CAPITULO 1.-
Han
pasado cinco días desde que vi a Tom Kaulitz por última vez. Cinco
días de
angustia, cinco días de vacío y cinco días de sollozos. No queda
nada en
mi interior. Ni emociones, ni alma, ni lágrimas. Nada.
Cada vez que
cierro los ojos lo veo ahí. Un aluvión de imágenes se
proyecta
en mi mente; oscilan entre el hombre atractivo y seguro de sí
mismo que
me poseyó por completo y esa criatura vacua, hiriente y ebria
que ha
acabado conmigo. Estoy hecha un auténtico lío. Me siento vacía e
incompleta.
Me obligó a necesitarlo y ahora se ha ido.
Veo su
rostro en la oscuridad y oigo su voz en el silencio. No logro
escapar
de él. Soy ajena al bullicio que me rodea, percibo los sonidos como
un
zumbido distante, y veo las cosas lentas y borrosas. Vivo en un infierno.
Vacía.
Incompleta. Siento una angustia absoluta.
Dejé a
Tom borracho y furioso en su ático el domingo pasado. No he
sabido
nada de él desde que me marché y lo abandoné gritando y
trastabillando.
No ha habido llamadas, ni mensajes, ni flores... Nada.
Georg
sigue frecuentando semidesnudo la casa de Kate, pero sabe que
no debe
mencionarme a Tom, de modo que calla y mantiene la distancia
conmigo.
Mi presencia debe de resultar incómoda en estos momentos.
¿Cómo es
posible que un hombre al que conozco desde hace apenas unas
semanas
haga que me sienta de esta manera? Y no obstante, en este poco
tiempo he
descubierto que es intenso, apasionado y controlador, pero
también
tierno, cariñoso y protector. Lo echo mucho de menos, pero no a la
persona
borracha y vacía a la que me enfrenté la última vez. Ése no era el
hombre
del que me he enamorado, pero ese breve intercambio de insultos
no
consiguió borrar las semanas que vivimos antes de ese funesto domingo
que
pasamos solos. Prefiero mil veces su carácter frustrante y provocador a
la
desagradable imagen de verlo bebido. Por extraño que parezca, también
echo de
menos esos rasgos exasperantes de su personalidad.
Ni
siquiera he pensado en La Mansión ni en lo que representa.
Prácticamente
ha perdido toda importancia. Al parecer, que Tom hubiera
vuelto a
beber fue culpa mía. Arrastrando las palabras me recordó que ya
me había
advertido de que habría graves consecuencias si lo dejaba. Y es
verdad,
lo había hecho. Pero no me explicó qué clase de consecuencias ni
por qué.
Era otro de sus misteriosos acertijos, y no me dio más detalles.
Debería
haber insistido, pero me encontraba demasiado ocupada
dejándome
absorber por él. Estaba ebria de lujuria y sumida en su
intensidad,
todo me daba igual. Él me consumía por completo. Nunca
imaginé
que fuese el señor de La Mansión del Sexo y, desde luego, nunca
imaginé
que fuese alcohólico. Estaba completamente ciega.
He tenido
suerte de haber esquivado las posibles preguntas de Patrick
respecto
al proyecto del señor Kaulitz. Cuando una suma de cien mil libras
apareció
en la cuenta bancaria de Rococo Union por cortesía del señor
Kaulitz
me sentí inmensamente agradecida. Con tanto dinero pagado por
adelantado
podía decirle a Patrick que el señor Kaulitz había tenido que
marcharse
al extranjero por una cuestión de negocios y que eso retrasaría
el
proyecto. Sé que tendré que hacer frente a este tema, pero ahora mismo
no tengo
fuerzas, y no sé cuándo lograré reunirlas. Quizá nunca.
La pobre
Kate se ha estado esforzando mucho para sacarme de este
agujero
negro en el que me he metido. Ha intentado mantenerme ocupada
con
clases de yoga, llevándome de copas y decorando tartas, pero como
mejor me
siento es pudriéndome en la cama. Viene a comer conmigo todos
los días,
aunque yo no tomo nada. Bastante me cuesta limitarme a tragar
sin tener
que pasar comida a través del nudo constante que tengo en la
garganta.
Lo único
que espero con ansia en estos momentos es mi paseo
matutino.
Apenas duermo, así que obligarme a salir de la cama a las cinco
de la
mañana todos los días es relativamente fácil.
La mañana
es tranquila y fresca. Me dirijo al punto de Green Park
donde me
desplomé, exhausta, la mañana en que Tom me arrastró por las
calles de
Londres en una de sus agotadoras maratones. Me quedo sentada,
arrancando
briznas de césped cubiertas de rocío hasta que tengo el trasero
dormido y
empapado, y entonces me dispongo a regresar sin prisa y me
voy
preparando para sobrellevar otro día sin Tom.
¿Cuánto
tiempo podré seguir así?
Mi hermano,
Dan, vuelve mañana a Londres tras visitar a mis padres
en
Cornualles. Debería estar desando verlo, han pasado seis meses desde
que se
marchó, pero ¿de dónde voy a sacar la energía para fingir que todo
va bien?
Y con la llamadita de Matt a mi madre para informarla de que
estaba
saliendo con otro hombre, probablemente me espera un
interrogatorio.
Yo le dije que no era verdad (lo era en aquel momento,
ahora ya
no), pero conozco bien a mi madre y sé que no me creyó, a pesar
de que
desde el otro extremo de la línea telefónica no podía ver cómo
jugueteaba
con mi pelo. ¿Qué iba a decirles? ¿Que me había enamorado de
un hombre
de quien no sé ni la edad que tiene? ¿Que regenta un club sexual
y que,
¡ah, sí!, es alcohólico? El no haber ido a verlos tampoco ayuda
demasiado.
Excusarme diciendo que tenía trabajo fue bastante lamentable,
así que
no me cabe la menor duda de que mañana Dan me someterá a un
tercer
grado. Tengo que prepararme para sus preguntas. Será el
interrogatorio
más exhaustivo al que me hayan sometido jamás.
De
repente, mi móvil empieza a sonar y a vibrar sobre el escritorio y
me obliga
a salir de mi ensoñación. Es Ruth Quinn. Suspiro para mis
adentros.
Esta mujer también me está suponiendo todo un reto. Llamó el
martes y
me exigió que le diese cita para el mismo día. Le expliqué que
estaba
ocupada y le sugerí que tal vez podría atenderla otra persona, pero
ella
insistió en que me quería a mí. Al final se conformó con la cita que le
di, que
resulta ser hoy, y me ha estado llamando todos los días para
recordármelo.
Debería ignorar la llamada, pero si lo hago marcará el
teléfono
de la oficina.
—Hola,
señorita Quinn —la saludo con hastío.
—_____,
¿qué tal?
Siempre
lo pregunta, lo cual es bastante agradable, supongo. No le
digo la
verdad.
—Bien, ¿y
usted?
—Bien,
bien —gorjea—. Sólo quería confirmar nuestra cita.
Otra vez.
Qué pesada. Debería cobrar más por aguantar estas cosas.
—A las
cuatro y media, señorita Quinn —repito por tercer día
consecutivo.
—Estupendo,
nos vemos en un rato.
—Bien,
hasta luego.
Cuelgo y
dejo escapar un suspiro largo y pausado. ¿Cómo se me
ocurrió
acabar el viernes con una clienta nueva, y encima tan especial?
Victoria
entra en la oficina con sus rizos largos y rubios sobre los
hombros.
La noto diferente. ¡Está naranja!
—¿Qué te
has hecho? —pregunto alarmada.
Sé que en
estos momentos no veo con mucha claridad, pero es
imposible
pasar por alto el tono de su piel.
Ella pone
los ojos en blanco y saca un espejo de su bolso Mulberry
para
inspeccionarse la cara.
—¡No
puede ser! —exclama—. Yo quería un tono broncíneo. La muy
idiota se
ha equivocado de botella. ¡Parezco una bombona de butano! —
dice,
mientras se frota la cara entre bufidos y resoplidos.
—Será
mejor que vayas a comprarte un exfoliante corporal y que te
des una
buena ducha —le aconsejo, y vuelvo a centrarme en mi pantalla.
—¡No
puedo creer que me esté pasando esto! —se lamenta—. Esta
noche he
quedado con Gustav. ¡Saldrá huyendo en cuanto me vea así!
—¿Adónde
vais? —le pregunto.
—Al
Langan. Me van a tomar por una famosilla del tres al cuarto. No
puedo ir
así.
Esto es
una auténtica catástrofe para Victoria. Gustav y ella sólo llevan
saliendo
una semana, otra relación que ha surgido a partir de mi historia
frustrada.
Ahora sólo falta que llegue Ken y nos anuncie que va a casarse.
Ahora
mismo, por egoísta que resulte, soy incapaz de alegrarme por nadie.
Sally,
nuestra chica para todo en la oficina, sale apresurada de la
cocina y
se detiene en seco al ver a Victoria.
—¡Madre
mía! ¿Estás bien, Victoria? —pregunta, y yo sonrío para
mis
adentros cuando la chica me mira alarmada. Nuestra sencilla Sal no
entiende
todas estas tonterías de embellecerse.
—¡Perfectamente!
—espeta Victoria.
Sally se
retira a la seguridad de sus archivos y huye de la encolerizada
Victoria
y de mí y mis miserias.
—¿Y Ken?
—pregunto en un intento de distraer a Victoria de su
crisis
con el falso bronceado.
Ella
golpea su mesa con el espejo de mano y se vuelve para mirarme.
Si
tuviera energía me echaría a reír. Está horrible.
—En casa
del señor Baines. Parece ser que la pesadilla continúa —
gruñe
mientras se atusa los rubios rizos alrededor de la cara.
Dejo a
Victoria y de nuevo miro vagamente la pantalla de mi
ordenador.
Estoy deseando que termine el día para volver a meterme en la
cama,
donde no tengo que ver, hablar o interactuar con nadie.
Cuando
dan las cuatro en punto, apago el ordenador y salgo de la
oficina
para ir a reunirme con la señorita Quinn.
Llego
puntual a la magnífica vivienda adosada de Lansdowne
Crescent,
y ella me abre la puerta. Me quedo pasmada. Su voz no se
corresponde
para nada con su aspecto. Pensaba que sería una solterona de
mediana
edad, tipo profesora de piano, pero no podría estar más
equivocada.
Es una mujer muy atractiva, con el pelo largo y rubio, los ojos
azules y
la piel pálida y tersa, y viste un precioso vestido negro con zapatos
de
plataforma.
Sonríe.
—Debes de
ser _____. Pasa, por favor. —Me guía hasta una cocina
horrible
estilo años setenta.
—Señorita
Quinn, mi portafolio. —Le entrego mi carpeta y ella la
acepta
con entusiasmo. Tiene una sonrisa muy agradable. Quizá la haya
juzgado
mal.
—Llámame
Ruth, por favor. He oído hablar mucho sobre tu trabajo,
____
—dice mientras hojea las páginas—. Sobre todo del Lusso.
—¿Ah, sí?
—Parezco sorprendida, pero no lo estoy. Patrick está
encantado
con la respuesta que Rococo Union ha tenido de la publicidad
del
Lusso. Yo preferiría olvidar todo lo relacionado con ese edificio, pero
parece
que no es posible.
—¡Sí,
claro! Todo el mundo habla de ello. Hiciste un trabajo
fascinante.
¿Quieres tomar algo?
—Un café
estaría bien, gracias.
Sonríe y
se dispone a preparar las bebidas.
—Siéntate,
_____.
Me
siento, saco mi expediente de clientes y anoto su nombre y la
dirección
en la parte superior.
—Bueno,
¿y qué puedo hacer por ti, Ruth?
Se echa a
reír y señala la estancia que nos rodea con la cucharilla.
—¿De
verdad necesitas preguntármelo? Es espantosa, ¿no te parece?
—dice, y
vuelve a centrarse en la preparación del café.
La verdad
es que sí, pero no voy a ponerme a temblar de terror al ver
los
módulos marrón y amarillo y las paredes de imitación de ladrillo.
—Obviamente,
busco ideas para transformar esta monstruosidad —
continúa—.
Había pensado en echarla abajo y convertirla en una habitación
familiar
grande. Ven, te lo mostraré. —Me pasa un café y me indica que la
siga
hasta la siguiente estancia.
La
decoración es igual de horrible que en la cocina. Ella parece
bastante
joven, aparenta unos treinta y tantos, así que deduzco que hace
poco que
se ha trasladado. Parece que este lugar no ha visto una brocha
desde
hace cuarenta años.
Tras una
hora de charla, creo que ya he captado la idea de Ruth. Tiene
buena
visión.
Me
acompaña hasta la puerta.
—Pensaré
en unos cuantos diseños que se adapten a tu presupuesto y a
tus
ideas, y te los haré llegar con mis tarifas —le digo al despedirme—.
¿Hay
alguna cosa que deba dejar al margen?
—No, en
absoluto. Evidentemente quiero todos los lujos básicos que
uno
espera encontrar en una cocina. —Me ofrece la mano y yo se la
estrecho
cortésmente—. Y una nevera para vinos. —Se echa a reír.
—Claro
—sonrío con rigidez. La sola mención del alcohol hace que se
me hiele
la sangre—. Estaremos en contacto, señorita Quinn.
—Llámame
Ruth, por favor.
Dejo a la
señorita Quinn y me siento aliviada; he cumplido con toda la
cortesía
que se espera de mí, al menos por ahora... hasta que vea a mi
hermano
mañana.
Me
arrastro por las calles hacia la casa de Kate y deseo que no esté
para
poder encerrarme en mi cuarto antes de que continúe con su misión de
«animar a
____».
—¡____!
Me
detengo y veo a Georg asomándose por la ventanilla de su coche
mientras
pasa lentamente por mi lado.
—Hola,
Jorge —saludo con una sonrisa forzada mientras continúo
caminando.
—_____,
por favor, no te unas al club de cabrear a Georg como tu
endiablada
amiga. Me veré obligado a mudarme a otra parte.
Aparca el
coche, sale de su Porsche y se reúne conmigo en la acera
delante
de casa.
Tiene el
aspecto informal de siempre, con esos shorts exageradamente
anchos,
una camiseta de los Rolling Stones y el pelo castaño
cuidadosamente
desaliñado.
—Lo
siento. ¿Te has trasladado aquí de forma permanente? —
pregunto
enarcando una ceja.
Georg
tiene un piso en Hyde Park con mucho más espacio, pero como
Kate
tiene el taller en la planta baja de su casa, insiste en que se quede
aquí.
—No, qué va.
Kate me dijo que llegarías a casa a las seis, y quería
hablar
contigo. —De repente parece muy nervioso, lo que hace que me
sienta
tremendamente incómoda.
—¿Va todo
bien? —pregunto.
Él sonríe
levemente, pero no llego a verle el hoyuelo.
—La
verdad es que no, ____. Necesito que vengas conmigo —dice
tímidamente.
—¿Adónde?
¿A qué
viene este comportamiento? Georg no es así. Él es alegre y
natural.
—A casa
de Tom.
Georg
debe de haber advertido la expresión de horror en mi rostro,
porque se
me acerca con cara suplicante. Con la sola mención de su
nombre
siento pánico. ¿Para qué quiere que vaya a casa de Tom? Después
de
nuestro último encuentro tendría que llevarme a rastras mientras grito y
pataleo.
No volvería allí ni por todo el oro del mundo. Jamás.
—Georg, no.
—Doy un paso atrás negando con la cabeza. Mi cuerpo ha
empezado
a temblar.
Él
suspira y arrastra las zapatillas sobre el pavimento.
—____,
estoy preocupado. No contesta al teléfono, y nadie lo localiza.
Estoy
desesperado. Sé que no quieres hablar de él, pero han pasado casi
cinco
días. He ido al Lusso, pero el conserje no nos deja subir. A ti te
dejará.
Kate dice que lo conoces. ¿No puedes al menos convencerlo para
que nos
deje subir? Necesito saber cómo está.
—No,
Georg. Lo siento, no puedo —grazno.
—_____,
me preocupa que haya hecho alguna estupidez. Por favor.
Se me
empieza a cerrar la garganta, y él se acerca hacia mí mientras
extiende
las manos. No me había dado cuenta de que estaba retrocediendo.
—Georg,
no me pidas esto. No puedo hacerlo. Él no querrá verme, y yo
tampoco a
él.
Me agarra
de las manos para que no siga retirándome, me impulsa
contra su
pecho y me abraza con fuerza.
—_____,
lamento muchísimo tener que pedírtelo, pero debo subir ahí y
ver cómo
está.
Dejo caer
los hombros, vencida por su abrazo y, de repente, empiezo a
sollozar,
justo cuando creía que ya no me quedaban más lágrimas.
—No puedo
verlo, Georg.
—Oye. —Se
aparta y me mira—. Sólo habla con el conserje y
convéncelo
para que nos deje subir. Es lo único que te pido. —Me seca una
lágrima
que se me había escapado y sonríe con expresión suplicante.
—No voy a
entrar —aseguro. Siento un nudo de pánico en el
estómago
sólo de pensar en verlo de nuevo. Pero ¿y si ha cometido alguna
estupidez?
—_____,
tú sólo consigue que nos dejen subir al ático.
Asiento y
me seco las lágrimas, que ahora brotan con facilidad.
—Gracias.
—Me va arrastrando hacia su Porsche—. Sube. Gustav y
John se
reunirán con nosotros allí. —Abre la puerta del copiloto y me insta
a entrar
en el coche.
Si John y
Gustav van a estar allí es porque debe de haber dado por
hecho que
accedería. Georg siempre tan optimista.
Me monto
en el coche y dejo que Georg me lleve al Lusso, en St.
Katherine
Docks, el lugar al que juré no volver jamás.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL PRIMER CAP DEL 2º LIBRO ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :)) BIENVENIDAS!!!
omg. :(
ResponderBorrarQue tristeeeee, sigue
ResponderBorrarque mal le dio a tom :(
ResponderBorrarsube pronto
Siguela!!!
ResponderBorrarQue le habrá pasado a Tom?? o que habrá hecho?? estoy muy intrigada virgi sube los próximos caps pleasee me encanto..
ResponderBorrarQue habrá hecho Tom?!
ResponderBorrarEspero nada maloo..
Sigueka Virgii. Dis capitulos por dia :P