domingo, 16 de agosto de 2015

19 y 20

CAPITULO 19.-
Tom aparca derrapando en el exterior de La Mansión, donde John nos
espera en la escalera. Sólo hay unos pocos coches, incluido el mío. Había
olvidado que lo dejé aquí.
—Venga, quiero terminar cuanto antes para poder tenerte unas horas
sólo para mí. —Me coge de la mano y echa a andar.
—Pues llévame a casa —refunfuño, ganándome un suave gesto de
reproche.
—Te estoy ignorando —murmura.
—_____. —John nos saluda con una inclinación de la cabeza y nos
sigue.
—¿Todo bien? —pregunta Tom mientras me conduce hasta el bar.
Está vacío, excepto por el personal que revolotea nerviosamente por el
lugar. Me sienta en un taburete y él toma a su vez asiento delante de mí.
Deja mi mano sobre su muslo. Localizo a Mario, que está secando copas
con un paño.
—Todo bien —murmura John—. Los del catering están en la cocina,
y el grupo de música vendrá a las cinco. Sarah lo tiene todo bajo control.
—Hace un gesto para llamar a Mario, y el vello de todo mi cuerpo se eriza
al oír que menciona el nombre de Sarah.
—Genial, ¿dónde está? —pregunta Tom.
—En tu oficina, terminando las bolsas de regalos.
¿Bolsas de regalos? ¿Qué se mete en una bolsa de regalo para una
fiesta en un club de sexo? Ay, Dios, no quiero ni pensarlo.
Mario se acerca y hace volar el paño sobre su hombro. Su sonrisa
cálida hace que se la devuelva al instante. Es un hombre de lo más dulce.
—¿Te apetece una copa? —Tom me aprieta la mano que tengo en su
muslo.
—Sólo agua, por favor.
—Que sean dos, Mario —dice, y luego se vuelve hacia mí—. ¿Qué
quieres comer?
Eso es fácil.
—Filete —digo entusiasmada con los ojos brillantes. El filete que
tomé aquí es el mejor que he comido nunca.
Sonríe.
—Mario, dile a Pete que tomaremos filete con patatas nuevas y
ensalada. Comeremos en el bar.
—Por supuesto, señor Kaulitz. —Mario asiente feliz, mientras coloca
dos botellas de agua y un vaso sobre la barra.
—¿Podrías quedarte aquí un momento mientras voy a comprobar
algunas cosas? —me pregunta Tom mientras suelta mi mano, coge una
botella y me sirve un poco de agua.
Levanto una ceja en señal de desaprobación.
—¿Vas a dejar a Mario vigilándome?
—No —dice despacio, dirigiéndome una mirada rápida y cautelosa.
Oigo la risa atenuada de John—. No es necesario, ¿o sí?
—Supongo que no. —Me encojo de hombros y miro el bar—. ¿Dónde
está todo el mundo?
Se pone de pie y coloca la mano en mi muslo.
—Cerramos el día de nuestro aniversario. Hay muchas cosas que
preparar. —Me besa en la frente y coge su botella de agua—. ¿John?
—Cuando quieras —responde él.
Me aparta el pelo de la cara.
—Volveré tan pronto como pueda. ¿Seguro que aquí estarás bien?
—Estoy bien —respondo, haciéndole un gesto para que se vaya.
Me dejan en el bar rodeada por del caos del personal. Están todos
abrillantando las copas como locos y reponiendo los contenidos de las
neveras. Siento que debería echar una mano, pero en ese momento suena
mi teléfono en el bolso y lo saco. Aparece el nombre de Ruth Quinn en la
pantalla iluminada. Debería pasar de contestar, es mi día libre, pero ésta
podría ser la oportunidad para cancelar lo de ir de copas con ella.
—Hola, Ruth.
—_____, ¿cómo estás?
Suena amistosa, demasiado amistosa.
—Bien, ¿y tú?
—Genial. Recibí tus presupuestos y los diseños. ¡Son maravillosos!
—Me alegro de que te gusten, Ruth. —Supongo que será un placer
trabajar con alguien tan entusiasta.
—Ahora que me has enseñado lo bien que podría quedar el desastre de
la planta baja, estoy impaciente por empezar.
—Genial. Entonces, supongo que has recibido la factura por mis
honorarios. En cuanto esté pagada podremos arrancar.
—La recibí. Os haré una transferencia. ¿Tienes los datos de la cuenta
bancaria? —pregunta.
—Ahora mismo no puedo dártelos. ¿Te importaría llamar a la oficina?
Es mi día libre y no los tengo a mano.
—Uy, lo siento. No lo sabía.
—Descuida, Ruth. Ha sido una cosa de última hora. No te preocupes
—le aseguro.
—¿Estás haciendo algo divertido? —pregunta.
Sonrío.
—Estoy en ello. Disfrutando un poco de mi novio. —Eso ha sonado
raro.
—Vaya...
Se hace el silencio.
—¿Ruth? ¿Estás ahí? —Miro el teléfono para ver si se ha cortado la
llamada. Pero no—. ¿Hola?
—Perdona. Es sólo que dijiste que no había ningún hombre —ríe.
—Quería decir que no había problemas con hombres.
—¡Entiendo! Bien, te dejo disfrutar entonces.
—Gracias. Te llamo la semana que viene y lo retomamos.
—Genial. Adiós, _____. —Cuelga, y en seguida me doy cuenta de que
no ha sacado el tema de las copas. Bueno, tampoco concretó el día.
Devuelvo el teléfono a mi bolso y localizo a Mario caminando con
una caja llena de ingredientes para cócteles y fruta fresca.
—Señorita ______, ¿se encuentra usted bien? —me pregunta.
—Estoy bien, Mario. ¿Y tú?
Deja la caja más grande sobre la barra y yo lo ayudo tirando de ella
hacia mí.
—Muy bien, ¿podría hacer usted de...? —frunce el ceño—, ¿cómo se
dice?... ¿Mi conejillo de Indias?
—¡Claro! —Lo digo con demasiado entusiasmo. Me encanta todo ese
rollo de mezclar, agitar y probar.
Sonríe y me pasa una tabla de cortar y un cuchillo de cocina.
—Usted corta —me informa pasándome una cesta con frutas variadas
de la caja.
Selecciono una fresa, le quito el pezón y la corto en dos.
—Sí, así está bien. —Mario asiente mientras empieza a verter
distintos líquidos en una gran coctelera plateada.
Yo me las apaño con todo el montón de fresas y las coloco en un
recipiente con tapa. Luego me pongo con los limones. Mario canturrea en
voz baja una canción estilo ópera italiana mientras seguimos sentados en el
bar. De vez en cuando, dejo mis tareas de pinche de frutas para observarlo
medir, verter y hacer malabarismos con los útiles de coctelería.
—Ahora viene la parte buena —sonríe mientras le pone la tapa a la
coctelera plateada y comienza a agitarla.
Le da la vuelta, la agarra y la lanza por encima de su cabeza. Gira
sobre sí mismo y la coge al vuelo. Me deja alucinada con la demostración
de sus habilidades como barman. Nunca me lo habría imaginado. Deja la
coctelera a un lado de la barra y vierte el contenido rosa en un vaso alto
con una hoja de menta y una fresa.
Voilà! —canta ofreciéndome el vaso.
—¡Caray! —Me relamo al ver el vaso con el borde cubierto de azúcar
—. ¿Cómo lo has bautizado?
—¡Es el «sublime de Mario»! —Su voz se torna más aguda hacia el
final del nombre. Está muy orgulloso—. Pruébelo. —Empuja el vaso hacia
mí y me acerco a olerlo.
Huele muy bien pero recuerdo la última vez que Mario se empeñó en
que probara uno de sus cócteles: me quemó el gaznate. Cojo el vaso
tímidamente mientras él asiente con ganas. Me encojo de hombros y bebo
un sorbito.
—Bueno, ¿verdad? —Me deslumbra con su cara de felicidad y
empieza a tapar todos los contenedores de fruta.
—Sí. —Le doy otro sorbo. Está delicioso—. ¿Qué lleva?
Se echa a reír y niega con la cabeza.
—Ah, no, no. Eso no se lo cuento a nadie.
—¿Qué tienes ahí? —La voz ronca de Tom me llega desde atrás y me
doy la vuelta en el taburete. Está detrás de mí, con la arruga en posición.
Levanto el vaso y sonrío.
—Deberías probarlo. ¡Ay, mi madre, está riquísimo! —Levanto la
mirada al cielo para enfatizar mis palabras.
Él se echa hacia atrás y frunce más el ceño.
—No, gracias. Te creo —dice sentándose a mi lado—. No bebas
mucho —añade mirando el vaso con expresión de reproche.
Mi cerebro se pone en marcha y de pronto me doy cuenta de lo que
acabo de decir. Qué estúpida soy.
—¡Lo siento! ¡No sé en qué estaba pensando! —Mentalmente, salto
por encima de la barra y me meto en la papelera.
Mario debe de haber notado la tensión, porque no tarda en desaparecer
y dejarme a solas con Tom. Dejo el vaso sobre la barra. El delicioso cóctel
ya no me sabe tan dulce.
—Eh. —Me hace bajar del taburete y me sienta en su regazo. Hundo
la cara debajo de su barbilla. No puedo ni mirarlo. Pero qué tonta soy—.
No pasa nada. No te atormentes, señorita. —Se echa a reír.
A juzgar por su expresión facial, sí pasa algo. ¿O tal vez lo que le ha
molestado ha sido que yo bebiera? Se echa hacia atrás para verme bien y
me levanta la barbilla. Su mirada se suaviza.
—Deja de darle vueltas y bésame.
Obedezco y me agarro a su nuca para tenerlo más cerca. Me relajo por
completo en sus brazos y me empapo de él, gimiendo de gusto en su boca.
Noto que sonríe.
—Lo siento —vuelvo a repetir. Si es que soy una lerda.
—He dicho que ya está —me advierte—. No sé por qué te preocupas
tanto.
¿No lo sabe? Lo que me preocupa es la mirada de reproche que le ha
lanzado al alcohol.
—¿Ya lo has solucionado todo? —pregunto.
—Sí. Ahora a comer y luego a casa a darnos un baño y a retozar un
rato. ¿Trato hecho? —Me mira, expectante.
—¡Trato hecho! —Lo cierto es que este trato ha sido fácil.
—Buena chica. —Me da un beso casto y me sienta en mi taburete—.
Aquí llega nuestra comida.
Hace un gesto hacia el otro lado del bar y veo que Pete se acerca con
una bandeja. La deja sobre la barra.
—Gracias, Pete —dice Tom.
—Como siempre, el placer es mío. Que lo disfruten. —Me dedica una
sonrisa agradable. De hecho, todos los que trabajan para Tom, a excepción
de cierta persona, son encantadores. Bah, no voy a dejar que me arruine mi
día en el séptimo cielo de Tom.
Desenvuelvo mi cuchillo y mi tenedor y me lanzo a por la colorida
ensalada que lleva esa exquisita vinagreta. Necesito la receta.
—¿Está bueno?
Levanto la vista del plato con la boca llena de ensalada y Tom se
mete el tenedor en la boca. Gimo de alegría. Podría comer sólo esto
durante el resto de mi vida. Me sonríe.
—Tom, ¿te parece bien si el grupo se instala en una esquina del salón
de verano?
Se me tensa la espalda al oír la voz chillona de Sarah.
«¡Piérdete!»
Acabo de perder el apetito y mi humor está en números rojos. Dios,
cómo detesto a esa mujer, y ahora que Tom ha admitido que se acostó con
ella, lo que quiero es partirle la cara.
—Me parece perfecto. ¿No lo habíamos hablado ya? —Tom se vuelve
un poco sobre su taburete para no darle la espalda. Yo ni siquiera me
muevo. Me quedo de cara a la barra, escarbando en la ensalada con el
tenedor.
—Sí, sólo quería confirmarlo. ¿Cómo estás, _____?
Miro mi plato con asco. Si de verdad quiere saberlo, se lo digo. Tom
me observa, esperando a que sea educada y conteste a la arpía. Giro el
taburete y me planto una sonrisa grande y falsa en la cara.
—Muy bien, gracias, Sarah, ¿y tú?
Su sonrisa es aún más falsa que la mía. Me pregunto si Tom se ha
percatado.
—Fenomenal. ¿Tienes ganas de que llegue la hora de la fiesta?
—Sí, muchas —miento. Tendría más ganas si supiera que ella no va a
estar.
Tom interviene y me libra de tener que seguir intercambiando
cortesías.
—Yo me voy a marchar. Volveré a las seis. Asegúrate de que arriba
todo está en orden.
Vale, ya no hay manera de que me termine la comida. Me voy a pasar
toda la noche viendo a la gente subir la escalera para visitar el salón
comunitario.
—Las habitaciones y el salón comunitario estarán cerrados hasta las
diez y media. —Tom señala la entrada del bar con el tenedor—. Sin
excepción —añade, muy serio.
—Por supuesto —afirma Sarah—. Bueno, os dejo a lo vuestro. Hasta
luego, ______.
Me vuelvo ligeramente y le sonrío:
—Adiós.
Me devuelve la sonrisa pero, después de lo de anoche, es evidente que
nos detestamos mutuamente, así que toda esta falsa cortesía no tiene
sentido. Regreso a mi ensalada en cuanto puedo. No me cabe la menor
duda de que está siendo tan amable por Tom. No creo que lo engañe.
—¿Por qué no te hace ilusión la velada? —me pregunta Tom
mientras sigue comiendo.
—No es verdad —digo sin mirarlo.
Suelta un hondo suspiro.
—______, deja de tocarte el pelo. Lo estabas haciendo cuando Sarah te ha
preguntado y lo estás haciendo ahora. —Me da un pequeño golpe con la
rodilla y suelto el mechón de pelo al instante.
Dejo el tenedor en el plato.
—Lamento que no me haga ilusión asistir a una fiesta donde cada vez
que alguien me mire o me hable estaré pensando que lo que de verdad
quiere es arrastrarme al piso superior y echarme un polvo.
Doy un salto cuando Tom golpea la barra con el cuchillo y el tenedor.
—¡Por el amor de Dios! —Aparta el plato de un manotazo, fuera de
mi campo de visión. Empieza a masajearse las sienes—. ______, vigila esa
boca —gruñe, hastiado.
Me coge de la mandíbula y tira de ella. Sus ojos cafeces resplandecen
de ira.—Nadie va a hacer tal cosa porque todos saben que eres mía. No digas
esas cosas, que me vuelven loco de rabia.
Su tono severo hace que me achique un poco.
—Lo siento. —Sueno gruñona, pero es la verdad. Podrán pensar lo
que quieran, ¿o acaso puede leerles el pensamiento?
—Por favor, intenta mostrar mejor predisposición. —Me suelta la
mandíbula y me acaricia la mejilla—. Quiero que te lo pases bien.
Su expresión suplicante me da ganas de patearme el culo. Se ha
gastado vete a saber cuánto en los vestidos que me ha regalado y esta
noche es muy especial para él. Soy una zorra desagradecida. Me siento en
su regazo, de cara a él. Por supuesto, le importa un pimiento que mis
piernas le estén rodeando la cintura y que estemos sentados en el bar.
—¿Me perdonas? —Le muerdo el labio inferior con descaro y le doy
un beso de esquimal.
—Eres adorable cuando te enfurruñas —suspira.
—Tú siempre eres adorable —le devuelvo el cumplido y nuestros
labios se funden—. Llévame a casa —le digo pegada a su boca.
Gime.
—Trato hecho. Levanta. —Se pone de pie conmigo y yo aflojo el
abrazo de hierro de mis muslos alrededor de sus caderas.
—¡Ay, no! —exclamo.
—¿Qué? —Me mira preocupado.
—Tengo que comprar whisky para Clive.
—¿Por qué? —Frunce el ceño.
—Como ofrenda de paz. ¿Podemos parar en algún sitio de camino a
casa?
Pone los ojos en blanco y me coge de la mano.
—Clive ha sacado una buena tajada de esto, y ni siquiera cumplió con
su parte —dice Tom, encaminándose hacia la salida de La Mansión.
Me despido con la mano de Mario y de Pete y ellos me devuelven el
saludo. —¿Cuánto le pagaste?
—Al parecer, no lo bastante como para que hiciera bien el trabajo. —
Me mira y sonrío para que me dedique su sonrisa arrebatadora—. No me
mires así cuando no estoy en condiciones de hacerte mía, _____. Sube al
coche.
Trago saliva ante su falta de pudor.
—Y ¿qué hay del mío? —digo observando mi Mini.
—Haré que alguien lo lleve a casa —responde mientras me abre la
puerta del acompañante.
Es un alivio cuando por fin llegamos al Lusso. Por lo visto a Clive le
gusta el whisky muy caro y muy raro. Encontramos el Glenmorangie que
me pidió en una tienda especializada en Mayfair y casi nos peleamos para
pagar. Al final, Tom ha cedido. Se ha enfurruñado como un crío pero ha
cedido.
—Clive, tu Glenmorangie Port Wood Finish —digo entregándole la
botella.
La cara se le ilumina como si fuera Navidad, coge la botella y acaricia
la etiqueta.
—¡No puedo creer que lo hayas encontrado! Creía que sólo se podía
conseguir por internet.
Lo miro incrédula y es difícil no ver la expresión de recelo de Tom.
Hemos estado en tres supermercados y dos licorerías intentando encontrar
esa dichosa botella, ¿y él sabía desde el principio que nos iba a ser casi
imposible de encontrar? Dejo a Clive acariciando su whisky y me subo al
ascensor con Tom.
—Deberías haberle comprado a ese aprovechado la oferta especial del
supermercado —gruñe introduciendo el código. Todavía no lo ha
cambiado, pero yo no pienso recordárselo más.
—¿Estará Cathy? —pregunto. Espero que no.
Quiero acurrucarme entre sus brazos y quedarme así un buen rato,
pero después del viaje a Londres en busca de la botella de whisky
imposible ya no tenemos tanto tiempo como a mí me gustaría. Sé que eso
es lo que tiene a Tom de mal humor.
—No, le dije que se marchara al acabar —dice, cortante. Está hecho
un cascarrabias.
Llegamos al vestíbulo y Tom hace malabares con mis bolsas para
meter la llave en la cerradura. Abre la puerta, lo sigo y le quito las bolsas.
—¿Qué haces? —pregunta con el ceño fruncido.
—Me las llevo al cuarto de invitados. No puedes ver mi vestido —
replico encaminándome ya hacia la escalera.
—Déjalas en nuestro dormitorio —me grita.
¿Nuestro dormitorio?
—Imposible —grito a mi vez, desapareciendo en mi habitación de
invitados favorita.
Saco el vestido de la bolsa y lo cuelgo detrás de la puerta. Suspiro y
retrocedo para poder verlo bien. O se corre en el acto o se desintegra, una
de dos. Desembalo el corsé, los zapatos y el bolso y dejo los demás vestidos
para más tarde. Llaman a la puerta.
—¡No entres! —chillo corriendo hacia la puerta y abriéndola sólo un
poco. Tom está riéndose y lleva las manos en los bolsillos.
—¿Es que vamos a casarnos?
—Quiero que sea una sorpresa. —Le hago un gesto para que se vaya
—. Tengo que pintarme las uñas. Vete. —Me quería con buena
predisposición, pues ahora que no se queje.
Levanta las manos.
—Vale, te espero en la bañera. No tardes. Ya he perdido una hora
buscando el puto whisky —gruñe.
Cierro la puerta, saco el neceser de maquillaje de mi bolso y el correo
que Clive me ha dado esta mañana. Lo dejo en la cómoda que hay junto a
la puerta y me instalo en la cama para prepararlo todo para la fiesta.
Entro en el cuarto de baño y veo que Tom ya está sumergido en agua
caliente y burbujeante pero no parece contento. Me saco el vestido por la
cabeza, el sostén y las bragas y su expresión pasa del enfado a la
aprobación en cuanto me meto en la bañera.
—¿Dónde estabas?
—Esperando a que se me secaran las uñas —digo mientras me instalo
entre sus piernas y me apoyo en su pecho firme.
Hace un ruidito feliz y entrelaza nuestras piernas. Me envuelve en sus
brazos y hunde la nariz en mi pelo.
—¡Ya he perdido dos horas de estar contigo! Dos horas que no voy a
poder recuperar —masculla, resentido—. Se acabó el pintarse las uñas y el
ir a buscar botellas de whisky raro.
—Vale. —Estoy de acuerdo. Yo sé dónde preferiría estar—. Se me
olvidaba, Clive me ha dado tu correo esta mañana. Me lo he metido en el
bolso y se me ha olvidado, perdona.
—No pasa nada. —Intenta que no me preocupe—. Me encanta, me
encanta, me encanta tenerte toda mojada y resbaladiza sobre mí.
Me coge las tetas con las manos y me muerde el cuello.
—Mañana nos vamos a pasar todo el día en la cama.
Sonrío para mis adentros y deseo en silencio que ojalá pudiéramos
hacerlo ahora mismo, pero entonces noto su corazón palpitando contra mi
espalda y pienso en el comentario que hizo sobre el latir de su corazón.
—¿Qué fue lo primero que pensaste al verme?
Permanece unos instantes en silencio.
—Mía —gruñe, y me muerde la oreja.
Me retuerzo y me echo a reír.
—¡No es verdad!
—Joder si lo pensé... Y ahora eres toda mía. —Me vuelve la cara para
besarme con dulzura—. Te quiero.
—Lo sé. ¿No se te ocurrió nunca que podías invitarme a cenar en vez
de acosarme, hacerme preguntas inapropiadas y prepararme una encerrona
en una de tus cámaras de tortura?
Mira a la nada pensativo.
—No. No podía ni pensar. Me tenías confuso —niega con la cabeza.
—¿Confuso sobre qué?
—No lo sé. Provocaste algo en mí. Era perturbador. —Se echa hacia
atrás y apoyo la cabeza en su pecho.
¿Qué le provoqué exactamente? ¿Un latido? Diría que esa frase es
muy rara, pero él también provocó algo en mí y también era algo muy
perturbador.
—Me regalaste una flor —digo en voz baja.
—Sí, estaba intentando ser un caballero.
Sonrío.
—Y cuando volviste a verme, ¿me preguntaste cuánto iba a gritar
cuando me follaras?
—Esa boca, _____.—Se echa a reír—. No sabía qué hacer.
Normalmente sólo tengo que sonreír para conseguir lo que quiero.
—Deberías haber intentado ser menos arrogante.
No me gusta la idea de Tom sonriendo y consiguiendo lo que quiere.
¿A cuántas les habrá sonreído?
—Tal vez. Dime qué pensaste tú. —Me da un pellizco y sonrío para
mis adentros. Podríamos tirarnos aquí la vida entera—. Venga, dímelo —
insiste, impaciente.
—¿Para qué? ¿Para que se te hinche aún más el ego? —me burlo, y
me castiga haciéndome cosquillas. Me retuerzo y salpico agua fuera de la
bañera—. ¡Para!
—Dímelo. Quiero saberlo.
Respiro hondo.
—Casi me desmayo —admito sin pudor—. Y entonces vas tú y me
besas. ¿Por qué lo hiciste? —pregunto, recelosa, sintiendo un escalofrío.
—No lo sé. Simplemente pasó. ¿Estuviste a punto de desmayarte?
No le veo la cara pero apostaría la vida a que en su hermoso rostro
brilla su sonrisa arrebatadora.
Echo la cabeza atrás. Sí, justo lo que yo decía. Pongo los ojos en
blanco.
—Pensé que eras un cerdo arrogante, un sobón con modales
inapropiados que hacía comentarios de mal gusto.
Todavía me cuesta creer lo ciega que estaba con respecto a dónde me
encontraba, pese a que las pistas que me dio Tom indicaban a las claras
que La Mansión no era un hotel. Estaba demasiado ocupada luchando
contra las reacciones no deseadas que provocaba en mí, luego cediendo a
mis impulsos y más tarde luchando otra vez.
Me acaricia los pezones en círculos con la punta de los dedos.
—Necesitaba seguir tocándote para ver si me estaba imaginando
cosas.
—¿Qué cosas?
—Mi cuerpo temblaba cada vez que te tocaba. Y sigue haciéndolo.
—El mío también —confieso. Es una sensación increíble—. ¿Eres
consciente del efecto que causas en las mujeres? —Extiendo las manos
sobre la parte superior de sus muslos.
—¿Parecido al que tú causas en mí?
Entrelaza los dedos con los míos.
—¿Dejan de poder respirar durante unos segundos cada vez que me
ven?
Me besa la sien e inhala con fuerza.
—¿Quieren meterme en una vitrina para que nada ni nadie pueda
hacerme daño?
Casi me quedo sin respiración.
Suspira hondo y subo y bajo sobre su pecho.
—¿Creen que la vida se acabaría si yo no estuviera? —termina con
dulzura.
Se me saltan las lágrimas y lucho para recobrar el aliento. Vale, la
primera, seguro, pero las otras dos creo que probablemente están
reservadas sólo para mí. Son palabras muy fuertes teniendo en cuenta que
sólo hace un mes que nos conocemos. Al principio pensaba que sólo le
interesaba una cosa y ya está, pero sus acciones me decían algo distinto,
incluso cuando yo no me daba cuenta. El hombre era de lo más persistente,
y doy gracias de que lo fuera. Ahora su negocio y sus problemas con la
bebida son irrelevantes. Sigue siendo Tom y sigue siendo mío.
Me doy la vuelta y me deslizo hacia arriba por su pecho. No me quita
el ojo de encima hasta que estamos a la misma altura.
—Me has quitado las palabras de la boca —digo con dulzura.
Necesito que sepa que no es el único de esta relación que se siente
posesivo y protector más allá de lo razonable. Es una locura, este hombre
tan grande y dominante que me ha hecho suya del todo, que consigue que
me rinda sin preguntas y sin dudar ni un instante. Le he dado el poder para
destruirme por completo. Me importa tanto como sé que yo le importo a él.
Simplemente es así.
—Te quiero muchísimo —digo con convicción—. Tienes que
prometerme que nunca vas a dejarme.
Se burla.
—Nena, no vas a librarte nunca de mí.
—Estupendo. Bésame.
—¿Me estás dando órdenes? —Está a punto de reírse y le brillan los
ojos.
—Sí. Bésame.
Entreabre los labios a modo de invitación y se acerca a mi boca. Me
pierdo en él. Ojalá no tuviéramos que ir a ninguna parte. Saboreo el calor
de su aliento mentolado y saludo a su lengua con la misma pasión que ella
a mí mientras él me acaricia la espalda mojada con las manos.
—Sé que te haría muy feliz que nos quedásemos aquí toda la noche,
pero tenemos que ir pensando en movernos. —Me planta las palmas en las
nalgas y me levanta para poder acceder a mi cuello.
—¿Y si nos quedamos? —suplico. Me deslizo arriba y abajo y me
restriego contra él, que aprieta para entrar.
Coge aire.
—Vas a tener que dejarme salir porque, si me quedo aquí, no vamos a
ir a ninguna parte. —Me besa con premura y me sube para que me siente
sobre los talones delante de él.
—Pues quédate —digo con un mohín mientras lo aprieto contra mí y
me abrazo a su cuello. Me siento en su regazo y no hace nada para
detenerme—. Quiero marcarte —digo, sonriendo, y me aferro a su pectoral
con los labios.
Él gruñe y se tumba.
—______, vamos a llegar tarde —replica sin preocuparse en absoluto.
Aprieto los dientes contra su piel y succiono—. Joder, no sé decirte que no
—gime levantándome para colocarse debajo de mí.
Deja que me la meta y los dos suspiramos. Lo muerdo más fuerte y
empiezo a moverme arriba y abajo, despacio, a un ritmo controlado. Me
coge de la cintura y la mueve en círculos y me sube y me baja para
marcarme la cadencia.
—Quiero verte la cara —me ordena.
Dejo de morderlo y lo beso antes de acercarle la cara.
—Mucho mejor —sonríe.
Me derramo sobre él. Le aparto el pelo húmedo de la frente y enrosco
los dedos en su nuca. Nuestros movimientos son sincronizados mientras el
agua chapotea a nuestro alrededor y nos miramos fijamente. La presión en
mi entrepierna entra en ebullición poco a poco hasta que él levanta las
caderas de repente y mis manos corren a aferrarse al borde de la bañera.
Resoplo y él me sonríe antes de repetir el movimiento.
—Otra vez —ordeno impulsivamente ante la inminencia de mi
orgasmo.
Grito y echo la cabeza atrás cuando Tom obedece. Una de las manos
con las que me sujetaba de la cintura se desplaza a mi nuca.
—¿Más? —pregunta con voz ronca.
Echo la cabeza atrás de nuevo.
—Sí —consigo decir antes de que vuelva a levantar las caderas.
Cierro los ojos.
—Nena, mírame —me advierte deslizando la mano de vuelta a mi
cintura.
Abro los ojos y veo que él tiene la mandíbula tensa y las venas del
cuello hinchadas. Me levanta una y otra vez. Grito intentando no cerrar los
ojos.
—¿Te gusta? —pregunta recompensándome con otra subida de
caderas.
—¡Sí! —Tengo los nudillos blancos de agarrarme con tanta fuerza.
—No te corras, _____. No he terminado.
Me concentro para controlar mi orgasmo, que está a la vuelta de la
esquina. Los movimientos firmes y contenidos de Tom no son de gran
ayuda. Echa la cabeza atrás pero no me quita ojo. Me levanta, tira de mí y
mueve las caderas en círculos una y otra vez. Gemimos juntos y me duele
la cabeza de tanto mantener el contacto visual. Quiero echarla hacia atrás y
correrme, pero tengo que esperar a que me dé permiso. No sé si podré
aguantar mucho más.
—Buena chica —me alaba mientras me sujeta con más fuerza de la
cintura. Me mueve en círculos sobre sus caderas—. ¿Lo notas, _____?
—Te vas a correr —jadeo al notar su polla expandiéndose dentro de
mí. Sonríe.
—Cógete los pezones.
Suelto el borde de la bañera y me pellizco los pezones para que se
endurezcan más. Los retuerzo con los dedos bajo su atenta mirada.
—Más fuerte, ______ —me ordena, y me castiga con otra embestida de
sus caderas. Grito y pellizco con más fuerza. La punzada de dolor va
directa a mi sexo.
—¡Más fuerte! —grita clavándome los pulgares en la cintura.
—¡Tom!
—Aún no, nena. Aún no. Contrólalo.
Trago saliva y tenso todos los músculos de mi cuerpo. Me quedo
rígida. No sé cómo lo hace. Su cara refleja el esfuerzo, tiene la mandíbula
apretada y siento palpitar su polla. Posee un autocontrol increíble. Voy en
barrena hacia un orgasmo épico. La fuerza con la que me pellizco los
pezones aumenta a medida que se acerca. Entonces desliza una mano hacia
el interior de mis muslos y me acaricia suavemente. Las subidas y bajadas
de sus caderas hacen que la fricción de sus dedos se ajuste al ritmo de sus
lentas estocadas.
Empiezo a sacudir la cabeza, desesperada.
—¡Tom, por favor!
—¿Quieres correrte?
—¡Sí!
Me acaricia el clítoris con el pulgar.
—Córrete —ordena con otra subida de caderas que me deja delirante.
Mi cuerpo explota y grito, un grito desesperado que hace eco en el cuarto
de baño.
Maldice en alto, me levanta y me deja caer sobre él sin cesar. Es tan
inesperado que me hace gritar. Me penetra con furia y caigo sobre su
pecho, temblando incontroladamente. Siento que me levanta como un peso
muerto, y me deja caer otra vez mientras alza las caderas. Se abraza a mí y
sus muslos de acero chocan contra mi cuerpo lánguido.
—¡Dios! —exhala con fuerza salpicando agua a nuestro alrededor—.
_____, mañana te voy a esposar a la cama —gime—. Bésame.
Consigo levantar la cabeza de su pecho y encuentro sus labios
mientras él sigue moviendo las caderas en círculos para extraer cada gota
de placer de nuestros cuerpos. Podría caer dormida ya mismo.
—Llévame a la cama —susurro contra su boca. No hay forma de
librarse de lo de esta noche, eso ya lo sé.
—Te estoy ignorando —me contesta, muy serio.
Le sujeto la cara con las manos para que no la mueva mientras la
cubro de besos en un intento desesperado por convencerlo de que
deberíamos quedarnos en casa.
—Quiero quererte —susurro llevando las manos a su nuca para poder
enroscarlas en su pelo. Yo sólo quiero quedarme en casa.
—Déjalo estar, nena. Odio decirte que no. Sal. —Me aparta para salir
y refunfuño cuando sale de la bañera.
¿Odia decirme que no? Sólo cuando le ofrezco mi cuerpo.
—Esta noche quiero que lleves el pelo suelto —dice cogiendo una
toalla. Salgo de la bañera y abro el grifo de la ducha.
—A lo mejor lo llevo recogido —replico metiéndome debajo de la
ducha para lavarme el pelo. Lo cierto es que pensaba llevarlo suelto, pero
me apetece ser insolente.
Chillo cuando me da un azote en el culo con la palma de la mano. Me
aclaro el champú y abro los ojos. Hay un hombre resplandeciente y muy
disgustado mirándome.
—Calla —dice con ese tono de voz que me empuja a llevarle la
contraria—. Lo vas a llevar suelto.
Me besa en los labios.
—¿Sí?
—Sí —suspiro.
—Ya lo sabía yo. —Sale de la ducha—. Arréglate aquí. Yo me voy a
otra habitación.
—¡No vayas a la habitación crema! —grito, presa del pánico—. ¡No
vayas a la habitación crema!
—No se preocupe, señorita.
Sus hombros salpicados de gotas de agua salen del cuarto de baño y
termino de ducharme.

CAPITULO 20.-
Me estoy mirando al espejo de cuerpo entero con un nudo en el estómago.
Me he secado el pelo con secador, está ondulado y brillante. Mi maquillaje
es delicado y natural y ya me he puesto el vestido. Tiene un tacto increíble
pero estoy que me subo por las paredes. No sé si es por el lugar al que voy
o por si estoy teniendo un pequeño ataque de ansiedad de pensar que puede
que a Tom no le guste el vestido.
Me vuelvo para ver el escote de la espalda, que parece más
pronunciado que en la tienda. ¿Se enfadará? Estuvo a punto de tener un
infarto cuando me vio con el vestido de verano con la espalda al aire.
Soplo para apartarme el pelo de la cara y me echo un poco más de
desodorante. Me estoy asando, sin duda son los nervios. Me pongo mis
pendientes de oro blanco; son unas bolitas sencillas, el encaje no permite
otra cosa. Meto el brillo de labios y la polvera en la cartera junto con el
teléfono. Llaman a la puerta y el corazón se me sale del pecho. Tengo un
nudo en el estómago.
—_____, cariño, tenemos que irnos —dice en voz baja desde el otro
lado. No intenta entrar, y ese gesto, junto con la dulzura de su voz, me
indica que puede que él también esté nervioso. ¿Por qué? Porque
normalmente entraría a la carga, sin llamar y sin decir nada.
—¡Dos minutos! —grito. Mi voz es aguda y temblorosa.
Me rocío con mi perfume favorito de Calvin Klein. No hay gruñidos
ni gritos impacientes. Debería mover el culo. Me deja para que me
tranquilice un poco.
Respiro hondo un par de veces, cojo la cartera y echo los hombros
atrás. Qué mal. Estoy supernerviosa. Tengo que ver a todos los socios de
La Mansión y no me apetece nada. Las mujeres me han dejado claro que
les he aguado la fiesta. No creo que vayan a cambiar de opinión sólo
porque lleve un vestido de alta costura o porque oficialmente sea la novia
de Tom. ¿La novia? Suena muy tonto, pero ¿qué otra palabra puedo usar?
Además, él es demasiado mayor para llamarlo novio. No suena nada bien.
Vale. Recojo un poco el bajo del vestido y admiro mis zapatos antes
de salir del dormitorio en dirección a la escalera.
Veo la sala de estar y oigo las fascinantes notas de Nights in White
Satin de Moody Blues que caen sobre mí desde los altavoces integrados.
Sonrío para mis adentros y entonces lo veo.
Freno en seco en lo alto de la escalera y procuro recobrar el aliento.
Es como volver a verlo por primera vez. Está impresionante con el traje
negro, la camisa blanca almidonada y la corbata negra. Se acaba de afeitar
y puedo ver su hermoso rostro. También se ha peinado. Dios, esta noche
voy a fastidiar los planes de muchas.
Aún no me ha visto. Camina despacio de un lado a otro, con las manos
en los bolsillos y mirando al suelo. ¿Mi donjuán chulo, orgulloso y pagado
de sí mismo está nervioso?
En silencio, observo cómo se sienta, junta las manos y traza círculos
con los pulgares en el aire. Vuelve a levantarse y a pasear de un lado a otro.
Sonrío y, como si notara mi presencia, se vuelve y recibo de pleno el
impacto de ver a mi hombre de frente, en todo su esplendor. Me quedo sin
aliento y tengo que sujetarme a la barandilla para no caerme.
Abre un poco más los ojos.
—Madre mía —dice, y oscilo sobre los talones bajo su intensa mirada.
Tom se acerca a la escalera sin apartar la mirada de mí. Bajaría para
reunirme con él, pero mis estúpidas piernas están paralizadas y no logro
convencerlas de que se muevan. Es posible que tenga que bajarme en
brazos. Sube la escalera sin que nuestros ojos se separen y, cuando llega
hasta mí, me tiende la mano con una sonrisa. Respiro hondo, cojo la falda
de mi vestido y pongo la mano en la suya. Lo dejo que me guíe por la escalera.
Mis piernas parecen un poco más fuertes ahora que él me lleva de la mano.
Llegamos abajo y se vuelve. Recorre con la mirada mi cuerpo cubierto
de encaje. Da una vuelta a mi alrededor para ver la espalda y cierro los
ojos, rezando para no haber cometido un error monumental al haber
elegido un escote trasero tan pronunciado. Coge aire y siento su dedo
cálido en lo alto de la nunca. Lo desliza despacio por mi columna vertebral
y un millar de escalofríos viajan por mis terminaciones nerviosas. Acaba
en la base de mi columna y siento el inconfundible calor de su boca sobre
mi piel cuando me besa en el centro de la espalda. Sus labios tibios me
relajan. Si fuera a explotar, ya lo habría hecho.
Lentamente, vuelve a colocarse delante de mí.
—No puedo respirar —susurra cogiéndome de la cintura y
atrayéndome hacia su boca. Es como si me hubiera vuelto tan delicada
como el encaje que cubre mi cuerpo.
Qué alivio. El nudo del estómago ha desaparecido. Ahora sólo tengo
que preocuparme de la infinidad de mujeres que se arrodillarán ante él. Se
aparta y me besa el bajo vientre. Tiene una erección de campeonato. Ahora
no querrá que me desvista, ¿o sí?
—Me gusta muchísimo tu vestido —dice, sonriente—. Éste no te lo
probaste. Me acordaría. —Lo contempla, admirado.
—Siempre encaje —repito sus palabras y nuestras miradas se funden.
—¿Escogiste este vestido para mí? —me pregunta con ternura.
Asiento, da un paso atrás y se mete las manos en los bolsillos. Se
muerde el labio y ahí están los engranajes, trabajando mientras él me mira
con aprobación.
—Igual que yo he elegido esto para ti —dice mientras se saca la mano
del bolsillo y veo una delicada cadena de platino colgando de su dedo.
Casi me atraganto con mi propia lengua cuando mis ojos ven la
exquisita joya. La vi en una vitrina de cristal esta mañana mientras pasaba
con Zoe por la sección de joyería. Me lo señaló y me cautivó al instante,
con sus delicadas capas de platino y un diamante cuadrado suspendido al
final. Casi me da un ataque al ver el precio escrito en letra muy pequeña.
Lo miro a los ojos.
—Tom, ¡ese collar vale sesenta mil libras! —suelto. No se me
olvidará nunca. Conté los ceros varias veces.
«¡Ay, Dios!»
Me entra muchísimo calor de repente y mis ojos van de Tom al
diamante que le cuelga del dedo. Sonríe y se me acerca por detrás, me echa
el pelo sobre el hombro. El corazón me da volteretas mortales en el pecho.
Acerca el collar a mi cuello y lo deja caer sobre mi esternón. Siento una
carga enorme en el pecho. Estoy empezando a temblar.
Sus manos rozan mi espalda cuando abrocha el cierre y luego me
desliza las palmas por los hombros y me da un beso en la nuca.
—¿Te gusta? —me susurra al oído.
—Sabes que sí, pero... —Toco el diamante y al instante quiero un
paño de terciopelo para limpiarle mi huella dactilar—. ¿Te lo dijo Zoe? —
Quiero vomitar. Sé que se dedica a las ventas, pero decirle a Tom que me
quedé prendada de un carísimo collar de diamantes es aprovecharse de la
situación. ¿Sesenta mil libras? ¡Virgen santa!
—No, yo le pedí a Zoe que te lo enseñara. —Me da la vuelta entre sus
brazos y acaricia el collar con el dedo y luego mi pecho—. Eres
increíblemente hermosa.
Me da un tierno beso en los labios.
¿Él se lo pidió? Me entra la risa nerviosa.
—¿Es a mí o al diamante?
—Sólo tengo ojos para ti —me dice con la ceja levantada—. Para
siempre.
Dejo de reírme.
—Tom, ¿y si lo pierdo? ¿Y si...? —Me hace callar con sus labios.
—Cállate, ______. —Vuelve a cubrirme la espalda con el pelo—. Está
asegurado y es un regalo que quería hacerte. Si no te lo pones, me enfadaré
mucho, ¿entendido?
Su tono no admite discusión, pero estoy abrumada y mucho más
nerviosa que antes ahora que el collar forma parte de la ecuación de la
fiesta. No voy a volver a ir en metro ni a pasear de noche, eso fijo, no con
esta cosa colgando del cuello. Además, dudo que pueda hacer ninguna de
esas cosas si Tom se sale con la suya (y eso es lo que va a pasar).
Respiro hondo y apoyo las manos en su pecho.
—No sé qué decir. —Me tiembla la voz, igual que el cuerpo.
—Puedes decir que te encanta. —Las comisuras le bailan—. Puedes
darme las gracias.
—Me encanta. Muchas gracias. —Le doy un beso.
—De nada, nena. Aunque no es tan hermoso como tú. Nada lo es. —
Me coge las manos—. Mi trabajo aquí ha terminado. Vamos, has
conseguido que tu dios llegue tarde.
Me lleva a la puerta principal y apaga la música. Coge las llaves y
vamos al ascensor. Ya han reparado el espejo.
Se abren las puertas, entramos e introduce el código. Me mira y me
guiña el ojo.
—Eres demasiado guapo —digo con cierta melancolía, pasándole el
pulgar por el labio inferior para quitarle los restos de pintalabios—. Y todo
mío.
Coge mi mano y me besa la punta del dedo.
—Sólo tuyo.
Cruzamos el vestíbulo del Lusso. Clive nos mira dos veces y abre la
boca de par en par. Tom me pasa el brazo por los hombros y sé que es una
señal de lo que nos espera esta noche. Por mí, fenomenal, porque no tengo
intención de apartarme de su lado.
Me ayuda a subir al DBS y viajamos a La Mansión a toda velocidad.
Lo he hecho llegar tarde a su fiesta de aniversario pero no parece
importarle. Me mira de vez en cuando y sonríe cuando me pilla mirándolo.
Le pongo la mano sobre el muslo y me relajo cuando él pone la suya
en el mío y me da un apretón cariñoso. Ahora mismo estoy muy enamorada
de él y, por primera vez, me ilusiona esta velada. Tom, el amante de la
diversión, tiene ganas de fiesta, y es en esos momentos cuando veo la
personalidad afable que todo el mundo dice que tiene. No ignoro el hecho
de que sólo veo a ese Tom cuando las cosas van como él quiere, o cuando
hago lo que me ordena y él se sale con la suya o consigue lo que desea,
pero cuando él está así es cuando yo soy más feliz y cuando me siento más
contenta. Estoy en mi salsa en el séptimo cielo de Tom.
No me sorprende ver a John en la escalera de La Mansión cuando
aparcamos. Tom me ayuda a salir del coche y me lleva a la entrada, donde
John está dando instrucciones a una docena de hombres con uniforme de
aparcacoches. Tom le lanza las llaves, él las coge y se las pasa a uno de los
aparcacoches y lo informa de que sólo tiene que mover el Aston Martin de
Tom si es estrictamente necesario.
Saludo a John con la mano. Me sonríe al pasar y veo su diente de oro.
Lleva su traje negro de costumbre, sólo que ha cambiado la camisa negra
por una camisa blanca y pajarita. Lleva las gafas de sol puestas, como
siempre. Está muy elegante. Es el tío más guay del universo.
—¡Por fin! —La voz de pánico de Sarah es lo primero que oigo al
entrar en La Mansión.
Se acerca contoneándose. No puede moverse mucho porque lleva un
ajustado vestido rojo de satén que podría ser su segunda piel. Debe de
haberse embutido en él. Ya no me cabe ninguna duda sobre la condición de
sus pechos. Los lleva bien altos, con un escote palabra de honor. Si bajara
la cabeza, podría besárselos ella misma.
Detiene su marcha acelerada hacia Tom y me da un repaso que
termina en mi cuello, donde su mirada se queda fija. Ha visto el collar,
porque es difícil no verlo, pero no le fascinan su belleza o su brillo (¡qué
va!), sino que está pensando en quién lo ha comprado y, a juzgar por la
mueca que hace con su cara llena de bótox, ha dado en el clavo.
Instintivamente, cojo el diamante, como si lo estuviera protegiendo de
sus ojos pequeños y brillantes. Me mira con envidia y entonces repara en
mi cuerpo cubierto de encaje. Enderezo la espalda y sonrío con dulzura.
—Ya estoy aquí —gruñe Tom, colocándome a su lado.
Entramos en el bar, donde Mario está dando instrucciones al personal.
La estancia es ahora tres veces más grande, y caigo en la cuenta de que las
puertas que dividen el bar y el restaurante están abiertas y hay decenas de
mesas altas de bar con sus taburetes distribuidas por las dos salas.
—Siéntate aquí. —Tom me muestra un taburete junto a la barra y
llama a Mario antes de acomodarse junto a mí.
Sarah señala una lista que lleva en la mano.
—¿No podemos repasar...?
—Sarah, dame un minuto —la corta Tom sin dejar de mirarme. Me lo
comería a besos—. ¿Qué quieres beber?
Noto el aire gélido que desprende Sarah, ahí de pie como una maceta,
esperando a que Tom termine de atenderme antes de prestarle la atención
que ella quiere. Tal vez tarde en decidirme. ¿Puedo tomar alcohol? Dijo
que podía beber si él estaba cerca.
Aparece Mario, hecho un pincel, con su chaqueta blanca y su pajarita.
Lleva la raya al lado y ni un pelo fuera de su sitio, ni siquiera los del
bigote. Sonríe y recuerdo el suculento cóctel que me ha preparado antes.
—Tomaré un sublime de Mario, por favor —le sonrío.
Él se ríe a gusto.
—¡Sí! —exclama detrás de la barra—. ¿Y usted, señor Kaulitz?
—Sólo agua, Mario —responde Tom acercándose para besarme.
Sarah me está taladrando con la mirada, así que, cómo no, obedezco y
dejo hacer a Tom. No es que necesite a Sarah para eso. Tom hace y
deshace a su antojo cuando quiere y donde quiere.
—Un gin-tonic de endrinas, Mario —suelta entonces ella, y resopla
mientras Tom se dedica a mí.
Esa mujer le importa un comino, y me siento mucho más cómoda
ahora que lo sé. Ni siquiera es una amenaza real.
—Tom, de verdad que te necesito en la oficina —insiste.
Él gruñe y mentalmente deseo que la pise como a un felpudo.
—¡Sarah, por favor! —masculla poniéndose de pie—. Nena,
¿prefieres quedarte aquí o venir conmigo?
No la estoy mirando, pero sé que ha puesto cara de asco y, aunque me
encantaría tocarle las narices un poco más, estoy muy contenta aquí con
Mario y mi sublime.
—Vete, yo estoy bien aquí.
Coge su botella de agua y me besa en la frente.
—No tardo nada.
Echa a andar y Sarah tiene que seguirlo corriendo sobre sus tacones de
dieciséis centímetros para no perderlo, no sin antes coger su gin-tonic  de la
barra con un gruñido. La ignoro y acepto la copa que me ofrece un Mario
sonriente.
—Gracias, Mario. —Le devuelvo la sonrisa, doy un trago y gimo de
gratitud.
—Señorita _____, ¿me permite que le diga lo preciosa que está usted
esta noche? —me sonríe con afecto y me sonrojo un poco.
—Mario, ¿me permites que te diga lo elegante y seductor que estás
esta noche? —Levanto mi copa por el pequeño italiano al que tanto cariño
le he cogido.
Él da una palmada sobre la barra y se echa a reír. Luego mira el
diamante que cuelga de mi cuello antes de observarme con una ceja
arqueada.
—La quiere mucho, ¿verdad?
Me encojo de hombros un poco avergonzada. De repente me siento
incómoda con el italiano afable. No quiero que todo el mundo piense lo
inevitable, como hizo Sarah.
—Es sólo un collar, Mario. —Sí, un collar de sesenta mil libras, pero
nadie tiene por qué enterarse de ese pequeño detalle.
Lo cojo otra vez. De vez en cuando, tengo que comprobar que sigue
ahí, aunque noto el peso perfectamente.
—Veo que también usted quiere mucho al señor Kaulitz —añade
sonriéndome mientras me rellena la copa—. Eso me hace feliz.
¿De verdad? Un vaso roto lo distrae y se va, agitando los brazos y
gritando en italiano.
Estoy muy a gusto en la barra, viendo cómo los empleados se
preparan para la velada. Se sirve champán en cientos de copas y Mario no
para de limpiar la barra. Grita órdenes aquí y allá para gestionar a su gente.
Es como una demostración precisa de organización, sabe lo que se hace. El
pequeño italiano es un perfeccionista y lo quiere todo impoluto. La enorme
sala está decorada con gusto, todo está en su sitio, perfecto hasta el más
mínimo detalle. Los candeleros cuelgan bajo e iluminan lo justo con una
luz aterciopelada. Las palabras «sensual» y «estimulante» me vienen a la
cabeza. Son palabras que ya he oído antes.
Aparece Pete con una bandeja de canapés.
—Señorita _____, está usted espectacular esta noche —dice, y me
ofrece la bandeja—. ¿Un canapé?
Huelo el delicioso salmón y veo las tostadas cubiertas de crema de
queso. —Ay, Pete. —Me llevo la mano al estómago—. Aún estoy llena.
No tengo ni idea de cómo voy a aguantar una cena de tres platos. Voy
a reventar el vestido.
—Pero si apenas ha tocado la comida —replica mirándome con
desaprobación, y luego sigue con su trabajo—. Que disfrute de la velada.
—Tú también, Pete —le contesto.
De inmediato me siento idiota por haberle dicho a un empleado de
Tom que disfrute de una noche de trabajo duro, pero tiene razón: no me he
terminado la comida. Ha sido porque perdí el apetito cuando apareció
Sarah, y es probable que por esa misma razón tampoco tenga hambre
ahora. Me vuelvo hacia la barra y veo que me han rellenado la copa. Busco a
Mario y lo veo al otro lado, colocando unos taburetes en su sitio. Me ve y
me sonríe mientras levanto la copa y frunzo el ceño. Me ignora y sigue
trasladando taburetes. Tengo que ir con cuidado. Me he tomado dos copas
del sublime de Mario y no tengo ni idea de lo que lleva. No puedo acabar
tirada por los suelos cuando todavía está llegando gente.
—¡_____!
Me pongo en pie de un salto en cuanto oigo el grito excitado de Kate.
—¡Vaya! —Derrapa delante de mí con los ojos fuera de las órbitas—.
¡La hostia!
—Lo sé —gruño—. La cosa esta me tiene muerta de miedo. Debería
estar en una caja fuerte. —Cojo el diamante y jugueteo con él otra vez.
Kate me da un manotazo para poder tocarlo.
—¡Caray! Esto es una cosa muy seria —dice, suelta el diamante y se
aparta para verme bien—. ¡Mírate! A alguien la han mimado mucho hoy.
Me echo a reír. Kate se queda corta.
—Deja que te vea. —La cojo de las manos y se las llevo a un lado—.
Me encanta tu vestido. —Hago que dé una pequeña vuelta.
Como siempre, está fabulosa. Lleva un vestido largo de color verde y
los rizos rojos y brillantes recogidos en lo alto de la cabeza.
—¿Te apetece una copa? Tienes que probar esto. —Cojo la mía y se la
muestro—. Siéntate. ¿Dónde está Georg?
Se encarama al taburete y pone los ojos en blanco.
—No deja que ninguno de los aparcacoches toque el suyo. Cree que
son todos unos inútiles que no saben controlar un Carrera —se ríe—. ¿Y
Tom?.
Mi sonrisa desaparece.
—Sarah se lo ha llevado no sé adónde.
Echo un vistazo al reloj, hace casi una hora que se ha ido.
—¿Sabes?, anoche vi un Porsche Carrera con cierta pelirroja a bordo,
camino de La Mansión —digo como si nada mientras le doy un sorbo a mi
copa y espero su reacción.
Mi feroz amiga me lanza una mirada fiera.
—Sí, ______. Ya me lo has dicho —replica, altanera—. ¿Y esa copa?
Meneo la cabeza pero no insisto.
—¿Mario? —lo llamo, y él me indica con la mano que me ha oído—.
Te presento a mi amiga Kate. Kate, él es Mario.
—Nos conocemos —le sonríe ella.
—¿Qué tal está usted, Kate? —Mario le dedica una de sus
encantadoras sonrisas.
—Estaré mejor cuando me traigas uno de ésos. —Señala mi copa y él
se echa a reír antes de coger la jarra de cristal del sublime.
Claro que se conocen. Cómo envidio su forma de ser, tan relajada.
Mario vuelve con la jarra y tapo la copa con la mano cuando intenta volver
a llenármela. Se encoge de hombros y masculla algo en italiano intentando
reprimir una sonrisa. Finge estar muy ofendido.
—¿Dónde está la fiesta?
Nos volvemos y vemos a Georg con las piernas y los brazos extendidos
en la entrada del bar. Va mucho más elegante que de costumbre (siempre
lleva bombachos y una camiseta). Se arregla la chaqueta del traje y entra
en la sala con toda la confianza del mundo. Pide una botella de cerveza. Va
bien vestido pero su pelo sigue pareciendo una fregona despeinada de rizos
castaños. Tampoco faltan su sonrisa picarona y sus hoyuelos.
—¡Señoritas! ¿Saben que están realmente deslumbrantes esta noche?
—Me da un beso en la mejilla y un buen morreo a Kate. Ella lo aparta de
un manotazo, riéndose—. ¿Y mi hombre? —pregunta buscando por el bar.
Quiero corregirlo y puntualizar que Tom es mi hombre, pero creo que
sería demasiado atrevido. Me río para mis adentros.
—En su oficina —digo tomando otro sorbo. Me estoy conteniendo,
pero esto está delicioso y entra como si nada. Me siento mejor ahora que
Kate está aquí. Así me distraigo y no pienso que Tom sigue desaparecido.
Una hora más tarde el bar está lleno y todavía no tengo noticias de
Tom. Suena música de jazz y se oyen conversaciones felices de fondo. Los
hombres llevan esmóquines caros, y ellas se han puesto sus mejores trajes
de noche y vestidos de cóctel. No ignoro que parezco ser el tema de
conversación favorito de muchos grupos, sobre todo entre las mujeres, que
disimulan fatal. Lo que más me molesta es que mi mente inquisitiva e
irracional se pregunta con cuántas de estas mujeres se habrá acostado
Tom. Es una idea deprimente, y no creo que consiga quitármela nunca de
la cabeza.
Voy por el tercer vaso de sublime y bebo a sorbitos. Gustav ha llegado
y está como siempre: aseado, pulcro y preciso. Exhalo y me relajo cuando
dos manos me cogen por las caderas y percibo de inmediato el aroma a
menta. ¿Dónde se había metido?
Apoya la barbilla en mi hombro.
—Te he dejado sola.
Giro el cuello para poder verlo.
—Sí. ¿Dónde has estado?
—No podía dar dos pasos sin que alguien se me acercara. Ahora soy
todo tuyo, te lo prometo. —Se inclina hacia adelante para estrecharles la
mano a los chicos y luego le da a Kate un beso en la mejilla.
Apuesto a que todos esos «alguien» eran mujeres.
—¿Lo estáis pasando bien? —les pregunta mientras le indica a Mario
que le traiga otra botella de agua.
—Lo pasaremos bien después de cenar —dice Georg, sonriente,
mientras brinda con Gustav.
Sé lo que quiere decir, y recuerdo que Tom ha dado instrucciones
para que los pisos de arriba permanezcan cerrados hasta las diez y media.
Ahora ya sé por qué: para mantener fuera a otros como Georg.
Me asalta un pensamiento que me preocupa mucho. Mierda,
¿desaparecerá Kate arriba esta noche? La miro con los ojos muy abiertos
pero no me devuelve la mirada. Sabe lo que estoy pensando, lo sé por cómo
intenta esconder la cara.
—Diez y media —dice Tom, muy serio.
Me baja del taburete, se sienta y luego me sienta sobre sus rodillas y
hunde la cara en mi pelo. Georg y Gustav comparten una mirada de reproche,
y Kate sigue sin querer mirarme.
—Quiero tumbarte sobre la barra y tomarme mi tiempo para quitarte
todo el encaje —me susurra al oído. Me tenso y le ruego en silencio que se
calle antes de que obedezca y me suba a la barra por él. Me restriega la
entrepierna en el trasero.
—¿Qué llevas debajo del vestido?
—Más encaje —digo en voz baja con una sonrisa. Me ruge al oído.
¿Por qué habré dicho eso? Necesito que no hablemos de sexo.
—Me estás matando. —Me muerde la oreja y me dan escalofríos.
—Para —lo aviso, poco convencida. Tardaría una semana en quitarme
y ponerme el vestido. De hecho, no creo que deje que me lo quite él.
Perderá la paciencia, me lo romperá y no podré volver a ponérmelo.
—Nunca. —Hunde la lengua en mi oreja y cierro los ojos con un
suspiro.
—¡Eh, pareja! —Kate le da a Tom un manotazo en el hombro—.
¡Bájala!
—Eso, a nosotros nos reprimes nuestras necesidades sexuales pero
luego te sientas ahí a magrear a tu chica —se queja Georg.
Tom lo mira en absoluto contento.
—Si intentas detenerme, cierro el chiringuito ahora mismo y me la
llevo a casa —suelta él.
—Estás avasallando a tus amigos —me río, y todos se ríen conmigo.
Tom vuelve a morderme la oreja.
—¿Quién es ésa? —pregunto.
—¿Quién? —Su cara emerge de mi cuello y señalo con la cabeza
hacia una mujer que hay en la entrada del bar con un vestido recto de color
crema. Tiene treinta y pocos años, lleva el pelo negro a lo garçon y es muy
guapa. No le habría prestado atención, de no ser porque nos está mirando
fijamente y está sola.
Se nos acerca y Tom se pone tenso. Georg y Gustav se callan al instante,
lo que aún me pone más nerviosa. ¿Quién demonios es?
Llega junto a nosotros y se detiene sin dejar de mirar a Tom. La
tensión se puede cortar con un cuchillo. Miro a Kate, que tiene el ceño
fruncido y observa a la mujer que está en silencio delante de nosotros. De
repente, me ponen de pie y me sientan en el taburete pero sin Tom debajo
de mí.
—¿Vamos a mi despacho, Coral? —pregunta Tom con demasiada
ternura y demasiado cuidado para mi gusto.
Ella asiente y entonces veo que está a punto de echarse a llorar.
—Ven. —Tom se vuelve hacia mí con una sonrisa de disculpa, le
pone la mano en la cintura y se la lleva. Me deja aquí sentada
preguntándome qué coño pasa mientras mentalmente le ordeno que le quite
la mano de la espalda.
John les dedica un saludo con la cabeza cuando pasan por la entrada
del bar y anuncia a todos los presentes que la cena está servida.
Hay un ajetreo de cuerpos que se dirigen al salón de verano. Las mujeres
me miran con curiosidad al pasar. No les hago caso: estoy muy ocupada
preguntándome qué estará haciendo Tom con la mujer misteriosa.
Se ha hecho el silencio en nuestro pequeño grupo, y es Kate quien lo
rompe.
—¿Quién era ésa?
Me ayuda a bajar del taburete.
Miro a Gustav y a Georg, que se encogen de hombros y niegan saber
nada, pero por lo incómodos que parecen estar de repente sé que saben
perfectamente quién es Coral.
—Ni idea. No la había visto nunca —digo con el ceño fruncido
siguiendo a la marabunta de gente que se dirige al salón de verano—.
Aunque parece ser que Tom la conoce.
Encontramos nuestra mesa y es un gran alivio ver que me han sentado
con Kate, Georg, Gustav y John. Sarah también está en nuestra mesa, cosa
que no mola nada. Se nos une otro hombre al que no conozco. Se llama Niles
y parece un chico muy formal, no la clase de hombre que una espera
encontrarse en La Mansión. Pero ¿cuál es la clase de hombre que va a La
Mansión?
Los sillones y las mesas del salón de verano han desaparecido y su
lugar lo ocupan ahora mesas redondas para entre ocho y diez comensales.
Hay tantas que me pierdo al llegar a treinta. La paleta de colores es negro y
oro. Me pregunto si es casualidad.
Hay velas por todas partes que ensalzan el ingrediente principal: la
sensualidad. Fue una de las cosas que me especificó Tom cuando yo no era
consciente de las actividades de La Mansión. Fue una petición rara, pero
ahora son omnipresentes allá donde pongo el ojo.
Hay un grupo de música en un rincón pero son cuatro saxofonistas
quienes amenizan la cena. La silla que hay a mi lado está vacía y en la
siguiente se ha aposentado Sarah. Imagino que fue ella la que organizó las
mesas y lo mucho que se cabrearía cuando no tuvo más remedio que
sentarme al otro lado de Tom. Por cierto, ¿dónde está Tom?
Kate coge una bolsita dorada y me la enseña. Deben de ser las bolsas
de regalo. Decido que no voy a mirar lo que hay dentro de la mía. Cuando
Kate husmea en la suya y la cierra de golpe con unos ojos como platos, sé
que he tomado una buena decisión. Georg intenta quitársela pero ella lo
espanta de un manotazo. Georg gruñe y coge el equivalente en negro que hay
en los sitios de los caballeros. Hace lo mismo que Kate pero, en vez de
poner cara de susto, la mira a ella con una sonrisa de oreja a oreja, y ahora
es ella la que intenta quitarle la bolsa. Él la aparta.
Sirven un primer plato de vieiras, tan fantástico, que me olvido por un
rato del paradero de Tom. La comida de La Mansión es excelente.
—_____, me han dicho que tú te encargaste de los interiores del Lusso
—señala Niles desde el otro lado de la mesa—. Impresionante —sonríe
levantando la copa.
—No le vino mal a mi portafolio —digo sin darle importancia.
—Qué modesta —se ríe.
—Es muy buena —interviene Kate—. Está trabajando en la
ampliación del piso de arriba —Kate señala el techo con el tenedor con un
gesto impropio de una señorita.
—Ya veo. ¿Fue así como conociste a Tom? —pregunta Niles un poco
sorprendido.
—Sí —confirmo con educación pero sin extenderme. No me siento
cómoda hablando de Tom y de mí, especialmente con Sarah y su rostro de
piedra a menos de un metro de distancia. Quiero hablar de otra cosa que no
sea Tom y olvidarme de mis cavilaciones.
Niles deja el tenedor en el plato y se limpia la boca con la servilleta.
—Yo soy proveedor de Tom —dice con una sonrisita.
Consigo no hacerle la pregunta más tonta del mundo. No es proveedor
de comida o bebida. No. Niles ofrece otra clase de elementos esenciales:
esenciales para los pisos superiores de La Mansión. Asiento y no digo nada
porque tampoco quiero llevar la conversación por esos derroteros.
Sarah se anima a participar y le pregunta a Niles por su reciente viaje
a Ámsterdam. Se lo agradezco, aunque no tardo en dejar de prestar
atención a lo que dicen.
Observo a Kate, que me lanza una mirada guarra y señala a Sarah con
una inclinación de la cabeza mientras se sujeta las tetas la mar de
sonriente. Intento no reírme pero no puedo evitar que me haga gracia su
descaro. Le da todo igual. La adoro.
Me termino mi sublime y acepto la copa de vino blanco que me ofrece
el camarero. Bebo un sorbo y me río cuando Gustav le clava el tenedor a su
última vieira, que sale volando y aterriza en el centro de la mesa. Se cabrea
mucho con el molusco escurridizo e intenta recogerlo. Gruñe y trata de
hincarle el tenedor, pero al final se rinde y todos en la mesa, excepto Sarah,
están encantados con el espectáculo. Se levanta para hacer una reverencia
que restituya su reputación de hombre fino. Ha sido tan divertido que no se
parecía en nada al Gustav que yo conozco.
Nos retiran el entrante y sirven salmón con verduras de lo más
coloridas. Doy gracias de que la cena sea relativamente ligera. No puedo
comer mucho más y, con Sarah al lado, mi apetito no mejora. No me ha
dirigido la palabra desde que nos hemos sentado a cenar, y tampoco ha
preguntado por el paradero de Tom. Ella sabe dónde está. Le dice al
camarero que se lleve el plato sin tocar de Tom y que le reserven el plato
principal. Si Kate no estuviera, me pondría de muy mal humor.
—¿No has traído a Victoria? —le pregunta Kate a Gustav, que contesta
sin una pizca de sorpresa.
—Es muy dulce, pero requiere mucho trabajo. —Bebe un par de
tragos de vino y se reclina en la silla—. Estoy muy bien donde estoy en
este momento. —Levanta la copa y todo el mundo se une al brindis,
incluso yo, a pesar de que no estoy muy contenta con donde estoy en este
momento.
Gustav sigue:
—Además, no me dejaba meterle mano sin apagar la luz.
Casi escupo el vino sobre la mesa y me da la risa, un ataque de risa.
—¡Te lo dije! —chilla Kate tirándome una servilleta.
La cojo y empiezo a limpiarme el vino que me cae por la barbilla.
Todavía nos estamos riendo.
Gustav nos mira a Kate y a mí y una sonrisa se dibuja en las comisuras
de su serio rostro.
—Uno tiene que poder ver para lo que yo tenía en mente.
—¡Basta! —aúllo intentando controlar la risa.
Miro a Sarah, que me lanza una mirada asesina. La ignoro y me
resisto a la tentación de estamparle la cara contra el plato de salmón.
Me siento muy erguida (igual que Sarah) cuando veo a Tom y a la
mujer misteriosa en el pasillo que lleva a su despacho. John debe de haber
notado nuestra reacción, porque se levanta de la mesa y se aproxima a
ellos. Intercambian unas pocas palabras antes de que John se encargue de
la mujer y la saque del salón de verano.
Tom recorre el salón con la vista hasta que encuentra mi mirada y se
acerca a nosotros. A medida que avanza entre las mesas, lo detienen
docenas de veces varios hombres y mujeres, pero no se queda a charlar con
ellos, sino que se limita a estrecharles la mano a los hombres y a darles un
beso en la mejilla a las mujeres y sonreírles con educación antes de seguir
buscándome. ¿Por qué no puede estrecharles la mano también a las
mujeres? Al final consigue llegar hasta mí, sentarse a la mesa y darme un
apretón en la rodilla. Georg lo vitorea al llegar y le sirve agua en la copa
para el vino. Kate frunce el ceño, mirándome, y Sarah deja de darle
conversación a Niles e intenta hablar con Tom.
Él se vuelve hacia mí con una mirada muy triste.
—¿Me perdonas?
—¿Quién era ésa? —pregunto en voz baja.
—Nadie por quien debas preocuparte. —Señala con la cabeza mi plato
medio vacío—. ¿Qué tal la comida?
¿Nadie por quien deba preocuparme? Ahora sí que me preocupo. Pero
¿es el mejor momento para hablar de esto?
—Muy buena. Deberías probarla. —No digo más, y busco un
camarero pero soy demasiado lenta. Parece que Sarah ya se ha hecho cargo.
El plato de salmón aparece delante de Tom, que se apresura a hincarle
el diente sin retirar la mano de mi rodilla, cortando y pinchando con una
sola mano. Me preparo para dejar estar el asunto por ahora. No es ni el
momento ni el lugar, pero quiero saber qué ha pasado.
John vuelve a la mesa y le dedica a Tom su típica inclinación de
cabeza. Lo miro con curiosidad, él me ve y entonces me besa a propósito.
Le devuelvo los besos no muy convencida, consciente de que está
intentando distraerme de nuevo. Se aparta y me mira, inquisitivo.
—¿Me estás ocultando algo? —me pregunta, cortante.
—Sí, ¿y tú? —contraataco, en absoluto impresionada por cómo se
toma mi preocupación.
—Eh —masculla, bastante alto, teniendo en cuenta lo cerca que
estamos y que hay gente—. ¿Con quién te crees que estás hablando? —me
pregunta con una mirada asesina mientras me aprieta la rodilla con fuerza.
Sacudo la cabeza.
—A ver cómo reaccionarías tú si un hombre misterioso me apartara
de tu lado durante más de una hora. —Lo miro directamente a los ojos y
veo a Sarah sonreír detrás de él. Que se la folle un pez. No estoy de humor
para aguantarla.
La expresión de Tom se suaviza y relaja un poco la mandíbula. Me
suelta la rodilla y me acaricia allá donde se unen mis muslos. Me tenso. Sé
lo que está haciendo.
—Por favor, _____, no digas cosas que me cabrean hasta enloquecer. —
También ha suavizado el tono pero detecto una pizca de enfado—. Te he
dicho que no te preocupes, así que no deberías preocuparte y punto.
—Deja de besar a todas las mujeres —le espeto, y me vuelvo en
dirección a la mesa e ignoro su ardiente caricia a través del vestido. Me
hierve la sangre de lo posesiva que me siento. Me estoy volviendo peor que
él, y esta conversación no lleva a ninguna parte, al menos no aquí y ahora.


HOLA!!! AQUI ESTAN LOS DOS CAPS ... ESPERO Y LES GUSTE ... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA, ADIOS :))

4 comentarios:

  1. Quien sera esa mujer misteriosa?? y xq Tom se tuvo que ir con ella a su oficina?? me dejaste intrigada virgi me encanto.. que le estará ocultando Tom a (Tn)?? espero el próximo cap..

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  2. Esta buenisimaa!!

    Quien será esa mujer??

    Siguelaa ;)

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