CAPITULO
23.-
Cuando la habitación entera aparece ante mi vista, me
concentro en
mantener estable la respiración. Me resulta difícil. La
música de fondo que
inunda mis oídos es la esencia absoluta del sexo y no
hace sino aumentar el
ritmo de mis latidos.
La enorme sala es tan hermosa como la recordaba, con
todas esas
vigas expuestas y los candelabros dorados tenuemente
iluminados. Las
cortinas austríacas están echadas sobre las ventanas de
guillotina
georgianas, y eso, unido a la escasa luz de los
candelabros, proporciona el
elemento clave; es sensual y erótico, pero no de una
manera sórdida. No
sabría decir exactamente por qué. Me encuentro rodeada
de gente semi o
completamente desnuda e, irónicamente, yo estoy
admirando la
decoración.
«Joder. ¡Hay gente desnuda por todas partes!»
Tom saluda a muchas personas conforme avanzamos por la
habitación. Las mujeres se embelesan y se ponen derechas
al advertir su
presencia, a pesar de que él me agarra de la mano con
fuerza. Me siento
fuera de lugar, principalmente porque estoy totalmente
vestida. Lo miro y
veo lo poco que le afecta encontrarse en este entorno.
¿Por qué iba a
afectarle? Él está acostumbrado a esto. Ante mi vista se
están
desarrollando varias escenas, y todas ellas me
confunden, pero a la vez me
cautivan por completo. Es difícil no mirar.
Tom me sonríe y me da un pequeño apretón en la mano.
—¿Estás bien? —pregunta tras detenerse y volverse para
mirarme.
Asiento y le ofrezco una leve sonrisa. Al sentir que me
acaricia el
pulgar con el suyo, bajo la vista hacia nuestras manos
unidas. Ha eliminado
literalmente toda la ansiedad que sentía con su tacto.
Vuelvo a mirarlo a la
cara. Él también observa nuestras manos. Continúa
acariciándome y se
vuelve hacia una mujer joven, que no llegará a los
treinta años, amarrada a
una pesada estructura de madera, como la de la
ampliación. Tiene los ojos
vendados con un paño de seda negro y la boca ligeramente
abierta.
Delante de ella se encuentra un hombre desnudo de
cintura para arriba
con las piernas ligeramente separadas que sostiene una
fusta. Sus ojos
reflejan lujuria y apreciación conforme recorre
lentamente las curvas de
sus senos con la punta. Ella se estremece ante su tacto.
Tom mueve un poco la mano y lo miro, pero tiene la vista
fija en la
escena que acontece ante nosotros. Vuelvo a centrarme en
la mujer atada
mientras el hombre le pasa la fusta por la parte
delantera, entre sus pechos
y hacia su abdomen. Le rodea el ombligo con la punta con
movimientos
estudiados y meticulosos. Ella está gimiendo.
Cambio de postura y Tom me mira con curiosidad. No le
hago caso y
observo cómo el hombre continúa con su práctica hasta
que la fusta
alcanza el punto en el que se unen los muslos. Ella
exhala un fuerte
gemido. Él pega la boca contra la suya para absorber sus
sonidos. Deja la
fusta y la sustituye por sus dedos. Le separa los labios
e inicia una lenta
fricción, arriba y abajo, aumentando su placer y sus
gemidos. La joven
arquea el cuerpo y tira de las ataduras que la retienen
sujeta a la estructura
indicando que ya está cerca.
Estoy sudando, siento algo de claustrofobia y el ritmo
de mi corazón
se ha acelerado aún más. Su compañero responde a sus
sonidos acelerando
sus caricias y besándola con más fuerza. El sonido de
sus lenguas
combatiendo se vuelve desesperado y, con un grito ahogado,
ella alcanza el
clímax y su cuerpo tensa las ataduras mientras él
continúa acariciándola
lentamente para agotar hasta la última chispa de placer.
Ella se desploma y
deja caer la barbilla sobre el pecho. Suelta un leve
grito de sorpresa y Tom
me aprieta la mano en consonancia. Ha sido muy intenso,
y estoy
totalmente asombrada. No somos los únicos que observan
la erótica escena
que se desarrolla ante nosotros, pues ha atraído el
interés de bastante gente,
que se ha reunido alrededor de la pareja. Miro a mi
alrededor y reconozco a
varias personas que estaban en el bar y en la cena, sólo
que ahora están
desnudos o en paños menores. Hay que tener mucha
seguridad en uno
mismo para frecuentar el salón comunitario.
Tom tira de mi mano para captar mi atención y lo miro,
pero sólo me
señala la escena con la cabeza. Ahora el hombre besa a
la joven con
agradecimiento. Recoge la fusta del suelo y se acerca
lentamente a la
espalda de la mujer arrastrando el artefacto por el
suelo. Ella no puede
verlo, pero su cuerpo se tensa de nuevo y levanta la
cabeza, jadeando, al
intuir sus intenciones. Él empieza a acariciarle la
espalda pasándole las
puntas de los dedos arriba y abajo por la columna y
después por las nalgas
de su trasero. Ella murmura de satisfacción, y creo que
yo también lo he
hecho. Tom me mira. Me ha oído. «¡Joder!»
El hombre acaricia sus nalgas firmes y perfectas, las
frota y las amasa
con la palma de la mano, y gruñe al ver cómo ella arquea
la espalda y la
relaja de nuevo. Tras unos cuantos minutos manipulando y
frotando su culo
firme, retira la mano y la mujer se pone tensa.
Sabe lo que va a pasar. Yo sé lo que va a pasar, y el
aumento en la
presión con la que Tom me sostiene la mano confirma que
él también lo
sabe, pero no puedo apartar la vista. El hombre levanta
la fusta y, con un
rápido movimiento, azota una de sus nalgas. Ella grita.
Me estremezco ante
el alarido, aparto la mirada de la escena y hundo el
rostro en la inmensidad
del pecho de Tom. Antes de que me dé cuenta, su mano
sujeta mi cabeza y
la aprieta contra su hombro para pegarme más todavía a
su cuerpo. La
presión de su mano alrededor de la mía se intensifica y
oigo otro golpe. Me
suelta la mano y me envuelve la espalda. Mis brazos
quedan aprisionados
entre nuestros torsos. Su cuerpo me protege por completo
y, a pesar del
ambiente que me rodea y de lo que está sucediendo, éste
es el lugar más
reconfortante en el que he estado jamás.
—Esto no va contigo, continuemos —me susurra al oído.
¿Continuar, adónde? ¿Y eso sí que irá conmigo? Siento
tristeza
cuando separa su enorme cuerpo del mío, pero dejo que me
tome de la
mano y me guíe. Oigo el golpe de la fusta de nuevo, una
y otra vez,
mientras abandonamos la zona, y cierro los ojos con
fuerza con cada golpe,
conteniendo el aliento. Soy incapaz de asimilar lo que
acabo de presenciar.
¿Placer y dolor? ¡Sólo placer, por favor! Esa parte no
estaba mal, pero
entonces recuerdo la vez que Tom me esposó y las fuertes
palmadas que
me daba en el culo mientras se hundía en mí. No voy a
fingir que no
disfruté de aquel polvo de castigo.
—¿Qué es esa música? —pregunto cuando doblamos una
esquina y
nos acercamos a un grupo de personas.
Me mira con una sonrisa.
—Enigma. ¿Por qué? ¿Te pone cachonda?
—No —bufo. ¡Aunque lo cierto es que sí!
En realidad me está excitando todo esto, pero no voy a
admitirlo,
aunque mi dedo, que juguetea frenéticamente con mi pelo,
me delata.
Tom se echa a reír, me baja la mano y me coloca delante
de una mujer
y de tres hombres. Se agacha hasta estar a mi altura.
—Para que quede claro. Nosotros no vamos a hacer esto
nunca.
Lo miro y él me guiña un ojo. Es amargamente adorable, y
agradezco
la aclaración, porque no pienso compartirlo con nadie.
—¿Y lo otro? —digo con fingido desinterés, intentando no
sonar
esperanzada. Y creo que cuela.
Me mira directamente a los ojos.
—No voy a compartirte con nadie, _____. Ni siquiera con
sus miradas.
Parece ofendido, y sonrío, pero no me refería a hacerlo
aquí en
concreto. Hay suites privadas. Joder, pero ¿qué me pasa?
Centro la
atención de nuevo en la escena que tenemos delante.
Hay una mujer tumbada sobre una mullida colcha de
pieles. Tiene las
manos atadas holgadamente con una tira de cuero suave.
Al mirar a Tom,
se pasa la lengua por los labios. Dejo escapar una
carcajada ante su
descaro. ¿Otra más? Está totalmente desnuda y sus ojos
están cargados de
deseo cuando desvía la mirada de Tom a los tres hombres
desnudos que se
ciernen sobre ella. Es obvio que desea que él también
participe, y estoy
convencida de que lo que estoy a punto de ver está
dedicado a él.
Los tres hombres adoptan posiciones, se arrodillan en
distintos
lugares alrededor de su cuerpo echado y le ponen las
manos encima en
diferentes lugares. Ninguno de ellos va a la misma zona.
Todos saben el
lugar de su cuerpo que les corresponde.
Uno desciende la cabeza hasta su pecho y empieza a
rodearle el pezón
con la lengua hasta endurecérselo. Después sella la
aureola con la boca y
absorbe mientras masajea el montículo de debajo con las
manos.
Otro hombre está realizando la misma práctica sensual en
el otro
pecho, trabajando al unísono con el otro miembro, como
si supieran
perfectamente cómo complacerla. Los suspiros y las
exhalaciones de la
mujer indican que su empeño funciona. Mis propios
pezones se erizan y se
endurecen, y me aparto un poco al darme cuenta de que
Tom me está
observando. Lo miro y él desvía la mirada, pero en su
rostro se atisba una
sonrisa maliciosa. Sabe que estoy excitada. Siento
vergüenza y vuelvo a
centrarme en la escena, esperando que mi cuerpo se
comporte. El tercer
hombre se ha unido y la está acariciando entre los
muslos. «¡Joder!»
Su propia humedad permite que los dedos se deslicen por
la entrada
de su cuerpo con facilidad. El hombre retira la mano,
estira el brazo y le
pasa los dedos mojados por el labio inferior. La lengua
de la mujer sale
disparada para lamerlos. Después desliza los dedos hasta
su barbilla y
empieza a descender por el centro de su cuerpo hasta
llegar a su sexo. Ella
eleva la pelvis en respuesta y lanza un grito de
frustración cuando él retira
la mano. El hombre apoya el brazo libre sobre su vientre
para evitar sus
movimientos y hunde dos dedos en su cuerpo, sonriendo
ante sus intentos
de liberarse. Observo la escena totalmente hipnotizada
mientras ella capta la
atención del público con unos gemidos intermitentes que
indican a los
hombres que la están haciendo una mujer muy feliz, y me
sorprendo al
sentirme tremendamente excitada. Esos hombres la están
colmando de
atenciones, y el único placer que reciben es el que ella
obtiene.
Sé que Tom me está observando de nuevo y soy incapaz de
mirarlo a
la cara. Justo entonces, el tipo que está entre sus
muslos hace un gesto, una
señal silenciosa, a los hombres que trabajan en sus
pechos, y todos dejan de
tocarla a la vez. Ella grita ante la pérdida de
contacto, pero lanza un alarido
de placer cuando le levantan las piernas, le separan las
rodillas y una boca
se hunde en sus pliegues hinchados. Instintivamente,
cruzo las piernas y
siento que Tom relaja un poco la mano antes de volver a
apretármela con
fuerza. Otro de los hombres reclama entonces su boca con
avaricia, y el
tercero vuelve a centrarse en sus pechos. Recoge con las
manos ambos
montículos, juguetea con ellos y los pellizca. Su lengua
traza una línea
entre ellos y finalmente divide la atención entre los
dos a intervalos
constantes. Los tres la miran con frecuencia a la cara y
ella los recompensa
con una mirada de pura satisfacción, lo que parece
estimularlos todavía
más. Está siendo adorada por tres hombres magníficos y,
a no ser que seas
una monja, es inevitable excitarse.
De pronto, su cuerpo se tensa visiblemente, señal de que
está a punto
de tener un orgasmo. Yo me tenso al instante también. La
tensión aumenta
cuando ellos advierten que está cerca y de repente todo
se acelera. El
hombre que está en su boca atrapa sus gemidos con un
beso intenso, y el
otro le separa aún más las rodillas para acceder mejor a
ella. Trabajan en
equipo con la intención de hacerla estallar.
Y entonces ella se deshace en un sonoro alarido,
amortiguado
ligeramente por la boca de uno de los hombres. Siguen
trabajando durante
su orgasmo, ralentizando la fricción y la velocidad de
sus caricias y
lametones. Ella se relaja y se queda en silencio
mientras los hombres
vuelven a acariciar su cuerpo con la boca y las manos.
El que está a la
altura de su boca deja sus labios, le desata la tira de
cuero, le libera las
manos y sonríe al ver que ella se frota las muñecas
ligeramente. Al cabo de
unos minutos, se tumba sobre la colcha de pieles. Sus
acciones simbolizan
la satisfacción personificada, y su mirada vuelve a
posarse en Tom.
Sacudo la cabeza con incredulidad. ¿Por qué no se
levanta y saluda al
público? A pesar de su engreimiento, ha sido bastante
increíble y la escena
me ha hechizado, aunque ahora me siento bastante
violenta. Tom ha estado
ahí, ha hecho esas cosas, y lo ha hecho con muchas
mujeres. Algunas de
ellas están en esta habitación. ¿Con cuántas y hasta
dónde ha llegado?
Tom dobla la muñeca y me doy cuenta de que le estoy
agarrando la mano
con fuerza. Lo miro a la cara y relajo la presión.
Él me observa atentamente, como adivinando mis
pensamientos. Se
vuelve por completo hacia mí y me coge de la otra mano.
—Tú no eres exhibicionista, ______, y eso hace que te
quiera más si
cabe. Eres mía, y sólo mía, y yo soy sólo tuyo.
¿Entendido? —dice con una
voz cargada de preocupación. Sabía lo que estaba
pensando.
De repente me deshago, mi corazón se detiene durante un
instante
demasiado largo y me tambaleo ligeramente hacia
adelante. Tom me
estrecha contra sí y apoyo la frente en su hombro. Su
cuerpo es firme,
cálido, y es mío.
—Joder —susurra mientras su pecho se hincha con una
respiración
profunda—. No tienes ni idea de cuánto te quiero. —Me
besa la cabeza—.
Vamos, quiero bailar contigo. —Se aparta y me cobija
bajo su brazo para
dirigirnos hacia la puerta. Después de ver todo esto,
¿quiere bailar
conmigo? Se inclina hacia mí—. Me apuesto lo que sea a
que estás mojada
—dice suavemente. Me quedo sin aliento y él se ríe para
sus adentros—.
Sólo para mí —me recuerda. Ni que fuera necesario.
Miro por encima del hombro y me quedo pasmada. La mujer
se ha
puesto de rodillas, y uno de los hombres se inclina
sobre su espalda y la
penetra por detrás mientras que otro se arrodilla
delante de ella y le
introduce el pene en la boca silenciando sus aullidos.
Abro los ojos como
platos ante ese cambio tan radical. Los dos la percuten,
cada uno desde un
extremo de su cuerpo, y el tercero empieza a rondar el
amasijo de cuerpos
postrados. ¿Qué diablos se dispone a hacer?
«¡No puede ser!»
Observo sobrecogida cómo coge algo de un mueble cercano
y se
arrodilla detrás de ella. El otro hombre sale de su
cuerpo y le separa las
nalgas para proporcionarle acceso a su culo. Tengo que
irme de aquí. He de
marcharme ahora mismo, pero me quedo paralizada al ver
que le introduce
algo. No tengo ni idea de qué es, pero es grande y sólo
se lo mete hasta la
mitad. No puedo apartar la vista. Después se retira y
deja que el otro
hombre vuelva a penetrarla lanzando un grito antes de
colocarse boca
arriba debajo de la mujer. Le agarra un pecho con una
mano, levanta la
cabeza, le toma el otro con la boca y se lleva la mano
libre a la polla.
Madre mía. Tom tira de mi mano. Lo miro y veo una
expresión de
cautela en su rostro. Mi cara debe de ser un poema. Por
favor, no puede ser
que él también haya hecho eso.
—Vamos, ya has visto suficiente —dice, y tira de mí
hacia la puerta
que me
alejará de todo esto. Joder, mi pobre e inocente cerebro acaba de
ver la
realidad de este lugar.
—¿Tom?
—Calla,
_____. —Sacude la cabeza sin mirarme. Sabe lo que estoy
pensando.
Vuelvo a sentirme violenta, más que antes si cabe—. Sólo te
necesito
a ti —dice, negándose todavía a mirarme a los ojos.
—¿Tú
has...?
—Te he
dicho que te calles. —Continúa arrastrándome, y decido no
insistir.
Dudo que me diera una respuesta. No quiero ni imaginármelo así.
Cuando
llegamos a la puerta, Natasha interrumpe nuestra huida. Está
desnuda,
excepto por un par de bragas de seda microscópicas. Se acerca a
nosotros
con las tetas bamboleando. No sé adónde mirar.
—Llevas
demasiada ropa, Tom —ronronea.
¿Qué?
Después de lo que acabo de soportar, sin duda pretende
llevarme
al límite. Siento ganas de abofetearla. Mi mano forma un puño y
se me
tensa la mandíbula, pero Tom desvía nuestro camino y la sortea.
—Haz el
favor de tener un poco de respeto, Natasha —le suelta.
Mi ira se
torna complacencia con la tajante respuesta de Tom ante la
impertinencia
de Natasha conforme salimos del salón comunitario
dejándola
ahí plantada.
—Yo
también quiero enviar una nota recordatoria —digo de forma
sarcástica
mientras me guía de vuelta al piso inferior por la escalera.
Alguien
tiene que poner a esas mujeres en su sitio. Son una panda de
perdedoras
maliciosas y desesperadas.
Él se
echa a reír.
—Como
quieras, _____.
¿En
serio? Eso nos ahorraría tener que abordarlas a todas y cada una
de ellas
por separado lanzándoles advertencias. Puede que le tome la
palabra,
y también puede que elabore otra nota recordatoria para los
empleados
con el mismo asunto. Aunque de ésas sólo necesitaría una
copia.
¿Cuántas copias necesitaría para las socias femeninas?
—¿Quieres
tomar algo? —pregunta Tom cuando nos acercamos a la
barra.
—Sí, por
favor. —Intento que no se note que estoy herida, pero
fracaso
estrepitosamente.
Me mira
con su expresión pensativa y empieza a morderse el labio. Se
arrepiente
de haberme llevado arriba. Y yo también me arrepiento de haber
subido.
Eso no me ha ayudado en mi intento de superar el pasado de Tom.
—¿Por qué
me has llevado allí? —pregunto. Él sabía lo que iba a ver.
Yo no sé
qué era lo que esperaba, pero desde luego eso no.
—Quieres
que sea más abierto contigo.
Tiene
razón. Y también me arrepiento de eso. Nunca podré borrar esas
imágenes
de mi mente, aunque no veo a unos extraños arrodillados o dando
placer.
Sólo veo a Tom. Siento náuseas, pero me lo he buscado.
—No
quiero volver ahí jamás.
—Entonces
no lo harás —responde inmediatamente.
—Y
tampoco quiero que vuelvas tú. —Estoy siendo poco razonable
pidiéndole
que evite el epicentro de su negocio.
Él me
observa con detenimiento.
—No tengo
ninguna necesidad de subir ahí. Lo único que necesito lo
tengo en
estos momentos al alcance de la mano, y quiero que siga siendo
así.
Asiento y
recorro su cuerpo con la mirada.
—Gracias
—digo en voz baja sintiéndome culpable por exigirle esto,
y más
culpable todavía por el hecho de que haya accedido sin ofrecer
ningún
tipo de resistencia.
Me aparta
el pelo de la cara con suavidad.
—Ve a
buscar a Kate y yo iré a encargar las bebidas.
—Vale.
—Vamos.
—Me da la vuelta y me insta a marcharme.
Atravieso
el salón de verano y evito pasar por el aseo, aunque tengo
ganas de
orinar. La pista de baile está llena, y veo a Kate al instante. Su
pelo rojo
destaca entre la multitud. Entro en la pista justo cuando empieza
a sonar
Love man, de Otis Redding, y Kate chilla, entusiasmada por mi
llegada y
por la canción.
—¡¿Dónde
estabas?! —grita por encima de la música.
—Visitando
el salón comunitario —digo encogiéndome de hombros,
pero
entonces la terrible imagen de Kate participando en alguna de las
escenas
que se desarrollan en esa estancia invade mi mente. ¡No, por favor!
Sus
grandes ojos azules se abren de par en par a causa del asombro, y
en su
rostro pálido se forma una enorme sonrisa. Eso no ayuda a borrar de
mi mente
esos pensamientos espantosamente insoportables. Me coge de la
mano y yo
me agarro el vestido para unirme a ella. Georg y Gustav están muy
borrachos
y bailan dándolo todo y atrayendo la atención de muchas
mujeres
en la pista de baile. A Kate no parece importarle. Sigue
cogiéndome
de la mano y pone los ojos en blanco al ver a su compañero
descarriado
con su descarada sonrisa de siempre. Está tan tranquila y tan
segura
como de costumbre, pero Georg, por lo visto, no tanto. Pronto se
aproxima
y la aparta de un hombre que baila demasiado cerca de ella para
su gusto.
De repente doy un brinco y casi me da un ataque de pánico cuando
una espalda
se pega contra la mía, pero entonces me invade su olor y vuelvo la
cara
hacia la barbilla que descansa sobre mi hombro.
—Hola,
preciosa mía.
—Me has
asustado.
—¿Cómo
has sabido que era yo? —pregunta.
—Por
instinto —respondo sonriéndole.
Él me
devuelve la sonrisa.
—Vamos a
bailar.
Se agacha
y me levanta ligeramente el vestido. Después se pega a mi
espalda y
me lleva consigo. Empieza a mover las caderas lentamente, con
la palma
de la mano pegada a mi vientre, y me guía por la pista. Muevo las
caderas
yo también y bailamos sincronizados y al ritmo de la banda, que
está
haciendo una versión increíble de la famosa canción. Echo la cabeza
hacia
atrás y me río al ver su brazo suspendido en el aire, subiendo y
bajando
mientras aprieta las caderas contra mí. Nuestros movimientos
circulares
se aceleran y deceleran al ritmo de la música, y yo me balanceo
de un
lado a otro y hacia adelante y hacia atrás.
Kate y
Georg están pegados como lapas, y Gustav agarra a una mujer que
lo estaba
pidiendo a gritos.
Coloco la
mano sobre la que Tom tiene pegada a mi estómago y dejo
que haga
lo que quiera, sin reservas y sin preocuparme por las decenas de
mujeres
que nos rodean, quienes, conscientes de pronto de la presencia de
Tom en la
pista, han empezado a dar lo mejor de sí en cuestiones de baile.
Sus
intentos por llamar su atención son totalmente en vano. Su barbilla
descansa
con firmeza sobre mi hombro mientras sigue golpeándome con
sus
gloriosos movimientos rotatorios y sin importarle lo más mínimo
quién nos
esté mirando. Está centrado en mí.
—Joder,
te quiero —me dice al oído. Entonces me besa la sien, me
agarra de
la mano y me hace dar una vuelta para atraerme de nuevo contra
su pecho.
Los
bailarines aplauden y la banda empieza a tocar Superstition de
Stevie
Wonder. Kate suelta un alarido detrás de mí.
—¿Seguimos
bailando? —Tom enarca una ceja con una sonrisa
segura y
empieza a moverme de un lado a otro.
—Vamos a
beber —ruego.
—No
puedes seguirle el ritmo a tu dios, dulce seductora —dice con
voz
grave.
Somos los
únicos que estamos abrazados. Todo el mundo a nuestro
alrededor
está entregado a la última oferta de la banda. Tom tiene razón:
son muy,
muy buenos.
Me pasa
la nariz por un lado de la cara y empieza a trazar lentos
círculos
con ella.
—¿Eres
feliz?
—Hasta la
locura —respondo sin vacilar. Es la pregunta más fácil que
jamás
haya tenido que responder. Lo pego aún más contra mí. Hay
demasiado
espacio entre nosotros.
—Entonces,
mi misión aquí ha terminado.
Hunde el
rostro en mi cuello e inspira profundamente. Yo sonrío de
pura
dicha mientras me abraza con fuerza, cobijándome entre sus brazos.
Jamás
había sido tan feliz, y sé que no podría serlo con nadie más. Puedo
superar
lo de su pasado.
—Tu dulce
seductora se muere de sed —digo tranquilamente.
Siento
cómo ríe contra mi cuello.
—Dios no
lo quiera —dice, y me suelta por obligación—. Vamos, no
quiero
que me acusen de desatenderte. —Me da la vuelta entre sus brazos y
empieza a
guiarme fuera de la pista de baile.
Cuando
llegamos al final, de repente soy consciente de que la cálida
palma de
om se ha despegado de mi zona lumbar y me vuelvo para
buscarlo.
Al instante veo el rostro alarmado de mi hombre cuando cuatro
mujeres
(dos de las cuales son la voz número uno y número tres del baño)
lo
agarran y lo acarician mientras lo arrastran de nuevo hacia la pista de
baile.
Esas furcias no tienen ningún tipo de respeto. Kate, Georg y Gustav
observan
la escena con la incredulidad reflejada en sus ebrios rostros
mientras
las mujeres se coordinan para retener a su presa. Tom está
atrapado
y, como no empiece a abofetearlas, no irá a ninguna parte. Su cara
de agobio
es el resultado de la ansiedad que siente por el hecho de que yo
esté
viendo cómo pelea contra esa manada de lobas que intenta
secuestrarlo.
Y después de nuestro reciente encuentro en su despacho, sabe
que no es
el único que tiene instintos homicidas. A saber lo que haría él si
la
situación fuese al revés. La pista de baile se convertiría en un mar de
sangre.
Me acerco
tranquilamente a ellos, y Tom me observa y deja de
resistirse.
Su repentina sumisión hace que las mujeres cesen en su sediento
frenesí.
Le tiendo la mano y él la toma inmediatamente. A continuación,
todas
apartan las manos del cuerpo de mi hombre y observan cómo
reclamo
con calma lo que es mío. Tiro de él y las miro a todas ellas con
desdén.
Se han quedado mudas. No digo nada, aunque su descaro hace que
me hierva
la sangre. Me doy la vuelta y saco a Tom de la pista. Oigo unos
cuantos
gritos de sorpresa y un chillido de júbilo de Kate, pero no vuelvo la
mirada.
Estoy disfrutando el hecho de que, por primera vez, soy yo la que
está
dirigiendo a Tom. Esto no había pasado jamás, y tampoco dura
mucho. De
repente me coge y me lleva en brazos el resto del camino hasta
la barra.
—Me encanta
cuando te pones posesiva —dice, satisfecho—. Dame
un beso.
Quiero
dejar claro que sólo me peleo con alguien cuando es necesario,
pero sé
que sería absurdo hacerlo si se diera la situación. Enrosco los
brazos
alrededor de su cuello y me ahogo en su boca mientras siento que
un montón
de ojos nos miran. Puede que, después de todo, no haga falta
enviar
ninguna nota recordatoria.
Me coloca
sobre mi taburete de siempre y llama a Mario, que saca mi
bebida al
instante de debajo de la barra junto con dos botellas de agua.
Cojo una
de las botellas y empiezo a beberme el agua antes de que
Tom tenga
ocasión de ordenármelo.
Se apoya
en el taburete de al lado y me ofrece una sonrisa de
aprobación.
—Mario,
¿cómo vamos de existencias? —pregunta mientras vuelve a
levantarse
y se inclina sobre la barra para mirar una larga fila de
interminables
puertas de cristal. Echo una ojeada y veo que las estanterías
están
cada vez más vacías.
—Bueno,
señor Kaulitz, al parecer, esta noche los socios tienen mucha
sed. —Ríe
y quita algunas botellas vacías de los dispensadores—. Mañana haré inventario.
Nos llega un pedido el domingo.
—Buen
chico —dice Tom, y vuelve a sentarse en el taburete con los
pies
apoyados en el reposapiés del mío—. ¿Estás bien? —Estira el brazo y
me coloca
bien el diamante.
Bostezo y
asiento.
—Sí.
Sonríe.
—Te
llevaré a casa. Ha sido un día largo.
Recibo de
buen grado su sugerencia. Ha sido un día larguísimo.
Marcar el
terreno es agotador.
John
entra en el bar, coge a Tom del hombro y me saluda con una
inclinación
de la cabeza.
—¿Todo
bien, muchacha? —ruge, y yo asiento.
De
repente he perdido la capacidad de hablar. Estoy exhausta.
—Voy a
llevarla a casa. ¿Todo bien arriba?
—Sí, todo
bien —confirma John. Vuelve a saludarme con la cabeza y
yo
bostezo otra vez—. Pediré tu coche. Llévala a casa. —Saca el teléfono y
da unas
cuantas instrucciones breves y precisas y luego asiente en
dirección
a Tom.
—Tengo
que despedirme de Kate —consigo musitar a pesar de mi
agotamiento.
Me dispongo a bajarme del taburete, pero Tom me pone la
mano en
la rodilla para detenerme.
Y
entonces John suelta una de sus profundas risas de barítono, que te
hace
temblar de pies a cabeza.
—Creo que
acabo de ver cómo desaparecía con Georg en el piso de
arriba
—anuncia.
«¿Qué?»
Tom se
contagia del humor de John.
—¿Quieres
subir a despedirte?
—¡No! —Sé
que mi cara refleja una repulsión absoluta, y ambos ríen
aún con
más ganas.
¿Presenciar
cómo Kate y Georg copulan? No, gracias. Joder, ¿se les
unirá
alguien más? ¿Dónde está Gustav? Me obligo a bloquear esos
pensamientos
tan desagradables.
—Llévame
a casa —digo.
Me entra
un escalofrío y me apoyo sobre mis pies cansados. A pesar
de todo,
estos zapatos son tremendamente cómodos, teniendo en cuenta
que los
llevo puestos desde hace más de siete horas.
Tom y John
intercambian unas cuantas palabras, pero mi cerebro
impide
que mis oídos escuchen. Sin embargo, sí que oigo que le dice a
John que
no lo espere mañana, lo que significa que voy a quedarme a
dormir
hasta las tantas en su casa, y pienso montar una escenita digna de
un Oscar
como me despierte con las primeras luces del alba con mi equipo
de
footing.
Me
despido de Mario y de John y apoyo la cabeza sobre el hombro de
Tom. Él
me dirige al exterior de La Mansión, me mete en su coche y se
sienta al
volante.
—Ha sido
un día fantástico —farfullo medio dormida mientras mi
cuerpo se
acomoda contra la piel suave y fresca. Y es verdad, si dejamos a
un lado
lo de esas zorras desesperadas.
Me apoya
la palma en el muslo y me lo acaricia suavemente.
—Para mí
también, nena, gracias.
—¿Por qué
me das las gracias? —digo bostezando y sintiendo los
párpados
pesados. Me he comportado como una niña malcriada ávida de
atención.
—Por
dejar que te lo recordara —responde tranquilamente.
Lo miro
con mis ojos cansados y sonrío mientras él arranca el coche y
empieza a
acelerar. Cierro los ojos y cedo ante mi extenuación. Sí, me lo
ha
recordado, y me alegro de haber dejado que lo hiciera.
—Buenas
noches, Clive. —Siento las vibraciones de la voz de Tom
en mi
cuerpo, que está pegado con firmeza contra su pecho. Estoy
cansadísima.
—Señor
Kaulitz, ¿quiere que le llame el ascensor?
—No,
tranquilo. Gracias.
En mi
estado comatoso, me pregunto si Clive vive aquí. Se supone
que hay
dos conserjes, pero nunca he visto al otro. Oigo cómo se cierra la
puerta
del ático de una patada y, antes de que me dé cuenta, estoy tumbada
sobre la
cama. Creo que ni siquiera voy a quitarme el vestido. Me acurruco
de lado.
—Venga,
vamos a quitarte ese vestido. —Me pone boca arriba.
—Déjalo
—gruño medio dormida. No tengo energía.
Se echa a
reír.
—No voy a
acostarme contigo vestida, señorita. Jamás. Ven aquí. —
Me
incorpora tirando de mis manos y me quedo con las piernas colgando
fuera de
la cama para que me quite los zapatos—. Arriba. —Tira de mí
suavemente
para levantarme y me da la vuelta—. ¿Cómo se quita esto? —
pregunta
pasándome las manos por la espalda y por los costados.
Levanto
la mano por encima del hombro y señalo la cremallera
escondida.
La coge y la baja lentamente a lo largo de mi espalda y después
me quita
los tirantes. Una vez libre del vestido, me dejo caer contra su
pecho.
—Creo que esto sí que te lo voy a dejar puesto. —Su tono sugerente
me
espabila un poco mientras me pasa las manos por los laterales del corsé
de encaje
fino y por las caderas—. ¿Te cepillo los dientes?
—Por
favor. —Empiezo a avanzar hacia el cuarto de baño con sus
manos en
mi cintura.
Me sienta
sobre el mueble del lavabo, echa pasta de dientes en mi
cepillo y
lo pasa por debajo del grifo.
—Abre —me
ordena, y abro la boca para que tenga acceso a mis
dientes.
Empieza a
cepillármelos con cuidado, trazando círculos lentamente y
con
paciencia, mientras me sostiene la mandíbula. En su frente se dibuja su
arruga de
concentración y sus ojos brillan de contento, y sé que es porque
está
realizando una de las tareas del trabajo que se ha autoasignado: cuidar
de mí.
—Escupe —me ordena tras sacarme el cepillo.
Vacío la
boca y dejo que me limpie los restos de pasta de los labios
con el
dedo. Me mira mientras se mete el pulgar en la boca y se lo chupa.
Estoy
cansada, pero no tanto. Me abro de piernas, lo agarro de la camisa,
tiro de
él y lo pego contra mí con todas mis fuerzas.
Él me
sonríe.
—Parece
que te has despertado. —Me coge la cara con las dos manos
y me
planta un beso tierno en los labios.
No me he
espabilado del todo, pero me ha puesto una de las manos en
el lugar
adecuado y sé que voy a hacerlo.
—Eres tú.
Es instintivo. —Todavía sueno medio dormida.
—Pensaba
que nunca diría esto, pero esta noche no voy a tomarte.
Me rodea
la nariz con la suya y yo muevo las caderas hacia adelante
para
estimularlo. Ahora soy yo la que se está comportando como una zorra
desesperada.
Se aparta
y me lanza una mirada severa con una ceja enarcada.
—No
—dice, y me aparta las manos de su rostro—. ¿Quieres quitarte
el maquillaje?
No me lo
puedo creer.
—¿Me
estás rechazando? —pregunto, desconcertada. ¿Acaso hay unas
reglas
para él y otras para mí? Su rechazo ha acabado de despertarme del
todo.
Empieza a
morderse el labio y me mira con curiosidad.
—Supongo.
¿Quién iba a decirlo, eh? —Se encoge de hombros y moja
una
toalla con agua caliente—. A ver esa preciosa cara. —Lo miro y él
pasa el
paño húmedo por mi expresión ceñuda.
—Creía
que íbamos a hacer las paces como era debido. —Me siento
despreciada,
y se refleja en mi tono.
Se detiene
y sus labios se curvan hacia arriba.
—¿No
somos amigos ya?
—No.
—¿Ah, no?
—Arruga la frente—. ¿Te acurrucarías contra alguien que
no fuera
amigo tuyo?
Aprieto
los labios, planto las manos sobre su firme trasero y lo acerco
hacia mí.
—Puede
que lo hiciera, si mi no amigo me promete que haremos las
paces por
la mañana.
Él ríe
ligeramente.
—Trato
hecho. Vamos a acurrucarnos. —Me levanta del mueble del
lavabo—.
Me encanta verte con encaje, pero me gustas todavía más
desnuda y
encima de mí. Vamos a quitártelo.
Me lleva
al dormitorio, me deja en el suelo, me desabrocha todos los
corchetes
en el centro de mi espalda y deja que el corsé caiga al suelo antes
de
deslizarme las bragas por las piernas.
Da un
paso atrás, empieza a desnudarse también y me señala la cama
con la
cabeza. Me meto y me acomodo. El cansancio previo vuelve a
apoderarse
de mí en cuanto apoyo la cabeza en la almohada. Tom se mete
también y
deja que me acurruque contra su pecho, que es mi lugar favorito
en este
mundo. Sus brazos rodean mi cuerpo y empiezo a dormirme así, sin
más.
—Mañana
iremos a casa de Kate a por tus cosas. —Se revuelve un
poco y me
pega todavía más a su cuerpo—. El lunes hablaremos con
Patrick,
y creo que deberías decirles a tus padres que soy más que un
amigo.
Asiento
entre murmullos ininteligibles. Mudarme aquí oficialmente
no me
parece ningún problema, pero me preocupa la reacción de Patrick y
de mis
padres. En realidad, lo de Patrick tampoco me preocupa demasiado,
a pesar
de la situación con Mikael, que aún no sé cómo voy a solucionar.
La
opinión de mis padres, en cambio, sí que es un problema. Para el resto
del
mundo, Tom podría parecer un tirano controlador, y en cierta medida
lo es,
pero también es muchas otras cosas. No estoy segura de si mi madre
y mi
padre serán capaces de ver más allá de su evidente necesidad de
dominarme
y controlarme. No lo verían muy sano, pero ¿acaso no lo es si
es
consentido? Y no lo acepto por estar asustada ni por sentirme
vulnerable,
sino porque lo amo sin medida y porque las veces en las que
me dan
ganas de gritar de frustración, o incluso de estrangularlo, quedan
totalmente
eclipsadas con momentos como éste. Es verdad que resulta
imposible,
y me enfrento a él hasta cierto punto, pero no soy tan ilusa
como para
pensar que soy yo la que lleva los pantalones en esta relación.
Sé
perfectamente por qué se comporta de esta manera conmigo. Sé que
teme que desaparezca de su vida, pero yo vivo con el
mismo miedo. Y no
tengo claro si los temores de Tom son infundados, no
después de que haya
descubierto
su pasado.
PAG. 359
CAPITULO
24.-
—Buenos días.
Abro los ojos; la luz natural me ciega y la música
erótica que sonaba
en el salón comunitario invade mis oídos. El atractivo
rostro de Tom flota
sobre el mío, cubierto por la barba de un día. Tiene un
aspecto delicioso.
Muevo los brazos para intentar agarrarlo, pero no
responden.
«Pero ¿qué coño...?»
En su rostro se forma una sonrisa oscura y maliciosa y
al instante soy
Consciente de lo que ha hecho. Levanto la vista y veo
que tengo las manos
esposadas a la cabecera de la cama.
—¿Pensabas ir a alguna parte? —pregunta.
Lo miro a los ojos y veo que los tiene cargados de
deseo, enmarcados
por sus largas pestañas. Debería habérmelo imaginado.
—¿Qué vas a hacer? —Tengo la voz áspera por más de un
motivo.
—Vamos a hacer las paces —dice con una media sonrisa—.
Querías
hacer las paces, ¿no? —Enarca una ceja con confianza.
—¿Un polvo soñoliento? —repongo, probando suerte. Sé que
no voy a
salirme con la mía. No soy tonta.
—No. De eso, nada. Todavía no he pensado qué nombre voy
a ponerle
a éste —dice. Alarga el brazo hacia la mesilla de noche
y coge la bolsa de
seda dorada que nos regalaron en la cena del
aniversario.
No recuerdo haberla traído, pero tampoco recuerdo cómo
llegué a
casa. Me trajo Tom, y supongo que también cogió él la
bolsa.
Se sienta a horcajadas desnudo sobre mis caderas y la
deja en mi
vientre.
—A ver qué tenemos aquí —murmura metiendo la mano.
Me muevo un poco intentando ponerme cómoda, bueno, lo
más
cómoda que puedo, teniendo en cuenta que mis brazos
están separados y
sujetos a la cabecera por unas esposas.
Tom saca un vibrador dorado.
—No necesitamos esto. —Lo mira con cara de asco y lo
tira hacia
atrás por encima de su hombro. Oigo cómo golpea el suelo
de la habitación
—. ¿Qué más hay? —se pregunta. Extrae una pequeña caja y
la tira hacia
atrás también, con una cara más agria todavía—. Eso
tampoco nos hace
falta.
—¿El qué? —pregunto, pero hace como que no me oye y
continúa
hurgando en la bolsa.
A continuación saca un tanga plateado de seda y lo inspecciona
detenidamente antes de descartarlo también.
—No es de encaje —murmura, y vuelve a rebuscar en la
bolsa.
Observo cómo se divierte, sentado sobre mis caderas con
gesto de
concentración. No parece impresionado. Saca una tarjeta,
la lee y bufa
antes de romperla y tirarla junto al resto de artículos
ofensivos al suelo.
—¿Qué era eso? —pregunto, muy intrigada.
Me mira un momento.
—Nada que vayas a necesitar —gruñe.
—¿El qué?
—Un vale para ponerte bótox —masculla. Me echo a reír y
él me
ofrece una sonrisa malévola. No hay duda de que fue
Sarah quien organizó
las bolsas. Ojalá no lo hubiera roto; podría haberlo
aprovechado ella—.
Estos regalos son una mierda —espeta antes de sacar un
último objeto y de
tirar la bolsa al suelo con el resto del contenido—.
Bueno, esto sí que
parece interesante —murmura, y sostiene un anillo de
goma negra unido a
un artilugio con forma de bala pequeña de metal.
—¿Qué es eso? —inquiero.
Lo sostiene en el aire y lo observa antes de mirarme a
mí. Sonríe y se
inclina hacia adelante. Me coloca una almohada debajo de
la cabeza y me
da un beso casto en los labios.
—Quiero que lo veas bien —susurra. Vuelve a colocarse
sobre mis
caderas y eleva la pelvis hasta estar de rodillas.
¿Qué hace? Coge el aro de goma negro, empieza a
deslizarlo por su
erección y de repente lo entiendo todo.
—¡De eso, nada! ¡Si yo no puedo usar artefactos que
funcionen con
pilas, tú tampoco! —grito, irritada, pero Tom no me hace
caso—. ¡Eh! —
grito de nuevo.
Mantiene la vista fija en sus manos, tira del aro hasta
la base de su
erección y coloca bien la bala en el tronco. Dejo
escapar un bufido y echo
la cabeza hacia atrás para apoyarla en la almohada
mirando al techo.
¡Quiero hacerlo! Incluso sin mirar a la divina criatura
que tengo encima de
mí, en lo único que puedo pensar es en cosas eróticas
con la música
sonando de fondo.
—Mírame —ordena, pero yo mantengo la vista fija en el
techo. Siento
cómo el colchón se hunde junto a mi cabeza cuando apoya
el puño en él.
Me agarra de la mandíbula con la otra mano—. Mira. —Es ese
tono que
me impide desobedecer. Me sacude el mentón ligeramente y
mis ojos
descienden hacia los suyos. Sus pozos cafeces brillan de
lujuria y sus labios
se separan—. Bésame, _____. —Baja la cabeza y yo elevo
la mía para
pegarlo a mí sin demora.
Ataca mi boca con avidez, la conquista con su lengua y
gruñe de
satisfacción. Sé que voy a acabar jadeando y temblando y
que no hay nada
que pueda hacer para evitarlo.
Ese beso animal provoca que mis sentidos se saturen con
ansia de
más, y de repente se aparta y sollozo.
—Vas a mirar —dice, y me muerde el labio.
—¡Apaga la música! —espeto, un poco desafiante.
Me agarra de la cadera y me lanza una mirada de
advertencia.
—¿Por qué? ¿Te estás poniendo cachonda? —No lo dice en
broma.
Anoche se percató de mi reacción ante la música y ahora
la está usando en
mi contra.
Esto va a ser una tortura. Se aparta de mi rostro y se
aferra a mi
pezón, absorbiéndolo con fuerza. Arqueo el cuerpo, gimo,
cierro los ojos y
busco dónde ocultar mi rostro. Es imposible.
—¡Abre los ojos! —ladra, y me aprieta la cadera de
nuevo.
Los abro al instante mientras él pasa a mi otro pecho y
vuelve a
repetir su acción, lamiendo, mordiendo y estirando mis
pezones al
máximo. Me esfuerzo por mantener los ojos abiertos y no
tensar las
piernas. Quiero flexionarlas, pero las suyas me aferran
y evitan que me
mueva.
¡Joder!
—Eres cruel —gimo. Lo miro y encuentro una mirada de
satisfacción.
Se está vengando a gusto.
Se pone de rodillas, se agarra la erección con una mano
y enciende el
artilugio con forma de bala con la otra. Oigo que se
activa una vibración
constante y él abre la boca.
—¡Vaya! —exclama.
Cierro los ojos sólo una milésima de segundo y él me
coge de la
cadera de nuevo obligándome a abrirlos una vez más.
Respiro hondo y
desciendo la mirada desde sus ojos hasta su pecho, hasta
su cicatriz y hasta
la mata de pelo que cubre su entrepierna. Se está
sacudiendo el miembro
arriba y abajo. Sus muslos se tensan. Grito de
desesperación por querer
tocarlo. Ahora sé cómo se sintió él, y no es en absoluto
agradable. Quiero
tocarlo. Lo necesito sobre mí y no puedo tenerlo. Me
siento impotente.
Mueve el puño y aprieta hacia atrás, retirando el
prepucio y
descubriendo el capullo húmedo y brillante.
—Qué gusto, nena —dice con voz grave, y una chispa se
enciende en
mi entrepierna—. ¿Quieres ayudarme?
Mi mirada recorre su cuerpo de nuevo hacia sus ojos.
—Vete a la mierda —respondo tranquilamente, sin
preocuparme por
mi lenguaje. No puede castigarme de una manera peor que
ésta.
—Esa boca —dice a duras penas con un gemido, y yo lucho
contra las
esposas—. Vas a hacerte daño, _____. Deja de resistirte
—dice con la voz
quebrada, mientras sigue deslizando el puño por su
sólida extensión.
Tal vez si me resisto lo suficiente acabe liberándome.
Le preocupará
que me haga daño. Todo el mundo sabe lo mucho que le
preocupa mi
seguridad. Me retuerzo un poco más.
—¡Para! —ladra, y de repente empieza a frotarse a más
velocidad.
Esto me está matando pero, joder, me encanta verlo así,
arrodillado sobre
mí, masturbándose. Todos los músculos de su pecho, sus
brazos y sus
muslos se tensan más todavía, y la vena de su cuello se
hincha.
—Por favor —ruego. Necesito tocarlo.
—No es agradable, ¿verdad? —Pregunta—. Acuérdate de esto
la
próxima vez que pretendas impedir que te toque.
—¡Lo haré! Tom, por favor, suéltame. —Cierro los ojos
con fuerza,
gritando en mi cabeza para bloquear la música.
—¡Abre los malditos ojos, _____!
—¡No! —Empiezo a mover la cabeza con fuerza de un lado a
otro.
Ésta es la peor de las torturas. Nunca en la vida
volveré a impedir que me
toque. Jamás. Siento cómo desliza los dedos por mi sexo,
recogiendo mi
humedad y abriéndolo. Después me introduce el dedo con
dureza. Abro los
ojos como platos—. ¡Por favor!
Su rostro se descompone mientras continúa masturbándose.
—Vas a mirar —reafirma, y empieza a frotarse con más
fuerza y a
más velocidad—. ¡Joder! —De repente avanza, me coloca
las rodillas a
ambos lados de mi cabeza y la entrepierna delante de la
cara—. ¡Abre la
boca! —ruge, y obedezco inmediatamente sin vacilar. Se
agarra con la
mano libre a la cabecera y empieza a frotarse de nuevo
con el puño hacia
adelante y hacia atrás—. ¡Joder, joder!
Baja la cabeza y dirige su miembro hacia mi boca ansiosa
y se corre
en mi lengua. Su semen salado desciende por mi garganta.
Aprovecho la
ocasión para rodearlo con los labios y poder tocarlo.
Su pecho se eleva y luego empieza a relajarse. Las
vibraciones de la
bala recorren su verga y me hacen cosquillas en los
labios mientras le doy
lametones. Su polla da una sacudida al sentir mi lengua
y yo lamo, chupo y
absorbo su contenido mientras él sigue sacudiéndose
encima de mí e
intenta estabilizar la respiración. Abre los ojos y me
mira antes de apartar
el cuerpo. La vibración se detiene, y entonces oigo un
leve golpe seco que
me indica que el artilugio ha sido relegado al suelo.
Se acomoda entre mis muslos y me mira con expresión
abstraída
mientras acaricia la parte interior de mis brazos. ¿No
piensa soltarme? Las
eróticas notas de Enigma siguen inundándome los tímpanos
y no ayuda a
mi estado a punto de estallar.
—Puede que te deje así para siempre. —Pega los labios a
los míos y
me pasa la lengua por la boca—. Así sabré dónde estás
todo el tiempo.
—Creo que eso sería acercarnos demasiado a la esclavitud
sexual —
susurro contra su boca. No puede estar tan loco como
para tenerme
esposada de manera permanente.
—¿Y cuál es el problema?
—Que me gustaría pensar que me quieres por algo más que
por mi
cuerpo.
—Ah, te quiero por muchas otras cosas. —Recorre toda mi
cara con
los labios arriba y abajo y vuelve a hundirme la lengua
en la boca—.
Quiero que seas mi esposa.
«¡¿Qué?!»
Casi le muerdo la lengua a causa del shock. Continúa
tomándome la
boca, como si no acabara de decir lo que acaba de decir
después de
eyacular en mi boca y de tenerme inmovilizada.
Por fin se aparta y observa mi rostro estupefacto.
—Cásate conmigo —me ordena con voz suave.
—¡No puedes pedirme eso teniéndome esposada a la cama! —
respondo. Joder, ¿y si digo que no? ¿Me echará un polvo
para hacerme
entrar en razón, ya que estamos?
¡Seguro que sí!
—¿Necesitas que te haga entrar en razón? —dice
tranquilamente, y
vuelve a tomar mis labios.
Estoy completamente pasmada. ¡No puede sacarme un sí a
polvos
tratándose de algo tan serio! Me echo a reír para mis
adentros porque lo
cierto es que sí que puede y que seguramente va a
hacerlo.
Se aparta, baja la mirada y suspira.
—Era una broma, muy inoportuna. —Se muerde el labio y su
cerebro
empieza a dar vueltas dentro de esa hermosa cabeza que
tiene.
Finalmente vuelve a mirarme, yo trato de cambiar mi expresión
de
pasmo, pero es difícil. Me ha esposado a la cama, se ha
masturbado sobre
mí, se ha corrido en mi boca y después me ha pedido que
me case con él.
Este hombre está loco de atar. Estoy tumbada debajo de
él, completamente
estupefacta, y no me viene a la cabeza ninguna respuesta
apropiada.
—Me absorbes por completo, ______ —dice—. No sé vivir
sin ti. Soy
totalmente adicto a ti, nena —añade con voz suave e
insegura. Mi ex
mujeriego dominante y seguro de sí mismo está nervioso—.
Me
perteneces. Cásate conmigo.
Lo miro directamente a su hermoso rostro, todavía
absolutamente
sorprendida. Esto no me lo habría esperado jamás. Hace
tan sólo unas
horas que he decidido mudarme aquí, aunque Tom, en su
locura, me obligó
a mudarme hace una semana. No para de morderse el labio
frenéticamente
y me observa mientras yo intento asimilar lo que está
pasando. Tengo
veintiséis años y él treinta y siete. ¿Por qué estoy
pensando en la diferencia
de edad ahora? Hasta el momento nunca me ha importado.
En cambio, lo
que sí debería preocuparme es su personalidad más que
difícil. Ni siquiera
voy a plantearme que vaya a cambiar si accedo a casarme
con él. Nunca lo
hará, forma parte de su persona, del hombre al que amo.
—De acuerdo —digo de pronto. Las palabras escapan en un
susurro de
mi boca sin pensarlo mucho. Es el paso siguiente que
tenemos que dar.
Puede que sea un poco prematuro, pero me lo pida hoy o
dentro de un año,
la respuesta será siempre la misma—. Eres mi vida —añado
para reafirmar
el amor que siento por él. Quiero estar pegada a él
eternamente, a pesar de
su compleja personalidad. Lo amo. Lo necesito.
Mi expresión de sorpresa se ha mudado al rostro de Tom,
y su mente
da tantas vueltas que creo que la cabeza va a empezar a
echarle humo.
—¿Sí? —pregunta con voz suave.
—Es instintivo —digo encogiéndome de hombros, y entonces
soy
consciente de que sigo esposada a la cama—. No hace
falta que me hagas
entrar en razón. ¿Te importaría soltarme ya?
El pánico lo invade. Se incorpora para coger la llave de
la mesilla de
noche y me libera rápidamente. Me froto las muñecas para
resucitarlas,
pero apenas me da tiempo. Tom me arrastra bajo su cuerpo
y me abraza
con fuerza. ¿Creía que iba a decir que no?
¡Joder, joder! Acabo de acceder a casarme con este ex
mujeriego
neurótico y controlador al que sólo conozco desde hace
unas semanas.
Madre mía, a mis padres les va a dar algo.
Se deja caer de nuevo sobre la cama, me arrastra consigo
y hunde el
rostro en mi cuello. Sigo agarrándome con fuerza y no
tengo ni el valor ni
las ganas de decirle que afloje un poco. No pienso ir a
ninguna parte. Ya
no.
—Voy a hacerte inmensamente feliz —dice con la voz
entrecortada.
Me retuerzo un poco para liberarme, pero él mantiene el
rostro en el
mismo sitio sin moverse. Me esfuerzo un poco más y
consigo apartarme lo
suficiente hasta verle los ojos. Los tiene húmedos.
—Ya me haces feliz. —Le acaricio la cara y le paso el
pulgar por
debajo del ojo para recoger una lágrima derramada—. ¿Por
qué lloras? —
pregunto luchando contra el nudo que se me ha formado en
la garganta y
que hace que mi propia voz suene temblorosa.
Él sacude la cabeza con suavidad y se pasa las manos
rápidamente por
la cara.
—¿Ves lo que me haces? —Me agarra la cara y me acerca a
la suya
hasta que estamos frente a frente—. No puedo creer que
estés en mi vida.
No puedo creer que seas mía. Eres tan... importante para
mí, nena. —Sus
ojos me recorren el rostro y sus manos me palpan las
mejillas como para
comprobar que soy real.
—Tú también eres muy importante para mí —respondo en voz
baja.
Espero que sea consciente de hasta qué punto. Para mí lo
es todo..., es todo
mi universo.
Sonríe suavemente.
—¿Ya somos amigos?
—Siempre. —Le devuelvo la sonrisa.
—Bien, mi misión aquí ha terminado. —Se coloca entre mis
muslos y
empieza a
hundirse en mí lentamente—. Ahora vamos a echar un polvo
soñoliento
de celebración. —Coge el mando a distancia y apaga la música
—. Quiero
oír cómo te corres conmigo. —Abre la boca y gime. Yo acepto
sus
labios y él me agarra de las manos, sosteniéndolas por encima de mi
cabeza.
Retrocede y empuja hacia adelante.
—El de
antes era un polvo de petición de matrimonio —digo
alrededor
de su boca, y noto cómo sonríe contra mis labios, pero no dice
nada ni
me regaña por mi lenguaje.
Continúa
entrando y saliendo a un ritmo pausado, hundiéndose
profundamente,
moviendo las caderas suavemente y volviendo atrás.
Recupero
mi anterior estado de excitación y los remolinos de calor se
reactivan
en mi cuerpo y se preparan para liberarse. Sus suaves embates
embrujan
mi cuerpo, como de costumbre.
Se aparta
de mi boca y continúa con sus exquisitas arremetidas.
—Vas a
convertirte en la señora Kaulitz. —Su aliento fresco me
calienta
el rostro mientras me mira.
—Así es.
—Eso se me hará raro.
—Serás
mía para siempre.
—Ya lo
soy. —Ese barco ya hace tiempo que zarpó.
Cierra
los ojos con fuerza y yo siento la llegada inminente de su
orgasmo
en mi interior, lo que me empuja también a mí al clímax.
—Te
adoraré todos los días durante el resto de mi vida —suelta—.
¡Joder!
—Joder
—suspiro, y me tenso debajo de él, mientras mi sexo
palpitante
se acelera con rápidas y continuas pulsaciones.
Bombea
una y otra vez y me besa con desesperación mientras gruñe
con cada
embestida, sosteniéndome todavía las manos por encima de la
cabeza.
Deja escapar un grito y yo envuelvo las piernas alrededor de sus
caderas
para acercarlo más a mí, lo que me empuja a una vertiginosa caída
libre de
intensos temblores cuando un relámpago de placer recorre todo mi
cuerpo y
me deja jadeando y sudando debajo del suyo. Él hunde la cabeza
contra mi
cuello con la respiración agitada y entrecortada.
—No puedo
respirar —dice soltándome las manos. Inmediatamente
envuelvo
su fuerte y cálida espalda con ellas y me quedo atrapada debajo
de él.
Eleva la cabeza y su cara repta por la mía hasta que encuentra mis
labios—.
Te amo con locura, nena. Me alegro de que hayamos hecho las
paces.
Sonrío, él se tumba y hace que me dé la vuelta
hasta colocarme a
horcajadas
sobre su cintura. Apoyo las manos en su pecho y me las cubre
con la
suyas mientras yo trazo vagos círculos con las caderas.
—Lo sé.
Pero si voy a casarme contigo, vas a tener que responderme a
algunas
preguntas —digo con una voz asertiva equivalente a su tono de
«No te
atrevas a desafiarme». No sé si funcionará, pero por probar que no
quede.
Arquea las cejas.
—No me
queda otra, ¿verdad?
—No
—aseguro con altanería.
Hay cosas
que necesito saber. Y no me refiero a sus conquistas
sexuales
pasadas. Saber exactamente con cuántas mujeres ha estado no me
va a
servir de nada, salvo para ponerme terriblemente celosa.
—Está
bien. Dispara. ¿Qué quieres saber? —Suspira pesadamente y
yo pongo
cara de pocos amigos—. Perdona. —Al menos tiene la decencia
de
mostrarse arrepentido. Mantiene las manos sobre las mías, que
descansan
sobre su pecho.
—¿Quién
era la mujer de anoche?
—Coral
—responde directamente y sin vacilar, como si esperara la
pregunta.
Pongo los
ojos en blanco.
—Ya sé
que se llama Coral. Pero ¿quién es?
—Es la
esposa del enano capullo al que expulsamos de La Mansión el
día que
descubriste el salón comunitario.
Anda. Me
remonto mentalmente a aquel día funesto y recuerdo a la
criatura
insidiosa y despreciable que no paraba de lanzar improperios de
que me
iba a follar como Tom había hecho con su mujer y de que iba a
dejar un
reguero de mierda.
—¿Tuviste
una aventura con ella? —espeto al darme cuenta de la
obviedad.
—No.
—Niega con la cabeza con el ceño fruncido—. Vinieron a
verme
porque buscaban a alguien para que participara en un trío.
Me
estremezco un poco. No es necesario que siga profundizando en
eso. Él
mismo se ofreció.
—¿A ti?
—susurro. Él asiente, casi avergonzado—. ¿Por qué lo
hiciste?
—Ella me
lo pidió.
—Se
enamoró de ti.
Abre los
ojos un poco más al oír mi conclusión. Es evidente. Se
revuelve
incómodo debajo de mí.
—Supongo
que sí.
Vaya. Eso
acaba de generar nuevas preguntas. No me sorprende
mucho que
se enamorara de él. Lo que quiero saber es la razón de su visita
a La Mansión
anoche y por qué pasó Tom tanto tiempo en su despacho con
ella.
—¿Qué
quería ayer? Desapareciste mucho rato.
Inspira
profundamente y me atraviesa con una mirada decidida.
—Ha
dejado a Mike... por mí. Y no sé por qué. Nunca le he dado
motivos
para pensar que le correspondía. —Se detiene un instante y evalúa
mi
reacción. No estoy segura de cómo me siento. Todavía no me ha dicho
qué hacía
ella en La Mansión. Suspira y continúa—: Él la ha echado de
casa, se
ha quedado con su coche y le ha quitado todas las tarjetas. No tiene
nada.
—¿Y fue a
pedirte ayuda? —pregunto.
—Sí.
—¿Y qué
le dijiste? —No sé si me va a gustar la respuesta a esta
pregunta.
—Le dije
que haría lo que pudiera. —Empieza a morderse el puto
labio.
Estaba en lo cierto. No me gusta la respuesta. ¿Qué puede hacer él?
Ayudándola
sólo la alentará y le dará esperanzas de que las cosas pueden ir
a más.
Inclino la cabeza ligeramente.
—¿Tiene
esto algo que ver con la policía?
Ríe
ligeramente. No entiendo por qué, no tiene gracia.
—Mike
está jugando sucio. Denunció a la policía que la mitad de mis
empleados
son inmigrantes ilegales. Pero eso se solucionó bastante rápido
y no pasó
nada. Sólo se trató de un pequeño contratiempo.
—¿Por qué
no me contaste todo esto en lugar de dejar que diera rienda
suelta a
mi imaginación?
Frunce el
ceño.
—¿Para
qué iba a preocuparte con algo tan trivial?
Entiendo
su postura pero, aun así, debería habérmelo contado, sobre
todo si
implicaba a otra mujer que ansiaba tener a mi hombre imposible.
Le
sostengo la mirada mientras continúa acariciándome las manos con los
pulgares.
—Entonces
¿participaste en el trío y eso fue todo?
—Sí. —Se
revuelve y aparta la mirada.
—Me estás
mintiendo. —Aprieto los dientes—. Hubo algo más,
¿verdad?
—No
exactamente. —Se revuelve de nuevo, todavía sin mirarme a la
cara—.
¿Es necesario seguir con esto? —pregunta, irritado—. Ella se
equivocó
al pensar que yo quería algo más. No era así. Fin de la historia.
—Pero
tuviste una aventura con ella.
—¡Sí!,
¿vale? Sí que la tuve, pero era sólo sexo, nada más. —Sus ojos
cafeces
se tornan feroces—. Dejémoslo estar ya.
—Una vez
me dijiste que nunca habías querido follarte a ninguna
mujer más
de una vez, sólo a mí. —Jamás olvidaré ese comentario y, por
estúpido
que suene, después de todos los tantos que Tom se ha anotado
conmigo
en su cama gracias a él, me gustaría pensar que sólo se ha
acostado
más de una vez conmigo.
—Yo nunca
dije que no me hubiera acostado con ninguna mujer más
de una
vez. Lo que dije es que nunca he querido estar con una mujer más
de una
vez. No era más que un medio para lograr un fin. Me lo ofrecía en
bandeja.
—Entonces
¿te has follado a más mujeres más de una vez? —digo,
herida.
Qué ridículo. Era un mujeriego hedonista antes de conocerme. Y sé
que estoy
pisando un terreno que, sin lugar a dudas, va a despertar unos
celos
atroces en mí.
—¡______,
vigila ese lenguaje!
—¡No! ¡No
cuando me estás contando que te has follado a otras
mujeres!
No soy la única a la que te has follado más de una vez, ¿verdad?
Me gruñe
y yo lo miro con el ceño fruncido.
—No
—admite, y me sigue acariciando las manos con los pulgares,
aunque
más de prisa—. Pero tienes que entender que ninguna de ellas ha
significado
nada para mí. Sólo las usaba, las trataba como objetos. No
estoy
orgulloso de ello, pero es la verdad. Y eran conscientes de la
situación,
_____. Todas querían algo más, pero sabían que no podían
esperarlo.
Ahora, en cambio, han visto que sí que puedo ser un hombre de
una sola
mujer.
Me están
entrando náuseas. Sabía que esta conversación iba a
revolverme
el estómago. ¿Y cuántas de ellas van a aparecer reclamando a
mi obseso
controlador y neurótico? La mujer de Mikael ya lo ha hecho, y
ahora
también Coral.
—Sigue
enamorada de ti —digo en voz baja. Ésa es la otra razón por
la que
Coral estaba en La Mansión anoche—. No puede tenerte. Ninguna de
ellas
puede —añado para que sea consciente de que sé que vendrán más.
Siento
como si me estuviera preparando para la guerra.
Su mirada
se relaja y en su boca se forma una media sonrisa.
—No
puede, ya se lo he dicho. Ninguna de ellas puede. Soy sólo tuyo.
—Y
tampoco quiero que ayudes a Coral. No es justo que esperes que
me
parezca bien.
—______,
no puedo darle la espalda. —Parece sorprenderle lo que le
exijo. Me
quedo estupefacta. ¿Qué pasa? ¿De repente tiene conciencia?
—Está
bien. Entonces yo seguiré trabajando para Mikael. —No sé por
qué acabo
de decir eso. Soy una estúpida. Su mirada ha pasado de suave y
tranquilizadora
a tornarse oscura y severa. ¿Cuándo aprenderé?
—Espero
que retires eso. —Su pecho comienza a agitarse debajo de
mí, y su
mandíbula se tensa hasta el punto de partirse. Así es exactamente
como me
hace sentir a mí que él ayude a Coral.
—No
—espeto. Estoy tentando mi suerte.
—Tres
—empieza.
—¡De eso,
nada! —Hago ademán de bajarme de su cuerpo, pero me
agarra
las manos con fiereza y me lo impide.
—Dos.
—¡No! ¡No
voy a aceptar una cuenta atrás en este asunto! De eso,
nada, Kaulitz.
¡Puedes coger el cero y metértelo por el puto culo! —Intento
liberarme
y mi cabreo va aumentando conforme más fuerte me sujeta.
—¡ESA
BOCA! —De un tirón, me pone boca abajo sobre la cama y
me cubre
con su cuerpo—. Uno.
—¡Que te
den! —No pienso retractarme.
—Cero,
nena. —Desplaza los dedos directamente a mis caderas y los
clava
justo en mi punto débil con fuerza.
Lanzo un
grito y me sume en un infierno con sus incesantes
cosquillas.
Joder, no para, y de repente siento que la vejiga me va a
reventar.
—¡Vale,
vale! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —No puedo
soportarlo
más.
Para
inmediatamente y me da la vuelta. Su cuerpo sigue atrapándome
contra la
cama.
—Bésame
—me ordena, y se inclina un poco hasta que sus labios
planean
sobre los míos.
Levanto
la cabeza y lo beso con pasión mientras exhala en mi boca un
sonido
gutural de pura satisfacción. Estoy furiosa. Estoy furiosa con él por
hacer
como si no tuviera de qué preocuparme con Coral. Estoy furiosa
porque ha
accedido a ayudarla. Estoy furiosa porque ella está enamorada
de él.
Estoy furiosa porque muchas otras mujeres también lo quieren, y
estoy
furiosa conmigo misma por ceder a sus órdenes.
Me muerde
el labio y lo arrastra entre sus dientes.
—Para mí
sólo existes tú, _____. Te quiero.
—Sólo yo.
—Buena
chica. —Me regala una sonrisa, mi sonrisa—. Y ahora que te
he
follado tengo que alimentarte.
Quiero
corregirlo. En realidad, me ha esposado a la cama, se ha
masturbado
sobre mí, se ha corrido en mi boca y me ha exigido que me
case con
él.
—¿Va a
venir Cathy? —pregunto.
—No,
tiene los fines de semana libres. Arriba. —Me agarra de los
brazos y
me incorpora. Se levanta de la cama, recoge los artilugios que
antes ha
tirado al suelo y vuelve a meterlos en la bolsa dorada de seda.
Observo
cómo desaparece en el vestidor y sale unos instantes después
ataviado
con los pantalones de pijama verdes de cuadros, mis preferidos, y
sin
camiseta. Me recuesto para admirar su cuerpo.
—¿Piensas
pasarte todo el día ahí tumbada?
Alzo la
vista y veo que me está mirando. Cruza los brazos sobre su
pecho y
flexiona los músculos. Me paso la lengua por el labio inferior.
—Prometiste
que nos levantaríamos tarde —le recuerdo.
Se
acerca, me coge del tobillo y tira de mí hasta el extremo de la
cama.
Apoya sus rígidos brazos, hunde los puños en el colchón a ambos
lados de mi
cabeza y me dice:
—Dime que
somos amigos.
—Somos
amigos —susurro. ¿No había quedado claro ya?
—Dime que
me quieres. —Frota su nariz contra la mía.
—Te
quiero.
Sus ojos cafeces
brillan y sus labios forman una sonrisa.
—Dime que
vas a casarte conmigo.
—Voy a
casarme contigo.
—Estoy
ansioso. Bésame. —Su tono ronco hace que la cabeza me dé
vueltas.
Le rodeo el cuello con las manos y lo beso con
adoración. Siento
cómo sonríe pegado a mi boca mientras se levanta de la
cama con mis
brazos a su alrededor. Mis muslos rozan sus caderas y me
agarro a él con
las piernas. Sigo besándolo mientras me lleva al cuarto
de baño y cuando
despega mis piernas de su cuerpo con la mano libre gruño
disgustada y él
se echa a reír.
—Lávate los dientes. Voy a preparar el desayuno. —Se
lleva las
manos al cuello y me aparta los brazos.
—¿Necesito lavármelos? —pregunto, un poco herida.
—No, pero pensaba que quizá querrías hacerlo.
Me da la vuelta, me pone de cara al espejo y me besa en
el hombro.
Después me da una palmada en el culo y sale del baño.
¿Así que voy a casarme con él? Tengo que hablar con mis
padres, y
pronto. Me estoy temiendo la conversación. Observo mi
imagen en el
espejo. Mi pelo oscuro es una masa de ondas enmarañadas.
Tengo los ojos
brillantes, los labios rosados y las mejillas
encendidas. No estoy mal.
Sin darme cuenta, cojo el cepillo de dientes, vierto un
poco de pasta
sobre las cerdas y medito sobre lo bien que me siento.
Nunca me había
sentido tan fresca y vital. Sólo hay un motivo para eso,
y se llama don
Imposible. Joder, a Kate le va a dar algo, y no quiero
ni pensar lo que mis
padres van a pensar de todo esto. Después de lo de Matt,
mi madre me dijo
que no me prendara demasiado del primer hombre que me
mostrara un
poco de atención. No creo que le haga mucha gracia que,
de hecho, vaya a
casarme con el primer hombre que me ha prestado algo de
atención.
Definitivamente tengo que decírselo con mucho tiento.
Comienzo a cepillarme alegremente los dientes mientras
me aparto un
mechón de pelo suelto de la cara con la otra mano. Algo
llama mi atención
de inmediato.
«¿Qué
coño es eso?»
HOLA!!! BUENO AQUI ESTOY CON TIEMPO LIBRE POR FIN ... YA LES PODRE ADELANTAR LOS CAPITULOS ... AGREGARE DE DOS EN DOS PARA QUE USTEDES PUEDAN LEER BASTANTE Y YO ADELANTAR LA NOVELA ... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... YA ESTOY PREPARANDO EL CAPITULO DE MAÑANA ... SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO .. HASTA MAÑANA :))
What??? Tom le pidió matrimonio a (Tn) guaooo eso si que no me lo esperaba.. no estoy de acuerdo con q Tom ayude a esa Coral jum, que se habrá encontrado (Tn)???? quede intrigada virgi me encantooo y q cap tan intenso definitivamente me encanta esta historia.. y que bueno que ya estés libre me alegro así descanses jeje.. espero el próximo cap
ResponderBorrarVale eso sí que no me lo esperabaaaaa, me ha encantado pero algo me dice que todo eso va a traer muchos problemas... espero equivocarmeee
ResponderBorrarSigue porfissss
Ajajajajajajajajaj. Eso si que no lo esperaba ahora ajajaja
ResponderBorrarSube pronto
Será un anillo..?
ResponderBorrarSiguelaaa orfaa!