lunes, 18 de mayo de 2015

CAPITULOS 4 Y 5

CAPITULO 4.-
Examino el contenido del frigorífico. No puedo hacer nada con un bote de
nata montada, un frasco de crema de cacao y mantequilla de cacahuete.
Aunque Tom sí que podría hacer un montón de cosas, como un bocadillo
de ____. Sacudo la cabeza y la dejo caer sobre el hombro.
—No tienes nada en la nevera —le digo cuando se acerca por detrás y
coge el frasco de mantequilla de cacahuete.
Acuna el frasco con el brazo, desenrosca la tapa con la mano sana y lo
deja sobre la isleta de la cocina, antes de encaramarse sobre un taburete y
proceder a meter el dedo y lamerlo hasta dejarlo reluciente.
—Iré al supermercado —digo. Cierro la puerta de la nevera y me
dirijo hacia la escalera.
—Iré contigo.
—Vale. —Sigo caminando.
—Iré porque quiero —dice con tranquilidad.
Me detengo en seco.
—Vale.
—_____, ¿quieres mirarme? —Su tono es impaciente. No me gusta.
Me vuelvo para poder verlo, suplicándole en silencio que inicie la
conversación, pero él se limita a mirarme. Casi parece enfadado.
—Voy a vestirme.
Doy media vuelta de nuevo y lo dejo en la cocina.
Me ducho en el cuarto de baño del dormitorio de invitados y me
quedo de pie bajo el agua caliente durante una eternidad, como si pudiera
enjuagar todos mis problemas. Cuando por fin salgo de la ducha, revuelvo
entre mis maletas y descubro que Kate ha embutido un poco de todo en
ellas, literalmente. Me pongo un vestido azul aciano de los años cincuenta
con falda de vuelo y mis bailarinas de color crema antes de secarme el pelo
y recogérmelo con unas horquillas en la nuca. Un toque rápido de colorete
y de máscara de pestañas y he terminado.
Me miro al espejo, pero a pesar de mis intentos mi aspecto no ha
mejorado mucho. Tengo los ojos tan hundidos como los de Tom, y su
presencia no ha llenado el vacío que siento desde el domingo. Quizá lo he
entendido todo mal. Quizá lo mejor para mí sería marcharme, porque lo
que es seguro es que no me siento mejor por estar aquí. Suspiro al ver mi
reflejo, intentando sonsacarle alguna respuesta, pero sé que el único que
puede darme las respuestas que busco está sentado en la cocina,
hinchándose a mantequilla de cacahuete. Cojo el bolso y bajo.
Está dormido. Lo miro, sentado en el sofá, con una pierna en alto y la
palma de la mano reposando sobre el pecho. Tiene la boca ligeramente
entreabierta y sus pestañas parpadean. Lo dejo, me marcho a la cocina para
tomarme la píldora y aprovecho el tiempo para mandarle un mensaje a
Kate, para que sepa que todo va bien, aunque no sea cierto, y luego
telefoneo a mi hermano. Con todo lo que ha pasado, se me había olvidado
que en teoría iba a quedar hoy con él.
—¿_____?
—¡Dan! —Cómo me alegro de oír su voz—. ¿Dónde estás?
—Pues el hotel en el que hice la reserva me ha fallado, así que he
dormido en casa de Harvey —bromea.
Ignoro su pulla. Le da igual haber tenido que buscarse otro sitio donde
pasar la noche. Odiaba a Matt.
—¿Cómo están mamá y papá? —pregunto.
—Preocupados —contesta.
Sabía que iban a estarlo.
—No tienen por qué.
—Pues lo están. Y yo también. ¿Dónde estás?
«¡Mierda!»
¿Que dónde estoy? No puedo decirle dónde estoy exactamente, y con
quién. —En casa de Kate —miento.
No es que Dan vaya a hablar con ella o a visitarla para averiguar la
verdad. Además, mamá sabe que iba a estar en casa de Kate, y estoy segura
de que se lo habrá dicho. ¿Me está poniendo a prueba?
Se hace el silencio en la línea telefónica al mencionar el nombre de
Kate.
—Ya veo —dice poco después—. ¿Todavía?
Ay, el desapego en su voz. Hace años que no se ven, pero parece ser
que el tiempo no lo cura todo.
—Es temporal, Dan. Estoy buscando casa mientras hablamos.
En realidad, mientras hablamos estoy sentada en el ático del Lusso,
esperando a que el señor de La Mansión del Sexo —que tiene una jaqueca
de caballo y de quien estoy enamorada— se despierte para que pueda
llevarlo al hospital y le miren la mano (esa con la que atravesó una
ventanilla porque yo lo cabreé). Empiezo a dar vueltas alrededor de la
isleta de la cocina.
—¿Has hablado con el idiota de tu ex? —me pregunta. Se nota el
desprecio en su voz.
—No, pero he oído que ha estado en contacto con mamá y papá. Muy
considerado por su parte.
—Será capullo. Tenemos que hablar de eso. Mamá me ha contado su
charla con Matt. Sé que es una sabandija, pero mamá está preocupada, y no
ayudó que no vinieras a Newquay.
—Llamé —digo en mi defensa.
—Ya, y sé que no le has contado toda la verdad. ¿Qué hay de ese
hombre nuevo?
Me quedo petrificada. Buena pregunta.
—Dan, hay cosas que una no puede contarles a sus padres.
—Pero sí que se las puedes contar a tu hermano —asegura.
—¿Puedo? —le suelto. Lo dudo mucho. Mi hermano mayor acabaría
junto con mi padre en la sección de infartos. Ésa es la razón por la que no
fui a Newquay: el interrogatorio y la regañina. Tendré que hacerles frente
en algún momento, pero no ahora mismo. Nunca me he alegrado tanto de
que mis padres vivan tan lejos.
—Sí, puedes. Así que, ¿cuándo te veo? —me pregunta, un poco más
animado.
¿Quiere verme o sacarme información?
—¿Mañana? —digo, a ver si cuela.
—Creía que habíamos quedado hoy. —Parece muy decepcionado.
Yo también. De verdad que tengo ganas de verlo, pero a la vez no
quiero.
—Lo siento. Es que estoy mirando varios sitios de alquiler, y luego
tengo que terminar una pila de dibujos —vuelvo a mentir, pero es que no
podría reunir las fuerzas necesarias para parecer medianamente normal en
tan poco espacio de tiempo. Tal vez mañana ya haya conseguido salir del
agujero de la depresión y la incertidumbre. Lo dudo mucho pero, al menos,
tendré tiempo para intentarlo.
—Genial, pasaremos el día juntos —dice confirmando mis temores.
¿Un día entero eludiendo sus preguntas?
—Vale. Llámame por la mañana —le digo. Secretamente, espero que
salga de juerga con sus amigos esta noche y que tenga una resaca tan
tremenda que no pueda llamarme hasta tarde. Necesito tiempo.
—Hecho. Mañana nos vemos, peque. —Y cuelga.
Empiezo a pensar en cómo salir de ésa pero, después de una hora
dando vueltas por el ático, no se me ha ocurrido nada. No puedo evitarlo
eternamente.
Suena el timbre del portero automático. Respondo, es Clive.
—_____, el de mantenimiento va de camino para arreglar la puerta. Ah,
y ya está cambiada la luna del coche del señor Kaulitz.
—Gracias, Clive. —Cuelgo y me dirijo a la puerta.
Le abro a un señor mayor que ya está inspeccionando los daños.
—¿Una estampida de rinocerontes? —pregunta rascándose la cabeza.
—Algo así —murmuro.
—Puedo asegurarla de forma provisional, pero tendré que cambiarla.
Haré el pedido y la avisaré cuando llegue —dice mientras deposita su caja
de herramientas en el suelo.
—Gracias.
Lo dejo cincelando trozos de madera astillada del marco de la puerta
y, al volverme, me encuentro a Tom medio dormido, mirando hacia la
entrada con recelo.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
—Como tú no abrías, tu puerta principal se las tuvo que ver con John
—lo digo con sequedad.
Arquea las cejas pero luego parece preocupado.
—Debería llamarlo.
—¿Cómo te encuentras? —pregunto mientras le doy un repaso; veo
que está un poco más despabilado después de la siesta de una hora que se
ha pegado.
—Mejor. ¿Y tú?
—Bien. Iré a por el bolso. —Lo esquivo cuando paso junto a él y sigo
caminando.
Su mano vuela y me agarra del brazo.
—_____.
Freno en seco y espero que diga algo más, cualquier cosa que mejore
la situación, pero no consigo nada, sólo el calor de su mano firme en mi
brazo filtrándose por mi piel. Alzo la mirada hacia la suya y descubro que
me está observando, pero aun así no abre la boca.
Suspiro con fuerza y me libero de su mano, pero entonces recuerdo
que no tengo el coche aquí.
—Mierda —maldigo en voz baja.
—Vigila esa boca, _____. ¿Qué pasa?
—Que mi coche está en casa de Kate.
—Cogeremos el mío.
—No puedes conducir con una sola mano. —Me vuelvo para tenerlo
frente a frente. En su mejor día, su forma de conducir ya me da bastante
miedo.
—Lo sé. Conduce tú. —Me lanza las llaves del coche y siento una
ligera oleada de pánico. ¿Me deja conducir un coche que vale más de
ciento sesenta mil libras?
¡Madre de Dios!

—_____, conduces como miss Daisy. ¿Quieres acelerar de una vez? —
se queja Tom.
Le lanzo una mirada asesina que él ignora. El acelerador es muy
sensible y me siento minúscula detrás del volante. Me aterroriza arañarle
el coche.
—¡Cállate! —le suelto antes de hacer lo que me dice y avanzar
rugiendo por la carretera. Si atropello a alguien, será culpa suya.
—Así está mejor. —Me mira y sonríe—. Es más fácil de manejar si
dejas de ser tan cauta con su potencia.
La frase le va que ni pintada. Tiene razón, pero no voy a
reconocérselo. En vez de eso, voy a concentrarme en la carretera y en que
llegue al hospital de una pieza.

Después de tres horas en urgencias y una radiografía, el médico ha
confirmado que la mano de Tom no está rota pero que sí que ha sufrido
daños musculares.
—¿La ha tenido en reposo? —pregunta la enfermera—. Si la lesión se
produjo hace varios días, ya debería haber bajado la inflamación.
Tom me mira con cara de culpabilidad cuando la enfermera le venda
la mano.
—No —responde en voz baja.
No. Ha estado empinándose botellas de vodka con ella.
—Pues debería haber hecho reposo —lo riñe la mujer—. Y debería
mantenerla en alto.
Miro a Tom con las cejas enarcadas y él levanta la vista al techo
mientras la enfermera le pone el brazo en un cabestrillo antes de
mandarnos a casa. Cuando llegamos a la puerta del hospital, se quita el
cabestrillo y lo tira a la papelera.
—Pero ¿qué haces? —digo, alarmada, mientras él sale a la calle.
—No pienso llevar esa cosa.
—¡Claro que lo harás! —le grito sacando el cabestrillo de la papelera.
Me he quedado a cuadros. Ese hombre no tiene consideración alguna para
consigo mismo. Les ha dado una paliza a sus órganos internos a base de
litros y litros de vodka, ¿y ahora se niega a cooperar para que la mano se le
cure en condiciones?
Lo sigo pero él no se detiene hasta que llega al coche. Yo tengo las
llaves, aunque no pulso el botón del mando que abre la puerta. Nos
miramos desafiantes por encima del DBS.
—¿Abres el coche?
—No. No hasta que vuelvas a ponerte esto. —Levanto el cabestrillo
por encima de mi cabeza.
—Ya te lo he dicho, _____. No pienso ponérmelo.
Pongo los ojos en blanco antes de entornarlos y volver a mirarlo.
—¿Por qué? —le pregunto con sequedad. Tom el testarudo ha
regresado, y ése es un rasgo de su personalidad que no me alegra volver a
ver.
—No me hace falta.
—Sí que te la hace.
—No, no me la hace —se burla.
¡Por Dios bendito!
—¡Ponte el cabestrillo de una puta vez, Tom! —le grito por encima
del coche.
—¡Esa puta boca!
—¡Joder! —le espeto de mala manera.
Me mira con el ceño fruncido. ¿Qué imagen estaremos dando en
mitad del aparcamiento del hospital, gritándonos improperios el uno al
otro por encima del techo de un Aston Martin? Me da igual. A veces es un
cavernícola.
—¡Esa boca! —grita, y entonces se sorprende del volumen de su
propia voz y se lleva la mano lastimada a la cabeza—. ¡Joder!
Rompo a reír al verlo danzar en círculos, agitando la mano y
maldiciendo como un poseso. Así aprenderá. Eso, por ser un tonto
cabezota.
—¡Abre el puto coche, _____! —ruge.
Uy, qué enfadado está. Aprieto los labios para reprimir la risa.
—¿Qué tal la mano? —le pregunto con una risita que crece y se
convierte en una carcajada. No puedo contenerme. Qué bien sienta reír.
Cuando recupero la compostura, veo que me está mirando hecho una
furia por encima del coche.
—Abre —exige.
—Cabestrillo —le contesto, y se lo tiro por encima del techo.
Lo coge y lo lanza sobre el asfalto antes de volverse de nuevo hacia
mí y dirigirme una mirada asesina.
—A veces te comportas como un niño, Tom Kaulitz. No voy a abrir el
coche hasta que te pongas ese cabestrillo.
Veo cómo entorna los ojos sin dejar de mirarme y las comisuras de su
boca se elevan y forman una sonrisa disimulada.
—Tres —dice alto y claro.
La mandíbula me llega al suelo.
—¡No me vengas ahora con una cuenta atrás! —chillo sin poder
creérmelo.
—Dos... —Su tono es calmado y desenfadado, mientras que yo me he
quedado de piedra. Apoya los codos en el techo—. Uno.
—¡Que te den! —me burlo, manteniéndome firme. Yo sólo quiero que
se ponga el maldito cabestrillo por su bien. A mí me da igual, pero esto es
una cuestión de principios.
—Cero —termina de contar y empieza a desplazarse sigilosamente
hacia la parte delantera del coche, hacia mí, mientras yo, de forma
instintiva, voy hacia la parte de atrás. Se detiene y levanta las cejas—.
¿Qué estás haciendo? —me pregunta, y rodea el vehículo en dirección
contraria.
Conozco esa expresión, y sé que significa «Te la estás buscando». Sé
que no lo pensará dos veces a la hora de tirarme al suelo y torturarme hasta
que me someta a cualesquiera que sean sus exigencias por miedo a
hacerme pis encima. Aunque, ¿a qué voy a someterme exactamente?
—Nada —contesto, y me aseguro de mantenerme en el extremo
opuesto del coche. Podríamos pasarnos todo el día en este aparcamiento.
—Ven aquí. —Su voz tiene ese tono grave, ronco y familiar que amo.
Ha vuelto otra parte de él, pero me estoy distrayendo.
Niego con la cabeza.
—No.
Antes de que pueda anticipar su siguiente movimiento, arranca a
correr alrededor del coche y yo salgo pitando en dirección contraria
mientras dejo escapar un grito. La gente nos mira y yo corro entre los otros
coches aparcados como una loca, antes de derrapar y detenerme en la parte
de atrás de un todoterreno. Asomo la cabeza por la esquina para ver dónde
está.
El corazón se me sale por la boca y cae en picado sobre el asfalto.
Tom está doblado sobre sí mismo, abrazándose las rodillas.
«¡Mierda!»
¿Qué demonios estoy haciendo alentando un comportamiento tan
estúpido cuando debería estar recuperándose? Corro hacia él y unos
cuantos transeúntes lo ven y empiezan a acercársele.
—¡Tom! —grito casi a su lado.
—¿Se encuentra bien, señorita? —me pregunta un anciano mientras
corro.
—No lo... ¡¿Qué...?! —De pronto, una mano me levanta del suelo y
me echa sobre los hombros de Tom.
—No juegues conmigo, _____ —dice él, henchido de orgullo—. A estas
alturas ya deberías saber que yo siempre gano. —Busca mi falda y posa la
mano sobre el interior de mi muslo mientras avanza a grandes zancadas
hacia el coche cargando conmigo.
Sonrío con dulzura a las personas con las que nos cruzamos pero no
me molesto en resistirme a él. Estoy contenta de que tenga fuerzas para
levantarme.
—Se me ven las bragas —me quejo mientras me aliso la falda del
vestido para taparme el trasero.
—No se te ve nada.
Me baja inclinando despacio el cuerpo hasta que mi cara está a la
altura de la suya. Va a besarme. Tengo que parar esto.
Me revuelvo en sus brazos.
—Tenemos que ir al supermercado —digo con la mirada fija en su
pecho mientras me escurro y consigo zafarme.
Suelta un hondo suspiro y me deja en el suelo.
—¿Cómo voy a arreglar las cosas si no haces más que pararme los
pies?
Me compongo el vestido y le devuelvo la mirada.
—Ése es tu problema, Tom. Quieres solucionar las cosas a base de
distraerme con tus caricias en vez de hablar conmigo y darme respuestas.
No puedo permitir que vuelva a suceder.
Quito el seguro del coche, me subo y dejo a Tom pensativo,
mordisqueándose el labio.

Al llegar al supermercado conduzco arriba y abajo en busca de una
plaza libre de aparcamiento. He descubierto algo nuevo sobre Tom hoy:
como pasajero es un horror. Me ha obligado a adelantar, a colarme y a
cambiar de carril, todo con tal de ganar unos miserables metros. Ese
hombre es un temerario al volante. Bueno, la verdad es que ese hombre es
un temerario en general y punto.
—Ahí hay un sitio. —Cruza el brazo en mi campo de visión y le doy
un manotazo para que lo aparte.
—Es una plaza reservada para padres y bebés. —Paso de largo.
—¿Y qué?
—Pues que no veo a ningún bebé en este coche tan bonito que tienes.
Posa la mirada en mi vientre y de repente me siento muy incómoda.
—¿Has encontrado tus píldoras? —me pregunta sin dejar de mirarme
el vientre.
—No —respondo mientras me meto en una plaza de aparcamiento
libre.
Quiero culparlo por hacerme olvidar mi rutina habitual, pero la verdad
es que soy un desastre y siempre me organizo fatal. Tuve que ir otra vez a
la consulta de la doctora Monroe para que me escribiera otra receta por
haber perdido dos prescripciones en una semana. También me hice pruebas
para asegurarme de no haber contraído ninguna enfermedad venérea
después de tanto sexo sin protección con Tom. Su más que activa vida
sexual no me dejó otra alternativa.
—¿Te has olvidado de tomar alguna? —pregunta formando una línea
recta con los labios.
¿Le preocupa que pueda estar embarazada?
—Me vino la regla el domingo por la noche. —Me gustaría añadir que
fue como una señal o algo así, pero me callo. Apago el motor.
Permanece en silencio mientras salgo del coche y espero a que él haga
lo mismo.
—¿No podrías haber aparcado más lejos? —gruñe cuando baja y se
acerca hacia mí.
—Al menos he aparcado de forma legal.
Voy hacia las filas de carritos de la compra e introduzco una moneda
de una libra para soltar uno.
—¿Has estado alguna vez en un supermercado? —pregunto mientras
nos dirigimos a la acera cubierta por un toldo. Tom y un supermercado no
parecen encajar de forma natural.
Se encoge de hombros.
—Eso es cosa de Cathy. Normalmente como en La Mansión.
Que mencione su club de sexo megapijo me pone los pelos como
escarpias y se me quitan las ganas de darle conversación. Noto que me
mira pero paso, y me centro en seguir caminando.
Voy metiendo en el carro las cosas básicas, mientras que Tom coge
una docena de botes de mantequilla de cacahuete, un par de botes de crema
de cacao y varios de nata montada.
—¿No tienes de nada? —pregunto echando leche en el carro.
Se encoge de hombros y toma el control del carrito con la mano
buena. —Cathy ha estado fuera.
Lo guío hacia el siguiente pasillo y me doy cuenta de que, sin querer,
lo he llevado a la sección de bebidas alcohólicas. Doy media vuelta presa
del pánico y me golpeo con el carro en la espinilla.
—¡Joder! —exclamo con un gesto de dolor.
—_____, ¡cuidado con esa boca!
Me froto la espinilla. Mierda, cómo duele.
—No necesitamos nada de este pasillo —suelto a toda prisa, y empujo
el carro en su dirección.
Camina hacia atrás.
—_____, déjalo estar.
—Lo siento. No me había dado cuenta de dónde estábamos.
—Por el amor de Dios, mujer, no voy a abalanzarme sobre los
estantes y a destapar todas las botellas ¿Estás bien?
Frunzo el ceño y me miro la pierna.
—Sí —digo entre dientes, cabreada por no haberme fijado en dónde
me metía. Me agacho y me paso la mano por la espinilla. Qué daño me he
hecho. Me pongo derecha y me quedo de piedra al ver que Tom está de
rodillas delante de mí. Rodea mi pierna con la mano herida y con la mano
sana me coloca el pie sobre su rodilla antes de plantarme un beso en la
espinilla. Estamos en mitad del supermercado un sábado por la tarde, y él
está de rodillas besándome la pierna.
—¿Mejor? —pregunta, y levanta la vista para mirarme—. Perdóname,
_____. Por todo.
Observo su bello rostro sin afeitar y me entran ganas de llorar. Los
ojos que me miran son todo sinceridad.
—Vale —le contesto en un susurro, sin saber qué otra cosa decir.
Asiente y suspira. Luego se levanta y me planta un beso casto en el
vientre antes de ponerse de pie. Me saca de la sección de bebidas
alcohólicas y me lleva directamente a la de productos de higiene personal.
Coge cuchillas y espuma de afeitar. Miro su incipiente barba y me
pregunto si quiero que se deshaga de ella. Cuanto más la miro, más me
gusta.

Para cuando volvemos al Lusso son las seis de la tarde y la puerta ya
está arreglada. Tom se tumba en el sofá, agotado por haber salido unas
pocas horas, y yo me quedo en la cocina después de haber guardado la
compra, sin saber qué hacer. Es sábado por la noche y normalmente a estas
horas estoy descorchando una botella de vino y relajándome. No hay vino y
no puedo relajarme, así que llamo a Kate.
—Hola, ¿qué haces? —le pregunto, y me siento en un taburete con
una taza de café. Café, no vino.
—Nos pillas saliendo —dice la mar de contenta.
—¿Nos?
—Sí. No me preguntes con quién estoy, _____, que ya lo sabes.
Eso significa que Kate está con Georg, y que tengo que hacer como que
no es nada del otro mundo. Sin embargo, me da un poco de envidia.
—¿Adónde vais?
—Georg va a llevarme a La Mansión.
«¿Qué?»
Vale, la envidia ha desaparecido.
—¿A La Mansión? —suelto, incrédula. ¿Me está tomando el pelo?
—Sí. Pero no te equivoques, se lo he pedido yo. Siento curiosidad.
¡La madre que me trajo! El aplomo de Kate no tiene límite. Yo me
desintegré en cuanto descubrí lo que era La Mansión, y resulta que ella
quiere hacer vida social allí. Madre mía, no puedo creer que Georg esté de
acuerdo. Él es socio, y eso debería asustar a Kate, pero es evidente que no
es así. El hombre con el que salgo es el dueño del lugar, y todavía no he
llegado al fondo del asunto. En fin, sé que ha habido mucha diversión, pero
¿a qué nivel? A juzgar por las miradas asesinas que me han lanzado las
socias del club las pocas veces que he estado allí, tengo la sospecha de que
ha sido mucha. La idea me deprime y me entran aún más ganas de
tomarme una copa de vino.
—¿Y a Georg le apetece llevarte? —Lo pregunto con toda la
tranquilidad que puedo, pero no hay forma de ocultar la sorpresa en mi
voz.
—Sí, me ha contado lo que ocurre allí, y quiero verlo. —Lo dice como
si nada; es la Kate que se toma las cosas con calma. A mí me da un ataque
sólo de pensar en el lugar. Odio que tenga una mentalidad tan abierta.
Además, ¿qué es lo que ocurre allí?
—El sitio es bonito. —Me encojo de hombros y le doy vueltas a mi
café sobre la encimera. ¿Qué otra cosa puedo decir?
—¿Qué tal está Tom? —me pregunta.
Detecto cierto nerviosismo en su voz. ¿Todavía le cae tan bien? Está
claro que el hecho de que sea el dueño de La Mansión no es un problema
para ella, pero no le sentó igual de bien que, cuando dejé de llorar el
tiempo suficiente para poder hablar, le contara la clase de capullo borracho
que me había encontrado al volver a su casa para intentar hacer las paces.
Él parece que está bien, pero la verdad es que yo no. ¿Qué le digo?
Me decanto por:
—Está bien. Sólo tiene daños musculares en la mano e insiste en que
no es un alcohólico.
—Me alegro.
Su sinceridad es muy dulce, y me alegro de que no esté soltando tacos
por el móvil y diciéndome que me largue de aquí ahora mismo.
—Bueno, no se cae de la cama dándole un morreo a la botella de
vodka, ¿no? —se ríe.
—¡No! Por lo visto sólo es que no sabe parar cuando ha empezado.
Aunque sigue siendo un problema, Kate.
—Todo irá bien, _____ —me reconforta.
¿Seguro? Yo no lo tengo tan claro. Pensaba que estando aquí con él
empezaría a solucionarse el desastre, pero no ha sido así. Le he dicho lo
que quiero pero no parece dispuesto a dármelo. En vez de eso intenta
distraerme, cosa que sabe hacer muy bien. He decidido darle hasta mañana
por la mañana. Si para entonces no ha hablado conmigo, me iré. Cederé
pronto a sus caricias si no me ando con cuidado.
—Sí. Escucha —vuelvo a centrarme en Kate—, te diría que te
diviertas esta noche, pero me inclino por decirte... que mantengas la mente
abierta.
—_____, no hay nadie con una mente más abierta que la mía. ¡No puedo
esperar! Te llamo mañana.
—Adiós.
Cuelgo y repaso mis visitas a La Mansión cuando pensaba que sólo
era un hotel inocente. Niego con la cabeza ante mi ceguera. ¿Cómo no me
di cuenta cuando ahora todo resulta evidente? No debería ser tan dura
conmigo misma. Había un hombre alto, musculoso, con el pelo castaño
oscuro y unos ojos marrones que hipnotizan distrayéndome. Era perfecto.
Sigue siéndolo, aunque pesa unos kilos menos y tiene unos cuantos
problemas más.
Voy arriba a cambiarme. Me quito el vestido y me pongo unos
pantalones cortos de algodón y una camiseta de tirantes antes de quitarme
las horquillas del pelo.
Cuando vuelvo abajo, Tom todavía está dormido en el sofá. Me
entretengo un rato con el mueble del televisor pero no consigo abrir el
dichoso armario para que aparezca la tele, así que me arrellano en una silla
y observo a Tom mientras duerme. Su pecho firme sube y baja con la
mano herida encima. Pienso en pastelitos de chocolate, en calas y en
ángeles, y finalmente me quedo dormida.

CAPITULO 5.-
—Te quiero.
Me despierto aturdida en la oscuridad y me froto los ojos mientras me
incorporo en la silla. Tardo unos instantes en darme cuenta de dónde estoy
pero, cuando empiezo a centrarme, veo a un hombre guapo y castaño en
cuclillas delante de mí.
—Hola —susurra apartándome el pelo de la cara. Miro el amplio
espacio a mi alrededor tratando de despertarme.
—¿Qué hora es? —pregunto, somnolienta.
Me da un beso en la frente.
—Medianoche.
¿Medianoche? He dormido como un lirón y podría quedarme frita de
nuevo, pero me despierto del todo cuando el escalofriante sonido de un
tono de móvil apuñala el silencio.
—¡Por Dios! —protesta Tom.
Coge con furia el móvil de la mesita de café y mira la pantalla.
¿Quién será a estas horas?
—John... —saluda con calma por el teléfono—. ¿Por qué?
Me mira.
—No, no pasa nada... Sí... Dame media hora.
Cuelga.
—¿Qué ocurre? —pregunto, ya despierta del todo.
Se pone las Converse y se dirige a la puerta. Es evidente que no está
contento.
—Problemas en La Mansión. No tardaré.
Y tal cual desaparece por la puerta.
Así que estoy despierta, son más de las doce y Tom acaba de irse en
plena noche. ¿Cómo va a conducir con una sola mano? Me siento en la silla
como una muñeca rota y especulo sobre qué habrá podido suceder en La
Mansión que sea tan urgente.
Ay, no... Kate está allí.
Corro a la cocina y cojo mi móvil para llamarla pero no contesta. Lo
intento varias veces y no obtengo respuesta, y con cada llamada me
preocupo más aún. Debería llamar a Tom, aunque parecía estar bastante
cabreado. Doy vueltas arriba y abajo, me preparo un café y me siento en la
isleta de la cocina, llamando a Kate una y otra vez. Si mi coche estuviera
aquí, ya estaría de camino a La Mansión. ¿De verdad? Bueno, es fácil decir
que iría para allá, especialmente cuando no tengo forma de ir.
Después de dar vueltas por el ático durante una hora sin parar de
llamar a Kate, me rindo y me voy a la cama. Me hago un ovillo entre las
sábanas suaves y esponjosas del cuarto de invitados.

—Te quiero.
Abro los ojos y veo a Tom junto a la cama. Estoy entre el sueño y la
vigilia y mi boca no responde. ¿Qué hora es y cuánto tiempo ha estado
fuera? No tengo ocasión de preguntar. Me coge en brazos y me lleva a su
habitación.
—Tú duermes aquí —susurra mientras me deposita en su cama.
Siento que se acuesta detrás de mí y me aprieta contra su pecho.
Si no estuviera tan contenta le haría preguntas, pero no digo nada. Mi
cabeza descansa sobre la almohada y el calor de Tom me envuelve. Me
duermo otra vez.

—Buenos días.
Abro los ojos y el embriagador perfume de agua fresca y menta me
clava en la cama. Mi cerebro consciente está intentando desesperadamente
convencerme de que me revuelva y me libere, pero mi cuerpo bloquea
todas las instrucciones sensatas que envía el cerebro.
Está sentado sobre los talones.
—Necesito hacerlo —susurra apretándome la mano y tirando de mí
hasta que estoy sentada.
Coge el bajo de mi camiseta y tira de él hasta que me la quita por
encima de la cabeza. Me besa el pecho y una caricia suave con la lengua
llega describiendo círculos hasta mi garganta.
Estoy tensa.
Se aparta.
—Encaje —dice en voz baja mientras me quita el sujetador.
Estoy entre mi cuerpo, que lo necesita desesperadamente, y mi mente,
que lo que de verdad necesita es hablar. Quiero aclarar las cosas antes de
que vuelvan a arrastrarme al séptimo cielo de Tom, donde pierdo toda
capacidad de razonar.
—Tenemos que hablar —digo con calma mientras me besa el cuello y
se abre camino hacia mi oreja. Todas mis terminaciones nerviosas están en
alerta, suplicándome que me calle y que lo acepte.
—Te necesito —susurra cuando encuentra mi boca, y hunde la lengua
en mí.
—Tom, por favor. —Mi voz es apenas un susurro inaudible.
—Nena, así es como yo digo las cosas. —Me coge de la nuca y me
atrae aún más hacia sí—. Deja que te lo muestre.
Mi cuerpo gana.
Ignoro los gritos de mi conciencia y me rindo a él como la esclava que
soy. Me agarra por el trasero y me recuesta en la cama, sellando nuestras
bocas por el camino. Todo mi ser cobra vida cuando su lengua, caliente y
húmeda, se desliza entre mis labios y da vueltas lentamente por toda mi
boca. Estamos en modo Tom gentil y es como si supiera que éste es el
mejor lugar al que llevarme en este momento.
Su respiración, lenta y profunda, me dice que él tiene el control
cuando se apoya en el antebrazo y usa la mano sana para recorrer con la
punta de los dedos desde la cresta de mi cadera hasta mi pecho. Una oleada
de cosquilleos viaja por mi cuerpo con cada caricia, y mi respiración se
vuelve superficial e irregular. Termina de dibujar el contorno de mi pezón
al ritmo melancólico de nuestras lenguas.
Me agarro a sus hombros y siento que todas las emociones perdidas
me inundan de nuevo bajo sus caricias, su atenta boca y su cuerpo duro
flanqueando el mío. Mi miedo estaba totalmente justificado: he vuelto a
perderme en él.
Gimoteo cuando aparta los labios y se sienta sobre los talones antes de
quitarme los pantalones cortos con la mano sana y llevarse las bragas con
ellos.
—Necesitas un recordatorio —dice mirándome.
—Esto no es el modo convencional.
—Así es como yo hago las cosas, _____. —Tira mis pantalones y mis
bragas a un lado, me levanta y junta su boca con la mía—. Necesitamos
hacer las paces.
No puedo resistirme más. Clavo los dedos en la goma de sus bóxeres y
lo beso con más fuerza mientras se los bajo por las caderas. Deja escapar
un largo gemido y vuelve a tumbarme en la cama, lo que hace que tenga
que soltar los calzoncillos, así que pongo un pie en el elástico y estiro la
pierna para bajarlos del todo. Está medio acostado sobre mí, con su cuerpo
duro y esbelto sobre el mío, y reclama mi boca, apretándose con más
fuerza contra mí.
Enrosco los dedos en su pelo y saboreo la fricción de su barba de
varios días contra mi cara. Está demasiado larga para raspar, así que es
más bien como un cepillo suave que se desliza por mi rostro.
Separa nuestras bocas y entierra la cara en mi pelo mientras me coge
del sexo y asciende con la palma de la mano al centro de mi cuerpo, pasa
despacio por mi estómago y, poco a poco, la mueve entre mis pechos para
terminar en mi cuello.
—Te he echado de menos, nena —susurra contra mi cuello—. Te he
echado mucho de menos.
—Yo también te he echado de menos. —Le abrazo la cabeza. Me
siento envuelta en su energía, aunque él ahora no esté fuerte. Me siento
segura y protegida pero soy consciente de que en este momento la
cuidadora soy yo. También me siento abrumada, completamente
sobrepasada por la intensidad de mis sentimientos hacia este hombre lleno
de problemas.
Se mueve para que mis muslos lo acunen y pronto noto la cabeza
húmeda y resbaladiza de su erección matutina apretándose contra mí. Mi
mente es un revoltijo de pensamientos contradictorios, pero entonces se
apoya en los brazos y me observa, como si fuera lo único que hay en el
mundo. Nuestras miradas se funden y dicen más de lo que las palabras
podrían expresar nunca. Cojo su bello rostro entre mis manos.
—Gracias por volver a mí —me susurra cuando lo miro a los ojos y
me ahogo en ellos. La emoción inunda todo mi ser.
Le paso el pulgar por los labios húmedos y lo deslizo en el interior de
su boca. Lo saco despacio y lo dejo en el borde de su labio inferior. Le da
un beso en la punta y me sonríe mientras levanta las caderas, sin dejar de
mirarme, y mi pelvis se recoloca para recibirlo.
Suspiro de puro placer, un placer sin remordimientos, cuando
despacio, sin prisa y con devoción, se desliza dentro de mí. Cierro los ojos
y lo cojo de la nuca cuando me llena del todo. Se queda quieto, palpitando
y latiendo en mi interior. Su respiración cambia de inmediato y pasa a ser
rápida y brusca. Es un rasgo conocido; está esforzándose por mantener el
control.
—Mírame —me exige entre jadeo y jadeo. Me fuerzo a abrir los ojos
y gimo un poco cuando lo noto moverse dentro de mí—. Te quiero —
susurra con la voz quebrada.
Cojo aire al oír las palabras que necesitaba escuchar
desesperadamente desde hace tanto tiempo, pero ¿acaso cree que es eso lo
único que quiero oír? ¿Cree que con eso basta?
—No, Tom. —Cierro los ojos y aparto las manos de su nuca.
—_____, mírame —me exige bruscamente. Abro los ojos, llorosos, y
miro su rostro, serio y carente de expresión—. Llevo todo el tiempo
diciéndote lo que siento.
—No, no lo has hecho. Me robabas el móvil e intentabas controlarme
—respondo.
Se mueve en círculos dentro de mí y, de inmediato, ambos soltamos
un gemido.
—______, nunca antes me he sentido así. —Se sale y luego vuelve a
meterse más adentro, más hacia arriba.
Intento poner orden en mis pensamientos dispersos pero nuevamente
se me escapa un gemido.
—Llevo toda la vida rodeado de mujeres desnudas que no se respetan
a sí mismas. —Pone la mano en la mía y me sujeta de las muñecas, cada
una a un lado de mi cabeza.
«Embestida.»
—¡Tom!
—Tú no eres como ellas, _____.
«Embestida.»
—¡Ay, Dios!
Sale y vuelve a embestir.
—¡Jesús! —Toma unas cuantas bocanadas profundas—. Eres mía y
sólo mía, nena. Sólo para mis ojos, sólo para mis caricias y sólo para mi
placer. Sólo mía. ¿Me has entendido?
Se retira y vuelve a entrar, lentamente, en mí.
—¿Y qué hay de ti? ¿Tú también eres sólo mío? —pregunto mientras
muevo las caderas para capturar la deliciosa penetración.
—Sólo tuyo, ______. Dime que me quieres.
—¡¿Qué?! —chillo ante sus fuertes embestidas.
—Ya me has oído —dice en voz baja—. No hagas que te folle hasta
que lo digas, cielo.
Estoy estupefacta. Me estoy derritiendo debajo de él, incapacitada de
placer, ¿y me exige que le diga que lo quiero? Lo quiero pero ¿debería
confesárselo bajo presión? Aunque es justo lo que esperaba. Ha estado
intentando convertirme en lo contrario de lo que conoce: hacía que fuera
tapada, no me dejaba beber, insistía en que llevara delicado encaje en vez
de frío cuero... Pero ¿qué hay del sexo?
—_____, contéstame. —Empuja más hondo y se mueve con firmeza.
Una gota de sudor le cruza la frente—. No te lo guardes para ti.
Sus palabras caen como un rayo. ¿Que me lo guardo? Ya ha intentado
sonsacarme antes lo que siento por él a base de sexo: fue en el baño, el
sábado pasado, cuando me penetró una y otra vez exigiéndome que lo
dijera. Creía que lo que buscaba era que le asegurara que no iba a
marcharme. Me equivoqué. ¿Cómo lo supo?
Otra rotación perfecta y mis músculos internos empiezan a tener
espasmos, a temblar y a abrirse camino paso a paso hacia el epicentro de
mis terminaciones nerviosas. Se me tensan las piernas.
—¿Cómo lo has sabido? —pregunto echando la cabeza hacia atrás de
desesperación, mental y física.
—Maldita sea, ______, mírame. —Otro embate, pleno y duro, y abro los
ojos.
—¡Te quiero! —grita, y enfatiza las palabras con una retirada lenta y
un ataque rápido y duro de sus caderas.
—¡Yo también te quiero! —grito las palabras que me ha sacado a
golpes.
Deja de moverse por completo, nuestras respiraciones rápidas y
frenéticas, y me sujeta las muñecas a cada lado de la cabeza. Me mira.
—Te quiero tanto, joder. No pensé que fuera posible.
Sus palabras me penetran hasta lo más hondo, la intensidad de nuestra
unión me acelera el corazón, aún más cuando me mira, con lágrimas en los
ojos.
Me sonríe un poco y se retira despacio.
—Ahora vamos a hacer el amor —dice en voz baja, meciéndose con
suavidad dentro de mí y capturando mis labios en un beso lento y sensual,
cargado de significado. Me suelta las muñecas y mis manos vuelan a su
espalda, donde resbalan en su piel mojada.
Su táctica ha cambiado por completo. Despacio, sin prisa, entra y sale
de mí, me empuja hacia una euforia total mientras yo me aferro a su
espalda todo lo fuerte que soy capaz. El sexo con Tom siempre ha sido
incomparable, pero este momento tiene un poder significativo que jamás
creí posible. Me quiere.
Lucho por mantener mis emociones a raya cuando se aparta y pega la
cara a la mía, nariz con nariz, la mirada llena de emoción. Me derrito. La
consistencia de sus embestidas, profundas y controladas, hace que tiemble
y me tense, y mi sexo se convulsiona y se aferra a su miembro con cada
penetración. El velo de sudor en su frente se hace más denso por la
concentración, y me indica que él también está al borde del precipicio.
Levanto un poco las caderas en una entrada y gimo cuando me llena a más
no poder. La sensación de su tempo, rítmico y meticuloso, hace que quiera
cerrar los ojos con fuerza, pero no puedo apartarlos de los suyos.
—Juntos —dice. Su aliento cálido me cubre la cara.
—Sí —jadeo, y noto cómo se expande y palpita preparando su
descarga.
—Cielos, _____. —Una bocanada de aire escapa de entre sus labios y su
cuerpo se tensa, pero no aparta los ojos de los míos.
Mi espalda se arquea en un acto reflejo cuando la espiral de placer
llega al clímax y me envía temblando a un huracán de sensaciones
incontrolables. Grito de desesperación y de placer, con el cuerpo
tembloroso entre sus brazos. Cierro los ojos para contener las lágrimas que
se han acumulado a medida que mi orgasmo empieza a desvanecerse, lento
y perezoso, bajo sus caricias, continuadas y uniformes.
—Los ojos —me ordena con dulzura, y yo obedezco y los abro de
nuevo.
Lanza un profundo gemido y tenso todos los músculos de mi sexo
para abrazarlo y extraerle su descarga. ¿Cómo lo hace para mantener la
cabeza levantada y los ojos abiertos? Puedo ver la batalla que está librando
con su instinto, que le dice que me penetre y eche la cabeza hacia atrás,
pero sostiene con rienda firme el control, y entonces casi se puede oír su
repentina descarga cuando sus mejillas se hinchan y se introduce dentro de
mí, largo y duro, y se mantiene ahí; mis músculos obligan a su erección
palpitante a continuar con sus constricciones lentas mientras se vacía en mi
interior.
—Te quiero —le digo cuando me mira, con el pecho oscilando arriba
y abajo. Ya está. Ahí lo dejo. Mis cartas están sobre la mesa y,
técnicamente, ésa no me la ha sacado follando.
Sus labios encuentran los míos.
—Ya lo sé, nena.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto, porque soy consciente de que no se lo
he dicho nunca. Lo he gritado en mi cabeza mil veces pero nunca lo he
dicho en voz alta.
—Me lo dijiste cuando estabas borracha —sonríe—. Después de que
te enseñara a bailar.
Hago un rápido repaso mental de la noche en la que me emborraché
como una cuba y volví a ceder ante sus insistentes avances. Hay que tener
en cuenta que no recuerdo gran cosa desde que Tom me sacó del bar.
Estaba muy pedo, y eso también fue por su culpa.
—No me acuerdo —confieso. Me siento como una idiota.
—Ya lo sé. —Mueve las caderas.
Suspiro.
—Fue de lo más frustrante.
Todo vuelve de repente. En verdad estaba intentando hacerme
confesar que lo quería a base de sexo. Me observa mientras coloco las
piezas en su sitio y su boca dibuja una pequeña sonrisa.
—Lo has sabido siempre —digo en voz baja.
«Los niños y los borrachos...»
¿He pasado días y días dándole vueltas y resulta que él lo sabía desde
el principio? ¿Por qué no me dijo nada? ¿Por qué no habló conmigo en vez
de intentar sonsacármelo a polvos? Las cosas habrían sido muy distintas.
Su sonrisa desaparece, la reemplaza una expresión de estoicismo.
—Estabas borracha. Quería oírtelo decir estando sobria. Cuando las
mujeres se emborrachan siempre me confiesan amor eterno.
—¿De verdad?
Casi se echa a reír.
—Pues sí. —Me mira—. No estaba seguro de si aún me querías
después de... —Se muerde con ganas el labio inferior—. En fin, después de
mi pequeño ataque de nervios.
Me parto de risa por dentro. ¿«Pequeño ataque de nervios»? Por Dios,
¿cómo será entonces uno grande? ¿Y las mujeres le dicen que lo quieren?
¿Qué mujeres, y cuántas se lo han dicho? Compongo una mueca de asco.
No me gusta nada el rencor que siento hacia cualquier otra mujer que lo
ame o lo haya amado. Necesito quitarme esas ideas de la cabeza cuanto
antes. No puede salir nada bueno del hecho de enterarme de esas cosas.
—Te quiero —enfatizo mis palabras, las murmuro casi entre dientes,
como si estuviera diciéndoselo a todas esas mujeres que también afirman
amarlo. Siento que su cuerpo se relaja antes de continuar trazando lentos
círculos dentro de mí.
Lo aprieto más y envuelvo su cuerpo con el mío. Me he quitado un
peso de encima, pero entonces caigo en la cuenta: estoy enamorada de un
hombre y no tengo ni idea de la edad que tiene.
—¿Cuántos años tienes, Tom?
Levanta la cabeza y veo que los engranajes de su mente se ponen en
movimiento. Sé que está pensando si debería decirme su edad real y parar
de una vez con las estúpidas evasivas.
—No me acuerdo. —Frunce el ceño.
Ah, creo que puedo sacar partido de esto. Creo que estábamos ya en la
treintena.
—Estábamos en treinta y tres —lo informo.
Me sonríe.
—Deberíamos empezar otra vez.
—¡No! —Tiro de su cara y restriego la nariz por su cuello sin afeitar
—. Íbamos por treinta y tres.
—Mientes fatal, nena. —Se ríe y me da un beso de esquimal—. Me
gusta este juego. Creo que deberíamos empezar otra vez. Tengo dieciocho
años.
—¡Dieciocho!
—No juegues conmigo, _____.
—¿Por qué no me dices cuántos años tienes y punto? —pregunto con
exasperación. De verdad que no me importa. Tiene cuarenta años como
mucho.
—Treinta y uno.
Me revuelvo debajo de él. Se acuerda perfectamente.
—¿Cuántos años tienes?
—Te lo acabo de decir: treinta y uno.
Lo miro enfadada y una de las comisuras de sus labios empieza a
formar una especie de sonrisa.
—Sólo es un número —lloriqueo—. Si me preguntas cualquier cosa
en el futuro, no te contestaré, o al menos, no te diré la verdad —amenazo.
La especie de sonrisa desaparece en un santiamén.
—Ya sé todo lo que necesito saber sobre ti. Sé lo que sientes, y nada
de lo que me digas me hará sentir de otro modo. Ojalá tú sintieras lo
mismo.
¡Eso es pasarse de la raya! No cambiaría para nada lo que siento por
él. Tengo curiosidad, eso es todo. Ojalá me lo dijera y ya está. Ya me
distraen bastante él y su complicada forma de ser. Ni siquiera hemos
hablado aún, pero me siento mucho mejor. Ya no me noto vacía.
—Dijiste que saldría corriendo si lo supiera —le recuerdo—, pero no
voy a ir a ninguna parte.
Se ríe.
—Claro que no. —Lo dice muy seguro—. _____, has visto lo peor de mí
y no has salido huyendo. Bueno, saliste huyendo pero luego volviste. —Me
besa en la frente—. ¿De verdad crees que me preocupa mi edad?
—Entonces ¿por qué no me la dices? —pregunto, exasperada.
—Porque me gusta este juego. —Vuelve a darme besos de esquimal
en el cuello.
Mi pecho se levanta con un hondo suspiro y le aprieto más el brazo,
los hombros bañados en sudor y mis muslos alrededor de sus firmes
caderas.
—Pues a mí no —gruño, y hundo la cara en su cuello para inhalarlo
entero. Exhalo satisfecha y recorro con los dedos su espalda tersa.
Yacemos en silencio y completamente sumidos el uno en el otro
durante mucho tiempo, pero de pronto noto que su cuerpo tiembla y me
saca de mi ensimismamiento (estaba pensando en lo que nos deparará el
futuro).
Su cuerpo tembloroso me recuerda el desafío más difícil de todos.
—¿Estás bien? —pregunto, nerviosa. ¿Qué debo hacer?
Me abraza con fuerza.
—Sí. ¿Qué hora es?
Buena pregunta. ¿Qué hora será? Espero no haberme perdido la
llamada de Dan. Me revuelvo debajo de Tom y él gime contra mi cuello.
—Iré a ver.
—No. Estoy muy a gusto —se queja—. Y tampoco es tan tarde.
—Tardo dos segundos.
Gruñe y se levanta ligeramente para que yo pueda escabullirme y
luego separa el cuerpo del mío y se tumba boca arriba sobre el colchón.
Salto de la cama y cojo mi móvil. Son las nueve en punto, y Dan no ha
llamado. Qué alivio. Aunque tengo doce llamadas perdidas de Tom.
¿Eh? Vuelvo al dormitorio y veo que está sentado en la cama, apoyado
en la cabecera, en cueros y sin ningún pudor. Me miro. Yo también estoy
desnuda.
—Tengo doce llamadas perdidas tuyas —digo, confusa, al tiempo que
le muestro mi teléfono.
En su rostro aparece una mirada de desaprobación.
—No podía localizarte. Pensé que te habías marchado. Tuve cien
infartos en diez minutos, _____. ¿Qué hacías en el otro dormitorio? —Me
lanza una mirada acusadora.
—No sabía en qué punto estábamos —digo; es mejor ser sincera.
—¿Eso qué significa? —pregunta con escepticismo.
Parece ofendido. ¿Acaso ha olvidado nuestra pequeña discusión del
domingo?
—Tom, la última vez que te vi, eras un extraño que me dijo que yo
era una calientabraguetas y que te había causado un daño indescriptible.
Perdóname por no tenerlas todas conmigo.
Su cara de ofendido desaparece al instante. La de ahora es de
arrepentimiento.
—Lo siento. No lo decía de verdad.
—Ya —suspiro.
—Ven. —Da unas palmaditas sobre el colchón y me meto en la cama
a su lado. Estamos de costado, mirándonos a la cara, usando el antebrazo a
modo de almohada.
—No volverás a ver a ese hombre.
Eso espero, aunque no lo tengo tan claro como él. Una copa y podría
encontrarme ante el bruto amenazador que, la verdad, no me gusta un pelo.
—¿No volverás a beber nunca? —pregunto con nerviosismo. Es tan
buen momento como cualquier otro para conseguir la información que
necesito.
—No. —Lleva el dedo índice a mi pelvis y empieza a dibujar círculos.
Me estremezco.
—¿Nunca?
Se detiene sin terminar de completar el círculo.
—Nunca, _____. Lo único que necesito es a ti y que tú me necesites a
mí. Nada más.
Frunzo el ceño.
—Ya hiciste que te necesitara y luego me destruiste —digo con
calma. No quiero hacer que se sienta culpable, pero ésa es la verdad. Noto
que vuelvo a estar cerca de necesitarlo, tras haber hecho el amor sólo una
vez, y la verdad es que yo no quería volver a caer en eso.
Se acerca más a mí, de tal modo que las puntas de nuestras narices
están a punto de tocarse, y su aliento, tibio y mentolado, me cubre la cara.
—Nunca te haré daño.
—Eso ya lo dijiste antes —le recuerdo. Sí, la última vez dijo que no
me haría daño a propósito, cosa preocupante, pero aun así lo dijo.
—_____, la idea de verte sufrir, emocional o físicamente, me resulta
insoportable. No tengo palabras. Me vuelvo loco sólo de pensarlo. Me dan
ganas de clavarme un cuchillo en el corazón por lo que te he hecho.
—Eso es demasiado, ¿no crees? —le suelto, atónita.
Me mira enfadado.
—Es la verdad, igual que lo es que me pongo violento sólo de
imaginar que otro hombre te desee. —Niega con la cabeza como si
estuviera intentando borrar las imágenes que aparecen en su mente—. Lo
digo completamente en serio.
Ay, Dios. Es cierto: lo dice muy en serio. Tiene la cara larga y la
mandíbula apretada.
—No puedes controlarlo todo —replico con el ceño fruncido.
—En lo que a ti respecta, haré todo lo posible, ______. Ya te lo he dicho:
te he estado esperando demasiado tiempo. Eres mi pequeño pedacito de
cielo. Nada te apartará de mi lado. —Y pega los labios a los míos como
para rubricar su declaración—. Mientras te tenga a ti, tendré un propósito y
una razón de ser. Por eso no voy a beber, y por eso haré todo cuanto esté en
mi mano para mantenerte a salvo. ¿Lo entiendes?
Pues la verdad es que creo que no, pero asiento de todos modos. La
determinación y la convicción con que lo dice son impresionantes, pero
ambiciosas hasta rozar lo ridículo. ¿Qué cree que va a pasarme? No puede
llevarme pegada a sus pantalones eternamente. Loco.
Le paso el pulgar por la línea irregular de la cicatriz.
—¿Cómo te la hiciste? —Pruebo suerte. Soy consciente de que no va
a contestarme y sé que es un tema tabú, pero necesito obtener toda la
información que pueda. Ya sé lo peor de él, así que esto no puede serlo aún
más.
Mira mi mano sobre su cicatriz y suspira.
—Estás preguntona esta mañana.
—Sí —concedo. Es verdad.
—Ya te lo dije. No me gusta hablar del tema.
—Eres tú el que se guarda cosas —lo acuso. Se tumba sobre la
espalda con un profundo suspiro y se tapa la cara con el brazo. Ah, no, no
va a darme la callada por respuesta esta vez. Me monto sobre sus caderas y
le aparto el brazo—. ¿Por qué no quieres contarme cómo te hiciste la
cicatriz?
—Porque es mi pasado, ______, y revolcarse en el fango no es la mejor
manera de limpiarse. No quiero que nada afecte a mi futuro.
—No lo hará. No importa lo que me cuentes, te seguiré queriendo. —
¿Es que no lo entiende?
Frunzo el ceño cuando sonríe.
—Lo sé —dice, un pelín demasiado confiado. Está muy seguro de sí
mismo esta mañana—. Ya me lo dijiste cuando no sentías las piernas —
añade.
¿Eso dije también? No me acuerdo. Ya veo que le dije muchas cosas
cuando estaba pedo.
—Entonces ¿por qué no me lo cuentas?
Pone las manos allá donde se unen mis muslos.
—Si no va a cambiar lo que sientes por mí, no tiene sentido llenar tu
linda cabecita de feos pensamientos. —Levanta las cejas—. ¿No crees?
—Cuando me pidas que te cuente algo, no pienso hacerlo —respondo,
enfadada.
—Eso ya lo has dicho.
Se sienta y une nuestros labios. Mis brazos lo rodean de forma
mecánica, pero entonces me viene otra cosa a la cabeza.
—¿Descubriste por qué las puertas de hierro y principal de La
Mansión estaban abiertas? —Intento con todas mis fuerzas que no parezca
que le doy importancia.
—¿Qué? —Se aparta de mí, perplejo.
—Cuando fui el domingo a La Mansión, las puertas se accionaron sin
llamar al portero automático, y la puerta principal estaba entreabierta. —
Sé que fue ella.
—Ah. Por lo visto las puertas se estropearon. Sarah ya lo ha arreglado.
—Vuelve a besarme.
—Qué oportuno. ¿Y la puerta principal también estaba averiada? —
inquiero con sarcasmo. Yo sé lo que pasó: la muy viva interceptó mi
mensaje y acarició la idea de que yo apareciera sin avisar y descubriera las
delicias de La Mansión.
—La ironía no te pega, señorita —me regaña, pero me da igual.
Esa mujer es una hipócrita y una arpía. De repente, me siento llena de
determinación, aunque Tom me da un poco de pena. ¿De verdad cree que
es su amiga? ¿Debería compartir con él mi veredicto?
—¿Qué te apetece hacer hoy? —pregunta.
¡Mierda! Hoy he quedado con Dan y no puedo llevar a Tom conmigo.
¿Qué impresión se llevaría? No puedo presentárselo, dado que Dan es un
hermano mayor protector y Tom tiene tendencia a pisotear a la gente.
¿Cómo voy a salir de ésta?
—Pues hay algo que debo hacer...
En ese instante suena su móvil, lo que pone fin a mi anuncio.
—Por Dios —maldice Tom levantándome de su regazo y dejándome
sobre la cama.
Coge el teléfono y contesta antes de salir del dormitorio.
—¿John? —Parece un poco impaciente.
Me tumbo en la cama y visualizo las formas en las que podría darle la
noticia de que tengo que ver a Dan. Lo entenderá.
—Debo ir a La Mansión —dice, tajante, de vuelta a la habitación y
camino del cuarto de baño.
¿Otra vez? Ni siquiera le he preguntado qué lo obligó a ir anoche, y
caigo en la cuenta de que Kate no me ha devuelto las llamadas.
—¿Va todo bien? —pregunto. Parece muy enfadado.
—Todo irá bien. Vístete.
«¿Qué?»
¡Ah, no! ¡No pienso ir a ese lugar! Todavía tengo que hacerme a la
idea de todo. No puede obligarme a ir. Oigo el agua de la ducha y me
pongo de pie de un salto para explicarle mis reticencias. Entro en el baño y
lo encuentro ya metido en la ducha. Me sonríe y hace un gesto para que me
una a él. Entro y cojo la esponja y el jabón, pero me los quita de las manos,
echa gel en la esponja, hace que me vuelva de espaldas y empieza a
enjabonarme. Me quedo de pie en silencio, rebuscando en mi cerebro una
forma de abordar el asunto, mientras él desliza la esponja lentamente por
mi cuerpo. Espero que no le dé una rabieta cuando le diga que no estoy
dispuesta a ir.
—¿Tom?
Me da un beso en el omoplato.
—¿_____?
—De verdad que no quiero ir —suelto del tirón, y entonces me echo la
bronca a mí misma por no haber tenido un poco más de tacto.
Hace una pausa con los círculos de espuma unos segundos, luego
continúa.
—¿Puedo preguntarte por qué?
No puede ser que sea tan insensible como para tener que hacerme esa
pregunta. Debería ser obvio por qué no quiero ir. Además, antes de saber lo
que ocurría allí, tampoco quería ir, aunque entonces era por culpa de cierta
bestia de lengua viperina y labios carnosos. Ahora ella ya no me molesta
tanto, a pesar de que todavía no hemos hablado de su pequeña intromisión
en la vida de Tom. Ése es otro tema más de los que tenemos que discutir.
—¿No puedes darme un tiempo para que me acostumbre? —pregunto,
nerviosa. Mentalmente le suplico que lo entienda y sea razonable.
Él suspira y me pasa el brazo por los hombros, atrayéndome hacia su
pecho.
—Lo entiendo.
¿De verdad?
Me da un beso en la sien.
—No lo vas a evitar toda la vida, ¿verdad? Sigo queriendo esos
diseños para mis nuevas habitaciones.
Me sorprende que sea tan razonable. Ni preguntas, ni pasar por
encima de lo que yo quiero, ni polvo de entrar en razón... ¿Está de acuerdo?
Eso es bueno. ¿Y el ala nueva? Ni me acordaba de ella, pero tiene razón.
No puedo evitar ese lugar toda la vida.
—No. Además, tendré que ir a supervisar las obras cuando hayamos
terminado con los diseños.
—Bien.
—¿Qué ocurre en La Mansión?
Me suelta los hombros y empieza a lavarme el pelo con su champú
para hombres.
—La policía apareció anoche —dice como si no fuera con él.
Me tenso de pies a cabeza.
—¿Por qué?
—Algún idiota que quería gastar bromas. La policía llamó a John esta
mañana para concertar un par de entrevistas. No puedo escaquearme.
Me da media vuelta y me coloca bajo el agua de la ducha para
aclararme el pelo.
—Lo siento.
—No pasa nada —lo consuelo. No voy a explicarle por qué no pasa
nada. Ahora puedo quedar con Dan sin preocuparme por la costumbre de
Tom de pasar por encima de la gente—. Kate estaba en la mansión anoche.
—La preocupación es evidente en mi voz.
—Lo sé —levanta una ceja—. Fue toda una sorpresa.
—¿Estaba bien?
—Sí. —Me besa en la nariz y me da un azote en el trasero—. Fuera de
aquí.
Salgo de la ducha, dispuesta a secarme y a usar el cepillo de dientes
de Tom después de que él lo haya usado. Soy demasiado vaga para cruzar
el descansillo y coger el mío. Entro en el dormitorio y él ya está listo,
guapísimo con unos vaqueros viejos y una camiseta blanca, aunque sigue
sin afeitar.
—Me voy. —Me cubre la cara de besos—. Ponte encaje para cuando
venga. Me guiña el ojo y se va.
No pierdo un instante. Cojo mi móvil y llamo a Dan. Quedamos en
Almundo’s, una pequeña cafetería en Covent Garden. Cruzo corriendo el
descansillo, me visto en tiempo récord, me seco el pelo y me lo recojo con
unas horquillas a toda velocidad, y llamo a Clive para que me pida un taxi.

Estoy supercontenta.




HOLA!!! DISCULPENME QUE NO HAYA AGREGADO EH ANDADO MUY OCUPADA CON LA TAREA ... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA O CUANDO PUEDA .... HASTA PRONTO CHICAS ...:))

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