miércoles, 6 de mayo de 2015

CAPITULOS 2 Y 3

CAPITULO 2.-
Al divisar el Lusso empiezo a hiperventilar. El apremiante deseo de abrir
la puerta y saltar del coche en marcha de Georg es difícil de resistir. Él me
observa con una expresión de ansiedad evidente en su precioso rostro,
como si intuyera mi intención de salir huyendo.
Cuando aparcamos frente a las puertas, Georg rodea el vehículo, me
agarra con fuerza del brazo y nos encaminamos hacia la entrada de
peatones, donde Gustav nos espera.
Va tan elegante como siempre, con traje y botas y el pelo negro
perfectamente arreglado, pero su presencia ya no me incomoda. No
obstante, sí me sorprendo al ver que toma el relevo de Georg y me sujeta.
Tira de mí hacia él y me estrecha con fuerza. Éste es el primer contacto
físico que he tenido con él. Afirmar que era distante conmigo sería
quedarme muy corta.
—____, gracias por venir —dice mientras me sostiene pegada contra
sí.
No respondo nada porque no sé qué decir. Están muy preocupados por
Tom, y ahora me siento culpable e incluso más nerviosa todavía. Me
suelta y me regala una leve sonrisa para darme seguridad, aunque no lo
consigue.
Georg señala la carretera.
—Ahí viene el grandullón.
Nos volvemos y vemos cómo John llega en su Range Rover negro y
derrapa hasta detenerse bruscamente tras el coche de Georg. Saca su
inmenso cuerpo del vehículo, se quita las gafas de sol envolventes y nos
saluda con la cabeza sin decir palabra, como hace siempre. Joder, parece
cabreado. Apenas le había visto los ojos hasta ahora, siempre los lleva
ocultos bajo esas lentes oscuras, incluso de noche o en interiores, pero hace
sol, así que no entiendo por qué se las ha quitado. Tal vez quiera que todo
el mundo sepa lo enfadado que está. Y funciona. Da miedo.
Respiro hondo e introduzco el código de la puerta para que puedan
pasar. Me gustaría no tener que seguir. Gustav me insta a abrir el camino
con un gesto, él siempre tan caballeroso, así que hago de tripas corazón y
comienzo a avanzar en silencio por el aparcamiento. Veo el coche de Tom
y advierto que todavía tiene la ventanilla rota. El corazón me da un vuelco.
Entramos en el vestíbulo de mármol del Lusso en silencio, excepto por el
sonido de nuestras pisadas. En mi estómago empieza a formarse un nudo y
se me acelera la respiración. Han pasado tantas cosas en este sitio. Fue mi
primer gran logro en cuestiones de diseño. Mi primer encuentro sexual con
Tom tuvo lugar aquí, y también el último. Todo empezó y acabó en este
lugar. Clive levanta la vista de su gran mostrador de mármol curvo
conforme nos acercamos y nos mira con una evidente expresión de
cansancio.
—Hola, Clive —digo con una sonrisa forzada.
Me mira primero a mí, y después a los tres seres imponentes que me
acompañan antes de volver a centrarse en mi persona.
—Hola, ____. ¿Cómo estás?
—Bien —miento. De bien, nada—. ¿Y tú?
—Bien, bien. —Está receloso, sin duda tras haber tenido algún
encontronazo con los tres hombres que me escoltan, y a juzgar por la
frialdad con la que me ha recibido, no fueron muy agradables.
—Clive, te estaría muy agradecida si nos dejaras subir al ático para
comprobar cómo se encuentra Tom —digo tratando de imprimir confianza
a mi voz, a pesar de no sentirla. El corazón se me acelera más y más a cada
segundo que pasa.
—____, ya les he dicho a tus amigos, aquí presentes, que podría perder
mi trabajo si os dejo subir. —Vuelve a mirar a los chicos con cautela.
—Lo sé, Clive, pero están preocupados —repongo en un tono neutro
—. Sólo quieren ver si Tom está bien, y luego se marcharán —añado con
gentileza, sabiendo que Gustav, Georg y John lo son todo menos gentiles.
—____, he subido, he llamado a la puerta del señor Kaulitz y no he
obtenido respuesta. Hemos comprobado algunas grabaciones de la cámara
de seguridad y no lo he visto salir ni entrar en ninguno de mis turnos. El
personal de seguridad no puede comprobar cinco días de grabaciones
continuas. Ya se lo he dicho a tus amigos. Si os dejara subir estaría
poniendo en riesgo mi puesto de trabajo.
Me sorprende el cambio repentino que ha sufrido Clive en cuestiones
de etiqueta de conserjería. Si hubiese sido así de profesional y testarudo
cuando vine a ver a Tom el domingo, quizá no habría sucedido aquel
altercado. Pero entonces todavía sería felizmente ajena a su problemilla.
Georg se pega a mi espalda.
—¡Déjanos subir, joder! —grita por encima de mi hombro.
Me estremezco ligeramente, aunque entiendo su desazón. Yo también
me siento bastante frustrada. Sólo quiero que Clive los deje pasar y así
poder marcharme. Tengo la sensación de que las paredes se me caen
encima. Veo a Tom recorriendo el suelo de mármol conmigo en brazos.
Todas las imágenes que inundan mi mente parecen más claras ahora que
estoy aquí.
Me vuelvo y veo cómo John apoya la mano en el hombro de Georg con
cara de pocos amigos. Es su forma de decirle que se calme. No quería tener
que recurrir a eso, pero no podrán controlar su temperamento mucho más
tiempo.
—Clive, no quiero tener que chantajearte —digo con firmeza
volviéndome hacia él. Me mira confundido, y noto cómo empieza a
devanarse los sesos pensando con qué podría comprarlo—. No quisiera que
nadie se enterara de las frecuentes visitas del señor Gómez, o de la afición
del señor Holland por las chicas tailandesas...
Clive arruga el semblante en un gesto derrotado.
—_____, eso es jugar sucio.
—No me dejas elección, Clive —espeto.
Él sacude la cabeza y nos señala el ascensor mientras masculla
insultos entre dientes.
—¡Genial! —exclama Georg mientras se dirigen al ascensor que sube al
ático.
No sé cómo, pero de repente mis pies se despegan del suelo y
empiezan a avanzar tras ellos.
—Es posible que Tom haya cambiado el código —digo a sus
espaldas.
Georg se vuelve con expresión alarmada.
Me encojo de hombros.
—Si lo ha hecho, no hay manera de subir.
De repente estoy delante del ascensor, inspirando hondo e
introduciendo el código de la promotora. Las puertas se abren,
acompañadas de un coro de suspiros de alivio, y todos entran. Yo me quedo
fuera y miro a Georg, que sonríe y me invita a subir con un leve gesto de la
cabeza.
Lo hago.
Entro en el ascensor, con Georg y Gustav a un lado y John al otro. Vuelvo
a introducir el código. Subimos en un silencio incómodo y, cuando
finalmente se detiene, nos encontramos con la puerta doble que da al ático
de Tom.
Georg es el primero en salir del ascensor. Camina hacia la entrada y
acciona la manija con calma antes de comenzar a aporrear la puerta como
un loco.
—¡Tom! ¡Abre la puta puerta!
Gustav y John se acercan y apartan. John intenta abrir, pero no lo
consigue. No puedo evitar pensar que tal vez yo fuera la última persona en
salir del ático. Recuerdo que di un portazo con todas mis fuerzas.
—Georg, tío, puede que ni siquiera esté ahí dentro —lo tranquiliza
Gustav.
—¡¿Y entonces dónde coño está?! —chilla Georg.
—Está aquí —ruge John—. Y ese cabrón lleva demasiado tiempo
ahogando las penas. Tiene un negocio que atender.
Sigo de pie dentro del ascensor cuando las puertas empiezan a
cerrarse y me sacan de mi ensimismamiento. Por acto reflejo, salgo al
vestíbulo del ático. Sé que dije que conseguiría que los dejaran subir y
luego me marcharía, sé que debería irme, pero ver a Georg en ese estado ha
hecho que me preocupe más todavía, y las palabras de John resuenan en mi
mente. ¿Ahogando las penas o ahogándose en vodka? Si me quedo,
¿volveré a enfrentarme a ese Tom borracho e iracundo?
Gustav llama a la puerta con calma. Es absurdo. Si los golpes frenéticos
de Georg no han obtenido respuesta, dudo mucho que éstos vayan a tenerla.
Se aparta y tira de Georg hacia mí.
—____, ¿has intentado llamarlo por teléfono? —pregunta Gustav.
—¡No! —replico. ¿Por qué debería haberlo hecho? Estoy segura de
que no querría hablar conmigo.
—¿Puedes intentarlo? —me pregunta Georg con tono de súplica.
Niego con la cabeza.
—No lo cogerá, Georg.
—_____, inténtalo, por favor —insiste Gustav.
A regañadientes, saco mi móvil del bolso, abro la lista de contactos,
llamo a Tom y sostengo el teléfono pegado a la oreja mientras Georg y
Gustav me observan nerviosos. No tengo ni idea de qué voy a decirle si
responde.
Gustav vuelve de repente la cabeza hacia la puerta.
—Está sonando.
Se vuelve de nuevo hacia mí esperando a que diga algo, pero salta el
contestador. Se me encoge el corazón. No quiere hablar conmigo. Me
dispongo a regresar al ascensor, herida por su rechazo, pero entonces oigo
un fuerte impacto.
Georg, Gustav y yo volvemos la cabeza al instante hacia la doble puerta
que da al apartamento de Tom y vemos a John al otro lado, rodeado de un
marco astillado. Nos hace un gesto con la cabeza, y los otros dos hombres
corren al interior. Yo los sigo, vacilante. Sólo puedo pensar en mi último
descubrimiento aquí. ¿Por qué avanzo en esta dirección?
«¡Da media vuelta! ¡Métete en el ascensor! ¡Vete YA!»
Pero no lo hago. Me quedo en el umbral y, por lo que parece, nada ha
cambiado. Todo da la impresión de estar en su sitio. Me adentro un poco
más en el espacio diáfano mientras oigo cómo los chicos corren arriba y
abajo buscando a Tom y, cuando diviso la escalera, veo que la botella de
vodka vacía sigue sobre la consola. Después observo que la terraza está
abierta de par en par. Me acerco con cautela hacia allí. Los demás siguen
registrando el apartamento, abriendo y cerrando puertas y gritando su
nombre.
Yo, en cambio, me arrastro hacia la terraza. Sé por qué. Es el mismo
magnetismo que me lleva hacia Tom siempre que está cerca, pero
¿realmente quiero saber qué se esconde fuera? Sé que no será mi Tom.
¿Quiero volver a verlo en ese estado tan horrible, tan agresivo y tan
detestable? No, claro que no, pero tampoco parece que pueda dar media
vuelta.
Conforme me aproximo a las puertas abiertas, intento preparar los
ojos para ver un despojo ebrio tirado sobre una de las tumbonas
sosteniendo una botella de vodka, pero lo que me encuentro es el cuerpo
inconsciente de Tom, desnudo, tumbado boca abajo sobre el entarimado.
Me quedo sin aliento y el pulso me golpea en la sien.
—¡Está aquí! —chillo mientras corro hacia su cuerpo inerte, dejo caer
el bolso y me echo al suelo a su lado.
Lo agarro de sus anchos hombros e intento ponerlo boca arriba. No sé
de dónde saco la fuerza, pero el caso es que lo consigo y hago girar su
cuerpo hasta que su cabeza descansa sobre mi regazo. Empiezo a pasarle
las manos desesperadamente por el rostro y advierto que todavía tiene la
mano hinchada y magullada, con sangre en los nudillos.
—Tom, despierta. Por favor, despierta —ruego cediendo ante la
histeria al ver al hombre al que amo tumbado inconsciente sobre mis
piernas. Las lágrimas ruedan por mi rostro y se precipitan sobre sus
mejillas—. Tom, por favor. —Le acaricio consternada la cara, el pecho y
el pelo. Parece demacrado, ha perdido peso, y una barba de una semana le
cubre el mentón.
—Cabrón —ruge John cuando me encuentra en el suelo de la terraza
con Tom sobre mi regazo.
—No sé si respira —sollozo, y miro con ojos vidriosos al hombre
corpulento que avanza hacia mí. ¿Por qué no lo he comprobado todavía? Es
el primer paso en primeros auxilios. Le agarro la muñeca, pero mis manos
temblorosas me impiden sostenerlo quieto para detectarle el pulso.
—Espera —ordena John, y se arrodilla y me arrebata el brazo de
Tom. Alzo la vista y veo que Georg llega corriendo hasta la puerta.
—¡Pero ¿qué...?!
Las lágrimas invaden mis ojos de manera incontrolable y todo parece
moverse a cámara lenta. Georg se acerca, se agacha a mi lado y empieza a
frotarme el brazo.
—Voy a llamar a una ambulancia —dice Gustav inmediatamente al
vernos apiñados alrededor de la figura inmóvil de Tom.
—Espera —ladra John con aspereza mientras se inclina sobre él, le
separa los labios resecos e inspecciona cada parte de su cuerpo laxo—. El
muy gilipollas tiene un coma etílico.
Miro a Georg y a Gustav, pero no entiendo sus reacciones ante la
conclusión de John. ¿Cómo lo sabe? Podría estar medio muerto.
Definitivamente lo parece.
—Creo que deberíamos llamar a la ambulancia —insisto sorbiéndome
la nariz.
John me mira con compasión. Hasta ahora sólo había visto una
expresión impasible en su rostro severo, así que el modo en que me mira
ahora, apenado y como si yo fuera algo ingenua, me resulta curiosamente
reconfortante.
—____, niña, lo he visto así más de una vez. Lo único que necesita es
una cama y algunos cuidados para salir de ésta, no un médico. Al menos,
no de ese tipo —dice, y sacude la cabeza.
Vaya. ¿Cuántas veces son «más de una vez»? Por lo visto, John sabe
lo que se hace. No parece preocuparle ver a Tom postrado sobre mi regazo,
y en cambio yo estoy hecha un manojo de nervios. Georg y Gustav tampoco
están muy bien que digamos. ¿Lo habrán visto así antes también?
John me pellizca la mejilla y se levanta del suelo. Es la primera vez
que lo oigo hablar tanto. El grandullón silencioso ha resultado ser un
grandullón simpático, pero sigo pensando que no me gustaría que se
cabreara conmigo.
—¿Qué le ha pasado en la mano? —pregunta Georg al ver la sangre y
los cardenales.
La verdad es que tiene un aspecto horrible y seguramente necesitará
que le echen un vistazo.
—Rompió la ventanilla de su coche —sollozo, y todos me observan
—. El día que discutimos en casa de Kate —añado, casi avergonzada.
—¿Lo llevamos a la cama? —pregunta Gustav con timidez.
—Al sofá —ordena John. Hemos vuelto a las respuestas escuetas.
Georg se levanta y recoge una botella de vodka vacía de debajo de la
tumbona. La mira con auténtico asco y la estrella contra un macetero
elevado. Me estremezco ante el fuerte estrépito que crea a nuestro
alrededor, pero lo más importante es que Tom también lo hace.
—¿Tom? —Lo llamo y lo sacudo ligeramente—. Tom, por favor,
abre los ojos.
Georg, Gustav y John se acercan y Tom empieza a llevarse el brazo
tembloroso a la cabeza. Se lo agarro y vuelvo a apoyarlo a un lado, pero en
cuanto lo suelto, lo levanta de nuevo delante de mi cara mientras farfulla
algo ininteligible y comienza a mover las piernas.
—Te está buscando, niña —dice John con voz tranquila.
Miro al hombre, sorprendida, y él asiente. ¿Me está buscando a mí?
Le cojo la mano de nuevo, se la guío hacia mi rostro y apoyo su palma
abierta contra mi mejilla. Se calma al instante. Su tacto frío sobre mi cara
no me reconforta, pero a él parece aliviarlo, de modo que lo mantengo ahí
y dejo que me sienta, horrorizada al pensar que probablemente lleve días
aquí tirado en la terraza, desnudo e inconsciente. Aunque estemos a
mediados de mayo y las temperaturas sean agradables durante el día, por la
noche descienden. ¿Por qué me alejé de él? Debería haberme quedado a
tranquilizarlo en lugar de marcharme.
—Voy a subir a por sábanas y mantas —dice Gustav, y entra de nuevo
en el apartamento.
—¿Vamos? —pregunta John al tiempo que señala a Tom con la
cabeza.
A regañadientes, lo suelto y dejo que Georg y John lo cojan cada uno
por un lado para levantarlo de manera coordinada. Cuando lo apartan de
mis piernas, me incorporo y me adelanto para despejarles el camino. Retiro
los millones de cojines que hay sobre la rinconera de piel (que yo misma
me encargué de adquirir) para que parezca más una cama.
Gustav baja la escalera cargado de mantas. Georg y John esperan
pacientemente con el peso desnudo de Tom repartido equitativamente
entre ambos. Cojo un cubrecama de terciopelo, lo despliego sobre el frío
cuero y me aparto para que John y Georg lo coloquen encima del sofá antes
de acomodarle la cabeza sobre unas almohadas y cubrirle el cuerpo con una
manta. Me arrodillo a su lado y le acaricio el rostro hirsuto.
La culpa me invade y empiezo a llorar otra vez. Podría haber evitado
todo esto. Si no me hubiera largado de aquel modo, ahora no se encontraría
en este estado. Debería haberme quedado, haberlo calmado y haber
esperado a que recobrara la sobriedad. Me doy asco.
—_____, ¿estás bien? —oigo preguntar a Gustav por encima de mis
sollozos contenidos, y entonces noto que una mano empieza a acariciarme
la espalda.
Me sorbo los mocos y me limpio la nariz con el dorso de la mano.
—Perdonadme, estoy bien.
—No te disculpes —suspira Georg.
Me inclino sobre Tom, pego mis labios a su frente y los dejo ahí unos
segundos. Cuando me levanto del suelo, su brazo sale disparado de debajo
de la manta y me agarra.
—¿_____? —Tiene la voz ronca y los ojos, ligeramente abiertos,
inspeccionan la estancia. Cuando encuentran los míos, lo único que veo son
dos fosas vacías. Sus ojos normalmente marrones y adictivos ahora parecen
negros.
 —Hola —digo, y coloco la mano sobre su brazo.
Intenta levantar la cabeza de la almohada, pero no hace falta que lo
reprenda. Antes de que me dé tiempo a empujarlo de nuevo hacia abajo,
deja de intentarlo.
—Lo siento —murmura con voz lastimera, y su mano empieza a
ascender por mi brazo hasta que encuentra mi rostro de nuevo—. Lo siento,
lo siento, lo siento, lo siento, lo siento...
—Para —susurro con un hilo de voz mientras lo ayudo a alcanzar mi
cara—. Para ya, por favor.
Vuelvo la cabeza hacia su mano, le beso la palma y, cuando lo miro de
nuevo, veo que tiene los ojos cerrados. Ha vuelto a perder el conocimiento.
Le cojo la mano, se la coloco sobre la manta y me aseguro de que está
bien arropado antes de levantarme y volverme hacia Georg, Gustav y John,
que se encuentran de pie, observando en silencio cómo lo atiendo. Me
había olvidado por completo de que no estaba sola con Tom, pero no
siento la menor vergüenza.
—Voy a preparar café —dice Georg rompiendo el silencio, y se dirige a
la cocina, con John y Gustav detrás.
Miro a Tom de nuevo y mi instinto me pide que me suba al sofá y me
acurruque con él, lo acaricie y lo tranquilice. Quizá debería hacerlo, pero
antes he de hablar con los chicos. Los sigo a la cocina, donde Georg y Gustav
se hallan recogiendo los taburetes y John, levantando el congelador del
suelo. No estaba así cuando me marché el domingo. Está claro que Tom
entró en cólera.
—Tengo que irme pitando —anuncia Gustav con pesar mientras coloca
el último taburete en su sitio—. He quedado con Victoria.
Parece algo avergonzado.
—Vete tranquilo, tío —responde Georg mientras busca las tazas—.
Luego te llamo.
—En el último armario a la derecha, en el estante de arriba —digo
para indicarle a Georg dónde se encuentran. Él me mira con expresión
socarrona.
Me encojo de hombros.
—Bien, entonces me marcho. Hablamos mañana —dice Gustav.
Le regalo una pequeña sonrisa y John se despide con su típico gesto de
la cabeza. Gustav se marcha y Georg termina de preparar los cafés.
Lleva tres tazas de café a la isla, donde John y yo hemos tomado
asiento.
—Será mejor no probar suerte con la leche, si es que tiene. ¿Te gusta
solo? —me pregunta Georg.
Asiento y me pongo yo misma el azúcar. John también se sirve y, para
mi asombro, se echa cuatro cucharadas. Sé que no hay leche, pero si la
hubiera sería inútil compartirla.
—Bueno, y ahora que lo hemos encontrado —empieza Georg —, ¿qué
vamos a hacer con él? —bromea.
El Georg despreocupado de siempre ha vuelto, y es todo un alivio.
Verlo tan ansioso no hacía más que alimentar mi propia angustia y, visto lo
visto, tenía motivos para estar así. Siento escalofríos al imaginarme a Tom
aquí solo, sufriendo durante los últimos cinco días. ¿Cuánto tiempo más
habría permanecido ahí tirado si me hubiera negado a venir?
Probablemente habrían llamado a la policía.
John interviene:
—Todo va bien en La Mansión. No tenemos que preocuparnos por
eso. Volverá a la normalidad dentro de una semana, cuando se haya
recuperado de la resaca.
—¿No necesita rehabilitación? —pregunto—. O terapia, o algo. —No
tengo ni idea de cómo funcionan estas cosas.
John niega con la cabeza y vuelve a ponerse las gafas de sol.
Comienzo a plantearme su relación con Tom. Creía que era sólo un
empleado, pero parece ser que es el que más sabe de todo esto.
—No, nada de rehabilitación —asevera con firmeza—. No es un
alcohólico propiamente dicho. No está obsesionado con el alcohol, _____.
Bebía para mejorar su estado de ánimo, para llenar un agujero. Cuando
empieza, no puede parar —dice, y me ofrece una pequeña sonrisa—. Y tú
ayudaste, niña.
—¿Yo? ¿Qué hice yo? —pregunto a la defensiva. No sé por qué me
duele tanto el comentario de John. Acaba de decirme que ayudé con la
situación, pero siento que insinúa que también podría haber contribuido a
su recaída.
Georg apoya su mano sobre la mía en el banco.
—Se había centrado en otra cosa.
—Pero lo dejé —digo en voz baja.
Sólo confirmo lo que ambos están pensando, aunque no éramos una
pareja formal como para dejarlo. No habíamos hablado acerca de nuestra
situación. No pusimos las cartas sobre la mesa respecto a toda esa mierda.
—No ha sido culpa tuya, _____ —me tranquiliza Georg—. Tú no sabías
nada.
—No me lo había contado —susurro—. De haberlo sabido, las cosas
habrían sido distintas —sigo defendiéndome.
No sé hasta qué punto habría sido diferente todo si Tom me lo
hubiera contado, o de haberlo descubierto por mí misma. Lo que sé es que
no quiero volver a verlo como el domingo pasado nunca más. Si me
marcho ahora, ¿volverá a suceder? O podría quedarme y ayudarlo, pero ¿lo
haría porque lo amo o porque me siento culpable? Puede que ni siquiera
me quiera aquí. Estaba furioso conmigo. Estoy hecha un lío.
Apoyo los codos en el banco y dejo caer la cabeza sobre mis manos.
¿Qué narices debo hacer?
—¿_____? —La voz profunda de John me obliga a levantar la cabeza de
nuevo—. Es un buen hombre.
—¿Qué lo llevó a beber? ¿Es muy grave? —pregunto. Sé que es un
buen hombre, pero necesito saber más para entenderlo mejor.
—¡Quién sabe! —contesta John, y me mira—. No pienses que estaba
borracho perdido día sí, día también. No es eso. Si se encuentra en ese
estado es sólo porque se siente mal, no porque sea alcohólico.
—¿Y dejó de beber cuando aparecí yo? —No puedo creerlo.
John se echa a reír.
—Exacto, aunque tú has hecho que saque otras cualidades bastante
desagradables de su carácter, niña.
Frunzo el cejo aunque sé exactamente a qué se refiere, y por la
expresión burlona de Georg, él también. Dicen que Tom suele ser bastante
tranquilo, pero yo sólo he conocido al Tom Kaulitz tranquilo en contadas
ocasiones, y casi siempre era cuando se salía con la suya. La mayor parte
del tiempo lo único que vi fue a un obseso del control hasta lo irracional.
Incluso él mismo admitió que sólo era así conmigo..., afortunada de mí.
¿A qué tendrían que enfrentarse si volviera a marcharme de nuevo?
—Me quedaré, pero si vuelve en sí y no me quiere aquí, os llamaré a
uno de los dos —les advierto.
El alivio de Georg es palpable.
—Eso no va a suceder, _____.
John asiente.
—Yo he de volver a La Mansión y dirigir ese maldito negocio. —Se
levanta del taburete—. _____, necesitas mi número. ¿Dónde está tu teléfono?
Miro a mi alrededor buscando mi bolso y entonces me doy cuenta de
que lo he dejado en la terraza. Me levanto y voy a por él.
De vuelta a la cocina, veo que Tom sigue inconsciente. ¿Cuánto
tiempo estará así, y cuándo debería empezar a preocuparme? No tengo ni
idea de qué debo hacer.
Permanezco ahí, observándolo en silencio. Sus pestañas parpadean
levemente, su pecho se eleva y desciende a un ritmo estable. Incluso
inconsciente parece acongojado. Me acerco en silencio y le subo la manta
hasta la barbilla. No puedo evitarlo. Nunca antes lo había cuidado, pero me
sale de manera instintiva. Me arrodillo y apoyo mis labios sobre su fría
mejilla, deleitándome en el leve consuelo que obtengo del contacto antes
de continuar hacia la cocina.
Al entrar, veo que John se ha marchado.
—Ten. —Georg me pasa un trozo de papel—. Es el número de John.
—¿Tenía prisa? —pregunto. Podría haber esperado a que volviera.
—Nunca se queda más tiempo del necesario en ningún sitio. Oye, he
hablado con Kate. Va a traerte algo de ropa.
—Ah, bien. —Mi pobre ropa debe de estar mareada. No ha parado de
entrar y salir de esta casa.
—Gracias, _____ —dice Georg con sinceridad.
—No me las des —protesto, incómoda. En parte esto es culpa mía.
Georg se revuelve nervioso.
—Ya. Es que..., bueno, después de lo del domingo, y de la sorpresa en
La Mansión...
—Georg, no.
—Cuando bebe, bebe mucho. —Sonríe—. Es un hombre orgulloso,
_____. Se moriría de vergüenza si supiera que lo hemos visto así.
Sí, me lo imagino. El Tom que yo conozco es fuerte, seguro de sí
mismo, dominante y muchas otras cosas más. La debilidad y la impotencia
no están incluidas en la larga lista de sus atributos. Quiero decirle a Georg
que lo de su problema con la bebida ha hecho que me olvide de lo de La
Mansión y de sus actividades, pero no es verdad. Ahora que estoy aquí y
que he visto de nuevo a Tom, todo vuelve a proyectarse con intensidad en
mi mente. Tom regenta un club de sexo. Además, es usuario de las
instalaciones de su propio club. Georg me lo confirmó, aunque fue bastante
evidente cuando me encontré con el marido de una de las conquistas de
Tom. En el fondo sabía que debía de ser promiscuo, que debía de ser un
mujeriego hedonista, pero no imaginaba hasta qué punto.
Nos pasamos la siguiente hora recogiendo envases vacíos por todo el
apartamento y metiéndolos en un par de bolsas de basura negras. Saco
todas las botellas de vodka de la nevera y vierto su contenido en el
fregadero. Estoy alucinando con la cantidad de bebida que tiene aquí; debe
de haber comprado una caja entera. Es obvio que planeaba quedarse aquí
solo con su vodka durante una buena temporada. Pero una cosa tengo clara:
yo no pienso volver a beberlo nunca más.
Clive telefonea para decirme que una joven llamada Kate está en el
vestíbulo y, tras informarle sobre lo que nos hemos encontrado aquí,
bajamos a reunirnos con ella, cada uno cargado con una bolsa negra llena
de basura y botellas vacías. Tomo nota mentalmente de que hay que
arreglar la puerta rota.
Kate espera en el vestíbulo, bajo la estricta vigilancia de Clive.
—Hola —saluda con cautela mientras nos acercamos arrastrando las
ruidosas bolsas con nosotros—. ¿Cómo está?
Suelto la bolsa, lo que provoca más ruido de cristales, y miro mal a
Clive para que sepa que estoy muy enfadada con él. Si hubiera dejado a
Georg, a Gustav o a John subir al ático antes, tal vez lo habríamos encontrado
borracho en lugar de totalmente comatoso. Al menos tiene la decencia de
parecer arrepentido.
—Está durmiendo —contesta Georg al ver que estoy demasiado
ocupada haciendo que el conserje se sienta culpable.
Cuando vuelvo a centrarme en Kate, veo que Georg le pasa el brazo
libre alrededor de la cintura y la abraza. Ella lo golpetea, juguetona.
—Toma. —Me pasa mi bolsa, que parece un yoyó que no para de ir de
casa de Kate al Lusso y viceversa—. He metido de todo un poco.
—Gracias —digo mientras la cojo.
—¿Vas a quedarte, entonces? —pregunta.
—Sí —contesto encogiéndome de hombros. Georg me mira con
agradecimiento, y en seguida vuelvo a sentirme incómoda.
—¿Durante cuánto tiempo? —quiere saber Kate.
Buena pregunta. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo llevan
estas cosas? Podría despertarse esta noche, o mañana, o pasado mañana.
Tengo trabajo que hacer, y he de buscar un apartamento. Miro a Georg en
busca de respuestas, pero él se encoge de hombros, cosa que no ayuda.
Miro de nuevo a Kate y me encojo de hombros yo también.
De pronto soy consciente de que he dejado a Tom solo arriba y me
entra el pánico. Podría despertarse y no ver a nadie.
—Debería subir otra vez —digo, volviéndome hacia los ascensores.
—Claro, tranquila. —Kate me insta a marcharme con un gesto de la
mano y luego coge la bolsa de basura del suelo—. Ya tiramos esto
nosotros.
Nos despedimos, le prometo que la llamaré por la mañana y regreso al
ascensor, dando instrucciones a Clive por el camino de que mande arreglar
la ventanilla del coche de Tom y la puerta de su apartamento. Él, por
supuesto, se pone a ello de inmediato.
Cuando llego de nuevo al último piso, cierro la puerta, pero no se
queda asegurada del todo. Tiene que bastar hasta que alguien venga a
repararla. Entro en el salón. Tom sigue dormido.
¿Y ahora qué hago? Miro hacia abajo y veo que aún llevo puestos el
vestido gris topo y los tacones, así que me dirijo a la planta superior y me
autoasigno la habitación que está al otro extremo del descansillo. Me
quedo pasmada al ver todas las almohadas tiradas por el suelo y las
sábanas arrugadas tras mi breve descanso antes de que Tom me
transportara de nuevo a su cama después de la masacre del vestido. Me
dispongo a hacer la cama y a ponerme los vaqueros rotos y una camiseta
negra. No me vendría mal una ducha, pero no quiero dejar a Tom solo
mucho tiempo, así que eso tendrá que esperar.
Vuelvo abajo, me preparo un café solo y, mientras me lo tomo en la
cocina, pienso que sería una buena idea informarme un poco sobre el
alcoholismo. Tom debe de tener un ordenador en alguna parte.
Lo busco y encuentro un portátil en su estudio. Lo enciendo y siento
un inmenso alivio al ver que no me pide contraseña. Este hombre tiene
graves problemas con la seguridad. Lo llevo abajo y me acomodo en el
gran sillón que hay frente a Tom, para poder controlarlo. En Google,
tecleo «Alcohólicos» y aparecen diecisiete millones de resultados. No
obstante, en la parte superior de la página aparece «Alcohólicos
Anónimos». Supongo que es un buen sitio para empezar. Por mucho que
John diga que Tom no es alcohólico, yo tengo mis dudas.
Tras unas cuantas horas buscando en internet, siento que mis neuronas
no responden. Hay mucha información que asimilar: efectos a largo plazo,
problemas psiquiátricos, síntomas de abstinencia... Leo un artículo sobre
cómo algunos traumas infantiles llevan al alcoholismo, y me pregunto si a
Tom debió de sucederle algo de pequeño. De inmediato acude a mi mente
la horrible cicatriz que tiene en el abdomen. También existe una relación
genética, y entonces me pregunto si alguno de sus progenitores era
alcohólico. Hay tantísima información que no sé qué hacer con ella. Este
tipo de preguntas no se hacen así como así.
Mi mente retrocede al domingo pasado y a las cosas que me dijo:
«Eres una calientabraguetas, _____... Te necesitaba a ti y... tú... tú me
dejaste.» Y después lo dejé... una vez más.
Me dijo que no me lo había dicho porque no quería darme otra excusa
para dejarlo, pero también dijo que no era un alcohólico. Y John aseguró lo
mismo. Si es un problema y está relacionado con el alcohol, eso lo
convierte en un alcohólico, ¿no? Apago el portátil desesperada y dejo la
taza de café vacía sobre la mesita. Son sólo las diez en punto, pero estoy
agotada. No quiero irme arriba a la cama por si se despierta, y tampoco
quiero acomodarme mucho, así que cojo unos cuantos cojines, los
dispongo en el suelo a su lado y me recuesto con la cabeza apoyada en el
sofá, al tiempo que le acaricio el vello de sus brazos torneados. El contacto
me relaja. Los párpados empiezan a pesarme y me quedo dormida.

CAPITULO 3.-
—Te quiero.
Soy vagamente consciente de que su palma me sostiene la nuca y de
que me está pasando los dedos por el pelo. Es una sensación muy
reconfortante... y maravillosa. Abro los ojos y me encuentro con una
versión algo apagada de los ojos marrones que tan bien conozco.
Me pongo de pie y me golpeo el tobillo con la mesita de café.
—¡Mierda! —maldigo.
—¡Esa boca! —me reprende con voz ronca.
Me agarro el tobillo, pero entonces me despierto del todo y recuerdo
dónde estoy. Bajo el pie y desvío la mirada hacia el sofá, donde encuentro
a Tom semiincorporado y con un aspecto espantoso; pero al menos está
consciente.
—¡Te has despertado! —exclamo.
Hace una mueca de dolor y se agarra la cabeza con la mano buena.
«Ay, mierda.»
Debe de tener una resaca monumental, y aquí estoy yo, dando gritos.
Reculo unos pocos pasos hasta dar con la silla que tengo detrás y me
siento. No sé qué decirle. No voy a preguntarle cómo se encuentra, es
bastante evidente, y no voy a darle una charla sobre seguridad personal ni
sobre cuestiones de salud. Lo que realmente quiero preguntarle es si
recuerda nuestra discusión. ¿Qué debería hacer?
No lo sé, así que decido sentarme con las manos sobre el regazo y
mantener la boca cerrada.
Observo cómo me mira y mi mente se inunda de cosas que anhelo
expresar pero no puedo. Deseo decirle que lo quiero, para empezar. Y
quiero preguntarle por qué no me había contado que regenta un club de
sexo, o que tiene un problema con la bebida. ¿Se estará preguntando qué
hago aquí? ¿Querrá que me marche? Joder, ¿necesita un trago? El silencio
me está matando.
—¿Cómo te encuentras? —suelto, deseando al instante haber
mantenido la boca cerrada.
Él suspira y se inspecciona la mano herida.
—Fatal —sentencia.
Ah, vale. ¿Y ahora qué digo? No parece en absoluto contento de
verme, así que quizá debería irme antes de empujarlo a abrir otra botella.
Aunque en ese caso tendrá que salir a comprarla, y eso probablemente le dé
aún más motivos para cabrearse conmigo.
Concluyo que debe de necesitar tomar líquidos, así que me levanto y
me dirijo a la cocina. Le llevaré un poco de agua y me marcharé.
—¿Adónde vas? —pregunta algo nervioso, incorporándose en el sofá.
—He pensado que necesitas beber agua —lo tranquilizo, un poco más
animada.
No quiere que me vaya. He visto esa expresión en su rostro muchas
veces. Normalmente tras ella suele aparecer el controlador dominante,
después de inmovilizarme en alguna parte, pero no voy a emocionarme en
exceso. No tiene fuerzas para perseguirme, inmovilizarme o dominarme en
estos momentos. Ese pensamiento me decepciona.
Mi respuesta lo tranquiliza. Sigo hacia la cocina y miro el reloj del
horno mientras cojo un vaso. Son las ocho en punto. He dormido diez horas
seguidas. No lo había hecho desde..., bueno, desde la última vez que estuve
con Tom.
Saco la botella de agua de la nevera y lleno el vaso antes de regresar
al inmenso espacio diáfano, donde me encuentro a Tom sentado en el sofá
con la cabeza entre las manos y la manta arrugada sobre su regazo.
Cuando llego donde está él, levanta los ojos y nuestras miradas se
encuentran. Le doy el agua. Coge el vaso con la mano sana y me roza con
los dedos. Retiro los míos rápidamente y el agua se derrama del vaso. No
sé por qué ha pasado eso, y la expresión de su rostro me parte el alma al
instante. Está temblando violentamente, y me pregunto si será el síndrome
de abstinencia. Estoy convencida de haber leído que los temblores son un
síntoma, junto con una larga lista de otros indicios.
Sigue mi mirada hasta su mano y niega con la cabeza. Es extraño.
Nunca nos había pasado esto. Ninguno de los dos sabe qué decir.
—¿Cuándo fue la última vez que bebiste? —pregunto. Sé que estoy
entrando en un terreno pantanoso, pero tengo que decir algo.
Bebe un trago de agua y se deja caer de nuevo en el sofá. Sus
abdominales se ven más perfilados con la ligera pérdida de peso.
—No lo sé; ¿qué día es hoy?
—Sábado.
—¿Sábado? —pregunta, claramente estupefacto—. Mierda.
Imagino que eso significa que ha perdido mucho tiempo, pero no es
posible que haya estado encerrado en este ático bebiendo durante cinco
días seguidos. Habría acabado muerto, ¿no?
Y entonces vuelve a hacerse el silencio y yo me siento de nuevo en el
sillón que está justo enfrente de él, buscando algo adecuado que decir.
Detesto esto. Normalmente me abalanzaría sobre él, lo rodearía con mis
brazos y dejaría que me ahogara a besos sin pensarlo dos veces, pero se
encuentra muy débil (cosa difícil de asumir, teniendo en cuenta su
constitución alta y atlética). Mi hombre fuerte y duro está hecho un
despojo tembloroso, y eso me está matando. Y, para colmo de males, ni
siquiera sé si querría que lo hiciera. Ni si quiero hacerlo yo. Este hombre
no es el tipo del que me enamoré. ¿Es éste el auténtico Tom?
Se sienta y juguetea con el vaso pensativamente; la sensación familiar
de verlo cavilar me resulta reconfortante, es una pequeña parte de él que
reconozco, pero no soporto este silencio.
—Tom, ¿puedo hacer algo? —pregunto, desesperada, rogando para
mis adentros que me diga algo, lo que sea.
Suspira.
—Hay muchas cosas que puedes hacer, _____. Pero no voy a pedirte que
hagas ninguna de ellas —dice sin mirarme.
Quiero gritarle, decirle todo lo que me ha hecho. Verlo ahí, desaliñado
y pasando el dedo por el borde del vaso, no hace sino reforzar la parte
sensata de mi cerebro que me insta a huir.
—¿Quieres ducharte? —pregunto. No puedo seguir aquí sentada en
silencio o acabaré tirándome de los pelos.
Se inclina hacia adelante y hace una mueca de dolor.
—Claro —masculla.
Le cuesta ponerse de pie y me siento como una auténtica zorra por no
ayudarlo, pero no sé si quiere que lo haga ni tampoco si soy capaz de
hacerlo. El ambiente entre nosotros es muy tenso.
Al levantarse, las frazadas le caen a los pies; mira hacia abajo y ve
que está desnudo.
—Mierda —maldice, y se agacha para coger una de las mantas. Se la
envuelve alrededor de la cintura y se vuelve hacia mí—. Lo siento —dice
encogiéndose de hombros.
¿Lo siente?
Como si no lo hubiera visto desnudo antes. De hecho, lo he visto
muchas veces. Según sus propias palabras, no hay ni un solo milímetro de
mi cuerpo que no lo haya tenido dentro o encima.
Dejo caer los hombros y suspiro mientras empiezo a subir con él la
escalera hasta la suite principal. Nos lleva un tiempo, y lo pasamos en un
incómodo silencio, pero lo conseguimos. No sé cuánto más puedo
permanecer aquí. Esto es muy diferente de lo que estoy acostumbrada con
este hombre.
—¿Te apetece más un baño? —pregunto adelantándome de camino al
lavabo. Parece exhausto tras el esfuerzo, así que no creo que consiga
mantenerse de pie en la ducha. Un buen baño le relajará los músculos y le
hará bien.
Él se encoge de hombros de nuevo.
—Bueno.
Vale, le doy un baño y me marcho. No puedo hacer esto. Éste es el
hombre al que empezaba a creer que conocía, a quien deseaba
desesperadamente conocer, pero me tortura haber descubierto que no lo
conozco en absoluto, ni siquiera un poco. Llamaré a John para ver qué me
aconseja que haga. No estoy hecha para esto. Está callado, encerrado en sí
mismo, y todas las cosas dolorosas que me gritó durante nuestra discusión
parecen más altas y más claras cuanto más tiempo paso aquí. ¿Por qué me
metí en ese ascensor?
Abro el enorme grifo y coloco la mano debajo hasta que el agua sale a
la temperatura adecuada mientras hago todo lo posible por no pensar en
conversaciones de bañera y en el hecho de que el propio Tom proclamó
que ahora era un hombre de baño (pero sólo cuando yo estoy con él). Pongo
el tapón y dejo que corra el agua, consciente de que la inmensa tina tardará
una eternidad en llenarse.
Me vuelvo y me encuentro frente al mueble del lavabo. Ahí es donde
tuvimos nuestro primer encuentro sexual. En este baño nos hemos duchado
juntos, nos hemos bañado juntos y hemos tenido muchas sesiones de sexo
vaporoso juntos. Y también aquí es donde lo vi por última vez.
«¡Basta!»
Bloqueo esos pensamientos y me mantengo ocupada buscando sales
de baño y entreteniéndome con otras tonterías mientras Tom permanece
apoyado contra la pared en silencio. Efectivamente, la bañera tarda una
vida en llenarse, y empiezo a desear haberme limitado a meterlo en la
ducha.
Por fin parece que se ha llenado lo suficiente.
—Ya puedes entrar —digo brevemente mientras salgo del baño.
Nunca me había sentido tan obligada a huir de su presencia. Me he largado
con pataletas y he evitado que me tocara por miedo a perder la cabeza, pero
jamás había querido marcharme realmente. Ahora sí.
—Actúas como una extraña —apunta con voz suave cuando llego a la
puerta. Me detengo en seco. Esta situación me resulta muy dolorosa.
—Me siento como una extraña —respondo sin volverme, tragando
saliva e intentando evitar los temblores que amenazan con invadir mi
cuerpo.
Vuelve a hacerse el silencio y mi cerebro es un caos de instrucciones
contradictorias. La verdad es que no sé qué hacer. Pensaba que el dolor ya
no podía empeorar más. Creía que ya me encontraba en el peor de los
infiernos. Pero me equivocaba. Verlo así me está matando. Tengo que irme
y continuar con mi lucha por superar esta relación. Siento que ahora que lo
he visto de nuevo he retrocedido varios pasos, pero la verdad es que no
había hecho ningún avance en mi recuperación. En todo caso, esto hará que
todo el doloroso proceso resulte más sencillo.
—Por favor, mírame, _____.
Sus palabras, más una súplica que sus típicas órdenes, hacen que el
corazón se me desboque. Incluso su voz suena diferente. No es el rugido
grave, ronco y sexy al que estoy acostumbrada. Ahora es afónica.
Me vuelvo lentamente para mirar a ese hombre extraño y veo que se
está mordiendo el labio inferior y me observa a través de unos ojos marrones
hundidos.
—No puedo hacer esto. —Doy media vuelta y me marcho. Mi corazón
palpita con fuerza, aunque cada vez más despacio. Sin duda, no tardará en
detenerse.
—¡_____!
Oigo que viene tras de mí, pero no me doy la vuelta. Apenas tiene
fuerzas, así que quizá esta vez consiga escapar de él. ¿Cómo se me ocurrió
venir aquí? Las imágenes del domingo pasado inundan mi cabeza mientras
desciendo a toda prisa, con la vista borrosa y las piernas entumecidas.
Cuando llego al pie de la escalera, siento el tacto familiar de su mano
agarrándome de la muñeca. Presa del pánico, me vuelvo y lo aparto de un
empujón.
—¡No! —grito frenéticamente intentando liberarme de su firme
sujeción—. ¡No me toques!
—_____, no hagas esto —me ruega, y me agarra de la otra muñeca
sosteniéndome delante de él—. ¡Para!
Me desmorono en el suelo, sintiéndome frágil e impotente. Ya estoy
herida, pero puede asestarme el golpe mortal que acabará conmigo.
—Por favor, no —gimoteo—. No me hagas esto más difícil.
Él se deja caer al suelo conmigo, me coloca sobre su regazo y me
aprieta contra su pecho. Yo sollozo sin parar contra su torso. No puedo
evitarlo.
Hunde su rostro en mi pelo.
—Lo siento —susurra—. Lo siento muchísimo. No me lo merezco,
pero dame una oportunidad. —Me aprieta con fuerza—. Necesito otra
oportunidad.
—No sé qué hacer —digo con sinceridad.
De verdad que no sé qué hacer. Siento la necesidad de escapar de él,
aunque al mismo tiempo siento la necesidad de quedarme y dejar que haga
mejor las cosas. Pero si me quedo, ¿me asestará ese golpe de gracia? Y si
me marcho, ¿estaré dándonos yo el golpe de gracia a ambos?
Lo único que sé es que éste no es el Tom asertivo, firme y fuerte, el
Tom que cavila cuando lo desafío, y el que me agarra con fuerza cuando
amenazo con dejarlo y me folla hasta que pierdo el sentido. Éste no es ese
hombre.
—No vuelvas a alejarte de mí —me suplica abrazándome con
firmeza, y noto que ha aflojado los grilletes.
Me aparto, me seco el rostro empapado de lágrimas con el dorso de la
mano y la mirada fija en su estómago. Su enorme cicatriz resalta ahora
más que nunca. No puedo mirarlo a los ojos. Ya no me resultan familiares.
No están oscuros de ira ni brillantes de placer; ni entornados con furia, ni
cargados de deseo por mí. Son fosas vacías que no me ofrecen ningún
consuelo. No obstante, a pesar de ello, sé que si salgo por esa puerta será
mi fin. Mi única esperanza es quedarme aquí y hallar las respuestas que
necesito, y rezar para que no acaben conmigo. Él tiene el poder de
destruirme.
Desliza su mano fría bajo mi barbilla y levanta mi cara hacia la suya.
—Voy a hacer esto bien. Voy a conseguir que lo recuerdes, ______.
Lo miro a los ojos y veo determinación reflejada en la bruma cafe de
sus ojos. La determinación es buena, pero ¿borra el dolor y la locura que la
preceden?
—¿Puedes hacer que lo recuerde de una manera convencional? —le
pregunto en serio. No es ninguna broma, pero él sonríe ligeramente.
—Desde ahora ése será mi objetivo. Haré lo que haga falta.
Pronuncia esas palabras, las mismas que dijo la noche de la
inauguración del Lusso, con idéntica convicción que entonces. Cumplió su
promesa de demostrar que yo lo deseaba. Una pequeña chispa de esperanza
ilumina mi apesadumbrado corazón. Vuelvo a hundir el rostro en su pecho
y me aferro a él. Lo creo.
Un suspiro silencioso escapa de sus labios mientras me estrecha con
fuerza y permanece así como si su vida dependiera de ello.
Seguramente así sea. Y la mía también.
—Se te va a enfriar el agua —murmuro contra su pecho desnudo.
Un rato después, todavía seguimos tirados en el suelo abrazados con
fuerza.
 —Estoy a gusto —protesta, y percibo algo de familiaridad en su tono.
—También necesitas comer —le informo. Se me hace raro darle
órdenes—. Y deberían verte esa mano. ¿Te duele?
—Mucho —confirma.
No me extraña. Tiene un aspecto horrible. Espero que no se la haya
roto, porque después de cinco días sin tratamiento médico los huesos
podrían habérsele soldado mal.
—Vamos. —Me despego de su abrazo. Él gruñe, pero finalmente me
suelta. Una vez de pie, le tiendo la mano, y él me mira con una leve sonrisa
antes de aceptarla y levantarse también.
Subimos en silencio y nos dirigimos de nuevo a la suite principal.
—Adentro —lo insto señalando la bañera.
—¿Ahora eres tú quien da las órdenes? —dice arqueando las cejas. Él
también encuentra extraña esta vuelta de tuerca.
—Eso parece —respondo haciendo un gesto con la cabeza hacia la
tina.
Él empieza a morderse el labio, sin hacer ademán de meterse en el
agua.
—¿Te metes conmigo? —pregunta con voz tranquila.
De repente me siento incómoda y fuera de lugar.
—No puedo. —Niego con la cabeza y retrocedo ligeramente. Esto va
en contra de todos mis impulsos, pero sé que en cuanto me rinda a sus
afectos y a su tacto, me desviaré de mi objetivo de aclararme las ideas y
obtener respuestas.
—_____, me estás pidiendo que no te toque. Eso va en contra de todos
mis instintos.
—Tom, por favor. Necesito tiempo.
—_____, no tocarte es antinatural. No está bien.
Tiene razón, pero no debo dejarme absorber por él. He de mantener la
cabeza fría, porque en cuanto me pone las manos encima olvido mi
propósito.
No le contesto. Vuelvo a mirar la bañera y después a él, que sacude la
cabeza, se quita la manta de la cintura, se mete en el agua y se sienta a
regañadientes. Cojo un recipiente del mueble del lavabo y me agacho a su
lado para lavarle el pelo.
—No es lo mismo si no te metes dentro conmigo —gruñe. Se inclina
hacia atrás y cierra los ojos.
Hago caso omiso de sus protestas y empiezo a lavarle el pelo y a
enjabonar su cuerpo esbelto de la cabeza a los pies, luchando contra las
inevitables chispas que saltan en mi interior al contacto con su piel.
Me entretengo un poco más alrededor de la cicatriz de su abdomen
esperando para mis adentros que esto lo invite a explicarme cómo se la
hizo, pero no me lo dice. Mantiene los ojos y la boca cerrados. Tengo la
sensación de que va a ser una ardua tarea. Nunca me cuenta nada, y evita
mis preguntas con una advertencia severa o usando tácticas de distracción.
No puedo dejar que vuelva a pasar, y para ello necesitaré toda mi
determinación y mi fuerza de voluntad. No me sale de manera natural
resistirme a él.
Le paso la mano por el rostro hirsuto.
—Tienes que afeitarte.
Abre los ojos, se lleva la mano buena a la barbilla y se acaricia la
barba.
—¿No te gusta?
—Tú me gustas de todas formas.
«¡Excepto borracho!»
Por la expresión que cruza su rostro, estoy casi convencida de que me
ha leído la mente, aunque lo más probable es que él haya pensado
exactamente lo mismo.
—No pienso beber ni una gota más —afirma con rotundidad
mirándome directamente a los ojos mientras pronuncia su voto.
—Pareces muy seguro —respondo tranquilamente.
—Lo estoy. —Se incorpora en el baño y se vuelve para mirarme.
Levanta la mano maltrecha para cogerme la cara y compone una mueca de
dolor al ver que no puede hacerlo—. Lo digo en serio, nunca jamás. Te lo
prometo. —Parece sincero—. No soy un alcohólico empedernido, _____.
Admito que se me va un poco de las manos cuando me tomo un trago, y
que me cuesta parar, pero puedo elegir si bebo o no. Me encontraba muy
mal cuando me dejaste. Sólo quería aliviar mi dolor.
Se me encoge el corazón y siento una mezcla de alivio y duda. Todo el
mundo se descontrola cuando bebe, ¿no?
—Pero volví —digo apartando la mirada e intentando dar forma a lo
que necesito decir. Miles de palabras han estado oprimiéndome la mente
desde hace días, pero ahora no me viene ninguna a la cabeza—. ¿Por qué
no me lo habías contado? ¿Es a eso a lo que te referías cuando dijiste que
el daño sería mayor si te dejaba?
Agacha la cabeza.
—No debería haber dicho eso.
—No, no deberías.
Vuelve a mirarme a los ojos.
—Sólo quería que te quedaras. Me quedé sorprendido cuando me
dijiste que tenía un hotel encantador. —Sonríe ligeramente y yo me siento
idiota—. Todo fue muy intenso y muy de prisa. No sabía cómo contártelo.
No quería que salieras corriendo de nuevo. No parabas de huir. —Se
detiene en cada una de estas últimas palabras como deletreándolas.
Todavía se siente frustrado por mis constantes evasiones. Aunque tenía
motivos. Todo ese tiempo sabía que debía escapar de él.
—Pero no iba muy lejos, ¿verdad? No me dejabas.
—Iba a contártelo. No esperaba que vinieras a La Mansión así. No
estaba preparado, ______.
No hace falta que lo jure. Todas las demás veces que había visitado el
supuesto hotel, me escoltaban o me encerraban en el despacho de Tom.
Estoy segura de que el personal estaba advertido de que no debía hablar
conmigo y de que nadie debía acercarse a Tom cuando yo estaba con él. Y,
es verdad, todo fue muy intenso y muy de prisa, pero yo no tuve nada que
ver con eso. Joder, tenemos mucho de que hablar. Necesito que me cuente
algunas cosas. Aquel ser pequeño y despreciable al que Tom golpeó en La
Mansión tenía cosas muy interesantes que decir. ¿Tenía Tom una aventura
con su mujer?
Son tantas las preguntas...
Suspiro.
—Venga, te estás arrugando. —Le paso una toalla y él también
suspira antes de impulsarse hacia arriba agarrándose a un lado de la bañera
con la mano sana. Sale de la tina y le paso la toalla por todo el cuerpo
mientras me observa detenidamente.
Sus labios se curvan hacia arriba formando lo que parece ser una
sonrisa cuando le seco el cuello.
—Hace algunas semanas era yo el que aliviaba tu resaca —dice
tranquilamente.
—Seguro que a ti te duele la cabeza bastante más que a mí entonces
—replico restándole importancia a aquel recuerdo y colocándole la toalla
alrededor de la cintura—. Ahora, a comer, y después al hospital.
—¿Al hospital? —espeta, azorado—. No necesito ningún hospital,
_____.
—Tu mano, sí —le aclaro. Probablemente crea que quiero ingresarlo
en una clínica de desintoxicación.
Al ver a lo que me refería, levanta la mano y se la inspecciona. La
sangre ha desaparecido, pero sigue teniendo mal aspecto.
—Está bien —gruñe.
—Yo creo que no —protesto con ternura.
—_____, no necesito ir al hospital.
—Pues no vayas. —Doy media vuelta y me dirijo a la habitación.
Él me sigue, se sienta a los pies de la cama y observa cómo
desaparezco en el inmenso vestidor. Rebusco entre su ropa y cojo un
pantalón de chándal gris y una camiseta blanca. Necesita estar cómodo.
Saco unos bóxeres de la cómoda y, al volver al cuarto, me lo encuentro
tirado de nuevo sobre la cama. Subir la escalera y darse un baño lo han
dejado molido. Me resulta difícil imaginar lo que debe de ser sufrir una
resaca de semejante magnitud.
—Ponte esto. —Dejo la ropa en la cama a su lado, él se vuelve para
inspeccionar lo que he seleccionado y exhala un suspiro de cansancio.
Al ver que no tiene intención de vestirse, cojo los calzoncillos, me
arrodillo delante de él y los sostengo ante sus pies. Me ha hecho esto
muchas veces. Le doy un golpecito en el tobillo y él se incorpora en la
cama, me mira, y un pequeño brillo se enciende en sus ojos. Otro rasgo
familiar.
Sin decir nada, mete los pies por las perneras y se levanta para que
pueda subirle la prenda interior pero, cuando estoy a medio camino, la
toalla se le cae y me encuentro ante su enorme erección.
Suelto los calzoncillos y me alejo de él como si fuera a quemarme o
algo así. Parece ser que algunas partes de su cuerpo siguen siendo
funcionales, pienso para mis adentros mientras intento fingir que esa
prolongación dura como el acero que se encuentra al alcance de mi mano
no está ahí. Lo miro a la cara y, por primera vez, sus ojos brillan
plenamente, pero no es buena señal. He visto esa mirada en más de una
ocasión, muchas, de hecho, y no es lo que necesito en estos momentos,
aunque mi cuerpo no está en absoluto de acuerdo con mi cerebro. Me
esfuerzo por controlar el impulso de empujarlo encima de la cama y
montarme a horcajadas sobre él. No pienso permitir que nos desviemos del
objetivo con el sexo. Tenemos mucho de que hablar.
Se agacha y se sube los calzoncillos del todo.
—Iré al hospital —dice finalmente—. Si quieres que vaya, iré.
Lo miro con el ceño fruncido.
—El hecho de que accedas a que te miren la mano no va a hacer que
caiga rendida a tus pies de gratitud —respondo con sequedad.
Él también frunce el ceño ante mi tono brusco.
—Voy a dejar pasar eso.
—Tienes que comer algo —murmuro. Doy media vuelta y salgo de la
habitación, dejando que Tom termine de ponerse los pantalones y la
camiseta.
Necesito que quiera estar bien no que lo haga únicamente porque crea
que eso lo acercará más a mí. Eso no funcionará. Sólo sería otra forma de
manipulación, y he de evitar todo lo que influya en esa pequeña parte de mi

cerebro que funciona correctamente.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS DOS CAPS DEL DIA ... MAÑANA NO AGREGARE HASTA EL VIERNES O EL DOMINGO ... BUENO YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO .... ADIOS :))

6 comentarios:

  1. Hay pobre Tom pero menos mal que (Tn) lo ayudo mucho, ojala puedan arreglarse las cosas entre ellos, me encanto virgi y que lastima que no puedas subir mañana, bueh espero los próximos caps!!!

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  2. Lo bueno es que van por buen camino para la reconciliacion!!

    Sii Vurgii sube ni bien puedas :) Esta buenisima!

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  3. pobre de tom :/ lo bueno es que (Tn) se quedo para ayudarlo, van por buen camino
    sube pronto

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