CAPITULO
14.-
Son casi las seis cuando
empiezo a ordenar mi mesa. Los demás ya se han
ido, así que me toca
cerrar la oficina y conectar la alarma. Kate se acerca
con Margo
Junior y me subo a la furgoneta.
—No puedo creer que
dijeras lo de la noche de chicas delante de Tom
—disparo en cuanto me he
abrochado el cinturón de seguridad. A pesar de
lo enfurruñada que estoy,
me maravillo de lo cómoda que es su nueva
furgoneta.
—Yo también me alegro de
verte —responde adentrándose en el mar
de coches—. Ha dicho que
podías ir. ¿Qué problema hay?
—El problema es que no me
va a dejar beber porque le ha dado por
pensar que voy a acabar
muerta o algo así si él no está ahí para protegerme.
Kate se echa a reír.
—Qué tierno.
—No, no es tierno. Es
ridículo.
—Bah, no tiene por qué
enterarse. ¡Podemos rebelarnos!
—¿Estás de coña? —Me río,
aunque ahora mismo quiero ser una
rebelde. Me apetece
emborracharme pero eso sería muy desconsiderado—.
Acaba de tener una
pataleta por un cliente, un hombre. De hecho, me ha
fastidiado la reunión con
Mikael Van Der Haus y ha marcado su territorio.
Ha sido horrible. —Lo
suelto todo, y eso que aún le estoy dando vueltas al
hecho de por qué Mikael
cree que mi relación con Tom es muy
interesante.
—¡Puaj!
—Lo bueno es que ya sé
cuántos años tiene.
Los ojos azules de Kate
brillan de la emoción.
—¿De verdad?
Asiento:
—De verdad.
—Oigámoslo. Revela el
misterio de la edad.
—Treinta y siete.
—¡No! —exclama en plan
teatral—. ¿En serio? No los aparenta. ¿Cómo lo has descubierto?
—Ayer por la mañana le
enseñé a Tom el polvo de la verdad.
No sé por qué se lo he
dicho, ya que ahora querrá que le dé detalles.
—Lo sabías desde ayer, ¿y
no me lo habías contado?
—Perdona. —Me encojo de
hombros. Es que la edad es sólo una
parte. Hay mucho más,
pero necesito vino para hablar de esa mierda.
Tengo que salir una noche
para poder contárselo todo a Kate.
—¿Qué es un polvo de la
verdad? —Frunce el ceño.
Ya lo sabía yo.
—Pues consiste en esposar
a Tom a la cama, un vibrador y servidora.
—La miro—. No le gusta
compartirme, ni siquiera con una máquina.
Se echa a reír a mandíbula
batiente y da un volantazo. Me agarro a la
puerta.
—¡Kate!
—Lo siento —dice entre
risas—. ¡Cómo me gusta!
Tengo tanto que
contarle... Aunque su situación me preocupa.
—¿Qué pasa contigo y con
Georg?
Deja de reírse en el
acto.
—Nada.
Pongo los ojos en blanco
y suspiro de manera exagerada.
—Claro. Nada.
—Oye, ¿qué te vas a poner
para a la superfiesta? —Está claro que
quiere cambiar de tema.
Gruño para mis adentros.
¿Voy a ir, a pesar de todo?
—No lo sé. Se supone que
Tom va a llevarme de compras.
—¿En serio? —dice—. Pues
exprime al máximo a ese ricachón.
—Aunque no tengo ganas de
ir. No he vuelto desde aquel domingo, y
doña Morritos estará allí
—murmuro.
Seguro que recibo otra
advertencia. Me hundo en mi asiento y pienso
en todas las cosas que
preferiría hacer mañana por la noche, y el hecho de
que Tom esté tan cabreado
conmigo no mejora mi entusiasmo. Soy yo la
que debería estar echando
pestes. A juzgar por lo que ha dicho antes
Mikael, Tom tiene mucho
por lo que darme explicaciones.
Aparcamos delante de mi
antiguo apartamento y de inmediato veo el
BMW blanco de Matt. Qué
depresión. En fin, alguien tiene que abrirme la
puerta.
—¿Quieres que te
acompañe? —me pregunta Kate.
Me lo planteo unos
segundos pero decido que lo mejor será que ella
me espere con Margo. Kate
puede ser muy cabrona cuando quiere, y en
realidad sólo tengo que
entrar, ser educada y salir lo más rápidamente
posible.
—No, ya lo traigo yo
todo.
Abro la puerta de la
furgoneta y salgo. Me estoy poniendo enferma.
Tom ya está loco de rabia
por la estúpida llamada telefónica. Diría que se
le va la olla, pero no lo
tengo tan claro por los derroteros por los que
Mikael ha llevado la
conversación. Tom no la ha oído pero su reacción
hablaba por sí sola.
Subo los escalones de la
entrada y pulso el botón del portero
automático. Me da pena no
vivir ya aquí.
—Hola. —La voz feliz de
Matt me saluda por el interfono.
—Hola —digo lo más
informal que puedo. No quiero hablar con él.
Sigo enfadada porque
llamó a mis padres.
—Ya te abro.
Se abre la puerta y miro
a Kate. Le hago un gesto con la mano para
que sepa que voy a entrar
y me muestra el pulgar de una mano levantado y
el móvil con la otra.
Asiento y paso al vestíbulo del edificio.
Mientras subo la escalera
respiro hondo y me digo que todo irá bien.
No debo mencionar la
llamada a mis padres y tampoco debo quedarme a
charlar.
La puerta está abierta.
Hago de tripas corazón y entro. No cierro del
todo, no voy a quedarme
mucho. Busco a Matt en la cocina y en la sala de
estar pero no lo
encuentro. En el dormitorio están mis cosas, empaquetadas
en cajas y bolsas. Sin
Matt a la vista, cojo unas cuantas bolsas y me
dispongo a salir cuando
lo veo en el umbral de la puerta con una copa de
vino tinto en la mano.
Lleva el traje beige. Siempre he odiado ese traje,
aunque nunca se lo he
dicho. Se ha peinado el pelo oscuro con la raya al
lado, como siempre.
—Hola —dice con una
sonrisa demasiado exagerada para la ocasión.
—Hola. Te he estado
buscando —le explico mientras cargo con las
bolsas—. Kate me está
esperando en la furgoneta.
No puede ocultar su
hostilidad cuando menciono a Kate, pero hago
caso omiso y me encamino
hacia la puerta. Tengo que pararme cuando no
se aparta de mi camino.
—Perdona —digo; mis
buenos modales me están matando.
Me sonríe y le da un
trago al vino con chulería antes de apartarse lo
justo para que yo pueda
pasar.
Cuando mi amiga me ve
salir del edificio, salta de la furgoneta para
abrirme las puertas
traseras.
—Qué rápida —dice
ayudándome con las bolsas.
—Matt lo tenía todo
empaquetado.
Sonríe.
—Muy civilizado por su
parte.
Vuelvo al apartamento a
por más cosas. Sería más rápido si Kate
subiera a ayudarme, pero
de momento la cosa va bien y está siendo
indolora. Si añado a Kate
a la ecuación, seguro que se desata la anarquía,
así que voy y vengo y acarreo
mis posesiones terrenales yo sola. Matt ni
siquiera se ofrece a
echarme una mano.
Le paso a Kate la novena
y décima bolsa.
—¿Cuántas quedan?
—pregunta metiéndolas en la furgoneta.
—Sólo una caja más —digo
dando media vuelta. Más le vale haberlo
empaquetado todo, porque
no quiero tener que volver.
Subo la escalera y cojo
la última caja, lista para salir pitando, pero
Matt vuelve a cortarme el
paso.
—_____, ¿podemos hablar?
—pregunta, esperanzado.
«Ay, no.»
—¿De qué? —digo, aunque
sé perfectamente de qué. Tengo que salir
de aquí. No puedo volver
a pasar por esta mierda. La última vez que
rechacé su oferta de
volver a intentarlo, se portó como un cerdo.
—De nosotros.
—Matt, no voy a cambiar
de opinión —replico con seguridad, pero
antes de que me dé
cuenta, está intentando meterme la lengua en la
garganta. Se me cae la
caja y lo empujo con todas mis fuerzas—. Pero
¡¿qué coño haces?!
—chillo, incrédula.
Jadea un poco y me mira
enfadado.
—Recordarte por qué
estamos hechos para estar juntos —me espeta.
Me da por echarme a reír.
Es una carcajada profunda. ¿Intenta
hacerme recordar? ¿Qué?,
¿lo gilipollas que es? ¡Por favor! Desde luego,
no es un recordatorio como
los de Tom.
—¿Todavía sales con
alguien?
—Eso no es asunto tuyo.
—No, pero tus padres
parecían muy interesados.
Respiro hondo para no
soltarle un guantazo. No pienso contestarle.
Después del día que he
tenido, esto es lo último que necesito.
—Aparta, Matt. —Estoy muy
orgullosa de mí misma por haberlo
dicho con calma.
—Zorra estúpida —sisea.
Me deja atónita. Sabía
que tenía un lado hijo puta, pero ¿hacía falta
llegar a esto? Me hierve
la sangre.
—Sí, estoy saliendo con
alguien. Y ¿sabes qué, Matt? —No espero a
que me conteste—. Es el
mejor con el que he estado. —Se lo restriego,
aunque sea una idiotez.
Suelta una risa estúpida,
de las que se merecen una bofetada.
—Es un alcohólico
empedernido, ______. ¿Lo sabías? Probablemente va
ciego cada vez que te
folla.
Titubeo y la sonrisa
chulesca de Matt se hace más amplia. ¿Cómo
sabe con quién estoy
saliendo? Se cree que estoy sorprendida porque ha
soltado lo del alcohol.
No es eso. Lo que me sorprende es que sabe con
quién estoy saliendo.
¿Cómo es posible?
Dios, quiero darle una
hostia con la mano abierta y borrarle esa
sonrisa de capullo de la
cara.
—Bueno, incluso borracho
folla mucho mejor que tú. —Toma
castaña.
Adiós a su expresión
satisfecha: ahora parece confuso. El muy hijo de
puta creía que me había
pasado la mano por la cara. Con mis palabras he
conseguido mucho más que
con una hostia bien dada. Me alegro de haber
sido tan aguda y tan
rápida. Siempre se creyó maravilloso en la cama.
Bueno, pues no lo era.
Le ha dolido. Se pregunta
qué debe hacer ahora. Me mantengo firme
pero siento curiosidad
por saber cómo se ha enterado de lo de Tom.
—Eres patética —escupe.
—No, Matt. Estoy
resarciéndome de cuatro años de sexo de mierda
contigo.
Se queda pasmado. No sabe
qué decir. Recojo la caja del suelo y
levanto la cabeza cuando
oigo unos pasos atronadores en la escalera.
«¡Mierda!»
—¡______! —ruge.
Me ha chafado toda
esperanza de dejar a Matt y su expresión de
perplejidad libre de
violencia. ¿Cómo sabe que estoy aquí? Mataré a Kate
como me haya delatado
ella.
Entra como una
apisonadora y me doy cuenta de que he sido una
ingenua por pensar que ya
había visto todo lo imposible que podía ponerse.
Está fuera de sí y tengo
miedo. No temo por mí, sino por Matt, y lo odio.
Tom parece capaz de matar
a alguien.
No obstante, ni siquiera
repara en él. Me clava una mirada furibunda y
me encojo.
—¡¿Qué cojones haces
aquí?! —grita.
Me echo a temblar. Es
como si le hubiera puesto un trapo rojo delante
y está resoplando como un
toro bravo. No debería saber dónde estoy.
¿Cómo se ha enterado? ¿Me
ha puesto un transmisor? Decido no
preguntárselo y cerrar el
pico.
—¡Contéstame! —ruge.
Pestañeo. Está claro lo
que he venido a hacer, no necesita que se lo
confirme, y debe de haber
visto las bolsas en la parte trasera de la
furgoneta de Kate.
Matt, sabiamente, decide
apartarse y mantener su boca de gallito
cerrada. Su mirada va de Tom
a mí, y sé que está pensando que un hombre
que sólo se está follando
a una tía no se pone así.
«¡Hola, saluda a mi
dios!»
—¡Te lo he dicho mil
veces! No lo llames, no vayas a su casa. ¡Te dije
que iba a venir John!
—exclama gesticulando como un enajenado mental
—. ¡Métete en el puto
coche!
A Matt se le escapa una
risita disimulada y le doy un latigazo con la
mirada. Está muy
satisfecho con la escena. Lo que me faltaba. No voy a
quedarme aquí mientras me
grita delante del gilipollas de mi ex novio.
Cojo la caja y salgo echando
humo del apartamento, dando las gracias a lo
más sagrado porque Tom no
entrara unos segundos antes.
—Nos hemos besado —dice
Matt la mar de contento antes de comerse
el puño de Tom.
Voy a echarme a llorar.
¿Es que mi ex no sabe cuándo cerrar la puta
boca? Oigo los pasos
furiosos de Tom detrás de mí mientras salgo a la
calle. Ahí están Georg y
Kate. Anda, y también ha venido John.
John está apoyado en su
Range Rover, con las gafas de sol puestas; da
tanto miedo como siempre,
pero tiene el rostro impasible. Kate da vueltas
de un lado a otro junto a
la furgoneta y Georg está a un lado, circunspecto.
¿De verdad hacía falta
que viniera todo el mundo? Miro a mi amiga con
cara de «No preguntes».
Me coge la caja.
—Joder, _____... —susurra
lanzándola a la parte trasera de la furgoneta.
—¿Le dijiste a Georg que
yo estaba aquí? —inquiero, directa al grano.
—¡No! —chilla.
Le creo. Ella no me haría
eso.
—¡John! —grita Tom al
salir del edificio—. Pon sus cosas en el Rover.
Sacude la mano en
recuperación y de repente me preocupo. El muy
idiota. ¿No podía pegarle
con la zurda? Y entonces proceso lo que ha
dicho.
«¿Sus cosas?»
—¡No las toques, John!
—grito, y John se queda quieto en el sitio—.
No voy a irme con él.
Vamos, Kate.
Me dirijo a la puerta del
acompañante de la furgoneta y, cuando llego
a la puerta, veo que
Georg tiene a Kate cogida del brazo. Ella mira a Georg y
niega débilmente con la
cabeza. Luego me mira a mí. Está entre la espada
y la pared.
—¡Coge sus cosas, John! —Tom
baja los escalones como un rayo.
—¡No las toques! —repito.
John deja escapar un
suspiro de exasperación y mira a Tom,
esperando una respuesta,
pero al parecer decide que mi ira es el menor de
sus males, porque empieza
a meter mis cosas en el Range Rover. Bueno,
que se las lleve. Yo no
me voy con él. Subo en la furgoneta de Kate y me
hundo en el asiento, más
ofendida que nunca.
A los dos segundos, se
abre la puerta.
—¡Sal! —La voz le tiembla
a causa de la ira, pero me importa una
mierda.
Cojo la manija y tiro
para cerrarla, pero él interpone su cuerpo.
—¡Tom, vete a la mierda!
—¡Esa boca!
—¡Que te jodan! —grito.
Estoy afónica, y mis cuerdas vocales me
suplican que me calme.
Nunca había gritado tanto. Estoy temblando de la
rabia. ¿Cómo se atreve?
¿Cómo se atreve a portarse así después de todo lo
que me ha hecho pasar?
—¡Vigila esa puta boca!
—Se acerca y me coge.
Me resisto y peleo, pero
no tengo fuerza alguna comparada con él. Me
saca a la fuerza de Margo
Junior y me sujeta por la espalda. Sigo
pataleando y dando
codazos. Me rodea la cintura con el brazo y me levanta
del suelo sin esfuerzo, y
a continuación me lleva a su coche mientras grito
y pataleo como una cría
de tres años.
—¡Suéltame!
—Cierra esa boca tan
sucia que tienes, ______ —gruñe entre dientes,
cosa que sólo me anima a
seguir pataleando y dando manotazos.
Me está secuestrando a la
fuerza en pleno Notting Hill, bajo la atenta
mirada de mi mejor amiga,
de su novio y de John. ¡Me muero de la
vergüenza! No me puedo
creer que la cosa se haya ido tanto de madre.
Todo iba bien. Estaba a
punto de marcharme, y entonces aparece este
cabrón neurótico y lo
llena todo de mierda. Quiero levantar la cabeza y
gritarle al cielo.
Me resisto un poco más y
voy a por el brazo con el que me sujeta por
la cintura.
—Estás montando un
espectáculo, _____ —me advierte.
Miro alrededor y veo que
hay muchísimos peatones que han dejado de
hacer lo que estuvieran
haciendo para ver la dramática escena que acontece
ante sus ojos. Dejo de
resistirme, más que nada porque estoy exhausta.
Permito que me meta en el
coche, aunque le doy un par de manotazos
cuando intenta ponerme el
cinturón de seguridad.
Me coge de la barbilla y
me acerca la cara.
—¡Haberte portado bien!
—Sus ojos marrones lanzan rayos furibundos,
pero lo miro desafiante
antes de apartar el rostro.
Me incorporo sobre el
cuero negro y cálido e intento recobrar el
aliento.
Mañana no pienso ir a La
Mansión, y el sábado me iré al pub.
También tengo intención
de marcharme del Lusso. Aunque tampoco es que
ya me haya mudado allí, a
pesar de que Tom piense lo contrario.
Se acerca a John, a Kate
y a Georg. Están hablando pero no sé qué
dicen. Tom agacha la
cabeza y Kate le pone una mano en el brazo para
consolarlo. ¡Es una puta
traidora! ¿Por qué todo el mundo lo mima a él
cuando soy yo la que ha
sido secuestrada por un loco peligroso?
John sacude la cabeza y
roza la mandíbula de Tom con los nudillos,
pero él lo aparta de mala
manera. Puedo leer «tranquilízate» en los labios
de John. Tom los deja,
alza los brazos al cielo y se tira del pelo castaño
despeinado con frustración.
John sacude la cabeza y sé que esta vez se
limita a decir: «Hijo de
perra.»
¡Muy bien! John está de
acuerdo conmigo. «Cualidades
desagradables», creo que
fueron las palabras de John. La verdad es que no
veo cómo podría ponerse
mucho más desagradable. Esta vez se le ha ido la
pinza del todo.
Cuando sube al coche, le
doy la espalda y miro por la ventanilla del
acompañante. No pienso
dirigirle la palabra. Se ha pasado de la raya. Pone
el coche en marcha y
arranca a tal velocidad que me estampo contra el
asiento. Como si su forma
habitual de conducir no diera ya bastante miedo.
No me apetece nada ser su
pasajera hoy.
—¿Cómo has sabido dónde
estaría? —pregunto mirando aún por la
ventanilla.
Con el rabillo del ojo lo
veo hacer una mueca. Agita la mano. Se la ha
lastimado.
—Eso no importa.
—Sí que importa. —Me
vuelvo y contamplo su perfil ceñudo. Hasta
cabreado sigue siendo una
bestia hermosa—. Iba todo bien hasta que has
aparecido.
Gira la cabeza y yo le
devuelvo una mirada iracunda.
—Estoy muy cabreado
contigo. ¿Lo has besado?
—¡No! —aúllo—. Él ha
intentado besarme y le di un empujón. Estaba
a punto de irme. —Me
duele la frente de tanto fruncir el ceño.
Me sobresalto cuando
empieza a pegarle puñetazos al volante.
—No vuelvas a decirme que soy posesivo, celoso y que exagero,
¿me
has oído?
—¡Eres más que posesivo!
—_____, en dos días te he pillado con dos hombres que estaban
intentando meterse en tus bragas. Dios sabe qué habrá pasado
cuando no
estaba presente.
—No seas imbécil. Estás paranoico. —Sé que no lo está. Tiene
razón,
pero lo que yo quiero saber es por qué, de repente, a Mikael
le interesa mi
relación con Tom—. ¿De qué conoces a Mikael?
—¿Qué?
—Ya me has oído.
Sé que se lo está pensando porque el labio inferior ha
desaparecido
entre sus dientes.
—Le compré el ático, ______. ¿De qué crees que lo conozco?
—Le pareció muy interesante que le dijera que hacía más o
menos un
mes que salía contigo. ¿Por qué será?
Se vuelve otra vez para mirarme.
—Y ¿por qué carajo hablas con él sobre nosotros?
—No hablo con él de nada. ¡Me hizo una pregunta y le contesté!
¿Por
qué le parece tan interesante, Tom?
Estoy perdiendo el control. Aparto la mirada y respiro hondo,
intentando calmarme.
—Ese hombre te desea, créeme.
—¡¿Por qué?! —grito mirándolo fijamente.
Se niega a mirarme.
—¡Porque sí, joder! —ruge.
Salto hacia atrás en mi asiento, asustada y frustrada por su
respuesta
iracunda y vaga. Esta conversación no lleva a ninguna parte.
Él tiene que
tranquilizarse y yo también. Le preguntaré lo que tenga que
preguntarle
cuando no parezca estar a punto de romper la ventanilla de un
puñetazo.
Aparca en la entrada del Lusso y salgo del coche con el motor
en
marcha. John deja el Range Rover en el aparcamiento. Me meto
en el
vestíbulo. Clive sale de detrás del mostrador pero lo ignoro
por completo y
voy directa al ascensor.
Espero que Tom suba antes de que las puertas se cierren pero
no lo
hace. Está claro que también ha llegado a la conclusión de que
los dos
necesitamos tranquilizarnos.
Salgo del ascensor, saco la llave rosa del bolsillo interior
del bolso,
abro la puerta, la cierro de un portazo y de la rabia tiro el
bolso al suelo.
—¡Hijo de puta! —maldigo para mí.
—Hola —dice una vocecita.
Levanto la cabeza y veo a una mujer de mediana edad con el
pelo cano
delante de mí. Supongo que debería preocuparme que haya una
desconocida en el ático de Tom, pero estoy demasiado cabreada.
—¿Y tú quién coño eres? —le suelto de mala manera.
La mujer da un paso atrás y entonces reparo en el paño y el
abrillantador de muebles que lleva en la mano.
—Cathy —contesta—. Trabajo para Tom.
—¿Qué? —pregunto, alterada. La furia que me domina no me deja
entender nada..., hasta que entre su comentario y el
abrillantador de
muebles... lo pillo.
«¡Mierda!»
Se abre la puerta detrás de mí, me vuelvo y entra Tom. Me mira
a mí
y luego a la mujer.
—Cathy, creo que deberías irte. Hablamos mañana —dice con
calma,
aunque todavía detecto un punto de enfado en su voz.
—Por supuesto. —La mujer deja el trapo y el abrillantador
sobre la
mesa, se quita el delantal y lo dobla de prisa pero
perfectamente—. La
cena está en el horno. Estará lista dentro de media hora.
Coge un bolso de loneta del suelo y guarda el delantal. Que
Dios la
bendiga. Me sonríe antes de irse. Es más de lo que me merezco.
Menuda
primera impresión le habré causado...
Tom le pellizca la mejilla y le da un pequeño apretón en los
hombros.
La veo atravesar el vestíbulo, y a John y a Clive saliendo del
ascensor
cargados con mis bártulos. Están perdiendo el tiempo porque no
voy a
quedarme aquí. Me dirijo a la cocina y abro la nevera de un
tirón deseando
que mágicamente aparezca una botella de vino. Pero me llevo
una gran
decepción.
Cierro de nuevo de un portazo y subo escaleras arriba echando
humo.
Es que no puedo ni mirarlo. Entro en el dormitorio y doy otro
portazo...
¿Ahora qué? Debería irme para que los dos pudiéramos pensar.
Esto es
demasiado intenso y va demasiado rápido. Es venenoso e
incapacitante.
Me encierro en el cuarto de baño. Este ático me es más
familiar de lo
que debería. Después de haberme pasado meses diseñándolo y
coordinando
las obras, me siento como en casa. Seguramente, me siento más
en casa
que Tom. Él ni siquiera lleva aquí un mes, del cual se ha
pasado una
semana entera borracho e inconsciente.
Vago hacia el asiento de la ventana y contemplo los muelles.
La gente
sigue con su vida, sale de paseo o está de copas. Todos
parecen felices y
relajados. Seguro que no es así, pero tal y como me encuentro,
pienso
egoístamente que nadie puede tener tantos problemas como yo.
Estoy
completamente enamorada de un hombre temperamental en extremo
y de
carácter imposible. Por otro lado, es el hombre más cariñoso,
sensible y
protector del universo. Si John está en lo cierto, y sólo es
así conmigo,
¿deberíamos seguir juntos? Al paso que vamos, morirá de un
infarto a los
cuarenta y será culpa mía. Con Tom, cuando las cosas van bien,
son
increíbles, pero cuando van mal, son insoportables.
Haberlo conocido es una bendición y una maldición al mismo
tiempo.
Suspiro, agotada, me cubro la cara con las manos y noto cómo
las
lágrimas me desbordan y se me hace un nudo en la garganta. Y
yo que
creía que había empezado a averiguar lo que necesitaba
saber... Sin
embargo, a medida que pasa el tiempo se hace más evidente que
no es así
y, como Tom se empeña en no abrir el pico y en darme evasivas,
no parece
que vaya a averiguarlo en un futuro próximo... A menos que le
pregunte a
Mikael.
Se abre la puerta y Tom entra en el baño como una apisonadora.
Parece como si lo hubieran electrocutado. Está temblando y
tiene hinchada
y palpitante la arteria carótida. Yo me he tranquilizado
bastante, pero da la
impresión de que él no. Lleva algo en la mano.
—¿Qué coño es esto? —Es como si fuera a entrar en combustión
espontánea.
Frunzo el ceño pero entonces caigo en la cuenta de que lo que
lleva en
la mano es la lista de vuelos que me ha dado Patrick.
Me va a caer una buena.
Un momento... Eso estaba en mi bolso.
—¡Me has registrado el bolso! —Estoy atónita. No sé por qué me
sorprende, si me lo registra siempre. No parece estar avergonzado
en lo
más mínimo, ni tampoco que vaya a pedirme disculpas. Se limita
a agitar
el papel delante de mis narices mientras su pecho sube y baja
a intervalos
irregulares.
Le doy un empujón y bajo la escalera en busca de mi bolso. Me
sigue
y el volumen de su respiración supera el de sus pasos. Recojo
el bolso del
suelo y me lo llevo a la cocina.
—¡¿Qué demonios haces?! —me grita—. ¡No está ahí, está aquí! —
Vuelve a ponerme el papel frente a la cara mientras vacío el
contenido de
mi bolso en la isleta.
No sé qué estoy buscando.
—¡No vas a irte a Suecia, ni a Dinamarca ni a ninguna parte!
—Su
voz es una mezcla de miedo y de ira.
Lo miro. Sí, veo miedo.
—No vuelvas a registrarme el bolso. —Cada palabra transmite mi
frustración, que va en aumento, y le lanzo una mirada
acusadora.
Retrocede un poco y aplasta el papel contra la isleta sin
perder ni un
gramo de ira.
—¿Qué más me escondes?
—¡Nada!
—Te diré una cosa, señorita. —Se acerca como un animal y me
planta
la cara a milímetros de la mía—. Antes muerto que dejarte
salir del país
con ese cerdo mujeriego.
Una oleada de puro terror le cruza la cara.
—¡Él no va a ir! —le grito dejando caer mi bolso para darle
más
efecto. La verdad es que no estoy segura, y sospecho que sí
irá. Tiene un
plan y tiene un móvil, pero ¿por qué?
—Irá. Te seguirá hasta allí, créeme. Es implacable cuando
persigue a
una mujer.
Me echo a reír.
—¿Como tú?
—¡Eso fue distinto! —me ruge.
Cierra los ojos y se lleva las puntas de los dedos a las
sienes para
intentar aliviar la tensión con un masaje.
—Eres imposible —escupo. He perdido las ganas de vivir.
—¿Y qué haces tomando vitaminas? —me espeta con una mirada de
reproche—. Estás embarazada, ¿no?
¿Es que quiere sacarme de
quicio? Saco las vitaminas del bolso y se las tiro a la cabeza. Las esquiva, me
mira sorprendido y las vitaminas se
estrellan contra la pared
antes de caer al suelo de la cocina. Necesito
recuperar el control. Lo
estoy perdiendo del todo.
—¡Las compré para ti! —le
grito, y él me mira como si me hubiera
vuelto loca. Estoy a
punto de hacerlo.
—¿Por qué? —Mira el
frasco en el suelo.
—Porque abusaste de tu
cuerpo, ¿ya no te acuerdas?
Suelta una risa burlona.
—No necesito pastillas, ______.
Ya te lo dije. —Me coge de los brazos y
me acerca a su cara—. No
soy un puto alcohólico. Si bebo, ¡será porque me
has hecho enloquecer de
ira! —Esto último me lo grita pegado a mi cara.
—Y me culpas de todo a
mí. —Es una afirmación, no una pregunta,
porque ya me lo ha
gritado a la cara.
Me suelta y se aparta.
—No, no lo hago. —Se tira
del pelo, frustrado—. ¿Qué me estás
ocultando? Viajes de
negocios con daneses ricos..., visitas cariñosas a tu ex
novio...
—¿Cariñosa? —exploto.
¿Acaso cree que me gustó ver a Matt?—.
¡Eres un puto imbécil!
—¡Esa boca!
—¡Jódete! —le grito.
De verdad que vive en
otro planeta. Si me conociera tan bien como
cree, no me estaría
soltando semejantes gilipolleces.
Alza las manos al cielo
en un gesto de: «¡Señor, dame fuerzas!»
—Ahora mismo no puedo
estar a tu lado —aúlla. Aprieta los dientes y
los músculos de la
mandíbula le tiemblan—. Te quiero, _____. Te quiero
muchísimo pero ni
siquiera puedo mirarte a la cara. ¡Esto es una mierda!
Sale zumbando de la
cocina. A los pocos instantes, la entrada
principal se cierra de un
portazo, un señor portazo. Corro al vestíbulo del
ático, no hay rastro de Tom,
si exceptuamos que la puerta de espejo del
ascensor está hecha
añicos. A pesar de mi enajenación, pienso en el daño
que le habrá causado a su
pobre mano. Entonces me echo a llorar. Aúllo a
la luna, sin esperanza,
hecha un mar de lágrimas. Estoy desesperada y fuera
de control. Es como si me
estuviera poniendo a prueba, como si Tom
tratara de ver si soy lo
bastante fuerte como para sacarlo de toda esta
mierda y, además, tengo
que luchar contra la molesta sensación de
que soy yo la que lo hace
ponerse así. No es sano.
Vuelvo al interior y veo
mis cosas ordenadas en fila a un lado de la
escalera. ¿Qué hago con
ellas? ¿Voy a quedarme?
Las dejo donde están
porque no sé qué hacer y me siento en una
tumbona en la terraza
para poder llorar a gusto, bien fuerte. Intento
encontrar una solución,
un camino que seguir. No se me ocurre nada entre
las lágrimas incesantes.
Miro al vacío y no siento más que abandono. Es
una sensación conocida
que no quería volver a experimentar... Y ahora
vuelve a mí. Es la sensación
de vacío, de pérdida y de soledad, todas las
emociones que me tuvieron
sumida en un infierno mientras Tom no estaba
en mi vida. ¿Cómo he
llegado a necesitarlo tanto? ¿Cómo me ha pasado
esto? Se ha marchado y
ahora sé cómo se sintió cuando yo le hice lo
mismo. No es nada
agradable. Es como si me faltara buena parte de mi ser.
Me falta.
El corazón me da un
vuelco ante la idea de vivir sin él. No puedo
respirar y el pánico se
apodera de mí. No hay remedio. Vuelvo al interior,
subo al cuarto de baño
del dormitorio principal y me doy una ducha. Me
quedo ausente bajo el
agua, enjabonándome. Nos veo a Tom y a mí por
todas partes: en el
lavabo, contra la pared, en el suelo, en la ducha.
Estamos en todas partes.
Salgo. De repente
necesito escapar del recuerdo de nuestros
encuentros íntimos. Me
tiro en la cama pero pronto vuelvo a estar sentada,
presa del pánico. Cuando
nos hemos separado, le ha dado por beber.
¿Volverá a hacerlo? El
corazón galopa dolorosamente en mi pecho y
asciende hacia mi boca.
La idea de Tom bebiendo basta para hacerme
bajar corriendo a por mi
móvil.
Entro en la cocina y
huele realmente bien. ¡Ay!... Corro al horno, lo
apago, cojo el móvil y
marco el número de John.
Su voz grave suena de
inmediato a través del teléfono.
—Está aquí, _____.
—¿En La Mansión? —Qué
alivio, aunque a la vez me pregunto qué
está haciendo allí.
—Sí. —John parece
arrepentido.
—¿Debería ir? —No sé por
qué se lo pregunto. Ya estoy camino del
dormitorio para vestirme.
Dice por teléfono:
—Creo que sí, muchacha.
Ha ido directo a su despacho.
Cuelgo, me recojo el pelo
mojado y vuelvo a ponerme la ropa que
llevaba antes. Las llaves
del coche, Tom no me las ha devuelto. Vuelo
escaleras abajo y me
pongo a rebuscar entre mis cosas, rezando para
encontrar el segundo juego.
Al final, lo consigo.
Introduzco el código en
el ascensor, y pienso que a Clive no le va a
gustar encontrarse con el
espejo roto. Desde que llegué, el mantenimiento
debe de salir por un
pico.
Corro por el vestíbulo
con tacones y todo. Clive está arrodillado
detrás de su mostrador.
Paso junto a él sin decir nada. Hoy no tengo
tiempo. El pobre hombre
debe de estar preguntándose qué ha hecho para
que me haya enfadado con
él.
—¡______! —me grita. No
me detengo pero parece que algo va mal. Tal
vez la mujer misteriosa
haya vuelto.
—¿Qué pasa, Clive?
Corre hacia mí,
espantado.
—¡No puedes irte!
¿De qué está hablando?
—El señor Kaulitz...
—jadea— ha dicho que no debes salir del Lusso.
Ha insistido mucho.
«¡¿Cómo?!»
—Clive, no tengo tiempo
para esto.
Echo a andar de nuevo
pero me coge del brazo.
—_____, por favor. Tendré
que llamarlo.
No me lo puedo creer.
¿Ahora el conserje es mi carcelero?
—Clive, ése no es tu
trabajo —recalco—. Por favor, suéltame.
—Eso mismo le he dicho
yo, pero el señor Kaulitz puede ser muy
insistente.
—¿Cuánto, Clive?
—No sé de qué me hablas
—dice rápidamente mientras se arregla la
gorra con la mano libre.
No podría parecer más culpable ni queriendo.
Me suelto y me dirijo al
mostrador de conserjería.
—¿Dónde guardas los números
de contacto del señor Kaulitz? —
pregunto examinando las
pantallas. El móvil de Clive también está en el
mostrador.
Él se acerca, confuso.
—El sistema introduce
todos los datos en el teléfono. ¿Por qué lo
preguntas?
—¿Tienes guardado el
teléfono del señor Kaulitz en tu móvil?
—No, _____. Todo está
programado en el sistema, por la
confidencialidad de los
residentes y todo eso.
—Estupendo. —Doy un tirón
a los cables que unen el teléfono con el
ordenador y los dejo
hechos una maraña en el suelo, junto con la
mandíbula de Clive.
El pobre hombre no logra
articular palabra, y la verdad es que me
siento culpable cuando
salgo del edificio. Otra factura de mantenimiento
más, cortesía de la
esclava del ático.
Me meto en el coche y veo
un pequeño aparato negro en el
salpicadero. Sé lo que
es. Aprieto el botón y, en efecto, las puertas del
Lusso se abren.
De camino a La Mansión,
rezo para no encontrar a Tom con una copa
en la mano. Será la
primera vez que pise el lugar desde que descubrí su
oferta de ocio, pero la
necesidad que siento de ver a Tom es más fuerte que
mis nervios o mis
reticencias.
HOLA!! AQUI ESTA EL CAPS ... MAÑANA PROMETO SUBIR ... SE LOS PROMETO ... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y SUBO ... ADIOS :))
Sta buenisimaa buenisimaa!
ResponderBorrarPero Tom si se pasa con el yltrato q le da a la rayitaa!!
Siguelaaa porfaaa..
Sigueeeeee
ResponderBorrarSiguee *.*
ResponderBorrarOmg
ResponderBorrarEsta buenisimaaaa
Sube pronto *.*
Sube virgiii me encantooooo, me dejaste intrigadaaaa..
ResponderBorrarSubeeee!!!!
ResponderBorrarSubee virgiiiiii!!!!
ResponderBorrar