CAPITULO
9.-
Avanzo por el vestíbulo y veo que Clive está cepillando
el cuello de su
uniforme sobre el mostrador de mármol. Lo está dejando
reluciente.
—Buenos días —digo.
—Buenos días, ____ —responde la mar de contento.
Le devuelvo el saludo con una sonrisa exagerada.
—Clive, no podrías dejarme ver los vídeos de las cámaras
de
seguridad del domingo, ¿verdad?
—¡No! —exclama. De repente está muy ocupado tecleando a
toda
velocidad.
Le clavo una mirada de sospecha pero él no levanta la
vista del
ordenador. Esto es increíble. Tom se me ha adelantado.
Sabía que se los
iba a pedir a Clive.
—¿Ha hablado Tom contigo?
—No. —Niega con la cabeza y sigue sin querer mirarme.
—Claro que no —suspiro, doy media vuelta y salgo del
vestíbulo. El
señor es muy astuto y yo tengo la mosca detrás de la
oreja.
—¡_____! —Clive corre detrás de mí—. Han llamado de
mantenimiento. Ya han hecho el pedido de la puerta pero,
como la tienen
que enviar desde Italia, tardará en llegar. —Camina a mi
lado.
—Deberías llamar a Tom y comunicárselo a él. —Sigo
andando y él
no se separa de mí.
—Ya lo hice, _____, y el señor Kaulitz me dijo que tengo
que consultar
contigo todo lo que esté relacionado con el ático.
Freno en seco. ¿Que ha dicho qué?
—¿Perdona? —sueno confundida.
Clive parece nervioso.
—El señor Kaulitz... me dijo... eh... que ahora vivías
aquí y que tenía
que informarte de cualquier cosa relacionada con el
ático.
—Ah, ¿eso te ha dicho? —Aprieto los dientes. No debería
tener ese
tono de amenaza, no es culpa de Clive—. Hazme un favor,
Clive.
Telefonea al señor Kaulitz y dile que yo no vivo aquí.
Clive me mira como si acabara de decirle que tiene dos
cabezas. Estoy
que echo humo. Utiliza un polvo de entrar en razón,
seguido de un polvo de
recordatorio, para hacer que me mude aquí, y ¿ahora
espera que me
convierta en su chacha? Ni por todos los polvos de
entrar en razón y los
polvos de recordatorio juntos.
—Por supuesto, _____... Ahora mismo... lo hago.
—Estupendo —exploto, y salgo del edificio.
Me paro y busco las gafas de sol y las llaves del coche
en el bolso,
hecha una furia. ¿Cómo se atreve? Bufo para mis adentros
hasta que
encuentro las gafas. Me las pongo y Angel de
Massive Attack empieza a
resonar en mis oídos.
—¡No! —grito.
Ahora todavía estoy más cabreada. Sabe cómo me siento
respecto a
esa canción. Cojo el teléfono para aceptar la llamada.
—¡Deja de toquetear mi teléfono!
—¡No! ¡Me recuerda a ti! —grita—. ¿Qué coño quiere decir
eso de
que no vives aquí?
—¡Que no soy tu puta chacha! —le devuelvo el grito.
—¡Cuidado con esa puta boca!
—¡Que te jodan! —Soy como una camionera.
—¡Esa boca!
Estoy en la puerta del Lusso, echando humo. Si cree que
voy a ser una
ama de casa diligente y obediente, va listo. ¡El muy
ladino! Levanto la
vista y veo a John apoyado en su Range Rover. Lleva las
gafas de siempre
puestas pero puedo ver que tiene arqueada una ceja. Esto
le parece la mar
de divertido.
—¿Qué hace John aquí? —le espeto.
—¿Ya estás más tranquila?
—¡Contéstame! —le grito.
—¿Con quién coño te crees que estás hablando?
—¡Contigo! ¿Me estás escuchando? ¿Por qué está aquí
John?
—Para llevarte al trabajo.
—No necesito un chófer, Tom —suavizo un poco mi tono.
Qué poco
digno de mí, gritar y maldecir como una hooligan borracha,
delante de uno
de los complejos residenciales más nuevos y prestigiosos
de Londres.
John sonríe. Esto es nuevo. Nunca lo había visto dar
señales de tener
sentido del humor.
—Estaba por el barrio y pensé que sería más cómodo que
pasarte una
hora intentando aparcar. —Él también ha suavizado el
tono.
—Bueno, pues al menos podrías contarme las cosas que van
a pasar y
que tienen que ver conmigo —le escupo por teléfono, y
cuelgo.
«¡Cerdo controlador!»
Me dirijo hacia John y el móvil empieza a sonar por el
camino otra
vez. Voy a cambiar esa dichosa melodía. Le enseño la
pantalla a John
cuando paso junto a él y vuelve a sonreír.
—Dime, amor —bromeo con bastante osadía. Me estoy
cavando mi
propia tumba, lo sé, pero ahora mismo no puede tocarme,
así que no hay
peligro de que intente echarme un polvo para ponerme en
mi sitio.
—No te pongas sarcástica, _____, no te pega.
Me monto en el Range Rover y me abrocho el cinturón de
seguridad.
—Te gustará saber que voy hacia la oficina con John.
—Miro a este
último y él asiente—. ¿Quieres que te lo confirme?
—pregunto—. John,
saluda. —Le pongo el móvil delante de las narices.
—Todo bien, Tom —dice despacio. Sonríe de verdad y veo
un diente
de oro. Se lo está pasando pipa.
Me pego el móvil de nuevo a la oreja.
—¿Contento?
—¡Mucho! —exclama—. ¿Alguna vez has oído hablar de un
polvo de
represalia?
Sólo de oírlo me dan escalofríos. Miro a John, que sigue
sonriendo.
—No. ¿Me vas a hacer una demostración? —pregunto con
calma.
—Si tienes suerte. Te veo en casa —dice, y cuelga.
Dejo el móvil en el bolso. Hay espirales de anticipación
dando vueltas
en mi entrepierna. Me ha hecho correr dieciséis
kilómetros, me ha servido
mi café favorito, me ha follado hasta hacerme perder el
sentido, me ha
hecho promesas guarras por teléfono y ni siquiera he
llegado aún a la
oficina. Por si fuera poco, me está distrayendo de un
montón de
pensamientos desconcertantes. Se está guardando algo,
otra vez, y no me
puedo creer que le haya dicho al conserje que ahora yo
soy la señora de la
casa. En el futuro, necesito evitar los polvos de entrar
en razón, y también
necesito pensar cómo voy a abordar ese pequeño asunto.
Es demasiado
pronto para que me vaya a vivir con él.
Miro a la bestia parda que tengo sentada a mi lado.
—¿De verdad estabas por el barrio?
John deja de emitir su zumbido característico.
—¿Tú qué crees?
Justo lo que me imaginaba.
—¿Qué edad tiene Tom? —pregunto como si nada. No tengo
la
menor idea de por qué he elegido un tono casual. Es
ridículo que no sepa
qué edad tiene.
—Treinta y dos —contesta con rostro inexpresivo.
¿Treinta y dos? Ésa es la edad que dijo Tom anoche que
tenía. Miro a
John, que vuelve a emitir su ruidito característico. ¡No
me lo creo! Tom se
lo ha dicho.
—No tiene treinta y dos años, ¿a que no?
John vuelve a sonreír y a mostrar su diente de oro.
—Dijo que me lo preguntarías.
Meneo la cabeza. En eso voy perdiendo. Así que, como a
John le caigo
bien y parece estar de buen humor, decido que puedo
abordar otros asuntos.
—¿Siempre ha tenido un carácter tan difícil?
—Sólo contigo, muchacha. En realidad, se lo toma todo
con bastante
calma.
¿Que se lo toma todo con calma? Espera, que me río.
Recuerdo que
Georg dijo lo mismo y que John mencionó que yo había
sacado a la luz
algunas cualidades bastante desagradables en Tom. Me río
para mis
adentros. Tom también ha sacado a la luz cualidades feas
en mí. Suelto
más tacos que un camionero.
—Es evidente que saco lo peor de él —gruño.
—No seas tan dura con él, muchacha. —John intenta
quitarle
importancia.
—¿Quieres vivir con él y con su forma imposible de ser?
—pregunto,
exasperada.
—Entonces ¿te has mudado a su casa? —Sus cejas aparecen
por
encima de las gafas de sol y se vuelve hacia mí. No me
había dado cuenta
de lo que acabo de decir. Espero que John no llegue a la
misma conclusión
que Sarah: que voy detrás del dinero de Tom.
De pronto siento la necesidad de defenderme.
—Me lo pidió y prácticamente me obligó a decir que sí.
—No le voy a
contar los detalles de cómo lo hizo—. Pero no estoy muy
segura. Es un
poco pronto. De eso iba nuestro pequeño intercambio. No le
gusta que le
digan que no. —Sacudo el teléfono delante de John.
«¡Su dinero me importa una mierda pinchada en un palo!»
Las comisuras de los labios de John dibujan una sonrisa
y empieza a
asentir, pensativo.
—Es muy particular contigo.
Suelto una carcajada de asentimiento y niego con la
cabeza, pensativa.
Es muy particular conmigo. Da miedo.
—¿Cuánto hace que lo conoces? —La ocasión la pintan
calva. Podría
cerrar el pico y no volver a hablar.
—Demasiado tiempo —se ríe, y es una risa profunda, desde
las tripas,
y le salen papadas nuevas cuando su cuello se retrae. Me
pregunto cuántos
años tendrá. Es el puto misterio de las edades. Debe de
estar a punto de
cumplir los cincuenta.
—Apuesto a que has visto de todo en La Mansión
—farfullo.
Tengo más clara la labor de John desde que sé que el
lugar no es un
hotel ni el cuartel general de la mafia. No me gustaría
cabrear a la montaña
que tengo sentada a mi lado, tamborileando con las manos
en el volante.
Hace que incluso eso parezca un gesto amenazador.
—Forma parte de mi trabajo —responde tan tranquilo.
Ah, lo que me recuerda:
—¿Por qué fue el otro día la policía?
John me mira con un semblante casi de amenaza y me
achico un poco.
—Un idiota que hacía el tonto. No hay por qué
preocuparse, muchacha
—dice, y vuelve a centrarse en la carretera.
No estaba preocupada, pero ahora sí lo estoy. John acaba
de darme
exactamente la misma explicación de mierda que me dio Tom,
y el hecho
de que me haya dicho que no me preocupe me preocupa.
¿Qué está pasando
aquí?
Información. Necesito algo de información.
Me deja en mi oficina y se despide de mí con una
inclinación de la
cabeza.
—¡Buenos días, ____! —Sally está contenta.
Ah, sí. Se me había olvidado que Sally se ha
transformado. Lleva
puesta la misma camiseta que ayer, sólo que de otro
color. La de hoy es
roja. Me gusta la Sally chispeante. Espero que no le
rompan el corazón.
—Hola, Sally, ¿qué tal estás?
—Muy bien, gracias por preguntar. ¿Te apetece un café?
—Sí, por favor.
—¡Marchando! —Me lanza una sonrisa adorable y se va a la
cocina.
Caigo en la cuenta de que lleva las uñas pintadas. Eso
también es una
novedad, y no es beige ni transparente. ¡Es rojo
carmesí! Debe de estar
preparándose para su cita.
Enciendo el ordenador, me pongo con unos presupuestos y
preparo un
montón de facturas para Sally. Abro el correo y veo que
tengo la bandeja
repleta de mensajes, casi todos son basura, así que
empiezo a borrarlos.
A las diez y media se abre la puerta de la oficina.
Cuando levanto la
vista no me sorprende en absoluto ver un abanico de
calas en los brazos de
la chica del Lusso. Sabía que iba a hacer caso omiso de
lo que le pedí. Pone
los ojos en blanco y me encojo de hombros a modo de
disculpa. Tras el
intercambio de flores y firmas, busco la tarjeta.
¿TIENES GANAS DEL POLVO
DE REPRESALIA?
TU DIOS.
BSS.
Sonrío y le mando un mensaje. Me había prometido no
contactar con
él después de cómo me ha distraído esta mañana, pero ese
plan ya se ha ido
a la porra, con lo de ser su chacha y la aparición del
grandullón de John.
Además, tengo muchas ganas de echar ese polvo de
represalia.
Sí, y sé que tú
también. Bss, tu ____.
Me pongo a currar. No hay nadie en la oficina excepto
Sal. Es mi
oportunidad para sacar un montón de trabajo adelante.
Cruzo la calle a la
hora de la comida para comprar un bagel y
comérmelo delante del
ordenador. Mi móvil me indica que tengo un mensaje en
cuanto aterrizo en
la silla.
Me gusta tu frase de
despedida. No la olvides. Siempre lo serás. Te veo en casa, a las siete... más
o menos. Bss, T.
Estoy en el séptimo cielo de Tom. Decido llamar a Kate
mientras me
tomo un descanso para comer.
—¡Hola, hola! —canturrea por el teléfono.
¿Por qué está tan contenta? Ay, Dios, espero que no haya
vuelto a ir a
La Mansión. No voy a preguntárselo. Prefiero no saberlo.
—Hola, ¿te encuentras bien?
—¡Todo bien! ¿Cómo está el novio favorito de mi amiga?
—Se echa a
reír.
—Está bien —contesto secamente. Sólo lo quiere tanto
porque le
compró a Margo Junior.
—Oye, estoy de camino a Brighton para entregar una
tarta.
¿Comemos juntas el jueves? Mañana tengo un día de locos.
Debo ponerme
al día en el trabajo.
—Te han estado distrayendo, ¿no, pillina?
—¡Diversión! —me suelta—. ¿Comemos juntas o no?
—Vale —contesto. Eso de que esté tan sensible me tiene
muy
mosqueada—. El jueves a la una en el Baroque —confirmo.
—¡Perfecto! —Y cuelga.
¡Rayos! Creo que le he tocado la fibra sensible.
¡Diversión, y un
cuerno! Está dándome evasivas y quitándole importancia.
Quiero saber qué
está pasando, pero me prometo no volver a preguntar en
el futuro. ¿Qué se
trae entre manos?
Se abre la puerta de la oficina y entra Ken.
—¡Ken, tenemos que hablar sobre tu indumentaria!
Se mira la camisa de vestir verde esmeralda y la corbata
rosa fucsia.
Los colores que no casan son una ofensa terrible en el
mundo de Ken.
—Fabulosa, ¿verdad? —Se acaricia la corbata.
Pues no. De hecho, es bastante desagradable. Sé que, si
estuviera
buscando un diseñador de interiores y Ken apareciera en
mi puerta, se la
cerraría en las narices.
—¿Dónde está Victoria? —pregunto.
—Tenía una visita en Kensington. —Lanza su mariconera
sobre su
mesa, se quita las gafas y se las limpia con la corbata.
—¿Has averiguado qué salió mal? —insisto.
—¡No! —Se deja caer en su silla—. Se pasó el día triste
y cabizbaja.
—Se inclina hacia adelante y recorre la oficina con la vista—.
Oye, ¿qué
crees que le pasa a nuestra Sal?
Vaya, se ha dado cuenta. La verdad es que es difícil no
notarlo.
—Tuvo una cita —susurro en voz bastante alta.
Se pone las gafas con un gesto dramático que sugiere que
necesita
verme bien la cara, dada la gravedad de la noticia. Es
absurdo. Ken se las
pone sólo porque es un adicto a la moda y para parecer
profesional.
¿Profesional? Debería tirar a la basura esa camisa y
también la corbata. Me
están deslumbrando.
—¡No! —Se queda con la boca abierta.
—¡Sí! Y esta noche tendrá la segunda cita —asiento.
Abre unos ojos como platos.
—¿Te imaginas lo aburrido que debe de ser él?
Retrocedo. De pronto me siento muy culpable por entablar
esta clase
de conversación con él.
—No seas capullo, Ken —lo riño.
Sally cruza la oficina y dejamos de cotillear en el
acto. Ken levanta
las cejas y sonríe mientras la sigue con la mirada hasta
la fotocopiadora. Si
lo tuviera a tiro, le patearía el culo.
Se vuelve hacia mí y ve la expresión de desaprobación en
mi rostro.
Levanta las manos.
—¿Qué? —susurra.
Meneo la cabeza y vuelvo a centrarme en mi ordenador,
pero la
tranquilidad dura poco.
—Así que —oigo que dice Ken desde su mesa— me ha dicho
Victoria que te has ido a vivir con el señor Kaulitz.
Mi cara es de absoluta sorpresa cuando levanto la vista
del ordenador
y lo veo hojeando un catálogo como si nada. ¿Cómo se ha
enterado? Está
claro... Gustav. Victoria y él salieron juntos el
viernes por la noche, pero
¿qué ha ocurrido desde entonces para que ella esté de
tan mal humor? No
quiero tener esta conversación. A Ken le pirra el drama,
y mi vida es todo
un drama en este momento.
—No me he ido a vivir con él, y necesito que guardes
silencio, Ken.
Sigo borrando correos basura. Pero él no pilla la
indirecta.
—Debe de ser chulo, vivir en el ático de diez millones
de libras que tú
misma has diseñado —farfulla pensativo mientras pasa
páginas.
—Chitón. —Le lanzo una mirada asesina cuando levanta la
vista del
catálogo que ni siquiera está leyendo. Esta vez sí que
capta la indirecta y se
pone a trabajar.
No sé cómo contárselo a Patrick. El caso es que no pinta
nada bien:
estoy saliendo con un cliente. Lo último que necesito es
que Ken lo
proclame a los cuatro vientos.
Me centro en mi ordenador y termino de vaciar la bandeja
de entrada
de correos basura antes de empezar a preparar los plazos
de los pagos de la
señora Quinn junto con algunas ideas para los diseños.
Son las cinco de la tarde y estoy dándole golpecitos a
la mesa con el
bolígrafo, sumida en mis pensamientos, y se me ocurre
una idea fantástica.
¡Dios mío, soy genial! Salto de la silla y recojo los
dibujos y las
carpetas que hay sobre mi escritorio. Cojo mi bolso, las
flores, y me dirijo
a la salida.
—He terminado. ¡Hasta mañana, chicos! —me despido
mientras salgo
a todo gas por la puerta de la oficina.
Tengo media hora. Puedo hacerlo. Cojo el metro hacia mi
estación de
destino.
Corro hacia el Lusso desde la parada de metro. Necesito
estar duchada
y lista antes de que Tom vuelva a casa. Evito toda
conversación con Clive
y salto al ascensor, jadeante de tanto correr. Mi pobre
cuerpo lleva una
buena paliza hoy.
Entro en el dormitorio, tiro las flores y el bolso sobre
la cómoda y
desempaqueto mis compras. Las guardo en el arcón de
madera y me meto
en la ducha, con ganas de prepararme para la noche que
me espera. Voy
con mucho cuidado para no mojarme el pelo. Me lavo con
frenesí los
restos de la jornada y me afeito las piernas, aunque no
con tanto frenesí.
Salgo de la ducha y cojo una toalla.
Me vuelvo y me doy de bruces con unos pectorales duros,
desnudos y
familiares.
«¡Mierda!»
—¿Te he cogido por sorpresa? —dice en voz baja y
amenazadora.
Levanto la vista despacio y veo que entorna sus ojos marrones
en
una expresión muy seria. El Tom dominante ha llegado y
me ha fastidiado
los planes.
—Un poco —reconozco.
—Me lo imaginaba. Tenemos un pequeño asunto pendiente y
vamos a
resolverlo ahora mismo.
Me quedo petrificada en el sitio, goteando y agarrada a
la toalla.
Que me haya pillado así me destripa todos los planes,
pero mi
decepción no evita la punzada de placer que sale
disparada desde lo más
profundo de mi vientre hasta mi entrepierna. Su figura
esbelta y
amenazadora, junto con su respiración profunda, me dice
que no estoy en
posición de protestar. Pero no puedo contenerme.
—¿Y si digo que no? —susurro. Ni muerta le diría que no.
Es un farol,
y es probable que él lo sepa.
—No lo harás.
Está tan seguro de sí mismo que mi corazón empieza a
bombear la
sangre en mis venas aún más rápido.
—Puede que sí. —Ni de coña, y la vocecita con la que lo
he dicho lo
confirma.
Se pega a mí. La cabeza caliente y resbaladiza de su
erección explora
mi bajo vientre y yo doy un respingo. En sus ojos arden
oscuras promesas
mientras espero a que haga el siguiente movimiento. Los
músculos de mi
vagina se convulsionan por la anticipación.
—No te andes con jueguecitos, _____. Ambos sabemos que
nunca vas a
decirme que no. —Recorre mi brazo con la punta del dedo,
sigue por mi
hombro y mi cuello hasta llegar al hueco que hay debajo
de la oreja.
Cierro los ojos. Ya me tiene. Otra vez.
—¿Crees en el destino, _____? —Su voz es suave como la
seda pero
segura y seria.
Abro los ojos y frunzo el ceño. ¿Qué trama ahora? Nunca
he pensado
que las cosas sucedan por una razón. ¿A dónde quiere
llegar?
—No —contesto con sinceridad.
—Yo sí. —Me coge el coño con la mano y su tacto ardiente
hace que
me tense aún más—. Creo que tú estás destinada a estar
aquí conmigo, por
eso, que fueras a decirle al conserje que no vives aquí
me... jode... vivo. —
Enfatiza las últimas tres palabras, que suenan altas y claras.
Vaya, me había hecho creer que habíamos hecho las paces
enviándome flores. ¿Así que sigue enfadado por lo de
esta mañana?
Me coge el pezón con el pulgar y el dedo anular de la
otra mano.
Empieza a retorcerlo y a alargarlo y se endurece más
aún. Cierro los ojos.
Dos oleadas de placer me parten por la mitad.
Lentamente, me penetra con
dos dedos.
—¡Ah, Dios! —gimo echando la cabeza atrás. La toalla se
ha quedado
en los hombros de Tom.
Aprovecha que tiene acceso a mi cuello y me besa en el
centro, una
caricia firme y húmeda que llega hasta mi barbilla. Sus
dedos siguen
deslizándose en amplios y torturadores círculos por mi
interior,
estirándome. Me está preparando para él.
—Voy a follarte hasta hacerte gritar, _____. —Su voz
ronca me
enloquece todavía más. Estoy segura de que me hará
gritar. Parece estar
muy enfadado, aunque no sé si debo tener miedo o no. ¿No
bastaría con un
polvo de recordatorio para solucionar este pequeño
asunto?
Tira de mi barbilla para poder tenerme cara a cara. Él
posee el control
pero está frenético. No sé cómo tomármelo. En la única
cosa en la que
parezco poder concentrarme es en el fuego incontrolado
que se extiende
por mi cuerpo y que arrasa entre mis muslos con golpes
fuertes y
decididos.
—Ponte de rodillas a los pies de la cama, de cara a la
cabecera.
Obedezco de inmediato. Voy a la cama, me arrodillo y me
siento
sobre los talones.
¿Qué habrá planeado?
Noto su pecho en mi espalda, me coge las manos y las
abre, luego las
lleva a mis pechos y con las palmas traza círculos sobre
mis pezones, de
forma que apenas rozan la punta. Echo el pecho hacia
adelante con tal de
aumentar el contacto, pero él aparta un poco más mis
manos. Protesto con
un grito incongruente.
Acerca la boca a mi oído.
—¿Confías en mí?
La pregunta me pilla por sorpresa. Pues claro que sí.
Más que en
nadie.
—Te confiaría mi vida —confirmo.
Él ruge en señal de aprobación.
—¿Te han esposado alguna vez, _____?
«¿Qué?»
Antes de que haya podido procesar lo que está pasando,
me lleva las
manos a la espalda y cierra unas esposas alrededor de
mis muñecas. ¿De
dónde coño han salido? Intento mover los brazos y oigo
el sonido del metal
tirante.
—No muevas los brazos, _____ —me reprende, y deja mis
manos en lo
alto de mi trasero.
«¡Por el amor de Dios!»
En mi vida he soltado tantos tacos para mis adentros.
¡Esto es tan
inesperado que ha mandado a paseo mi polvo de la verdad!
Tom nunca
antes había usado juguetes. Quiero y no quiero parar
esto, pero no parezco
capaz de articular las palabras.
Me quedo quieta y hago todo lo que puedo para relajar
los brazos
mientras me pregunto si ya habrá hecho esto mismo antes.
Me río a
carcajadas para mis adentros. Pues claro que lo ha
hecho, que tonta. ¿Cómo
es que no lo vi venir?
Se introduce en mí.
—Buena chica —dice al tiempo que me quita las horquillas
del pelo y
peina mis largas ondas con sus dedos, dejándolas caer
sobre mi espalda
desnuda.
Me estremezco tratando de controlar mi respiración
irregular. Mi
corazón late a toda velocidad en mi pecho y nada va a
bajarme las
pulsaciones. Estoy en territorio desconocido. Nunca,
jamás, me he
permitido considerar la posibilidad de dejarme maniatar
y quedar a merced
de un hombre. Es toda una ironía. Con o sin esposas,
estoy a merced de
Tom. Arrastra la punta del dedo por mi columna
vertebral, hasta mi culo, y
luego entre las nalgas. Ah, demonio, ¿era eso lo que
buscabas? La última
vez lo disfruté pero no estaba esposada.
Me rodea el vientre con un brazo y con el otro me sujeta
por la
espalda.
—Abajo —dice con dulzura apoyando mi cuerpo sobre el
colchón.
Tengo la cara pegada a las sábanas de los pies de la
cama y Tom está
detrás de mí. Me siento completamente expuesta y
vulnerable.
—¿Sabes lo increíble que estás así? —Lo dice con un tono
mayúsculo
de aprobación.
Lo creo, pero paso de comprobarlo por mí misma. Esto no
es para mí,
pero tampoco puedo detenerlo.
—No voy a metértela por el culo. —Me da un beso en la
parte baja de
la espalda y entonces noto su polla, dura como una
piedra, contra mi piel
húmeda y sensible. Qué alivio. No creo que hubiera
podido con eso y con
las esposas a la vez.
Y entonces empieza a presionar contra mi coño.
Me agarra con fuerza de las caderas y doy un respingo.
—No te muevas —masculla con la mandíbula apretada.
Me obligo a mantenerme inmóvil. Noto que entra en mí e
instintivamente me tenso alrededor de su deliciosa
invasión. Comienzo a
jadear. —¿La quieres toda? —Su voz es grave y tentadora.
No la reconozco,
pero estoy desesperada por una penetración total.
—Sí —respondo. Que Dios me ayude.
Retira su erección medio sumergida y yo gimo por haber
perdido la
sensación de plenitud. La necesito toda. Por impulso,
echo el culo atrás y
siento una estocada potente y un golpetazo de su mano en
mi nalga.
—¡Joder! —grito. La punzada se extiende por mi nalga y
mis
hombros se tensan contra la cama.
«Pero ¿qué coño...?»
Vuelve a penetrarme, pero esta vez sólo hasta la mitad.
—Esa boca —espeta—. ¡No te muevas!
Empiezo a jadear cuando el dolor se mezcla con la
deliciosa invasión
a medias.
—¡Tom! —suplico.
—Lo sé.
Desliza la palma de su mano por mi nalga y sale de
nuevo. Cierro los
ojos y aprieto los dientes, obligando a mi cuerpo a
seguir las instrucciones
de mi cerebro y a relajarse.
—No puedo hacerlo —lloriqueo contra el colchón mientras
tiro de las
esposas.
Es demasiado, y sin avisar. ¿O me había avisado? No lo
sé. Sé cómo
es y que es un animal en la cama, y eso me encanta, pero
también puede ser
romántico, dulce y cariñoso. ¿Esto qué es? ¿El siguiente
nivel?
—Sí que puedes, _____. Recuerda con quién estás.
—Embiste hacia
adelante, se mete en mí y me deja sin aire en los
pulmones.
Grito. Estoy ronca al instante.
Sale, lentamente, controlado.
—¿Qué te dije que iba a hacer, _____? —pregunta con un
gruñido
mientras me penetra con furia de nuevo.
No puedo hablar. No me queda aire en los pulmones, y él
se mete tan
adentro que mi cerebro ha entrado en cortocircuito. No
es capaz de ningún
proceso cognitivo y mucho menos de hablar.
Repite el movimiento que me ha dejado sin sentido.
—¡Contéstame! —ruge, y vuelve a darme un azote en el
culo.
—¡Gritar! ¡Dijiste que ibas a hacerme gritar! —Me
atraganto con las
palabras cuando vuelve a penetrarme.
—¿Estás gritando?
—¡Sí!
Ruge y vuelve a embestirme, una y otra vez, y otra, y
otra vez más, y
yo entro en órbita.
—¿Te gusta, nena?
¡Joder, sí! El escozor de los azotes y de su polla
incansable me han
llevado a un nuevo y desconocido nivel de placer.
—¡¿Dónde vives, _____?! —grita con otra estocada brutal.
Quiero llorar. Quiero llorar de sorpresa, llorar de
dolor, llorar de
felicidad... Llorar de placer puro y duro. Mi cerebro
está totalmente
colapsado y mi cuerpo se pregunta qué diablos está
pasando. No veo tres en
un burro y no sé ni cómo me llamo. Esto es una
salvajada, es intenso y
alucinante, pero otros pensamientos menos agradables
luchan por
imponerse y se abren camino en mi cerebro, que está
hecho papilla. ¿A
cuántas mujeres les habrá hecho esto? ¿Cuántas mujeres
habrán tenido el
placer de recibir un polvo de represalia? Me dan ganas
de vomitar.
—¡_____! ¿Dónde coño vives? —Entra y sale con cada
palabra.
Estoy mareada. Atontada por una felicidad completa,
total e intensa.
—¡Que no tenga que preguntártelo otra vez!
—¡Aquí! —grito—. ¡Vivo aquí!
—Que te quede claro, joder —dice, y vuelve a darme un
azote en el
culo para enfatizar las palabras.
Se aferra a mis caderas de nuevo y tira de ellas hacia
atrás con cada
dura embestida de castigo. Empiezan a saltar chispas. La
presión en mi
sexo va a detonar a lo bestia. Grito de placer y de
desesperación. Esto se
pasa tres pueblos de severo. Mañana no voy a poder
andar. ¿Acaso es parte
de su plan para retenerme en casa? Porque va a
funcionar.
La palma de su mano golpea con fuerza de nuevo mi culo y
el último
y doloroso azote me catapulta directamente al orgasmo
más fuerte y más
desgarrador que he tenido nunca. Grito... Muy fuerte.
Resuena en el
dormitorio. Un grito afónico, desesperado, electrizante
y satisfecho.
—¡Joder! —ruge Tom. Noto cómo se tensa y empieza a mover
las
caderas en círculos contra mi culo.
Gime.
Gimo.
Estoy temblando de pies a cabeza. Son temblores como
Dios manda,
sensacionales, ondulantes, incontrolables.
Una de mis muñecas queda libre de las esposas y estiro
el brazo por
encima de la cabeza cuando él se colapsa sobre mí y me
aplasta con su
peso. Sigue en mi interior, palpitando y agitándose
mientras mueve las
caderas en círculos, extrayendo hasta la última gota de
placer que hay en
mí.
La revelación me tiene perpleja. ¡Soy una guarra y me va
el sexo raro!
La combinación de dolor y placer me ha dejado K.O. y, a
pesar de mis
reservas, me alegro de no haberlo parado. Más allá de
cualquier duda, se ha
demostrado que nunca podré decirle que no.
Me pasa los brazos por encima de los míos y me cubre la
nuca de
pequeños besos mientras gime y sigue moviendo las
caderas, mucho más
despacio ahora.
—¿Amigos? —me susurra al oído mordiéndome el lóbulo. Su
voz
dulce y aterciopelada no tiene nada que ver con el
brutal señor del sexo al
que acabo de conocer.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunto.
Sigo estando sorprendida. He descubierto muchas de sus
habilidades
sexuales, pero ésta me ha dejado alucinada. No me puedo
creer que no lo
viera venir. Si eso hubiera sido un polvo de entrar en
razón, le habría dicho
a todo que sí, pero eso mejor me lo callo.
Arrastra el lóbulo de mi oreja entre sus dientes.
—Dime que estamos en paz.
—Estamos en paz —suspiro—. Dime por qué has hecho eso.
Me quita las esposas de la otra mano. Es un gran alivio.
Sale de mí,
me da la vuelta y sujeta mis muñecas a ambos lados de mi
cabeza. Lo
miro, esperando una respuesta, pero no parece que me la
vaya a dar.
¿Debería cerrar el pico?
Tarda en contestar.
—Me gusta oírte gritar —sonríe—. Y me gusta saber que
soy yo
quien te hace gritar.
¡Ja! Misión cumplida.
—Me he quedado afónica —gimoteo.
Me besa en los labios.
—¿Tienes hambre?
—No.
No tengo hambre, y tampoco voy a moverme de la cama. Ni
siquiera
son las ocho.
—Voy a traerte un vaso de agua y luego nos acurrucamos
un rato,
¿trato hecho? —pregunta acariciándome la nariz con la
suya.
—Trato hecho.
¿Acurrucarnos? ¿Está de broma? ¿Después de lo que
acabamos de
hacer? Este hombre es como la versión sexual de Jekyll y
Hyde.
Me besa en los labios antes de despegarse de mí. Me
arrastro por la
cama hacia la cabecera, me instalo boca abajo y me
deleito con su
fragancia, que impregna las sábanas. Estoy muerta y me
duele un poco el
culo. Si no estuviera tan tranquila y satisfecha, me
cabrearía mogollón
porque me ha ganado la partida. Él no lo sabe, pero
acaba de desbaratar
mis planes para la velada. Estoy demasiado cansada para
echarle un polvo
de la verdad.
Me vuelvo boca arriba, miro el techo y lucho por
librarme de los
pensamientos no deseados que asaltan mi mente exhausta.
¿Cuántas
mujeres? He optado por no querer saber la respuesta a
esa pregunta, la que
siempre aparece, sin invitación y sin sentido, en mi
cabeza. Pero la
curiosidad se hace cada vez más fuerte y más difícil de
ignorar. Si no
estuviera tan hecha polvo, le prestaría más atención a
esa idea, pero estoy
molida, así que cierro los ojos y mentalmente le doy las
gracias a Tom por
haberme dejado sin energía para satisfacer mi ataque de
curiosidad
absurda.
—Nena, ¿es que te he follado hasta dejarte inconsciente?
La cama se hunde y siento su cuerpo, duro y cálido,
junto a mí. Me
pongo de costado.
—¿Fresas? —Me pasa la fruta, fresca y carnosa, por el
labio inferior y
abro la boca para darle un mordisco—. ¿Está buena?
—Muy buena —digo con la boca llena de fresa madura. Esto
sí que
me apetece.
Empieza a mordisquearse el labio inferior. Ay, no. ¿En
qué estará
pensando? Mastico más despacio al ver que mira a un lado
y a otro.
Al final, lo suelta.
—No lo decías en serio, ¿verdad? ¿Cuando dijiste que no
vivías aquí?
Dejo de masticar y miro el rostro preocupado que tengo
delante. La
arruga de la frente aparece encima de sus cejas.
—Quieres que viva contigo pero ni siquiera me dices
cuántos años
tienes. —Levanto las cejas. No puede ser que no vea lo
raro que es eso. Y
hay otras muchas cosas, cosas que estoy intentando
ignorar con todas mis
fuerzas (aunque estoy fracasando miserablemente), pero
por ahora voy a
centrarme en ese detalle insignificante.
—¿Qué cambiaría mi edad? —pregunta metiéndose una fresa
en la
boca.
Meneo la cabeza y lo observo masticar.
—Bueno... —Trago—. ¿Qué les digo a mis padres cuando me
lo
pregunten? De hecho, ¿qué le digo a mi familia cuando me
pregunten cuál
es tu profesión?
¿Profesión? ¿Existe un nombre para lo que hace Tom?
Los engranajes se ponen en marcha. Se encoge de hombros
y me mete
otra fresa en la boca.
—Diles que soy el dueño de un hotel.
Acepto su ofrenda pero sigo hablando, no voy a rendirme
fácilmente.
—¿Y si quieren ir a ver tu hotel? —farfullo mientras
mastico.
—Pues que vengan a verlo —sonríe—. Tú pensabas que era
un hotel.
Le lanzo una mirada asesina.
—Porque hacías que un empleado me siguiera a todas
partes y me
encerrabas en tu despacho para que nadie pudiera hablar
conmigo. ¿Vas a
hacer lo mismo con mis padres?
—Se lo enseñaré un día de poca actividad —responde, tan
pancho.
¿Acaso ya lo había pensado? No me puedo creer que esté
hablando
sobre la posibilidad de presentárselo a mis padres. No
soy capaz ni de
imaginar lo que mis padres pensarían de Tom. Sí, puede
ser encantador,
pero se supone que yo soy joven y estoy soltera y libre
de ataduras después
de haber pasado siete años en dos relaciones de mierda,
y dudo mucho que
él consiga contener su manía de pasar por encima de todo
el mundo, por
mucho que sean mis padres.
—¿Y si quieren hospedarse en el hotel? —contraataco—.
Viven en
Newquay, así que se quedarán en un hotel si vienen de
visita.
Se echa a reír.
—¿Les reservo el salón comunitario?
Le pego un puñetazo en el estómago, cosa que sólo hace
que se ría a
carcajadas. Me molesta que mi planteamiento le haga
tanta gracia, pero
empiezo a ver fragmentos del Tom que se toma la vida con
calma, ese del
que me habla todo el mundo. Aunque la verdad, de momento
me cae fatal.
—Me alegro de que mis preocupaciones te hagan tanta
gracia, y
todavía no me has contestado a lo de tu edad. —Cojo una
fresa y me la
meto en la boca.
Se recupera del ataque de risa y me mira muy serio.
—_____, estás buscando cualquier excusa para
escabullirte. —Me pasa
el dedo por el labio inferior—. Si tus padres preguntan
cuántos años tengo,
invéntate la respuesta. Diles la edad que más te guste.
Si vienen de visita,
se quedarán aquí. Hay cuatro habitaciones más, todas con
baño. No te
resistas tanto. ¿Ya has terminado? —dice finalmente
levantando una ceja
expectante.
«Maldito seas, Tom Kaulitz.»
—¿Vas a pasar por encima de mis padres?
—Sólo si se interponen en mi camino —responde, muy
serio.
Me da un ataque en el acto. Mi madre no se corta a la
hora de expresar
su opinión, y mi padre, un gigante de buen corazón,
puede ponerse como
una fiera cuando se trata de sus hijos. No son buenas
noticias. Necesito
evitar que llegue el momento de presentarle a mis padres
todo el tiempo
que pueda. A ser posible, que no llegue nunca.
—¿Por qué fue la policía a La Mansión? —Es otra de las
cosas a las
que he estado dándoles vueltas en la cabeza.
Pone los ojos en blanco.
—Ya te lo he dicho, fue cosa de un idiota que hacía
tonterías.
—¿Qué clase de tonterías?
—_____, no tienes por qué preocuparte, y punto. —Me da
otra fresa y la
cojo de mala gana. Está intentando que deje de hacerle
preguntas a base de
mantenerme la boca llena.
Aunque eso no me detiene.
—¿Y qué hay de la mujer misteriosa?
—Sigue siendo un misterio —responde con brevedad y
astucia.
—Entonces ¿has hablado con Clive? —Ahora ya lo estoy
molestando.
—No, _____, no he tenido tiempo. —Está muy molesto. Sí
que le ha
preguntado a Clive, de hecho, le ha dicho que cierre el
pico. Yo también
necesito ser lista. Hablaré con los de seguridad. Le
lanzo una mirada
furibunda pero él prosigue—: ¿Cuándo te llevo de
compras?
«¿Qué?»
Ha visto mi cara de susto porque su expresión de enfado
desaparece al
instante.
—Te debo un vestido, y la fiesta de aniversario está al
caer. Pensé que
podríamos matar dos pájaros de un tiro.
—Tengo muchos vestidos —farfullo. Ir de compras con Tom
está a la
cabeza de mi lista de cosas que debo evitar. Saldría de
la tienda vestida
como un esquimal.
—¿Vas a llevarme hoy la contraria en todo, señorita? —Me
mira con
sus ojos marrones y yo le devuelvo la mirada de enfado,
pero estoy demasiado
cansada para discutir.
Me acurruco contra su pecho. Es un capullo arrogante y
difícil, pero
estoy enamorada de él hasta la médula y no hay nada que
pueda hacer al
respecto.
HOLA!!! ENSERIO DISCULPENME ... ANDO CON COSAS DE LA TESIS Y NO TENGO TIEMPO, EN VERDAD LO SIENTO ...APARTE DE QUE EN LA OTRA NOVE NO HABIA MAS QUE DOS COMENTARIOS POR ESO TAMBIEN NO SUBIA, PARA VER SI POR LO MENOS ALGUIEN LLENABA LOS TRES ... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA .. ADIOS :))
Guaooo Tom se puso intenso, me gusto que haya esposado a (Tn) jeje algo nuevo en el, tranquila virgi te entiendo, quien sera esa mujer misteriosa?? sera una amante de Tom?? que esconde Tom?? me muero x saber virgi me encanto espero los próximos caps!!!
ResponderBorrarSigueeeeeee
ResponderBorrarQue intenso tom ajajajajajaa
ResponderBorrarSube pronto. :)
Cuando será que la rayita domine a Tom!
ResponderBorrarSiguelaaa :)
Sube virgiii please!!!
ResponderBorrar