ULTIMOS
CAPITULOS
CAPITULO
29.-
Un par de horas después, entro en la cocina y veo a Tom,
todavía en
chándal, con un dedo dentro del tarro de mantequilla de
cacahuete. Cuando
me mira, pongo cara de asco y él me regala una sonrisa
que no llega a
iluminar sus ojos. Parece inquieto.
—Capuchino doble sin chocolate. —Me acerca una taza de
Starbucks
y yo la acepto agradecida—. Te he traído de todo —dice
encogiéndose de
hombros—. No tenían salmón.
—Gracias —sonrío y me siento a su lado.
—Espero que lleves algo de encaje debajo de esa camisa
tan ancha —
dice indicando mi cuerpo con la cabeza mientras se mete
el dedo en la
boca.
Echo un vistazo a mis vaqueros rotos y a la camiseta corta
de Jimmy
Hendrix y sonrío.
—Pues sí. —Me levanto la camiseta y le enseño mi
lencería de color
crema; él asiente con aprobación—. Creía que ibas a
traer algo para cenar.
—Cojo la bolsa de papel que tengo más cerca, saco un
croissant y le hinco
el diente con ganas.
—Como has estado durmiendo todo el día, técnicamente
ahora es la
hora del desayuno. —Me pone el dedo debajo de la nariz y
yo me aparto en
mi taburete negando violentamente con la cabeza. Él
sonríe un poco y se lo
mete en la boca—. ¿Qué quieres que hagamos esta noche?
—¿Puedo elegir? —digo con la boca llena.
Me mira e inclina la cabeza hacia un lado.
—Ya te dije que de vez en cuando tengo que dejar que te
salgas con la
tuya. —Alarga el brazo y me limpia una miga de la
comisura de los labios
—. Tengo que dar para recibir y toda esa mierda.
Una carcajada escapa de mis labios y casi escupo el
croissant a medio
masticar al atragantarme. Toso y me doy unos golpecitos
con la mano
sobre la boca. ¿Dar para recibir? Este hombre está loco.
—¿He dicho algo gracioso? —pregunta.
Levanto la vista y veo que está muy serio. ¡Joder!
—No, nada, es que se me ha ido por donde no debía. —Toso
un poco
más y el pobre empieza a darme palmaditas en la espalda.
Cuando me recompongo, el videoportero empieza a sonar y
Tom se
levanta para contestar.
—Sí, Clive, que suba. —Cuelga y deja el teléfono en su
sitio—. Es
Jay —dice sin mirarme.
—¿Jay? ¿Quién es Jay? —Dejo el croissant de nuevo en la
bolsa de
papel.
—El portero del bar. Tiene las grabaciones de las
cámaras de
seguridad. —Guarda la mantequilla de cacahuete en la
nevera y sale de la
cocina.
«¡Mierda, mierda!» ¿Las grabaciones de las cámaras de
seguridad?
¿Grabaciones en las que apareceré hablando con Matt?
Creo que voy a vomitar.
Oigo los saludos en la distancia y, momentos después,
Tom vuelve a
entrar en la cocina acompañado de Jay. El portero me
sonríe con aire
malicioso, como si ya hubiera visto las imágenes y
supiera lo que se
avecina. Sí, voy a vomitar. Me levanto del taburete y me
dispongo a salir
de la cocina.
—¿Adónde vas? —me pregunta Tom.
No me vuelvo. Debo de tener una expresión de auténtico
pánico.
—Al baño —respondo dejando a los dos hombres en la
cocina.
En cuanto desaparezco de su vista, corro por la escalera
y me encierro
en el lavabo, donde me encuentro a salvo del huracán que
está por llegar.
Debería haber imaginado que no iba a dejar estar las
cosas. Debería haber
imaginado que intentaría dar caza al criminal. Joder,
qué mal. Me siento
sobre la tapa del retrete, me levanto, me paseo en
círculos por el cuarto de
baño y de repente oigo la manija de la puerta.
—¿______?
Me vuelvo.
—¿Qué? —digo con nerviosismo. Estoy histérica.
—¿Qué pasa, nena? ¿Estás bien?
Tal vez debería decir que no y fingir que sigo enferma
para poder
quedarme tranquila en el cuarto de baño.
—Sí, estoy bien. ¡Bajo dentro de un minuto! —grito.
Decir que estoy
enferma sería absurdo. Derribaría la puerta para
atenderme.
—¿Por qué has cerrado con el pestillo?
—No me he dado cuenta. Estoy haciendo pis.
Qué horror. Menos mal que nos separa un bloque de madera
enorme,
porque tengo el dedo enredado en un mechón de pelo.
Debería salir por la
ventana del baño.
—Vale, no tardes.
—No. —Oigo cómo se dirige al dormitorio con pasos largos
y
regulares. Estoy muerta de miedo, y ni siquiera sé por
qué. Yo no había
quedado en reunirme con Matt. Sólo fue un encuentro
fortuito.
«¡JODER!»
¿Por qué narices tiene que ser tan persistente? ¿Por qué
no puede
dejarlo estar en lugar de pedirle al portero la
grabación de las cámaras de
seguridad? Debería bajar y darle una patada a esa
mierda. Abro la puerta y
salgo con paso firme del baño en dirección a la
habitación y después al
descansillo. Está llevando esto demasiado lejos. Al ver
la inmensa pantalla
plana detengo la marcha en seco. Es como una pantalla de
cine, lo resalta
todo y hace que todo parezca enorme. Aunque no en este
caso. La imagen
es bastante borrosa, los movimientos parecen
entrecortados y la pantalla no
deja de saltar. Jay pasa rápido la grabación y toda la
actividad, la gente
yendo y viniendo y las luces aquí y allá se ven aún más
desordenadas. Pero
entonces aparezco yo sentándome a una mesa con los
demás.
—Más despacio —ordena Tom, y Jay reproduce la grabación
a una
velocidad normal—. Eso es, déjalo así.
Me agacho en el escalón superior y veo la televisión a
través del
cristal mientras mi noche se reproduce delante de mí. No
sucede nada
interesante durante un buen rato. Veo cómo Ken se lanza
sobre la mesa y
me agarra la mano. Veo cómo Victoria se marcha para
reunirse con su cita
y cómo Kate se levanta de la mesa, y sé perfectamente lo
que viene a
continuación. Ruego para mis adentros para que el
televisor estalle en
llamas de repente, pero no lo hace. Ken se marcha, y
Matt se acerca. Me
pongo tensa de los pies a la cabeza y veo cómo Tom
levanta los hombros
hasta tocarse los lóbulos de las orejas. Matt está de
espaldas a la cámara,
pero no hay duda de que es él. Sería imposible intentar
convencer a Tom
de que era otra persona.
—Páralo —ordena secamente, y se acerca al televisor para
verlo todo
bien. Empieza a asentir pensativamente—. Continúa.
Jay pulsa «play» y él da unos pasos atrás. Esto es
horrible. Estoy
pegada al escalón, recordando la última vez que Tom
descubrió que había
visto a Matt. No quiero que la escena se repita. ¿Cómo
puede ser que no
previera esto? Veo cómo me bajo del taburete y me agacho
para recoger
mis posesiones desperdigadas con Ken.
—Necesito verlo desde otro ángulo —dice Tom.
—Hay otra cámara —se apresura a contestar Jay.
—Tráemela. ¿La viste hablando con él?
—Kaulitz, hago lo que puedo, pero si me llaman para
encargarme de
algún gilipollas borracho o de alguna pelea de niñatas,
no puedo estar
encima de ella.
Sacudo la cabeza.
Lo próximo va a ser que me ponga un guardaespaldas. Esto
es
ridículo.
—No necesito que nadie me vigile —mascullo entre
dientes. Estoy
furiosa.
Ambos se vuelven para mirarme. De repente Jay parece
incómodo y
Tom está tenso y agitado. Durante unos instantes nos
mantenemos en
silencio. Es embarazoso y, de manera inconsciente, me
cruzo de brazos
mientras me siento. Tom escudriña cada uno de mis
movimientos.
—¿Dejaste tu bebida desatendida en algún momento?
—pregunta Jay.
La pregunta me deja atónita.
—No.
—¿Cuándo empezaste a sentirte rara? —pregunta Tom
cruzando los
brazos sobre su pecho.
—Me tambaleé un poco en la barra, pero pensaba que había
sido cosa
de los tacones.
—¿Hablaste con alguien en la barra?
¡Mierda! ¿Debería mentir? He visto cómo reacciona Tom
cuando se
me acerca algún tipo y no es agradable. ¡Mierda, mierda,
mierda! Lo miro
nerviosa. Sabe que estoy cavilando.
Me mira con ojos oscuros y admonitorios. Su pecho se
hincha y se
deshincha agitado, con los brazos cruzados todavía sobre
el pecho.
—Responde a la pregunta, ______ —dice, más calmado de lo
que sé que
se siente.
—Había un tipo en la barra que se ofreció a invitarme a
una copa.
Pero me negué. —Escupo las palabras rápidamente. Es
obvio que me
siento incómoda, pero lo descubriría de todas formas
cuando continuara
viendo la grabación, así que será mejor que sea sincera.
Tom parece haberse quedado paralizado, y mi corazón
bombea a gran
velocidad en mi pecho.
Bajo la mirada hasta los pies.
—No pasó nada. Me fui de la barra y volví con Kate.
—Intento
quitarle importancia antes de que a Tom le dé algo.
—¡Deja de decir que no pasó nada! —grita.
Doy un brinco, lo miro sin querer y veo que tiene las
venas del cuello
hinchadas y la mandíbula tensa. Y entonces algo atrae mi
atención en la
pantalla. Ojalá no lo hubiera hecho. Debería haber hecho
caso omiso, y tal
vez así habría pasado sin que Tom lo hubiera visto. Se
me hiela la sangre.
En la barra hay un hombre alto y trajeado. Es demasiado
tarde para hacer
como si nada. Tom se vuelve hacia la pantalla plana y
ve, al igual que Jay,
lo que acaba de llamar mi atención.
Vuelve a hacerse el silencio mientras vemos cómo el
hombre
desaparece de la pantalla cuando me levanto para ir a la
barra. Después
aparece el baboso musculoso de la coleta acercándose
demasiado. Se me
caen las monedas y me agacho a recogerlas. Me tambaleo y
vuelvo a mi
mesa. Entonces, el hombre alto vuelve a aparecer en
pantalla. Entorno los
ojos para intentar enfocarlo mejor. ¿Será él? Desde
luego lo parece, pero
en su mensaje decía que estaba en Dinamarca.
Veo a Tom echando chispas con el rabillo del ojo, lo que
indica que
está pensando lo mismo que yo. Observo la grabación
totalmente
estupefacta. Oigo su respiración agitada, pero estoy
demasiado pasmada
como para confirmar lo que ya sé. Debe de estar
colérico.
De repente el tiempo pasa muy de prisa, pero entonces
Georg entra en el
bar y la grabación se ralentiza de nuevo. Me levanto de
la mesa y dejo a
Georg babeando sobre Kate. Entonces Tom aparece en la
esquina inferior de
la pantalla y veo cómo me desmayo, me doy contra el
suelo con fuerza y la
gente se arremolina alrededor de mi cuerpo desplomado
hasta taparme por
completo ante la lente de las cámaras.
Nadie dice nada durante un rato largo e incómodo. Miro a
Tom y veo
que me está observando. No me gusta nada la negrura de
sus ojos, y siento
cómo los míos se inundan de lágrimas. ¿Debería contarle lo
del mensaje?
Ya está bastante iracundo. ¿Debería añadir más leña a su
evidente ira?
Jay carraspea y desvío la mirada hacia él.
—¿Ya habéis visto suficiente? —pregunta.
—Sí —responde Tom sin apartar los ojos de mí. Está claro
que su
llegada repentina fue lo mejor que podría haberme
pasado.
—Entonces me marcho. —Jay se levanta y extrae el disco
del
reproductor—. Sé dónde está la salida.
Tom no dice nada, y Jay se va, cerrando la puerta
tranquilamente al
salir.
Me siento en lo alto de la escalera con la mirada en el
suelo. Estoy en
trance. Esto podría haber acabado muchísimo peor. No me
cabe duda de
que Tom tendrá algo que decir acerca de mi falta de
honestidad con
respecto a la presencia de Matt, pero debería
entenderlo. ¿Por qué iba a
contárselo? No soy tan idiota. Bueno, por lo visto sí
que lo soy. No se me
ocurrió pensar que habría cámaras de seguridad, y desde
luego no esperaba
que Tom empezara a comportarse como Hércules Poirot.
—No me habías dicho nada de Matt. —Su tono calmado no me
engaña. Pero ¿por qué se centra en eso en lugar de en el
asunto más
importante que tenemos entre manos..., el tipo trajeado
de la barra? Sé que
Tom también piensa que es él.
Elevo los hombros con ansiedad pero no levanto la
mirada; ya sé que
está furioso. No necesito confirmarlo visualmente, y
creo que es bastante
obvio por qué no mencioné lo de Matt.
—No quería que te enfadaras.
—¿Enfadarme yo? —dice, sorprendido.
—Vale, no quería que te cabrearas. —Lo miro y me
encuentro con una
expresión totalmente impertérrita. Estoy extrañada.
Esperaba que estuviera
rojo por la furia—. Nos encontramos por casualidad.
—Pero estuvisteis charlando durante unos minutos. ¿De
qué
hablasteis?
—Él se disculpó.
—¿Durante todo ese tiempo? —dice con las cejas
enarcadas.
Tiene razón, para disculparse sólo se necesitan un par
de segundos,
pero no recuerdo cada detalle de la conversación.
—Te dije que no volvieras a verlo.
Lo miro con la boca abierta.
—Tom, no lo planeé. Ya te he dicho que fue una
coincidencia. —
¿Qué pretendía que hiciera? ¿Que me fuera del bar?—.
Quería saber cómo
se había enterado de lo tuyo.
—¿Tanto te importa? —Sé que está intentando controlar su
temperamento.
—No, la verdad es que no.
Empieza a morderse el labio inferior mientras me
observa. Me siento
culpable y no sé por qué: yo no he hecho nada malo. No
me está gritando,
pero es evidente que está disgustado. ¿Qué quiere que
haga? Sé que está
pensando lo mismo que yo con respecto a Mikael, pero no
puede cabrearse
conmigo por eso porque yo ni siquiera sabía que estaba
allí, si es que era
él. ¿Era él?
—Entonces olvídalo. —Atraviesa el espacio diáfano del
ático y sube
la escalera—. Voy a ducharme.
Pasa por mi lado dejándome atónita ante su aparente
calma. Creo que
preferiría que estallara. Al menos, así sabría en qué
posición me encuentro.
¿Y ahora, qué?
Me levanto del escalón y me encamino al dormitorio. No
soporto este
punto muerto. Necesito saber qué está pasando
exactamente por esa mente
compleja. Sé que se siente furioso, así que, ¿por qué
está controlando su
temperamento? No es agradable, aunque preferiría que
montara en cólera
para que liberara un poco la tensión. Tengo la sensación
de encontrarme
junto a una bomba de relojería.
Entro en la habitación y oigo que el agua empieza a
correr. Entro en el
baño y lo veo bajo la ducha. Incluso en estos momentos
me siento
tremendamente atraída por la belleza que tengo delante,
cargada de ira. Le
está costando, pero sigue dominándola.
—¿Quieres hacer el favor de echarme la bronca para que
podamos
zanjar esto?
Me siento en el mueble del lavabo y dejo las manos sobre
el regazo.
Entonces me doy cuenta por primera vez desde que me he
levantado de que
no llevo puesto el anillo de compromiso. ¿Me lo quitó
él? La idea me
atraviesa el alma. Esto no me gusta, no me gusta un
pelo.
No dice ni una palabra. Continúa enjabonándose y
finalmente sale y
coge una toalla para secarse. Me deja ahí plantada,
mirando el suelo del
baño. Esta incertidumbre me está matando. Bajo al suelo
y me dirijo
nerviosa al dormitorio.
—¿Tom?
Hace como que no me oye, va hasta el vestidor y aparece
instantes
después con unos vaqueros desgastados. Le tiembla la
mandíbula sin parar,
y sé que está haciendo todo lo posible por controlar sus
emociones. Jamás
habría pensado que desearía que perdiera los papeles.
¿Adónde va?
Se mete una camiseta gris por la cabeza y regresa al
baño mientras yo
me quedo de pie en medio de la habitación sin saber qué
coño hacer. Lo
sigo de nuevo y veo que se está cepillando los dientes.
Me mira a los ojos a
través del espejo. Me siento nerviosa..., violenta.
—Habla conmigo, por favor —le ruego. No puedo soportar
esto.
Termina de lavarse los dientes, se echa agua en la cara,
se agarra al
borde del lavabo y respira hondo unas cuantas veces. Me
preparo para la
tormenta, pero no estalla. Pasa por mi lado y vuelve al
dormitorio.
Lo sigo como una desesperada.
—¿A dónde vas? —pregunto a sus espaldas conforme se
dirige a la
puerta.
Se detiene en seco y tarda unos instantes en volver sus
ojos oscuros y
atribulados hacia mí.
—Tengo asuntos que solucionar en La Mansión. —Su voz
suena
totalmente carente de emoción, mientras que yo estoy a
punto de echarme
a llorar. Estoy petrificada.
—Creía que íbamos a hacer algo juntos esta noche —le
recuerdo con
desesperación.
—Ha surgido algo —masculla, y se vuelve para marcharse. No
me
cabe duda de que ese «algo» soy yo. Va a beber.
—¡Estás furioso conmigo! —grito, histérica. No quiero
que se vaya.
Normalmente insistiría en que fuera con él y yo me
negaría, pero ahora
quiero ir con él.
Sacude la cabeza pero no me mira. Necesito verle la
cara. Sale de la
habitación y yo me dejo caer al suelo llorando. Me
siento impotente e
incompleta. Y todo este dolor es porque yo quería tener
la última palabra,
todo esto es porque insistí en salir y en demostrarle
que no pasaba nada. Y
lo único que he demostrado es que estoy perdida sin él.
Me obligo a levantarme y recorro la habitación. Me dejo
caer sobre la
cama y me acurruco en el lado que más huele a él. Es un
triste sustituto de
la realidad. Sólo él puede hacer que me sienta mejor y
borrar todo este
dolor. Y lo peor de todo es que sé adónde ha ido, quién
estará ahí y qué
estará haciendo. ¿Qué debo hacer? Estoy hecha un asco,
tengo la cara
hinchada, me escuece a causa de las lágrimas, y me duele
la cabeza de
tanto pensar en cosas horribles. ¿Abrirá una botella de
vodka? Sé que si lo
hace no lo veré durante algún tiempo, no quiero volver a
verlo así.
Preferiría no verlo en absoluto antes que ver a esa
bestia en la que se
transforma con unas cuantas botellas en el organismo. No
me apetece verlo
nunca más así en toda mi vida.
Me incorporo en la cama y de repente me acuerdo de algo.
Él no está
aquí, y yo estoy... sola. Me levanto y corro hacia el
baño. Abro el armario
de los cosméticos y observo los distintos botes, frascos
y tubos que
contiene. Inicio la búsqueda moviendo todo el contenido
hacia un lado. El
temblor de mis manos no me ayuda mucho a realizar esta
operación sin
tirar ninguna botella. Un grito de frustración escapa de
mis labios y,
cabreada, paso la mano por todos los estantes y lo tiro todo
al suelo.
¿En qué estoy pensando? No es tan idiota como para
esconderlas en
un lugar tan evidente. Salgo del baño y vuelvo al
vestidor, meto las manos
en todos los bolsillos de sus chaquetas, vuelco todos
sus zapatos y registro
los montones de camisetas dobladas con esmero. Ni
rastro. Pero no pienso
rendirme. Mis píldoras están desapareciendo
misteriosamente desde que
conocí a este hombre, y la primera vez que sucedió hacía
sólo unos días
que había cedido a sus encantos. ¿A qué está jugando?
No puede ser que esté tratando de dejarme embarazada. Si
es así, tal
vez ya se haya salido con la suya. No puedo creerlo.
Me dejo caer sobre el suelo del vestidor y me seco las
lágrimas que
brotan de mis ojos todavía. ¿Está intentando atraparme?
Empiezo a
registrar los bolsillos de sus vaqueros, revolviendo
todo el armario con
violencia al no encontrar nada. De repente, la bolsa
dorada de seda que nos
dieron en la fiesta de aniversario cae al suelo al sacar
una chaqueta de la
percha y su contenido se desparrama por el suelo.
Condones.
«No necesitamos esto.»
Está intentando que me quede embarazada. ¡Joder!
Me pongo de pie y corro al piso de abajo, a su despacho.
Abro todos
los cajones, muevo todos los libros e incluso miro
detrás de los cuadros
que cuelgan en las paredes. Nada.
Recorro el ático como una loca, registrando todos los
cajones, todos
los armarios, cualquier sitio donde creo que puede
haberlas escondido,
pero una hora después todavía no hay ni rastro de mis
píldoras. En cambio,
la casa está hecha un desastre. Me detengo cuando oigo
sonar mi teléfono
en la distancia, rastreo el sonido hasta que se detiene
y me quedo en medio
del inmenso espacio diáfano mientras miro a mi alrededor
desesperada.
—¡Joder! —Me maldigo a mí misma, pero entonces el tono
de alerta
de mensaje de texto empieza a sonar y sigo el sonido
hasta el sillón donde
estaba sentado Tom antes.
Meto la mano por un lado y encuentro el móvil. La
llamada perdida
era de mi madre. Joder, ¿habrá hablado Dan con ella ya?
No puedo
llamarla en estos momentos. Sé que suena un poco cruel
por mi parte, pero
ni siquiera sé en qué punto estamos como para poder
decírselo. El corazón
me da un vuelco cuando veo que el mensaje de texto es de
John.
Está bien, pero creo
que deberías venir.
Me tranquilizo un poco a leer la primera parte del
mensaje, pero me
hundo de nuevo al leer el resto.
¿Debería ir? ¿Estará John jugando a tirar de la cuerda
con Tom y una
botella de vodka? Subo corriendo la escalera, me meto en
el baño. Me lavo
la cara en un vano intento de que parezca que no me pasa
nada, pero no
funciona. Se ve a la legua que he estado llorando sin
parar, y ningún lavado
de cara ni ningún maquillaje podrían disimular mis ojos
enrojecidos y
vidriosos. Cojo las llaves y corro hacia el coche,
haciendo caso omiso de
los gritos
de Clive.
CAPITULO
30.-
El
trayecto hasta La Mansión es un borrón de visiones y de recuerdos.
Visiones
de Tom tambaleándose y arrastrando las palabras, y recuerdos de
cuando lo
encontramos inconsciente en la terraza. No es algo que piense
voluntariamente,
pero con toda probabilidad se estará repitiendo. No
quiero
volver a pasar por eso. No quiero ver cómo se hace otra vez eso a sí
mismo, no
por mi culpa. Puede que no sea capaz de controlar su
irracionalidad,
pero puedo evitar que se mate lentamente.
Cuando
llego a la entrada, no me extraña ver que las puertas se abren
de
inmediato. John debe de estar esperándome. Recorro el camino hasta la
casa a
una velocidad frenética, desesperada por llegar hasta él y detener lo
inevitable.
La puerta de La Mansión está abierta, y entro corriendo en el
vestíbulo,
haciendo caso omiso del barullo que procede del bar y del
restaurante.
El salón de verano ha vuelto a convertirse en el espacio de
esparcimiento
que era anteriormente, con sofás y sillones dispersos por la
inmensa
estancia. Muchos socios están allí reunidos, charlando y tomando
algo.
Cuando entro, todas las conversaciones cesan y se hace el silencio. Sé
que si me
fijo veré muchas caras agrias dirigidas hacia mi persona, pero no
tengo
tiempo ni intención de detenerme para absorber ese resentimiento.
No
necesito mirar. Se palpa claramente en el aire.
Cuando me
acerco a la puerta del despacho de Tom, oigo un tremendo
golpe que
me hace saltar. ¿Qué coño ha sido eso? Agarro la manija de la
puerta y
miro detrás de mí pero no hay nadie en el pasillo. Abro.
—¡______!
—El rugido atronador del grandullón de John atraviesa el
pasillo y
detiene mi progreso, pero no lo veo—. ¡Capullo de mierda! ¡______,
espera!
—Por fin aparece, avanzando mucho más rápido de lo que creía
posible
para un hombre de su tamaño, con las gafas de sol puestas,
corriendo
hacia mí como un tren de vapor—. ¡Joder, mujer, no entres ahí!
Miro a la
bestia frenética que se acerca como un cohete a cámara lenta
y salto
al oír otro impacto ensordecedor que me obliga a apartar la atención
de la voz
atronadora de John y a centrarla en el despacho de Tom. ¿Qué ha
sido eso?
Abro la puerta un poco más hasta que veo toda la habitación.
«¡Ay,
joder!»
Me
tambaleo hacia adelante después de que el corazón se me haya
detenido
unos instantes. ¿Qué coño está pasando aquí?
—¡No!
—John llega hasta mí y me agarra de la cintura—. ______,
muchacha,
no entres ahí.
Pierdo
todos los sentidos al ver el horror que tengo ante mí, y después
intento
combatir la tremenda fuerza de John, que está tratando de sacarme
de la
estancia. No sé cómo, tal vez gracias a la adrenalina, pero consigo
liberarme
y entro de golpe. Y entonces veo cómo Sarah levanta el horrible
látigo
que sostiene y golpea con él a Tom en la espalda. El corazón me da
un vuelco
y siento que la palma cálida de John me rodea el brazo.
—______,
querida —dice John con la voz más suave que jamás le he
oído—. No
tienes por qué ver esto.
Me lo
quito de encima e intento recomponer la escena que tengo ante
mí. Es
difícil, incluso aunque el tiempo se haya detenido, y todos los
pequeños
detalles me resultan perfectamente claros.
Él tiene
el torso desnudo y está de rodillas en el suelo, con la cabeza
caída
hacia adelante. No ha levantado la vista. Sarah se encuentra de pie,
detrás de
él, vestida con unos pantalones y un corsé de látex y unas botas
de cuero
que le llegan hasta los muslos; su aspecto es tan horrible como el
del
látigo que sostiene.
No puedo
moverme. Estoy completamente petrificada. Me tiemblan
las
piernas, el corazón me late con tanta fuerza que creo que se me va a
salir del
pecho, y soy incapaz de abrir la boca. ¿Qué está pasando aquí?
Sarah me
mira con una expresión de satisfacción en el rostro mientras
levanta
el látigo de nuevo. Quiero gritar, decirle que se detenga, pero mi
boca seca
no responde a las órdenes de mi cerebro. Su cara recauchutada
refleja
que siente un gran placer sometiendo a Tom a su tortura, sin duda
aumentado
sabiendo que yo lo estoy presenciando.
Golpea su
piel desnuda de nuevo y él arquea la espalda. Echa la
cabeza
hacia atrás pero no emite sonido alguno.
El fuerte
alarido que resuena por la habitación es el mío.
En cuanto
mi grito alcanza sus tímpanos, levanta la cabeza. Yo
forcejeo
de nuevo con John, que ha vuelto a agarrarme.
—¡Suéltame!
—digo revolviéndome con más ímpetu, clavándole las
uñas y
golpeándolo.
—¿_____?
—La voz de Tom me paraliza. Es débil y rota. Su cabeza
gira en
mi dirección.
Un grito
de desesperación escapa de mis labios cuando nuestros ojos
se cruzan
y descubro dos agujeros vacíos y vidriosos. No parece estar del
todo
sobrio. Parece drogado y demacrado. Intenta levantarse pero se
tambalea
ligeramente hacia adelante, desorientado por completo. Miro su
espalda y
veo al menos diez verdugones diseminados de un lado a otro.
Algunos están
superpuestos y de ellos manan gotas de sangre.
Creo que
voy a vomitar. Empiezo a tener arcadas y, cuando Sarah
levanta
el látigo de nuevo, oigo a John en la distancia bramando su
nombre.
Mis rodillas ceden y me caigo al suelo a los pies del grandullón.
—¿_____?
—Tom intenta levantarse de nuevo, pero no tiene
estabilidad.
Sacude la cabeza como si intentara centrarse y su expresión
confundida
se torna afligida al asimilar mi presencia—. ¡Joder, no! —El
pánico
inunda sus atractivos rasgos. Incluso su voz es inestable. Se dispone
a
caminar, pero Sarah lo detiene agarrándolo del brazo—. ¡Suéltame! —
ruge, y
la empuja hacia atrás—. ______, nena. ¿Qué estás haciendo aquí? —
Corre
hacia adelante y se postra de rodillas delante de mí, cogiéndome la
cara y
buscando mi mirada.
Lo veo
como un borrón a través de las lágrimas. No puedo hablar. Me
limito a
sacudir la cabeza frenéticamente, intentando eliminar de mi
cerebro
lo que acabo de presenciar. ¿Es una pesadilla? No trataba de
detenerla
en absoluto. Estaba ahí arrodillado, esperando los golpes en puro
trance.
Empiezo a golpearlo y me pongo de pie.
—¡_______,
por favor! —suplica mientras le aparto las manos de mí.
Tengo que
salir de este maldito lugar.
Me
vuelvo, empujo a John para pasar y corro totalmente consternada
hacia el
inmenso salón de verano. Mientras lo atravieso, oigo algunas
exclamaciones
de sorpresa. Me doy la vuelta y veo que Tom y John me
persiguen.
Me llevo la mano a la boca al sentir que la bilis asciende por mi
garganta.
Joder, voy a vomitar.
Cruzo la
puerta del baño y entro en el servicio. Cierro de golpe, me
asomo a
la taza y empiezo a evacuar el contenido de mi estómago con unas
arcadas
fuertes y sonoras y el rostro cubierto de sudor y lágrimas. Me
encuentro
en el peor de los infiernos y, una vez más, atrapada en un aseo
sin
ningún sitio adonde ir.
La puerta
de los lavabos impacta contra la pared de baldosas y el
sonido
resuena por todo el servicio de mujeres.
—¡______!
—Tom golpea la puerta del escusado, y yo me agacho al
sentir
que se avecina otra oleada de violentas arcadas—. ¡_____, abre la
puerta!
Aunque
quisiera, no podría contestarle mientras vomito sin parar.
¿Qué coño
quiere que le diga? Acabo de ver cómo aceptaba el maltrato de
una mujer
a la que detesto, una mujer que sé que lo desea y que me odia.
Mi
imaginación no alcanza a entender ese tipo de crueldad. Vomito de
nuevo y
busco a tientas un poco de papel higiénico para limpiarme la boca
mientras
él sigue golpeando la puerta detrás de mí.
—¡Por
favor! —me ruega, y un fuerte golpe seco impacta contra la
puerta.
Sé que es su frente—. ______, abre, por favor.
Más
lágrimas brotan de nuevo con fuerza de mis ojos al oírlo suplicar.
No puedo
mirar al hombre al que amo a la cara sabiendo lo que se ha hecho
a sí
mismo.
—¿Quién
la ha dejado entrar? —Su tono se vuelve agresivo, y golpea
la
puerta—. ¡Joder! ¿Quién coño la ha dejado entrar?
—Tom, yo
no la dejé entrar. Jamás haría eso. —El tono grave de John
me
reconforta. Quiero saltar en su defensa. Él no me dejó entrar.
De
repente, su voz inquieta y sus intentos por evitar que entrara en el
despacho
de Tom me llevan a una conclusión: no ha sido él quien me ha
mandado
el mensaje. No ha sido él quien ha abierto las puertas. Ha sido
ella otra
vez. Para que viera cómo golpeaba a mi hombre fuerte y
dominante.
He subestimado su odio hacia mí. He pisado sobre su precioso
terreno.
Y ha conseguido destrozarme, pero todo esto no quita el hecho de
que Tom
estaba participando activa y voluntariamente en esa espantosa
representación.
¿Por qué?
—¿Qué está
pasando? —La voz familiar de Kate me da esperanzas de
escapar
de este horror—. ¡Joder! Tom, ¿qué cojones le ha pasado a tu
espalda?
—¡Nada!
—brama él.
—A mí no
me hables así. ¿Dónde está _____? ¿Qué coño está pasando?
¡¿_____?!
—grita mi nombre, y yo quiero contestarle, pero sé que si abro la
puerta
Tom entrará, y no quiero verlo.
—Está ahí
dentro y no quiere salir. ¿______? —dice—. Kate, por favor,
hazla
salir.
Golpea la
puerta de nuevo. Su voz es desesperada y agitada.
—Vale,
pero explícame qué hace ahí encerrada y por qué estás
sangrando
por todas partes —le exige Kate con furia.
—_______ ha
visto algo que no debería haber visto. Está fuera de sí.
Tengo que
verla. —Le cuesta respirar.
Quiero
gritar por qué estoy fuera de mí, pero nuevas arcadas me
impiden
decir nada.
—¡Ay de
ti como le hayas hecho algo, Tom! —grita Kate—. ¿______?
Me ha
hecho algo, pero nada de lo que ella cree. Es peor. Mucho peor.
—¡No!
—exclama Tom, a la defensiva—. ¡No es nada de eso!
—¿Qué ha
sido entonces? Está ahí dentro vomitando. ¿______? —El
puño de
Kate empieza a golpear suavemente la puerta—. ______, vamos. Abre
la
puerta.
—¡______!
—grita Tom, histérico.
—Tom,
vete de aquí —le espeta Kate.
—¡No!
—No va a
salir contigo aquí. Eh, grandullón, llévatelo de aquí.
—¿Tom?
—ruge John, y rezo para que le haga caso y se marche. No
pienso ir
a ninguna parte si él está ahí fuera—. Vamos a ver si te espabilas
un poco,
pedazo de gilipollas.
Me siento
con la cabeza entre las manos y oigo cómo intentan
convencer
a Tom de que salga del servicio.
Por fin
oigo que la puerta se abre y vuelve a cerrarse, y Kate golpea
suavemente
la puerta.
—______,
ya se ha ido —me asegura desde el otro lado.
Me
levanto, abro el pestillo y dejo que mi amiga entre en el escusado
conmigo.
Se hace hueco en el pequeño espacio y arruga la nariz al ver mi
vómito
por toda la taza.
—¿Qué
coño ha pasado? —Se agacha al otro lado del cubículo hasta
que
estamos rodilla con rodilla.
Gimoteo y
me sueno la nariz con un poco de papel. Tengo un sabor
horrible
en la boca. Respiro pausadamente unas cuantas veces entre
sollozos
e intento estabilizar mis cuerdas vocales.
—Ha
dejado que lo azoten —explico. El sonido de las palabras me
obliga a
dirigir la cabeza de nuevo hacia la taza, pero lo único que consigo
es
ahogarme con unas arcadas secas. Kate me acaricia la espalda.
—¿Qué?
Me aparto
del retrete y veo que Kate tiene la boca abierta de
incredulidad.
¿Quién podría creerlo? Pero ha visto las marcas por toda su
espalda.
—Entré en
su despacho y Sarah estaba azotándolo con un látigo.
Abre unos
ojos como platos.
—¿Sarah,
la megazorra? —inquiere, muerta de asombro.
—Sí
—digo, y asiento con la cabeza por si la palabra no logra salir de
mi boca—.
Él estaba arrodillado, Kate, como una especie de esclavo
sumiso.
—Rompo a llorar de nuevo; el horrible recuerdo de mi hombre
fuerte y
seguro de sí mismo postrado de rodillas y dejándose golpear
invade mi
mente. ¿Por qué ha hecho tal cosa?
—Joder.
—Apoya la mano sobre mi rodilla—. ______, tiene la espalda
hecha un
asco.
—¡Ya lo
sé! —grito—. ¡La he visto!
No había
nada de sexual en eso. No había ningún elemento placentero.
Al menos no
por parte de Tom. Lo de Sarah ya es otra historia. Tom
quería
que le hiciera daño. El estómago se me revuelve otra vez.
—Kate,
necesito salir de aquí, pero él no va a permitirlo. Sé que no va
a dejar
que me vaya.
Un aire
de determinación se instala en su hermoso y pálido rostro y se
pone de
pie.
—Espera
aquí.
—¿Adónde
vas? —pregunto, alarmada. Tom entrará como una bala
en cuanto
Kate salga por esa puerta. Sé que lo hará.
—John se
lo ha llevado a su despacho. Sólo voy a comprobarlo. —
Abre la
puerta y pasa por encima de mi cuerpo desparramado.
Contengo
la respiración a la espera de oír más gritos, pero no sucede
nada. La
puerta se abre y se cierra y entonces se hace el silencio. Estoy
sola. Me
levanto, con las piernas débiles y temblorosas, y cojo un poco de
papel
higiénico y lo paso por el asiento. Me cubro la boca con la mano.
Mientras
limpio el retrete, nuevas y violentas arcadas amenazan con
invadirme.
La puerta
de los aseos se abre. Me quedo helada y aguanto la
respiración.
—______
—susurra Kate dando unos golpecitos en la puerta—. Tom
está en
su despacho con John. Georg nos dejará salir.
Abro la
puerta y me veo por un instante en el espejo antes de que mi
amiga me
saque del baño y me arrastre hasta la salida. Joder, estoy hecha
un asco.
—Espera,
necesito un poco de agua.
Me suelto
de la mano de Kate, me acerco al lavabo y me inclino para
lavarme
la cara y enjuagarme la boca.
—Toma un
chicle. —Me mete una tira en la boca.
Ahora me
replanteo las virtudes del alcohol. ¿Habría preferido
encontrármelo
borracho? Sí, sin lugar a dudas. Habría preferido
encontrarme
con esa pobre criatura antes que ver cómo lo golpeaban. Es
autodestructivo.
El dolor se torna ira cuando recuerdo cómo reaccionó al
ver los
cardenales que me hice cuando acompañé a Kate a repartir la tarta
en la
parte trasera de la antigua Margo, y la cara que puso cuando vio las
magulladuras
que tenía en el brazo después de mi encontronazo con el
calvorota
agresivo, lo violento que se puso.
Antes de
que me dé tiempo a declarar mis intenciones de ir a buscar a
Tom para
pedirle explicaciones, él entra en los servicios como un toro
presa del
pánico. En cuanto me ve me doy cuenta de que su mirada perdida
ha
desaparecido. Tiene el pecho húmedo y el cabello rubio oscurecido por
el sudor.
La mirada de Kate oscila entre ambos mientras evalúa la
situación.
Tom se
acerca a mí, y no hago ningún intento por evitar que haga lo
que sé
que va a hacer. Se agacha, me coge en brazos y sale del servicio en
dirección
a su despacho. Mantiene la mirada fija hacia adelante mientras
avanza
con determinación. Atraviesa de nuevo el salón de verano bajo la
atenta
mirada de algunos de los socios, que siguen revoloteando y
disfrutando
del espectáculo. Soy consciente de los cuchicheos y de cómo
nos
señalan, y las lágrimas invaden mis ojos y empiezan a descender por
mis
mejillas. Estoy rota de dolor, siento angustia y tengo el corazón hecho
pedazos.
Cierra la
puerta de su despacho de una patada y continúa directo hacia
el
sillón. Se agacha para dejarme y hace una mueca de dolor. El estómago
se me
revuelve. Me abraza con fuerza y hunde la cabeza en mi cuello. No
dice
nada, me sostiene lo más cerca que puede y yo intento controlarme
para
evitar los temblores que asaltan mi cuerpo, pero es una batalla
perdida.
Mi hermoso hombre tiene problemas graves, y justo cuando creía
que
empezaba a entenderlo, me encuentro con el peor toque de atención
posible.
No lo conozco en absoluto, y desde luego no lo comprendo.
—Por
favor, no llores. —Su voz amortiguada alcanza mis tímpanos
—. Me
está matando.
—¿Por
qué? —pregunto. Es lo único que puedo decir. Es todo cuanto
quiero
saber—. ¿Por qué has hecho eso?
—Te
prometí que no bebería.
«¿Qué?»
¿Ha
preferido que lo azotaran en vez de beber porque me prometió
que no lo
haría? Justo cuando pensaba que no podía quedarme más
alucinada...
—¿Querías
beber?
—Quería
evitarlo.
—Mírame
—le ordeno, pero no hace ademán de levantar la cabeza—.
¡Maldita
sea, Tom, mírame! —Me revuelvo para intentar agarrarlo de la
cabeza y
levantársela, pero él silba de dolor y me detengo inmediatamente
—. Tres
—digo tranquilamente. No puedo creer que le esté haciendo la
cuenta
atrás, pero no sé qué otra cosa hacer. Siento que se tensa debajo de
mí, pero
sigue sin mirarme—. Dos.
—¿Qué
pasa si llegas a cero? —pregunta tranquilamente.
—Que me
largo —respondo con calma.
Levanta
la cabeza y gimo al verlo con los párpados caídos y cargados
de dolor
y la barbilla temblorosa. Me mira directamente a los ojos. Me
están
rogando en silencio.
—Por
favor, no lo hagas.
Las pocas
fuerzas que me quedaban se desmoronan al verlo y oírlo.
Me
derrumbo por completo, le agarro la cara entre las manos y acerco los
labios a
los suyos, pero todavía no me siento lo bastante cerca. Me
revuelvo
con rabia hasta quedar sentada a horcajadas sobre su regazo, y
después
lo pego a mí todo lo posible sin hacerle daño.
—¿Qué
querías evitar?
—Herirte.
—No lo
entiendo. —Estoy totalmente confundida. ¿Cree que así no
me hiere?—.
Habría preferido que hubieras bebido.
—No, no
lo habrías preferido. —Lo dice con una pequeña carcajada
que me
pone los nervios de punta.
Me aparto
y busco su mirada.
—Preferiría
verte con media destilería de vodka en el cuerpo a
presenciar
lo que acabo de ver.
Agacha la
cabeza avergonzado.
—Créeme,
______, no lo habrías preferido.
—Te digo
que sí —insisto. Esto no es ningún concurso—. ¿Cómo
quieres
que confíe en ti de este modo? Tom, me siento traicionada.
Ni
siquiera he pensado todavía qué voy a hacer con Sarah en cuanto le
ponga las
manos encima. No me conformaré con aplastarla. Ha marcado a
mi dios
neurótico y, cuanto más lo asimilo, más cabreada me siento.
Me
levanto de su regazo y lo rechazo cuando intenta agarrarme.
—No voy a
marcharme —digo con frialdad. Su expresión de pánico
hace que
me cabree todavía más.
Empiezo a
pasearme por el despacho golpeteándome el diente con la
uña bajo
la mirada tensa y angustiada de mi hombre imposible, que no deja
de
someterme a malditos retos cada vez más complicados. Pero esto ha
sido el
colmo. Era algo sádico. Joder, y yo le di un pequeño azote con el
cinturón
la noche de la inauguración del Lusso.
Me siento
en el sofá que está delante de él y apoyo mi dolorida cabeza
sobre las
palmas. Oigo cómo toma aire varias veces, como si quisiera decir
algo. Yo
exhalo agotada y me masajeo las sienes.
—¿Hay
algo que deba saber?
—¿Como
qué? —pregunta, a la defensiva. No me gusta ese tono, y
¿cómo
coño voy a saber yo qué? Detesto este lugar. Primero lo de la
bebida, y
ahora que se haya dejado azotar. ¿Qué otra cosa podría
sorprenderme
o cabrearme más que eso?
—No lo
sé, dímelo tú. Dijiste que no habría más secretos, Tom. —
Levanto
los brazos, enfadada. Quiero consolarlo desesperadamente.
Mantenerme
alejada de él me duele casi tanto como ver cómo lo golpean
—. ¿Por
qué iba a preferir esto a verte borracho?
Se
inclina despacio hacia adelante con la mandíbula apretada y apoya
los codos
sobre las rodillas mientras se frota las sienes pensativo.
—Para mí,
la bebida y el sexo van de la mano.
—¿Y eso
qué quiere decir? —digo con voz aguda y nerviosa.
—______,
heredé La Mansión con veintiún años. ¿Te imaginas lo que
siente un
joven que de pronto se ve con este lugar y con un montón de
mujeres
dispuestas a satisfacerlo? —Parece avergonzado.
Empiezo a
planteármelo. Me lo imagino perfectamente, y no me
extraña
que las mujeres estuvieran dispuestas a satisfacerlo. Siguen
estándolo.
¡Sólo hay que verlo!
—¿Te
refieres a las incursiones sexuales? —susurro. ¿De verdad
quiero
saber esto?
Suspira.
—Sí, a
las incursiones, pero todo eso ha quedado atrás. —Se inclina
hacia
adelante con una mueca de dolor—. Ahora en mi vida sólo estás tú.
—¿Bebías
y follabas?
—Sí, como
te he dicho, la bebida y el sexo van de la mano. Ven aquí,
por
favor. —Extiende el brazo sobre la gran mesa que separa los dos sofás,
pero yo
me aparto. Deja caer la mano y mira al suelo.
Continúo
sin entenderlo. Eso sigue sin explicar por qué ha aceptado
que Sarah
lo azote.
—Entonces
¿no has bebido porque habrías querido follar? —Debo de
tener la
frente como un mapa de carreteras, porque estoy totalmente
confundida.
—No me fío
de mí mismo cuando bebo, ______.
—¿Porque
crees que saltarás sobre la mujer que tengas más a mano?
Ríe
nervioso y se pasa las manos por el pelo.
—No lo
creo. No te haría algo así.
—¿No lo
crees? —Estoy estupefacta.
—Es un
riesgo que no voy a correr. ______. Bebo demasiado. Pierdo la
razón y
las mujeres se abalanzan sobre mí dispuestas a todo. Ya lo has
visto.
—Me sonríe avergonzado.
Me burlo.
—¡No
parecías estar en condiciones de hacer nada el viernes de la
semana
pasada! —Estaba inconsciente, y sí, he visto cómo las mujeres se
abalanzan
sobre él. ¡Es humillante!
—Sí, ése
no es mi nivel normal de embriaguez, ______. Quería olvidar
—responde,
incómodo.
De
repente me siento fatal.
—¿Así que
normalmente mantienes un nivel de embriaguez estable y
después
te follas a un montón de mujeres dispuestas a todo? —Creo que
estoy
empezando a entenderlo—. ¿Nunca has bebido cuando te has
acostado
conmigo?
Se
levanta, aparta la mesa para arrodillarse delante de mí y apoya las
manos
sobre mis muslos. Me mira directamente a los ojos.
—No,
______. Nunca me he hallado bajo los efectos del alcohol cuando
he estado
contigo. No lo necesito. El alcohol me hacía bloquear cosas, me
ayudaba a
olvidar lo vacía que era mi existencia. Todas esas mujeres me
importaban
una mierda. Y entonces apareciste tú, y todo cambió. Me
devolviste
a la vida. No quiero volver a beber porque, si empiezo, puede
que no
pare, y no quiero perderme ni un segundo contigo.
Su
confusión hace que se me llenen los ojos de lágrimas. Era un
mujeriego
que se tiraba a todo lo que se movía. Eso ya lo sabía.
—¿Has
echado un polvo soñoliento con alguien más? —Contengo la
respiración.
¿De todas las cosas que podría haberle preguntado, voy y le
pregunto
eso?
Suspira
con pesar.
—No.
Lo miro
con recelo.
—¿Y te
has follado a alguien para hacerla entrar en razón?
—¡No,
______! Nunca me había importado nadie lo suficiente como para
necesitar
o querer hacerla entrar en razón respecto a nada. —Me aprieta los
muslos—.
Sólo tú.
Vale, por
extraño que parezca, eso ayuda bastante, pero sigue
insistiendo
en que no es un alcohólico, lo cual es absurdo. Si no bebes
porque no
te fías de ti mismo, tienes un problema, y podría haber estado
bajo esos
efectos todo este tiempo. Dicen que un buen alcohólico sabe
disimularlo
muy bien. ¿Cómo iba a saber yo si bebe? Pienso en el jueves
por la
noche, cuando lo descubrí aquí en su despacho, con una botella de
vodka y
en compañía de otra mujer.
Esto es
horrible. Ahora, además de preocuparme por si bebe o no, voy
a tener
que preocuparme de qué hace una vez que ha bebido. ¡Genial! Ni
siquiera
puedo reunirme con clientes masculinos sin que se ponga hecho
una furia,
aunque el cabreo de Tom con respecto a Mikael parece que tenía
su razón
de ser. No obstante, sé perfectamente que también aplastaría a mis
demás
clientes.
Le aparto
las manos de mis muslos y me levanto, dejándolo
acuclillado
junto al sofá, totalmente perdido.
—Entonces
el jueves, en tu despacho, ¿me estás diciendo que si te
hubieras
bebido el vodka te habría encontrado tirándote a Sarah sobre la
mesa en
lugar de verte acurrucadito con ella? —Esto es espantoso.
Se
levanta, se acerca a mí, me agarra de las caderas para
inmovilizarme
y me da la vuelta para mirarme a los ojos.
—¡No! ¡No
seas idiota!
—No estoy
siendo idiota —replico—. Bastante tengo ya con
preocuparme
por si bebes o no. ¡No sé si podré soportar las complicaciones
adicionales
de que te emborraches y te apetezca follarte a otras mujeres!
—Estoy chillando,
pero no lo puedo evitar.
Retrocede.
—¿Quieres
hacer el favor de cuidar tu puto lenguaje? No hace que me
apetezca
follarme a otras mujeres. ¡Hace que me apetezca follar!
—Entonces
más me vale estar contigo cuando bebas, ¿no?
—¡No voy
a volver a beber! ¡¿Es que no me escuchas?! —grita—. No
necesito
beber. —Me suelta fríamente, y se dirige dando fuertes pisotones
hacia la
ventana para volver al instante. Me apunta con un dedo y espeta—:
¡Te
necesito a ti!
Ya
estamos otra vez con eso. ¿Cómo coño lo sabe? Le aparto la mano
de
delante de mi cara.
—Me
necesitas como sustituta del alcohol y del sexo. —Voy a llorar.
Sólo me
necesita para alejarse de un estilo de vida que acabará matándolo
como siga
así mucho más tiempo. Soy un medio para escapar de una
muerte
prematura por intoxicación etílica. Creo que voy a vomitar otra
vez. Lo
aterra que lo deje, pero eso no tiene nada que ver con el amor que
siente
por mí. Es porque teme volver a una vida vacía—. Me manipulas.
—¡No te
manipulo! —repone, y parece ofendido de verdad.
—¡Claro
que lo haces! ¡Con el sexo! Para hacerme entrar en razón y
para
recordar. Todo es manipulación. ¡Yo te necesito y tú lo utilizas contra
mí!
—¡No!
—ruge, y de pronto pasa los brazos por todo el estante de las
bebidas y
tira decenas de botellas de licor y de vasos al suelo. El estrépito
de
cristales rotos resuena a nuestro alrededor.
Doy un
brinco y retrocedo, pero él se acerca y me agarra de los
hombros.
—Necesito
que me necesites, ______. Es así de simple. ¿Cuántas veces
he de
decírtelo? Si tú me necesitas, yo cuido de mí mismo..., así de simple.
—¿Y dejar que te azoten te parece que es cuidar de ti
mismo mismo? —le
grito a la cara.
Me suelta y comienza a tirarse del pelo.
—¡No lo sé, joder!
Miro al techo. Esto es inútil.
—Te necesito, pero no así.
Me coge de las manos.
—Mírame —me ordena fríamente. Bajo la vista de nuevo
para
mirarlo a la cara otra vez—. ¿Cómo te hago sentir? Yo sé
cómo me haces
sentir tú. Sí, he estado con muchas mujeres, pero sólo
era sexo. Sexo sin
compromiso. No sentía nada. ______, te necesito a ti.
Observo cómo mi hombre atractivo, atribulado, neurótico
y canalla
me mira directamente a los ojos y quiero gritarle y
aplastarle la cabeza
contra la pared para hacerle entender cuál es la manera
normal de actuar.
Nos volvemos locos el uno al otro. Ésa es la verdad. No
nos hacemos bien,
y él me manipula. El problema es que me gusta. El animal
sexual que hay
en mí aflora cada vez que lo hace. Lo necesito, igual
que él me necesita a
mí, pero por motivos diferentes. Ha conseguido ser parte
de mí. Se ha
incrustado en mi mente y en mi alma. Sin él, me siento
vacía. Estoy vacía.
—¿Cómo puede ser que me necesites si yo consigo que te
hagas esto a
ti mismo? —pregunto, cansada—. Te has vuelto más
autodestructivo ahora
que antes de conocerme. Hago que necesites beber, no que
quieras hacerlo.
Te he convertido en un loco irracional, y desde luego yo
tampoco estoy ya
muy cuerda, que digamos. ¿No ves lo que nos estamos
haciendo el uno al
otro?
—______—me dice con tono de advertencia. Sabe adónde
quiero ir a
parar.
—Y, para que lo sepas, detesto el hecho de que la hayas
metido en
todas partes. —Necesito que lo sepa, pero entonces unas
imágenes
horribles inundan mi cabeza.
Dejo escapar un grito ahogado.
—Cuando desapareciste durante cuatro días... —Ni
siquiera soy capaz
de terminar. El corazón se me ha subido a la garganta y
ha estallado.
Abre unos ojos como platos ante mi evidente conclusión,
aprieta los
dientes y los músculos de su barbilla empiezan a
temblar.
—No significaron nada en absoluto. Te quiero. Te
necesito.
—¡Joder! —Me caigo de rodillas. No lo ha negado—. Te
estuviste
follando a otras mujeres. —Me llevo las manos a la cara
y las lágrimas
empiezan a brotar de nuevo. Me siento como si me
hubieran dado un
puñetazo en el estómago.
Se agacha a mi lado en el suelo, me agarra de los brazos
y me sacude.
—______, escúchame. No significaron nada. Me estaba
enamorando de
ti. Sabía que te dolería. No quería hacerte daño.
—Dijiste que no podrías hacerme eso. Olvidaste añadir
«otra vez».
Deberías haber dicho que no podrías hacérmelo «otra
vez».
—No quería hacerte daño —susurra.
Levanto mi rostro derrotado.
—¿Y para remediarlo te tiraste a otras mujeres? —Tengo
el estómago
revuelto. No puedo respirar—. ¿A cuántas?
—______, no hagas esto, por favor. Me doy asco.
—¡A mí también me das asco! —grito, temblando y
sollozando
incesantemente—. ¿Cómo pudiste hacerlo?
—______, ¿no me estás escuchando?
—¡Claro que sí, y no me gusta lo que oigo! —Me pongo de
pie, pero
me agarra de la cintura para evitar que me marche.
Apoya la frente en mi estómago y veo a través de mis
ojos nublados
cómo empieza a sollozar él también.
—Lo siento. Te quiero. Por favor, te lo suplico, no me
dejes. Cásate
conmigo.
—¡¿Qué?! —grito.
Ni siquiera hemos hablado sobre el tema que tenemos
entre manos
todavía y ya me encuentro al borde de un ataque de
nervios. Es demasiada
información. Éste es el golpe letal.
—No puedo casarme con alguien a quien no entiendo.
—Pronuncio las
palabras lentamente entre jadeos y siento que se hunde
ante mí respirando
profundamente. Veo los verdugones y las gotas de sangre
de su espalda—.
Creía que empezaba a comprenderte —añado con voz
temblorosa—. Pero
has vuelto a destruirme, Tom.
—______, por favor. Estaba hecho polvo, perdí el
control. Creía que así
podría olvidarte.
—¿Emborrachándote y tirándote a otras mujeres?
—No sabía qué hacer —dice con un hilo de voz.
—Podrías haber hablado conmigo.
—______, habrías huido de mí otra vez.
—Todas las veces que has estado disculpándote conmigo
eran porque
te remordía la conciencia, y no por haberte
emborrachado, ni por lo de La
Mansión. Era porque me engañaste con otras. Dijiste que
habías dejado tus
correrías mucho antes de conocerme. Me mentiste. Cada
vez que creo que
damos un paso hacia adelante, estalla una nueva bomba.
No puedo seguir
con esto. No sé quién eres, Tom.
—______, claro que lo sabes. —Me mira con ojos
suplicantes—. La he
jodido. La he jodido bien, pero nadie me conoce mejor
que tú. Nadie.
—Puede que Sarah sí. Parece que ella te conoce muy bien
—digo sin
mostrar emoción alguna—. ¿Por qué?
Se deja caer sobre los talones y agacha la cabeza.
—Te he decepcionado. Quería beber, pero te prometí que
no lo haría,
y sé lo que puede pasar si lo hago.
Hago un mohín al oír su confesión.
—¿Así que le pediste que te azotara?
—Sí.
Se me revuelve el estómago.
—No lo entiendo.
Mantiene la cabeza gacha.
—_____, sabes que he sido un vividor —dice en voz baja.
Está
avergonzado—. He roto matrimonios, he tratado a las
mujeres como si
fueran objetos y he tomado lo que no me pertenecía. He
hecho daño a
algunas personas, y siento que todo esto es mi
penitencia. Contigo encontré
la gloria, y tengo constantemente la sensación de que
alguien va a venir a
arrebatármela.
El nudo que tengo en la garganta se intensifica.
—TÚ eres el único que va a joder esto. Tú y sólo tú.
Bebiendo, siendo
tan controlador y tirándote a otras mujeres. ¡TÚ!
—Podría haber detenido todo esto. No me creo que seas
mía. Me
aterra que alguien te aparte de mi lado.
—¿Y por eso le pediste a una mujer que detesto, a una
mujer que
quiere alejarte de mí, que te azotara?
Frunce el ceño y me mira.
—Sarah no quiere alejarme de ti.
Sacudo la cabeza, frustrada.
—¡Sí, Tom, claro que quiere! Haciéndote esto me haces
daño a mí.
Me estás castigando a mí, no a ti. —Necesito desesperadamente
que lo
entienda—. Te amo, a pesar de toda la mierda que voy
descubriendo de ti,
pero no puedo ver cómo te haces esto a ti mismo.
—No me dejes —dice con los dientes apretados, levantando
los
brazos y agarrándome de las manos—. Me moriré sin ti,
______.
—¡No digas eso! —le grito—. Es una estupidez.
Tira de mí hasta ponerme de rodillas.
—No es ninguna estupidez. No sabes por lo que pasé
cuando
desapareciste sin más. Me hizo ver lo que sería mi vida
sin ti. —Está muy
nervioso—. _____, era insoportable.
Esto explica lo de sus repetidas disculpas en sueños. Yo
lo dejaba
porque había descubierto lo de las otras mujeres.
—Si te dejara, sería porque no puedo soportar que te
hagas daño a ti
mismo, no puedo ver cómo te torturas.
—Jamás te harás una idea de cuánto te quiero. —Me agarra
de la cara
y yo me aparto. Esa afirmación me pone furiosa—. Deja
que te toque —
ordena, intentando cogerme. Está frenético y aterrado, y
eso me está
devorando por dentro.
—¡Me hago una idea, Tom, porque yo siento lo mismo!
—grito—.
Aunque me has destrozado por completo, sigo amándote y,
joder, me odio
por ello. ¡Así que no te atrevas a decirme que no me
hago una idea!
—Es imposible. —Me agarra de los brazos y tira de mí
hacia adelante
con un silbido de furia—. ¡Es imposible! —dice con voz
grave. Lo cree
realmente.
Dejo que me estreche contra su pecho, pero soy incapaz
de rodearlo
con los brazos. Estoy emocionalmente agotada y bloqueada
por completo.
Mi mujeriego fuerte y dominante se ha reducido a una
alma asustada y
desesperada. Quiero recuperar al Tom feroz.
—Voy a buscar algo para limpiarte las heridas. —Forcejeo
para
liberarme de sus brazos—. Tom, tengo que limpiarte eso.
—No me dejes solo.
Me suelto y me pongo de pie.
—Cuando dije que jamás te dejaría, lo decía en serio.
—Giro sobre
mis talones y salgo del despacho totalmente abstraída
dejándolo de
rodillas.
No voy a buscar nada para limpiarle la espalda. Curarle
las heridas no
va a demostrar nada. Sólo hay un modo de hacerle
entender que sé cómo se
siente. Y
si eso es lo que tengo que hacer, lo haré.
HOLA!!! BUENO HE REGRESADO DEL CONCIERTO :D ... BUENO ESO AHORITA NO IMPORTA :( ... AQUI ESTAN LOS CAPITULOS DE LA NOCHE ... 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS Y QUE ESTEN BIEN :))
:O Como es posible que Tom se haya dejado azotar x Sara, :S y no puedo creer que Tom haya engañado de esa manera a (Tn) no lo entiendo.. cada vez se pone mas buena me encanto virgi espero los próximos caps.. últimos cpas?? en que terminara?? estoy intrigada..
ResponderBorrarOmg o.O
ResponderBorrarSube pronto
Estot flipando 0.0
ResponderBorrarSigueee
Pobre (tn ) soportar tanto de Tom!
ResponderBorrarFuiste al cpnciertooo
!
El concierto es dea PTM..
Siguelzzz