa y se tumba sobre el diván dejando escapar un
dramático
suspiro. Reclina con descaro su cuerpo definido y cruza los
brazos
por detrás de la cabeza, lo que acentúa todavía más los magníficos
músculos
de su cuerpo. Intento hacer como que no está, pero ver cómo se
pasea con
unos bóxeres blancos ajustados de Armani es algo difícil de
ignorar.
Lo está haciendo adrede.
Salgo
corriendo del baño para ponerme la ropa interior y vestirme.
Eso
podría llevarme un tiempo, sobre todo bajo la mirada crítica de Tom,
pero
todavía no he llegado a mi recién asignado cajón de la ropa interior
cuando me
agarra y me tira sobre la cama, sin la toalla. Debería haberlo
imaginado;
va a placarme para marcarme y no me dejará salir hasta que su
esencia
esté por todo mi cuerpo. Ya ha hecho esto antes.
Me pone
de rodillas con las piernas separadas y me agarra de la
cintura.
—No te
vas a correr —gruñe. Acerca los dedos a mi sexo y empieza a
moverlos
para prepararme.
La
repentina invasión me obliga a hundir la cara en la ropa de cama
para
amortiguar el grito. Va a dejarme al borde del orgasmo otra vez, lo sé.
—Esto es
para mi propio beneficio, no para el tuyo —asegura entre
dientes.
Empieza a
trazar círculos alrededor de mi ano y yo gimo de
desolación
contra la cama. Esto es una auténtica tortura. Sabe
perfectamente
lo que se hace. Mi cuerpo entero se tensa ante su tacto.
—Relájate,
______. No quiero hacerte daño. —Me mete los dedos y, por
acto
reflejo, mis músculos se tensan para evitar su invasión.
Lanzo un
grito.
—¡Relájate!
—chilla, y yo espero que mi cuerpo lo obedezca, pero no
lo hace.
Se resiste ante el hecho inevitable de que Tom parará antes de que
estalle.
No quiero salir esta noche con una presión insoportable entre las
piernas.
Quiero estar saciada y relajada, y él puede hacer que lo esté. ¡El
puto
culo! Siento que se coloca en la entrada.
Me quejo.
—Maldita
sea, _____—dice con exasperación—. Deja de resistirte.
—Vas a
dejarme a medias, ¿verdad? No vas a dejar que acabe —
jadeo,
desesperada.
—Eso
pretendo, nena. —Me da una palmada en el trasero—.
¡Relájate!
—¡No
puedo! —Una oleada de dolor se extiende por mi cuerpo a
causa del
rápido manotazo. Él grita de frustración ante mi inconformidad y
acerca la
mano a mi vulva para acariciarme con los dedos.
—¡Ahhhhh!
Me relajo
al instante. El tacto de sus dedos hace estallar todos mis
sentidos
y me obliga a echarme hacia adelante. Está pulsando el botón con
el que
tiene contacto directo. Me ahogo en una oleada de inmenso placer y
empiezo a
acercarme a un intenso clímax a toda velocidad. Intento retener
su mano,
pero aparta los dedos.
—¡No!
—grito de pura frustración.
—Sí.
Vuelve a
meterme los dedos y a rozarme con el pulgar la punta del
clítoris,
obligándome a empujar hacia atrás en un intento desesperado de
obtener
más fricción. Vuelve a sacarlos y extiende toda mi humedad por la
raja de
mi trasero.
—¡No, Tom!
—Siento cómo su firme polla empuja contra el orificio
—. ¡Por
favor!
—Sabes
que te encanta, _____. —Empuja y me penetra a un ritmo lento
y
controlado—. ¡JODER!
Quiero
gritar de rabia y de frustración, pero eso no evita que empuje
hacia
atrás para recibirlo hasta el final. Sé que no voy a correrme, pero no
lo puedo
evitar.
Tom
jadea, me agarra de la cintura y se clava muy adentro en mi
interior
dejándome sin respiración.
—¡Joder!
—grito cuando me llena por completo. Empuja hacia
adelante
y constato que piensa cumplir su palabra.
—Joder,
_____ —jadea—. Me encanta estar dentro de ti, nena. —
Empuja
más aún y deja escapar un largo gemido mientras yo me concentro
en
controlar mi respiración entrecortada—. Cógete a la cabecera.
Respiro
hondo y levanto los brazos para agarrarme a una de las barras
de
madera. Suelto un alarido. El cambio de posición permite que me
penetre
más profundamente. Se queda quieto mientras sigo sus órdenes y
me
acaricia la espalda con suavidad. Los fuegos artificiales que amenazan
con
estallar en mi sexo comienzan a tornarse dolorosos.
—¿Estás
bien cogida?
—¡Sí!
—respondo secamente, con lo que me gano una nueva palmada
en el
trasero.
Voy a
gritar de frustración, y eso que ni siquiera ha terminado
conmigo.
¿Por qué coño no detengo esto?
Oigo que
contiene la respiración y empieza a salir. La presión
disminuye
ligeramente, pero entonces me empuja hacia adelante y vuelve a
hundirse
en mí con una potente estocada. Grito de nuevo.
—¡Agárrate
bien, _____! —Repite el delicioso movimiento y yo tenso
las manos
y apoyo la frente sobre mi antebrazo.
—¡Por
favor, Tom! —le ruego.
—Te
gusta, ¿verdad? —pregunta con voz lujuriosa y sedienta.
—Sí.
—Te gusta
que folle con fuerza, ¿verdad, ______?
—¡Sí!
—Sí, sé
que te gusta.
Levanta
las manos de mis caderas y me agarra de los hombros antes
de
embestirme de nuevo una y otra y otra vez, gritando de placer con cada
arremetida.
Entonces baja la mano hasta mi sexo y acaricia mi tembloroso
clítoris
con los dedos.
Yo grito,
clavo los dientes en mi brazo de desesperación y la cabeza
empieza a
darme vueltas con una mezcla de placer infinito y de dolorosas
puñaladas.
Siento que estoy cerca del clímax y, en un furioso intento de
conseguirlo,
empujo hacia atrás contra él con incesantes movimientos.
—De eso,
nada —ruge. Aparta los dedos y saca la polla de mi culo.
Grito de
rabia y él me quita las manos de la cabecera, me da la vuelta
y me
tumba sobre la cama. Se sube a horcajadas sobre mi estómago, me
atrapa
los brazos a ambos lados del cuerpo con las rodillas y empieza a
frotarse
la verga con la mano arriba y abajo. No quiero mirar.
—¡Abre
los ojos, ______! —grita, y me agarra de la cadera, provocando
que deje
escapar un grito y que me retuerza debajo de él.
—¡Eres un
cabrón! —le digo mientras le lanzo la peor de mis miradas
—.
¡Pienso cogerme el pedo del siglo esta noche!
—No lo
harás.
Continúa
masturbándose encima de mí mientras miro, con los ojos
oscuros y
cargados de excitación. Los músculos de su cuello empiezan a
tensarse.
Aprieto los labios. ¡No pienso abrir la boca!
Se
inclina hacia adelante, se agarra con la mano libre a la cama y se
corre
sobre mis pechos con un alarido que resuena por toda la habitación.
Jadea
encima de mí y decelera sus movimientos mientras yo me retuerzo
en vano.
Me ha cubierto las tetas con su semen de advertencia, llevo el
pelo
revuelto, probablemente tenga que volver a maquillarme, y estoy a
punto de
estallar por la inmensa presión que siento entre las piernas. No
me siento
en absoluto contenta.
—¿Quieres
correrte? —pregunta mirándome a los ojos con la frente
repleta
de sudor.
—¡Voy a
salir! —ladro para dejar claro que no pienso volver a
negociar
sobre eso. ¡Ni hablar!
—Eres muy
testaruda. —Se agacha y me pasa la palma de la mano por
todo el
pecho, extendiendo su esencia por cada milímetro de mi torso—.
Mi misión
aquí ha terminado —dice con una media sonrisa antes de
inclinarse
y pegar los labios a los míos.
Abro la
boca de manera involuntaria y acepto los ansiosos lametones
de su
lengua, gimiendo y suplicando más, pero entonces se retira y yo
sacudo la
cabeza de un lado a otro y me pongo boca abajo. Se echa a reír y
me da una
palmada en el culo antes de levantarse de la cama.
—No te
duches.
—¡No me
da tiempo! —le grito a la espalda mientras se recoloca los
calzoncillos.
Grito y
me revuelvo en la cama durante unos instantes. No sé qué voy
a
conseguir con eso, aparte de despeinarme y lograr que se me corra todo el
maquillaje.
No puedo creer lo que acaba de hacer. Pero ¿qué digo? Claro
que puedo
creerlo. Este tío es irracional e imposible.
¡En fin!
Salto de la cama y me dispongo a arreglarme. Mis rizos
secados
al aire se han transformado en una maraña morena y tengo las
mejillas
sonrojadas. Cualquiera diría que acabo de echar un polvo, lo que
es
irónico, porque no ha sido así. Al menos no en el sentido más
satisfactorio.
Aprieto los muslos, gruño y cojo una toalla pequeña para
secarme
los restos de Tom del pecho. Es imposible limpiar el inmenso
chupetón
que me ha hecho antes en la teta. No podré ponerme nada
escotado
esta noche, y no sólo por esa mancha roja.
¡Maldito
controlador!
Vuelvo a
maquillarme, me visto y bajo la escalera con todo el sigilo
de que
soy capaz. Pienso dirigirme directamente a la puerta y, con un poco
de
suerte, tardará un rato en darse cuenta de que me he ido. Inspecciono el
espacio
diáfano del ático y no lo veo, así que me acerco de puntillas a la
cocina y
asomo la cabeza por el pasillo. ¿Dónde está?
—¡Ni de coña
vas a salir con eso puesto!
Mis
piernas ponen de inmediato la quinta marcha al oír su alarido y
corro
hacia la puerta. Doy un portazo al salir para entorpecer su
persecución
y rezo para que el ascensor esté abierto. Doy gracias a todos
los
santos, entro y pulso el código inmediatamente. Las puertas se cierran
justo
cuando veo el rostro furioso de Tom a través de la minúscula rendija.
Lo saludo
con descaro y me vuelvo para mirarme al espejo.
Vale, el
vestido gris de Chloé es bastante provocativo, pero me hace
unas
piernas fantásticas, aunque esté feo que yo lo diga. Él se lo ha
buscado.
La puerta
del ascensor se abre y atravieso a gran velocidad el
vestíbulo
con el suelo de mármol mientras busco las llaves en mi bolso.
Necesita
ponerse algo de ropa y esperar a que el ascensor vuelva a subir
hasta el
ático, así que tengo tiempo.
—¡Hola,
Clive! —canturreo mientras paso por delante de él y salgo
del
edificio. Pulso el botón en el mando del coche y corro por el
aparcamiento.
Lo oigo
antes de verlo. Me vuelvo y veo cómo sale corriendo del
vestíbulo
del Lusso con cara de pocos amigos. Aprieto los labios con
fuerza
para evitar reírme. Parece que vaya a matar a alguien. Se dirige
hacia mí
a toda velocidad, descalzo y magníficamente desnudo, a
excepción
de los calzoncillos blancos. Permanezco donde estoy. Sabía que
no
conseguiría salir con este vestido. Me alcanzaría aquí o en el bar, iba a
arrastrarme
hasta casa y a ponerme algo que fuera más de su gusto.
Me
agarra, me carga sobre los hombros, levanta la mano para
sujetarme
el vestido de manera que no se me vea el culo y vuelve a
llevarme
de nuevo al Lusso.
—Maldita
suerte la mía, que he ido a enamorarme perdidamente de la
mujer más
imposible de todo el maldito universo. Buenas tardes, Clive.
—Señor Kaulitz
—saluda el conserje sin prestarnos mucha atención—.
Hola, _____.
—¡Hola,
Clive! —canturreo entre risas. Tom entra en el ascensor e
introduce
el código mientras masculla entre dientes.
—¿Todavía
no has cambiado el código? —Le paso la palma de la
mano por
la espalda, se la meto por debajo de los calzoncillos y le doy un
pequeño
apretón.
—Cállate,
_____ —me ordena.
—¿Somos
amigos?
—¡No! —Me
da una palmada en el culo y yo grito—. No juegues
conmigo,
preciosa. A estas alturas deberías saber que yo siempre gano.
—Lo sé.
Te quiero.
—Yo
también te quiero, pero eres terriblemente puñetera.
Paramos
tardísimo frente a la casa de Kate, después de haber
conseguido
que Tom haya aprobado que salga con un vestido de color rosa
palo de
Ponte y unos zapatos a juego, aunque casi me esposa a la cama de
nuevo al
ver que me había dejado el anillo de compromiso sobre la mesilla
de noche.
Había olvidado ponérmelo, pero él se ha encargado de
colocármelo
de nuevo. Al menos he conseguido convencerlo de dejar el
collar en
la caja fuerte. Ya me siento bastante incómoda con este pedrusco
enorme en
el dedo. Si me pusiera también el collar, acabaría al borde de un
ataque de
nervios.
Kate sale
corriendo de casa y Tom baja del coche para que ella suba
atrás.
—¡Vaya!
Éste me gusta mucho más que el Porsche —dice, y se
acomoda
en el asiento trasero—. No le digáis a Georg que he dicho eso.
Bueno,
enséñamelo.
—¿Qué?
—Me vuelvo para mirar a la cara a mi exaltada amiga.
Ella se
queda helada y mira a Tom con temor.
—Mierda.
—No pasa
nada —la tranquiliza.
Lo miro
con la boca abierta.
—¿Ella lo
sabía?
—Necesitaba
uno de tus anillos para saber la medida. —Se encoge de
hombros y
centra la atención en la carretera.
Kate
suspira de alivio.
—¿Lo
sabías? —le digo con tono recriminatorio.
—Sí. ¿Ha
sido romántico? Enséñamelo. —Me hace un gesto para que
le
muestre la mano.
Me echo a
reír con ganas. Tom me mira con el rabillo del ojo y con
los
labios apretados formando una línea recta mientras va esquivando el
tráfico.
—Sí, ha
sido romántico —resoplo. «Si te parece que es romántico que
te
esposen y te obliguen a tragarte el semen, entonces lo ha sido.» Le
muestro
la mano.
—¡Joder!
—Me la agarra con las dos suyas y se acerca el diamante a
la cara—.
Menudo pedrusco. ¿Cuándo es la boda? —Me suelta la mano,
coge su
bolso y saca un espejito—. Joder, ______, ¿se lo has dicho ya a tus
padres?
Kate ha
tocado sin querer dos temas peliagudos. Discutiremos la fecha
de la
boda como adultos en breve, y en cuanto a mis padres..., bueno,
todavía
no sé qué hacer.
—No lo
sé, y no —contesto.
Tom se
revuelve en su asiento y me mira con disgusto. Yo hago como
si nada.
No voy a entrar en eso ahora. Me vuelvo y miro a Kate.
—¿Qué tal
anoche? —pregunto tranquilamente.
—Genial
—contesta sin dar más detalles, y continúa mirando el
espejo.
—¿A qué hora
os fuisteis? —insisto.
—No me
acuerdo. —Hace un mohín frente al espejo y desvía sus
enormes
ojos azules en mi dirección—. ¿Este interrogatorio tiene alguna
razón de
ser?
Tom se
ríe por lo bajo.
—Creo que
_____ quiere saber si os divertisteis en el piso de arriba
después
de que nosotros nos fuéramos —aclara. Le lanzo una mirada
asesina y
él arquea una ceja. ¿Hace falta ser tan directo?
Kate le
da unas palmaditas en el hombro.
—Eso,
amigo mío, no es asunto vuestro. Bueno, sí lo es, pero no. —Se
echa a reír
de nuevo y yo me quedo estupefacta.
Me vuelvo
y niego con la cabeza, consternada. Estoy rodeada de
chalados.
Tom se
detiene delante del Baroque y sale del coche para dejar que
Kate
baje.
—¡Voy
pidiendo las bebidas! —anuncia ella, y entra danzando en el
bar.
Tom
espera a que me aproxime a la acera. Está enfadado otra vez y
no se me
escapa el detalle de que acaba de hacerle un gesto al portero.
Cuando
estoy lo bastante cerca, me estrecha contra su pecho y absorbe
la
esencia de mi cabello.
—No
bebas.
—No lo
haré.
Se aparta
y apoya la frente en la mía.
—Lo digo
en serio.
—No voy a
beber —le aseguro. No pienso discutir. Si lo hiciera sólo
conseguiría
que volviera a meterme en su coche de regreso al Lusso en un
abrir y
cerrar de ojos.
—Pasaré
luego a recogerte. Llámame.
Me aparta
el pelo de la cara y me besa intensamente para marcar su
propiedad.
Llevo un diamante enorme en la mano, creo que eso ya lo dice
todo.
Parece tan abatido que casi me dan ganas de irme con él, pero
tenemos
que superar esa ansiedad tan irracional que siente cuando estoy en
otra
parte que no sea con él.
Le cojo
la cara y beso su mejilla cubierta por una barba de dos días.
—Te
llamaré. Ve a correr o algo —digo.
Lo dejo
en la acera y rezo para mis adentros para que vaya a casa, se
ponga el
chándal y dé doce vueltas por los parques reales. Sonrío con
dulzura
al portero mientras entro y él me saluda con la cabeza y también
me sonríe
como si lo supiera todo. ¡Esto es absurdo!
Kate está
en la barra con Ken y Victoria, que ya tienen sus bebidas.
Ella está
algo menos cabreada, y Ken parece encantado de verme. Lleva
una
ridícula camisa de rayas rosa y amarillas.
—¡_____!
—exclama—. ¡Vaya, qué vestido tan fabuloso! —canturrea
mientras
me lo acaricia.
—Gracias.
—Sabe Dios cuál habría sido su reacción si me hubiera
dejado
puesto el gris.
—¿Qué
quieres beber, _____? —pregunta Victoria por encima del
hombro.
—¡Vino!
—exclamo, desesperada, y los tres se echan a reír.
Nos
sentamos a una mesa y le doy tranquilamente el primer sorbo a
mi copa
de vino. Dejo escapar un suspiro de placer y cierro los ojos
agradecida.
Está riquísimo.
—¡Santo cielo!
¿Qué diablos es eso? —Ken se abalanza sobre la
mesa, me
agarra la mano y empieza a babear encima de mi nuevo amigo—.
¿El
adonis?
Me encojo
de hombros.
—Estoy
loca por él.
—Pero si
sólo lo conoces desde hace..., ¿cuánto? ¿Un mes? —El tono
de
Victoria me encoleriza—. Y además regenta un club de sexo.
—¿Y?
—espeto, totalmente a la defensiva.
—Y nada,
sólo era un comentario —recula resoplando ante mi
hostilidad,
y vuelve a dejarse caer sobre su butaca.
—¿Y
cuándo ha ocurrido esto? La última vez que lo vi sólo estabas
acostándote
con él —dice Ken recordando mis palabras.
—Bueno,
pues ahora voy a casarme con él. —Recojo la mano y me
refugio
en mi copa de vino.
Soy
consciente del exhaustivo interrogatorio que me espera tanto por
parte de
mis padres como de Dan. No necesito el de mis amigos también.
Ah, y Dan
vuelve mañana. Con todo lo que ha acontecido los últimos días,
se me
había olvidado por completo. Una oleada de culpabilidad me invade
por haber
pasado por alto el regreso de mi hermano, pero pronto es
sustituida
por una punzada de emoción y, después, igual de rápido, por el
temor.
¿Qué opinará de todo esto? Miro por encima de mi copa y veo que
Kate me
sonríe para infundirme seguridad.
—Simplemente
ha pasado —musito.
—¿Cómo
está Gustav? —dice Kate dirigiéndose a Victoria.
No sé si
es una pregunta adecuada. Visto el mal humor que se gasta
Victoria
y tras saber que Gustav la había invitado a La Mansión, sumado al
hecho de
que ella no lo acompañaba anoche, no creo que la respuesta vaya
a ser muy
positiva, pero agradezco el intento de desviar la conversación de
mi amiga.
—Y yo qué
sé —responde ella con altanería—. No pienso volver a
verlo. He
quedado con otra persona.
—¿Esta
noche? —pregunta Ken, perplejo, inclinándose sobre la mesa
con
expresión acusadora.
—Sí
—responde ella.
Ken
resopla y vuelve a su silla.
—¡Vale,
pues muchas gracias! ¡Vas a dejarme tirado! —exclama.
Miro a
Kate, y veo que tiene la misma expresión que creo tener yo:
divertida.
A
Victoria casi se le salen los ojos de las órbitas al ver el cabreo de
Ken.
—¡Tú no
tienes ningún problema en dejarme tirada cuando se te
ofrece un
poco de acción! —le reprocha con razón.
Ken ha
dejado a Victoria tirada en numerosas ocasiones cuando otro
tío le ha
lanzado una mirada prometedora.
—Aun así,
la semana tiene siete días, podrías haber elegido otro. ¿Y
de quién
se trata? —Remueve su piña colada y hace todo lo posible por
aparentar
aburrimiento.
—El amigo
de un amigo —dice.
Me alegra
ver que parece sincera y que ha superado su historia con el
airoso Gustav.
Esa relación no tenía ningún sentido.
—Ah, ahí
está. —Se levanta—. ¡Nos vemos!
Se dirige
hacia un tipo bastante normalito de mediana estatura que
está en
la barra y ambos se saludan con un beso incómodo en la mejilla y
un
apretón de manos. Ella le dice algo al oído y él asiente antes de
marcharse.
Hacen bien. De lo contrario, estaríamos toda la noche
observando
el progreso de la cita y Ken no pararía de criticarlos.
—Vaya
—resopla él—. ¿Qué os ha parecido?
Nos
pasamos la siguiente hora riendo, charlando de todo un poco y
bebiendo.
Es estupendo. Esto me recuerda por qué tengo que discutir con
mi hombre
imposible sobre este asunto. Necesito a mis amigos, sobre todo
a Kate. Con
Ken aquí, todavía no he tenido la ocasión de ponerla al día
sobre
Mikael y Coral ni de interrogarla sobre La Mansión y sus últimas
visitas
allí.
—¿Y cómo
está Georg? —Ken centra la atención en Kate.
—¿Por qué
lo preguntas? ¿Todavía quieres tirártelo? —bromea
guiñándome
el ojo.
Ken se
pone rojo como un tomate y le lanza a Kate una mirada de
odio muy
afeminada. Me sorprende que esté tan pillado por el joven
tranquilo,
relajado y adicto a la diversión que es Georg.
—No
—refunfuña, y cruza las piernas en un gesto totalmente gay—.
Sólo
preguntaba por educación. ¿Cómo está Tom?
Tengo la
copa pegada a los labios, lista para inclinarla y dar un trago,
cuando
formula la pregunta. No puedo evitar el tema de que voy a casarme
con él
durante toda la noche. Todo el mundo sabe que es un tipo imposible,
pero sólo
conmigo. Los que están presentes en esta mesa (y también otros
que no
están) lo han visto en acción alguna vez.
—¿Por
qué? ¿También te lo quieres tirar a él? —salta Kate en tono de
burla. Yo
empiezo a descojonarme y Ken la mira con la boca abierta.
Nos
observa muy disgustado.
—¿Es la
noche de meterse con Ken o qué?
—Eso
parece —digo, y levanto mi copa—. Ken, Tom te absorbería...
hasta
la... médula —digo, muy seria.
—¡______!
—exclama.
—¡Venga
ya! Yo tengo que escuchar tortuosas historias sobre tus
encuentros
sexuales.
Kate se
echa a reír.
—Si vais
a empezar a hablar de la vida sexual de Ken, yo me voy a
fumarme
un piti. —Se levanta de la mesa y se dirige a la zona de
fumadores.
—Necesito
ir al servicio —gruñe Tom.
Se marcha
a los aseos y me deja ahí observando a la gente, un
pasatiempo
que suele gustarme, pero entonces Matt aparece en mi campo
de visión
y me agacho ligeramente.
«¡Mierda!»
De
repente, el anillo me arde en la carne del dedo y empiezo a sudar.
No
respondí al mensaje que me mandó pidiéndome disculpas y ahora sé
que el
muy capullo ha vuelto a llamar a mis padres. Justo cuando creía que
había
conseguido esquivarlo, sus ojos pequeños y brillantes se clavan en
mí y me
hundo en el taburete mientras se acerca. Ojeo el bar, preocupada
por si el
portero me está vigilando. Vuelvo a mirar a Matt y veo que el ojo
morado se
le está curando. Aplaudo a Tom mentalmente y de repente me
arrepiento
de no haber cedido a sus deseos y haberme quedado en casa con
él.
—_____
—me saluda alegremente como si nada hubiera pasado, como
si no
hubiese estado diciéndoles a mis padres un montón de sandeces, entre
ellas,
que Tom es alcohólico, lo que me recuerda al instante que sabe que
tiene un
problema.
Un
momento. Tom no es alcohólico. Bloqueo la parte de mi cerebro
que
intenta convencerme de que quizá esté negando la evidencia.
—Matt,
creo que será mejor que te largues —digo con firmeza.
—¿Qué?
—Parece realmente confuso—. ______, por favor, escúchame.
Lo siento
muchísimo, de verdad. Me comporté como un auténtico capullo.
Me lo
merecía todo.
Se
revuelve incómodo y mira su vaso de cerveza vacío.
—Si estás
saliendo con otra persona, lo asumo —dice tranquilamente
—. Me
destroza pensarlo, pero lo acepto.
Mantengo
las manos ocultas debajo de la mesa para esconder el
anillo.
Tengo que preguntárselo, no puedo evitarlo.
—¿Cómo sabes
lo de Tom?
Levanta
la mirada del vaso.
—Entonces
¿aún estás con él?
—Eso no
es asunto tuyo, Matt. ¿Y por qué llamaste a mis padres para
contarles
toda esa mierda?
—¿Es
mierda? —replica.
—¿Con
quién has hablado?
—Con
nadie. —No me mira a los ojos, pero entonces apoya los codos
sobre la mesa
y se acerca demasiado—. ______, aún quiero que vuelvas
conmigo.
Me pongo
tensa y desvío la mirada hacia la entrada para comprobar
que no me
están espiando. ¿Qué le contesto? Acaba de decirme que lo
aceptaba
todo. ¿Cuántas veces tengo que repetirle que no tiene nada que
hacer? Me
entran ganas de besar a Ken cuando vuelve de los aseos y le lanza
a Matt
una mirada lasciva. Él se aparta de golpe de la mesa cuando lo ve
aparecer
y tira mi bolso al suelo. Su nivel de intolerancia hacia mi amigo
gay no ha
mejorado. Salto de mi taburete.
—¡Ay,
querida! —Tom se agacha y me ayuda a recoger mis
posesiones
desperdigadas—. ¡Sigue estando bueno! —me susurra en el
suelo.
—No, no
lo está. —Pongo cara de asco.
Ahora
mismo me parece que Matt está de todo menos bueno. Me
crispa
los nervios. Me levanto y veo que se aleja con la mano levantada
como
diciendo «Nos vemos luego».
—Uy,
¡¿adónde va?! —exclama Tom dando una fuerte patada en el
suelo.
— Espero
que a tirarse por un precipicio —mascullo sin piedad entre
dientes.
Me acabo
el vino de un solo trago. Después de ver a Matt no me
vendría
mal tomarme otra.
—¡Matt
está aquí! —Kate se lanza sobre su taburete—. Y lleva un ojo
morado.
¡Bravo por Tom!
—En fin,
ha sido un placer, chicas, pero necesito un poco de acción
esta
noche y no creo que vaya a encontrarla aquí. —Ken ojea con disgusto
el local
lleno de hombres heterosexuales—. Me voy al Route Sixty. ¿Os
venís?
—pregunta, esperanzado.
—¡No!
—gritamos Kate y yo al unísono, y nos quedamos
partiéndonos
de risa mientras Ken se marcha del bar en busca de acción.
—¿Te ha
dicho algo esa serpiente? —pregunta Kate cuando deja de
reírse.
—Lo ha
intentado.
Estoy a
punto de acercarme a la barra cuando Ken vuelve corriendo y
se
estrella contra la mesa. No para de resoplar y Kate y yo lo miramos
extrañadas.
Finalmente,
su respiración se estabiliza.
—¡No os
vais a creer a quién acabo de ver.
—¿A
quién? —pregunta Kate antes de que yo tenga oportunidad de
articular
palabra.
—A Sally.
—En su rostro aparece una enorme sonrisa y mira hacia
atrás por
encima de su hombro antes de volverse de nuevo hacia nosotras
—. Lleva
minifalda y escote. Una minifalda muy corta y estrecha y un
escote
muy pronunciado. ¡Tiene una cita!
—¿Qué?
—digo, algo sorprendida, pero no por la ropa. Me sorprende
porque el
jueves parecía que iba a suicidarse.
—¿Qué?
¿La simplona de Sally? ¿La aburrida de la oficina? —
pregunta
Kate.
—Sí
—confirmo—. Ken, deja en paz a la chica. —Vuelvo a coger mi
copa y
recuerdo que iba a ir a por otra.
—¡Voy a
hacerle una foto! —Ken sale de nuevo del bar sacándose el
teléfono
del bolsillo.
—Voy a
por otra ronda. —Me levanto del taburete y cojo el monedero
—. ¿Lo
mismo?
—¿Hace
falta que me lo preguntes? —Kate pone los ojos en blanco y
sacude el
vaso vacío.
Me acerco
a la barra colándome entre la gente y mientras espero mi
turno
atraigo la atención de un baboso fornido que lleva una coleta. Ignoro
su mirada
lasciva y pido las copas.
—Hola,
¿te invito a algo?
Lo miro y
sonrío con cortesía.
—No,
gracias.
—Venga,
sólo una copa —insiste, y se acerca aún más.
—No.
Acabo de pedir una, pero gracias.
El
camarero deja una copa de vino sobre la barra.
—Tengo
que ir un momento al almacén, se ha acabado la botella. —Y
me deja
ahí plantada en la barra con el de la coleta babeándome encima.
Pongo los
ojos en blanco, pero el camarero no parece darse cuenta.
—¿Y si
quedamos algún otro día? —Ahora está muy pegado a mí.
—Estoy
comprometida con alguien —digo mirando hacia atrás. Es
imposible
que no haya visto el diamante descomunal que llevo en el dedo.
Doy un
sorbo al vino.
—¿Y?
Me vuelvo
hacia él.
—Y...
estoy comprometida con alguien. —Le enseño el anillo y él
asiente,
pero no se da por vencido. Creo que acabo de hacer que el reto le
parezca
más interesante.
—Pero él
no está aquí, ¿verdad?
—No, por
suerte para ti, no —respondo secamente, y me vuelvo de
nuevo
hacia la barra. Me siento tremendamente aliviada cuando veo que el
camarero
se acerca.
Me sirve
el vino de Kate, le entrego un billete y espero que se dé
prisa. La
mirada lasciva del musculitos este me está poniendo de los
nervios.
Doy otro largo trago al vino e intento hacer como que no está. Me
pongo
iracunda cuando el camarero me indica que no tiene cambio. Se
aleja hasta
el otro extremo de la barra y empieza a mirar en distintas cajas.
El de la
coleta se aproxima aún más a mí.
—Si
fueras mía, yo no te perdería de vista.
¡Joder!
—Oye, he
intentado ser amable. ¡Apártate!
—Creo que
podríamos pasar un buen rato juntos —insiste, y me pasa
un dedo
por el brazo.
Doy un
brinco y me enfurezco conmigo misma por mostrar mi
exasperación,
pero el regreso del camarero me distrae. ¡Menos mal! Me
entrega
el cambio, cojo corriendo la copa de Kate y me dispongo a escapar
de este
pulpo. Me vuelvo demasiado bruscamente y se me caen las
monedas
al suelo.
«¡Mierda!»
Dejo las
copas de nuevo sobre la barra, recojo las monedas que tengo
a mano y
dejo el resto que pueda haber. No estoy tan desesperada. Cojo las
bebidas y
entonces el tacón se me tuerce, lo que me obliga a tambalearme
un poco.
—¡Mierda!
—maldigo. Ahora va a pensar que estoy borracha y que
soy presa
fácil.
Al darme
la vuelta me encuentro al capullo de frente.
—¿Estás
un poquito piripi, guapa? —dice en tono burlón.
—¡Vete a
la mierda! —He intentado ser paciente.
—Vaya,
qué carácter. —Se echa a reír y yo me largo y pienso en la
suerte
que tiene de que Tom no se encuentre aquí. De lo contrario ya
estaría
hecho papilla en el suelo.
Consigo
llegar hasta Kate y coloco las bebidas sobre la mesa con tanta
efusividad
que derramo gran parte del contenido. Sacudo la cabeza
ligeramente
y me siento en mi taburete, tambaleándome de nuevo. Mi
amiga me
mira con el ceño fruncido.
—Son los
zapatos —mascullo.
—¿Estás
bien? —Kate se inclina hacia adelante, preocupada.
—Sí,
estoy bien —le aseguro. No estoy borracha. Éste es sólo mi
tercer
vino.
—¿Quién
era ese gilipollas? —dice señalando con la vista al
musculitos
mientras bebe un sorbo de su nueva copa de vino.
—Pues
eso..., un gilipollas —respondo tajantemente—. Pero
olvidémonos
de él, tienes cosas que contarme.
—¿Ah, sí?
—espeta.
—Sí, y ni
se te ocurra darme largas. ¿Qué está pasando?
Kate bebe
otro trago de vino y evita mirarme a los ojos.
—No sé de
qué me hablas.
Empiezo a
impacientarme con la actitud de mi amiga. Ella jamás
dejaría
que evitara su interrogatorio, y yo nunca lo haría. Nos lo contamos
todo.
—Hablo de
Georg, de ti y de La Mansión.
—¡Fue
divertido! —suelta.
—¡No!
¿Cómo eres capaz?
—Sólo me
estoy divirtiendo, ______. ¿Qué eres? ¿La policía sexual?
Reculo un
poco.
—Entonces,
¿todo va bien?
—¡Claro!
—¿Sabes
qué? Si yo fuera tú, estaría tocándome el pelo —digo
enfurruñada,
y doy un largo trago al vino. ¿Cómo puede estar bien? Esta
chica es
imposible—. Vale, entonces ayúdame tú a mí. Visto que te niegas
a abrirte
conmigo, voy a contarte mis mierdas, porque yo valoro tu opinión
—digo, y
sonrío falsamente.
Ella
ignora mi pulla y arquea las cejas.
—Parece
algo serio.
—Lo es.
¿Te acuerdas del promotor del Lusso? ¿El que quería
invitarme
a cenar?
Kate asiente.
—Sí, el
danés que tenía un atractivo escandinavo.
—Sí,
Mikael. Pues resulta que Tom se acostó con su mujer. Se están
divorciando.
—¿En
serio? —Kate se inclina hacia adelante.
—Sí, y
ahora se ha propuesto hacer pagar a Tom por ello, y parece
que ha
decidido que yo soy la mejor manera de conseguirlo. Tengo que
reunirme
con él, y sé que no va a ser una reunión de trabajo.
—¡Joder!
—Sí, y la
mujer también ha estado dando por saco.
—¿Qué vas
a hacer?
Niego con
la cabeza y le doy otro sorbo al vino.
—No lo
sé, como tampoco sé qué voy a hacer respecto a esa mujer, la
que se
presentó en la fiesta del aniversario de La Mansión.
—¿Quién
es? —Kate tiene los ojos como platos. No me sorprende, es
demasiada
información de golpe.
—Coral.
¿Te acuerdas de aquel tipo desagradable que estaba en La
Mansión
el día que descubrimos el salón comunitario?
—¡Sí! El
tipo al que Tom golpeó. Daba miedo, ______.
Me echo a
reír. No me extraña.
—Pues era
su marido. Ella le pidió a Tom que hiciera un trío con
ellos.
Pero se enamoró de él y dejó a su marido, y ahora no tiene nada.
Quiere a Tom.
Se presentó en el Lusso y lo llamó por teléfono. A él no le
he dicho
nada, pero contesté a la llamada e intentó convencerme de que lo
dejara.
—¡Qué
fuerte! —Kate se deja caer de nuevo sobre su taburete y yo
doy otro
trago.
Al
contarlo en voz alta suena absurdo, ridículo e irreal.
—Entonces
¿Tom participó en un trío? —pregunta.
Hago un
mohín tras mi copa de vino.
—Sí, eso
parece. —No me lo había planteado. Estaba demasiado
ocupada
intentando aclarar mis sentimientos con respecto al hecho de que
Coral
estuviera enamorada de mi novio..., mi prometido..., bueno, lo que
sea—.
¡Joder! —exclamo mirando a Kate con la boca abierta.
Ella
asiente despacio.
—¿Acabas
de pensar lo mismo que yo?
Dejo el
vino sobre la mesa. Mi mirada desciende desde los ojos
abiertos
y azules de Kate hasta el suelo y vuelve a ascender. Pero entonces
me echo a
reír.
—¡No! Vi
la cara que ponía mientras Kem lo manoseaba la noche de
la
inauguración del Lusso. Es imposible que sea bisexual. Ni hablar. —
Vuelvo a
coger el vino—. Puede haber tríos de dos hombres y una mujer
sin que
los hombres tengan que tocarse, ¿no?
Doy otro
gran trago y recuerdo la escena en el salón comunitario. Los
hombres
no tenían ningún contacto entre sí. La escena opuesta, una en la
que
intervienen dos mujeres y un hombre, empieza a abrirse paso en mi
cabeza,
riéndose de mí. Me paso el dorso de la mano por la frente. Estoy
sudando.
No me encuentro bien. Alzo la vista y veo que la cara de Kate se
ilumina
al ver que alguien se acerca. No hace falta que me vuelva para
saber de
quién se trata.
—¡Señoritas!
Miro
hacia arriba y veo a Georg sonriendo de oreja a oreja. ¿Qué está
haciendo
aquí? Se supone que ésta es una noche de chicas, y Kate todavía
no me ha
dado su parecer respecto a mi desastrosa situación.
Hunde la
lengua en la oreja de mi amiga y yo resoplo para mis
adentros.
Kate jamás dejaría que un hombre invadiera su tiempo de chicas.
Levanto
el vino y apuro lo que queda, observando con el rabillo del ojo
cómo Georg
saluda a Kate y ella lo acepta alegremente. Como mañana me
cuente
que sólo se está divirtiendo con él y que no hay nada más pienso
decirle
cuatro cosas bien dichas.
—Voy al
servicio —los informo.
—Vale
—responde ella, distraída.
Me dirijo
hacia la entrada, me llevo la mano a la frente y me froto la
sien en
un intento de aliviar las repentinas punzadas. Mientras me abro
paso
entre la multitud, el sonido a mi alrededor se transforma en un leve
zumbido,
y noto que la cabeza comienza a darme vueltas. Camino a través
de las
borrosas congregaciones de gente y estoy a punto de desmayarme
cuando
veo que Tom está a tan sólo unos metros de mí, en la entrada del
bar.
«¡Mierda!»
Me quedo
helada. Sabía que no iba a ser capaz de dejarme disfrutar de
unas
merecidas copas de vino. Tengo la vista nublada, pero en sus
atractivos
rasgos distingo perfectamente su expresión de ira. No sé por qué.
No estoy
borracha. Me he bebido unas pocas copas y las he disfrutado. Es
él quien
tiene problemas con el alcohol, no yo.
Y, con eso
en mente, me tambaleo ligeramente de nuevo. Puede que
esto se
esté sumando a las copas que tomé anoche.
Nos
quedamos ahí plantados, mirándonos el uno al otro durante unos
instantes,
y entonces empieza a avanzar hacia mí. Siento que me flaquean
las piernas
y me agarro a una mesa. Lo último que veo antes de perder el
conocimiento
es que su expresión de ira se transforma en completo terror.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS DOS CAPS ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA .... ADIOS :))
:O que le habrá pasado a (Tn)?? sera que esta embarazada de Tom?? me dejaste intrigada virgiii pero me encantooooo espero los próximos caps sube pronto please..
ResponderBorrarQue paso con la rayita! No creo q sea el vinoo..
ResponderBorrarSiguelaaaa :)
Sigueeeee
ResponderBorrarSube prontoo *.*
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