CAPITULO
13.-
—Te quiero.
Siento unos labios carnosos que conozco muy bien
acariciando los
míos mientras me despierto. Abro los ojos y veo el
hermoso rostro de
Tom.
—Despierta, preciosa.
Me desperezo. ¡Qué gusto! Parpadeo y caigo en la cuenta
de que está
vestido. Mi cerebro inconsciente toma nota de que con
Tom ya vestido no
hay peligro de que me arrastre por todo Londres en una
de sus carreras
matutinas de castigo.
—¿Qué hora es? —grazno.
—Tranquila, sólo son las seis y media. Tengo que recibir
a unos
cuantos proveedores a primera hora. Quería verte antes
de irme. —Se
agacha, me da un beso y me inunda el sabor de su aliento
mentolado.
¿Proveedores? ¿Qué clase de proveedores? Corto esos
pensamientos
por lo sano. Es demasiado temprano y, si de verdad son
las seis y media, es
demasiado tarde para correr veintidós kilómetros por
Londres, así que los
proveedores me importan un pimiento.
—No me hace falta tener los ojos abiertos para que tú
puedas verme
—protesto mientras tiro de su espalda para que vuelva a
mí. Huele de
rechupete.
—Ven a desayunar conmigo. —Me levanta de la cama y me
agarro a
él con mi cuerpo desnudo y mi estilo habitual de
chimpancé—. Me vas a
arrugar la ropa —dice en absoluto preocupado mientras me
saca del
dormitorio y me lleva a la cocina.
—Pues suéltame —contraataco. Sé que no va a hacerlo.
—Nunca.
Sonrío satisfecha y absorbo cada gota de agua fresca que
desprende.
—No necesito un polvo de recordatorio. Puedes venir a
comer.
—Esa boca. —Se echa a reír—. Lo siento. De verdad que
necesitaba
verte antes de irme.
Me pongo tensa en cuanto lo dice. Bueno, de hecho, en
cuanto dice «lo
siento». ¡Mierda! Había olvidado su crisis nerviosa de
medianoche. Bueno,
no es que se me haya olvidado, es que mi cerebro
consciente no la ha
procesado aún.
—¿Qué pasa?
Ha notado que me he puesto tensa de repente. Me sienta
en el frío
mármol pero no me sorprende como la otra vez. Estoy
demasiado ocupada
buscando en mi mente el mejor modo de abordar el asunto.
—Anoche te despertaste —digo.
—¿Sí? —Frunce el ceño y no sé si se siente aliviado o
decepcionado.
—¿No te acuerdas?
—No. —Se encoge de hombros—. ¿Qué te apetece desayunar?
Me deja en el mármol y va hacia la nevera.
—¿Huevos, un bagel, algo de fruta?
«¿Ya está?»
—Dijiste que me necesitabas. —Lo dejo caer, a ver si lo
pilla.
—¿Y? Es lo que digo estando despierto —replica sin
apartar siquiera
la vista de la nevera. Pues no, parece que no lo ha
pillado.
—Me pediste perdón. —Me pongo las manos debajo de los
muslos.
Vuelve de la nevera.
—Eso también lo he dicho estando despierto.
Es cierto, lo ha dicho todo despierto, pero anoche
estaba hecho un
poema.
Sonríe.
—_____, lo más probable es que tuviera una pesadilla. No
me acuerdo.
—Vuelve a la nevera.
—Te pusiste frenético. Estaba muy preocupada —digo
tímidamente.
No fue normal.
Cierra la nevera, con más fuerza de la necesaria, y de
inmediato me
arrepiento de haber sacado el tema. No me da miedo. Lo
he visto perder los
nervios muchas veces, pero me preocupa el modo en que se
abrazaba a sí
mismo. No quiero empezar el día con una pelea. Hablaba
en sueños, eso es
todo.
Se acerca mordiéndose el labio y lo observo con cautela.
Cuando llega
a mi lado, se abre paso entre mis piernas, me saca las
manos de debajo de
los muslos y las sostiene entre ambos. Me las acaricia
con los pulgares.
—Deja de preocuparte por lo que dije en sueños. ¿No dije
que te
quería? —pregunta con ternura.
Frunzo el ceño.
—No.
Sus ojos marrones parpadean y una de las comisuras de
sus labios forma
media sonrisa.
—Eso es todo lo que importa.
Me besa en la frente.
Me aparto de sus labios. Sí, importa. Lo está haciendo
otra vez. Me
está dando evasivas.
—No fue normal, y ya me estoy hartando de ese tonito.
—Le lanzo
una mirada asesina y retrocede, sorprendido, con la boca
abierta. Pero no le
doy la oportunidad de devolvérmela—. O desembuchas o me
largo —
amenazo.
Él cierra la boca, no dice nada. Lo he cogido por
sorpresa.
Levanto las cejas, altanera.
—¿Qué eliges?
—Dijiste que nunca ibas a dejarme —replica, despacio.
—Vale, deja que lo reformule: no te dejaré si empiezas a
darme
respuestas cuando te pregunte algo. ¿Qué te parece?
Se muerde el labio sin quitarme el ojo de encima pero no
desvío la
mirada. Mantengo el contacto visual y pongo una cara muy
seria. Sus
pulgares me acarician con firmeza.
—No tiene importancia.
Me echo a reír, escéptica, y hago ademán de moverme,
pero él se
acerca más para evitar que me baje de la encimera.
—Tom, voy a marcharme —digo, pero sé que no es verdad.
—Soñé que te habías ido. —Habla como una metralleta,
casi en
estado de pánico.
Dejo de intentar soltarme.
—¿Qué?
—Soñé que me despertaba y que te habías ido.
—¿Adónde?
—Y yo qué coño sé. —Me suelta y se lleva las manos a la
cabeza—.
No podía encontrarte.
—¿Soñaste que te dejaba?
Frunce el ceño.
—No sé dónde estabas. Simplemente te habías ido.
—Vaya. —No sé qué más decir. No me mira. ¿Se puso así
porque yo
lo dejaba?
—No fue un sueño agradable, eso es todo. —Está
avergonzado y de
repente me siento un pelín culpable. Está muy
descolocado.
—No voy a dejarte. —Intento que se lo crea—. Pero
tenemos que
hablar. Tengo que torturarte para sacarte información, Tom.
Es agotador.
—Perdona.
Lo atraigo de vuelta entre mis muslos. Es uno de esos
momentos en
los que yo soy la fuerte. A medida que descifro a este
hombre, se vuelven
más frecuentes.
—¿Habías tenido pesadillas antes?
—No. —Acepta mi abrazo y me estrecha con fuerza.
—Porque estabas borracho.
—No, _____. No soy un alcohólico.
—No he dicho que lo fueras.
Lo abrazo con fuerza y me da un poco de pena pero me
alegro de que
se haya abierto. Es tan fuerte y tan seguro de sí mismo,
pero estas pequeñas
grietas son cada vez más evidentes. ¿Las estaré causando
yo?
—¿Puedo prepararte un desayuno equilibrado? —pregunta
deshaciendo nuestro abrazo.
—Sí, por favor.
—¿Qué te apetece?
Me encojo de hombros.
—Tostadas.
—¿Tostadas?
Asiento. Son las seis y media de la mañana, mi estómago
no se ha
despertado aún.
—Eso no es muy equilibrado —masculla.
—Es demasiado temprano para comer.
—No, no lo es. Y tienes que comer, estás demasiado
delgada.
Me suelta y se dirige a poner el pan en la tostadora. Yo
bajo del
mármol y me siento en un taburete para contemplar cómo
se desliza por la
estancia. Me conmueve. Ha reconocido que cocina de pena,
así que el
hecho de que se haya ofrecido a prepararme el desayuno
es adorable.
Pongo los codos en la encimera y apoyo la barbilla sobre
las palmas de las
manos para estudiarlo mejor. Ha tenido un mal sueño. O
una pesadilla. Sea
lo que sea, debe de haber sido muy duro. Es un hombre
hecho y derecho, y
ayer una pesadilla lo redujo a un estado patético.
Espero que no sean
frecuentes, porque fue horrible tener que verlo así, tan
asustado y tan
vulnerable. No me gustó.
Suspiro para mis adentros. Está más guapo que nunca esta
mañana. No
se ha afeitado, y me encanta cuando lleva barba de un
día. No se ha puesto
traje, sólo unos pantalones gris marengo y una camisa
negra. Es posible
que cambie de opinión sobre la comida para que no tenga
más remedio que
echarme un polvo de recordatorio.
Coge la mantequilla, cuchillos y platos y lo dispone
todo en la isleta,
delante de mí. Luego se dirige de nuevo a la nevera y se
sienta a mi lado
con un tarro de mantequilla de cacahuete. Lo miro sin
poder creérmelo.
Desenrosca la tapa y mete el dedo.
Luego se lo lleva a la boca y me mira.
—¿Qué? —masculla.
—¿Y tú me das lecciones a mí acerca de un desayuno
equilibrado? —
Miro el bote que tiene en la mano.
Traga.
—Los frutos secos son muy sanos. Además, tú eres más
importante
que yo.
Meneo la cabeza y unto la mantequilla en mi tostada bajo
su atenta
mirada.
—A mí me importas tú —le gruño a mi tostada, y lo miro
mientras le
pego un mordisco.
Tom sonríe.
—Me alegro. ¿Qué tienes hoy en la agenda? —pregunta como
si nada
mientras vuelve a meter el dedo en el tarro.
Me atraganto y frunce el ceño. ¿Lo pregunta en serio?
¡No pienso
decírselo!
—¿Por qué te sorprende tanto que quiera saber lo que vas
a hacer hoy?
—Me hace un mohín.
Me trago el bocado de tostada.
—Oh, por nada —doy otro mordisco—, si pensara que de
verdad te
interesa y que no lo preguntas para volver a chafarme el
día. —No puedo
decirlo con más sarcasmo.
—De verdad me interesa. —Parece dolido.
No cuela.
—Te veo en el Baroque a la una. Tengo que llamar a Kate
y avisarla
de que vas a fastidiarnos la comida de chicas.
—No le importará. Me quiere —dice con total confianza.
—Eso es porque le compraste a Margo Junior —le
recuerdo.
—No, es porque me lo dijo.
Es un engreído.
—¿Cuándo?
—Cuando salimos. —Me aparta el pelo de la cara—. La
noche en que
te enseñé a bailar. La noche en que pillaste aquel
superpedo.
—¿Superpedo? —pregunto con la boca llena.
—Borracha.
Me burlo.
—Seguro que Kate también estaba borracha.
Bueno, no tanto como yo, pero eso no era difícil. Aunque
iba bien
cocida, cosa que tampoco importa. Kate no le diría a
nadie que le gusta si
no fuera verdad, y mucho menos que lo quiere, ni
siquiera cuando es en
plan cariñoso.
—Y no sólo aquella vez. —Mete el dedo en el tarro y me
lo pone
delante de las narices. Hago una mueca de asco y él se
ríe antes de
llevárselo a la boca.
—¿Más veces? —pregunto sin darle importancia mientras
muerdo mi
tostada. Lo está haciendo a propósito.
—En La Mansión —lo suelta como si el hecho de que Kate
estuviera
en La Mansión fuera lo más natural del mundo.
La mandíbula me llega a la encimera de mármol. Recuerdo
que Kate
fue allí el sábado por la noche y que ese día llamaron a
Tom para que
acudiera allí. Tuvo que ser entonces. Kate no entró en
detalles cuando le
pregunté. Lo gracioso es lo que dijo y que no quiso
explicarme mejor. Sin
duda, no iba a insistir después de cómo reaccionó a mi
interrogatorio.
—¿Qué estaba haciendo Kate en La Mansión? —Intento
decirlo con
naturalidad pero, a juzgar por la cara que pone, me ha
salido fatal.
Sonríe.
—No es asunto tuyo. —Salta del taburete y tira el tarro
vacío a la
basura—. Tengo que pirarme.
—¿Pirarte?
—Sí, largarme..., irme..., salir zumbando. —Me guiña el
ojo y me
derrito en el taburete. Está de buen humor, juguetón y
bromista. Lo quiero.
El Tom relajado empieza a ser un habitual últimamente.
—He decidido que no es buena idea que vengas a comer. No
quiero
que Kate piense que somos como lapas —suelto de pronto.
Me vuelvo y
sigo comiéndome mi tostada con toda la indiferencia que
soy capaz de
fingir. No obstante, me cuesta, porque mi hombre está
gruñendo y
erizándose detrás de mí.
Me coge y grito cuando me da la vuelta y me empotra
contra la pared.
Me aplasta con su delicioso cuerpo y yo todavía tengo la
tostada en la
mano. Sus ojos me dicen que no sabe si lo he dicho en
serio, y me siento...
casi culpable.
Sé lo que me espera.
Lucho por ocultar la sonrisa que baila en las comisuras
de mi boca. Se
apoya en mí y levanta las caderas para que pueda sentir
toda su caricia en
mi sexo. Gimo, pícara, de pura satisfacción.
—No lo has dicho en serio.
Desliza la mano por mi vientre, hacia el punto en el que
se unen mis
muslos.
—Muy en serio —lo reto, y doy un respingo cuando
introduce el
pulgar en mi zona sensible. Dios, nunca voy a cansarme
de él.
—Voy a ser muy rápido —musita mientras continúa
follándome con
el dedo. Suspiro y saboreo sus caricias expertas—. No
juegues conmigo,
______.
Retira la mano y se aparta.
«¡¿Qué?!»
Quiero agarrarlo y volver a meter su mano donde debería
estar. ¿A
qué demonios juega? Le lanzo una mirada como diciendo
«¿De qué coño
vas?», y se ríe a gusto.
—Ya llego tarde porque quería asegurarme de que comías
algo. Si
llego a saber que te iba a dar por jugar conmigo, te
habría follado primero
y luego te habría dado de comer.
Se acerca y me restriega las caderas, siempre a punto
para el amor, y
jadea en mi oído:
—A la una en punto. —Le da un mordisco a mi tostada—. Te
quiero,
señorita.
Me mira más arrogante que nunca.
—No es verdad —le suelto—. Si me quisieras, no me
abandonarías a
medio camino del orgasmo.
—¡Oye! —me grita. Parece enfadado—. No dudes nunca de lo
mucho
que te quiero. Eso me cabrea muchísimo.
Intento poner cara de que lo siento pero, con las ganas
que tenía de
correrme, me cuesta mucho convencer a mi cerebro para
que haga nada.
Sólo quiere obligar a Tom a terminar lo que ha empezado.
Sé que se ha
puesto cachondo. ¿Cómo es que se va sin más?
—Que pases un buen día —añade; su mirada se suaviza y me
besa en
la mejilla—. Te echaré de menos con locura, nena.
Eso ya lo sé. Pero sólo quedan seis horas hasta la hora
de comer.
Sobrevivirá.
Una vez arreglada, bajo por el ascensor y taconeo por el
vestíbulo
mientras busco las gafas de sol en el bolso.
—Buenos días, _____ —dice Clive al pasar.
—Buenos días —respondo, me pongo las gafas y saludo a la
luz del
sol. Me paro de repente al ver a John apoyado en su
Range Rover.
¿Va en serio?
Se levanta las gafas de sol y se encoge de hombros.
Menos mal, a él
también le parece ridículo. Pero hoy necesito mi coche
para poder recoger
las cosas de casa de Matt después del trabajo.
—John, puedo ir yo sola al trabajo. —Lo cierto es que
estoy un poco
harta.
—No creo que puedas, muchacha —dice arrastrando las
palabras. ¿De
qué habla?—. Están lavando tu coche. —Se encoge de
hombros otra vez y
se sienta detrás del volante.
Me vuelvo y compruebo que hay un ejército de personas
limpiándome
el coche.
Por el amor de Dios. Saco las llaves del bolso y veo que
faltan las del
Mini. Don Controlador va a tener que explicarme qué hacía
hurgando en el
bolso de una mujer (y, ya de paso, por qué me toquetea
el móvil). Es de
muy mala educación. ¿Por qué nunca me pide mi opinión?
Es una lata.
Llamaré a Kate. Ella me llevará. Marco su número.
—¡Nena! —responde, contenta.
—Oye, ¿podrías llevarme a casa de Matt cuando salga de
trabajar para
que pueda recoger mis cosas? —Se lo pido todo lo de
prisa que puedo.
—Claro.
—Genial. Te veo a la hora de comer. Por cierto, Tom
también viene.
Cuelgo y me siento al lado de John. Lleva su modelito
habitual: traje
negro y camisa negra. ¿Cuántos trajes negros tendrá?
—¿Crees que está siendo poco razonable y difícil?
—pregunto con
naturalidad mientras bajo el espejo para poder ponerme
el brillo de labios.
—Sí, muchacha —dice con su forma de hablar de siempre—.
Pero,
como ya te he dicho, sólo es así contigo.
Dejo caer la mano en el regazo y miro a John, que, como
siempre, está
tamborileando con los dedos sobre el volante.
—¿Y en el trabajo no se comporta como un lunático?
—No.
Frunzo el ceño.
—¿Es simpático?
—Sí.
Suspiro con toda el alma para que John sepa que quiero
una respuesta
más larga.
—¿Por qué?
Me mira y me deslumbra con sus dientes blancos. Veo el
brillo de su
diente de oro.
—Muchacha, no seas demasiado dura con ese hijo de perra.
Nunca le
había importado nadie hasta que llegaste tú.
Me reclino en mi asiento y escucho cómo John comienza a
tararear al
ritmo del tamborileo de sus dedos. Es imposible que a Tom
nunca le haya
importado nadie. Tiene treinta y siete años.
—¿Cuántos años tiene? —pregunto, sonriente.
Me gano otra sonrisa de John.
—Treinta y siete. Pero tú eso ya lo sabías, ¿no?
«¡Ay, no!»
Me muero de la vergüenza en el acto y me pongo colorada
como un
tomate. Había olvidado que hubo que rescatar a Tom, y me
apuesto a que
John se deleitó la vista. Me echo a reír para mis
adentros al pensar en la
escena que debió de encontrarse: un dormitorio con un
dios esposado a la
cama, un vibrador adornado con diamantes, mi conjunto de
ropa interior de
encaje por el suelo y a dicho dios haciendo agujeros en
la pared con el
vibrador. Me apuesto a que debió de parecerle de lo más
divertido, y que
Tom le explicó cómo y por qué había terminado esposado a
la cama.
Mi vergüenza no conoce límites.
Pasamos el resto del trayecto en silencio, salvo por el
tararear de
John. Soy incapaz de mirarlo. Me deja en Berkeley Square
y corro a la
oficina para deshacerme de mi incomodidad. Me despido de
él con un
gesto de la mano. ¿Cómo voy a volver a mirarlo a la
cara?
De camino a mi mesa veo a Sally ordenando un armario.
Parece que
está al borde del suicidio. La blusa de poliéster de
cuello alto ha vuelto y el
pintaúñas rojo ha desaparecido. Ha pasado lo que me
temía. Los hombres
son unos cabrones. Decido no mencionarlo, no creo que le
haga gracia.
—Buenos días, Sally —digo tratando de no parecer
excesivamente
feliz. Me ofrece una tímida sonrisa antes de volver a
sus tareas. Me da
pena—. ¿Dónde está todo el mundo?
Se encoge de hombros. Está fatal. Me resigno a cerrar el
pico y me
pongo a trabajar.
La mañana resulta muy productiva. Cierro unas cuantas
cuentas y me
pongo al día respecto a mis clientes actuales. A las
doce y cuarenta y cinco,
salgo a comer.
Entro en el bar y encuentro a Kate sentada a nuestra
mesa de siempre.
Me lanza una mirada de enfado cuando me acerco.
—Tus modales por teléfono dejan mucho que desear.
He sido un poco brusca esta mañana, pero ha sido porque
estaba tan
ocupada lidiando con mi hombre imposible que no he
podido cuidar las
formas.
—Perdona. —Me siento, y lo primero que veo enfrente de
mí es una
enorme copa de vino—. ¡Joder, Kate! ¡Llévatela de aquí!
—La pongo en su
lado de la mesa.
Ella me lanza cuchillos con la mirada.
—Pensé que la necesitabas.
Y la necesito, pero Tom llegará pronto. ¿Qué pensaría si
me
encontrara tomando vino? Sería muy cruel y desconsiderado
por mi parte.
Intento retirar también la copa de Kate, que se lanza a
por ella.
—Kate, llegará en seguida.
—¡Oye! ¡Deja esa copa donde estaba! —me ordena, muy
seria—.
Tom no es mi novio.
No me puedo creer que se comporte así. Qué poco considerada.
Se
niega a dejar la copa y la miro mal mientras la suelto.
Ella la coge y bebe
un buen sorbo mirándome fijamente.
—¡Zorra!
Kate sonríe por encima de la copa. Cojo la mía y me la
bebo de un
trago. Ella suelta una carcajada. Dios, qué maravilla.
Hace casi dos
semanas que no bebo, todo un récord para mí. Dejo
escapar un suspiro
largo y satisfecho.
—La necesitabas. —Kate confirma lo evidente.
—Sí, y probablemente necesite otra. —El sentimiento de
culpa me
invade. Soy débil.
Inspecciono el bar antes de correr a la barra para dejar
mi copa vacía.
Me siento como una delincuente juvenil.
—Ah, y no le digas a Tom que lo quieres, que se vuelve
muy creído
—gimo al volver a sentarme.
Kate se parte de la risa.
—¿Te recojo en tu oficina a las seis?
Sí, vamos a zanjar esta conversación antes de que él
llegue.
—¿Te viene bien? —Sé que sí pero, después de que me haya
reñido
por mis modales al teléfono, creo que es bueno que sea
educada.
—Claro. ¿Has hablado con Matt?
—Sí, me estará esperando, pero Tom no lo sabe y no
quiero que se
entere —le advierto.
Kate arquea las cejas pero no dice nada.
—Me lo echaría a perder. —Me encojo de hombros.
Creo que el vino se me ha subido a la cabeza. Estoy
atontada.
—¿Qué tal Georg?
—Llegará pronto. Pensé que, ya que esta mañana me has
dicho que
Tom se nos unía, podía preguntarle a Georg si le
apetecía venir. —Lo dice
como si Tom fuera la única razón por la que ha invitado
a Georg. Como si
no la conociera.
—Oye, ¿tú sabes qué ha pasado entre Victoria y Gustav?
—pregunto
con curiosidad. Seguro que Kate sabe algo.
Le brillan los ojos.
—¡No te lo vas a creer!
—¿Qué pasa? —Me acerco más a ella, emocionada ante la
perspectiva
de escuchar un buen chisme.
—Gustav la llevó a La Mansión. ¡Y a la muy puritana no
le gustó! —
Kate está encantada, pero a mí me entra el pánico.
Victoria se ha enterado de la existencia de La Mansión;
¿sabrá quién
es el dueño? ¿Se lo habrá contado todo Gustav? ¿Habrá
sumado dos y dos?
Ay, Dios, espero que no. La chica no es una lumbrera,
pero si lo ha
averiguado sin duda se lo habrá dicho a Ken. Esto se
está complicando
mucho. Aunque Ken no me ha comentado nada y, con un
descubrimiento
tan jugoso como ése, no creo que pudiera resistirse.
Quizá la pobre es
tonta. Eso espero, porque lo último que necesito es a
Ken y a Victoria
metiéndose en mis asuntos y cuchicheando en la oficina.
—¿Qué te apetece comer? —La pregunta de Kate me saca de
mis
cavilaciones.
—Un sándwich de beicon, lechuga y tomate con pan
integral.
—¿Y para Tom?
Frunzo el ceño. No tengo ni idea. Ni siquiera sé cuál es
su plato
favorito.
—Pregunta si tienen mantequilla de cacahuete —digo
encogiéndome
de hombros.
—¿Mantequilla de cacahuete? —Pone cara de asco. Amén,
amiga—.
Mira, por ahí vienen. —Kate señala hacia la puerta con
el vaso y me vuelvo para mirar.
Suspiro de admiración, igual que Kate cuando ve a Georg.
Gustav es el
último en llegar. Sé muy bien que Kate está disimulando
lo que siente por
Georg.
Tom me da un beso en la mejilla y luego acerca una silla
de otra mesa
para poder sentarse a mi lado, con la mano sobre mi
rodilla. El calor de su
mano asciende por mi pierna y me da de lleno entre los
muslos. No ayuda
nada cuando empieza a hacerme caricias y a darme
pequeños apretones.
—Me has quitado las llaves del coche. —Lo miro enfadada.
—¿Todo el mundo bien? —Ignora mi acusación y empieza a
trazar
círculos con el pulgar en el interior de mi muslo. Está
sonriente. Sabe
perfectamente lo que me está haciendo.
Intento apartar la pierna pero no lo consiente. Me lanza
una pequeña
mirada de advertencia y me da un apretón extra. Es su
forma de decir:
cuando quiera y donde quiera.
—Yo, muy bien —sonríe Kate. Sí, está de maravilla ahora
que ha
llegado Georg—. Voy a pedir, ¿qué queréis tomar? —dice
poniéndose en
pie.
Los chicos le dicen lo que quieren para comer y ella
desaparece en
dirección a la barra dejándome sola con las fieras.
Tom se acerca a mí.
—Has bebido.
Me pongo tensa.
—Ha sido un accidente.
—No me importa que te tomes una si estoy contigo, ______.
—Se vuelve
hacia los hombres. ¿Que no le importa? Niego con la
cabeza.
Observo con alegría cómo Tom actúa con total normalidad
con Gustav
y con Georg. Hablan de deportes, casi todos de riesgo, y
se comportan como
hombres normales y corrientes. Éste es el Tom tranquilo
y relajado. Se ríe
con ellos, le brillan los ojos y mantiene la mano en mi
muslo. Sonrío. Es
un placer verlo así. Me guiña un ojo y quiero sentarme a
horcajadas sobre
él y comérmelo a besos.
—¿Cómo está Victoria? —le pregunta Kate a Gustav
mientras vuelve a
sentarse a la mesa. Todos lo miramos a él. Cómo disfruta
Kate liándola.
—No preguntes —replica él, y le da un trago a su
botellín de cerveza.
Nadie más se pone nervioso por todo el alcohol que hay
sobre la mesa.
¿Acaso yo lo estoy enfocando mal?
—Es una chica muy dulce pero tiene que animarse un poco
—añade.
Retrocedo en mi taburete. Ese comentario ha sido un poco
duro, más
aún después de haberla llevado a La Mansión. No puede
despreciarla por
ser un poco escéptica.
—¿Por qué la invitaste a ir? —Formulo la pregunta antes
de que mi
cerebro haya podido detenerme. ¿No es evidente? Tom me
lanza una
mirada de desaprobación y me pongo como un tomate.
Gustav se encoge de hombros.
—Porque soy así y me gusta ese sitio.
—Amén —dice Georg alzando su botellín.
Abro unos ojos como platos al ver lo directo que es Georg
pese a la
presencia de Kate; luego noto que mi amiga se pone algo
tensa. La miro,
inquisitiva, pero ella finge no haberme visto y responde
al brindis de Georg
con su copa de vino. Él le sonríe y los ojos aún se me
abren más. ¡Kate ha
estado follando en La Mansión!
«¡La madre que me parió!»
—Además —prosigue Gustav—, tengo que aprovechar al
máximo. A
partir de los treinta y cinco, todo es cuesta abajo, el
culo se te pone flácido
y te salen tetas. Buscaré una mujer que me ame por mi
personalidad y no
por mi cuerpo cuando lo necesite.
Observo que Tom se pone tenso a mi lado, aunque no me
mira. Tiene
treinta y siete años, pero sin duda no tiene el culo
flácido ni le han salido
tetas. Cruzo las piernas para que me apriete el muslo
con más fuerza. Miro
con el rabillo del ojo y veo que su boca es una fina
línea recta.
—Sólo me quedan nueve años, más me vale disfrutarlos
—dice Kate
con una sonrisa sardónica.
La mandíbula me llega al suelo. No puedo creer lo que
acaba de
soltar. Tengo la boca y los ojos totalmente abiertos. Me
quedo corta si digo
que estoy a cuadros. Estoy sentada a la mesa en un bar
normal, en un
Londres normal, con gente normal, y todos están hablando
de La Mansión
como si fuera lo más normal del mundo. No, no son gente
normal. ¿Cómo
iban a serlo? Estos tres hombres han estado picoteando y
ahora han
arrastrado también a Kate al lado oscuro. Necesito más
vino. ¿Qué coño
está pasando?
—Con nosotras la edad es mucho más cruel —dice Kate
blandiendo
su copa de vino.
Georg le guiña el ojo, cosa que confirma mi teoría de
que ha estado
follando allí. Quiero sacarla de aquí y exigirle una
explicación. No estoy
segura de que sea bueno, a pesar de que Kate insiste en
que sólo se está
divirtiendo. Sé que está fingiendo.
—¿Eso es lo que te ha pasado a ti, Tom? —pregunto antes
de beber
un sorbo de mi vaso de agua.
Me sube la mano por el muslo y cierro las piernas con
fuerza.
—No —responde volviéndose hacia mí—. ¿Acaso crees que mi
cuerpo deja algo que desear? —Me arquea una ceja
expectante.
Es la pregunta más estúpida del mundo.
—Ya sabes que no.
Sonríe.
—¿Sigo siendo tu dios?
Me sonrojo y le lanzo una mirada asesina al mismo
tiempo.
—Eres un dios arrogante —murmuro.
Me coge de la nuca con la mano, me acerca a él y me da
un beso en la
boca de los de caerse de culo. A pesar de que estamos en
público, lo dejo
hacer. Como siempre, mi mente se queda en blanco y el
mundo desaparece.
Sólo existen Tom y su poder sobre todo mi ser. Me
engulle, me atrapa, me
posee...
Cuando por fin me suelta, miro a los demás, muy
avergonzada por mi
demostración de afecto sin tapujos. Me encuentro con un
coro de
expresiones de asco ante nuestra cursilería, y alguien
se lleva los dedos a la
boca como si fuera a vomitar. Es Tom. Lo miro, sonríe y
me rodea con sus
brazos.
—Sois lo peor —sentencia Kate—. Aquí está la comida, así
que se
acabaron las cursilerías.
Georg se le acerca y la besa en la mejilla.
—¿Te sientes desatendida?
Ella lo aparta y el camarero nos sirve la comida.
—¡No!
Todo el mundo se abalanza sobre su plato, incluido Tom,
y charlamos
y nos reímos mientras comemos. No se me pasa por alto
que de vez en
cuando Georg y Gustav lanzan miraditas afectuosas hacia
nuestro lado de la
mesa. Empiezo a pensar en cómo ha reaccionado Tom al
comentario de
Gustav. Eso que ha dicho de que a partir de los treinta
y cinco todo es cuesta
abajo es una exageración. Mi hombre tiene un cuerpo para
comérselo. De
repente me viene a la cabeza la imagen de Tom
picoteando. ¿Y si ha
dejado de picotear y salir conmigo es un mal sustituto?
Se ha retirado, por
así decirlo. Me siento como una mierda. Su mano sana me
acaricia el
muslo mientras coge su sándwich con la mano lastimada.
Tiene mucho
mejor aspecto. Los cardenales casi han desaparecido,
pero las muescas
rojas de las muñecas siguen ahí, y parecen gritarme:
«¡Mira!».
Le echo un vistazo a Tom cuando me roza con la rodilla y
me
encuentro con su mirada inquisitiva. Se ha dado cuenta
de que estaba
pensando en su mano, absorta en mis cosas. Seguro que
puede leerme la
mente. Meneo la cabeza y sonrío, pero dudo que eso haga
que deje de
preocuparse por mis ensoñaciones.
—Será mejor que vuelva al trabajo —digo, apenada. Ha
sido
agradable disfrutar de una comida medio normal (en fin,
todo lo normal
que puede ser cuando comes con el dueño de un club de
sexo superpijo y
dos de sus socios).
—Te acompaño. —Tom deja lo que queda de su sándwich de
beicon,
lechuga y queso en su plato y se levanta.
—Si mi oficina está a dos minutos, a la vuelta de la
esquina —digo
con tono de cansancio. Dejo de poner pegas cuando me
lanza una de sus
miraditas. En vez de discutir con él, me despido de
todos y le doy a Kate el
dinero para pagar mi comida y la de Tom.
Me lo devuelve.
—Tom ya ha pagado la cuenta —dice.
¿En serio? Tom está demasiado ocupado estrechando las
manos de
los chicos como para notar que lo estoy mirando con cara
de reproche. Nos
encaminamos a la salida del bar.
—¡Eh! —grita Kate de pronto—. ¿Noche de copas y chicas
el sábado?
Me vuelvo con cara de no saber a qué juega. No parece
percatarse de
mi reacción. No, está demasiado ocupada viendo cómo
reacciona Tom
ante la idea. Lo miro: parece incómodo. ¡Kate! ¿Cómo se
te ocurre sugerir
una cosa tan estúpida? Georg y Gustav tampoco pierden
punto. Están
esperando la respuesta de Tom.
—Mejor la semana que viene —respondo con toda la calma
de la que
soy capaz.
—Puedes ir —me dice Tom por detrás.
¿Puedo ir? ¿Qué significa eso de que puedo ir?
—No, mañana tenemos el aniversario de La Mansión. Estaré
hecha
polvo. En el fondo quiero ir, pero me va a prohibir que
beba, el muy
controlador. No es que beba hasta caer redonda todo el
tiempo, y la última
vez que lo hice fue por su culpa. Además, tengo tantas
cosas que contarle a
Kate, y ella a mí, por lo que he podido ver. Durante la
comida sólo hemos
cubierto los titulares.
—Oye, te ha dicho que le parece bien —protesta Kate.
—Hablamos luego. —Quiero terminar la conversación.
Espero que
capte la idea y cierre el pico.
—Vale, claro. —Me guiña el ojo—. Hasta luego.
Me gustaría matarla con el bolso pero noto que Tom tira
de mí y me
impide llevar a cabo mis planes. Me conformo con
lanzarle otra mirada
asesina antes de dar media vuelta y dejar que él me
saque del bar.
Llegamos a Piccadilly y nos tropezamos con todo el
gentío que ha
salido a comer. Hay algo de tensión entre nosotros. Me
suelta la mano y
me pasa el brazo por los hombros para tenerme más cerca.
Cuando llegamos a Berkeley Street, me detengo para poder
verle bien
la cara.
—Si salgo, no podré beber, ¿verdad?
—No.
Pongo los ojos en blanco y sigo andando.
—Podrás beber el viernes. —Me alcanza y vuelve a pasarme
el brazo
por los hombros.
Claro, podré tomarme una copa el viernes porque él
estará allí para
velar por mí. El problema es que no me siento cómoda
bebiendo delante de
él. No me parece bien, y más sabiendo que tiene un
pequeño problema con
el alcohol.
—¿Harás que los porteros me espíen? —gruño.
—No les pido que te espíen, _____. Les pido que te echen
un ojo.
—Y que te llamen si no sigo las reglas —contraataco, y
me gano unas
cosquillas.
—No —dice, cortante—, y llámame si estás tirada y
revolcándote por
el suelo del bar con el vestido enrollado en la cintura.
Lo miro mal. Vale, sí, estaba tirada en el suelo del
bar, pero no me
estaba revolcando y tampoco estaba cocida. No aquella
vez. Fue Kate la
que me tiró al suelo consigo. En cuanto al vestido, en fin,
ése es un asunto
trivial que un hombre neurótico hizo jirones. Podría
salir, tomarme un par
de copas de vino, ponerme algo aceptable y no rodar por
el suelo. Así el
portero no declararía la alerta roja. Quizá podría
quedarme en casa de Kate
para no restregárselo. Me río para mis adentros por lo
ambicioso de mi
plan. Lo cierto es que nunca permitirá que me quede en
casa de Kate.
Le dejo que me mantenga pegada a él de camino a mi
oficina.
—Ahora vas a tener que soltarme —le digo cuando ya
estamos muy
cerca. Podríamos tropezarnos con Patrick, y no le he
mencionado el tipo de
comida de negocios que he tenido con el señor Kaulitz.
Esto me va a costar
sangre, sudor y lágrimas.
—No —gruñe.
—¿Qué planes tienes para el resto del día? —Esto es lo
que de verdad
me interesa.
Por favor, que diga que tiene un montón de asuntos con
los que
entretenerse para que yo pueda ir a casa de Matt y
recoger mis cosas sin
tener que engañarlo y mentirle. Ocultar información no
es lo mismo que
mentir.
Me pone morritos.
—Pensar en ti.
Eso no me hace sentir mejor.
—Volveré a tu casa en cuanto termine de trabajar —digo,
y me doy
cuenta al instante de que acabo de mentirle. Hago acopio
de todas mis
fuerzas para no tocarme el pelo.
—¡Nuestra casa! —me corrige—. ¿A qué hora?
—A las seis, más o menos. —«Hora más, hora menos», me
digo a mí
misma.
—Te encanta esa muletilla, ¿no? Más o menos... —Me mira
y creo
que me está escudriñando. Es imposible que sepa lo que
estoy tramando.
Sólo lo sabe Kate.
—Más o menos —respondo, y me apoyo en él para darle un
beso.
Me coge, me echa hacia atrás sobre su brazo con un gesto
ridículo y
teatral y me besa hasta dejarme sin aliento en pleno
Berkeley Square. La
gente trata de no chocar contra nosotros y nos grita
alguna impertinencia.
Que les den.
—Joder. Te quiero, te quiero, te quiero —dice contra mi
boca.
Sonrío.
—Lo sé.
Vuelve a erguirme y entierra la cara en mi cuello para
mordisquearme
la oreja.
—No me canso de ti. Voy a llevarte a casa.
Lo sé, siempre me lo dice, y me entran ganas de no
volver a la oficina
e irme con él. No tengo mucho trabajo, y no hay nada que
no pueda
esperar. Me encanta cuando está de este humor,
exigencias y órdenes
aparte. Mi móvil empieza a cantar y me saca de mi estado
de rebeldía. Lo
pesco del bolso con Tom enganchado a mi cuello. Cuando
lo saco, lo
levanto por encima de su cabeza para ver quién es.
Suelto un gruñido. ¿Por
qué tiene que llamarme Mikael precisamente ahora?
Tom debe de notar mi fastidio, porque deja mi cuello y
me mira con
curiosidad.
—¿Quién es?
—Nadie, un cliente. —Meto el móvil en el bolso de nuevo.
Ya lo
llamaré—. Te veo en tu casa —digo, y echo a andar pero
él me agarra por
la muñeca.
—¡Nuestra casa, _____! ¿Quién era? —Su repentino cambio
de humor
me pilla con la guardia baja.
—Mikael —digo entre dientes—. Sólo es un cliente —añado
para
enfatizar el papel que Mikael desempeña en mi vida.
Es posible que no pueda curar esa parte de Tom: es muy
celoso y
demasiado posesivo. Tiro de la muñeca para soltarme y
recorro los pocos
metros que quedan hasta la oficina dejándolo a él en la
acera. ¿Y me dice a
mí que si he visto al monstruo de ojos marrones?
El móvil suena de nuevo y lo cojo al entrar en la
oficina.
—Hola, Mikael.
—______, llamo para confirmar nuestra cita del lunes.
—Su voz suave
baila en mis oídos. Puede que Tom lo vea como una
amenaza, pero no lo
es, aunque la verdad es que tiene una voz muy sensual—.
¿Te va bien a las
doce?
Me dejo caer en mi silla y la pongo de cara a la mesa.
Me quedo
horrorizada al ver que tengo a Tom delante, bufando como
un toro bravo.
Parece furioso. Recorro el despacho con la mirada y veo
a Ken y a
Victoria en sus respectivos puestos de trabajo, sin
perderse un detalle y sin
disimular su curiosidad. Entonces veo a Patrick en su
oficina pero, gracias
a Dios, está absorto con lo que sea que muestra su
pantalla de ordenador y
no parece haber visto a Tom.
—¿_____?
Con el drama que tengo entre manos, se me olvida que
estoy en plena
conversación telefónica por temas de trabajo.
—Perdona, Mikael. —Miro a Tom con cara de no entender
qué hace
aquí, pero pasa de mí y sigue actuando como una fiera al
acecho, sin tener
en cuenta dónde estamos ni que tenemos espectadores—.
Sí, perfecto —
intento sonar segura y profesional. Fracaso a lo grande:
sueno nerviosa y
atacada.
—¿Estás bien? —Su pregunta me desmorona. Está claro que
se nota
que no estoy bien.
—Sí, bien, gracias.
—Estupendo. ¿Rompiste tu regla?
El corazón deja de latirme.
—¿Disculpa? —me sale un poco agudo debido a la falta de
oxígeno.
—Con Tom Kaulitz. Es un cliente, ¿no es así?
No sé qué decir. No, no era un cliente, no cuando estaba
trabajando en
el Lusso, pero no soy tan tonta como para decírselo.
Mikael sabe que
supuestamente estoy trabajando para Tom. Supuestamente.
Todavía no he
vuelto a La Mansión, y Tom no me ha presionado para que
lo haga.
—Sí. —Es la única palabra que me sale.
—¿Cuánto hace que sales con él?
Se me hiela la sangre en las venas y busco la respuesta
correcta en mi
cerebro.
—Un mes, más o menos —tartamudeo por teléfono. ¿Por qué
me
pregunta estas cosas?
—Hummm, qué interesante —responde.
La sangre se me hiela aún más. ¿Por qué le parece tan
interesante?
Tengo la mirada fija en los ojos marrones del hombre por
el que daría la vida
y tengo a otro hombre al otro lado de la línea
telefónica que parece tener
algo que decirme, algo que va a hacer que salga
despedida y con el culo
chamuscado del séptimo cielo de Tom, aunque no es que
esté allí en este
preciso instante.
—¿Por qué? —sueno muy nerviosa. Normal, es que estoy muy
nerviosa. ¿Qué es lo que sabe?
—Ya hablaremos durante nuestra reunión.
—Vale —digo simplemente, y cuelgo. Eso ha sido de muy
mala
educación, pero no sabía qué otra cosa decir o hacer.
Tom está sentado sobre mi mesa y parece que quiere
arrancarme la
cabeza de cuajo, pero ¿por qué? Hay que joderse. En
cinco minutos he
pasado de estar retozando en la acera a un duelo de
titanes.
Nos miramos fijamente un rato. Veo de reojo a Ken y a
Victoria, que
parece que se han quedado a presenciar el espectáculo.
Para ser justos, es
imposible no verlo. Tom no es fácil de ignorar y, aunque
no estuvieran
mirando, seguirían con las antenas puestas, pendientes
del hombre
taciturno que emana hostilidad sobre mi mesa. Su
atrevimiento casi, casi,
roza la valentía.
Me centro en Tom pero no quiero mover ficha primero por
miedo a
que estalle y Patrick acuda a averiguar a qué se debe la
conmoción. No
obstante, tampoco puedo quedarme aquí sentada mirándolo
todo el día.
—Estoy trabajando —digo, firme y tensa. Ni siquiera yo
misma me
creo mi falsa calma. Tom parece estar a punto de explotar
de la rabia.
—¿Quién era? —inquiere señalando mi teléfono con un
gesto de la
cabeza.
—Ya sabes quién era —digo dejando el móvil sobre la
mesa. ¿Mi
forma de hablar con Mikael tiene algo que ver con todo
esto? Mikael sabe
algo, y Tom sabe que lo sabe. Hasta ahí llego.
—No vas a volver a verlo —dice entre dientes, alto y
claro.
Vale, ahora sí que estoy muy preocupada.
—¿Por qué?
Ni siquiera me molesto en señalar que Mikael es un
cliente. Ya lo
sabe y, a juzgar por su expresión, le da exactamente igual.
—Porque no. No te lo estoy pidiendo, _____. En esto, vas
a hacer lo que
yo te diga. —Empieza a morderse el puto labio, temblando
de rabia.
No puedo ponerme a discutir ahora, no en mi lugar de
trabajo.
Tampoco puedo renunciar al contrato de Vida. Estoy jodida,
muy, muy
jodida. Nunca había necesitado tanto una copa.
—Te veo en el Lusso —digo en voz baja.
—Hasta entonces. —Da media vuelta y desaparece.
Me hundo en mi silla y respiro. La vida con Tom es una
puñetera
montaña rusa, y ahora que se ha ido me voy a pasar el
resto de la tarde
preocupada por él. Todo son incertidumbres, pero hay una
cosa que tengo
muy clara: no voy a volver al Lusso esta noche. Necesito
tiempo para
pensar y aclararme las ideas antes de que me caiga más
mierda encima.
Cuando por fin me da una respuesta, aparecen veinte
interrogantes más.
—Por favor, qué sexy está ese hombre cuando se enfada
—comenta
Ken—. ¿Has ido a La Mansión últimamente, cielo?
—pregunta bajándose
las gafas, y de inmediato sé que Victoria no es tan
tonta como parece.
Ella suelta una risita nerviosa, la primera en dos días.
Quiero protestar
y acusarla de ser una mojigata y luego decirle a Ken que
se busque un
asistente de compras. Pero eso sería muy infantil, y no
creo que pudiera
morderme la lengua y dejarlo estar. Estoy a punto de
explotar de tanta
frustración y tanto estrés, y pobre el que me haga
reventar porque le espera
una buena. Por suerte para Ken y Victoria, Patrick les
salva el culo antes
de que se me vaya la pinza y les suelte cuatro verdades.
—Flor —dice sentándose en el borde de mi mesa, que
suelta su
habitual crujido de protesta; yo hago la mueca de
siempre y Patrick hace
caso omiso, como todos los días—, me ha llamado Mikael
Van Der Haus:
quiere que hagas un viaje de documentación a Suecia.
Joder. Ésa no me la esperaba.
Después de haber conseguido el contrato para decorar el
Lusso, el
socio de Mikael pidió que todo fuera italiano y
auténtico, así que me
enviaron a Italia para que me documentara y buscara
proveedores. Mikael
ha dejado muy claro que quiere materiales sostenibles en
Vida, pero no me
imaginaba esto.
La complejidad de su propuesta es como un puñetazo en el
estómago.
El hecho de que el viaje sea por el proyecto de Mikael
va a enviar a Tom a
la tumba y, a juzgar por lo ocurrido, es probable que yo
también acabe bajo
tierra.
—¿Es del todo necesario?
«Por favor, di que no. Por favor, por favor.»
—Del todo. Mikael ha insistido mucho. Buscaré vuelos.
—Se levanta
con un crujido de mi mesa y regresa a su despacho.
¿Mikael ha insistido? Estoy en apuros. No voy a poder ir
a Suecia,
Tom no me va a dejar. ¿Qué voy a hacer? Quedarme sin
trabajo... Me dan
sudores fríos.
—¿Café, _____? —Sally aparece con la misma cara de pena
de esta
mañana. Lo que necesito desesperadamente es vino.
—No, gracias, Sally.
Ken y Victoria ya no están espiando. Mejor. Así puedo
pasarme el
resto de la tarde preocupándome por mis dramones en paz.
De repente
desearía no tener que ir a recoger mis cosas después del
trabajo. Ver a Matt
es lo último que me apetece hacer.
—Aquí tienes, flor. Información de vuelos. Dime cuál te
va mejor. —
Mi jefe me pasa el horario de los vuelos y me lo echo al
bolso. Ya lo
pensaré más tarde.
Patrick me deja en paz y finalmente hago un leve intento
de ponerme
a
trabajar.
HOLA!!! AQUI ESTA EL NUEVO CAPITULO ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO PRONTO ... AQUI LES DEJO EL LINK DE LA NUEVA NOVELA ... http://marido-infiel-tom.blogspot.mx/ ESPERO Y LA LEAN ... BUENO ADIOS Y Q ESTEN BIEN :))
Sigueeeeeeee
ResponderBorrarMikael sabe algo! Y Tom.no quiere que se entere!!
ResponderBorrarSiguelaa prontoo. Ya te sigoo!
Esta bunisimaa!
Que sabrá Mikael de (Tn?? y xq Tom no querrá que ella se entere?? me dejaste intrigada virgi no se vale jejeje, ya comente en tu nueva historia esta genial me encanto, espero el próximo cap!!!
ResponderBorrarSube pronto *.*
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